Tres microrrelatos
Por Luis Mateo Díez


 

 

UN TESORO

 

Viajé a la pequeña ciudad donde nació mi mujer una tarde de febrero.

Iba a cumplir una de esas últimas voluntades que uno asume con más conciencia del dolor y la memoria que de la necesidad de hacerlo, todavía contagiado por la emoción de aquella ausencia que el tiempo no lograba paliar.

Rosa quiso, y estoy seguro de que era una especie de capricho derivado de aquellas obsesiones finales que tanto la asediaban, que buscase una medalla en un preciso rincón del patio de la escuela donde habían transcurrido muchos recreos de su infancia.

Es curioso que alguien pueda detallar con tanta exactitud el lugar de un diminuto y trivial tesoro perteneciente a un pasado personal tan remoto, que en esos momentos tan graves de la enfermedad fatal sobrevenga el recuerdo de un suceso infantil que posiblemente no volvió a brotar nunca hasta ese instante.

Debajo de un ladrillo, en el sitio exacto, estaba la medalla enmohecida. Tembló en mis dedos mientras logré limpiarla y descubrir el rostro indeciso de una Virgen.

-¿Qué haces...? -dijo alguien a mi espalda. Una niña coja con un cabás en la mano izquierda me miraba con gesto severo e indignado.

-¿Por qué me la robas? – repitió

Tendía la mano derecha con decisión y apenas sin reaccionar deposité en su palma la medalla.

Desde entonces me he sentido despojado de la memoria de mi amor por Rosa y me voy convenciendo, con gran dolor, de que más allá de la desgracia de haberla perdido está la desesperación de presentir que nunca fue mía.

La dueña del tesoro huyó por el patio y desde las aulas se escuchaba como un turbio rumor el canto de multiplicar.

 

 

 

MORTAL

 

Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Omares y le dijo al primer niño que encontró:

-Avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.

Avisó el niño al viejo Arcino y le acompañó de la mano hasta donde el hombre aguardaba muy nervioso.

-¿Se puede saber lo que usted desea y cuál es la razón de tanta prisa...? -le requirió el viejo Arcino.

-Soy Mortal -dijo el hombre sin mirarle.

-Todos lo somos -dijo el viejo Arcino-. Mortal no es un nombre, mortal es una condición.

-¿Y aún así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme...? -inquirió el hombre.

-Prefiero besar a este niño que dar un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.

Se abrazaron al pie del árbol más cercano.

-Mortal de muerte y mortandad -musitó el hombre al oído del viejo Arcino-. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.

-¿Tanta prisa tenías...? -inquirió el viejo, sintiendo vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía ya sujetarlo.

-No te quejes que son pocos los que viven tanto.

-No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver correr asustado a ese pobre niño...

 

 

 

INVITADOS


Los invitados llegaron a casa a la hora prevista. Ángela y yo les recibimos encantados. La cena fue exquisita. La conversación brillante y entretenida hasta que las copas comenzaron a hacer efecto.

Entonces se iniciaron esos pequeños altercados que son fruto de las envidias y las maledicencias y que lastran las amistades por largas que sean. 

Yo, como siempre, me quedé dormido. Para las copas  soy un desastre.

Cuando desperté, con el sol en la ventana y la mañana del domingo muy avanzada, tardé un rato en percatarme del desastre en que se había convertido el salón. Todo estaba destrozado.

En la alfombra pisé una enorme mancha que me pare- ció de sangre. La mancha se repetía en las paredes. Llamé a Ángela, angustiado.

La casa estaba vacía y lo que de ella pude ver, hasta que sonó el teléfono, en parecidas condiciones al salón.

El timbre del teléfono acrecentó el dolor de cabeza que, se apoderaba de mí. Me llevé la mano a ella y sentí un bulto pegajoso. Temí desvanecerme.

Descolgué el aparato temblando.

-Ninguno de vosotros me quiso nunca -musitó una voz compungida y llorosa en el auricular, y en seguida escuché el sonido de un disparo.

Antes de salir al jardín y observar los cuerpos mutilados que colgaban de los árboles dejé caer el teléfono con la sensación de que el aroma quemado de la pólvora abrasaba mi mano.


 

 

 

 

 

Luis Mateo Díez (Villablino, León, 21 de septiembre de 1942). Escritor español. Es miembro de la Real Academia Española: elegido el 22 de junio de 2000, tomó posesión el 20 de mayo de 2001.
Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas, apareció en 1973. Publicó luego las novelas Las estaciones provinciales (1982), La Fuente de la Edad (1986), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, Apócrifo del clavel y la espina (1988), Las horas completas (1990), El expediente del náufrago (1992), Camino de perdición (1995), La mirada del alma (1997), El paraíso de los mortales (1998), Días del Desván (1999), Fantasmas del invierno (2004) y las fábulas reunidas en El diablo meridiano (2001) y en El eco de las bodas (2003), así como los libros de relatos Brasas de agosto (1989) y Los males menores (1993). Con La ruina del cielo (2000) obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica.

Los relatos aquí presentados pertenecen al libro Los males menores (Colección Austral, 2002). Puedes conseguir sus libros AQUI




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