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Colección: Hispánica | Páginas: 152 | Fecha de publicación: 06/2/2008
Género: Miscelánea Literaria | Precio: 15.50 €
ISBN: 978-84-204-7343-7 | EAN: 9788420473437
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1. Color del mundo
Millones y millones. En todas las monedas. Eso es
lo que nos cuesta averiguar si hay seres vivientes (Adanes y
Evas, serpientes o gorilas, árboles o praderas) en planetas
de roca o quién sabe de qué, en tanto que en este planetito
con vida miles de niños mueren de hambre civilizada.
Los sentimientos se deslizan, a veces se refugian en
guaridas de amor, pero cuando emergen al aire preso o libre,
dan el color del mundo, no del universo inalcanzable
sino del mundo chico, el contorno privado en que nos revolvemos.
Gracias a ellos, a los sentimientos, tomamos
conciencia de que no somos otros, sino nosotros mismos.
Los sentimientos nos otorgan nombre, y con ese nombre
somos lo que somos.
2. El miedo
No se juega con el miedo porque el miedo puede
ser un arma de defensa propia, una forma inocente o culpable
de coraje. El miedo nos abre los ojos y nos cierra los
puños y nos mete en el riesgo desaprensivamente. Andamos
por el mundo con el miedo a cuestas como si fuera
un pudor obligatorio o en su defecto una variante del fracaso.
Tal vez sea el mandamiento o quizás el mandamiedos
de alguna desconocida ley, de un dios cualquiera. Por
las dudas, una buena fórmula contra el miedo puede ser la
que dejó escrita el bueno de Pessoa: «Espera lo mejor y prepárate
para lo peor».
3. Escépticos y optimistas
Los escépticos y los optimistas se miran siempre de
reojo.
Son desconfiados de nacimiento.
Los escépticos se burlan de los demás y de sí mismos.
Se aburren de creer y no echan de menos las ausencias.
Los optimistas vencen al tedio y a la fiebre. Aprenden
del ayer y no lo borran. Conocen y reconocen que
vendrá algo mejor y desde ya preparan la bienvenida.
Los escépticos van y vienen sin nada. Y lo que es
peor, sin nadie. Abrazan al pesimismo como único consuelo.
Inventan una tristeza sin lágrimas, dura como una
mueca.
Los optimistas se entienden con el río y con el cielo
que lleva en su corriente. Saben que allí navega la tutela
más leal, más respetable, y asumen el alma como agua.
Los escépticos son apenas mendigos, y el tiempo
que transcurre les deja su limosna. No logran escapar del
viejo laberinto y reciben mensajes que son indescifrables.
Los optimistas en cambio guardan a menudo algo
de gloria, que no es siempre la de hoy ni la de antes. Hacen
un nudo con las certidumbres y llenan su bolsillo de
poesía.
4. Vaivenes
Cada existencia tiene sus vaivenes, que es como
decir sus pormenores. El tiempo es como el viento, empuja
y genera cambios. De pronto nos sentimos prisioneros
de una circunstancia que no buscamos sino que nos
buscó. Y para liberarnos de esa gayola es imprescindible
pensar y sentir hacia adentro, con una suerte de taladro
llamado meditación. De pormenor en pormenor vamos
descubriendo el exterior y la intimidad, digamos el milímetro
de universo que nos tocó en suerte. Y sólo entonces,
cuando encontramos al muchacho o al vejestorio que
lleva nuestro nombre, sólo entonces los pormenores suelen
convertirse en pormayores.
5. Artilugios
Hay un modo mecánico de entender la vida, un
estilo sin escándalos ni hurras, sin el desabrigo de las tinieblas
ni el acompañamiento de las melodías. No sirve
ser vagabundo, ni gozar con las primicias de la soledad, tal
vez porque el cuerpo se vuelve un artefacto y no importan
vergüenzas ni utopías. Cada jornada reclama su accesorio,
cada crepúsculo es un artilugio, cada relámpago una chispa
suelta. En el modo mecánico de entender la vida, hay
que adquirir una garlopa sin perdón, una sierra de angustia,
un buril de rabieta. Ah, pero cuidado con desanimarnos
si algún tonto nos dice que nos falta un tornillo.
6. Digitales
Llevamos nuestro nombre en la cédula de identidad
y otros documentos, pero es bien sabido que todos
pueden ser falsificados. La verdad es que el nombre verdadero,
insustituible, único, lo llevamos en los dedos, en particular
en los pulgares. Cuando cometemos un presunto
delito o queremos huir del poder omnímodo o dictatorial,
nuestras huellas digitales son las que nos traicionan, las que
permiten que nos identifiquen, las que nos llevan al encierro
y a veces a la tortura. ¡Cómo quisiéramos tomarles las huellas
a los que manejan la picana o nos revientan los huevos!
La toma de las huellas (las dactilares, no las de las pisadas)
debería ser una clave de ida y vuelta, no sólo un intercambio
para la injusticia sino también una fluctuación de la
justicia. La historia misma se llenó de esas huellas reveladoras,
pero sólo sirvieron hasta que los dedos se volvieron
huesos. En las exequias y otros lutos, los muertos se mueren
otra vez pero de risa, sólo porque comparan los huesos
con los huesos, y con humor proclaman que son todos iguales.
Es el socialismo de los esqueletos.
7. Fotografías
Las fotografías del antaño lejano y del antaño cercano
nos miran y no se cansan de mirarnos, siempre con la
misma pregunta: «¿Y qué pasó después?». A veces les respondemos
pero la respuesta no les llega. Están aislados, inmóviles,
sordos los pobres. Hay fotos que nos dejan amor,
afectos, lealtades, simpatía, y no las podemos olvidar. Otras
que nos dejan odios, enconos, fobias, desdenes; tampoco las
podemos olvidar. A las primeras las encuadramos; a las segundas,
las archivamos con otros desperdicios.
Hay poses de familia que son una síntesis de tiempo,
pero también hay instantáneas que son apenas el pellizco
de un pasado minúsculo. También nosotros, móviles
y vivientes, vamos de a poco metiéndonos en fotos, y
en ellas (por ahora) nos miramos a nosotros mismos. Pero
los habitantes del 2008 o el 2009 mirarán nuestros rostros
fotografiados y desde ellos les preguntaremos: «¿Qué pasó
después?». Qué cosa, ¿no?
8. Utopías
Lo imposible es una burla de los dioses. Fue por
eso que éstos desaparecieron. No fueron capaces de nadar
en ese río, nadar en la nada. Todos venimos al mundo con
la obsesión de un imposible. Y cuando tomamos conciencia
de que el imposible es eso: un imposible, ya es tarde
para refugiarnos en la sensatez.
Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos
de lo prohibido. Algunos lo llaman utopía, pero la
utopía es más seductora. No tiene puertas cerradas como
lo imposible. No nos desprecia como lo prohibido. La
utopía tiene la gracia de los mitos, la maravilla de las quimeras.
Si tenemos ánimo, paciencia y un poco de ilusión,
podemos navegar en la barcaza de la utopía, pero no en el
acorazado de lo imposible.
Lo prohibido es un desafío que casi siempre nos
derrota. La única posibilidad de vencerlo es llevarle la contra
a los pontífices, que siempre han sido los jefes de lo
prohibido. También lo son los dictadores, pero los pontífices
al menos no torturan.
A veces lo imposible lo llevamos en el ánimo, y éste no es capaz de dar el salto sobre lo prohibido. Y si
como excepción alguien se anima a dar el salto, se encontrará
con que lo prohibido es un abismo. Y entonces chau.
9. Sobre sencillez
La sencillez es una de las virtudes más complicadas
de este viejo mundo. Cuando uno es sencillo (en su habla,
en sus actos, incluso en su poesía) corre el incómodo riesgo
de ser tomado por tonto, por babieca. Hay críticos, por
ejemplo, que son propensos a elogiar solamente a aquellos
poetas misteriosos, cuyas obras son comprendidas por
muy pocos. Esos mismos críticos tampoco los entienden,
claro, pero tienen cierta habilidad para cabalgar por fuera
del misterio, haciendo de su ignorancia una forma inédita
de discreción.
Si uno lee a Baldomero Fernández Moreno o a
Antonio Machado, y capta la sabiduría de su sencillez,
quisiera salir a abrazarlos, como si aún estuvieran ahí, con
su pluma en ristre. Cómo enseñan, cómo abren sin prejuicios
las puertas de su vida y nos regalan las llaves para
que abramos la nuestra.
Todo mandante, ya sea el mandamás como el
mandamenos, se afana (sobre todo cuando afana) en no
ser sencillo. La dificultad es su muro de contención, su
bastión, su blindaje. En la sencillez, los hombres y mujeres
se amparan, se comprenden, se alivian. En la complejidad,
en cambio, se ven con desconfianza y con rencores.
Cómo no tener en cuenta que la muerte es la cumbre de la
sencillez.
10. Pérdidas
El pasado es una colección de silencios, pero hay
partículas calladas, irrecuperables provincias de mutismo,
albas y crepúsculos que quedaron ocultos, más allá de ese
horizonte tan poco hospitalario; tallos que nunca más se
expandirán en rosas, oscuras golondrinas que se aclararán
en uno que otro vuelo.
Lo perdido tuvo color pero ahora es incoloro. Los
latidos del gastado corazón invaden nuestra noche, pero el
insomnio actual tiene otra partitura. Lo perdido es también
un par o dos de labios que probaron el sabor de los
míos, y que ahora tan sólo puedo besar en mi memoria.
Lo perdido es la luna redonda que yo hacía ovalada
en mi retina y el firmamento con estrellas que ahora es
apenas un cielo raso azul.
Todo se va borrando, todo pasa a ser sombra y vacío.
Y el obligado acabose no nos ayuda a hallarlo.
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