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Buena parte de nuestras gloriosas conquistas contemporáneas, desde el sexo libre al
fin de la Historia, desde la globalización informática a la clonación, tienen relación
con el pánico cerval a lo heterogéneo, con una tradicional pasión por lo uniforme que
hoy encuentra una versión lúdica en la fiebre del consumo. Nuestra civilización
descubre la sexualidad (igual que inventa los jeans, el bikini y la minifalda, los pelos
largos y el nudismo) como una especie de "naturaleza" compatible con la locomotora
técnica, adornando nuestra velocidad de escape de toda mezcla con la vieja
existencia [43]. En suma, el retorno postmoderno a la naturaleza y al cuerpo aparece
cuando el peligro de un retorno real de lo primigenio, de un descenso a lo elemental,
está conjurado. Vista así, como tantas otras cosas, también nuestra sexualidad vino
del frío.
Si el consumo es un sucedáneo de relación mundana y arraigo terrenal para un
individuo que ha querido cortar amarras con todo lo que fuesen raíces, tanto con el
prójimo como con la tierra, dentro de este ideario ocupa un papel importante la sexualidad. Su enorme mercado está ligado inevitablemente a un apartheid global
practicado sobre la cercanía, que desde hace tiempo es sometida a cerco con una
amplia especie de microtecnologías. En este sentido, la segura insularización del
individuo contemporáneo, la desaparición de la presencia real del prójimo es
condición sine qua non para el beneficio creciente del interlocutor anónimo en las
grandes redes. Ya se sabe que las fantasías carnales son más fáciles sin el pudor de lo
familiar y la losa de la costumbre, en definitiva, con cualquier mujer u hombre
desconocido. Las elucubraciones en torno a las ventajas del autómata sexual, klôn que
nos libraría a la vez de la soledad y de la compañía, parten de ahí. Sin duda, uno de
los atractivos de la prostitución siempre ha sido éste, pero ahora sustituimos esa vieja
práctica, o la tristeza sin paliativos de la masturbación, por toda clase de contactos a
distancia. Y ello dentro de una mutación generalizada en la que el vecino se ha
convertido en un extraño funcional, interactivo.
La pornografía está instalada en nuestra compulsiva vocación de
transparencia, para la cual cuanto más penetrables sean las formas de la existencia,
mejor. En primer lugar, tiene que ver con, al menos, un aspecto de la voluntad
moderna de iluminación de la vida del hombre. A la luz de potentes focos, no hay
vello, curva, cavidad, fluido o entraña que mantenga su secreto. Todo se muestra con
la crudeza rosada de una carne impúdica, arrancada de su sombra. Y esta penetración
imperial, para una estirpe que ha perdido la relación con el secreto de la carne, porque
no soporta el latido de la condición mortal, es extremadamente excitante. Incluso
parece recomponer un simulacro de relación, de retorno a los placeres mundanos. Una
vez más, se busca compensar por la vía de la acumulación lo que se ha perdido
radicalmente, en la relación con un espíritu de la finitud que ya nos resulta ajeno.
La obscenidad está, en efecto, mucho antes de que se llegue a lo estrictamente
pornográfico, en un orden civil transido de parte a parte por la voracidad de la
información [44]. Se huye en masa del silencio de la carne, de aquello que permanezca
pegado a lo intransferible del dolor, a la experiencia interna de los límites. Y es esta"endocolonización" de un mundo sin intimidad, convertido en extraño, entregado de
lleno a las técnicas de información y a la sobreexposición de los detalles, lo que
genera una frenética obscenidad. Ignorante, por supuesto, de que la palabra obscenuses signo de un futuro temible, pues significa primeramente de mal augurio, infausto.
Con el extrañamiento, la toma de distancias que es implícita al mundo técnico,
se pone en juego una suerte de "percepción a sangre fría" (Virilio), una mirada al
acecho que tiene tanto versiones sexuales perversas como artísticas, científicas o
totalitarias. Por su lógica interna, la propia mirada pasará lentamente del hombre a los
instrumentos de investigación tecnológica, por principio irresponsables. Básicamente,
la pornografía es una multiplicación social del sueño de la carne, aunque sus
escenarios sean semiclandestinos. Es la multiplicación expansiva de un cuerpo
arrancado de su otredad, del significado intransferible de cualquier relación (algo que está incluso en el mundo animal). En este sentido, es pornográfico ya el nacimiento de
la copia mercantil, ese intento de fijar y distribuir propio de la imagen fotográfica. Por
eso en su historia fotografía y pornografía son contemporáneas, tienen casi un
idéntico nacimiento [45]. Para una sociedad volcada en el control de la información, es
necesario evitar a toda costa el silencio del sexo, su ambivalencia, ese fondo asexuado
que lo guía. Mucho antes de la pornografía, el cuerpo se convierte en una pantalla de
comunicación publicitaria que ha de evitar las sombras, las arrugas, los signos de
finitud, todo lo que recuerde la comunidad de la carne con la noche. Por eso el cuerpo
es tatuado, llenado de señales, ropas de marca, mensajes en las camisetas, piercing [46].
En relación con esto, es posible que el exhibicionista no deje de cumplir, a su manera
más o menos delictiva, el afán de emisión, de conexión impactante que posee todo
punto individuado en el colectivo global, deseoso cuanto antes de liberarse de su
temor a una existencia única, mortal.
La masificación técnica implica la evanescencia de una singularidad sexual
que, si acaso más tarde, ha de ser inyectada industrialmente desde fuera. Freud decía
en 1927: "Al derivar la antítesis entre cultura y sexualidad del hecho de que el amor
sexual constituye una relación entre dos personas, en la que un tercero sólo puede
desempeñar un papel superfluo o perturbador, mientras que, por el contrario, la
cultura implica necesariamente relaciones entre mayor número de personas"[47]. Pero
justamente es esto lo que ha cambiado, lo que se ha superado con la incitación
generalizada, pues ahí se socializa el sexo con la exhibición, se le arranca de la
intimidad irreparable del amor. Del cara a cara con el prójimo, silencio frente a
silencio, se pasa a la relación rápida y múltiple que, aunque sea sólo entre dos, está
socializada por el ritual de la exhibición, por la asistencia técnica constante y el
forzamiento imaginario. De manera que finalmente la pornografía, igual que la"solidaridad" informativa, permite una relación múltiple con extraños en detrimento
de la relación con lo cercano, con cuyo erotismo, latente en una vieja condición
mortal que hoy nos resulta insufrible, hemos cortado amarras.
La pornografía busca tapar la calma inquietante de los cuerpos (abierta a la
posibilidad de la descendencia, a una comunidad desconocida, también al misterio de la castidad) con una movilización sexual constante, una suerte de servicio sexual
obligatorio [48]. ¿La "porno" es otra cosa que el movimiento físico de la relación erótica
sin la quietud, sin el sosiego secreto del sexo, de toda relación? Se trata solamente del
ideal de la reproducción llevado al cuerpo. Es la reproducción acelerada de un
encuentro, un contacto arrancados de cuajo de su alteridad constitutiva. Por idéntica
razón, por no poder soportar la totalidad de la finitud, se trata de un fenómeno que
tiende a la fragmentación, de ahí esos primeros planos troceados, la lente de enfoque
y aumento, la espectacularización incesante, la frecuente figura de un tercero, sea
asistente o mirón. Lo curioso, decíamos antes, es que la liberación sexual corta el lazo
con la reproducción, con la otredad terrenal de la descendencia, de una manera
perfectamente reificada, multiplicando hasta la enésima cifra la reproducción serial.
Adorno y Horkheimer daban ya en 1945 una pista de este efecto básicamente
tranquilizador: "Sano es aquello que se repite, el ciclo, tanto en la naturaleza como en
la industria" [49].
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En nuestros hábitos sexuales hallamos una acorazada relación entre aislamiento y
multiplicidad de contactos, entre nihilismo solipsista y una suerte de telepromiscuidad,
relación que podemos entrever también en el ámbito general de la
información. Se fomenta de hecho una inautenticidad, una corrupción socialmente
admitida: la posibilidad de ser varios, de difuminar los propios límites en el consumo
de identidades diversas. Podríamos incluso decir que la prostitución clásica del burdel
retrocede a manos de formas más flexibles y ambiguas, dignificadas socialmente, que
son subsumidas en todo un entramado de compañía comprada, contactos y
promiscuidad encubierta propias del mundo empresarial. Recordemos, a propósito de
esto, la prostitución consentida (y no precisamente con mujeres, sino literalmente con niñas) que se oculta tras el negocio multimillonario de las casas de alta costura y el
mundo de la moda. La escena pública y cultural de la gran urbe, los viajes turísticos,
las relaciones planetarias por la Red facilitan una rica alternancia democrática:
acompañantes finisemanales, intercambio de parejas, amantes toleradas, falsos
familiares de alquiler en falsas fiestas.
Esta sociedad, que es "tolerante" con todo excepto con la "intolerancia" de raíz
que constituye la existencia, con el mito singular que no se disuelve en el
consenso, para anular la vida única, con su lenta carga de dolor y soberanía, potencia
la doble o la triple vida, toda clase de "minorías" adjuntas a la identidad mayoritaria
indiscutible. No se tolera con facilidad la unión afectiva de una comunidad, ni
siquiera que la soledad pueda ser experimentada a fondo, pero sí la posibilidad de ser cualquiera a partir de ciertas horas, jugando incluso con formas legales del crimen.
Poco a poco se debería cambiar de pareja igual que se cambia de residencia, para que
(dentro de un estilo más o menos "americano" de vida) nadie, nada fijo pueda reflejar
quién somos por dentro. La fidelidad a una sola persona, ciertamente, nos obligaría a
aceptar la pobreza de unos límites, afrontando nuestra existencia como algo
irrepetible. Por eso la cultura del consumo, devorando en primer lugar lo inamovible
de esa primera vivencia que nos constituye, se erige en un sucedáneo bastardo de
eternidad.
El dispositivo sexual debe consumir cualquier resto no económico que
quede en la intimidad del deseo. La movilización sexual es, en este sentido, la rama
vanguardista del consumo, adecuada para devorar la violencia asocial del amor. Al
respecto, se puede afirmar que la prensa del corazón, alcanzando unas dimensiones
gigantescas que arrastran el tono de los otros medios, no hace más que explotar el
carácter sexual-mercantil de las relaciones. La prensa rosa expresa el servicio
universal de un nuevo modelo de empresa, pequeño, ágil, de tamaño personal o
familiar. Empresa basada, en última instancia, en la liquidez sexual y dineraria de las
relaciones, de la propia identidad, liquidez que debe romper con el dique de cualquier
fidelidad.
La fijación por el sexo, una neurosis más o menos obligatoria en la sociedad
técnica, mantiene estrechos vínculos con el afán de acumulación, con la voluntad de
control que querría colonizar toda zona de sombra. Mecanizar el sexo, apartarlo de la
irracionalidad del afecto, no deja de tener un saludable efecto económico y
purificador. En conjunto, si se cambia el amor por la sexualidad "libre" es por el
carácter contable de ésta. Por el contrario, una libertad sexual que nazca de la pasión
no tiene ese vínculo con el dominio acumulativo, ni con la parcialización que éste
persigue [50]. Tampoco con la pornografía, ya que la pasión no se sabe a sí misma, no se
fija en imágenes, no hace cuentas. La pasión nada en su desorden. Pero una sociedad
encharcada en la impotencia de la decisión ha de estar fascinada por la energía oscura
del sexo, y esto no solamente en cuanto forma privada de guerra y de conquista. A fin
de cuentas, a la uniformidad externa de la sociedad informativa le corresponde por
fuerza una interioridad patógena, para la que es necesario un aparataje sofisticado
asistido por especialistas, expresando de nuevo la complementariedad de economía y
psiquiatría.
Es la planicie de la cotidianidad industrial la que prepara el terreno para toda
una empresa del placer y del ocio regentada por especialistas. Las excursiones
exóticas en busca de sexo (Bali, Cuba, Madeira) ofertan complementar el cotidiano
aburrimiento occidental con la excepción de las vacaciones. Igual que con la droga, la
música agresiva y toda la gama de efectos especiales en el espectáculo, encontramos
en el sexo el suplemento ideal, idealmente esquizofrénico, de la rutina tecnoeconómica.
Dicho al modo de Nietzsche, si es preciso "un linaje de eunucos para vigilar el gran harén histórico universal" [51], la perfección de tal vigilancia se ejerce
con eunucos lubrificados por una incitación general. La pornografía sirve para
conciliar la insularidad vital con la comunicación mundial, como sirven asimismo
para ese objetivo todos los mecanismos publicitarios del mercado. A semejanza de la
institución Arte, la catedral Sexo es también característica de un colectivo de
analfabetos ante el secreto, ante lo impenetrable de la existencia. Toda nuestra liturgia
sexual constituye la otra cara de un puritanismo que está obsesionado con el pecado
de la intimidad carnal, al que imagina entre el humo de encantaciones fantásticas [52].
Parece evidente, por ejemplo, que el llamado "escándalo Lewinski" representó una
oportunidad de oro para que millones de ciudadanos reprimidos pudieran hablar de
sexo, descendiendo a toda clase de detalles escabrosos. Más claramente que otros,
este caso demuestra que una mentalidad mojigata y judicial está detrás de la
contabilidad pornográfica [53].
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Si es cierta la tesis de Weber, según la cual el pecado del Norte es el del tiempo
perdido (no habría peor cosa que entregarse a la cultura de los sentidos y mezclarse
despreocupadamente con los hombres [54]), esta sociedad redime ese pecado
economizándolo, contabilizándolo en cantidades masivas, haciendo de él una
industria. Si la contemplación, en los Padres cuáqueros y metodistas, queda para el
Domingo, un ocio después dinamizado por la televisión, la relación afectiva y carnal
se relega para la isla familiar o el prostíbulo. Después, cuando la familia entra en
crisis y sólo resta el átomo individual aislado e interactivo, la relación humana queda
en manos del prostíbulo global que sirven las conexiones técnicas del consumo. Como
prolongación de esta cultura, la pornografía es en primer término un modo de
contabilidad, sólo más abiertamente obsceno que otros. Es antes una economización
del placer que una exhibición [55]; podríamos decir que representa las nociones de
trabajo y producción, las dos basadas en una contabilidad temporal, introducidas en la
intimidad del juego sexual, que de esta forma redime su despilfarro.
En este aspecto, la "sexualidad libre" supera y desarrolla el ascetismo
capitalista inicial, aquella dura redención por el trabajo que dio lugar a las primeras
formas de acumulación [56]. De paso, se pule, se disfraza lo peor que el Norte siempre
ha presentido en la carne, la relación no económica ni controlada con el prójimo, con
una hermandad terrenal que aún estaba viva en el cristianismo primitivo. La
sexualidad debe convertir en poder social la relación con la alteridad de la carne. El
rechazo radical del trabajo, el odio del cuerpo y la negación de la diferencia sexual,
no ciertamente como producción de un sexo indiferente o de n sexos, sino como
abolición del sexo mismo, era norma en las sectas de creyentes. De hecho, el efecto
más inmediato de la Caída será verse privado de la mesa divina, obligado a "ganar el
pan con el sudor de su frente" (Gn. 3, 19). Episodio particularmente rico por la forma
clara como el pecado sexual y el trabajo aparecen ligados. Al igual que Adán en el
Edén, sin conocimiento alguno del goce, el viejo asceta podía prescindir también de
conocer el esfuerzo de la supervivencia [57].
Por otra parte, es también obvio que la idea de una animalidad mecánica, de
una naturaleza naturalista, está detrás de la fascinación por lo sexual. No es necesario
deletrear a Freud o a Jung para hallar groseras concomitancias entre esta idea fija
moderna y el rendimiento mecánico de cosas como el émbolo y la turbina, la máquina
de vapor o el motor de explosión. En fin, todo coadyuva para que la modernidad sea
más pacata con el sexo que la antigua sociedad agraria [58]. Frenando la incontinencia"pagana" del viejo mundo campesino, la prohibición eclesiástica (que, al menos,
conocía la relación espiritual entre el demonio y la carne) era menos puritana que esta
histérica incitación contemporánea que cree en la fisicalidad del sexo, que sólo ve
relación si hay sexo, que sólo ve sexualidad en el contacto y la cópula, que no puede
ni siquiera concebir el posible erotismo del afecto, no digamos las delicias complejas
de la castidad. Como la potente mentalidad puritano-pornográfica se ha prohibido la
relación con la sombra de los cuerpos, se ha prohibido también la relación erótica con
cualquier cosa terrenal que el conocimiento instrumental no pueda penetrar. De
resultas de ello, esta sociedad, que necesita hasta el hastío toda clase de procacidades
carnales, no puede ni concebir la posibilidad de que un abismo espiritual esté en juego
en la relación física, aun en la más casta. Invariablemente, nuestra ortodoxia final supone en este punto la imposibilidad
de prescindir de un enorme catálogo de perversiones que complementen la
normalidad de la economía [59]. En este sentido, la fantasía sexual del mundo
desarrollado es el exceso, la "parte maldita" que necesita el mamífero darwiniano para
lograr un salto espectacular que le aparte de la biología competitiva, de la mera
adaptación a la economía. Quizá prolongando ese fondo de interioridad paranormal,
ese protestante Dios-fuera-del-mundo que debe dejar intacta la tierra y libre para la
empresa económica, la obsesión sexual es la única teología que salva a los cuerpos de
lo meramente mecánico. De este modo, un Freud caricaturesco (recordemos que
Lacan surge denunciando un aspecto de esa deformación) complementa al Darwin
más funcional. Toda el álgebra social de la sexualidad está presidida por el imperativo
económico de los "efectos especiales". Con la fantasía sexual se encuentra el lobo
remoto y excepcional que complementa al cordero rutinario que debe ser el buen
ciudadano. Si un amenazante "estado de naturaleza" (Homo homini lupus) es la mejor
garantía para el Leviatán estatal y la perpetuidad de un contrato social que se funda en
el miedo, la movilización sexual rescata posteriormente la positividad de esa bestia
que dormita en todos nosotros.
En la medida en que la suma de los cuerpos iguales (cuya igualdad consiste en
que pueden ser muertos y pueden matar, según Hobbes [60]) constituye la gran metáfora
de Leviatán, el sexo, muy cercano a la competencia económica, permite las
prestaciones con las cuales diferenciarse en esa masificación de pesadilla. En losúltimos tiempos, efectivamente, los liberales al estilo de Friedman nos han recordado
mil veces que la igualdad es una "condición inicial de partida" en los hombres, como
una condena natural que sólo los milagros de la competencia puede romper. El sexo
aparece entonces como un arma privilegiada del ciudadano competidor, integrado en
la promesa de un despegue global que tiene también en la tecno-economía, en la
biogenética o en la aventura espacial, otros eslabones.
Concretamente, las potencialidades míticas del orgasmo se acoplan muy bien a
la dinámica del capital populista, con la fascinación actual por una expansión que
prolifere por doquier, basada en la pequeña empresa del individualismo. Después de
todo, en la relación sexual parece darse el salto puntual de un ser insular, discreto
espermatozoide o individuo, al vasto panorama de un rendimiento espectacular. La
carne que se dilata no deja de ser un portentoso ejemplo de economía: lo máximo,
hasta el frenesí, es conseguido desde la existencia más vulgar. Así, dado que el
orgasmo promete un "salto" momentáneo en el rendimiento económico del cuerpo, crea una especie de fiebre en la cultura del consumo [61]. Primero como algo escondido
e innombrable, después como algo fantástico de lo que no se puede dejar de hablar.
Primero la represión, después la producción.
El orgasmo encarna la violencia de un tiempo muerto, de una pequeña muerte,
y en ese sentido ha de seguir rozando nuestros tabúes. Pero más eficaz que suprimirlo
es hacerlo espectacular, encerrándolo en un espacio ruidoso y preservativo. La
pornografía, en realidad, no deja de ser una lógica preservativa veloz: tampoco ella se
limita a reprimir negativamente, sino que produce, domina con la reproducción. Con
ella se reduce al sexo en una reserva temática igual que se encierra a la vida salvaje en
parques naturales. Así como de la caza sangrienta, o de la cruel angostura de las
jaulas de los zoológicos, se ha pasado a un control en espacios más abiertos, el mismo
papel ejerce la pornografía en relación a la anterior represión del sexo. Tiene una
relación directa con las nuevas tecnologías flexibles, adaptadas a las formas de la
espontaneidad individual. Se ha pasado de la censura, de la prohibición y el silencio
que actuaban desde fuera, a la censura dinámica de la reproducción, que ciega la
sexualidad desde dentro, en su misma génesis.
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La mecánica de la "liberación sexual" reproduce en conjunto la mentalidad represiva,
pero de un modo deseante, activo, participativo. Se nos invita sin cesar: "libérate,
exprésate, conéctate" (Deleuze nos recuerda que la estupidez nunca es muda). El"sexo libre" busca estandarizar en circuitos rápidos el laberinto silencioso de la
relación, su alteridad no socializable [62]. A través del prestigio típicamente infantil de
vergas y vulvas, se ayuda a bocetar las personalidades con el sexo, con la definición
de distintas especialidades públicamente reconocidas, dentro o fuera de la pareja
(homosexual, bisexual, felacionista, cunilingüístico, mirón). No está claro, en última
instancia, que el "sexo" no se haya inventado para servir un terreno mínimo de
decisión a un individuo contemporáneo existencial y políticamente mutilado. En
cualquier caso, es el adorno ideal del individuo competidor, un ciudadano que corre
obedientemente en las pistas de la macroeconomía y al que ahora la última religión
social le permite extender cuotas privadas de dominio en terrenos escabrosos.
"Durante mucho tiempo se ha intentado atar a la mujer a su propia sexualidad.
'No sois más que sexo', se les repetía una y mil veces, siglo tras siglo. Y ese sexo,
añadían los médicos, es frágil, casi siempre enfermo y en todo momento inductor de
enfermedad. 'Sois la enfermedad del hombre' (...) el cuerpo de la mujer se convierte en cosa médica por excelencia" [63]. Pero en la actualidad este prejuicio, invertido, se
ha extendido también al hombre: el sexo debe destacar como un tema clave entre seres de interior, a imagen y semejanza de las "plantas de interior", cuando la
protección de los interiores, gracias a la tecnología, parece extenderse hasta el
infinito. En este aspecto, la sexualidad es un suplemento de presencia real, cargada de
sensacionalismo, dentro de un marco general de presencia virtual (algo que ya
insinuaba aquel mal chiste: "comparada con la masturbación, lo mejor del coito es que
se conoce gente"). En un marco general de aislamiento individualista, es difícil que la
energía del sexo no levante pasiones. Nos rodea entonces como un aspecto más de la
imperial comunicación que conecta a seres desarraigados, desecados, sin energía
interna. La economía triunfante en las vastas regiones de lo global, una vez agotadas
las tierras remotas del planeta, ha de descender a la carne, colonizándola, abriendo
flamantes distritos de caza. De nuevo encontramos aquí la alianza de puritanismo y
economía, alianza según la cual ninguna abertura corporal debe quedar descuidada,
ninguna función inactiva [64].
El cuerpo sólo puede resaltar, como un nuevo espacio de experimentación y
trabajo, en un marco general de desencantamiento, bajo la égida de un dualismo que
impone gradualmente la desertización mecánica del mundo. La separación
generalizada que organiza el poder moderno con respecto a lo inagotable de la finitud
vital [65], permite y exige tratar el cuerpo, ámbito primero mediante el cual
participamos del afuera, como un objeto. Se establece entre nosotros un puesto de
mando social tan abstracto, tan distante de la mezcla terrenal, que se permite la
prolongación en apéndices descentralizados en los que la corporalidad es el nuevo
territorio a conquistar por la subjetividad dominadora de Occidente [66].
Nuestro poder social necesita, desde una alma conquistada y salvada de la
terrenalidad, retomar el cuerpo, invadirlo. Y la sexualidad es parte de ese asalto, como
lo demuestra actualmente una porción considerable del arte de vanguardia. Desde
Disney, con unas atrevidas "jornadas gay", hasta otras instituciones respetables como
la Royal Academy Art de Londres, todos se van sumando a la nueva ola. Lo que
Benetton no logra, lo consiguen las galerías de arte, que pueden llegar hasta una
exposición de cadáveres humanos, o a la tortura a puerta cerrada entre un cuerpo que
sufre y una cámara automática. Se trata siempre, por supuesto, de derribar los últimos
tabúes, una frase que tal vez no hubiera incomodado a Goebbels, para avanzar en las
pulsiones expansionistas de Occidente. De la geografía agotada del cuerpo terrestre se
debe pasar al cuerpo del hombre, último recodo del planeta aún inexplorado y relativamente protegido por las postreras prohibiciones culturales. Todo esto refuerza
el éxito del nuevo "complejo sexo-cultura-pub" (Virilio) y el papel promocional que
juega, según Hannah Arendt, en esta "generalización de crímenes cometidos
impunemente a gran escala e imposibles de vincular a ninguna maldad particular".
Es cierto que el modo de existir de la sensibilidad, de los cuerpos, de su"feminidad", consiste en ocultarse, en una relación que no es posible traducir en
términos de dominio[67]. Pero lo que, con Foucault y Deleuze, podemos denominar control, a diferencia de las anteriores formas de disciplina, supone un avance abierto
en lo que se ha llamado biopolítica y, por añadidura, una forma de traducir el dominio
en sexo. Cosa sin duda ligada a ese "encargo" que el individuo moderno recibe, en el
paso del absolutismo al liberalismo, de la condición de súbdito a la de ciudadano, de batir él mismo su propia existencia, ejerciendo una soberanía particular sobre ella
como si fuese solamente un cuerpo, una reserva privada de materias primas.El universo sadiano sería un antecedente significativo, literaria y
filosóficamente, en un paisaje biopolítico. En el momento en que la Revolución hace
del nacimiento, de la vida desnuda, el fundamento de la soberanía y los derechos,
Sade pone en escena un theatrum politicum donde, por medio de la sexualidad, el
propio ritmo fisiológico de los cuerpos se presenta como elemento político puro. El
lugar político por excelencia son las maisons, donde cualquier ciudadano puede
convocar públicamente a cualquier otro para obligarle a satisfacer los propios deseos.
El boudoir ha sustituido íntegramente a la cité, en una dimensión en que público y
privado, vida elemental y existencia política (así como sádico y masoquista, víctima y
verdugo) se intercambian los papeles. La importancia creciente del sadomasoquismo
en la modernidad tendría entonces su raíz en este intercambio, puesto que en él la
sexualidad consiste en hacer surgir en el partner la "nuda vida", la vida despojada de
cualquier cualificación. El significado de Sade consiste en haber expuesto el sentido
absolutamente político de la sexualidad y la vida fisiológica. Al igual que en los
campos de concentración de nuestro siglo, el carácter totalitario de la organización de
la vida en el castillo de Silling (más tarde evocada por Pasolini en Salò), con sus
minuciosas reglamentaciones que no excluyen ningún aspecto de la fisiología, tiene
su asiento en pensar una organización total y normalizada de la vida humana desde la
misma función digestiva [68].
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El fondo ontológico de este renovado opio del pueblo es, por un lado, el grosero
empirismo de un universo natural inerte; por otro, la intervención constante de un Deus ex-machina [69]. Junto con otras prótesis, tanto sociales como metafísicas,
asistimos al indiscutible reinado de un Sexo rey mantenido por el aparataje de la
simulación. Sin ir más lejos, la ingente literatura sobre el orgasmo, el real y el fingido,
delata a una colectividad que, mucho más que la antigua, ha perdido cualquier
relación con la alteridad que modulaba lo sexual. Una vez olvidado cualquier resto de
asombro en el contacto con la enormidad exterior, el sexo resulta fantástico en
nuestros pequeños decorados.
Tanto en el arte como en la vida diaria, reina una significativa doblez entre el
delirio de lo públicamente correcto, controlando con fruición la mirada y la palabra, y
la obscenidad del sexo duro [70]. Doblez entre la impotencia generalizada (que, cada
vez más, exige una forma u otra de prótesis para el acto sexual) y la pornografía
democratizada. En efecto, la caída de la potencia sexual y del número de
espermatozoides en el varón, o quizá el descenso de su "ilusión" por competir en la
carrera hacia el óvulo, no puede dejar de recordarnos el fenómeno paralelo que ocurre
con los animales enclaustrados. ¿Esa lasitud impotente de las fieras en los zoológicos
no tiene su raíz en el mismo confort tecnológico de los humanos que les miran,
también ellos impotentes y, por tanto, fascinados puerilmente con la potencia
espectacular?
En cualquier caso, igual que ocurre en otros campos, solamente porque ha sido
inducida en masa la parálisis se puede comerciar después con la ansiedad de
espectáculo que genera. Una vez más, se reproduce el mecanismo en el que un
exterior, diseñado desde el interior, permite que éste refuerce su cámara acorazada de
bienestar. Ha sido señalado de hecho un doble absurdo: por una parte todo es político,
igual que todo es sexualidad, pero el absurdo paralelo de estos dos emblemas aparece
en el justo momento en que lo político se derrumba, en que el sexo mismo
involuciona y desaparece como referencial fuerte en la normalidad hiperreal de la
sexualidad "liberada". De idéntica manera que la proliferación de la fotografía en el
arte, o de la obscenidad del reality show televisivo, la hipertrofia del sexo tiene
relación con la pérdida de cualquier referente exterior en la sociedad contemporánea.
Lo mismo que se podría decir de la tele-basura, haciendo soportable la televisión con
rostro humano, Baudrillard lo comenta con respecto a la pornografía: "Bien pudiera
ocurrir que la porno sólo estuviera allí para reactivar ese referencial perdido, para
probar, a contrario, con su hiperrealismo grotesco, que al menos en algún sitio existe
verdadero sexo" [71].
De algún modo, la fascinación puritana por lo sexual se reproduce en la
fascinación informativa por el crimen. Si proliferan en las capas altas de la población
vicios caros y sofisticados (peligrosas "sesiones de masturbación", emociones fuertes
de gabinete sadomasoquista, sesiones de porno duro para empresarios, políticos y
periodistas) es porque la opulencia del dominio contemporáneo, del narcisismo que le
alimenta, hace necesario un suplemento de corrupción para que alguna emoción se
destaque. Como se ha comentado en más de una ocasión, la corrupción es estructural
en cuanto se alimenta del carácter incestuoso de nuestro tejido social, que ha roto con
cualquier relación directa con lo exterior, con todo asomo de dualidad irreductible.
Puesto que falta el vínculo con el peligro de una alteridad soberana, es necesario
reforzar escénicamente los aditivos para lograr el espejismo del roce con un otro al
menos virtual, otredad que necesitamos para justificar y entretener nuestro retiro. Una
colectividad amenazada de parálisis exige una amplia batería de estímulos
condicionados. Igual que tras la proliferación actual de las aventuras
cinematográficas, una impotencia mayoritaria es el trasfondo de esta obsesión por la
potencia (armada, sexual, automovilística, comunicacional, informática). El deporte,
el sexo, la televisión, la empresa en general se constituyen como una suerte de cotos
de caza, pactados "estados de excepción" donde son legítimas la violencia y la caza
del hombre que se prohíben a la luz del público. Se complementa así la nivelación contranatura de la sociedad económica con el relieve protésico del espectáculo hacia
afuera, con los fondos reservados de la privacidad hacia adentro. El circuito del sexo,
junto con todas las formas del crimen y el terrorismo (en primer lugar, el
informativo), vendría a ser una inyección artificial de negatividad en una sociedad
amenazada de muerte por su propio éxito, por su endogamia sin término.
Ahora que el espionaje está en declive, el fisgón se ha convertido en una
figura universal (como televidente, paparazzo o devorador de revistas del corazón)
porque con él nos asomamos ávidamente desde un interior enclaustrado a una
existencia que, por su complejidad laberíntica, se ha convertido en espectáculo. El
cotilleo global de los medios, que llega a niveles inconcebibles hace sólo unos años,
brota también de este asfixiante refugio de la vida postmoderna en un entorno
intervenido. Es incluso de temer que el juego que da la figura del homosexual tópico
en esos medios, exagerando precisamente los rasgos caricaturescos que antes le
condenaban al desprecio, tiene que ver, además de un comprensible sentimiento de
revancha, con esta doble vida en la que tal vez el homosexual reprimido ha sido un
involuntario avanzado. Hasta cierto punto, el encierro del homosexual en una vida
cuasi clandestina de día y frenética de noche ha servido de banco de pruebas para un
refugio y un frenesí que después se ha extendido a todo el cuerpo sexual de la
población.
Parece obvio que una suerte de micro-totalitarismo informativo está detrás de
la fruición por desvelar el secreto del sexo, sus escondrijos, sus resortes internos, los
perfiles sombreados de sus partes. Hay que explorar el antiguo sexo, diseccionar sus
entrañas pues, de alguna manera, pertenece a ese pasado arcaico y a esa tierra que
ahora hay que destripar y sacar a la luz con los potentes focos de una actualidad que
no soporta ninguna región inaccesible. La funcionalidad de lo obsceno tiene en esta
intolerancia hacia lo secreto un fuerte impulso. Cuando Virilio nos recuerda que la
velocidad, haciendo chocar dos caricias, produce una conmoción mortal, es para
insinuar que la violencia y la violación serían un producto generalizado de la urgencia
tecnológica [72]. No es en ningún caso aventurado insinuar que el deseo sexual que
termina en violación, incluso la bestialidad que llega a matar y a trocear a su víctima,
no dejan de obedecer al apetito desenfrenado de penetración, transparencia y dominio
periodístico llevados al extremo. La neurótica voluntad de saber propia del sistema
informativo, que ha de alumbrar hasta lo pornográfico todos los rincones que están
delante (cuando acaso la privacidad que está detrás del informador sea de un
oscurantismo medieval) es el mecanismo genérico que, además de la patología
circunstancial, empuja la mano del asesino que se ensaña con la víctima.
Que la lógica de la información está detrás de crímenes como los de Alcàsser
y otros, no se manifiesta únicamente en que después los medios vivan de ellos durante
meses. No es sólo que se realicen ahí auténticos "experimentos de comunicación" en
la aldea global, con cientos de millones movidos en torno a los cuerpos martirizados
(¿cuánto se habrá pagado el minuto de publicidad en los momentos álgidos de algunos
de aquellos "programas especiales" en torno a las tres niñas torturadas hasta la
muerte? [73]). No es únicamente esto, decíamos, sino que la misma voluntad bestial de
penetración de los asesinos es la que espolea también a la opinión pública y a la
prensa, que antes, durante y después de esos sucesos sigue troceando el cuerpo
ultrajado de las víctimas. Y no se trata solamente de la responsabilidad de "ciertos
medios" (los tabloides y sus paparazzi), pues la opinión pública en pleno practica el
canibalismo que está detrás del crimen brutal propio de los tiempos postmodernos [74].
Se puede comprobar fácilmente que, aquí y allá, la misma moda juega en las pasarelas
con la fascinación de la violencia, incluida la de la violación.
Por lo demás, la figura actual del voyeur (implicado de un modo u otro en la
escena del crimen: sin él, por ejemplo, serían imposibles las películas snuff con
muerte real) también está inserta en la informatización intrínseca a lo sexual. De
hecho, el psicópata que se encarniza es asimismo un mirón, pues tiene toda la
fascinación social por la violencia en la mirada. No es extraño por esto que llegue a
filmar la agonía de sus víctimas. ¿Está quizá a punto de nacer un nuevo tipo de
delincuente profesional armado con cámara, que pueda vender inmediatamente sus
fechorías? En todo caso, no parece clara la diferencia real entre venderlas antes o
hacerlo después, tentado por la oferta de los medios.
La misma civilización que estimula una privacidad blindada bajo un espacio
público estruendoso, que mantiene la indiferencia creciente hacia lo cercano conectada a la Red de lo lejano, es la que facilita este tipo de crímenes. Estos sucesos
son en gran medida horrendos sencillamente por ser irresolubles, ya que no hay
ningún tipo de "móvil" clásico que facilite pistas en una investigación. Se ha llegado a
afirmar que la violación obedece también a una búsqueda desesperada de naturaleza
en el sexo, tal vez a la necesidad de una alteridad perdida [75]. En cualquier caso, puede
que la violación sea la otra cara de una regulación implacable que hemos operado con
la sexualidad, una normalización que estallaría en una nostalgia abrupta de pasión (no
sólo jóvenes airados, introvertidos o marginados, sino que hombres casados también
pueden verse tentados por ella, ejemplares padres de familia, etc.). Alguien tal vez no
sospechoso de ser un simple reaccionario como Baudrillard se hace esta pregunta: ¿por qué con la "liberación sexual" aumentan las violaciones? [76]. Estaría detrás de esta
forma de crimen una sociedad que estatuye por doquier la adoración del sexo junto
con la seguridad del aislamiento, que incentiva el desafecto hacia lo cercano junto al éxito acumulativo, que incluso consagra la persecución de la intimidad como
ideología latente (¿no es esto, en buen grado, lo que llamamos "opinión pública"?).
Un colectivo que impone el culto por el efecto impactante y la mercantilización
masiva de las relaciones no puede escandalizarse después de que el índice de
agresiones sexuales se disparen. Con la ideología implícita a nuestro orden social, no
hay ninguna razón profunda para considerar a un desconocido intocable, todo lo
contrario. Habría incluso que revisar el nuevo papel de las mujeres en este panorama
de violencia soterrada, más aún contando con una "inferioridad" física que tal vez esté
también cambiando.
20
¿No es lícito sospechar que la simple idea de un imperio sexual que recorre lo
humano de parte a parte, incluso en la infancia, es parte de nuestra economización de
la vida pública y privada, como máximo un resto radical de ella? Al fin y al cabo, esa
idea no deja de confirmar la voluntad instrumental de introducir nociones calculables
en todos los órdenes, dinamizando cualquier campo de la experiencia humana que
emane un halo de misteriosa resistencia, sea la infancia, Oriente o la naturaleza.
Aunque no sea justo hablar de una dificultad general en Freud para pensar en
términos que no sean "sexuales" [77], sí parece que la normalizada sociedad europea de
entonces quizá ya soportaba con más facilidad la idea de una sexualidad infantil, que a fin de cuentas relativizaba las perversiones de los adultos, que la idea de una
infancia retirada de lo social, impenetrable. Se da desde entonces una metódica
campaña para integrar cuanto antes a los niños en el sistema educativo y en la cultura
del consumo, de la que es parte la sexualidad [78]. Tal vez un síntoma añadido de ello, y
de miserable venganza senil, es ese afán por hacer versiones hardcore de los cuentos
infantiles, de Blancanieves a Caperucita Roja. Mirando hacia atrás con el rencor
propio de los conversos, se falsea y se injuria el pasado hasta que se acople mejor a la
lubricidad de este presente. Por encima de todo, extendiendo el dispositivo sexual
hasta la infancia, se facilita el trabajo de toda una legión de especialistas de la
mediación psíquica que debe socializar al niño de raíz, arrancar la exterioridad de su
origen.
Desde ahí, hasta llegar al ocasional "escándalo" de la utilización sexual de los
niños (el turismo sexual infantil en ciertos países pobres, el comercio publicitado en
Internet), sólo median algunos pasos. ¿Cómo el abuso sexual sobre la infancia va a ser
seriamente perseguido si por doquier se enreda a los niños en el sistema social,
televisivo, fiscal y de consumo? El abuso sexual de los menores sólo es la punta del
iceberg en una sociedad que ha incurrido en una explotación infantil sin precedentes.
Hablamos constantemente de la "explotación infantil" que realizan los pueblos
atrasados, pero pensemos qué sociedad se ha atrevido a levantar a los niños a las siete
de la mañana, aún de noche, para ponerles las tareas del día en la mochila y mandarles
a formarse a la escuela, una escuela que poco más tarde les va a mantener ocupados,
lejos del juego y de la calle, buena parte de la jornada.
Existe un dilatado micropoder sobre el cuerpo, y este nuevo espacio de
dominio de la época del fin del Relato ha de perseguir la sexualidad hasta su fuente,
hasta los primeros años de la infancia. Ésta es convertida en apuesta común para los
padres, las instituciones educativas y la higiene pública; es transformada en una suerte
de vivero de lo social, en centro de experimentación y banco de pruebas [79. Se ha
dicho que los niños son, bajo este prisma, auténticos "presos políticos", sometidos a
un régimen de explotación informativa que prolonga la explotación laboral
característica de los comienzos del capitalismo [80].
En este punto se puede señalar una relación paradójica con los niños, quizá
semejante a la que mantenemos con la juventud. Por un lado, una sociedad que no
quiere crecer les tiene que adorar en su simplicidad y su alejamiento de lo trágico, en
su desenvuelta alienación, en su fluida dependencia del entorno público y su
capacidad para lo técnico. Después de la liquidación de la génesis familiar y sexual, el
niño es una performance técnica en miniatura más que un otro verdadero. Existen así
razones suplementarias en nuestra época para fetichizar a la infancia. Niños y adultos aparecen hoy unidos en una común esquiva del principio de realidad, de la lenta
maduración en la finitud de la presencia real, en la relación con la alteridad exterior.
De ahí viene, se ha dicho, la pasmosa adaptación infantil a la rapidez e instantaneidad
de lo virtual, también a su retiro silencioso. En esta línea el niño sería un ejemplo
modélico de ciudadano consumidor, a la manera en que lo es el inválido equipado entre los adultos: imagen perfecta de una libertad que se reduce, dentro de la parálisis,
a una mera combinatoria de elecciones técnicas.
Con su indefensión y sus caprichos, los niños son consumidores natos, se
convierten en una presa ideal y entusiasta del cielo de la publicidad. Se da por esto
una larga modalidad postmoderna de "explotación infantil" que en nada tiene que
envidiar a la de otras épocas. En la moda, en la política, en el espectáculo y los
concursos televisivos, se les usa a fondo, por parte de una sociedad adulterada al
máximo, como aval de una inocencia o naturalidad supuestamente recuperadas.
Mimando su egoísmo congénito, en el que nos vemos reflejados, mantenemos una
adoración por la infancia propia de un colectivo senil, que ha perdido su savia
(efectivamente, mimamos a nuestros hijos como abuelos, no como padres). Puesto
que esta colectividad no quiere hacerse responsable, lo que significaría despertar a lo
trágico y mantenerse joven precisamente en ese peligro de los límites, tiene que
compensar esa falta de jovialidad anímica con una desenfrenada adulación de los
niños. Este panorama generalizado de tuteo con los pequeños, con el telón de fondo
de la dimisión de la imagen del Padre, tiene relación con la ruptura de las barreras
generacionales e incluso con la perversión de la infancia en el conjunto del cuerpo
social consumista. Ahora bien, bajo estas apariencias de sobreprotección (hipocondría
de los padres, tutela del Estado, Declaración Universal de los Derechos del Niño), la
infancia representa un espacio abandonado en su singularidad, un registro al que no se
le deja ser en su genio propio. Debido a que la infancia no es tanto una etapa
cronológica como un registro lógico que acompaña a todas las etapas de una
humanidad para siempre primitiva, se trata de una experiencia que ha de ser
profundamente rechazada por una sociedad que huye de la muerte, de la minoría de
edad pegada a la finitud. En realidad, como recuerda Baudrillard, se trata de una
dimensión de lo humano despreciada y condenada a ser pasto o bien de la disciplina
social o bien de la delincuencia [81].
Dentro de un espacio obligado de permisividad y desplazamiento de cualquier
límite, niños y niñas apenas adolescentes son empujados a una experiencia sexual
prematura [82]. Por otro lado, el niño, casi tanto como el joven, no puede dejar de
representar una relación inquietante con la naturaleza, con una exterioridad no controlada que el actual cuerpo público teme. De ahí la incriminación generalizada de
la infancia profunda, todo un género de terror que gira en torno al misterio pueril, a
una infancia que no se conecta socialmente. Es por ello muy larga la lista de éxitos
cinematográficos (desde El exorcista y Poltergeist a El resplandor o El sexto sentido)
que juega con la idea de que los niños representan un problemática dimensión no
social que conviene cuanto antes iluminar. De esta tentativa forma parte no sólo la
extensión de la enseñanza obligatoria o el desarrollo de un ala específica del consumo
(juguetes, deportes, informática), sino también la propia psicología, toda una puritana
sospecha urbana volcada sobre la perversión intrínseca de los niños, empeñada en
engancharla al aparato sexual. En efecto, el pervertido será considerado un inmaduro
o un "niño grande", una persona afectada de infantilismo psíquico, que se ha resistido
a crecer [83].
Por supuesto que, al margen incluso de la lente de aumento de la
comunicación contemporánea, hay toda una secuela de "miseria sexual" en varias
generaciones pasadas. Pero desde hace tiempo el objetivo no era entre nosotros
prohibir, sino constituir, a través de una sexualidad infantil que había cobrado
súbitamente importancia y misterio, una red de dominio sobre la infancia. Desde
entonces el sexo es parte de una red expansiva. Frente al uso social del
psicoanálisis [84], Foucault ha señalado las relaciones entre sexo y control social,
producción de poder, dispositivos de verdad: "Fíjese en lo que ocurre con los niños.
Se dice generalmente: la vida de los niños es su vida sexual. Desde el biberón hasta la
pubertad sólo se trata de eso. Tras el deseo de aprender a leer o la afición a los dibujos
animados se esconde la sexualidad. Ahora bien, ¿cree usted que este tipo de discurso
es efectivamente liberador? ¿No contribuirá a encerrar a los niños en una especie de
insularidad sexual? ¿Y si todo eso les importase un comino, después de todo? ¿Y si la
libertad de no ser adulto consistiese precisamente en no estar sujeto a la ley... tan
aburrida a la postre, de la sexualidad? ¿No sería acaso la infancia la posibilidad de
establecer relaciones polimorfas con las cosas, las personas, los cuerpos? Ese
polimorfismo los adultos lo llaman, para tranquilidad propia, 'perversidad',
coloreándolo de ese modo con el camafeo monótono de su propio sexo... el niño tiene
un régimen de placer para el que la cuadrícula del 'sexo' constituye una auténtica
prisión" [85].
21
Vattimo ha sugerido que es lícito preguntar, siguiendo precisamente la línea última de
Foucault, si la psicología centrada en la sexualidad no es un fenómeno a superar,
puesto que creció en una época de moralismo sexófobo. Encuentra digna de
cosideración la hipótesis de que también el papel de la sexualidad en la vida
individual y social se encuentra implicado en el proceso de "secularización" en cuanto
a que tiende a perder el aura sagrada, paraíso o infierno burgués del siglo XIX, que ha
conservado aún en cierto psicoanálisis [86]. Lo que Vattimo se olvida de señalar es que
para que el psicoanálisis sea efectivamente "superado", en una sociedad desencarnada
que no puede prescindir de la idolatría de la carne, hace falta una catarsis de masas
que lleve el diván y la confesión a los medios. Lo que Vattimo indica menos aún es
que para nuestra última sacralidad, la de la información, no hay secularización
posible.
Este diagnóstico tiene relación con la idea de que la sexualidad no es
fundamentalmente algo que el poder teme, sino más bien el último instrumento por el
que el poder se ejerce, pues éste es ahora una fuerza basada más en la participación
social que en la represión[87]. Participación en el doble sentido de tomar parte en la
partida general, en el despegue occidental de la ambigua y sucia tierra, y también en
el de una partición de la experiencia, en su fragmentación global. De la economía
política a la libidinal se da efectivamente el paso de un modelo de socialización
violento y arcaico, basado normalmente en el trabajo, a un modelo de socialización
más sutil y fluido, a la vez más "psíquico", cercano al cuerpo. El cambio de lasúltimas décadas representa una metamorfosis de la fuerza de trabajo en la pulsión, el
viraje de un modelo fundado sobre un sistema de representaciones (la famosa"ideología") hacia otro que funciona sobre el afecto. Ahora se trata de un discurso en
el que todo pueda ser dicho, acumulado, catalogado, enumerado. Así es el sexo en la
pornografía, en el sadomasoquismo y, con más amplitud, esa es la empresa de nuestra
cultura, cuya "obscenidad" es su condición natural [88].
Toda la ideología de la comunicación, ese ruido en virtud del cual hoy resulta
materialmente imposible el secreto del erotismo, está entonces sexualizada porque un
tipo distinto de súbdito, que fuese antes que nada un consumidor, no era un
consumidor perfecto si no se le concedía una cierta permisividad en el campo sexual.
El sexo, como la comunicación voraz entre átomos aislados, se corresponde con una
forma de dominio que cree más en el cuerpo "femenino" del mercado, en la libre
competencia y participación interactiva, al estilo de la cultura del consumo, que en el
pesado y paternal Estado. En este sentido, en la medida en que el dispositivo sexual
representa la posibilidad de una conexión continua (conexión que nos desconecta de
lo que de opaco hay en la existencia), la fluidez ultraliberal del capitalismo tardío es
el modelo de fondo de nuestra actual ansiedad sexual.
Desde hace tiempo, entre el poder y el sexo no se establece ninguna relación
de choque. Lo que está vigente es una red de somato-poder que es al mismo tiempo
una multiplicidad de relaciones de fuerza "inmanentes" al orden de estructura
variable, de puertas abiertas, que nos rodea. Este poder-juego que se presenta
produciéndose de continuo, en todas partes, no sería exterior al sexo, sino todo lo
contrario [89]. Foucault ha insistido en que también la práctica social del psicoanálisis
emerge de este formidable crecimiento e institucionalización de los procedimientos de
confesión tan característicos de nuestra civilidad. Formando parte, a más corto plazo,
de una medicalización de las vidas, se constituye una verdadera "tecnología" del sexo,
mucho más compleja y sobre todo más positiva que el efecto de una mera prohibición.
Las corrientes mayoritarias en los movimientos de "liberación sexual" se
limitaron, a partir del dispositivo de poder en que estamos metidos, a mejorarlo y
reformarlo, haciéndolo funcionar plenamente. Al mismo tiempo, naturalmente, se
desplazaron respecto a ese mecanismo, constituyeron su ala izquierda; intentaron
desbordarlo, pero en una radicalización de su misma voluntad de verdad. De hecho,
como una prueba más de las nuevas relaciones de dominio que instaura la liquidez de
la sexualidad liberada, hay que recordar que de idéntica manera que condenamos
como "primitivas" a ciertas comunidades desde el punto de vista tecnológico (o
político, como hacemos con el listón discriminador de la democracia), en el fondo
apuntalamos ese juicio etnocéntrico desde el punto de vista sexual. Las comunidades
atrasadas serían reprimidas, no "liberadas", ya que incluso no conocerían el
inconsciente y todo lo que estaba oculto en él. De este modo, a fuerza de avanzada, la
postmodernidad puede presumir de ser más primitiva y natural que cualquier otraépoca. Se levanta así, a veces con la bendición de un Marx y un Freud vulgarizados, un nuevo racismo de la sexualidad, una suerte de segregación potenciada por el
evangelio de este tiempo tardío.
Si frente al Antiguo Régimen, en correspondencia con la línea del linaje se
pede decir que el sexo fue la "sangre" de la burguesía, se estaría atestiguando la
correlación de ese cuidado del cuerpo y el sexo como un fresco racismo, aunque muy
diferente del manifestado por la nobleza. Se trata efectivamente de una discriminación
dinámica, de un racismo de la expansión. Mediante una tecnología de control
(basada en la escuela, la política habitacional, la higiene pública, las instituciones de
socorro y seguro, la medicalización universal de las poblaciones), la burguesía se
dotó, en una afirmación política arrogante, de una sexualidad parlanchina que el
proletariado por mucho tiempo no quiso aceptar, ya que le era impuesta con fines de
sujeción. La "revolución" del sexo, la tradición de la lucha "antirrepresiva" no
representaba nada más que un desplazamiento y un giro tácticos en el gran dispositivo
capitalista de la sexualidad.
De una manera general, en la unión del "cuerpo" y la "población", el sexo se
convirtió en blanco central para un dominio organizado alrededor de la
administración de la vida y no de la amenaza de muerte. Los nuevos mecanismos de
poder se dirigen entonces al cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar, a lo que
refuerza la especie en su vigor, en su capacidad de dominar. Salud, progenitura, raza,
porvenir de la especie, vitalidad del cuerpo social conformaron los recientes motivos
de un poder que habla de la sexualidad y a la sexualidad. Ésta, lejos de haber sido
reprimida en la sociedad contemporánea, es en cambio permanentemente suscitada.
Habría, por tanto, que mantener una inflexible crítica de la razón sexual, o más bien
una genealogía de esa razón (como Nietzsche hizo una genealogía de la moral),
puesto que la última moral que da consistencia al rebaño, contra la humanidad, es esta
obligación de fluidez, de flujo, de circulación acelerada de lo psíquico, entre lo sexual
y los cuerpos. Es, decíamos, la exacta réplica corporal de la que rige el valor de la
mercancía: que el capital circule, que ya no haya gravedad, punto fijo, ninguna
experiencia referencial en la que apoyarse [90].
NOTAS
"En suma, lo que nos está convirtiendo en huérfanos de la noche es la lucha contra el
oscurantismo. La luz del día a perpetuidad: tal es la pena al género humano por los cruzados del
igualitarismo radical". Alain Finkielkraut, La ingratitud. Conversación sobre nuestro tiempo, op. cit., p.
168.
"Nunca como antes el cuerpo humano -sobre todo el femenino- ha sido tan enteramente manipulado
y, por así decir, imaginado de arriba abajo por la técnica de la publicidad y de la producción mercantil:
la opacidad de las diferencias sexuales ha sido desmentida por el cuerpo transexual, la alteridad
incomunicable de la physis singular abolida por la mediatización espectacular, la mortalidad del cuerpo
orgánico puesta en duda por la promiscuidad con el cuerpo sin órganos de la mercancía, la intimidad de la
vida erótica confutada por la pornografía (...) el cuerpo glorioso de la publicidad se ha convertido en la
máscara tras la cual el frágil y diminuto cuerpo humano continúa su precaria existencia, y el geométrico
esplendor de las girls cubre las largas filas de los anónimos desnudos conducidos a la muerte en los campos
de concentración, o las miríadas de cadáveres triturados en la carnicería cotidiana sobre las carreteras.
Apropiarse de las transformaciones históricas de la naturaleza humana, que el capitalismo quiere confinar
en el espectáculo, compenetrar imágenes y cuerpo en un espacio en que ya no puedan separarse y obtener así,
en esta forja, ese cuerpo cualsea cuya physis es la semejanza: éste es el bien que la humanidad debe saber
arrancar a la mercancía en decadencia. Las inconscientes levaduras de este nuevo cuerpo de la humanidad son
la publicidad y la pornografía, que como plañideras acompañan la mercancía a la tumba". Giorgio Agamben, La
comunidad que viene, op. cit., p. 35
Hace ya más de 70 años, Jünger adelantaba: "No hay banderas, salvo las que uno mismo lleva sobre
su cuerpo". Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, op. cit., p. 95.
Sigmund Freud, El malestar en la cultura, op. cit., p. 49.
¿Es simple casualidad que en los países desarrollados el servicio militar, con sus experiencias
sexuales asociadas, deje de ser obligatorio al mismo tiempo que la escuela, con sus posibilidades sexuales
asociadas, amplíe sus competencias y su obligatoriedad?
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, op. cit., p. 193.
"Esa lastimosa y voluntaria amnesia respecto a la bisexualidad del ser humano condujo a una
exacerbación del 'masculinismo' y del 'feminismo', que agravó las tensiones y socavó las bases del amor
heterosexual". H. A. Murena, Homo atomicus, op. cit., p. 47.
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Leer La sexualidad y su sombra (parte I)
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