Blanco y negro
Por Ana Vidal


 

 

 

Era la hija del vendedor de tabaco, yo debía de haber supuesto que las mujeres que crecen en blanco y negro nacieron para la huida sin prisa. De cuando en cuando me desnudaba y se marchaba sin tocarme, solo quería comprobar que yo seguía aguardándola. Después de cerrarse la puerta yo encendía un cigarrillo y parecía escuchar a las hormigas que me trepaban por las rodillas clavadas en el suelo sucio. Ni siquiera me prometía a mí mismo no dejarla entrar más, sabía que era inútil, pues me pasaba los días esperando que volviera a tocar el timbre de esta casa tan vieja.

Continué acudiendo día tras día a la tabacalera del pueblo, y su padre se cobraba mi paquete de tabaco rubio, solemne. Siempre le he estado agradecido a ese hombre por no haber sonreído al verme, pese a que él era bien dado a la socarronería. Me miraba a los ojos en el momento en que yo le entregaba las monedas justas y el humo de su cigarro proyectado en mi cara me nublaba la vista. Nunca hablábamos pero percibía que yo no le caía mal. Yo me daba la vuelta y la puerta sonaba alegre con un repiquetear de campanillas que me despedían al cruzar el umbral, esa parecía ser la señal permitida para continuar la plática pospuesta por mi entrada en la tienda, siempre había dos o tres hombres haciendo compañía a su padre.

Si ella hubiera tenido una madre habría sabido que, por el contrario a lo que sentía, resultaba placentero volver al hogar. Pero ella desconocía muchas palabras, era centrípeta en sí misma y sólo el humo interpuesto entre ella y yo me había salvado de su mirada gorgónea. Me protegía constantemente de la petrificación. “ Fumar está pasado de moda” solía decirme si nos cruzábamos en alguna calle, pero yo nunca me cansaba de escuchar esa única frase que decía antes de desaparecer, siempre, en dirección contraria a la mía. Nunca supe a dónde iba, ni le pregunté, quizá por temor a la muy probable decepción. Probablemente no fuera a ninguna parte y sólo diera vueltas por los distintos barrios despreocupadamente, quizá fuera llamando a las casas de sus ex amantes hasta conseguir que se desnudaran para después abandonarlos allí, como hacía conmigo. Su otra vida me daba miedo y por eso me convencía a mí mismo de que sólo me preocupaba la vida que ella tenía conmigo. Ella era desarraigada, ilimitada, fuerte. Ella era una gran mentira. Yo lo sabía. Ella lo sabía. Su padre lo sabía.

Acabaría yéndose o matándose, eso estaba claro. Como su desaparición había de ser inminente yo la deseaba hasta personificar en ella todos y cada uno de mis pensamientos, de una forma artificial y forzosamente condensada. Cuando ella no estuviera yo abandonaría también la ciudad y me iría a otra de ruidos y colores, lo tenía todo programado, calculaba que no tardaría más de tres años.

En la ciudad que nos había tocado no había mar y eso la enloquecía. Una vez me confesó que jamás había visto el mar. No le importaba no haberlo visto en diecinueve años, sabía que podría escaparse a verlo en cualquier momento pero también sabía que después de aquello no volvería más. Ni una vez. “ Sí, soy drástica, ¿y qué?” me había dicho mirándome fijamente convenciéndome de que esa afirmación también podía hacerse cuando se llega a ser mujer. No quería dejar a su padre solo todavía. Antes tenía que hablarle, tenía que decirle algo importante y aún no había encontrado qué. Llevaba dos años rebuscando palabras, como códigos mágicos para aceptar la ausencia.

Apenas hablaba con él, pero esas últimas palabras bastarían para recuperar el tiempo perdido y llenar el venidero, al menos eso era lo que me decía ella mientras yo deslizaba su ropa interior de algodón blanco a lo largo de sus largas piernas entreabiertas. Hacía mucho calor, el ventilador que colgaba del techo resultaba insuficiente y entre las rendijas de las persianas bajadas se colaba demasiada luz. Cómo una tarde moribunda puede quemar tanto, el incendio en la habitación. Todo sobraba. Quizá por eso entonces a ella no le importó encontrarse tan desnuda en mi cama, no se ni tan siquiera si se dio cuenta de que estábamos desnudos los dos, yo sentado mirando su cuerpo púdico, marmóreo, sobre mis sábanas blancas. Tenía los ojos marrones, pero no eran de un marrón cualquiera, eran ojos acuáticos, el agua temblaba y se removía alrededor de su pupila fija, parecía un mar de barro ligero, del que cicatriza la piel y sana, con el que cubrirse. Daban ganas de mojar un pincel en su ojo y extender de ese color su piel entera como lienzo en blanco. Qué blanca era. Daban unas ganas irremediables de pintarla, uno quería tocarla a ver si con el tacto se contagiaba de humanidad, pero parecía impune al mundanal ruido.

Sobre todo yo la envidiaba por sus 19, porque aún conservaba el uno inicial y por eso era claramente superior a todos los que la amábamos. La edad no le hacía daño, el tiempo no le daba miedo, era como si para ella aún no hubiera empezado a contar y estuviera en un largo calentamiento antes de empezar la carrera que daría comienzo sólo cuando ella lo decidiera. Qué placer poder elegir. Yo sin embargo dependía de ella, y depender de una niña que aún no está convencida de convertirse en mujer era algo poco confesable allá. Qué veneno, que droga, que enfermedad paulatina y extensible, porque ya se decía en los tiempos de Petronio que el amor era un cáncer y dicen los científicos que en menos de una década, dos de cada diez personas morirán de eso.

Tumbada en mi cama con su larga melena enredada, de un marrón oscuro, desparramada por la larga almohada, su pelo hacía dibujos ensortijados, parecía una de esas sirenas imposibles de cabellos laberínticos y cuerpo inocente en postura tentadora. Yo la miraba incansable, perseverante sin tener conciencia de ello, el impulso irracional de contemplarla como a una foto en blanco y negro, de aquellas de tiempos remotos con mujeres intangibles. Ella me miraba poco, lo hacía despreocupadamente, agitada por todas las razones del mundo ajenas a mí. De haber sido pintor me habría vuelto loco, pero yo no era más que un pobre inversor en bolsa y ella, mi única literatura. En alguna ocasión me preguntó que qué me pasaba, y me alisaba el ceño fruncido tras mirar mi maletín negro sobre la silla, porque en esas ocasiones solía volver la mirada al maletín, culpabilizándolo. Nunca me preguntó que contenía, debía asociarlo a los impecables trajes de vestir que en una ocasión había descubierto en el armario, y el dinero parecía interesarle bien poco. Que sabría ella de las subidas y bajadas, del index, los valores y los números. Quizá de no haber visto esas cosas me habría dado la oportunidad de amarme, sí, me habría amado, yo a ella le gustaba por mucho que fingiera, a veces me escribía palabras en la espalda (que yo nunca lograba descifrar y cuyo mensaje se negaba a repetir), me besaba los párpados y me abrazó por la espalda la única vez que durmió conmigo.

Se llamaba Julia y nunca encontré un nombre que le viniera mejor. Estúpidamente en mi inconsciente, nombrarla me sabía a verano, pero de cualquier modo eso no estaba mal, era como el trozo ligero, luminoso y alegre del año, el mordisco gratificante anual.

El día que la conocí nos encontrábamos inusualmente los dos en un bar. Yo tenía  prisa por consultar los valores en el periódico que ella hojeaba.  La esperé unos minutos pero parecía perdida buscando algo que no lograba encontrar. Cuando le hablé, algo incómoda se volvió hacia mi con sus dos largas trenzas semideshechas y me dijo que sí, que necesitaba ayuda, que no lograba encontrar el puto número de la lotería. Sonreí, la ayudé y vi su cara de decepción cuando comprobó que los números de su cupón no coincidían con los ganadores. Me anticipé a la que suponía una marcha precipitada y la invité a un café y a una napolitana. Sé que hubiera preferido irse, su delgadez saludable mostraba que no era una fanática de la comida, pero debió de gustarle mi cara. He de reconocer que aunque suelo pasar desapercibido, dicen que mi cara gusta cuando se me mira bien. Esa imperfección que seduce, supongo. A veces también a mí me ha pasado.  El caso es que la gente acostumbra a tener demasiada prisa como para detenerse a investigar el encanto que tiene una cara que no llama la atención y me he acostumbrado a estar en el anonimato. Una vida sentimental pobre si he de ser sincero, aunque otros la calificarían de selecta.

Yo no tenía nada de qué hablar, de hecho no quería hablar, y tampoco demasiadas ganas de escucharla, estaba convencido de que acabaría abstrayéndome en mis propias ensoñaciones. Sólo quería mirarla, que se quedara ahí comiéndose su napolitana, bebiéndose su café y que me contara lo que quisiera, o no, pero que me dejara mirarla. No suelo ser caprichoso por lo que creí merecerme una excepción. Después del primer bocado de chocolate me dedicó su primera sonrisa y yo me sentí en el colmo de la dicha de que esa sonrisa fuera dirigida a mí, parecía que de pronto todo estaba bien, así de fácil. Qué maravilla. Viendo que le sonreía sin decirle nada tomó las riendas de la situación y me confesó que acababa de recoger las notas finales del bachiller y que se sentía libre.

-¿Y ahora que vas a hacer?

- Nada.

-¿Nada?

- Aún no hay nada que hacer. Algún día, cuando sepa qué quiero estudiar lo haré. Hay tanto tiempo…

y mordió dulcemente la napolitana. La masticaba mirándome. Nunca me había mirado tan seguidamente, y yo, que fui educado para “no perder el tiempo”, para ser “un hombre de provecho” no pude más que asentir con total aprobación, frente a un proyecto de vida tan plácido. Ella parecía que no fuera a morir nunca.
Sólo después pasé del movimiento rítmico de su mandíbula hasta sus labios exuberantes de un rojo candente, la cara angulosa, el cuello largo y esbelto y el cuerpo delicado al tiempo que sensual, de una pieza lisa y convincente, irrompible.

-No quiero que me invites

-¿Qué hay de malo en eso?

-Pensar que invitarme a una napolitana te da derecho a algo

-Me ofendes. Hay que ver con qué facilidad la sociedad convierte un acto generoso en malicioso. De todos modos paga si quieres.

-Vale, paga tú, más que nada porque no llevo dinero… pero déjame regalarte algo, ¿fumas?

-Mucho

Entonces Julia me dio aquel paquete de tabaco rubio sin abrir. Yo lo abrí y poniéndome un cigarrillo en los labios le ofrecí uno a ella.

-No, no fumo

-¿Y entonces qué hacías con un paquete de tabaco encima?

-Por si acaso. Nunca se sabe.

La mañana de aquel jueves me desperté intranquilo, como si no hubiera dormido nada. Fui a la tienda de tabaco como cada mañana, el padre de Julia estaba solo y aquella vez tardaba más tiempo en devolverme el cambio haciendo que mi marcha de la tienda se ralentizara notablemente.

-¿Sigue Julia sin aparecer?

El hombre aviejado no se sobresaltó al escuchar mi voz, me contestó como si hablábamos a diario.

    -Ya van tres días.

    -¿Te dijo algo antes de irse?

    -No. No me dijo nada.

    -Entonces volverá

    -Sí. Tiene que volver.

     

     

     

     

    Ana Vidal. Nacida en Murcia en 1984, licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente cursando doctorado en literatura comparada centrada en dos trabajos: el poema en prosa en Jose Angel Valente y la obra de Angélica Lidell. Ha trabajado en la Cadena Ser, en el Círculo de Bellas artes de Madrid; ha vivido en Helsinki y en Edimburgo. Finalista del premio jóvenes talentos de Booket en el 2006(publicado en booket) de El fungible 2005 (publicado en suma de letras), del Murciajoven de poesía (publicado por el ayuntamiento de Murcia). Ha colaborado con el suplemento literario Ababol, con la revista el anillo invisible y con el programa el séptimo vicio de Radio3. Ha recitado en el Museo de la ciudad (Murcia) y en la editorial Amargord.





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