Oralidad, legitimidad y escritura en "Un rato de tenmeallá"
Por Carlos Dimeo

 

Y me acorde del kilo porque el oido porque me cuando me fui a rascar lo encontre aunque creia que estaba perdido y lo cogi y entonces me fui a enterrarlo para que me diera una mata y poder comprar chambelonas y globos sin tener que revolver los basureros en busca de botellas y mientras corro con el kilo en la boca canto.
"Un rato de tenmeallá"
Guillermo Cabrera Infante
.


La fuerza de la oralidad en el campo de la literatura actual se enmarca en la lista de escritores como Juan Rulfo, Guimraes Rosa, Augusto Roa Bastos etc. y en nuestro caso particular en el trabajo realizado por Guillermo Cabrera Infante en el libro de relatos "Así en la paz como en la guerra". Tomando concretamente "Un rato de tenmeallá" y "La mosca en el vaso de leche", la primera de las historias es un caso típico de oralidad en la literatura latinoamericana, al referirnos a ella encontraremos los múltiples casos definidos por el mismo Carlos Pacheco y revisaremos inclusive ciertas coincidencias formidables entre la literatura de Juan Rulfo y la de Guillermo Cabrera Infante. La segunda historia está centrada específicamente en la estructura monodialógica, puesto que este intercambio producto de la literatura oral ya está fuera del marco para la presente historia. En otro sentido lograremos destacar las contraposiciones entre ambos textos cosa que nos permitirá definir de mejor forma esos elementos antes manejados por el campo de la oralidad.

La imposición de una oralidad en el marco de la estética de la literatura redefine ahora ese concepto que luego de la incursión de los españoles en América se había convertido en el centro perdido de nuestras imágenes y de nuestras historias. Este punto habrá que desarrollarlo en base a la historia " Un Rato de Tenmeallá" escrita por Gustavo Cabrera Infante durante las postrimerías del régimen de Batista y previos años de la futura y triunfante revolución.

 

La oralidad proscrita. La angustia perenne.

La correspondencia entre el signo y la oralidad, ha funcionado como la pérdida fundamental que nos ha dejado la ciudad letrada, ciudad que nos la escribió y nos la dejó el conquistador y su imagen del Nuevo Mundo en contraposición a la conciencia medieval. Mejor dicho la marca definitiva de la presencia de una ciudad escrituraria como lo denomina Angel Rama definida y dominada por los letrados que impusieron la percepción de la oralidad como una cultura subordinada fue la imposición de una nueva consciencia.

Hombres pertenecientes a esa cosmópolis todavía mitificada por el universo religioso a los que se les confirió ( de parte la verdad del monarca y de esa religiosidad) el poder de decir y de sustituir de la presencia de una verdad social y cultural de nuestro continente por otra impuesta en base a una Imaginación sociológica por demás bastante particular . Tarea que solo se encargaron de llevar a cabo y de fijar ideológicamente a través exclusivamente de la escritura.

 

El santo varón

Abogados, escribanos, escribientes etc. definieron la conducta de orden de una sociedad y de una cultura a la que le correspondían otros signos más afables y cercanos al pensamiento y a la imaginería social de un pueblo con razones de ser mas centradas que los de una metrópoli.

Ciudad gigante impuesta por una colonización no solo económica y territorial sino también cultural. La correspondencia no estuvo más presente entre el habla y el objeto sino entre la palabra escrita y la idea, la separación del sentido oral trajo como consecuencia que la estructura de consolidación de una sociedad predominantemente personal se viera dominada por esa ciudad letrada y los estamentos que fundamentaron las leyes escritas hicieran perder la fe en un cultura de traslación oral, en la que la ficcionalidad iba siendo removida con el transcurso de los años, con el transcurso del tiempo al camino de las letras. La ciudad se convirtió en el affaire del hombre conquistador y "moderno" que impuso una zona de conocimiento ideológico desintegrador del canto, de la imagen imaginaria, de la creencia social de la palabra hablada, de la oralidad.

 

La letra, con sangre entra

EL hombre era la ciudad. Allí estaba expresada la idea de un universo total y completo y todo aquello que no estuviera enmarcado dentro de ese concepto por demás expresado en el papel de las leyes y de los códigos, estaba fuera de una presencia real civilizatoria

Demarcada por la imagen de un monarca que solo podría dominar a través de una Real Cédula imperial, proclamas, edictos y reglamentos que dijeran de la imagen social que pertenecería al Nuevo Mundo; las formas orales perdieron la fuerza de presencia efectiva y solo se enmarcaron para no dejarse escapar en un camino subterráneo.

Semejante choque cultural (entre la presencia de una oralidad y la imposición de una corte ideológica guiada expresamente por la iconografía de la letra y su condición ideológica) sólo pudo ser llevado a cabo a través de una ley de hierro. La espada se convirtió entonces en la primera proclama oficial, al entender que la letra no era prejuicio de convicción para los hombres del continente americano. A la espada le siguió la planificación social de una ciudad que era la del hombre Renacentista pero que guardó propias características esenciales de una imaginante sociedad de "progreso" americano producto de toda la contienda que la colonia disfrazó en su imaginación. Los resultados no fueron en vano y la ciudad escrituraria e instaló en la forma de pensar del hombre para dejar atrás la oralidad, (de allí que nuestro ritmo sea mucho más lento), el texto de Carlos Pacheco refiere de manera clásica esta forma abrupta de re-codificar toda esta forma de proceder, de ser, del Nuevo Hombre americano :

 

La tarde del sábado 16 de noviembre de 1532 la plaza principal de Cajamarca, una de las ciudades principales del Tahuantinsiyu, vino a ser el escenario de un acontecimiento cultural de significación impar. Con desusada solemnidad, pero no menor recelo y desconfianza, el Inca Atahualpa, sentado en su alto trono y en presencia de una gran multitud de sus súbditos, recibe a la vanguardia del ejército conquistador. Don Francisco Pizarro y Don Diego de Almagro, comandantes principales, se dirigen al Inca a través de un intérprete como embajadores de un Rey muy poderoso. Atahualpa no se muestra impresionado, sin embargo y les hace saber que también él es Señor en su Reino. Fray Vicente Valverde, portavoz del mensaje de la Iglesia en la vanguardia de los españoles, interviene entonces y trata de persuadir y de obligar al Inca a que abandone el culto al sol, repudie sus ídolos, se someta al Sumo pontífice y al Rey de España y adopte la fe cristiana tal como lo manda el Libro, el Evangelio, la "palabra de Dios". El gesto y las palabras de Atahualpa al ser confrontado con el libro -que- habla son elocuentes [...] Semejante desdén por las Sagradas Escrituras produjo gran escándalo entre los españoles, quienes, instigados por el mismo fraile, según el mismo Huamán "[...] despararon sus alcabuses y dieron la escaramusa y [comenzaron] los dichos soldados a matar yndios como hormiga..." [1])


Este fue el primer paso de la Gran Ciudad y los hombres crearon dentro de la imagen personal esa cultura de subordinación, porque la noción de la pelea se centró bajo el precedente de que el libro que no habla [2] quiso imponerse sobre su misma oralidad, sobre esa concepción de la "historia" que tenía el hombre americano.

La magia de la oralidad llegaría a crea mitos como los de "el dorado", armas creadas contra esas cédulas reales, contra esos edictos que poco a poco se iban imponiendo pero que de una forma o de otra tendrían que vérselas con toda la imaginería y el recurso oral en la historia del Indio. En la historia de la cultura americana.

 

Las fuentes, fueron las escribanías

El acto de ser un escribiente formuló como ya lo hemos dicho una proposición distinta de afrontar a las imágenes en la literatura, que en el texto de Angel Rama,se definen como la correspondencia entre el signo y la palabra hablada y la separación entre este mismo signo y el objeto definió parte de la ciudad escrituraria;

 

Su imposición en los siglos XVI y XVII, en lo que llamaron la edad barroca (que los franceses designan como la época clásica) corresponde a ese momento crucial de la cultura de Occidente en que, como ha visto sagazmente Michel Foucault, las palabras comenzaron a separarse de la cosas y la tríadica conjunción de unas y otras a través de la coyuntura cedió al binarismo de la Logiquede Port Royal que teorizaría la independencia del orden de los signos. Las ciudades, las sociedades que las habitarán, los letrados que que las explicarán, se fundan y desarrollan en el mismo tiempo en que el signo deja de ser una figura del mundo, deja de esta ligado por los lazos sólidos y secretos de la semejanza o de la afinidad a lo que marca, empieza a significar dentro del interior del conocimiento y de el tomará su certidumbre o su probabilidad.[3]


El texto de Guillermo Cabrera Infante "Un rato de tenmeallá"trata directamente de contraponer la posición que los escribientes dejaron asentados en la ideología de la ciudad.

Todo el cuadro que compone el texto de "Un rato de tenmeallá" posee directamente esta conformación oral, su condición radica en la supresión del signo escriturario como el acento, las comas, los puntos y en la exaltación del signo fonético que precisamente arroja la solución contraria a lo que nos dice Angel Rama sobre el cambio que ese proceso del signo dedujo en la sociedad Latinoamericana.

Lo que decimos prefigura según Rama a esa Ciudad letrada y lo que trata de hacer Guillermo Cabrera Infante es precisamente lo contrario como dijimos acercar el signo al valor oral y no de la letra.

Toda la estructura de "Un rato de tenmeallá" está basada en la idea de que la forma en que los escribientes designaron la posición que la ciudad conservaba, definía el sentido ideológico del signo, reforzar entonces el proceso contrario obviando esa conexión entre ese signo y ese peso escriturario ofrece al texto una cualidad oral que define una forma estética radicada en la presencia del valor de "una comarca oral" y que sólo puede compararse con obras como la de Gabriel García Márquez "El coronel no tiene quien le escriba" o con Juan Rulfo "El llano en llamas" entre otros.
 

 

La comarca dentro de la comarca

El primer punto de observación que evidentemente separan al texto "Un rato de tenmeallá" de "La mosca en el vaso de leche" de Guillermo Cabrera Infante, radica precisamente en que todo el contexto ofrecido en ambos, (desde esas formas gramaticales en las que en "Un rato de tenmeallá" se hace fragmentaria cuando de manera opuesta el segundo texto conserva unidad de ideas, hasta la posibilidad de obra abierta que da la oralidad al texto motivado precisamente por la antes mencionadas características) se define como un texto fundamentalmente de la expresión de la comarca en la comarca. Es en otro sentido un lenguaje propio de la ciudad pero que por su condición de fragmentario es rechazado por esta ciudad letrada. Es la misma expresión subordinada que adquirió la oralidad en época de los conquistadores y que se enmarca fuera de la razón de ser de esa ciudad letrada.

Un valor de suma importancia para el texto de Guillermo Cabrera Infante "Un rato de tenmeallá" se fundamenta en esa tensión que se ejerce a través de toda la historia.

La creciente rapidez que le da la desaparición de los elementos gramaticales en los que se fundamenta la idea del Neo-regionalismo o lo que se ha denominado el efecto geo-sociocultural de estructuras hinterlands o trastierras [4] en este caso no se ciñe a la manera como la define Carlos Pacheco sino que hacemos una referencia de código distinta pero que se enmarca dentro de las mismas características. Ese encuentro, ese hallazgo de oralidad que hay dentro de ciertos estratos sociales aumentan y se conservan en la ciudad como parte de la creación de cierto lenguaje puramente expresado a nivel fonético y que precisamente es rechazado por la ciudad letrada y por aquellos escribientes que defienden y propugnan una defensa no solo de los valores morales sino también de los sociales estratificados a través de la palabra escrita.

Mensajes, papeles, formas de comunicación ideadas por una nueva ciudad que sigue defendiendo la base escrituraria a través de las leyes, las normas, los medios y que regula la actividad social de aquellos estratos que definen la manera específica de control social y las costumbres del hombre. El hombre acomodado, la ciudad media.

En el fondo estos esquemas escriturarios funcionan como estructuras ideologizantes de tal manera que producen la división en las mimas formas y maneras contra aquellos estratos que solo se conjugan a través de la oralidad y que están muy bien expresado en el texto de "Un rato de tenmeallá". El hombre "marginal", la ciudad baja.

 El texto de Guillermo Cabrera Infante produce este efecto de oralidad y lo encuentra en la ciudad que no afrenta la idea escrituraria. A esta ciudad, no le importa, ni siquiera en muchos casos la conoce.

Una idea fundamental expresada en el texto es que los estratos de poder en la parte de la sociedad que ha sido considerada como marginales son predominantemente orales y esto se manifiesta tanto en "Un rato de Tenmeallá" como "La mosca en el vaso de leche"; aunque en muchos casos estos se nos opongan, ambos textos refieren directamente y a primera vista este primer hallazgo que nos ofrece el texto de nuestro autor. Dos párrafos podrán servir de ejemplo para cada uno de los textos:


"Un rato de Tenmeallá", página 17
"que si se iba a poner con supersticiones y que no fuera a creer esas papas rusas y que mas mal no podiamos estar y que si su hermana se habia tenido que divorciar que no habia sido porque lo empeñara sino porque ella bien sabia con quien la habia cogido tio jorge bueno tio no no tio sino esposo de tiamalia y mama le grito que si el tambien se iba a poner a regar esas calumnias y que parecia mentira que el conocia bien a su hermana ama nadie se ponia de acuerdo con el nombre pues mama decia ama y papa amalita y abuela hija y nosotros tiamalia como para saber que era una santa incapaz del menor acto impuquido asi dijo" [5]


"La mosca en el vaso de leche", página 111
"¿Por qué yo siempre tendré que coser ropa de hombre? ¿Por qué siempre pantalones y pantalones y nada más que pantalones? ¿ Por qué no me dan batas lindas o vestidos de vieja u otra cosa? Están equivocados, pero muy equivocados. No hago mas que coser pantalones y pantalones. Seguro que lo hacen para ver si yo todavía abrazo las piernas y lloro o me olvido de ponerle los botones justos donde van, o que los escondo para dormir con ellos. ¡ Están..." [6]


En ese sentido en el que el signo estaba lejos del objeto y no de la idea de este mismo, la oralidad se veía, cada vez más intensa y rápidamente, revestida de una fuerza disminuida, porque lo oficial determinó (y quizá aún lo haga) una presencia directa del signo escriturario en el que se le daba fe a todo escribano que reseñara en ese "plano" geográfico la forma específica de explicar la ciudad. La letra del escribano era la letra real.

Este sentido arrojó a una literatura hecha con un recurso predominantemente escriturario. Ese signo escriturario fue una suerte de comunicación para algunos pero de desarticulación para otros. Es decir partiendo de la idea directa de una razón de la literariedad hay en "Un rato de tenmeallá" signos evidentes de una oralidad que trasciende, el campo de la estructura lingüística para definirse a través de lo fonético como razón primordial y de otras características que mencionaremos en una estructura estrictamente oral.
Ciudad destituida. Nueva ciudad.
 

Las hordas

Las características que son determinantes en la estructura de la obra para definirla como parte de la literatura oral están presentes en el texto "Un rato de tenmeallá" y se contraponen directamente con el texto del mismo autor "La mosca en el vaso de leche".

Como ya habíamos dicho antes los aspectos de la narración y de la ficcionalidad determinan en este caso la posible literariedad de un texto. El acercamiento que comporta "La mosca en el vaso de leche" define la característica determinante de observar un mapa letrado por la ciudad escrituraria. Es decir los códices, la formas, la estructura que tiene la historia "La mosca en el vaso de leche" solo provee la acción de comunicación y de cognición al lector a través de esos signos escriturarios que determina la sociedad del poder, la sociedad del poder letrado.

El orden debe quedar estatuido antes de que la ciudad exista, para así impedir todo futuro desorden, lo que alude a la peculiar virtud de los signos de permanecer inalterables en el tiempo y seguir rigiendo la cambiante vida de las cosas dentro de rígidos encuadres. Es así que se fijaron las operaciones fundadoras que se fueron repitiendo a través de una extensa geografía y un extenso tiempo.[7]

Esta instauración de un orden impide la aparición directa de las hordas. La cita de la página 16 define básicamente esa literariedad que se produce en la historia de "La mosca en el vaso de leche" y que se contrapone directamente con la estructura de "Un rato de tenmeallá". El valor del primero es esencialmente ese signo y la aparición de un narrador-testigo se define como el signo de una ciudad escrituraria, de una ciudad letrada, de una ciudad ordenada, que demuestra la continuidad geográfica y cronológica de la historia frente a la fragmentariedad y otras características propias de la literatura subordinada.

Estos contenidos están fundamentados primordialmente, más en el valor fonético que en el signo de la escritura.

"Un rato de tenmeallá" desde la fuerza de su título, ofrece la cualidad de este mismo. La frase que lo designa forma parte de esta historia subordinada que ha creado la trastierra de la ciudad, poblaciones recónditas , mínimas, desaparecidas para la conciencia de la ciudad media que gestan un lenguaje propio, unas leyes propias, y que se ocultan esperando salir "emergentes", convertidas en hordas.

Esta significación también determina esta diferenciaciones realizadas en ambos textos.

La ciudad subordinada no coordina ninguna de sus consecuencias en la estructura escrituraria porque su estrato social determina un alejamiento directo de ese poder. De tal forma que los signos, los símbolos manejados por esta ciudad se descomponen en las ideas fonéticas y no como en el otro caso en las ideas lingüísticas, el texto "Un rato de tenmeallá" tipifica perfectamente esta situación a través de la niña de seis años que no capta sino imágenes borrosas de la situación, pero que a través de su coordinación ya se determinan esta relación del signo y la imagen fonética característica que define parte de la oralidad.
 El valor de la ciudad letrada se levanta sobre la ciudad subordinada. Es esa comarca de trastierra lo que intentan hacerla desconocida para los otros, de tal manera que la ciudad letrada siempre está definida en una plataforma que le impide reconocer la existencia de un ciudad subordinada.

Es importante destacar el reflejo de ambas ciudades en la historia de "Un rato de tenmeallá" porque esta define a el acercamiento de ambas ciudades y eso está expresado a través de todo el contenido del texto; así por ejemplo la primera parte en la situación del cobrador se especifica este acercamiento:

" y entonces el hombre dice que ellos dicen que le diga que no pueden esperar mas y entonces y entonces y entonces mama le dijo que eran una esto y lo otro y que primero la sacaban a ella por delante y el hombre le dice que no la coja con el que no tiene que ver nada y que el hace lo que le mandan y que para eso le pagaban y mama le dijo que estaba bien que ella comprendia todo pero que si no podian esperar un mes mas y el hombre dice que ni un dia" [8].

Pero observemos que el poder de la ciudad letrada no desea establecer un contacto directo con la ciudad subordinada y envía a un emisario cercano a esa comarca oral con la que está reintegrándose.
 
Aunque la ciudad letrada sepa de la existencia de la ciudad subordinada trata de negarla, de desaparecerla de la conciencia social. Creemos que Guillermo Cabrera Infante toma parte de esta situación de la cuba de antes de la revolución, la plena Cuba de Batista donde estas marcas estaban definitivamente coordinadas. Esto lo define la viñeta que se coloca antes de la historia que ya conforma parte de esa oralidad y la historia misma, además de un comentario realizado por el mismo Cabrera Infante que define un poco lo que ha sido la realización de cada una de las historias:

" 'Un rato de tenmeallá' (1950) surgió del ambiente de miseria, promiscuidad y olvido en que vivía el autor con su familia de cinco: de la habitación única de cuatro metro por ocho, de las letrinas comunes, de los días de café con leche en el desayuno, el almuerzo y la comida. Si el personaje es una niña de seis años , es solo para poder llegar a la espantable realidad por la distancia más larga: el balbuceo, la confusa visión, la compresión borrosa. [9]

La ciudad subordinada acecha a la ciudad letrada.
 

La evanescencia, la reiteración, la lógica

Una de las características esenciales presentes en el texto es en primer término la evanescencia como muy bien está expresado en el libro de "La comarca oral". Existe un valor propiamente dicho que se manifiesta en el cuento "Un rato de tenmeallá" que es la función evanescente que presenta la oralidad precisamente como valor de su condición misma. La ciudad escrituraria fija valores de narración que son en cierto modo invariables y que y que no permiten otro rasgo dentro de la forma ficcional.

La palabra evanescente de un texto es oral en el sentido, de que esta misma palabra al ser manejada en el texto se toma la expresión, de ser ligera, de ser liviana, de modificar ese producto de sensación que deja la literariedad en el sentido mismo de su fijeza. Esta característica está determinada en la historia "Un rato de tenmeallá" y le imprime un valor situacional de fugacidad haciendo el ritmo mucho más rápido, sin olvidar que existen elementos también de la escritura que sirven para definirnos ese campo oral. Es importante definir lo que plantea Carlos Pacheco en "La comarca oral":

"En contraste con el carácter relativamente fijo y permanente del texto escrito, la palabra oral es evanescente por definición. [...] Por consecuencia, ya que el discurso oral sólo puede ser registrado en la memoria y no sobre ninguna superficie o materialidad autónoma de escritura, requiere que tanto el emisor como su audiencia sean apoyados por múltiples y peculiares recursos mnemónicos, tales como el desarrollo de una trama narrativa, el uso de diferentes tipos de "formula", la utilización de patrones fonéticos, sintácticos, métricos, melódicos, rítmicos o míticos, la recurrencia de tópicos o lugares comunes, el soporte de movimientos corporales o el apoyo estructural de modelos binarios de analogía o contraposición. [10]

Estas características mencionadas y producto de la evanescencia están demarcadas en el texto de "Un rato de tenmealla" pero no definidas en "La mosca en el vaso de leche". De manera que el signo escriturario de la narración en la primer historia posee todas esas características formadoras de la evanescencia.

La oralidad pasa y solo queda en la memoria de los hombres que al contrario de lo que cree la ciudad letrada se hace esa imagen perenne en la historia del individuo y repercute en el pensamiento humano. O acaso no nos enfrentamos a nuestro propio inconsciente a nuestro nuevo sentido de las imágenes. El texto de "Un rato de tenmeallá" es oral porque posee esos recursos del lugar común, entre otros.

Decíamos que el título era parte esencial y es esta misma frase que se designa para darle estructura completa a la historia. Esta frase hecha, maneja en la ficcionalidad el campo de la ciudad subordinada y define una estructura social, recordemos cuando dice: "y me dijo que le dijera a mama que me diera un rato de tenmeallá" [11]

De tal forma que la frase define toda la estructura de la historia aunque esta no termine allí. La evanescencia entonces está demarcada en la historia y prefija ya parte de una oralidad definitiva en ella.

Otra característica esencial en la oralidad es la condición de reiteración de las frases, palabras e inclusive letras que no se maneja en la literariedad a menos de que demuestre escriturariamente una condición muy específica. Una vez más este signo de oralidad está definitivamente marcado en la historia de "Un rato de tenmeallá" y está evidentemente suprimido en "La mosca en el vaso de leche". Esta supresión viene condicionada por el signo escriturario. La marca por el contrario que ofrece el otro trabajo recarga esa línea de reiteraciones presentes desde el principio hasta el final, mostrando además un recurso directo de la obsesiva y peligrosa situación que el personaje está viviendo. Lo importante aquí es que más que reseñar (al que escucha y no al lector) que este evento es un signo típicamente oral, es en parte la estructura de condición que se ejerce en la noción de la reiteración.

"y le dije que el que y ella siguio como si no hubiera oido pero que es necesario pues había que evitar el desasio dijo o algo parecido y que si ese había sido el precio que que se ida a hacer y que ahora sabía donde encontrar la plata a fin de mes"[12]

Esta reiteración muestra y ofrece un universo que define a la ciudad subordinada y la define con respecto de un patrón determinado por la ciudad letrada.
Otro ejemplo característico de esto es la traslación de la palabra impúdico por impuquido, la noción de la segunda está fundamentada en la primera que además se ha dictaminado como la correcta y como la que deberíamos (porque así lo ha marcado la ciudad letrada) escribir y pronunciar. Esta diferenciación y acercamiento de lo subordinado por lo letrado se orienta entonces a una condición de procesos mucho más compleja que la producción de un término. Es en primer término la definición de un estrato oscila tratando de acercar el otro como signo de la Nueva Ciudad, la correcta. Y es ejercer la reiteración de los términos en la búsqueda de un vocabulario que determinaría la escapatoria de la situación.

A lo que nos referimos básicamente es a que aunque la reiteración tenga esta condición fonética de producción oral también define una situación que se funda en el sentido irrestricto de definición social. Sentimos así una necesidad definitiva de la niña como de escapar de la situación, aunque a la luz de los ojo nuestros esta forma no aparezca bien definida.

El balbuceo de la niña viene manifestado a través de la reiteración y aunque la situación sea de extrañeza, esta viene expresada por la forma de las palabras que nos designan una angustia perenne. Inclusive luego de finalizada la historia que por su mismo carácter oral no termina sino que se despide abierta, la forma del texto define esta angustia.

Una tercera característica definida en la historia de "Un rato de tenmeallá" está planteado en el problema de la lógica y la ordenación de los elementos. La forma oral del texto evita en todo momento alguna explicación teórica del mundo, en principio porque la posición asumida por el hombre de la ciudad subordinada es absolutamente mítica, mágica.

 En el texto esto se expresa en el momento en que observa en que el polaco empieza a ver los senos de la hermana de la niña y desea agarrárselos. Pero produce en la niña una necesidad de explicación del por qué, el polaco ve tan fijamente a su hermana, allí estalla el primer momento mágico.

 Aunque el personaje tiene la posibilidad de no darse cuenta de los sucedido por la edad contenida en ella, aún se maneja la sentencia directa de que es un discurso completamente mágico y que desaparece de la lógica que ejerce en la ciudad escrituraria el hecho narrativo:

" y yo no se como ella se atrevia y ahora debia tener algun bicho entre los senos porque el seguia mirando como si quisiese poner los ojos donde la mano ahora quiza para matar el bicho pero ella no queria matarlo y le quito la mano y le dijo que adentro y parece que el queria hacerle algun regalo porque le pregunto que cuando cumplia los dieciseis y ella le dijo que el mes que viene y el dijo que estaba bien y entonces no habia problema y que entrara y mama dijo un dia que no entraramos ahi nunca asi nos ofreciera el un mundo colorado y cuando yo le pregunte que por que ella me dijo que porque el era un hombre asqueroso que hacia cosas asquerosas y cuando le pregunte como era un mundo colorado me mando bien lejos pero yo creo que ella se refirio a que no limpia el cuarto y no tendia las camas y que habia mucho polvo" [13]

De esta forma observamos como ese precedente de la lógica no se fundamenta en el texto de "Un rato de tenmeallá" porque lo más importante en los hechos narrados de la literatura oral no se fijan única y exclusivamente en las consecuencias de las situaciones y sus explicaciones sino que por el contrario lo más importante aquí viene definido por los factual, o por lo sucedido. La lógica en este caso sucede a lo mágico, lo mítico. La substanciación de las explicaciones deducen una consecuencia que historiza a través de esta enseñanza de la palabra que aparece en la ciudad subordinada. Es aquella pues donde no hay escuela. Donde la letra es la palabra hablada.

De allí que se le dé un valor documental a toda la historia que es contada. La fuerza de la verdad queda detenida, no tiene conciencia innovativa porque debe retenerse antes de producir cualquier cambio, aunque los produce y con mayor rapidez que la ciudad letrada; pero las condiciones de observación para los cambios que se puedan efectuar son mucho mas rigurosos.
 
Fuertes palabras. Oralidad que domina mi mente
 

Algo más sobre lo mismo

Para analizar parte del texto de "Un rato de Tenmeallá" también es importante resaltar el hecho de que la cultura tradicional es una cultura dialogante y es fundamental al problema de la separación del signo sobre el objeto. Reducto directo de la presencia de una ideología refuerzan a esa ciudad que había sido redactada por los escribanos. La literariedad de los escribanos vinos objetada en la separación que del signo hizo la cosa:

"Mientras el signo exista está asegurada su propia permanencia, aunque la cosa que represente pueda haber sido destruida. De este modo queda consagrada la inalterabilidad del universo de los signos, pues ellos no están sometidos al decaimiento físico y si solo a la hermenéutica." [14]

Esa posición tomada por los escribanos demostró que la ciudad letrada tuvo un marco impositivo con estructuras demasiado organizadas, pero la oralidad define con su cultura subordinada coordenadas de captación y organización paralelas a la forma escrituraria.

A lo que nos referimos básicamente es a la pérdida de esa cultura oral "gracias" a le experiencia del mundo renacentista que trató de imponer un universo del "conocimiento" cuando en realidad lo que nos dejó fue esa consagración de una sociedad que está marcada por esta miseria y marginalidad económica pero alrededor de la cual se gestan mitos de resonancia histórica, que es el legado de un pasado antes mencionado. Quizá un poco sea esta la situación que nos trata de mostrar la historia de "Un rato de tenmeallá".

Fuera de esa organización marginal, que nos condujo parte de la conquista, hay efectivamente un mundo de la palabra hablada que aspira a surgir en medio de todas esas vicisitudes, esa palabra no pertenece a la ciudad media sino a la ciudad subordinada.
 
En el trapecio seguiremos jugando.
 

El marco de la irreverencia

El poder y su estructura también se expresan a través de esa oralidad y de esa literariedad. El estudio que conserva a estos dos aspectos no viene definido exclusivamente por un juego mnemónico de palabras.

En el asiento de la escritura con la llegada de los conquistadores también se fundamentó la ciencia de un dominio secreto y oculto para la sociedad americana que recién re-encontraba a fuerza de la sangre como ya lo dijimos un valor neto a la escritura.

La ciudad letrada instauró su imperio a fuerza de un látigo que luego llegó al papel. Pero esta forma se internalizó de tal forma que la separación de esta tradición solo le quedó a la ciudad subordinada. Esa ciudad que viene representada a través del personaje de la niña concede a la estructura del cuento "Un rato de tenmeallá" la posición de un canto lírico sobre el que nuestro personaje nos cuenta la historia.

Su discurso que es un legado directo de la situación y el cual escuchamos desde fuera (recordemos no como lectores sino como oyentes) define estas estructuras de poder que ha ejercido la ciudad letrada sobre la ciudad subordinada observemos la siguiente cita:

"En efecto, esta lectura no puede dejar de injertarse en la problemática abierta por la conciencia, cada vez más aguda, de que el poder desde los ejes o centro hegemónicos hacia las marginalidades o periferias, no se ejerce únicamente a partir de una supremacía de carácter político, social o técnico, no se funda sólo en razón de sexo, edad o condición profesional, sino que implica, sobre todo y abarcando en alguna medida todas las variables arriba mencionadas, una soberanía cultural , vale decir, una soberanía lingüística, tecnológica, comunicacional, estética, teórica, epistémica, axiológica...Se trata de la progresiva emergencia, en la conciencia occidental y letrada del fantasma..." [15]

 La proposición hecha en este párrafo por Carlos Pacheco define una posición de los estatutos de orden de la ciudad letrada sobre una literariedad supuesta que dignifica ese orden.

Así como éste grupo se encuentra fuera de las variables estéticas fundadas en la ciudad letrada, ver entonces en el personaje de la niña de seis años de "Un rato de tenmeallá" acercarse a lo que está proscrito para los habitantes de la ciudad.

Pero la intención directa del remarcar en el texto: "Un rato de tenmeallá" deduce del escritor una posición irreverente producto de una conciencia que se muestra enajenada de la realidad social y perpetúa un lenguaje despegado del estamento escrito con signos evidentemente de acertijos. Es decir se muestra la clara oposición reinante de un dominio que proviene de esta forma de hablar del signo fuera del objeto. La tradición de oralidad que trata de reforzar Gustavo Cabrera Infante, no resulta de la consecuencia directa que produce la cultura indígena, agraria o mestiza etc. Sino que es esa oralidad urbana que se forjó como signo de fuerza, de contraposición cultural frente a la exigencia cultural de la sociedad letrada urbana y oficial.

Es decir una oralidad urbana no oficial o lo que ellos denominan una cultura subordinada activada desde dentro de la ciudad letrada pero con un objetivo preciso y específico mermar la presión ideológica e histórica de la ciudad letrada oficial.

La práctica de reconocer a esa cultura subordinada como la cultura originaria que al serle impuesta una nueva visión de esa mirada que se produjo del continente europeo demostró la pérdida de los valores de la sociedad antigua de América. Este es el caso específico de "Un rato de tenmeallá" en el que la supresión de los signos de puntuación, de acentos, de una forma gramatical "correcta", la utilización de un lenguaje solo aceptado por lo oral más no por la razón escrita deducen las condiciones anteriores, antes mencionadas.
 

Algunos márgenes. Comentarios

En "Un rato tenmeallá" se presentan estos dos casos, formas gramaticales no aceptadas, ausencia de signos de puntuación y acentuación

"Y entonces el hombre dice que ellos dicen que le diga que no pueden esperar mas y entonces y entonces mama le dijo que eran unos esto y lo otro y lo otro y que primero la sacaban a ella por delante y el hombre le dice que no la coja con el que no tiene que ver nada y que el hace lo que le mandan y que para eso le pagaban y mama le dijo que estaba bien que ella comprendia todo pero que si no podian esperar un mes mas y el hombre dice que ni un dia" [16]

"...que irse y mamá dijo que no que no que no que no que no y entonces papa le grito que no se pusiera asi y mama respondio gritando que no eso traia mala suerte..." [17]

Observamos aquí la falta de signos de puntuación y la falta de acentuación que antes puntualizábamos en el texto y que le da a la historia ese carácter específico de oralidad, bastante importante en el desarrollo de la obra con relación a lo que plantean Carlos Pacheco y Angel Rama en "La comarca oral" y "La ciudad letrada" respectivamente. Esta característica es la que vamos a resaltar remarcándola como esencia de un Neo-regionalismo dentro de la misma cultura urbana que se ha impuesto en la ciudad letrada.

Esto de lo típicamente aceptado o lo oficialmente aceptado que produce en el lenguaje oral formas comunicación que no han sido consideradas dentro de ese sentido antropológico que dejó la ciudad letrada. Legado directo de toda la influencia histórica de la conquista española en la que los estamentos fundamentaron a Europa como el centro del conocimiento cercenando cierta razón de comunicación que podrían producir los hombres de nuestra sociedad subordinada.

Otras palabras.

 

 

 

 

 

Carlos Dimeo  (carlos.dimeo@cantv.net) Nació en 1967 en la ciudad de La Plata, Argentina. Director, editor, escritor e investigador de teatro Latinoamericano, es actualmente Profesor en el Postgrado de Teatro Latinoamericano de la Universidad Central de Venezuela, Profesor en el Postgrado de Literatura Venezolana en la cátedra de Teatro Venezolano en la Universidad de Carabobo y Profesor de pregrado y postgrado en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador de Maracay.
Director de Dramateatro Agrupación y director de la revista de investigación teatral Dramateatro www.dramateatro.arts.ve, recientemente galardonada con el Premio Teatro del Mundo 2007, otorgado por la Universidad Nacional de Buenos Aires.

NOTAS
[1] Pacheco Carlos, "La comarca oral", ediciones de la Casa de Bello, Capítulo Introducción, 1989, pág. 13-14
[2] Utilizando el término de Carlos Pacheco.
[3] Rama Angel, "La ciudad letrada", Comisión Uruguaya pro Fundación Internacional Angel Rama, p. 11-12
[4] En efecto, la base geo-sociocultural de esta narrativa puede ubicarse en aquellas regiones relativamente aisladas de muchos de nuestros países designadas como hinterlands o trastierras: comarcas interiores de tierra adentro , alejadas con frecuencia del activo flujo e intercambio de información y de bienes que caracteriza a los puertos de importancia y a las ciudades grandes; se trata, pues, por lo común, de regiones escasamente pobladas, ajenas durante largo tiempo y tardíamente afectadas por las innovaciones de la modernidad.
[5] Cabrera Infante Guillermo, "Así en la paz como en la tierra", Edit Diana, 1988, pág. 17.
[6] Ibídem pág. 111.
[7] Rama Angel, "La ciudad letrada", Ediciones de la Comisión Uruguaya pro Fundación Internacional Angel Rama, pág. 16.
[8] Cabrera Infante Guillermo, "Así en la paz como en la guerra", editorial Diana, 1988, pág. 13.
[9] Ibídem pág 8.
[10] op cit pág 40.
[11] op cit pág 21.
[12] op cit pág 23.
[13] op cit pág 20.
[14] Rama Angel , "La ciudad letrada", p 18.
[15] Pacheco Carlos, "La comarca oral", Ediciones de La Casa de Bello, 1988, p. 54.
[16] Cabrera Infante Guillermo, "Así en la paz como en la guerra", Edit Diana, 1988, pág. 13.
[17] op cit pág 17.

 




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