Las causas perdidas
Por Ana Vidal

 

 

 


1.
No hay quien pueda afirmar que no he esperado
con paciencia cada noche, a que bajara
el hueso y se detuviera otra vez sobre la tierra.
Que me he vestido cada día y he salido a la calle
como si aún fuera posible la normalidad.
Entre las páginas llenas de palabras he buscado
el alivio,
la levedad, para que el tiempo fuera digerible
mientras me acostumbraba a este trozo insípido
y decadente, de Venecia sin dueño.
Quien sabe lo difícil que es sobrevivir sin acción,
saber que todo caerá a la desmemoria.
Y cómo podré no seleccionar el dolor, ahora,
como acallarlo, engañarlos;
ya he sido clemente con ellos, vivo.

 

2.
Yo tenía los labios muy pintados
para ensuciar deprisa su ropa
y no había avión quemado en el aire
ni gritos, ni muerte, ni miedo,
que me arrancara de su boca.
Él llevaba un reloj que no importaba,
no tenía madre, no tenía nombre, no tenía casa,
estaba tan enfermo que sólo podía llorar de rabia
y dejar que mis besos lo taparan.

 

3.

Ni hospitales, ni colegios, ni bares viejos que todos recuerdan.
Ni patios, ni más jardines rodeando edificios que nublan,
El cielo delante, detrás el mundo.
Sabemos que estos no son los sitios
pero estas habitaciones pequeñas existen,
las fábricas nos persiguen,
esto no es el mar y lo sabemos.
Aquí no podremos nunca aprender a dormir.
No hay asiento pero quien va a creerlo,
construir, construir más y más rápido
lejos, cuanto más lejos, para
que nazcan los que solo lo vean en televisión
y no puedan olerlo.
los que se crean que la arena sólo sirve para tumbarse al sol
y ser un color más las tardes de verano.
Los que lo pinten como paisaje,
¿pero es que hay otro mundo?
¿es que de verdad no os duele
no poder ser peces?
Porque antes de hombres fuimos pájaros
antes de pájaros fuimos peces
y antes de los peces no hay nada
más que azul y más azul mojándose y bramando.

 

4. Sin soleil

Toda poesía dices, debe ahora combatir.
Yo, sólo quiero,
tranquilidad dentro de esta guerra.
La lucha irrisoria de mi madre sola,
de mi madre siempre sola
en el pueblo que nadie conoce.
Las arrugas de mi madre
ya dentro del cáncer más común,
ella cayendo deprisa,
acabándose, sin saberlo.
Cuando yo nací ya había
abandonado la belleza,
lo supe por las fotos.
Todo el mundo lucha
para romper su trozo,
pero qué sabes, dime,¿ qué sabes?,
en cada ojo
hay raíces indestructibles.
Detente, el mar.
Sólo quietud en mi, dentro del agua,
que todo pase,
sin ruido.
Que fluya sin molestar.

 

5.

como las tardes de domingo,
nos resbalaremos como peces sin agua
que caen al suelo sin más.
nos  miramos las manos  como instrumentos inservibles
que se mueven arriba y abajo, en el vacío,
Hay tanto espacio para el vacío
cuando se mira desde el suelo…
Después de un rato en el que los dos estamos
sin hacer,
en el que hacemos por estar;
los brazos caen cansados.
Nos quedamos muy quietos,
porque al final, solo somos peces sin agua
en el suelo húmedo.

6.

Muñecas de sal, camisetas verdes,
piel naranja y me vuelvo intraspasable,
tan lento,
con todas tus catástrofes,
pese a la cafeína y al calor,
lento hasta doler,
y llegan, con la última nota,
el absurdo sin comedia
las magas que se escapan de los libros
las persas,
todas las mujeres que quise ser.
maniobras de escape de los cuerpos
sin desaparecer, pechos turgentes,
y la tarde cae, desde el pezón
la tarde entera se desploma
el mundo es tan alto y yo tan horizontal
será temporal, como cada verano.
Escribo cartas y las dejo en tus escondites
porque tú no has hurgado en mi ombligo
pienso;
no sabes cuál es mi centro,
y qué sabes. Qué sabes.
La calle se llena de pasos sonoros
por un instante nos creo visibles,
qué importa que te desconozca
que todo tú seas nuevo y aún así no te quiera;
la tarde languidece y me gusta así,
ver como va mordiendo los colores
hasta que se los traga y duerme.

 

7.

Ahora había llenado las horas de quehaceres
sin importancia, para que el día se comiera
las palabras,
una a una,
que se las tragara,
pa
la
bras,
poco a poco.
Que cayeran desde mi boca al suelo
sílaba a sílaba inútil.
Tres años de literatura a oscuras
desde ti a otros cuerpos a quienes
nunca di nada.
Guardándote cada palabra nueva
por si volvieras a esta casa sin muebles,
donde desde entonces quise silencio.
Pero ahora miro mis manos limpias,
y lo que tengo.
Tengo, sólo,  una colección
de palabras,
enteras,
atragantadas,una tras otra,
esperando.
Quiero que se despeñen,
que se hagan añicos
destruyéndote,
liberándome.
Porque si algo ha hecho el tiempo
es poner esqueletos de nombres en mi boca,
palabras sin cuerpo
que ya no tienen ni fuerza para oírse.
Tan gastadas,
inservibles.
Tengo un cementerio de frases para ti en mi vientre
y por eso no podré ser madre.
¿Oyes el eco de lo viejo?
tú, que estás tan lejos,
¿aún puedes escuchar?
dime qué hacer con un niño muerto entre las manos.

 

8.

Sabes que nosotros somos agua
pero hay demasiada agua en todas partes,
hay tantos hombres que aman el mar
como hombres que no lo necesitan,
hay hombres que ven el mar y lo desean,
creen descubrir que ellos también son salobres.
El río va al mar
pero el río no es el mar,
tus peces no son los míos,
nadie puede elegir dulce o salado,
se es o no se es lo mismo.


              


 

Ana Vidal. Nacida en Murcia en 1984, licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente cursando doctorado en literatura comparada centrada en dos trabajos: el poema en prosa en Jose Angel Valente y la obra de Angélica Lidell. Ha trabajado en la Cadena Ser, en el Círculo de Bellas artes de Madrid; ha vivido en Helsinki y en Edimburgo. Finalista del premio jóvenes talentos de Booket en el 2006(publicado en booket) de El fungible 2005 (publicado en suma de letras), del Murciajoven de poesía (publicado por el ayuntamiento de Murcia). Ha colaborado con el suplemento literario Ababol, con la revista el anillo invisible y con el programa el séptimo vicio de Radio3. Ha recitado en el Museo de la ciudad (Murcia) y en la editorial Amargord.




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