José María de Juan Alonso

 

 

 

Al caer el sol

Al caer el sol
los pájaros de la felicidad
dejaron de ser dulces
ni jóvenes ni viejos
simplemente dejaron de ser pájaros.

Al caer el sol la vida se desploma
y se hunde en la tierra
como un gorrión herido.

Para sobrevivir
hoy he vendido el plomo de mis alas
a un chatarrero ciego
que se perdió en la lluvia.

Esta noche
al tocarte he tocado
el horror del vacío
y mis manos ansiosas han tenido
la acogida glacial
de los hoteles muertos.

Nos da miedo el silencio
que es el hogar de todo lo que fuimos.

Al caer el sol
me da miedo acercarme a los armarios
en donde la memoria
conserva los fantasmas.

El hombre de hojalata
aún sigue buscando un corazón
detrás del arco iris.

Antes de que se acabe
lo que queda del día
quiero soñar despierto
al menos unas horas
con la mirada limpia
de los recién nacidos.

El tejado está ardiendo
y las gatas esperan
el sueño de una noche de verano
un poco de ternura
que de pronto humedezca
la jungla del asfalto.

En la mesa del fondo
de todos los cafés
siempre hay un perdedor
que pide cartas nuevas a la vida,
que acaricia sus cartas
lamiendo sus heridas
y una nube de alcohol
que lima las aristas
que impiden a los cuerpos
encajarse sin sangre.

No está todo perdido .
Mis sueños son sencillos
y el paraíso a veces
espera en las esquinas.

Ya me ha ocurrido antes.
No hace falta dormir con tu enemigo
para sentir el frío
de los libros sin dueño,
el frío de cuchillo
de las almohadas solas.

Ya hubo una vez un tiempo
de pájaros de azúcar
que llevaban la suerte
colgada de sus picos ,
tiempo de besos ciegos
y amores verticales
de cuerpos encendidos
en los bancos del parque.

A pesar del dolor
de todas las ausencias
que quedó entre los dedos
después de la batalla
fue bonito vivir
cerca de las estrellas
aunque entonces llevase
la lluvia en los zapatos
y aún me sangran los ojos
del hielo de mis párpados
que fueron las ventanas
en el cuartel de invierno
que congeló las lágrimas
en espadas sin labios.

Allí donde la carne
tímida y generosa
no supo qué decir
cuando se acabó el tiempo.

No sé de qué está hecha
tanta melancolía
pero sé que en mi pecho
aún se espera la lluvia
y los sueños esperan
en un congelador
mientras apuro a fondo
la copa de los días.

No lejos, nunca es lejos,
en las alcobas de los mercaderes
de las cuatro estaciones
preparan el asado de Satán
que pagará con creces
el salario del miedo.

 

 

El Muro

Amanece entre Oriente y Occidente .

Hoy los panzudos pájaros o gusanos de acero
una vez más, a plena luz del día,
sin pudor y sin leyes
nos vierten su diarrea incontenible
del odio refinado en los salones
siempre con la mejor tecnología.

Para matar a niños polvorientos
se investigan carísimos metales.

Para dar de comer a los infieles
nos basta con la leche caducada,
la mantequilla rancia
de alguna vaca triste.

Nada tiene sentido.

En medio de la noche más lobuna
desde los mismos límites del cielo
aviones invisibles
son capaces de oler
hasta la sangre dulce de los niños
y enviarles un rayo acusador,
un láser de colores que los marca
con pinturas de guerra.

Con este rito empieza la masacre.

No lejos, otros láser
crean el cielo de las discotecas,
el cielo a plazo fijo prometido.

Y si nos aburrimos
también tenemos minas de colores,
son como mariposas de juguete
que saltan y que explotan
a la altura estimada de un niño desnutrido,
hay que calcular bien
no sea que vayamos a matar
a alguna rara especie protegida
y haya bronca con los ecologistas.

Estos niños perdidos
ahora se refugian en la selva
como los tigres viejos o los osos tullidos.

Lo importante
es que nadie se aburra en los cuarteles
y que la honrada masa proletaria
hoy fabrique más minas con macabra destreza
para llevar a casa un sueldo presentable
y que sus niños jueguen sin temor al futuro
en un jardín que nunca es lo bastante verde.

Así es la vida a veces.
Para aplacar la sed de los metales ciegos
y fabricar orgullos patrios a fecha fija
hay que matar a niños ateridos
que ya no tienen lágrimas, se les acabó el saldo.

 

Mañana muertes

Mañana mueres.

No hay nadie más que tú que no lo sepa,
todo está calculado
en este bombardeo inteligente.

No llorarán los ojos de la cámara 
mientras que te taladran
con su lente afilada e infinita.

Los ojos de la cámara no lloran
tal vez porque no saben.

Mañana mueres, tenemos todo listo
pero ya eres noticia.

Tu dolor hizo falta,
hoy nos quedaba un hueco en la parrilla.

En medio de lo rosa y la tibieza
un poquito de muerte tan lejana
siempre anima
a seguir consumiendo sin sentido
en los malls de la city.

Mientras tanto, tan cerca,
los buitres se han vestido con sus mejores galas
mientras tú te deslizas
en el filo del tiempo que te queda,
hoy no eres más que éso.

Los buitres se adornaron
con corbatas de seda
apurando hasta el borde
la copa de tu sangre.

Después se comerán un pato viudo
ahogado en la cadena de montaje
previamente bañado en su sangre inocente
para el gourmet que busca entre batallas
la muerte más ajena y más sabrosa
tal vez para olvidar su propia muerte
en su corto delirio de grandeza.

Si caen manchas de sangre en las corbatas
no sabréis de quién son.

Mañana mueres, sí,
pero la culpa es tuya.

Estabas en las cifras de los colaterales,
los comparsas, los parias,
estabas en el sitio equivocado ,
no debiste nacer a contrapelo
en esta tierra triste y codiciada.

 

Estos vientres tan rojos se rebelan
porque ya no hay futuro
y alimentan aún más la sed de los metales
o ciegos o suicidas pero siempre muy caros,
hay que pagar los fastos de las ferias de armas.

Los ojos de la cámara no tiemblan
mientras tú te desangras.

Mañana mueres.

 

 

Sombras del paraíso

Es demasiado tarde.

La lengua que ha lamido el paraíso
de la sal que la Luna no conoce
construye ahora verbos imposibles
balbucea palabras incoherentes
al otro lado de los sueños.

Está muerta de miedo.

Si te asomas a solas
al espejo oscuro de los deseos
y luego miras a tu alrededor
es posible que se te rompa el alma
y que no sobrevivas
pero tienes que hacerlo,
carpe diem
carpe noctem
lo que haga falta,
aguanta,
no te asustes.

Verás que hay gatos
que van a la peluquería
mientras hay niños morenos,
casi siempre morenos
que nacen entre la basura de Manila,
nacen para escarbarla
nacen para comerla
nunca saldrán de allí.

Verás que hay cementerios
de mármol de Carrara para perros
y bebés anónimos
siempre anónimos
cuya alma perfumada
se escapa hacia el cielo
junto al metano de los vertederos.

Ese mismo metano
donde es muy posible que aún flote
el espíritu perplejo y doliente
de algún cadáver desaparecido
de los que valen poco
poco más que el papel
que exprime su desgracia,
de los que viven solos
debajo del desierto.

Carne joven y dulce,
la carne sin rubor y sin papeles
que mañana alimenta los jardines
amparados por un millón de luces
para poder creernos menos solos.

Ese mismo metano
que más tarde calienta el agua dulce
dulce de mi piscina
porque hay que ser ecológico
que es algo así como mimar
legalmente
estrictamente
delicadamente
mi trozo del planeta
y no mirar qué ocurre
más allá del jardín
de los muros de flores que nos guardan
al abrigo de todas las miradas
de los que no comprenden
y que a gusto estoy aquí
tomándome unas gambas
el purito el copazo
porque no tengo ninguna intención
hoy al menos
de mirar el espejo oscuro
de los deseos
del alma
de los sueños.
Tal vez aún no sabía
que he renunciado a ellos.

Por eso odio mirar
a los espejos rotos,
porque está en ellos toda mi memoria,
la memoria infinita de la nada.

Verás que matamos
a los niños famélicos
con uranio empobrecido
y otros carísimos metales
pero para vivir
les bastan unas tiendas de lona azul
un poco de cartón y hojalata
después de alimentarles
que vivan que produzcan
el tiempo suficiente
con mantequilla caducada
o con la que sobró del último tango
con excedentes varios
para que no se rompan los mercados
y que no falte carne de cañón
para todas las guerras preventivas
mientras Wall Street
todavía huele a chamusquina
y en el mercado de futuros
sólo la muerte cotiza al alza
en esta tarde turbia
ardiente de chicharras
junto al Mediterráneo
que tampoco huele muy bien
con los despojos fermentados
de los últimos cócteles de la jet set
que se mezclan con los últimos naufragios
con las caras sin piel que miran de frente
aquí también hay sal
pero no hay paraísos
y su sombra se pierde
las cuencas de los ojos
llenas de pezqueñines
que no saben que pronto
también van a acabar en los cócteles.

Al caer la noche
con su capa de soledad indestructible
le dirás a tu pareja agotada
cariño me han rayado el coche nuevo
ella te dirá me he teñido el pelo
y el color no es exacto
realmente hemos tenido un día terrible
difícilmente tendremos ilusión
para hacer el amor.

Pero ya verás como vuelven
a estropearnos la cena basura
los reporteros del filo de la navaja
los que viven peligrosamente
con los niños de siempre
esos niños que han cortado
la piña de la ensalada tropical
o han tejido la alfombra del salón
con sus ágiles dedos diminutos
o han fabricado
esas lámparas de cristal
tan monas
tan ideales
tan baratas
en fábricas infectas
donde a pesar de todo se juega y se sonríe,
donde un calor infame
derrite los cristales
de los ultimos sueños infantiles.

La lengua que ha lamido el paraíso
hasta sus esquinas más oscuras
busca ahora algunas palabras
o algunos versos
más o menos famosos, eso sí,
que la rediman
para pasar el resto de la noche.

Si te asomas al espejo de los deseos
y luego miras a tu alrededor
verás que tus sueños
los irrenunciables,
los últimos,
han caducado
que en los posos rosados
del vaso de la infancia
ya no se ven más que cenizas
y que lo del ave fénix era otro cuento
y nada va a renacer
no hay modo
los libros de autoayuda no sirven para éso
y es muy posible que te suicides
por eso no mires
mejor no mires.

De todos modos no te preocupes
ya es primavera en El Corte Inglés
y allí venden sueños desechables
al alcance de la clase media
y siempre puedes ir a una agencia de viajes
que te llevará junto a Curro
a un paraíso temático
de cartón piedra plástico y silicona
sobre todo mucha silicona
donde todo el mundo actúa
los unos para los otros
unos para parecer muy exóticos
y muy autóctonos
sobre todo muy autóctonos
los otros para que siempre parezca
que se lo están pasando muy bien
porque ése era el sueño contratado
y si no habría que reclamar
a la oficina que gestiona los sueños
y ésa nadie sabe donde está.

Y allí una vez que estés ciego de mojitos
si te asomas un poco
por encima del muro
verás que están bien jodidos
y éso siempre consuela
pero cuando vuelvas
cuidado
el espejo de los sueños
no se rompe
no se derrite no se destruye
su mercurio está hecho
de las últimas partículas del universo
como las estrellas de los lagos
que se beben las ranas cada noche
es aparentemente efímero
pero no lo bebes no lo enturbias
no lo evaporas no le engañas.

Si te asomas al espejo de los deseos
y luego miras a tu alrededor
es muy posible que te suicides
carpe diem carpe noctem
lo que haga falta, aguanta,
no te asustes,
deja hablar a tu instinto
pero mejor no mires
así que cuando viajes
llévate los sueños
apilables amables recambiables
que te vendieron en Viajes Halcón
pero no te lleves los tuyos.
Si te asomas con alguien
al espejo de los sueños
que nacieron sublimes
que sea alguien a quien ames
con los ojos abiertos
con los ojos cerrados no vale
o que al menos una vez vuestros corazones
hayan latido juntos
en la cara oculta de la luna
o en la sombra oscurísima del bosque
viendo a la Santa Compaña
lejos de los curas
de los censores
de burócratas varios.

La lengua que ha lamido el paraíso
ha tenido que emborracharse
para empezar a comprender.
Nihil obstat.

 

Noche en La Alhambra

He venido a Granada nuevamente
para avivar las ascuas que me tocan
en las hogueras de las vanidades.

He estado solamente unos minutos
robados y rendidos
a la noche del mundo
encaramado al Albaicín, sereno
conteniendo la rabia con el llanto
ebrio y como dulzón de la nostalgia ;
contemplando los muros
que se comen la luz y la maleza
porque he venido a recordar que existo,
y soy capaz de ver una vez más
en otra piel amiga y olvidada
su inesperada crónica del alba.

Aunque hubiera venido, simplemente
corriendo hacia Granada
por abrazar ese alba a tu costado,
para quemar mis manos en tus manos ;
sin otra pretensión que entrelazarlas
igual que se entrelazan las espumas
que te tejieron notas en la piel
en tu isla del tiempo.

De pronto, en la ventana, sin aviso
se ha encaramado un trozo del otoño
que ha temblado en mis ojos hace años.

Es una bienvenida
de la ciudad amada en las amadas
que entregaron su piel a mis sentidos,
aquella piel que ya no puedo oler
y pervivió por siempre en mis palabras.

Aunque hubiera venido
sólo por ese tibio despertar
de gorrión despistado
que se abraza a la ropa de la cama
con ternura infinita.

Ahora que estás dormida
al respirar, los pechos
te tiemblan como dunas
asomadas al mar al que deseas
cuando la luz del alba las confunde.

No tengo que mirarte
para sentir su sangre acompasada
con las venas que cruzan por mis ojos.
No tengo que mirarte, y además
hay un cierto pudor que no me deja.

Han pasado los años
del plomo detenido
en las ciegas paredes de la sangre.
La carne que no tuve entre mis dedos
es la que se hizo verbo en mis papeles.

Han pasado los años y de pronto
he dormido a tu lado
y hueles deliciosa ;
tal vez como el verdín de los patios oscuros
tal vez
como esas flores mínimas y solas
que se enfrentan a todos los desiertos,
que se empeñan sin agua,
sin amor, sin aliento
en crecer al rubor de los volcanes .

Dentro de pocas horas, otras almas
ocuparán el hueco de este nicho
en el que se quebraron las ausencias,
donde hemos muerto un poco y dulcemente.

No tengo ni siquiera que tocarte
para sentir el sol de aquella isla
que se ha quedado a calentarte el alma
como un rescoldo rubio de ceniza.

No tengo ni siquiera que tocarte
pero sí voy a hacerlo, carpe diem,
porque a nadie le importa que mis dedos
dibujen el futuro unos minutos
en tu carne mortal que abrazaría
otro cuerpo mortal ;
otro cuerpo fugaz en su delirio
que se tiñó una vez y para siempre
de un bermejo de ocasos
que cobijan los mirtos
en los oscuros patios de la Alhambra,
en los húmedos patios de la carne.

Antes de que la vida se deslice
como un chorro de arena
que será un día cristal en otros nichos.

Así
podría ahora morir, sencillamente
ciego frente a la Alhambra
sin la pena que dicen las canciones,
con los ojos llorosos de la sal
que el mar ha humedecido en tus entrañas.

Por un instinto atávico
que viene del sudor del peregrino
y el caballo que lame las calzadas,
he besado en tus manos al partir
la sal que te lloraron las gaviotas.

Me olvidé solamente
de besarte los ojos en la huida
y robarles color para mis labios,
que vuelven a besar los arrayanes
en esta tarde dulce de Febrero.

 

 

La estación no era azul

Ahora ya somos nadie
en la vida de nadie
y todos somos muertos
ungidos por tu sangre
sangre sabia que alumbra
pese a las cucarachas
las noches que las nubes
han tachado la luna.

No sólo estamos muertos
hoy estamos vacíos
y se agitan los gatos
y las aves nocturnas.

Detrás de Dios se esconden
los santos inocentes
que hoy viajaron ilusos
en naves sin destino.

Los muertos se acumulan
en zonas industriales
en trastiendas del alma
que tienen las ciudades.

Un silencio terrible
de corderos ansiosos
avecinó en la tarde
las viejas profecías.

Soñabas con el dulce
sabor de la neblina
que te moja los labios
las mañanas de Marzo.

Nunca esperamos mucho.
Tu cuerpo está aún caliente
y el carnaval del luto
comienza de inmediato.

Las cucarachas bullen
entre el hollín y el humo
celebrando en sus cuevas
la ebriedad de la sangre
y los buitres asoman
sus corbatas de seda
y ganan con tu muerte
su cuota de pantalla.

Ya se instaló en la tarde
la feria de la muerte
en el lugar que acoge
todas las vanidades.

Los sueños se envenenan
apenas conciliados
y la sangre atraviesa
el núcleo de la tierra
que gira atormentada
como una perra en celo.

 

 

Los metales suicidas

Después de esta mañana
de metales quemados
esperamos de nuevo con recelo
la mínima neblina
que al menos levemente
nos humedezca el alma entumecida
mientras la tierra gira
recobrando la vida.

No lo dudes lo haremos
seguiremos rodando
como los girasoles
se mueven con el día
pero no olvidaremos
que hoy estamos tejidos
con la misma materia
que construyó tus sueños infantiles.

No sé quién es el dueño
de todas las heridas
pero dedicaremos
largo tiempo a lamerlas
como el oso se cura en solitario
después de la batalla.

La herida sigue abierta
siempre seguirá abierta
pero mientras seremos
tus ojos y tus manos
viviremos por ti
en esta primavera
eres tan sólo un ciego desvelado
que ha perdido su Norte.

Éste es tiempo de duelo
y también de delirio
por no llorar sonríes
y te palpas la sangre en duermevela.

Los cielos son de un plomo
azul y detenido
que no rasga siquiera
el vuelo de un suicida despistado.
Un cielo artificial
subterráneo y tan blanco
amaneció mil veces
tus sueños matutinos.

Los trozos de la gente
que fueron nuestras vidas
buscan en las palabras
un consuelo imposible
con el verbo en la piel
y el hierro en la garganta.

La gente busca trozos de otras vidas
para reconocerse.

 

 

Sangre de Palestina

Esta tarde feroz de Palestina
los ojos de Imane
se han quedado vacíos
y no dejan dormir a las palomas.

Su vacío nos mira con asombro,
con un dulce estupor
que nos arranca el alma de la carne
por sólo unos minutos.

El tiempo suficiente
que nos recuerda que éramos humanos.

Su vacío cansado de desiertos
nos deja sin aliento y sin codicia
desde la placidez azul del miedo
desde la blanca asepsia en la distancia.

Qué romántica y dulce es la miseria
en los cuerpos pequeños y lejanos,
qué morbosa y que simple es esta muerte
que nos mira de lejos sin mancharnos.

No es posible callarse, no es posible
seguir bebiendo el vino de la calma
con los ojos de Imane travestidos
en un chorro implacable
de electrones vacíos
derechos hacia el fondo de mis ojos,
donde se esconde el alma en su vergüenza.

En esta hora fatal y abrasadora
los ojos de Imane
están huecos, desiertos, devastados,
habitados de golpe
por los cuervos más negros de la guerra.

Ya no sangran las lágrimas de aceite
de olivos retorcidos
en formas irreales
que tachonan las lomas de Judea.

Sangran lágrimas negras, también negras
volutas de metal
han abrasado el aire que circunda
esos ojos tan mínimos y limpios,
esos ojos que casi ya no existen.

En los ojos de Imane
espejos profundísimos y yertos
nos miran la memoria
del alma que avecina en su delirio
fisuras en la sombra de los muertos.

Su vacío fatal y milenario
nos mira y nos devora
entre la nube gris de las noticias.

Sus ojos son ahora
una estación de sombras
densas como el metal
que taladran la piel
una estancia de sombras
que nos cubre el almuerzo de ignominia.

Pero a pesar de todo
no veo en el vacío de sus ojos
una pizca de odio
lo que hace aún más absurda
la calma que me invade entre la infamia.

Ojos que en su ternura
han reflejado sin querer el alma
negra de los halcones
que han deseado su muerte
a través de los siglos, desde siempre.

Ojos que en la tormenta del deseo
nacieron contra toda la miseria.

Ojos negros de Imane
que hace siglos que lloran sin descanso.

Esos ojos cerrados
contra la más absurda de las muertes
ya han regalado toda su ternura
en sólo cuatro meses,
ya no les queda nada.

No sabemos a quién regalarán
el brillo que les iba destinado
que viene del inicio de la luz,
que viene del final del Universo.

En sólo cuatro meses
y los ojos de Imane conocieron
cielos rasos de plomo y de ceniza
que nunca les borraron
la sonrisa inicial,
la sal y la sonrisa de la Tierra.

Ahora mismo, en esta hora incierta
en la otra faz del mundo
la mirada de Imane se reencarna
en otros ojos mínimos
igualmente preciosos,
igualmente tan dulces,
igualmente cargados de futuro.

 

 

Los ojos vendados

Debajo de las burqas
siempre está anocheciendo.

Debajo de las burqas
ya no quedan huríes ni princesas,
no vibran los sentidos, no tiemblan las pupilas
ni hay suspiros que escapen de las bocas de fresa.

Los rostros ignorados por cortinas de plomo
no se pasean por las pasarelas.

No es una performance de Arrabal
aunque intuyo los ojos penetrados
por las cuchillas ávidas del viento
que afilaron los sumos sacerdotes
hace ya muchos siglos.

Estas mujeres ávidas de luz
nunca fueron modelos de Magritte
porque tienen los párpados helados.

No las veo en los cuadros de Dalí
aunque se han derretido los relojes
de la modernidad
al fondo de sus ojos ateridos.

No son belles de jour
ni estaban en los sueños de Chirico,
no son musas de alados surrealistas,
son tan sólo mujeres
que habitan a los lados del desierto.

No inspiraron los ácidos poemas
de algún iluminado de la noche ,
no son materia de los sueños ebrios
que pueblan los cenáculos del arte.

Son tan sólo mujeres
que ha congelado el tiempo en sus trastiendas.

Sus burqas son azules
como los unicornios que sueñan los cantantes,
como las estaciones donde paran
las palabras que alumbran los poetas,
como los príncipes
que habitan en los cuentos de los niños.

Sus burqas son azules
como las horas de melancolía,
pero éste no es un blues
que sopla en los cafés de New Orléans.


Éste es un blues oscuro,
lóbrego, lacerante,
que se pierde en los sótanos del alma,
que le borra los besos a la piel de las niñas.

Otras burqas son del color del barro
de esta tierra mezclada con la sangre.

Debajo de las burqas
las mujeres que alumbran el desierto
se nutren de sus sueños.

 

 

 

 


 

*José María de Juan Alonso. León, 1960. Profeisonal de Turismo, imparte clases en la Escuela Universitaria de TUrismo de Universidad de Alcalá de Henares, así como en otros centros universitarios. Acumula varios de premios literarios, entre los que caben destacar el Tardor de Poesía (Castellón, 2001) con el libro El viaje a las Cenizas, el Luis Feria (la Laguna, Tenerife, 2002), con Primer llanto por Nueva York, y el Luys Santa Marina (Cieza, Murcia, 2003) con La sed de los metales.




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