Cuentos
Por Javier Munguía


 

Muchacha y guitarras

 

En aquel entonces yo tenía 16 años y quería sobre todas las cosas llegar a ser cantautor. En aras de conseguirlo fue que me inscribí a un curso de guitarra de verano que ofrecía, a muy bajo precio, una institución de gobierno. La conocí ahí. No recuerdo si me remeció la primera vez que la vi: tenía los cabellos negros y lacios y un nombre exótico: Sené. Debió haber sido, en todo caso, la segunda o la tercera cuando le encontré un admirable parecido con una cantante que me gustaba. Entonces empecé a encontrar admirables también sus pechos y sus piernas; encontré admirable la manera en que tocaba el círculo de do, la manera en que se sentaba, la manera en que no me miraba, la manera que tenía de no darse cuenta de que yo me sentaba tras ella para mirarla.

En dos palabras, me enamoré. Durante la mañana la veía en el curso, mientras que por la tarde imaginaba la manera en que, al día siguiente, me acercaría, le hablaría de ella, de mí, de ese nosotros que estaba todo por hacerse y esperando. Siempre me arrepentía cuando estaba a punto de, Sené, ¿puedo hablar contigo?, llamarla; de, Sené, qué bien luces hoy, decirle alguna de esas tonterías que se me ocurrían por las tardes.

Una vez estuve a punto de hablarle. Nos pusieron a ensayar en grupos el círculo de re, que tenía cierta dificultad, pues hacía falta oprimir todo un traste con un dedo. Sené se sentó ensayar a sola, esperando, quizá, que yo le pidiera que ensayáramos juntos. Había extendido el brazo hacia ella, estaba a punto de preguntar, Sené, ¿podemos ensayar juntos? (entonces ella sabría de mi interés, sabe mi nombre, me ha llamado Sené, y me diría que por supuesto, que ensayáramos, que yo lo hacía muy bien), cuando llegó César y la llamó despreocupadamente y se sentó con ella, y yo me quedé con la mano extendida y una gallina perniabierta atravesada en el cogote. Me dio rabia porque, según yo, eso solo pasaba en las telenovelas. César era un tipo que había entrado a destiempo al curso; al parecer, Sené y él se conocían, pero a ella no le caía ni pizquita de bien, al menos eso interpreté cuando Sené lo saludó con un beso en la mejilla, el primer día que asistió, y se desatendió de él para seguir ensayando su círculo de fa, dificilísimo. Ahora el tipo me estaba robando la oportunidad de hablarle. Nunca más volví a animarme a hacerlo, a pesar de que una vez la descubrí volviendo el rostro para mirar a los compañeros a los que el profesor les aplaudía sus avances, les daba consejos, excepto a mí, lo cual era signo inequívoco de interés.

En otra ocasión, días después, poco antes de que terminara el curso (luego del cual no volvería a saber más de Sené), la muchacha me habló: me preguntó la hora. Diez diecinueve, recuerdo perfectamente que le dije. Ella dijo: gracias. Yo dije, y nada más: de nada.

 

 

 

Pudor

 

La madre, separada del padre por un asunto de infidelidad, le decía cuando apenas era un niño que se cuidara de las mujeres viciosas –él no entendía qué quería decir ella con “viciosas”–, que fuera siempre muy pulcro en su vestir y muy honesto en su hablar –preceptos que él cumplía a cabalidad– y le recomendaba sobre todo que tuviera el sentido del pudor muy arraigado: su intimidad, tanto física como emocional, era solo de él, y no tenía por qué exhibirla, ni con los amigos siquiera; el hacerlo despertaba en los hombres los apetitos más inconfesables, de modo que debía evitarlo a costa de cualquier cosa. No olvidó la madre tampoco inculcarle el temor de Dios, el padre de todos nosotros, quien juzgará todas y cada una de tus acciones apenas mueras, luego de lo cual, si has sido un buen hombre, arribarás al cielo.

Ante ello, el señor Godínez se volvió un niño solitario. No tenía amigos, apenas compañeros que le simpatizaban, con los que habría querido jugar a los carritos, revolcarse en la tierra, pero la madre se lo tenía estrictamente prohibido, y sería severísima de enterarse. En cuanto a las niñas, no pensaba siquiera en acercarse a ellas con la intención de intercambiar más que unas palabras anodinas: sí, te presto el sacapuntas, las 11:30, la tarea es para mañana.

La belleza le afloró en la juventud. Alto, fornido, de agradables facciones, no se acostumbró nunca a recibir innobles proposiciones de las muchachas –que en realidad eran apenas piropos inofensivos: ¿no entendían que él estaba ocupado en sus estudios, en el cuidado de su madre, cada vez más achacosa e irascible; que no había lugar en su vida para el matrimonio? Ellas pensaban que él se resistía con dificultad al sofoco de sus hormonas, y alguna llegó a convencerse de que echaría abajo sus paredes con la novedad del sexo. No consiguió sino una negativa rotunda y limpios insultos.

Apenas terminó su carrera de abogado, que había estudiado a indicaciones de la madre –un empleo serio, se puede vivir dignamente de él–, entró a trabajar como asesor de una compañía de jabones sin problemas legales, de modo que su trabajo consistía en presentarse a las ocho de la mañana en la empresa y ocupar el asiento de ancho respaldo que había en su oficina hasta las tres de la tarde. Volvía a casa luego y veía telenovelas con su madre, hasta que esta se quedaba dormida y había que despertarla, llevarla casi a rastras hasta la cama, ponerse el pijama, meterse a la suya y rezar diez padres nuestros y diez aves marías antes de abandonarse al sueño.

El arte no tuvo lugar en su vida desde que de niño encontró en un librero del patio un libro ilustrado con pinturas del Bosco –una de las pocas pertenencias que en casa habían quedado del padre– y se puso a hojearlo. Ni siquiera había alcanzado a comprender las figuras extrañas de las pinturas cuando su madre le arrebató el libro y le gritó que era la última vez que lo abría: era un libro sucio, él no debía ver, leer y escuchar cualquier cosa, solo lo que ella autorizara; se condenaría en el infierno de otra manera, ¿entendía? Sí, mami. Quedó vacunado desde entonces contra los libros que no fueran la Biblia, el misal, vidas de santos, quizá de personajes históricos –aunque estos hacían tal cantidad de suciedades que no eran muy recomendables– y de canciones que no fueran los boleros que su mamá se permitía escuchar, creyéndose a escondidas de él, de cuando en cuando.

Sufrió mucho cuando su madre murió. Pidió permiso en el trabajo y durante una semana se dedicó a llorar y a recordar todo lo buena que había sido esa mujer con él y todo lo malo que había sido el padre con ambos: por culpa suya, la madre había envejecido y se había muerto prematuramente. Se le ocurrió lo anterior sin pensarlo, pero luego lo tomó como una verdad: le tranquilizaba identificar al culpable y condenarlo.

Volvió al trabajo y pasaron meses, uno, dos años. Su vida habría seguido como hasta entonces de no ser por la punzada en el vientre que cada vez se manifestaba con mayor intensidad. Al principio, no le dio importancia: debía ser algo que comió anoche, no cenaría nada más que pan y leche, como le decía su madre. No recordaba, por otro lado, haber cenado nada más que pan y leche. Debía ser la comida. Pero la verdura y el pollo cocido eran inofensivos. ¿Entonces?

Procuró olvidarse del malestar, ya se le pasaría, hasta que el dolor lo tumbó cuando se dirigía a su oficina en el trabajo. Señor Godínez, ¿qué tiene?, preguntaron los compañeros que le ayudaron a incorporarse. No es nada, muchas gracias, y se encerró en su oficina. Se palpó. El dolor iba del vientre a su sexo, luego del sexo al vientre, subía y bajaba. Esa noche, ya en casa, se tomó un té de limón, que según su madre era un remedio natural para cualquier dolor. Se durmió pensando que el asunto estaba arreglado. A la mañana siguiente, la punzada casi no lo dejaba levantarse.

Ir con un doctor era impensable. No iba a exponerle su desnudez a un extraño. Primero morirse. Pensó lo anterior muy seguro, pero luego un escalofrío le recorrió la espalda. Después se calmó: a fin de cuentas, se encontraría con su madre apenas muriera, ambos disfrutarían de la vida que siempre merecieron, olvidados por completo del daño del padre.

Pidió una semana de vacaciones en el trabajo. Se dedicó a reposar y tomar té de limón, a pedirle a Dios. Cuando volvió a sus labores, se sintió mejor. Hasta saludó en voz alta a sus compañeros, en vez de hacerles la discreta venia acostumbrada. Pero por la tarde el dolor volvió, más intenso. Cuando salía de su oficina, el mal lo tumbó de nuevo. Los compañeros se acercaron a ayudarle. El señor Godínez dijo nuevamente que no era nada ante las preguntas y ya se disponía a irse cuando uno de los compañeros dijo que no podían dejarlo así, debía ver a un médico. En serio, no es nada, respondió Godínez. Ya en dos ocasiones se ha caído, señor Godínez, requiere atención médica inmediata, puede ser algo grave, y lo tomó del brazo para acompañarlo a ver al doctor de la empresa. Quite sus asquerosas manos de mí, gruñó un señor Godínez furibundo, se zafó, salió como pudo del edificio, se refugió en su casa, en su cama. El dolor no lo dejó dormir. Resistió aún una semana más con dolores que lo desmayaban. Cuando volvía en sí, estaba sucio de orines y caca. Horrorizado, cambiaba las sábanas, se bañaba con cuidado de no rozarse el vientre, se ponía ropa limpia y de nuevo a la cama. Cuando sintió el fin inminente, a pesar del atávico miedo, no tuvo un recuerdo por el cual revolverse en llanto más que las largas letanías de su madre, sus tardes de telenovela. Pensó, siempre culpando al padre, antes de abandonarse definitivamente a la nada, a la muerte, que Dios lo recibiría en sus dominios con la promesa de una vida menos triste y un abrazo fuerte, fuerte.

 

 

 

Cuerpos

 

Me encantaba besar los pezones grandes, oscuros y erectos de Laura, su cabello negro intenso, su delicado cuello, su sombreado y generoso pubis, sus piernas rotundas, sus nalgas. Lo único que empañaba mi felicidad era pensar que, mientras yo la besaba y después, cuando ella me retribuía el gesto, Laura debía mirar y luego besar un cuerpo anodino como el mío: lampiño, de piernas flacas, nalgas escasas y vientre de anémico. No entendía cómo podía excitarla y hacerla feliz ese montón de huesos, hasta que me habló, extática, mientras me recorría con la lengua, de mi pecho delgado y varonil, mis piernas largas y elásticas, mi sexo delicado y amoroso, mis nalgas blancas y pequeñas, de niño. La entendí mejor cuando me confió, luego del amor, que su espejo era severo con ella: unas tetas demasiado grandes, una cintura y unas piernas desmesuradas, unas nalgas flácidas.

 

 

 

La espera

 

–¿Seguro de que tomas camión todavía?
–No. Voy a esperarlo. De cualquier manera, en caso de que no pase, me voy a pie a mi casa.
–¿Hasta tu casa?
–No está lejos, nena. No te preocupes, ¿eh? Te veo mañana.
–Cuídate mucho. Te amo.

 

No se ven ni las luces del camión. Ojalá pase. Se me hace cuesta arriba regresar a casa caminando. Hubiera preferido que Cecilia me llevara. Pero ya debía irse al gimnasio. ¿Será mi camión el que viene? Parece que sí… No, no era. Demonios, qué flojera regresar a casa caminando. ¿Qué horas son ya? Diez para las nueve. Ya es poco probable que pase. Voy a esperarlo hasta las nueve diez, al menos. Le hubiera pedido a Cecilia que me diera raite. No creo que hubiera tardado tanto. Mi casa no está lejos de la universidad, en coche. A pie, en cambio, está a media hora. Solo de pensar todo lo que voy a caminar de no llegar el bendito camión... Ahí viene otro. ¿Será? No. No es tampoco. No le pedí raite para no hacerla pensar que me aprovecho. Aparte, no quería perturbarle los planes, su horario en el gimnasio. Bastante tiempo le quité ya, una media hora en la que charlamos. Ahí vienen como cuatro camiones. Ojalá sea alguno de ellos el mío. Este no es. Este tampoco. Ni este. ¡Carajo, este tampoco! ¿Qué horas son ya? Las nueve dos. En ocho minutos me voy caminando, en caso de no venir. Aún tengo esperanzas. Viene uno más. Tampoco es, maldita sea. Ah, qué mal se portó Cecilia al no darme raite. Mira las que estoy pasando. ¿La habría dejado yo así, en la calle, cuando lo más probable era que no agarrara camión y tuviera que regresar a su casa caminando? No. Nunca. ¿Qué le costaba llevarme a mi casa? ¿Se habría tardado mucho más tiempo? Unos diez minutos, máximo. Ya estaría yo tranquilo, en mi cuarto, cambiándome, recostándome. Aparte, si vine a la escuela fue solo para verla, para darle una sorpresa. Se pasa Cecilia. No le importa que yo esté acá como un estúpido esperando que pase el jodido camión, que no va a pasar, mientras ella ya debe estar en el gimnasio, haciendo cómodamente ejercicio en algún aparato. Viene otro. ¡No es, chingado! Ya casi no se ven camiones. No se ven carros siquiera. ¿Qué horas son? Las nueve quince ya. Es hora de irme. A pie. Qué flojera, carajo. Ni carros, siquiera. Qué mal se portó Cecilia. Ojalá que me asalten y que me maten, para que le duela.

 

 

 

Soborno

 

Vino Letty a mi casa y antes de que pudiera preguntarle qué hacía aquí, se instaló en el sillón de la sala y me soltó que ya sabía quién era mi noviecita, tan modosita ella, la tal Clarita. Le respondí que le importaba un pito quién era mi novia, y ya la había tomado del brazo con fuerza y la conducía a la salida cuando me soltó que le contaría todo a Clarita. Entonces tuve miedo. Pregunté a Letty qué coños quería. Me dijo que sexo. Una noche entera conmigo y Clarita no se enteraría de nada. Pensé: no le puedo hacer esta porquería a Clarita. Pensé: aunque sería por su bien. Pensé: no se enteraría. Dije: está bien. 

La hice feliz sin ganas, como al deber impuesto que era, pensando que hacía lo mejor para Clarita. Me equivoqué.

Se fue a la mañana siguiente, luego de hacerle prometer que se olvidaría de mí, de lo que había ocurrido, de Clarita. Volvió dos días después con idéntico reclamo. Tuve ganas de matarla. La golpeé un poco, pidiéndole que se fuera, que no volviera más, pero no se rendía. Un golpe más y Clarita se enteraría de las porquerías que había hecho con ella, la Luciérnaga y el Botas. Tuve que ceder una vez más, haciéndole prometer que sería la última. Volvió a los dos días. Tenía planeado no abrirle, pero se puso a gritar con tanta fuerza que sabía que estaba aquí, que le abriera si no quería que ya-sabía-yo-quién se enterara, que me vi forzado a hacerlo. La misma historia.

A la semana se presentó con la Luciérnaga, y aunque al principio me pareció descabellado, las complací a ambas; a las dos semanas fungió de invitado, además, el Botas. Empezó a hacerse un hábito que vinieran los tres cada dos días y estrujaran mi cuerpo húmedo y feroz y lo exprimieran y besaran con tal devoción que llegué a pensar que me amaban, me necesitaban; pero siempre pensaba en Clarita.

Una jodida noche me inquietó que la Luciérnaga pidiera dejar entornada la puerta de entrada y que los tres prolongaran el éxtasis con mimos, con insospechadas y lentas caricias: los hijosdeputa esperaban a Clarita, a quien habían alertado y quien finalmente llegó, encontrándonos enredados en nuestra propia maraña de olor y sexo. No me reclamó, pero cuando salió impasible de la casa supe que la había perdido para siempre. Dediqué unos cuantos insultos a mis compañeros de cama, pensé en matarlos apenas tuviera oportunidad, me vestí y salí de la casa en busca de Clarita con el impulso (lo controlé a tiempo) de pedirle que nos arregláramos, que habría una forma, que se olvidara de cuanto había visto, le ofrecía una noche de sexo para que no se enterara.

 

 

 

 

 

 

 

Javier Munguía (Hermosillo, 1983) es autor de dos libros de cuentos: Gentario (2006) y Mascarada (ganador del Concurso del Libro Sonorense 2006). Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora. Becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes. Ha publicado en diversos medios impresos y electrónicos. También escribe novela. Su blog: www.lacoctelera.com/javom Contacto: diabloguarida@gmail.com





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