El viaje sin distancia
Jana Leo de Blas

 

 

LA MUERTE COMO SI NADA

La vida tiene un límite: la muerte. La muerte es un hecho necesario; controlarla es imposible. Ante ello hay tres opciones:

Primera: hacer como si no existiera ni la muerte, ni el cuerpo, ni su espacio. Ir contra la necesidad y la realidad es ir contra la parte física. Si el cuerpo es el lugar de la muerte (donde se lleva a cabo), tener la ilusión de eliminar la necesidad del cuerpo y de eliminar el espacio real es tener la ilusión de vencer a la muerte. Así se va contra el cuerpo y la realidad. Contra el cuerpo: la descorporeización o en contra de las funciones o del ser orgánico del cuerpo (los trastornos de la necesidad primaria: el alimento) o se va contra la forma del cuerpo, la lucha contra el poso del tiempo en el cuerpo: la cirugía, la estética y la mudo. Y se va contra la realidad: la separación y la difusión, el mundo virtual y la creación de un mundo mental que extienda los límites de la realidad.

Segunda: intentar controlar la vida, el encierro en el espacio doméstico y lo conocido. Controlar la vida es la desviación de la falta de poder controlar la muerte. De aquí, la asfixia y el aburrimiento de lo doméstico, la casa, y el espacio mental de lo conocido; sus fisuras y sus contradicciones: el orden, el plan y la rebelión contra él.

Tercera: expandirse donde no haya límites en el espacio y en el dinero. En un nivel más abstracto, no es el cuerpo venciendo sus funciones y su forma, es la persona venciendo sus límites espacio-temporales: desviaciones del tiempo, en el espacio, enlos objetos y en el dinero. La búsqueda de la eternidad: la ilusión de eternidad en la fragmentación del tiempo. La memoria como lugar de eternidad.

Estas tres posturas ante la muerte: hacer como si no existiera, intentar controlar la vida y expandirse en donde o haya límites se dan de manera no excluyente, directa o indirectamente. Las formas indirectas de la aparición de la muerte en la vida, los “trastornos de la muerte”, es el objeto de mi discurso.

Reducir la muerte a un hecho técnico y separarla del espacio de la vida son formas de restarle importancia. La muerte sin ritual, una muerte sin tiempo y sin lágrimas, es una muerte que en el intento de rebasarse se ignora. La muerte técnica es una reducción de la muerte a una descripción de lo que ocurre (un paro cardíaco, por ejemplo) no prestando atención  a lo que significa.

La muerte planeada o la muerte esperada aparecen como formas de muertes bajo control. En sociedades en las que la muerte es algo familiar, la muerte súbita era entendida como una mala pasada, y la muerte en casa como una muerte benévola, la muerte natural. La identificación entre bondad y naturaleza  que se da en este caso no es más que un acto de irreflexión: tan natural como nacer es morir,  pero morir no aparece como un hecho bondadoso.  Se habla de la muerte natural para designar aquella que es ‘consecuencia natural’ de la condición humana: ocurre con cierto conocimiento de que va a ocurrir y sin algo violento que la produzca. Esto es una contradicción ya que la violencia es algo natural, pues se da en la naturaleza, empezando por la forma de nacer. Se considera muerte natural la que se produce en el momento oportuno, una muerte conveniente. Así, a esta muerte ‘conveniente’ debería en realidad llamársela ‘adecuada’, se adecua a nuestro plan. Con ello se define por muerte natural justamente aquella que es en contra de lo natural, ya que lo natural es inesperado, no se ajusta a un plan y en último caso, injusto.

 

EL DESTINO FATAL

El destino es la línea de referencia de nuestra vida, y no un punto de llegada. Lo que sabemos de nuestro destino es que vamos a morir. No sabemos su cómo, ni cuándo, ni dónde. Y antes de llegar a la muerte tenemos toda la vida por delante, lo que vamos a ser, la parte no conocida de nuestro destino; la que conocemos es la parte del destino que es fatal. Junto a la atracción del destino (lo que el destino nos depara), su  rechazo (lo que sí sabemos que vamos a ser: un cadáver). Cada cambio nos enfrenta a un nuevo límite y así nos sitúa ante un abismo de incertidumbre, al que nos queremos lanzar y a la vez al que queremos abolir.

La anticipación: el plan y el programa es una manera de asistir el cambio pero, a su vez, evita que el cambio se dé sin estar bajo control y en ese hecho imposibilita el destino como tal. Planear una actividad por adelantado es ir sobre ella de manera imaginaria. El programa ayuda a hacer de forma automática, sin tener que pensar y ser potencialmente paralizado en cada uno de los pasos.

La única manera de vencer el límite sería jugando con él: pervertirlo, esto es cambiar su dirección. Inventarlo, porque de hecho no existe, ya que planear es algo que se hace sólo sobre lo que uno tiene control y el ser humano no tiene capacidad de controlar su destino, con lo cual planearlo es una incorrección improcedente. La predestinación de forma absoluta no se da, sólo se cree, pero esto no ha de evitar el ‘hacer’ sobre cuyo espacio el ser humano sí puede actuar. La vida de una persona sería el resultado del destino: los eventos sobre los que no se puede actuar, y las acciones, lo que se puede planear y hacer. Nuestra vida guarda, entonces, una distancia con el destino: lo hacemos (en tanto parte de un plan) y a la vez ocurre (como suceso o evento que irrumpe desde el exterior).

Si fuéramos artífices de nuestro destino, lo seríamos de nuestra vida, y por tanto también de nuestra muerte. Bajo esta ilusión intentamos controlar nuestro destino y en ello no le dejamos ser, lo intentamos planear a la imagen que nos hacemos de el mismo. El mito de “hacerse a sí mismo” es una metáfora llevada a la realidad que evita llegar a ser lo que uno ni siquiera puede imaginarse, el sentido último del destino: su ser desconocido. El destino es el referente de nosotros mismos que va paralelo con nuestra vida. En primer lugar es el otro desconocido, y en segundo el que vaya paralelo implica que no tiene objetivo, y por ello mismo no se puede saber si se ha conseguido o no. Hacerse un destino es restringirse alo que se conoce, a lo que puede estar en nuestra imaginación.

 

AZAR, FATALIDAD Y MUERTE

El destino no tiene nada que ver con la elección. El destino trata de lo indefinido, desconocido e inesperado. Al decidir uno tendría que tener algo que decir sobre los términos de la elección, no sólo sobre los objetos de la elección; los términos vienen dados y se puede elegir sólo entre sus objetos. En cambio, el azar tiene términos y, por tanto, se puede predeterminar, en el sentido de que es una cuestión de probabilidades. El destino no tiene términos, y por tanto, tampoco reglas ni atiende a probabilidades.

En azar nombrado como “la suerte”, unos ganan sólo porque otros pierden. Sin embargo, la muerte –que es el destino de todo ser humano –sigue el  principio de la igualdad: hay tantos vivos como muertos. La suerte tiene que ver con la desigualdad. En el destino no hay ni mala ni buena suerte, porque el destino es con uno mismo. La diferencia entre el azar y el destino es que el primero es probable o posible, mientras el segundo es cierto, algo que debe ocurrir. El destino está por encima de la suerte.

Lo que se toma como fatalidad no encierra dramatismo alguno, es simplemente terrible, es trágico porque no hay nada que hacer en ello. La fatalidad es la parte conocida del destino: el límite de la vida y la muerte. En la fatalidad se da la conjunción entre lo ineludible que está dictado por el destino y la acepción nefasta de lo mortal. De ahí la identificación entre fatalidad y muerte y que se entienda a la muerte como una mala pasada del destino, como una fatalidad. Asumir la fatalidad es asumir la impotencia humana.

--El tiempo del destino, el momento en el que el destino que  se realiza es el mismo que el del individuo al que se refiere, es un presente continuo. El presente no es una línea en el tiempo, es la línea del tiempo que comprende todo el pasado y que se expande con cada paso en el tiempo. Un presente continuo es infinito e imperceptible.

En el tiempo presente nada desaparece ni aparece: es una presencia. El presente continuo es un tiempo que no tiene estado de suspensión, que no espera, y por tanto abole la esperanza, la de esperar que algo que se desee llegue, la de creer en su realización. El presente continuo no trata de creencias, sabe de vivencias. Concebir el tiempo con pasado y con futuro es concebir no sólo la necesidad del ser, sino su deseo. El deseo es siempre futuro, la necesidad es presente; es la lucha contral la necesidad y el peso de la presencia continua del pasado lo que hace que el presente no sea llevadero. El destino (en la imagen usual del tiempo fragmentado en pasado-presente-futuro) aparece entonces como un presente proyectado en el futuro –un presente deseado-, sin embargo el destino (en el presente continuo) es un presente con el que se establece una relación, referente.

Dos líneas paralelas son aquellas que se juntan en un punto infinito. Esta es una descripción que se puede aplicar a una persona y su destino, sus caminos corren paralelos. Ir hacia el destino es, según esta lógica, una manera de romper su propia estructura al pretender que el infinito se haga finito en un momento dado y al tapar el referente por la realidad. El punto de encuentro que se imponen con ifinito es un obstáculo para la infinitud, un accidente. No es la búsqueda del destino como un objetivo final, sino su camino en paralelo lo que le da sentido. Uno va hacia su destino en cada momento y manteniendo la distancia lo mantiene a raya. Abolir la distancia no sería encontrar el camino sino truncarlo, hacerlo impracticable, ponerle fin. El destino es nuestro referente, una línea a la que nuestra vida se refiere, pero que no es.

Si uno puede imaginar lo que va a ser, ¿para qué serlo?

 

 

 

 

Jana Leo de Blas es artista, doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y Master en Arquitectura por la Universidad de Princeton, EEUU. Profesora en la Escuela de Arquitectura en la Universidad Cooper Union de Nueva York, es colaboradora y/o asociada con OSA- Office for Strategic Architecture. Durante los 6 últimos años ha ejercido como profesora de proyectos y de conceptos avanzados en Arquitectura en Cooper Union University en Nueva York, a partir de una invitación de Peter Eisenman de quien fue profesora asistente. Ha trabajado en los concursos de arquitectura Europan 2003, Viviendas en Atocha EMV 2003, Orcasitas vivienda social 2003 y AZCA 2006. Su obra ha sido expuesta en el Espacio Uno del Centro de Arte Reina Sofia y en ARCO, en Madrid y el ICP (International Center for Photography) en Nueva York.
EL Viaje sin distancia. Perversiones del tiempo, el dinero y el espacio en la cultura contemporánea editado en 2006 es su primer libro, al cual anteceden multiples escritos que analizan la arquitectura actual, como el ensayo “Como mall me gusta el MoMA” publicado en revistas de antropología social y arqutiectura (Log) y de arte ( New York Arts). Ha trabajado como consejo editorial de revistas como “El Paseante” y escrito numerosos y artículos para catálogos y libros .

* Jana Leo de Blas, EL Viaje sin distancia. Perversiones del tiempo, el dinero y el espacio en la cultura contemporánea, CENDEAC, Murcia 2006. Compra el libro AQUI




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