Selección
Manuel Graña Etcheverry*


 

SÁFICA

Bosque alejado que mi ensueño imanas,
prieta neblina que verdores cubres,
fuente perpetua de rumor oscuro,
roca con vida:

cómo en tu espeso, levantado abismo,
hundí los ojos y extravié cuidados,
cómo me diste notas de refugio
solo y gigante.

Cuando en las tardes voy huyendo lunas,
muertos los brazos y la sangre en llamas,
si hay una imagen que los ojos lloran
nunca presente,

corro a tu clara, taciturna noche,
muro sinuoso que la forma elude,
límite eterno para el sol vedado,
ínsula negra.

Mar donde ahogo con crujientes olas,
mares en furia, turbulentos aires:
sólo tú llevas a seguro puerto,
bosque de pinos.

 

 

HOY YA HA PASADO

Ya va pasando el día. Ya los libros
no pueden. Ya la música no alcanza.
La evasión es inútil, solitario.
Ya tiene el espejo allí a tu frente:
mírate, solo, humeante el cigarrillo,
mira en el cuarto tu presencia sola.
No están sus manos ni sus ojos vienen,
ni su voz se te acerca, ni su beso,
ni se llega su amor para buscarte.
Has consumido sueños en la espera:
edificios de tenues armazones
que las horas gastaron poco a poco.
Y las sonoras ruinas de estupendos
coloquios del amor que imaginaste
han buscado su tumba en las paredes.
No te bastó el recuerdo: la querías
viviente y a un lado y en tus brazos.
Pero el día se va sin que ella venga.
Hoy no llegó la paz y tienen miedo.
No quieres en cristales retratarte
ni el agua del pasado te refresca.

Pero el día se va…cállalo, olvida.
Besa en el aire su mejilla ausente.
Hoy no llegó la paz. Hoy ya ha pasado.

 

 

OJOS PARA LOS MÍOS

En estas noches en que voy llevando
mi ansiedad, o tristeza, o ese peso
aue yo no sé qué es, pero me duele,
ningún recuerdo tengo que me asista
ni rostro a quien hablarle muy despacio.
Se me viene la noche solitaria
a apretarme los hombros y los ojos;
se me esconden sus luces estrelladas
y me noto morir desde la infancia
en cada parpadeo.
La soledad, la sola soledad,
sin una música y sin un perfume,
sin el sonido de una vez, sin nada,
de una voz que tal vez habré escuchado
no sé cuándo, ni dónde sé, de olvido.
¡Ah, si tuviera yo una lluvia de ojos!
para cada escondido pensamiento,
para cada palabra que no digo,
una flor nacería.
Ven a llenar con todas tus miradas
los huecos que recorren mis dos ojos,
y el corazón que al luto ya ha cedido
despierta en primavera:
que en cada noche, en cada parpadeo,
en cada no sé qué y en cada estrella,
voy muriendo, muriendo, de quererte.

 

 

AUSENCIA

Cuando te vayas, sí, cuando te vayas,
impondrá la distancia sus fronteras
al abrir el abismo de las millas
para partir en dos nuestro horizonte.
Cuando te vayas, cuando quede el hueco
de los mismos paisajes sin tu brillo,
sin el calor fragante de tus manos,
sin tu presencia cálida en mis ojos.
Cuando ya esté el minuto destrozado
y el tiempo haya perdido sus razones,
reemplazará el recuerdo al amor vivo
y la materia esfumará sus grumos.
Quedaré y quedarás, pero distantes,
y el cantar de tu voz vendrá del tiempo,
y del tiempo tus manos y tu pelo
y tu perfume el tiempo irá arrimando,
pero el espacio ya estará vacío:
la soledad y su melancolía
se asentará en mi techo y mis paredes
y el mismo corazón será su cuna.
Y lo que nunca supe describirte
me brotará en mil frases ajustadas
que no tendrán tu oído por su meta
ni tu voz para el eco que requieren.
Vacío, sí, vacío solamente
poblado de murmullos desde lejos,
de paisajes perdidos, de caricias,
poblado ya, pero también vacío.

Y en otra parte tú, amada en vano,
también con mis porqués no respondidos,
sola en tu soledad, con tu riqueza
de fantasmas tan sólo permanentes.

 

 

LADRILLOS DE LA BELLEZA

Dentro de tu cabeza,
que tiene pocos centímetros de diámetro,
cabe un megaparsec,
o sea más de tres millones de años luz,
y algo más de doscientos mil siriómetros
(y no importa que me haya equivocado
en las cuentas).
Tú puedes fraccionar esa distancia
en kilómetros, en metros, y hasta en micromicrones.
Puedes reducir todas las cosas
a porciones minúsculas:
los cuerpos a moléculas,
y a átomos,
y escandir más allá, hasta mínimas nadas.
También puedes fraccionar los volúmenes
y expresarlos con números y exponentes.
Puedes desmenuzar
el ritmo de una melodía,
o de un verso,
y reducirlos a esas partes componentes
cuya sucesión te produce
aquella necesidad de retorno de que hablan los tratadistas.

Pero dime, tú que buscas los gránulos mínimos,
los componentes básicos,
los menudos ladrillos invisibles
de las cosas,
dime cuál es la menor partícula,
cuál es aquel ingrediente
primigenio e infracelular
que sumado a otro
y a un puñado de iguales -o distintos-
hace resplandecer de pronto la belleza
en la forma de un rostro,
de un cuadro o de una estatua
o de un poco de tinta en un papel.

 

 

CONSTANTE UNIVERSAL

Aquí está la constante universal:
abrimos el arcano, y tras sus velos
se nos mostró por fin hueca y desnuda.
El miedo de escarchadas burocracias
se abroqueló en olvido y expedientes
y un temblor recorrió laboratorios
donde nacen feroces cibernéticas.
Aquí está la verdad: la persiguieron
pitecántropos tras los cataclismos
y en coléricos rayos la buscaron
medrosos habitantes de cavernas.
Retortas de quemados alquimistas
destilaban los ácidos y savias;
los teólogos mezclaban argumentos
en la noche de estrellas medievales.
De tiempos que sombríos presentían
el trompetear de arcángeles severos,
noblezas en salones musicales
cortinaban a inope servidumbre
y enterraban sus dudas en licores
las púrpuras barrigas de arzobispos
mientras la mensajera recogía
su gran cosecha a secos guadañazos.
Aquí está la verdad: se desmoronan
soberbias babelianas a su empuje
y el vórtice espiral va devorando
los mundos como a bestias abatidas.

¡Aquí está la verdad!
¡Cero es igual a cero! ¡Nada es nada!
Te persigue
el grito calcinante
y te evapora.

 

 

ENTROPÍA

En la tierra sin mapas y sin nombres
los rudimentos de materia viva
autocatalizaban su estructura
apenas difiriendo de lo inerte.
Aires caliginosos contorneaban
las rocas frescas, jóvenes de arena,
y las aguas de erguidos almenajes
levantaban y hundían los macizos.
Pero ya trabajabas.

Antes, cuando la tierra confundida
en algún otro globo
iba por el camino inexorable
huérfana de algún yo que sospechara
que en futuros muy largos nacería
el hombre destinado a inteligirte,
ya estabas trabajando,
sin odios ni piedades,
sin metas y sin plan ya trabajabas.

Y antes aún,
en los retros canosos,
cuando todos los mundos no eran sino
nubes de polvo cósmico flotante
que ibas tú disponiendo en torbellinos,
ciñéndolos en órbitas prisiones
y en lumbreras celestes coagulando,
ya estabas trabajando.
Y con las otras islas de universos,
en el espacio innúmeras gigante,
aplicabas tu regla sin fatiga,
en tu trabajo siempre trabajando.

En las pasmosas datas iniciales
los semilleros polvos vagabundos
crecían en tus manos y aventabas
y formabas espacio en sus perfiles.
Pero ya atrás,
allá donde se mueren
las alocadas imaginaciones,
cuando tan sólo un átomo pulsante
quitaba soledades al vacío,
del centro de la esfera sin contornos,
por el espacio puro,
ya estabas dedicada a tu trabajo.

Y antes de todo atrás, cuando no había
ni esa brizna perdida en la negrura,
antes de todo tiempo y todo margen,
ya estabas trabajando, trabajando.
Sola en la nada, en solas soledades,
en la nada absoluta,
en no fetales cosmos,
tu presente sin fin ya trabajaba.

En el vacío pleno, abandonado,
no eras siquiera un dios contemplativo
con el presente abierto hacia adelante,
ni sobrenatural naturaleza.
Paciente y misteriosa desde el fondo
de las oscuridades más profundas
venías trabajando,
venías trabajando
de tu pasado más allá del tiempo.
Intraducible, muda e invisible
desde aquel insonoro disimulo.

Y no eras dios.
Y no eras creadora.
Eras tan sólo el orden de la nada.
Pero al orden del cero corrompías
con el desorden mínimo del uno,
y el desorden del dos, y el de la serie.
Eras dueña del caos,
madre de los conciertos estadísticos
y de las incertidumbres gigantescas:

una ley solamente.

 

 

TIEMPOS. TIEMPO.

Cuando mis versos se hayan diluido en el polvo de los tiempos,
cuando mi nombre no figure en las guías telefónicas,
cuando de mi casa queden las paredes en ruinas,
cuando estén carcomidos los estantes de mi biblioteca,
cuando mis libros sean papeles apoliyados,
y sus títulos ya no consten en las historias literarias,
otras cosas habrá que ya no veré más,
reducidas a puros recuerdos vacilantes.
Muchas voces de bocas juveniles
cantarán sus amores, que también pasarán.
Estructuras habrá de optimistas futuros
que a su turno verán cómo se desmoronan:
sabrán que lo perenne no es hecho de cemento.
Estatuas de museos ya sin admiradores,
su silencio será más que nunca silencio.
Algunas cosas quedan, pero no para siempre:
moléculas de tiempo vienen desde adelante
rápidamente mudas para perderse atrás.
Es el Tiempo, autor de los derrumbes,
pequeño cada uno si solo es considerado,
pero sumadas todas las infinitas nadas,
la sumatoria excede montes y cordilleras.
Vino el Tiempo a ocupar fugitivas galaxias
desde aquel violento primigenio estallido.
Vino, arrasa y desvasta, insensible, incansable:
todo va aniquilando, todo va hacia el pasado,
pero él permanece: él es lo permanente,
y nosotros, y todo, somos sus transitorios.
Yo no podré escapar a su viento implacable:
me aferro a este presente que se torna pasado.
Yo, presente ilusorio, yo, breve permanencia,
¿a quiénes diré adiós, si tampoco perduran?
La vorágine absorbe adioses y viajeros
de una nada a otra nada, desde un cero a otro cero.

Presente hace al futuro, y al presente, pasado.
El Tiempo hará presente a todos los futuros.
El Tiempo hará pasado a todos los presentes.

 

 

CO-ITUM

Hacia tu oculta esencia envuelta en carne
avanza cautelosa infantería
con sus cinco columnas explorando.
Ya traspasan tu selva protectora
y se acercan urgencias varoniles
al túnel receptor humedecido
de imantado secreto reclamante.
Ese dulce enemigo acalorado
nada dará, y todo se le entrega
la dádiva total al complemento
el brindis que requiere ser brindado:
un dual universo aniquilante,
líquida sed y sólida bebida.
Eruptivo volcán de lava quieta,
vendavales de fuego sin las llamas,
ecuadores de tórridas praderas
de superficies de invertida cifra
de aritmética dual reciprocante.
Llorando blancas lágrimas sin ojos
cuando el aire falta en la tormenta
prolongándose el rayo su descarga
en la asiática nube y en su lluvia.
En la pequeña muerte padecida,
sobre banderas blancas del combate
ya tendida en la paz de la derrota
la mutua esencia, imán de los dos polos,
con ambos enemigos vencedores.

 

 

ALGUNA VEZ

A mí me duele a veces sentirme aprisionado
por el habla impotente de vocablos pequeños,
y no poder entonces expresarte mis sueños
ni esos vagos sentires de amor y enamorado.

Saber que no es tan sólo ni el amor ni la pena
sino el choque constante de raras emociones,
y no poder hablarte de mis contradicciones
ni poder acallar el rumor de mi vena.

Saber que es algo así como un día de enero
y una noche de julio, una mansa montaña
y un volcán eruptivo, la flor y la guadaña,
y no poder decir nada mas que “te quiero”.

Pero saber que hay algo más adentro y más hondo,
algo que es casi, casi, el porqué de ir viviendo,
algo que poco a poco sé que voy conociendo,
que será como un sol de brillante y redondo.

Alguna vez podré decir de la ternura
del amor traspasado, del chico recipiente,
de eso a la par lloroso y a la par sonriente,
de ese claro de campo y de bosque espesura.

 

 

 

 

 

*Manuel Graña Etcheverry nació en Córdoba, Argentina, en 1915. Abogado, poeta, traductor y crítico literario. Entre su obra se distingue Poemas para físicos nucleares, El ritmo del verso, La poética de Juan Filloy en Balumba, Defensa de la gramática tradicional contra la lingüística moderna, Ensayos divertidos (que no sirven absolutamente para nada), entre muchos otros títulos. Destacan muy especialmente sus traducciones de la obra completa de Carlos Drummond de Andrade. Actualmente reside en Deán Funes, en la provincia de Córdoba.




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