Hot Dog whit Sour Kraut: algunas ideas sueltas a propósito de Wassup Rockers
Por Luis Cerveró





Sex and sugar ... at that age, what else do they need?"



Wassup Rockers (2005) parece un film hecho a medida de sus protagonistas, concebido por una mente de 15 años y consumible únicamente por un público afín. Al verla, me vinieron a la mente mis propias experiencias preadolescentes ante obras como Thrashin (David Winters, 1986) o Los Bicivoladores (BMX Banditx; Brian Trenchard-Smith, 1983). Pero vista desde una perspectiva adulta, y lamentablemente mucho menos cándida, Wassup Rockers necesitaría a mi juicio menos sugar y mucho más er ... ¿sex? La película se viene abajo cuando Larry Clark abandona la crudeza y el realismo casi documental de la primera parte para embarcar al grupo protagonista en una aventura con tintes cómicos, una ficción forzada y totalmente prescindible.

Lo cierto es que cuesta mucho vislumbrar la mirada de Clark tras las cámaras, aquella mirada impúdica y dionisíaca de sus mejores trabajos, aquella mirada, en definitiva, de voyeur. Aparte del excelente prólogo y de alguna secuencia aislada, Clark parece adoptar aquí las maneras y los vicios de la peor comedia soez, llegando a recordar por momentos a un Clark menor, Bob Clark (curiosamente, uno de los skaters salvadoreños del film se llama Porky) e incluso Manuel Gómez Pereira.

Seguramente sea inoportuno, o desafortunado, pensar que la ausencia de Harmony Korine en este proyecto tenga algo que ver con todo esto. Pero la tercera película de Clark sobre la joie de vivre de los skateboarder no tiene ni la fuerza ni el brillo de sus predecesoras. La factura formal del film es penosa, y la elección de la alta definición como soporte de rodaje no resulta un acierto.

Los ocho minutos de prólogo encierran más Larry Clark que la totalidad del metraje. Wassup Rockers se abre con una secuencia documental, al parecer realizada durante el largo período de preparación del proyecto, donde el Clark entrevista al protagonista Jonathan Velásquez. Esta imagen, que entra por corte tras unos créditos en silencio y sobre negro, golpea al espectador con su sencillez gráfica y la fragilidad de su motivo, un chico adolescente, casi un niño, con el torso desnudo. El contenido, las palabras del joven, recoge la práctica totalidad del corpus del cineasta: amistad, sexo, violencia, suicidio, skateboard y música punk-rock, todo ello impregnado por la inocencia y la candidez de su interlocutor. Pero lo verdaderamente interesante de esta secuencia es la apuesta formal: Clark decide dividir la pantalla en dos mostrando simultáneamente las imágenes de Jonathan de frente y de perfil.

Esta propuesta formal define por fin la mirada de Larry Clark sobre el cuerpo adolescente. Algo que se había entrevisto en sus anteriores largometrajes, y por supuesto en sus libros de fotografía, pero que se revela aquí con más fuerza que nunca. La mirada de Clark es una mirada clásica, o si se prefiere neoclásica, que nos lleva a entroncar la plástica del autor de Tulsa, con aquella mirada primigenia del arte y la representación occidental: la Grecia antigua.

Muchos consideran a Clark como un viejo marica y pederasta; personalmente, es un autor sin prejuicios y militante de una sexualidad libre y amoral. Carmen Sánchez explica el contexto donde aparece el primer desnudo artístico "una sociedad donde no existe la noción de pecado y culpa, donde sexo y deseo erótico forman parte de la naturaleza, donde se podían contemplar cada día los brillantes cuerpos desnudos de los muchachos en la palestra, (. .. ) podríamos considerar que se disfrutaba del sexo de una manera libre y espontánea, sin coacciones, sin miedo, un sexo inocente, un erotismo lúdico". La autora advierte a su vez respecto a la escultura helénica de "su aparente proximidad cultural y similitud visual, pero de la que nos separan más de dos mil años y el dogma cristiano". Y define el efecto de fascinación provocado por aquellos cuerpos atléticos y adolescentes de la escultura como "mirada táctil".

La intención de Larry Clark al dividir la pantalla en dos no es otra que la de ofrecer esa "mirada táctil", una tridimensionalidad en la experiencia del espectador muy próxima a la de la contemplación de una escultura.

Este rasgo es muy evidente en el prólogo de Wassup Rockers, pero pienso que es común a toda su obra. Clark posee una asombrosa filiación con la cultura clásica, de la que tal vez sea plenamente inconsciente, pero su devoción por el desnudo adolescente, en especial por el torso, muchas veces como representación del espíritu libre, así lo demuestra. Mucho más asombrosa es la coincidencia en el trato diferencial que tiene Clark respecto a los géneros. Su fijación por el desnudo masculino le acerca todavía más a aquellos orígenes. Clark no es un artista homosexual ni misógino, como mucha gente cree. Su elección por el cuerpo masculino tiene mucho que ver con aquella creencia que asociaba al hombre con lo terrenal y a la mujer con la divinidad. Como en la antigliedad, en el cine de Clark el desnudo masculino viene dado con gratuidad, como algo natural, mientras el femenino es mucho más cauto y siempre ha de ser justificado por la acción.






Es posible establecer un paralelismo entre la figura de Larry Clark y La muerte en Venecitt, de Thomas Mann. Nuevamente, mucha gente ve en Aschenbach, el protagonista de la novela, a un degenerado y un pedófilo. Desde luego, en esto no ayuda la desafortunada adaptación de Luchino Visconti, Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), que efectiva­mente muestra a Aschenbach como un ser desagradable y patético. La muerte en Venecitt es una obra maestra que recoge como nadie los devasta­dores efectos de la belleza sobre la mente y el espíritu de todo creador artístico, y trasciende dicha relación en la fascinación de un alma vieja por la virtud (o a reté ) y la perfección de un cuerpo joven. Casualidades de la vida, fue en Venice Beach donde Larry Clark vio por primera vez a Jonathan Velasquez y le preguntó si podría acompañarle y hacerle unas cuantas fotos. Ese primer encuentro derivaría en Wassup Rockers . El pasaje de la novela es revelador: "Sus axilas todavía eran lisas como las de una estatua, las corvas le brillaban y la azulina red veno­sa hacía aparecer más diáfana la materia de que estaba hecho su cuerpo. ¿Qué disciplina, qué precisión en las ideas se expresaban a través de ese cuerpo cimbre­ño y juvenilmente perfecto! Pero la voluntad pura y severa que,opreando en la oscuridad, había logrados sacar a la luz esa estatua divivna ¿no le resultaba acaso a él, el artista, algo ya familiar y conocido? ¿No operaba también en él, cuando, impulsado por una sombría pasión, liberaba de la masa marmórea del lenguaje la esbelta forma que había contemplado su espíritu y la ofrecía a los hombres como imagen y espejo de la belleza espiritual?".

Aquí Mann vincula la observación de la belleza real con la generación artificial mediante la práctica artística, poniendo en evidencia las ínfulas dionisíacas de todo creador. Y con todo, podemos vislumbrar cómo la constatación de dicha belleza es uno de los impul­sos germinales de la creación. Así, el descubrimiento de Tadzio lleva a Aschenbach a recuperar su creación literaria, como el descubri­miento de Jonathan y Kico en un skatepark de Venice que lleva a Clark a levantar su nuevo proyecto cinematográfico.

Puede situarse al Larry Clark cineasta en la tradición que va de Robert J. Flaherty a Albert Serra, pasando por Roberto Rossellini, Jean-Luc Godard y Werner Herzog. Todos ellos tienen en común el haber recurrido a actores no profesionales, ya sea mediante la inclusión de entrevistas o la elaboración de secuencias improvisadas o directamente reales. Siempre que esto es así, la apuesta conlleva resultados irregulares.

Hay en Wassup Rockers varios momentos en los que esto no funciona, especialmente en situaciones en las que coexisten adolescentes y actores profesionales. Como contrapartida, también hay instantes en los que la veracidad y espontaneidad resultan soluciones perfectas. La escena perfecta en este aspecto y uno de los mejores momentos del film es aquel en el que Kico y Nikki conversan en la habitación de ella: hasta entonces los chicos no se conocían, nunca habían hablado, y el director sencillamente invitó a la joven Jessica Steinbaum a interesarse por la vida de Kico y hacerle todas las preguntas que se le ocurriesen.

Me sorprendió mucho hallar la frase “All my work is social commentary”, de Larry Clark. No creo que su obra deba ser leída como un comentario social, y estoy plenamente convencido de que sus motivaciones tienen mucho más de fascinación estética, de fetichismo, que de crítica social. Dicho esto, es cierto que tal vez Wassup Rockers sea su película más social, en cuanto a la intención explícita de enfrentar los latinos de South Central a la opulencia de Beverly Hills. Pero este es seguramente el punto más endeble del film.

El propio Clark ha querido conectar su film a El nadador (The Swimmer, Frank Perry, 1968), pero todo lo que allí era metáfora, símbolo y poesía se transforma aquí en absurdo, vacuo y tonto. Clark se pone en evidencia en en la sucensión de stereotipos que particularmente detesta: las niñas ricas inspiradas en las hermanas Milton, la sobreactuada actriz acabada y alcohólica, ese híbrido Heston-Esstwood que sigue creyendo en la ley de las armas y muy especialmente el coctel fashion donde, encontramos al propio Clark en ese personaje degenerado que cree que los chicos son “muy rock'n'roll” y ofrece a Jonathan lanzarle a la fama. ¿A quién está criticando Clark aquí? Hay algo de cuento de hadas, de viaje iniciático de ida y vuelta, pero el sentimiento "There's no place like home" que impregna todo el metraje, y que en El mago de Oz (The Wizard of Oz; Victor Fleming, 1939) era el fiel reflejo del pánico a la madurez, aquí se vuelve ácido y grotesco cuando el hogar de estos chicos es el gueto de South Central.




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