LISANDO ALONSO: LA PRESENCIA A TRAVÉS DE LA AUSENCIA
Por Noelia Sueiro



Leer: EN TORNO A LA LIBERTAD


Con su tercer film, Fantasma (2006), Lisandro Alonso reafirma su personalísimo modo de narrar que hubiera comenzado con su opera prima, La libertad (2001), y continuado, con algunas variantes, en Los Muertos (2004). La ausencia predominante de diálogos y el carácter abierto del discurso, lo que subyace al film, en fin, aquello que explícita o tácitamente muestra y cómo lo expone, constituyen ya una marca irrefutable del director y, si bien no es un precursor en este aspecto, su valor añadido reside justamente en ese enigmático poder de evocación para "contar" prescindiendo de la palabra a través de ciertas imágenes y sonidos.


Con Los Muertos, inspirada en la novela Recuerdo de la casa de los muertos de Dostoievski, Lisando Alonso suma más ficción al registro de la acciones cotidianas, mínimas, de Argentino Vargas, un bracero de Corrientes recién salido del la cárcel que baja por el río en busca de su hija. El film se abre con un plano secuencia en la selva, largo, sugerente e impactante. La primera impresión es, pues, de irrealidad, ensoñación y confusión. Luego, y a partir de entonces, la cámara acompañará a Argentino cambiando drásticamente su ritmo. Es el ingreso en el tempo vital de Argentino Vargas, primero en la preparación de la partida, luego en el viaje mismo: remar, adentrarse en el río y dejarse llevar por su caprichoso fluir en búsqueda de su hija. Así, buena parte del film recoge minuciosamente el proceso del viaje que, no obstante, por momentos pareciera una absurda ficción fuera de todo tiempo: ¿un viaje adónde? El extendido plano secuencia de Argentino remando, con la cámara que acompaña su desplazamiento en forma paralela, da cuenta de este fenómeno: en la pantalla el movimiento es inferido por el paisaje cambiante, el arrullo del río, las aves volando, pero la balsa está prácticamente anclada en el centro de la imagen y su movimiento es imperceptible.


Bien podría tratarse del viaje en tanto metáfora de ese tránsito permanente que es la vida. Sólo en dos ocasiones la cámara se repliega sobre sí misma, cambiando su función referencial con respecto al protagonista, materializando quizá esos dos puntos simbólicos del inicio/fin del viaje: al salir de la cárcel la policía lo deja en una parada de autobus y la cámara, fija en Argentino, se aleja con la furgoneta hasta que éste queda reducido al tamaño de un dedo frente al extendido paisaje desolado de la carretera. La otra, cuando Argentino se aproxima al final del viaje, la cámara lo está esperando en tierra y capta su arribo a la orilla.


Si con La Libertad, lo que pasa en la película y en la vida del leñador es poco más que lo que se muestra, en Los muertos ocurre otro tanto con la existencia del brasero. La cámara se instala en la cotidianeidad selvática/rural para mostrar a sus personajes/habitantes en un tono extrañado que se nutre de la ficción y del documental. Y ocurre, entonces, que los bordes de lo real y lo imaginario se diluyen, pero de un modo transparente y con rigor. ¿No será, acaso, Argentino Vargas el muerto?

Sin reclamos, sin denuncias, prescidiendo de la demagogia y el exhibicionismo que trae aparejada la pobreza y marginalidad, Lisandro Alonso logra desnudar la precariedad de estas vidas, y sus condiciones extremas de supervivencia.

En su tercer y última película, Fantasma, Alonso extrae a sus personajes, Ismael Saavedra y Argentino Vargas, de su hábitat natural, de la naturaleza y los enfrenta al mundo urbano. En este caso ambos personajes deambulan, sin llegar a encontrarse, entre el desconcierto y la desorientación por los pasillos del Teatro San Martín. Sustituída la familiaridad por el extrañamiento, el accionar de los protagonistas se torna errático y balbuceante, presto a descubrir un exótico mundo completamente ajeno a ellos. En estos términos, y siguiendo las observaciones en torno a La libertad y Los muertos, el film plantea la cuestión de la disponibilidad de los bienes culturales, es decir, el acceso a la cultura: dónde está y para quién está. Sumergidos en un entramado semiótico ininteligible, el de una cultura en principio desconocida e inasible, los protagonistas se develan ahora intrigados, curiosos, y también perdidos.

Al igual que sus predecesoras, Fantasma se convierte simultáneamente en objeto y en discurso sobre el objeto.  Si La libertad inauguró un cambio en el modo de hacer cine, Los muertos constató las intenciones, procedimientos y recursos del joven director, con Fantasma Lisandro Alonso vuelve la mirada sobre sí mismo, sobre su cine, para mostrar al producto de su creación atrapado entre las paredes del cine-teatro. Con el protagonista que asiste en solitario al estreno de su película y el film proyectado en una sala casi desierta, Alonso suelta lúcidamente una carcajada irónica sobre su cine frente a las lógicas que dominan los circuitos tradicionales.

Cabe decir, finalmente, que Fanstama, no es una película, es una experiencia.Como en La libertad o Los muertos, Lisandro Alonso filma para que el espectador, durante la proyección, cree su propia película, se haga preguntas, articule su propio discurso y experimente parte de lo que le sucede a los protagonistas.

 




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