ÉPICA
Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de
mis preguntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una
lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.
En estas palabras hay un poco de polvo egipcio,
hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas
en el algodón del pasado,
y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas
tardes,
cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como
los cabellos húmedos y largos
de una mujer desconocida.
Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo
de las grandes avenidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta
de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles
por el olor a vuelo quemado.
Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de
blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír
y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.
Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.
Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros,
mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad.
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato
de carne.
Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.
|