Poemas
W. B. Yeats *
Traducción Adrián Icazuriaga


 

Leer William Yeats o la disciplina del estilo

 

 

   Tras un Largo Silencio (De Crazy Jane)

Discurso tras un largo silencio: está bien,
–los demás amantes enajenados o muertos,
La luz hostil de la lámpara oculta en su pantalla,
Las cortinas echadas sobre una noche hostil–
Que disertemos y otra vez disertemos
Sobre el noble tema de Canción y Arte:
Decrepitud física es sabiduría;
Jóvenes nos amábamos
Y éramos ignorantes.

 

 

La Maldición de Adán (De In The Seven Woods)

Nos sentamos juntos un atardecer de verano,
Aquella hermosa mujer, tu íntima amiga,
Tú y yo, y charlamos de poesía.
Yo dije: “Un línea tal vez pueda llevarnos horas,
Pero si no recrea un pensamiento instantáneo,
Nuestro hilar y deshilar a sido en vano.
Mejor sería que te pusieras de rodillas
Y fregaras el suelo de la cocina, o que picaras piedra
Como un pobre viejo de sol a sol;
Porque articular cadenciosamente los dulces sonidos
Es trabajo más duro que todo eso, y sin embargo
Serás tildado de holgazán por la ruidosa camarilla
De banqueros, profesores y clérigos
Que los mártires llaman Mundo.” 
                                   
                                               Y entonces,
Aquella hermosa y apacible mujer por la cual
Más de uno se abandonaría a la angustia
Por descubrir que su acento es grave y dulce,
Respondió: “Quien ha nacido mujer sabe
–aunque nadie lo comente en las escuelas–
que debemos esforzarnos denodadamente para ser bellos.”

 

Yo asentí: “Cierto es que desde la caída de Adán
No hay excelencia lograda sin el mayor esfuerzo.
Han existido amantes para quienes el amor
Debía estar tan compuesto de galanteos y cortesías
Que suspiraban y glosaban frases de memoria
Con poses extraídas de algún viejo y hermoso libro;
Sin embargo ahora parece un asunto de lo más frívolo.”

Al nombrar el amor permanecimos callados;
Vimos apagarse los últimos emblemas de la luz
Y en el tembloroso verdiazul del cielo
Una luna, pálida como si hubiese sido una concha
Bañada por la perpetua marea del tiempo
Entre las estrellas se desgranaba en años y en días.

Tuve un pensamiento sólo para tus oídos:
Pensé que eras hermosa, y que había procurado amarte
Según la vieja costumbre del amor;
Que todo hacía parecer feliz, pero nos volveríamos
Tan descorazonados como la luna hueca.

 

 

Ego Dominus Tuus (De The wild Swans at Coole)

Hic. En la arena gris de los bajíos
Bajo la vieja torre que el viento azota, donde arde
La lámpara junto al libro abierto
Que Michael Robartes dejara, caminas a la luz de la luna
Y, aunque tiempo hace de tus mejores años, aún dibujas,
Cautivado por la irresistible quimera,
Mágicas sombras.
Ille. Con la ayuda de una imagen
Llamo a mi opuesto, reúno todo
Lo que mínimamente tuve o mínimamente soñé.
Hic. Oh, quisiera encontrarme a mí mismo y no a una imagen.
Ille. Ese es nuestro actual deseo, a su luz
Hemos tropezado con una dispuesta y sensitiva inteligencia,
Mas el viejo aplomo: se nos fue de las manos.
Ya sea que hayamos escogido el cincel, la pluma o la brocha
No somos más que críticos de media bulla.
Timoratos, liados, desconcertados y extraviados,
Echando en falta el apoyo de nuestros amigos.
Hic. Y sin embargo
El coloso de la cristiandad,
Dante Alighieri, tan profundamente se halló a sí mismo
Que ha moldeado el rostro más familiar a la imaginación
Que jamás ha existido, salvo el de Cristo.
..................................................................
Y de seguro habrá hombres que no han inspirado su arte
Ni en la guerra ni en la tragedia, amantes de la vida,
Hombres impulsivos que persiguen la felicidad
Y al encontrarla, cantan.
Ille. No, no cantan,
Porque quienes al mundo aman lo sirven en la acción,
Crecen ricos, populares y llenos de influencia,
Y si pintaran o escribieran, seguiría siendo acción:
El debatirse de una mosca en la mermelada.
El retórico engañaría a sus vecinos
Pero es el sentimental en persona; mientras que el arte
No es más que una visión de la realidad.
¿A qué protagonismo puede aspirar el artista    
Que ha despertado del sueño mundano
Salvo a la desesperación y el derroche?
Hic. No obstante
Nadie niega que Keats amara al mundo.
Recuerda su deliberada alegría.
Ille. Cierto, su arte es alegre, ¿pero quién conoce su mente?
Veo a un escolar cuando pienso en él,
Con la nariz y el rostro pegados a la cristalera de una tienda de caramelos,
Pero es seguro que se fue a la tumba
Con los sentidos y el corazón insatisfechos,
Y creó –siendo pobre, enfermizo e ignorante
Excluido de todo el lujo del mundo,
El hijo ordinario de un guarda de caballerizas–
Una canción exuberante.
Hic. ¿Por qué habrías de dejar la lámpara
Ardiendo sola junto a un libro abierto,
Mientras dibujas estas sombras en la arena?
El estilo se obtiene por el esfuerzo sedentario
Y por la imitación de los grandes maestros.
Ille. Pues, porque busco una imagen y no un libro
Quienes han escrito las páginas del saber
Nada poseían salvo ciegos y atontados corazones.
Pero yo llamo al misterioso hombre
Que caminará por esta ribera arenosa y húmeda
Tan parecido a mí –siendo en efecto mi doble–
Confirmará de todo lo imaginable
Lo opuesto –siendo mi anti-ego–
Y junto a estas sombras, revelará
Todo cuanto busco; susurrándolo
como si temiera que las aves, que pregonan a voces
su breve llanto antes del alba,
lo llevaran a oídos de hombres blasfemos.

 

 

Amigos (De Responsabilities)

Y ahora debo estos tres elogios –
Tres mujeres que me han brindado
Lo que de dicha tienen mis días:
Una porque sin pensárselo
Ni detenerse en la angustia
No, nunca en estos quince
Largos y engorrosos años
Puso un mínimo escollo
Entre mente y sano deleite;
Y una porque su mano
Tenía la fuerza de desvendar
Aquello que muy pocos comprenden
–y aún haciéndolo, nada los nutre–:
El peso de una vaga juventud,
Hasta que ella, me transformó de tal manera
Que hoy en un éxtasis trabajo y vivo.
¿Y qué decir de aquella
que arrebatara por completo mis días
 hasta agotar mi juventud
con su sola mirada compasiva?
¿Cómo podría yo elogiarla?
Cuando comienza a rayar el día
Cuento mi mérito y mi fracaso
Y si al final he despertado
Fue por recordar que ella poseía
Esa altiva y penetrante mirada,
Mientras de mi secreto espíritu
Surge tan irresistible deleite
Que de la cabeza a los pies echo a temblar.

 

 

Bajo Ben Bulben (De Last Poems)

(II)

Muchas veces un hombre vive y muere
Entre sus dos eternidades,
Aquella de  la raza y la del alma,
Mas ambas, la vieja Irlanda comprende.
Y ya sea que expire estando en cama
O de un disparo caiga muerto,
A una breve separación de los suyos
Es lo peor que ha de temer.
Aunque la faena del sepulturero sea larga y dura
Aguzada la pala, el músculo tenso,
No hace sino empujar al inhumado cuerpo
De vuelta a la mente humana.

(III)

Tú, que la oración de Mitchel has oído:
“¡Envíanos la guerra, oh señor!”
Sabes que cuando todo se ha dicho
Y hay un hombre que aún pelea sin tino,
Algo cae de los ojos largamente ciegos,
Él contempla la otra mitad de su mente,
Y por un instante se detiene aliviado
Ríe a toda voz: y su corazón en paz.
Hasta el hombre más sensato ha de ponerse tenso
Con alguna forma de sutil violencia
Antes de que pueda cumplir su destino
Realizar su obra o nombrar su pareja.

(IV)

Escultor y poeta, culminad el trabajo,
No dejéis al pintor en boga eludir
Lo que sus nobles antepasados hicieron.
Llevad el alma del hombre a Dios,
Hacedle servir a una causa justa.

Con la mesura dio comienzo nuestra fuerza:
Figuras que un adusto egipcio pensara,
Figuras modeladas por la diestra mano de Fidias.
Miguel Angel ya dejó una prueba
En el techo de la Capilla Sixtina,
Donde nadie, salvo Adán medio dormido
Puede interponerse al trotecillo circular de una dama
Hasta que sus intestinos entraran en calor.
Prueba que hay una intención antepuesta
A todo secreto oficio de la mente:
El perfeccionamiento profano de la humanidad.
   
El Quattrocento expuso en pintura
–trasfondos para un Dios o un Santo–
Jardines para solaz de un alma;
Donde a primera vista todo parece
Flores y hierba y cerúlea bóveda,
Esas formas apenas entrevistas
Cuando el sueño se torna vigilia.
Y al desvanecerse aún declaran,
Ante cabecera y cama rígidas,
Que los cielos se habían abierto.
Los giros continuaron;
Y cuando ese gran sueño se esfumó
Calvert y Wilson, Blake y Claude,
Dispensaron un sosiego para la gente de Dios,
–Así lo afirmara Palmer–, pero luego
Nuestro pensamiento tornose en confusión.
 
(V)

Poetas de Irlanda, sed valedores de este oficio
Cantad aquello digno de ser cantado,
Y a la mediocridad que hoy cultiva
Versos informes de pies a cabeza, ¡despreciadla!,
Sus corazones y mentes sin memoria
Son el producto vulgar de la canalla.
Cantad al campesino, y luego
Al avezado gentilhombre a caballo,
La santidad de los monjes, y al instante
El chasquido de una risa tras la pinta de cerveza;
Cantad a los señores y alegres damas
Que fueron ganados por el barro
A lo largo de siete heroicas centurias;
Proyectad vuestra mente en el futuro
Para que en esa aurora seamos
Todavía la indómita, legendaria Irlanda.

(VI)

Bajo la cumbre desnuda de Ben Bulben
En el camposanto de Drumcliff, descansa William Yeats.
Una iglesia hubo allí, donde un antepasado suyo
Fue párroco mucho tiempo atrás;
Junto al camino, una  antigua cruz.

Ni mármol ni frase convencional;
Grabadas en piedra caliza del terreno
Estas palabras como última voluntad:

Concede una fría mirada

A la vida, a la muerte.

Jinete: ¡pasa de largo!

 

 

 

Leer William Yeats o la disciplina del estilo

 

 

*William Butler Yeats (1835-1939), periodista polémico, senador, autor y empresario de teatro, Premio Nobel. En cierta forma, mago, pero antes que nada, poeta, en obra y vida. Apasionado del ocultismo, y por sobre todo de Irlanda, por cuya independencia trabajó y a cuyo renacimiento artístico dio impulso decisivo.




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