Manos que no ven
Por Rey Emmanuel Andújar


 

 

>> su mano dice que el mundo es cóncavo <<
                                              
Juan Gelman

 

            Nuestra historia comenzó y terminó con arena en los pies, en los bolsillos. Nos conocimos en serio un sábado y al día siguiente estábamos frente al mar tomando cafecito y picando cositas dulces. Al principio esperábamos el ejército de las hormigas pero que va. Yo dije: Odio los sapos, son horribles, y ella sonrió. Continuamos haciendo chistes y hablando de sus gatos y de los viajes de vacaciones de su infancia: Santo Domingo Colonial, en donde sus abuelos tenían una joyería en la Avenida Mella al lado del Cine Lido exactamente. Nos reímos mucho otra vez y me preguntó si alguna vez había entrado a ese cine en donde por años han pasado películas porno. Claro que fui, todos hemos ido, especialmente a las películas francesas, agregué sin miedo... con ella no tenía miedo a nada y se lo dejé saber: Con vos no tengo miedo. Sus ojos verdes se confundían con la inmensidad del mar, la risa se perdía en el ruido de los aviones que sobrevolaban. Mis manos entretenían azúcar en el café con leche porque no sabían qué hacer, no sabían si volver a tocar las otras manos pintadas de rojo mamasita. Quieres caminar, pregunté para no aburrir. Sí, sólo con una condición, dijo ella: No me tomes de las manos por favor.

            La noche anterior habíamos quedado en un café del Viejo San Juan. La vi sentadita sosteniendo su taza con las dos manos. De inmediato saludé y no recuerdo si fue beso o apretón de manos mientras me excusaba por haber llegado tarde. No hay problema dijo ella y abrió los ojos y me tiré de clavado en esa alberca verdiazul. Dije cosas nerviosas de idiota, busqué cigarrillos y pedí cortadito con más leche que café dos de azúcar. Viene el proceso de curriculums, de conocerse y conté más o menos todo en diez minutos. Tu turno, dije yo. Me hubiese gustado estudiar microbiología, toco el violín y trabajo en el laboratorio de la facultad... no veo desde los seis años, daños irreparables en la córnea según los doctores... de eso ya te has dado cuenta, dijo, mientras yo me moría de la sorpresa. No abundé más sobre el tema. Caminamos y el café se convirtió en cerveza. La lógica dictó que tenía que comportarme lo más normal posible pero ella notó mi desasosiego. No importa, estoy acostumbrada, dijo sonriendo y el sábado continuó siendo mi día favorito.

            Me encanta caminar por este lado de la ciudad... son los adoquines, dijo, y de inmediato pedí la cuenta. Prometió llevarme a un lugar bonito que según ella tendría su recompensa, ya que la vista ahí es genial. Me aventuré a sostenerle la mano y ella se dejaba. En verdad fue más por tocarla que por el mero hecho de ayudarla a cruzar calles y subir aceras, luego me di cuenta de que ella conocía cada tramo, cada peldaño, bajadas y subidas. Adoro estos olores, sonidos y texturas, me dijo al oído en un gesto de irremediable ternura. Llegamos al parque. Un grupo de adolescentes vestidos de negro y de pelo largo destrozaron el silencio mientras ella me mostraba la bahía colonial y cerraba los ojos y respiraba hondo como para meterse el tajo de noche dentro de su pecho. Acaricié sus manos con notable mala fe y me advirtió: No va a pasar nada esta noche, contigo prefiero dejar las cosas correr, he tenido experiencias, de las malas, por el asunto de la inmediatez. Qué inteligente la gente que aprende de sus errores, me dije, pensando en mis pies destrozados de tanto tropezar con las mismas piedras, a gusto. Notó mi desconcierto y buscó mi cara con sus manos, reconoció los accidentes: Eres bello, dijo con la sonrisa esa, la desgarradora, otra vez. Vámonos que ya se hace tarde, dije suplicando un abrazo. Estreché su cuerpo menudo y sentí las costillas, asumí su pelo y supe que ese olor no me dejaría en paz por los próximos meses... toda una vida quisiera yo... pensé. En el camino de vuelta hubo azucenas: El olor de la niñez, dijo ella mientras le colocaba una en el pelo. Nos despedimos sin más, alguien la vendría a recoger. Llámame, me encanta tu voz, dijo como quien dice adiós. Quedamos para el próximo día. Promesa de de domingo playero.

            Las semanas siguientes fueron normales en estos procesos: la espera al lado del teléfono, los desencuentros, problemas de agenda. Un día me aparecí en la facultad con azucenas y girasoles y le robé sonrisas. En el laboratorio me mostró lo que hacía: lavar las ranas, darle de comer a los conejos. Ella se tomó la demanda y decidió acabar con mis miedos cuando acarició mis manos. Cierra los ojos, cantó por lo bajo. El agua estaba fría y casi me desmayo cuando sentí el asunto gelatinoso en mis dedos... sus manos calmaban las mías y el corazón palpitaba como loco. Nos reímos mucho. Quieres ir esta noche a la playa, preguntó. Contesté que claro, a las ocho está bien.

            Un día venimos con rastrillos y bolsas para recoger tanta basura, dijo con sus dientes blanquísimos de leche y yo asentía diciendo que era buena idea.  La noche de San Juan se regalaba buena de nubes y una brisa con olor a Caribe... mar con el que hemos nacido y nos persigue en los trenes camino a Den Haag que nos resultan ajenos, o en la confusión de Roma Termini. Encontramos un tronco y nos sentamos en la arena. Las manos conocen, han sido advertidas ya, pero de vez en cuando dejan los dedos ser en un antebrazo y la extremidad atesora. Las manos dedican canciones brasileiras muy románticas para la ocasión, confundidas no saben qué más hacer. Un día tocaré el violín para ti, promete ella recostando su cabeza sobre mi hombro. Minutos eternos de complicidad de sus rizos cerca de mi cuello. Ese olor otra vez...
 Las manos odian y envidian el hombro.

            La ciudad es pequeña pero se las arregla para que yo no la vea más. Ya no creo en las coincidencias: vengo y voy de aeropuerto en aeropuerto, las cartas no llegan, los servidores se caen y no hay computadora que resista... luego vienen las alergias, los males estomacales, las lluvias, la intermitencia del tránsito y nadie quiere ver a nadie. Recuerdo haberle dedicado dos canciones, una directamente... esa que dice Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo... la versión por Vicentico y la otra se la  sigo dedicando en mi mente, cuando estoy solo en las salas de espera luego de haber pasado por migración y busco alka setzers y no los encuentro y si los encuentro no hay agua en los aviones. La otra canción, de Calamaro: El comandante de tu parte de adelante. Siempre me pregunto, qué seré para ella, ahora en la distancia... si me pensará dentro de su oscuridad y sus complejos. Quisiera ser de todo, me digo, mientras recibo la servilleta diminuta y el vasito de naranja diminuto para engullir la comidita que sabe a cartón de aire, de todo, quisiera ser de todo menos una de las historias tristes para su vibrador, como mencionó ella la última vez, en medio de cerveza fría y solo de violín en la playa de Piñones. Los hombres se han convertido para mí en una excusa interminable... al principio es una asunto como de lástima, la muchacha ciega y todo eso... luego les demuestro la mujer normal que hay en mí, que siente, que exige, quizás más que nadie, entonces viene el sexo como fetiche, acostarse con la ciega, y eso, que no muchos hombres de los que he conocido han visto Red Dragon, o  El Lado Oscuro del Corazón, has visto esa película, preguntó ella prometiendo volver a vernos en alguna esquina. A vernos,  dije irónicamente... Claro que a vernos, respondió visiblemente molesta y ya no la escuché más, me llegaron palabras envueltas en notas de Mendelssohn concierto para violín en mi menor opus 64, aire sal de mar, como si alguien hubiese destrozado un caracol en mi cabeza mientras yo miraba seriamente las huellas en la arena devoradas por la resaca, pensando en la terrible inmortalidad del cangrejo.

 

 

 

 

Rey Emmanuel Andújar. Santo Domingo 1977. Es el autor de las novelas Candela (Alfaguara 2007) y El Hombre Triángulo (Isla Negra 2005) y las colecciones de cuentos Amoricidio (Premio Nacional Cuento FIL 2007) y El Factor Carne (Isla Negra 2005), una recopilación de sus primeros cuentos premiados. Trabaja dentro de un laboratorio de investigación independiente en donde se estudia La Dramaturgia del Cuerpo del Escritor. Ha recibido galardones como Premio de Cuento Banco Central, Premio Internacional Cuento Casa de Teatro, Premio Cuento Alianza Cibaeña. Ha sido publicado en las antologías: Pequeñas Resistencias, el Nuevo Cuento Norteamericano y Caribeño, Editorial Páginas de Espuma, España. Narradores Dominicanos del Siglo XX, Editorial Letra Negra, Guatemala.





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