¿Llama o cristal?
por Rafael Fauquié



“He leído recientemente que los modelos del proceso de formación de los seres vivientes son, por un lado el cristal (imagen de invariabilidad y de regulación de estructuras específicas), y por el otro la llama (imagen de constancia de una forma global exterior,
a pesar de la incesante agitación interna) ... Cristal y llama, dos formas de belleza perfecta de las cuales no puede apartarse la mirada,
dos modos de crecimiento en el tiempo, de gasto de la materia circundante, dos símbolos morales, dos absolutos, dos categorías para clasificar hechos, ideas, estilos, sentimientos...”

Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio

“La verdadera poesía es también pensamiento, y por otra parte, el verdadero filósofo no llega a ser tal
si no tiene en sí algo de la imaginación que es la trama secreta de la poesía.”
Paul Valéry


LA ESCRITURA ES UN CUERPO VIVO...

La vida del ser humano se acerca a las voces que fue descubriendo a lo largo de su camino. Como digo en mi libro Espiral de tiempo: “Quizá las grandes experiencias de la vida no sean, a fin de cuentas, sino el descubrimiento de algunas palabras: amor, ideal, felicidad... Escribir la palabra amorosa presupone la comunión de los cuerpos, el fascinante hallazgo del otro opuesto. La palabra del ideal encierra la trágica contradicción de lo inalcanzable. Escribir el ideal es perseguir las monedas de oro que aguardan al final del arcoiris; acariciar la intención del espejismo maravilloso; acosar sueños que, una vez tocados, concluyen al despertarnos. Las palabras felicidad y serenidad son las del final del camino. Las aprendemos tarde. Saber vivir es saber pronunciarlas; haber aprendido de ellas la dicha y el aplomo; haber logrado disfrutar esa única posible felicidad hallada en brevísimos fragmentos, chispazos únicos. Existen, por último, las palabras colectivas: tradición, religión, Dios, patria... Palabras en cuya devoción comulga la tribu, términos deificados en el sueño y en la fe de muchos o de todos, nombres escritos en el ancho designio de la historia común del hombre”.

Los sentimientos, las vivencias, los rostros, los paisajes que el tiempo del camino le van revelando al caminante, terminarán por hacerse voces. O sea: significados, alusiones, sentido. Para todo ser de palabras estas significaciones se convertirán en diseño de escritura. Al igual que todo organismo vivo, ésta es propósito, signo, fuerza, crecimiento, empuje; entidad que existe de acuerdo a una razón; acaso la más obvia, la más natural de todas: romper con el silencio. Como toda forma de arte, la escritura es creación que llega junto con la muy humana necesidad de deshacer algún tipo de silencio, de imponer significados allí donde antes no existía nada. La escritura es un acto creador que, al igual que toda creación, expresa, cubre, llena, hace vivir.

Dice Gastón Bachelard: “De muy niño sentí en el corazón dos sentimientos contradictorios: el horror por la vida y el éxtasis ante la vida.” Para cualquier ser humano el horror ante los días puede llegar, íntima y misteriosamente, junto al hechizo frente a la plenitud de los días. El misterio del tiempo abrumador y deslumbrante se entreteje al tiempo que atemoriza o que confunde. Ambos sentimientos, maravilla y temor, son límites que van definiendo el camino de todo ser humano y que, desde luego, determinan las opciones del ser de palabras ante su escritura. La fascinación por la vida o el horror y el hastío frente a ella lo llevan a escribir; o sea: a responderle a la vida con sus propias voces. En un artículo al que colocó el escueto título de Por qué escribo, George Orwell sostuvo que la mayoría de los individuos abandonaban toda ambición de sobresalir en la vida más o menos hacia los treinta años, excepto en el caso de los escritores, quienes eran capaces de conservar intacta esa ilusión hasta el final de sus días. A lo largo de estas páginas me refiero una y otra vez a la escritura en términos de asidero, apoyo, juego, cobijo, pulsión, compañía... Creo que todo eso termina, de una u otra forma, por relacionarse con la ilusión: espejismo que permite a cualquier ser de palabras vivir con intensidad permaneciendo siempre curioso ante un horizonte que brilla ante él.

 

...DE CRISTALINA TRANSPARENCIA O DE QUEMANTE LLAMA...

En dos elementos simboliza Italo Calvino el proceso de formación de todo organismo vivo: uno es el cristal; el fuego, el otro. El cristal representa lo invariable, lo sólido, lo firme; la llama alude a lo cambiante, lo dinámico, lo elusivo. La llama, con su calor y sus impredecibles movimientos, traduce la intensidad de la vida. La transparente solidez del cristal evoca la firme nitidez de los descubrimientos; simboliza, también, la perfección de las formas, la regularidad de las ideas, la exactitud de los conceptos, la precisión de lo que es abstracto y racional. En la llama encarna la luminosa presencia de las imágenes, los siempre cambiantes diseños de las voces que arden en las manos del poeta. A la metáfora del cristal le resulta ajena cualquier visión de movilidad y diversidad. La metáfora de la llama expresa cambio e inmarcesibilidad; la del cristal, exactitud y transparencia. Cristal y llama: tan opuestos y, sin embargo, de alguna forma, también tan semejantes. Fuego del tiempo y cristal del tiempo: ambos aluden a luminosidad, reflejo, brillo. Ambos se relacionan con la luz necesaria para percibir la intensidad de tantas imágenes esenciales.

El calor de los días y la luz de los días se reiteran en las voces escritas por los seres de palabras. Luz y calor del tiempo humano reflejados por una escritura que se esfuerza en llamar la atención sobre sí misma. Para todo ser de palabras, la búsqueda estética de sus voces será una manera de acercar hasta ellas el interés o la curiosidad de los lectores; atraparlos en esas páginas en las que viven y actúan las palabras. En un acto que revela un profundo rechazo al vacío, a lo despojado, a lo inexistente, el ser de palabras llena de voces las páginas que escribe. Necesita dar vida. Precisa escribir imágenes o ideas y proyectarlas más allá de sí mismo. En El arte romántico, dice Baudelaire: “Pocos hombres se hallan dotados de la facultad de ver; y menos aún son los que poseen el poder de expresarlo. Ahora, mientras los demás duermen, éste está inclinado sobre su mesa, lanzando sobre una hoja de papel la misma mirada que dirigía hace un momento sobre las cosas, esgrimiendo su lápiz, su pluma, su pincel.” Artista será, entonces, todo ser humano capaz de ver, y, sobre todo, capaz de expresar eso que ve; de dedicar buena parte de su vida a decir, y, haciéndolo, a señalar su presencia. En su acto, que tanto se parece al del náufrago que arroja la botella al mar, esperando que alguien la recoja y lea el mensaje que ella contiene, todo artista, todo ser de palabras, necesita comunicar y compartir; pero existe, también, algo más: su pulsión por aferrarse a sí mismo. El ser de palabras escribe y, al hacerlo, refleja su vida con sus caminos y laberintos y destinos. Pero, a la vez, la escritura refulge con brillo propio, tratando de atraer miradas sobre sí misma. De nuevo, la imagen del cristal; transparencia de la palabra que es voluntad de nitidez, de conjuro ante la confusión y la imprevisibilidad; forma de las informes circunstancias de la vida. Dar forma: la posible voluntad de orden del ser de palabras al escribir, reitera la cristalina solidez de las comprensiones, el propósito por ordenar ese universo que percibe y vive y siente a través de demarcaciones verbales con las que enfrenta el caos de lo tumultuoso o lo fragmentario.

ero si ese propósito de orden y transparencia en la escritura se asocia con el símil del cristal, la imaginación del poeta se parecería más bien a la fuerza y el calor del fuego. El lenguaje imaginativo es el de las llamas. Imaginar, fantasear, soñar son actos que van más allá de las comprensiones y los raciocinios; acciones con las que se puede llegar a tocar lo indescifrable, lo incomprensible, lo intraducible. A través de la imaginación, el ser de palabras crea cálidas metáforas que analogizan realidades muy distantes, que relacionan poéticamente las comprensiones humanas ante el universo. Y existe, desde luego, el fuego del juego de las palabras. Juego y  fuego: jugar con las cambiantes llamas que alimentan la curiosidad, la fantasía, los recuerdos; fuego del pasado que regresa reconstruido por el calor de los días presentes, por el fuego de la realidad misma. En la conciencia del ser de palabras, necesariamente enfrentada a su realidad, necesariamente viviéndola o padeciéndola o dominándola, vive el fuego de sus actos, de sus sueños o de sus pesadillas. Y su escritura está hecha con las llamas de sus circunstancias. Las formas del fuego fue el muy bello título con que bautizó uno de sus libros el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre. Forma del fuego: forma de lo informe, disformidad o transformación incesante de las formas; forma de la luz y del calor, forma de la intensidad y de la pasión. Del fuego de la experiencia, del fuego del contacto con la realidad, queda para el poeta el rescoldo de los recuerdos: cenizas de la experiencia, brasas de lo vivido.

Y está, por último, el fuego del lenguaje mismo: el de las voces inflamadas por su expresividad; fuego de una verbalidad capaz de abrumar o seducir; de una expresión que, en su misma sonoridad y fuerza, se hace calor y color que llegan a privar sobre la idea y la imagen. Escueta pureza de la voz que por sí sola es exaltación que consigue ir más allá de la linealidad de las informaciones. Fuego de la voz capaz de transmitir lo incomprensible o lo indescifrable. Fuego del término que se consume en una explosión de palabras indisciplinadas, casi autónomas, que parecieran escapar de la voluntad de quien las hizo arder.

 

...VIVIENDO SIEMPRE DE LA PASIÓN QUE LO ALIMENTA

Borges habló alguna vez de dos concepciones de escritura: una, la ser de palabras “que vive en pasión”; la otra, la del ser de palabras “que vive en un mundo verbal”. En otro momento fue aún más explícito: “Sé de dos tipos de escritor: el hombre cuya central ansiedad son los procedimientos verbales; y el hombre cuya central ansiedad son las pasiones y trabajos del hombre”. En la comparación borgiana, se opondrían, por una parte, aquellos escritores para quienes prevalecen, sobre todo, la imaginación, con su natural visualización de mundos y temas, anécdotas y personajes; y, del otro, aquéllos para quienes lo que importa son, esencialmente, esas voces que, lentamente, trabajan.

En su relación, Borges colocó, de un lado, la ficción novelesca: fantasía creadora de imágenes que postulaban universos paralelos al universo real; y, como ejemplo supremo, señaló al Quijote. Apuntó Borges que, con su libro inmortal, Cervantes dibujó visiones y comprensiones que todos los seres humanos en cualquier parte y en cualquier momento podían identificar e, incluso, compartir. Una de ellas, acaso la más rotunda y trascendente: el contraste entre lo deseado y lo poseído; lejanía abrumadora, por ejemplo, entre lo que esperábamos de la vida y lo que la vida nos dio, insalvable abismo entre lo que suelen ser las ilusiones de la juventud y los naturales angostamientos que hereda la vejez. En la temprana primera parte de sus vidas, los seres humanos imaginan que todas las opciones pueden resultar posibles y todos los anhelos hacerse realizables. El transcurrir del tiempo acarrea el desvanecimiento de esos espejismos. Vivir, crecer y envejecer, si vamos aprendiendo adecuadamente lo que la vida pueda enseñarnos, acaso signifique aceptar refugiarnos resignadamente en nuestros conquistados pequeños espacios: centros innegables que logran resguardarnos de las promesas rotas y de las desmentidas fantasías. De alguna manera, Cervantes con su Don Quijote supo aludir al fuego de la vida, con su correspondiente suma de experiencias y memorias, de ilusiones y desengaños. Las páginas de Cervantes dibujan, con extraordinario acierto, una peripecia humana convertida en símbolo reconocible porque, acaso, todos los seres humanos logramos distinguirla entre nuestros propios aprendizajes.

Frente a la escritura de ficción, fantaseadora, vasta en anécdotas y universos, Borges postuló la que, según él, sería su opuesto: una escritura exacta en su hechura donde la precisión de las voces logra que tanto imágenes como razones puedan llegar a lucir definitivas. Como los artífices de esta versión sugirió Borges dos nombres: uno, el de Francisco de Quevedo; y el otro, el de Paul Valéry: ambos creadores de palabras de metálico brillo y de certera precisión; creadores de minuciosas construcciones de perfección formal, ajenas por entero a todo cuanto no fuese su minucioso rigor. En realidad, tanto en la mención de Borges a Quevedo como a Valéry, intuimos una referencia de él a sí mismo y a esa escritura que, acaso como ningún otro, llegó a encarnar: la que relaciona intelecto con imaginación, la que enriquece todos los argumentos gracias a la exactitud de las voces empleadas, la que por la minuciosa pulcritud de sus palabras llega a acercarse a lo irrefutable.

Como tantas imágenes borgianas, esta oposición de escrituras podría abrir las puertas a muy amplias sugerencias. Podría asociársela, desde luego, a las imágenes de la llama y del cristal utilizadas por Calvino. Podría relacionársela, también, a un ideal de escritura que se propusiese acercar la pasión por la vida a la pasión por las formas verbales que expresan la vida; ideal según el cual el ser de palabras fantaseador conviviría con el artífice y el pensador con el esteta; ideal jamás indiferente a la intensidad de las palabras, comprometido siempre con la contundencia de las formas y de los argumentos. A la vez, transparencia y llama, fuego y reflejo, esta escritura acerca la voluntad del ser de palabras por comunicar en sus voces el fuego de su vida junto a la cristalina transparencia de sus visiones. Escritura de muchas expresiones y expresividades, siempre muy próxima a ese yo que la concibe. Construcción nómada, amplia, abierta y móvil convirtiéndose en diseño de espacios que reúnen la ética de los significados a la estética de las significaciones. Escritura de la llama y del cristal: hábito, y a la vez morada, juego y también divisa. Escritura independiente, libre, suelta y ágil, saltarina por sobre definiciones y rótulos, dúctil en sus rumbos y ligera en su ritmo, capaz de moverse con gracia de una referencia a otra, diestra en cruzar los estrechos linderos que tradicionalmente han separado los géneros literarios, diestra también en escribir las voces de todos los días recubriéndolas de texturas y sonoridades y coloraciones especiales. Escritura de gestos suspendidos, curiosa y entrometida, superviviente de todas las tachaduras y enamorada de sí misma y de sus hallazgos, capaz de extraer de cada voz un matiz preciso para nombrar el sentido y la intensidad de cualquier descubrimiento. Escritura errabunda, nunca errática, abierta a la infinita posibilidad del decir. A la vez prosa y poesía, idea e imagen, concepto y sonoridad, la escritura de la llama y del cristal significaría la reunión del calor de las memorias, reflexiones y fantasías junto a la exacta pulcritud de la transparencia verbal.

Personalmente, alguna vez he percibido esta escritura en algunos lugares: por ejemplo en los ensayos extraordinariamente eruditos y a la vez siempre poéticos de Octavio Paz: totalizaciones y síntesis de comprensiones deudoras de lo racional y de lo sensible. La he percibido en las maravilladas fantasías y barrocas elucubraciones de Jorge Luis Borges dibujándose en sus poemas tanto como en sus cuentos y en éstos tanto como en sus ensayos. La vislumbré, también, en las bellísimas e intelectualizadas poetizaciones de Italo Calvino; en las sorprendentes alegorías de Ernst Jünger; en las negras y certeras mitologías de Cioran; en las cotidianas aventuras poéticas de Paul Valéry; en la fluyente y melodiosa voz de María Zambrano; en las grandiosas aseveraciones y elípticos aforismos que construyeron la siempre dúctil expresión de Federico Nietzsche...

 

 


Rafael Fauquié. Caracas, 1954. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello (1977). Postgrado en Sociología de la Literatura en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Paris (1979). Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela (1984). Entre 1979 y 1985, Director de los seminarios de literatura venezolana en la Universidad Católica Andrés Bello. Desde 1980, profesor del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar, institución de la que es Profesor Titular y en donde ejerció entre 1989 y 1993 el cargo de Director de Extensión Universitaria. Ha publicado los siguientes libros: Espacio disperso, Caracas, Academia Nacional de la Historia, col. El Libro Menor, 1983; Rómulo Gallegos: la realidad, la ficción, el símbolo, Caracas, Academia Nacional de la Historia, col. Estudios, Monografías, Ensayos, 1985; De la sombra el verso (poesía), Caracas, Epsilon Libros, 1985; El silencio, el ruido, la memoria, Caracas, ed. Alfadil, col. Trópicos, 1991 (Premio CONAC de Ensayo, "Mariano Picón Salas", 1992); La voz en el espejo, Caracas, ed. Alfadil, col. Trópicos, 1993; La mirada, la palabra, Caracas, Academia Nacional de la Historia, col. El libro Menor, 1994; Espiral de tiempo, Caracas, Fundarte-Equinoccio, 1996; Arrogante último esplendor, Caracas, Equinoccio, 1998, Puentes y voces, Caracas, ed. Sentido, 1999; El azar de las lecturas, Caracas, ed. Galac, 2001; Caín y el laberinto, Caracas, ed. Comala, 2003.

 




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