Aquaria
Llovía largamente por todos los rincones.
Gotas dulces llovían por su espalda,
miel de venas azules el cabello,
arco ciego del mar.
Nalga rosa perdida,
húmeda luz, la clara
porosidad de nieve de sus pómulos.
Arroyos, mar, cascadas inundando
los brazos y las cuevas,
golondrina en el borde su mirada.
Líquida llueve, líquida
se sumerge en las algas
y una rosa de yodo, como una ventana
le florece en la sangre.
de Narcisia
Se sentaba, levemente la sombra
de grana en las encinas.
Grises líquenes, muertos
en la roca tendidos.
Tiembla el heno en sus ojos,
calina azul la breve
consunción de la carne.
Mira, inalterable mira
al fondo de las nubes.
El campo, tristemente,
se derrama en sí mismo.
Cesa la tarde, nada
muere ni grita. Solos,
al envés de la tierra, vuelan
dos pájaros terribles. Negros
vidrios de luz, por siempre
en un sueño, caídos.
de Fisterra
De la quebrantadura del halcón
Como si el mar, de pronto,
venciera mi ventana, y en el muro
abriera un sol la espuma,
he salido a la calle, y he gritado
en silencio tu nombre.
¿Quién oye
morir una azucena? Mientras muerdo,
con mis pies en el polen,
todo el dedo del mar,
alguien vive, y empieza
esta noche a nacer.
Convaleciente y rota, me he mirado
y me he dicho: Ríete de tus piernas
y cree en los milagros.
Porque puedo
volver a andar sin ti, y no me caigo.
de Arte de cetrería
María Desposada
Era blanca la boda: un milagro
de espuma, de azahar y de nubes.
Cenicienta esperaba.
Las muchachas regaban cada día
los frágiles cristales de su himen.
Blancanieves dormía.
Al galope
un azul redentor doraba la espesura
y la Bella Durmiente erguía su mirada.
Las vestales danzaban. Y las viejas mujeres,
en las noches de invierno,
derramaban sus cuentos de guirnaldas,
de besos y de príncipes.
Era largo el cabello, eran frías las faldas
por las calles de hombres.
Las fotos de las bodas
irradiaban panales de violines
y era dulce ser cóncava
para el brazo tajante y musculoso.
La boda les cantaba por el cuerpo
como un mar de conjuros.
Y a la boda se fueron una tarde
con su mística plena. Y cambiaron
la hora de su brújula
por el final feliz de los cuentos de hadas.
de Cóncava mujer
Padre
Esta tarde en el campo piafaban las bestias.
Y yo me quedé quieta, porque padre
roncaba como cuando,
zagal, dormíamos en la era.
Me tiró sobre el pasto
de un golpe, sin palabras. Y aunque hubiera podido
a sus brazos mi fuerza,
no quise retirarlo, porque padre
era padre: él sabría qué hiciera.
Tampoco duró mucho.
Y piafaban las bestias.
Pañuelos
En un golpe de aire los papeles
han salido volando, y esparcen por el suelo
su forma de blancura.
Campo seco, sembrado
de rectángulos tersos,
limpias lenguas de sombra.
-Mis pañuelos son otros. De batista y de lino,
descansan sobre el pasto -sus vainicas aladas-
y a mis manos reciben
su perfección de agua.
Escritura caída.
Pañuelos
y pañuelos,
vida mía, palabra.
de Del color de los ríos
Disyuntiva
La tentación se llama amor
o chocolate.
Es mala la adicción.
Sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi mal,
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan sólo una droga,
con su cárcel,
del olvido me salva de la otra.
Y así, una vez más, es el conflicto:
O me come el amor,
o me muero esta noche de bombones.
de La bambola, inédito en libro
La Literatura
–Déjalo todo, y sígueme.
Colgaba desde el cielo
un manojo de dátiles maduros.
Y los quiso.
Pero quiso también
cuidar al gato romo,
deshojar las traviesas
del oro de los puentes,
darle cuerpo a un tullido,
ponerse en la cintura
un mirlo de satén...
Y levantar las hojas
de hierro de la casa,
y mullir las ventanas
con un hilo de abril.
–Déjalo todo, y sígueme, le dijo Jesús al joven rico.
Pero estaban la madre, las heridas,
la luna como un plato,
las moscas, las sirenas, el mantel...
Ahora sólo los dátiles, cumplidos,
todavía en el cielo.
Y no hay tiempo.
Y es tan tarde y nos llueve.
–Déjalo todo. Sígueme.
Y tal vez no haya dátiles,
ni estrella, ni cielo,
ni jardín.
Inédito en libro