La espera
Gustave Roud
Traducción de Rafael José-Díaz



Entre quienes viven, entre quienes juegan a vivir, los hombres que no tienen nada que hacer, que no sirven para nada, los inservibles, esperan apartados, con una pregunta siempre en los labios que tienen toda la vida para plantear. Unos esperan la muerte como una respuesta; otros, durante el tiempo de un relámpago, sienten en ellos mismos cómo se esboza confusamente esa respuesta, y luego vuelve a caer el silencio. Por muy despojados que los haya dejado el rechazo de los demás, sienten cómo se enfrentan en ellos demasiadas fuerzas antagónicas como para que en el seno de ese caos pueda oírse la palabra reveladora. Se esfuerzan por una imposible unidad del ser, pues ésta no podría adquirirse sino por una especie de suicidio, o por un compromiso muy bajo. Esperan. Vagan de aquí para allá sin otra meta que esta espera en sí misma. Un transeúnte les concede a veces la limosna de una mirada tan pura que ellos se levantan y lo siguen durante horas sin que él ni siquiera sueñe con volverse. El eco de una voz muerta les devuelve por unos instantes el fantasma de un hermano que acaba de desvanecerse. «Tenía la mirada tan perdida, la compostura tan muerta que quienes me han encontrado tal vez no me han visto.» Sí, lo creo muy seriamente, los demás hombres ya ni siquiera os ven, a vosotros que os habéis perdido -por no haberos atrevido a perderos. Es a vosotros a quienes hablo, como si mi voz pudiera oírse, hombres cercados por lo inexplicable, vosotros cuya miserable presencia es tan consoladora para los vivos que se funda majestuosamente en el sentimiento de su dignidad profunda. Vosotros no tenéis sino vuestra ansiosa debilidad, pero ¿es esta esperanza tan débil que os fuerza sin tregua a mirar?

Yo miro.

En lo más puro de mi memoria: un pueblo sobre el que estoy suspendido, adosado al muro de los muertos. Un pueblo muy pequeño: pocos seres vivos, menos muertos aún, como lo dicen las aproximadamente veinte tumbas detrás de mí bajo sus coronas de perlas y las rosas de Bengala ennegrecidas por el hielo. Colina a colina, la región alcanza suavemente el horizonte mordido por altos chaparrones. Un río de viento siega mi nuca, cae de un salto sobre los vergeles y sube al cielo con todas las hojas. La lluvia de las hojas y la verdadera lluvia comienzan. Es un pueblo al que he venido, uno de esos pueblos cuyo bello nombre en un mapa antiguo en el corazón del verano me llamó en otro tiempo. Una vez más, obedezco al recuerdo de esa llamada, a pesar de tantos adioses inútiles. Si de repente ...

(La sala del mesón era triste; un viejo agitaba con ira una botella de mosto, mostrando con la otra mano su vaso medio lleno de una especie de crema parda que no quería beber. Por encima de su gorro de peluche chafado, una terrible litografía: El Perro del Lago de Orte).

El camino sube hacia el cementerio bajo nogales y robles. Las nueces, las bellotas crujen bajo el talón.

Un carro se aproxima, la cuesta lo hace tan pesado que han debido colocar dos bueyes delante de los caballos. El hombre jura, luego canta; yo leo su nombre sobre el forro del caballo negro. Ha cortado su traje en la tela del cielo de agosto; es un trozo de cielo que camina bajo el verdadero cielo. Se detiene, tira de las riendas, me mira de arriba abajo ... ¿Sabe, tal vez? ¿Qué me impide correr hasta él, decirle: ¿qué tal?

Miro.

Y, esta vez, no recuerdos, sino, muy cercano e instantáneo, el espejismo de una presencia hacia la que me han conducido los largos caminos de brumas caritativas. ¿Quién podría decir qué demonio benigno suscita a veces, en el corazón de los que esperan, un sobresalto hacia el ser (les sopla) que podría salvarlos? Es él sin duda quien ha escogido para mí este camino de amanecer por los vergeles y los pueblos orlados de escarcha (el mínimo ramo de hiedra en los pabellones de los jardines vacíos es una oscura joya de azabache engastada de plata); por los bosques manchados de la sangre de los corzos, en donde la escarcha se desliza desde las cimas y chirría sobre las hojas muertas; por el valle de las campanas y las pasarelas sobre un río de ajenjo (una hoguera de leñadores allá en la orilla anuda en las malezas un humo tan azul como una mirada); por otros pueblos con las rosas todavía heladas, los negros crisantemos de Todos los Santos: Hasta que Volvamos a Vernos en el Cielo; por otros bosques: aquél en que vi en agosto a la pequeña comadre de la ardilla morder el sombrero de un champiñón que acababa de arrancar y hacía rodar entre sus patas; aquél, en fin, que rodea tu inmenso dominio, tú que me hablas sobre ese alto puente de granero en el ruido de la trilladora, con la mejilla, la frente, las pestañas enfurtidas de un fino polvo, impaciente por volver a ocupar tu lugar allí entre las gavillas desatadas y los retoños de trigo duro en los sacos repletos.

Miro cómo se ensancha el río de niebla, cómo anega su orilla, esa pendiente de tierra desnuda donde uno al lado del otro caminamos durante toda una tarde de otoño, rastrillador con el puño en la brida del gran ruano bonachón, rastrillador que reías en el sol, y el animal en cada parada al borde del campo cerraba su párpado cosido con gruesa crin pálida ... Miro. La niebla afluye contra el vergel, contra la granja, el granero, contra ti mismo. La trilladora ahoga tu adiós; la niebla devora tu mano tendida. Eres ceniza, eres vapor, no eres ya nada. Aquí no eres ya nada, pero allí vas a retomar peso y vida entre todas esas otras vidas, y yo me deslizo y vuelvo a partir al hilo de la bruma, sin voz, sin pensamiento, como un palo flotante del que ningún leñador en la orilla podría obtener llama alguna, como un vago copo de espuma pronto deshecho, disuelto en la resaca indefinida de la espera y de la ausencia.

 

 

 

 

*Poema-relato pertienciente al libro El descanso del jinete, Ediciones TREA, España, 2006. Compra el libro AQUI

Gustave Roud. Nació en 1897 en las proximidades de Saint-Légier, Suiza. Poeta, traductor, fotógrafo y crítico de arte. Sus primeros poemas aparecen en 1915 en un número de los Cahiers Baudios, pero recién en 1927 publica Adieu, su primer poemario. Posteriormente asume el cargo de secretario de redacción de la revista semanal Aujourd'hui (1929-1931). De 1936 a 1966 integra el comité de lectura de las Éditions de la Guilde du Livre. Asiduo lector de los poetas románticos alemanes, traduce en el transcurso de los años 40 a Hölderlin y Novalis, así como a Rilke y Trakl. En 1950 reúne en dos volúmenes los seis libros de poesía que había editado desde 1927: Feuillets (1928), Petit traité de la marche en plaine (1932), Essay pour un paradis (1932), Pour un moissonneur (1941), Air de la solitude (1945), Aut-Jorat (1949). Posteriormente, Le Repos du cavalier (1958), Requiem (1967) y Campagne perdue (1972). Muere en 1976. Póstumamente se han publicado sus diarios, Journal (1982) y recientemente su correspondencia con Philippe Jaccottet.
La obra de Gustave Roud constituye una de las cimas de la poesía de lengua francesa y acaso europea del siglo XX , a pesar de diversos factores como la discreción y el apartamiento del poeta, la complejidad de su búsqueda poética o la relativa distancia con que la poesía suiza de expresión francesa ha sido contemplada desde Francia.

 




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