LISBON REVISITED (1928)
Traducción de José Antonio Llardent
Nada me ata a nada.
Quiero cincuenta cosas al tiempo.
Con angustia del que tiene hambre de carne anhelo
no sé bien qué:
definidamente lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en el soñar inquieto
de quien duerme inquieto, a medias soñando.
Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron cortinas ante todas las hipótesis que podría
ver en la calle.
En el callejón que yo encontré no hay el número
de puerta que me dieron.
Desperté a la misma vida que me había adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida tan sólo deseada me harta -hasta esa
vida...
Comprendo a intervalos inconexos;
escribo en los lapsos de cansancio;
y es tedio hasta del tedio lo que me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia
sin timón;
no sé que islas del Sur imposible me aguardan, náufrago;
o qué palmares de literatura me darán un verso
al menos.
No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo
que soñé,
En los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
en los caminos y atajos de las florestas lejanas
donde supuse mi ser,
huyen desmantelados, últimos restos
de la ilusión final,
mis ejércitos soñados, derrotados sin haber
sido,
mis cohortes por existir, despedazadas en Dios.
Otra vez vuelvo a verte,
ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí...
¿Yo? Pero, ¿soy yo el mismo que aquí
viví, y aquí volví,
y aquí volví a volver y volver,
y aquí de nuevo he vuelto a volver?
¿O todos los Yo que aquí estuve o estuvieron
somos
una serie de cuentas-entes ensartadas en un hilo-memoria,
una serie de sueños de mí por alguien que está
fuera de mí?
Otra vez vuelvo a verte
con el corazón más lejano, el alma menos mía.
Otra vez vuelvo a verte -Lisboa y Tajo y todo-
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí como en todas partes,
tan casual en la vida como en el alma,
fantasma errante por salones de recuerdos
con ruidos de ratas y de maderas que crujen
en el castillo maldito de tener que vivir...
Otra vez vuelvo a verte
sombra que pasa a través de sombras y brilla
un momento a una luz fúnebre desconocida
y entra en la noche cual estela de barco al perderse
en el agua que dejamos de oír...
Otra vez vuelvo a verte,
mas, ¡ay, a mí no vuelvo a verme!
Se rompió el espejo mágico en el que volvía
a verme idéntico,
Y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo
de mí,
¡un pedazo de ti y de mí!...
ESTANCO
Traducción de José A. Llardent
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños.
Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo sabe quién
es
(y de saberse quién es, ¿qué se sabría?),
dais al misterio de una calle cruzada constantemente por gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera,
con el misterio de las cosas debajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos
a los hombres,
con el Destino conduciendo al carro de todo por la carretera
de nada.
Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morir
y no tuviera más hermandad con las cosas
que una despedida, convertidos esta casa y este lado de la
calle
en hilera de vagones de un tren, silbada su salida
desde dentro de mi cabeza,
y sacudidos mis nervios y chirriantes los huesos en la marcha.
Hoy estoy perplejo, como quien pensó y halló
y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como
cosa real por dentro.
Fracasé en todo.
Como no tenía propósito alguno, todo tal vez
fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron
me descolgué por la ventana de las traseras de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Mas allí sólo encontré hierbas y árboles,
y gente, cuando la había, igual a la otra.
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En qué
he de pensar?
¡Qué sé yo lo que seré, yo que
no sé lo que soy!
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tanta cosa!
y tantos hay que piensan ser la misma cosa que no podrán
serIo tantos.
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños tan genios
como yo,
y la historia no marcará, ¿quién sabe?,
ni a uno sólo,
ni quedará más que estiércol de tantas
conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos descabalados por
tantas certezas!
Yo, que de nada estoy cierto, ¿soy más cabal
o soy menos cabal?
No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas del
mundo
no habrá a estas horas genios-para-sí-mismos
soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas
-sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas-
y quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni hallarán
los oídos de nadie?
El mundo es de quien nace para conquistarlo
y no del que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga
razón.
He soñado más que cuanto Napoleón hizo,
he estrechado contra el pecho hipotético más
humanidades que Cristo
he hecho en secreto filosofías no escritas aún
por ningún Kant.
Mas soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre tan sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la
puerta junto a una pared sin puerta
y cantó la cantinela del Infinito en un gallinero
y oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
y lo demás, que venga si es que viene o ha de venir,
o que no venga
Esclavos por el corazón de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera
más el sistema solar y la Vía Láctea
y lo Indefinido.
(iCome chocolatinas, niña,
come chocolatinas!
Mira que en el mundo no hay más metafísica que
las chocolatinas.
Mira que las religiones todas no enseñan más
que la confitería.
iCome, niña sucia, come!
iOjalá pudiese comer chocolatinas con la misma verdad
con que las comes!
Mas yo pienso, y al quitarles el papel de plata, que es de
hoja de estaño,
lo tiro todo al suelo, como tiré la vida.)
Pero de la amargura de lo que nunca seré queda al menos
la rápida caligrafía de estos versos,
pórtico hendido hacia lo Imposible.
Pero al menos consagro a mí mismo un desprecio sin
lágrimas,
noble al menos por el gesto de largueza con que arrojo
la ropa sucia que soy al discurrir de las cosas
[mas no tomo nota]
y me quedo en casa sin camisa.
(Tú que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
seas diosa griega concebida cual estatua viva
o patricia romana de imposible nobleza y nefasta
o princesa de trovadores muy gentil y abigarrada
o marquesa del siglo dieciocho escotada y distante
o cocotte célebre del tiempo de nuestros padres
o qué sé yo qué moderno -no concibo bien
qué-,
todo eso, sea lo que sea que seas, si puede inspirar, que
inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan espíritus invocan espíritus,
me invoco
a mí mismo, y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que se entrecruzan,
veo los perros, que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al destierro,
y todo eso es ajeno, como todo.)
Viví, estudié, amé y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo porque
él no es yo.
A cada uno miro los andrajos y las llagas y la mentira
y pienso: tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado
ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer
nada de eso);
tal vez hayas existido sólo como la lagartija a la
que cortan la cola
y es cola removiéndose más acá de la
lagartija.
Hice de mí lo que no supe
y lo que pude hacer de mí no lo hice. Vestí
un dominó equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era, y no lo desmentí,
y me perdí
Cuando me quise quitar la máscara la tenía pegada
a la cara.
Cuando. me la quité y me vi al espejo ya había
envejecido.
Borracho, no sabía ya vestir el dominó que no
me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro al que tolera la gerencia por ser inofensivo.
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte cual cosa hecha por mí
en vez de quedarme siempre frente al Estanco de enfrente
pisoteando la conciencia de estar existiendo
cual alfombra en que un borracho tropieza
o felpudo que robaron los gitanos y no valía nada.
Mas el Dueño del Estanco asoma a la puerta y permanece
en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de tener mal colocada la cabeza
y con la incomodidad del alma que está malentendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
Un día también morirá el letrero, y los
versos también.
Tras ese día morirá la calle donde estuvo el
letrero
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante donde aconteció
todo eso.
En otros satélites de otros sistemas algo así
como gente
seguirá haciendo cosas como versos y viviendo bajo
cosas como letreros.
Siempre una cosa frente a la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio de lo hondo tan verdadero como el sueño
de misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa, o ni una cosa ni otra.
Mas un hombre entra en el Estanco (¿para comprar tabaco?)
y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me semincorporo enérgico, convencido, humano,
para intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarrillo mientras pienso en escribirlos
y en el cigarrillo saboreo la liberación de todos los
pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia
y gozo, en ese momento sensitivo y adecuado,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de hallarse uno indispuesto.
Después me reclino en la silla
y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando
(Si me casara con la hija de mi lavandera
tal vez fuera feliz.)
Visto lo cual me levanto de la silla. Me acerco a la ventana.
El hombre ha salido del Estanco (¿guarda el cambio
en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves sin metafísica.
(El dueño del Estanco se ha asomado a la puerta.)
Como por instinto divino Esteves se vuelve y me ve.
Gesticula un adiós, le grito ¡Hola, Esteves!
, y el universo
se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y el Dueño
del Estanco sonríe.
***
[SI YO MURIERA JOVEN]
Traducción de José A. Llardent
Si yo muriera joven,
sin poder publicar libro alguno,
sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,
pido que, si se quisiesen molestar por mi causa,
no se molesten.
Si así ocurrió, así es verdad.
Aunque mis versos nunca sean impresos
tendrán su propia belleza, si fueran bellos.
Pero no pueden ser bellos y quedar por imprimir,
porque las raíces pueden estar bajo la tierra
pero las flores florecen al aire libre y a la vista.
Tiene que ser así por fuerza. Nada puede impedirlo.
Si yo muriera muy joven, oigan esto:
nunca fui sino una criatura que jugaba.
Fui gentil como el sol y el agua,
de una religión universal que sólo los hombres
no conocen.
Fui feliz porque no pedí ninguna cosa,
ni procuré hallar nada,
ni hallé que hubiese más explicación
que la de que la palabra explicación no tiene ningún
sentido.
No deseé sino estar al sol o a la lluvia,
al sol cuando había sol
y a la lluvia cuando estaba lloviendo
(y nunca la otra cosa).
Sentir calor y frío y viento,
y no ir más lejos.
Una vez amé, pensé que me amarían,
pero no fui amado.
Pero no fui amado por la única gran razón:
porque no tenía que ser.
Me consolé volviendo al sol y a la lluvia,
y sentándome otra vez en la puerta de casa.
Los campos, al fin, no son tan verdes para los que son amados
como para los que no lo son.
Sentir es estar distraído.
[AL VOLANTE DEL CHEVROLET POR LA CARRETERA DE SINTRA]
Traducción de César Antonio de Molina
Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro
mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra
a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino
no parar, proseguir?
Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado
en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin
consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño
o en la carretera de la vida...
Maleable a mis movimientos subconscientes del volante
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil
prestado.
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a
la derecha.
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el
mundo!
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como
mías!
A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del
camino.
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos.
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme
libertad,
es ahora una cosa en donde estoy encerrado,
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado,
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye
a mí.
A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos
que modesta.
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no
es la mía.
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese
sí que es feliz.
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales
de la ventana de arriba
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado)
como un sueño, como un hada real.
Para la muchacha que al oír el motor miró por
la ventana de la cocina,
desde el piso de abajo,
tal vez yo fuese algo así como el principe que hay
en todo corazón de muchacha,
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en
que me perdí.
¿Dejo los sueños a mi espalda, o será
el automóvil el que los deja?
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil
prestado que conduzco?
En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los
campos y la noche,
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia
que alcanzo,
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible,
acelero...
Pero mi corazón quedó en el montón de
piedras del que me desvié al verlo sin verlo,
junto a la puerta de la casucha,
mi corazón vacío,
mi corazón insatisfecho,
mi corazón más humano que yo, más exacto
que la vida.
En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar,
al volante,
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia
imaginación,
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra,
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí...
[TODAS LAS CARTAS DE AMOR SON]
Traducción de José Antonio Llardent
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor
si no fuesen ridículas.
También en mi tiempo yo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.
Ojalá volviera al tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy
son mis recuerdos
de esas cartas de amor
los que son
ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)
XLIX
Traducción de José Antonio Llardent
Me retiro hacia dentro y cierro la ventana.
Traen el candil y me dan las buenas noches,
y mi voz gozosa da las buenas noches.
Ojalá que mi vida fuese siempre esto:
el día pleno de sol, o suave de lluvia,
o tempestuoso cual si se acabara el Mundo;
la tarde suave y las cuadrillas que pasan
contempladas con interés por la ventana;
el último mirar amigo al sosiego de los árboles,
y después, cerrada la ventana, encendido el candil,
sin leer nada, ni pensar en nada, ni dormir,
sentir en mí correr la vida como un río en su
lecho
y fuera un gran silencio, como de dios dormido.
[NADA SOY, NADA PUEDO, NADA SIGO]
Traducción de José Antonio Llardent
Nada soy, nada puedo, nada sigo.
Llevo, cual ilusión, mi ser conmigo.
No comprendo el comprender ni sé
Si he de ser, siendo nada, el que seré.
Esto aparte, que es nada, bajo azur
De vasto cielo un vano viento Sur
Me despierta y estremece en el verdor.
Tener razón, o triunfos, o aun amor,
Se marchitaron en el astil de la ilusión.
Y si no saber es vano, nada es la ensoñación.
Duerme en la sombra, incierto corazón.