Soneto ledo
Ser feliz en legítima defensa.
En contra del designio de los astros,
por hechura, por índole y sustancia,
por terquedad, y así, que Dios transija.
Ser feliz por liturgia y por encargo,
como campaña o lid contra uno mismo,
cual sanguínea codicia de ventura
o atávico y perenne juramento.
Ser feliz sin porqué y como si nada,
lo seré por antojo y por resguardo,
con mi sello, mi fe y mi patrocinio,
como razón de ser irrevocable,
por cambiar de plumaje, por curioso,
feliz porque me mando y me permito.
Fanfarria para un hombre común
Ser un hombre común es mi derecho,
con mi vivienda a plazos y mis vicios,
propósitos de enmienda y de ejercicios,
sonrisa gris y un dedo contrahecho.
Con femeninos dardos en el pecho
al amor he brindado mis servicios,
y es quizá, de entre todos mis oficios,
del que menos pensé sacar provecho.
Me abstraigo, leo, canto, voy al cine,
a veces soy -a veces- buena gente
con algunos, y no es que discrimine.
Con mañas hallo tiempo insuficiente
para lo que es, supongo, a lo que vine:
Gozar, para que conste en mi expediente.
Hombre de intemperie
He sido siempre un hombre de intemperie,
criatura externa, piel bajo elementos,
regido por fenómenos en serie,
mi rúbrica es la rosa de los vientos.
Prefiero el cielo vasto en mi cabeza
plomizo, añil, nuboso o constelado,
caprichos de la audaz naturaleza
pues, siempre amena, cambia el decorado.
Tras la ventana el día es invitante...
Si el diario transcurrir lo permitiera,
si un "quizá" me volviera un conspirante
mi profesión sería estar afuera,
mas ganar el sustento me confina
a la jaula que llaman oficina.
Soneto para cantar en un columpio
De grande quiero ser como mis hijos:
energúmeno ilustre con pelota,
un colibrí con una manga rota,
descalzo paladín sin reinos fijos.
Experto en alimañas y escondrijos,
solemne enterrador que da la nota
durante el funeral de una mascota
y un incauto de trampas y acertijos.
Quiero forjar prodigios y visiones
para hacer un palacio con camellos
de una pila de trapos y cartones.
Sin dejar migas de los días bellos
viviré a plenitud cinco estaciones:
de grande quiero ser como son ellos.
Varona
Tú, la unívoca doña de mi vida,
mi compaña amantígena, mi centro,
sin ti me rajo todo reteadentro,
me vuelvo un moridor, un egocida.
Poseyenta de todo mi besaje,
si no estás en un tris me desvarono,
desamachado me ajo de abandono
y a lagrimazos te hago un homenaje.
En mi corazonancia te enaltezco,
si me falta tu roja labiadura
me ahueco entero de una llenadura
de solitud y amárugico empolvezco.
Tienes razón: mi pene es imperfecto,
sin ti me desespermo y deserecto.
Caminauta
Cómo te me enmonarcas caminando,
dulce amiga de náuticos vaivenes,
a tus pasos, orgásmico me tienes
todos los días, no de cuando en cuando.
Yo solito, entusiasta, soy tu bando;
tu trashumancia enfiesta los andenes,
te sigo y solivianta hasta mis genes
el paladeable olor bajo tu mando.
Luciferina santa de mi culto:
pongo para que cruces cada charco
el saco, el portafolios, mis escritos.
Más vítores te lanzo que un tumulto,
mirarte es como bautizar un barco,
el más místico y dulce de mis ritos.
Tristura
Los que tristeamos siempre en cada fiesta
con el tímido nombre en el bolsillo
-acaso por común, de poco brillo-
y la raya del pelo descompuesta,
comúnmente sentimos que molesta
nuestro saludo insípido y sencillo,
de pie con una copa, en el pasillo
lo más lejos posible de la orquesta.
Ajenos a la magia del gentío,
línea territorial de humo y perfume
y el oblicuo mirar de las extrañas.
Aunque no falta un raudo escalofrío
que hace que el corazón se nos desplume
ante el llamado audaz de unas pestañas.
Está escrito en los códices
Lo sabe el colibrí que se destroza
buscando escapatoria en el espejo,
se oye en guitarras ya decapitadas
y brilla en la diadema de la lluvia.
Lo lleva el peregrino en su mendrugo
y los besos sin dueño lo musitan,
habita en el dolor inmerecido
y en la planta del pie de las mujeres.
Palpita entre los puños de los mansos
como alhaja de curativa lumbre
cual predicción de la madrastra noche.
Está escrito en los códices con sangre
que los lánguidos, tardos y medrosos
ganaremos al fin sin que nos guíen.
Vírgenes
Las vírgenes han instaurado un lupanar
en donde está prohibido acurrucarse.
Hay pureza en las estancias de mármol
y los divanes tienen aire de recogimiento.
Ninguna muestra la longevidad de su continencia
ni su rango de paloma voluntaria.
En una precaria fuente
han arrojado sus diademas de virtud.
Ninguna luce rostro
de feligresa amonestada
ni camina de puntitas.
Llega Dios
y le ponen
un clavel en la solapa.
del libro Poemas lapidados
La blanca decisión
a Emily Dickinson
Tú
mariposa blanca,
jardín con pesadillas,
vendrás conmigo
a transitar por un camino sin retorno.
Pondremos en entredicho a los espejos
y desconfiaremos del refrán del arcipreste,
dudaremos de la luz y sus perfiles
y nos obsequiaremos mutuamente
blasones vegetales.
Me enterneceré hasta el vértigo
si absuelves mi menesterosa mano
y sales por fin
luciendo el vestido blanco
con el que te vieron cortejar un día
al apocado tulipán
que frecuentaba tu casa.
del libro Poemas lapidados