La sexualidad y su sombra
Por Ignacio Castro Rey


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Buena parte de nuestras gloriosas conquistas contemporáneas, desde el sexo libre al fin de la Historia, desde la globalización informática a la clonación, tienen relación con el pánico cerval a lo heterogéneo, con una tradicional pasión por lo uniforme que hoy encuentra una versión lúdica en la fiebre del consumo. Nuestra civilización descubre la sexualidad (igual que inventa los jeans, el bikini y la minifalda, los pelos largos y el nudismo) como una especie de "naturaleza" compatible con la locomotora técnica, adornando nuestra velocidad de escape de toda mezcla con la vieja existencia [43]. En suma, el retorno postmoderno a la naturaleza y al cuerpo aparece cuando el peligro de un retorno real de lo primigenio, de un descenso a lo elemental, está conjurado. Vista así, como tantas otras cosas, también nuestra sexualidad vino del frío.


Si el consumo es un sucedáneo de relación mundana y arraigo terrenal para un individuo que ha querido cortar amarras con todo lo que fuesen raíces, tanto con el prójimo como con la tierra, dentro de este ideario ocupa un papel importante la sexualidad. Su enorme mercado está ligado inevitablemente a un apartheid global practicado sobre la cercanía, que desde hace tiempo es sometida a cerco con una amplia especie de microtecnologías. En este sentido, la segura insularización del individuo contemporáneo, la desaparición de la presencia real del prójimo es condición sine qua non para el beneficio creciente del interlocutor anónimo en las grandes redes. Ya se sabe que las fantasías carnales son más fáciles sin el pudor de lo familiar y la losa de la costumbre, en definitiva, con cualquier mujer u hombre desconocido. Las elucubraciones en torno a las ventajas del autómata sexual, klôn que nos libraría a la vez de la soledad y de la compañía, parten de ahí. Sin duda, uno de los atractivos de la prostitución siempre ha sido éste, pero ahora sustituimos esa vieja práctica, o la tristeza sin paliativos de la masturbación, por toda clase de contactos a distancia. Y ello dentro de una mutación generalizada en la que el vecino se ha convertido en un extraño funcional, interactivo.


La pornografía está instalada en nuestra compulsiva vocación de transparencia, para la cual cuanto más penetrables sean las formas de la existencia, mejor. En primer lugar, tiene que ver con, al menos, un aspecto de la voluntad moderna de iluminación de la vida del hombre. A la luz de potentes focos, no hay vello, curva, cavidad, fluido o entraña que mantenga su secreto. Todo se muestra con la crudeza rosada de una carne impúdica, arrancada de su sombra. Y esta penetración imperial, para una estirpe que ha perdido la relación con el secreto de la carne, porque no soporta el latido de la condición mortal, es extremadamente excitante. Incluso parece recomponer un simulacro de relación, de retorno a los placeres mundanos. Una vez más, se busca compensar por la vía de la acumulación lo que se ha perdido radicalmente, en la relación con un espíritu de la finitud que ya nos resulta ajeno.


La obscenidad está, en efecto, mucho antes de que se llegue a lo estrictamente pornográfico, en un orden civil transido de parte a parte por la voracidad de la información [44]. Se huye en masa del silencio de la carne, de aquello que permanezca pegado a lo intransferible del dolor, a la experiencia interna de los límites. Y es esta"endocolonización" de un mundo sin intimidad, convertido en extraño, entregado de lleno a las técnicas de información y a la sobreexposición de los detalles, lo que genera una frenética obscenidad. Ignorante, por supuesto, de que la palabra obscenuses signo de un futuro temible, pues significa primeramente de mal augurio, infausto.


Con el extrañamiento, la toma de distancias que es implícita al mundo técnico, se pone en juego una suerte de "percepción a sangre fría" (Virilio), una mirada al acecho que tiene tanto versiones sexuales perversas como artísticas, científicas o totalitarias. Por su lógica interna, la propia mirada pasará lentamente del hombre a los instrumentos de investigación tecnológica, por principio irresponsables. Básicamente, la pornografía es una multiplicación social del sueño de la carne, aunque sus escenarios sean semiclandestinos. Es la multiplicación expansiva de un cuerpo arrancado de su otredad, del significado intransferible de cualquier relación (algo que está incluso en el mundo animal). En este sentido, es pornográfico ya el nacimiento de la copia mercantil, ese intento de fijar y distribuir propio de la imagen fotográfica. Por eso en su historia fotografía y pornografía son contemporáneas, tienen casi un idéntico nacimiento [45]. Para una sociedad volcada en el control de la información, es necesario evitar a toda costa el silencio del sexo, su ambivalencia, ese fondo asexuado que lo guía. Mucho antes de la pornografía, el cuerpo se convierte en una pantalla de comunicación publicitaria que ha de evitar las sombras, las arrugas, los signos de finitud, todo lo que recuerde la comunidad de la carne con la noche. Por eso el cuerpo es tatuado, llenado de señales, ropas de marca, mensajes en las camisetas, piercing [46]. En relación con esto, es posible que el exhibicionista no deje de cumplir, a su manera más o menos delictiva, el afán de emisión, de conexión impactante que posee todo punto individuado en el colectivo global, deseoso cuanto antes de liberarse de su temor a una existencia única, mortal.


La masificación técnica implica la evanescencia de una singularidad sexual que, si acaso más tarde, ha de ser inyectada industrialmente desde fuera. Freud decía en 1927: "Al derivar la antítesis entre cultura y sexualidad del hecho de que el amor sexual constituye una relación entre dos personas, en la que un tercero sólo puede desempeñar un papel superfluo o perturbador, mientras que, por el contrario, la cultura implica necesariamente relaciones entre mayor número de personas"[47]. Pero justamente es esto lo que ha cambiado, lo que se ha superado con la incitación generalizada, pues ahí se socializa el sexo con la exhibición, se le arranca de la intimidad irreparable del amor. Del cara a cara con el prójimo, silencio frente a silencio, se pasa a la relación rápida y múltiple que, aunque sea sólo entre dos, está socializada por el ritual de la exhibición, por la asistencia técnica constante y el forzamiento imaginario. De manera que finalmente la pornografía, igual que la"solidaridad" informativa, permite una relación múltiple con extraños en detrimento de la relación con lo cercano, con cuyo erotismo, latente en una vieja condición mortal que hoy nos resulta insufrible, hemos cortado amarras.

La pornografía busca tapar la calma inquietante de los cuerpos (abierta a la posibilidad de la descendencia, a una comunidad desconocida, también al misterio de la castidad) con una movilización sexual constante, una suerte de servicio sexual obligatorio [48]. ¿La "porno" es otra cosa que el movimiento físico de la relación erótica sin la quietud, sin el sosiego secreto del sexo, de toda relación? Se trata solamente del ideal de la reproducción llevado al cuerpo. Es la reproducción acelerada de un encuentro, un contacto arrancados de cuajo de su alteridad constitutiva. Por idéntica razón, por no poder soportar la totalidad de la finitud, se trata de un fenómeno que tiende a la fragmentación, de ahí esos primeros planos troceados, la lente de enfoque y aumento, la espectacularización incesante, la frecuente figura de un tercero, sea asistente o mirón. Lo curioso, decíamos antes, es que la liberación sexual corta el lazo con la reproducción, con la otredad terrenal de la descendencia, de una manera perfectamente reificada, multiplicando hasta la enésima cifra la reproducción serial. Adorno y Horkheimer daban ya en 1945 una pista de este efecto básicamente tranquilizador: "Sano es aquello que se repite, el ciclo, tanto en la naturaleza como en la industria" [49].


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En nuestros hábitos sexuales hallamos una acorazada relación entre aislamiento y multiplicidad de contactos, entre nihilismo solipsista y una suerte de telepromiscuidad, relación que podemos entrever también en el ámbito general de la información. Se fomenta de hecho una inautenticidad, una corrupción socialmente admitida: la posibilidad de ser varios, de difuminar los propios límites en el consumo de identidades diversas. Podríamos incluso decir que la prostitución clásica del burdel retrocede a manos de formas más flexibles y ambiguas, dignificadas socialmente, que son subsumidas en todo un entramado de compañía comprada, contactos y promiscuidad encubierta propias del mundo empresarial. Recordemos, a propósito de esto, la prostitución consentida (y no precisamente con mujeres, sino literalmente con niñas) que se oculta tras el negocio multimillonario de las casas de alta costura y el mundo de la moda. La escena pública y cultural de la gran urbe, los viajes turísticos, las relaciones planetarias por la Red facilitan una rica alternancia democrática: acompañantes finisemanales, intercambio de parejas, amantes toleradas, falsos
familiares de alquiler en falsas fiestas.


Esta sociedad, que es "tolerante" con todo excepto con la "intolerancia" de raíz que constituye la existencia, con el mito singular que no se disuelve en el consenso, para anular la vida única, con su lenta carga de dolor y soberanía, potencia la doble o la triple vida, toda clase de "minorías" adjuntas a la identidad mayoritaria indiscutible. No se tolera con facilidad la unión afectiva de una comunidad, ni siquiera que la soledad pueda ser experimentada a fondo, pero sí la posibilidad de ser cualquiera a partir de ciertas horas, jugando incluso con formas legales del crimen. Poco a poco se debería cambiar de pareja igual que se cambia de residencia, para que (dentro de un estilo más o menos "americano" de vida) nadie, nada fijo pueda reflejar quién somos por dentro. La fidelidad a una sola persona, ciertamente, nos obligaría a aceptar la pobreza de unos límites, afrontando nuestra existencia como algo irrepetible. Por eso la cultura del consumo, devorando en primer lugar lo inamovible de esa primera vivencia que nos constituye, se erige en un sucedáneo bastardo de eternidad.

El dispositivo sexual debe consumir cualquier resto no económico que quede en la intimidad del deseo. La movilización sexual es, en este sentido, la rama vanguardista del consumo, adecuada para devorar la violencia asocial del amor. Al respecto, se puede afirmar que la prensa del corazón, alcanzando unas dimensiones gigantescas que arrastran el tono de los otros medios, no hace más que explotar el carácter sexual-mercantil de las relaciones. La prensa rosa expresa el servicio universal de un nuevo modelo de empresa, pequeño, ágil, de tamaño personal o familiar. Empresa basada, en última instancia, en la liquidez sexual y dineraria de las relaciones, de la propia identidad, liquidez que debe romper con el dique de cualquier fidelidad.


La fijación por el sexo, una neurosis más o menos obligatoria en la sociedad técnica, mantiene estrechos vínculos con el afán de acumulación, con la voluntad de control que querría colonizar toda zona de sombra. Mecanizar el sexo, apartarlo de la irracionalidad del afecto, no deja de tener un saludable efecto económico y purificador. En conjunto, si se cambia el amor por la sexualidad "libre" es por el carácter contable de ésta. Por el contrario, una libertad sexual que nazca de la pasión no tiene ese vínculo con el dominio acumulativo, ni con la parcialización que éste persigue [50]. Tampoco con la pornografía, ya que la pasión no se sabe a sí misma, no se fija en imágenes, no hace cuentas. La pasión nada en su desorden. Pero una sociedad encharcada en la impotencia de la decisión ha de estar fascinada por la energía oscura del sexo, y esto no solamente en cuanto forma privada de guerra y de conquista. A fin de cuentas, a la uniformidad externa de la sociedad informativa le corresponde por fuerza una interioridad patógena, para la que es necesario un aparataje sofisticado asistido por especialistas, expresando de nuevo la complementariedad de economía y psiquiatría.

Es la planicie de la cotidianidad industrial la que prepara el terreno para toda una empresa del placer y del ocio regentada por especialistas. Las excursiones exóticas en busca de sexo (Bali, Cuba, Madeira) ofertan complementar el cotidiano aburrimiento occidental con la excepción de las vacaciones. Igual que con la droga, la música agresiva y toda la gama de efectos especiales en el espectáculo, encontramos en el sexo el suplemento ideal, idealmente esquizofrénico, de la rutina tecnoeconómica. Dicho al modo de Nietzsche, si es preciso "un linaje de eunucos para vigilar el gran harén histórico universal" [51], la perfección de tal vigilancia se ejerce con eunucos lubrificados por una incitación general. La pornografía sirve para conciliar la insularidad vital con la comunicación mundial, como sirven asimismo para ese objetivo todos los mecanismos publicitarios del mercado. A semejanza de la institución Arte, la catedral Sexo es también característica de un colectivo de analfabetos ante el secreto, ante lo impenetrable de la existencia. Toda nuestra liturgia sexual constituye la otra cara de un puritanismo que está obsesionado con el pecado de la intimidad carnal, al que imagina entre el humo de encantaciones fantásticas [52]. Parece evidente, por ejemplo, que el llamado "escándalo Lewinski" representó una oportunidad de oro para que millones de ciudadanos reprimidos pudieran hablar de sexo, descendiendo a toda clase de detalles escabrosos. Más claramente que otros, este caso demuestra que una mentalidad mojigata y judicial está detrás de la contabilidad pornográfica [53].


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Si es cierta la tesis de Weber, según la cual el pecado del Norte es el del tiempo perdido (no habría peor cosa que entregarse a la cultura de los sentidos y mezclarse despreocupadamente con los hombres [54]), esta sociedad redime ese pecado economizándolo, contabilizándolo en cantidades masivas, haciendo de él una industria. Si la contemplación, en los Padres cuáqueros y metodistas, queda para el Domingo, un ocio después dinamizado por la televisión, la relación afectiva y carnal se relega para la isla familiar o el prostíbulo. Después, cuando la familia entra en crisis y sólo resta el átomo individual aislado e interactivo, la relación humana queda en manos del prostíbulo global que sirven las conexiones técnicas del consumo. Como prolongación de esta cultura, la pornografía es en primer término un modo de contabilidad, sólo más abiertamente obsceno que otros. Es antes una economización del placer que una exhibición [55]; podríamos decir que representa las nociones de trabajo y producción, las dos basadas en una contabilidad temporal, introducidas en la intimidad del juego sexual, que de esta forma redime su despilfarro.

En este aspecto, la "sexualidad libre" supera y desarrolla el ascetismo capitalista inicial, aquella dura redención por el trabajo que dio lugar a las primeras formas de acumulación [56]. De paso, se pule, se disfraza lo peor que el Norte siempre ha presentido en la carne, la relación no económica ni controlada con el prójimo, con una hermandad terrenal que aún estaba viva en el cristianismo primitivo. La sexualidad debe convertir en poder social la relación con la alteridad de la carne. El rechazo radical del trabajo, el odio del cuerpo y la negación de la diferencia sexual, no ciertamente como producción de un sexo indiferente o de n sexos, sino como abolición del sexo mismo, era norma en las sectas de creyentes. De hecho, el efecto más inmediato de la Caída será verse privado de la mesa divina, obligado a "ganar el pan con el sudor de su frente" (Gn. 3, 19). Episodio particularmente rico por la forma clara como el pecado sexual y el trabajo aparecen ligados. Al igual que Adán en el Edén, sin conocimiento alguno del goce, el viejo asceta podía prescindir también de conocer el esfuerzo de la supervivencia [57].

Por otra parte, es también obvio que la idea de una animalidad mecánica, de una naturaleza naturalista, está detrás de la fascinación por lo sexual. No es necesario deletrear a Freud o a Jung para hallar groseras concomitancias entre esta idea fija moderna y el rendimiento mecánico de cosas como el émbolo y la turbina, la máquina de vapor o el motor de explosión. En fin, todo coadyuva para que la modernidad sea más pacata con el sexo que la antigua sociedad agraria [58]. Frenando la incontinencia"pagana" del viejo mundo campesino, la prohibición eclesiástica (que, al menos, conocía la relación espiritual entre el demonio y la carne) era menos puritana que esta histérica incitación contemporánea que cree en la fisicalidad del sexo, que sólo ve relación si hay sexo, que sólo ve sexualidad en el contacto y la cópula, que no puede ni siquiera concebir el posible erotismo del afecto, no digamos las delicias complejas de la castidad. Como la potente mentalidad puritano-pornográfica se ha prohibido la relación con la sombra de los cuerpos, se ha prohibido también la relación erótica con cualquier cosa terrenal que el conocimiento instrumental no pueda penetrar. De resultas de ello, esta sociedad, que necesita hasta el hastío toda clase de procacidades carnales, no puede ni concebir la posibilidad de que un abismo espiritual esté en juego en la relación física, aun en la más casta.

Invariablemente, nuestra ortodoxia final supone en este punto la imposibilidad de prescindir de un enorme catálogo de perversiones que complementen la normalidad de la economía [59]. En este sentido, la fantasía sexual del mundo desarrollado es el exceso, la "parte maldita" que necesita el mamífero darwiniano para lograr un salto espectacular que le aparte de la biología competitiva, de la mera adaptación a la economía. Quizá prolongando ese fondo de interioridad paranormal, ese protestante Dios-fuera-del-mundo que debe dejar intacta la tierra y libre para la empresa económica, la obsesión sexual es la única teología que salva a los cuerpos de lo meramente mecánico. De este modo, un Freud caricaturesco (recordemos que Lacan surge denunciando un aspecto de esa deformación) complementa al Darwin más funcional. Toda el álgebra social de la sexualidad está presidida por el imperativo económico de los "efectos especiales". Con la fantasía sexual se encuentra el lobo remoto y excepcional que complementa al cordero rutinario que debe ser el buen ciudadano. Si un amenazante "estado de naturaleza" (Homo homini lupus) es la mejor garantía para el Leviatán estatal y la perpetuidad de un contrato social que se funda en el miedo, la movilización sexual rescata posteriormente la positividad de esa bestia que dormita en todos nosotros.


En la medida en que la suma de los cuerpos iguales (cuya igualdad consiste en que pueden ser muertos y pueden matar, según Hobbes [60]) constituye la gran metáfora de Leviatán, el sexo, muy cercano a la competencia económica, permite las prestaciones con las cuales diferenciarse en esa masificación de pesadilla. En losúltimos tiempos, efectivamente, los liberales al estilo de Friedman nos han recordado mil veces que la igualdad es una "condición inicial de partida" en los hombres, como una condena natural que sólo los milagros de la competencia puede romper. El sexo aparece entonces como un arma privilegiada del ciudadano competidor, integrado en la promesa de un despegue global que tiene también en la tecno-economía, en la biogenética o en la aventura espacial, otros eslabones.

Concretamente, las potencialidades míticas del orgasmo se acoplan muy bien a la dinámica del capital populista, con la fascinación actual por una expansión que prolifere por doquier, basada en la pequeña empresa del individualismo. Después de todo, en la relación sexual parece darse el salto puntual de un ser insular, discreto espermatozoide o individuo, al vasto panorama de un rendimiento espectacular. La carne que se dilata no deja de ser un portentoso ejemplo de economía: lo máximo, hasta el frenesí, es conseguido desde la existencia más vulgar. Así, dado que el orgasmo promete un "salto" momentáneo en el rendimiento económico del cuerpo, crea una especie de fiebre en la cultura del consumo [61]. Primero como algo escondido e innombrable, después como algo fantástico de lo que no se puede dejar de hablar. Primero la represión, después la producción.


El orgasmo encarna la violencia de un tiempo muerto, de una pequeña muerte, y en ese sentido ha de seguir rozando nuestros tabúes. Pero más eficaz que suprimirlo es hacerlo espectacular, encerrándolo en un espacio ruidoso y preservativo. La pornografía, en realidad, no deja de ser una lógica preservativa veloz: tampoco ella se limita a reprimir negativamente, sino que produce, domina con la reproducción. Con ella se reduce al sexo en una reserva temática igual que se encierra a la vida salvaje en parques naturales. Así como de la caza sangrienta, o de la cruel angostura de las jaulas de los zoológicos, se ha pasado a un control en espacios más abiertos, el mismo papel ejerce la pornografía en relación a la anterior represión del sexo. Tiene una relación directa con las nuevas tecnologías flexibles, adaptadas a las formas de la espontaneidad individual. Se ha pasado de la censura, de la prohibición y el silencio que actuaban desde fuera, a la censura dinámica de la reproducción, que ciega la sexualidad desde dentro, en su misma génesis.


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La mecánica de la "liberación sexual" reproduce en conjunto la mentalidad represiva, pero de un modo deseante, activo, participativo. Se nos invita sin cesar: "libérate, exprésate, conéctate" (Deleuze nos recuerda que la estupidez nunca es muda). El"sexo libre" busca estandarizar en circuitos rápidos el laberinto silencioso de la relación, su alteridad no socializable [62]. A través del prestigio típicamente infantil de vergas y vulvas, se ayuda a bocetar las personalidades con el sexo, con la definición de distintas especialidades públicamente reconocidas, dentro o fuera de la pareja (homosexual, bisexual, felacionista, cunilingüístico, mirón). No está claro, en última instancia, que el "sexo" no se haya inventado para servir un terreno mínimo de decisión a un individuo contemporáneo existencial y políticamente mutilado. En cualquier caso, es el adorno ideal del individuo competidor, un ciudadano que corre obedientemente en las pistas de la macroeconomía y al que ahora la última religión social le permite extender cuotas privadas de dominio en terrenos escabrosos.


"Durante mucho tiempo se ha intentado atar a la mujer a su propia sexualidad. 'No sois más que sexo', se les repetía una y mil veces, siglo tras siglo. Y ese sexo, añadían los médicos, es frágil, casi siempre enfermo y en todo momento inductor de enfermedad. 'Sois la enfermedad del hombre' (...) el cuerpo de la mujer se convierte en cosa médica por excelencia" [63]. Pero en la actualidad este prejuicio, invertido, se ha extendido también al hombre: el sexo debe destacar como un tema clave entre seres de interior, a imagen y semejanza de las "plantas de interior", cuando la protección de los interiores, gracias a la tecnología, parece extenderse hasta el infinito. En este aspecto, la sexualidad es un suplemento de presencia real, cargada de sensacionalismo, dentro de un marco general de presencia virtual (algo que ya insinuaba aquel mal chiste: "comparada con la masturbación, lo mejor del coito es que se conoce gente"). En un marco general de aislamiento individualista, es difícil que la energía del sexo no levante pasiones. Nos rodea entonces como un aspecto más de la imperial comunicación que conecta a seres desarraigados, desecados, sin energía interna. La economía triunfante en las vastas regiones de lo global, una vez agotadas las tierras remotas del planeta, ha de descender a la carne, colonizándola, abriendo flamantes distritos de caza. De nuevo encontramos aquí la alianza de puritanismo y economía, alianza según la cual ninguna abertura corporal debe quedar descuidada, ninguna función inactiva [64].

El cuerpo sólo puede resaltar, como un nuevo espacio de experimentación y trabajo, en un marco general de desencantamiento, bajo la égida de un dualismo que impone gradualmente la desertización mecánica del mundo. La separación generalizada que organiza el poder moderno con respecto a lo inagotable de la finitud vital [65], permite y exige tratar el cuerpo, ámbito primero mediante el cual participamos del afuera, como un objeto. Se establece entre nosotros un puesto de mando social tan abstracto, tan distante de la mezcla terrenal, que se permite la prolongación en apéndices descentralizados en los que la corporalidad es el nuevo territorio a conquistar por la subjetividad dominadora de Occidente [66].


Nuestro poder social necesita, desde una alma conquistada y salvada de la terrenalidad, retomar el cuerpo, invadirlo. Y la sexualidad es parte de ese asalto, como lo demuestra actualmente una porción considerable del arte de vanguardia. Desde Disney, con unas atrevidas "jornadas gay", hasta otras instituciones respetables como la Royal Academy Art de Londres, todos se van sumando a la nueva ola. Lo que Benetton no logra, lo consiguen las galerías de arte, que pueden llegar hasta una exposición de cadáveres humanos, o a la tortura a puerta cerrada entre un cuerpo que sufre y una cámara automática. Se trata siempre, por supuesto, de derribar los últimos tabúes, una frase que tal vez no hubiera incomodado a Goebbels, para avanzar en las pulsiones expansionistas de Occidente. De la geografía agotada del cuerpo terrestre se debe pasar al cuerpo del hombre, último recodo del planeta aún inexplorado y relativamente protegido por las postreras prohibiciones culturales. Todo esto refuerza el éxito del nuevo "complejo sexo-cultura-pub" (Virilio) y el papel promocional que juega, según Hannah Arendt, en esta "generalización de crímenes cometidos impunemente a gran escala e imposibles de vincular a ninguna maldad particular".


Es cierto que el modo de existir de la sensibilidad, de los cuerpos, de su"feminidad", consiste en ocultarse, en una relación que no es posible traducir en términos de dominio[67]. Pero lo que, con Foucault y Deleuze, podemos denominar control, a diferencia de las anteriores formas de disciplina, supone un avance abierto en lo que se ha llamado biopolítica y, por añadidura, una forma de traducir el dominio en sexo. Cosa sin duda ligada a ese "encargo" que el individuo moderno recibe, en el paso del absolutismo al liberalismo, de la condición de súbdito a la de ciudadano, de batir él mismo su propia existencia, ejerciendo una soberanía particular sobre ella como si fuese solamente un cuerpo, una reserva privada de materias primas.El universo sadiano sería un antecedente significativo, literaria y filosóficamente, en un paisaje biopolítico. En el momento en que la Revolución hace del nacimiento, de la vida desnuda, el fundamento de la soberanía y los derechos, Sade pone en escena un theatrum politicum donde, por medio de la sexualidad, el propio ritmo fisiológico de los cuerpos se presenta como elemento político puro. El lugar político por excelencia son las maisons, donde cualquier ciudadano puede convocar públicamente a cualquier otro para obligarle a satisfacer los propios deseos. El boudoir ha sustituido íntegramente a la cité, en una dimensión en que público y privado, vida elemental y existencia política (así como sádico y masoquista, víctima y verdugo) se intercambian los papeles. La importancia creciente del sadomasoquismo en la modernidad tendría entonces su raíz en este intercambio, puesto que en él la sexualidad consiste en hacer surgir en el partner la "nuda vida", la vida despojada de cualquier cualificación. El significado de Sade consiste en haber expuesto el sentido absolutamente político de la sexualidad y la vida fisiológica. Al igual que en los campos de concentración de nuestro siglo, el carácter totalitario de la organización de la vida en el castillo de Silling (más tarde evocada por Pasolini en Salò), con sus minuciosas reglamentaciones que no excluyen ningún aspecto de la fisiología, tiene su asiento en pensar una organización total y normalizada de la vida humana desde la misma función digestiva [68].

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El fondo ontológico de este renovado opio del pueblo es, por un lado, el grosero empirismo de un universo natural inerte; por otro, la intervención constante de un Deus ex-machina [69]. Junto con otras prótesis, tanto sociales como metafísicas, asistimos al indiscutible reinado de un Sexo rey mantenido por el aparataje de la simulación. Sin ir más lejos, la ingente literatura sobre el orgasmo, el real y el fingido, delata a una colectividad que, mucho más que la antigua, ha perdido cualquier relación con la alteridad que modulaba lo sexual. Una vez olvidado cualquier resto de asombro en el contacto con la enormidad exterior, el sexo resulta fantástico en nuestros pequeños decorados. Tanto en el arte como en la vida diaria, reina una significativa doblez entre el delirio de lo públicamente correcto, controlando con fruición la mirada y la palabra, y la obscenidad del sexo duro [70]. Doblez entre la impotencia generalizada (que, cada vez más, exige una forma u otra de prótesis para el acto sexual) y la pornografía democratizada. En efecto, la caída de la potencia sexual y del número de espermatozoides en el varón, o quizá el descenso de su "ilusión" por competir en la carrera hacia el óvulo, no puede dejar de recordarnos el fenómeno paralelo que ocurre con los animales enclaustrados. ¿Esa lasitud impotente de las fieras en los zoológicos no tiene su raíz en el mismo confort tecnológico de los humanos que les miran, también ellos impotentes y, por tanto, fascinados puerilmente con la potencia espectacular?


En cualquier caso, igual que ocurre en otros campos, solamente porque ha sido inducida en masa la parálisis se puede comerciar después con la ansiedad de espectáculo que genera. Una vez más, se reproduce el mecanismo en el que un exterior, diseñado desde el interior, permite que éste refuerce su cámara acorazada de bienestar. Ha sido señalado de hecho un doble absurdo: por una parte todo es político, igual que todo es sexualidad, pero el absurdo paralelo de estos dos emblemas aparece en el justo momento en que lo político se derrumba, en que el sexo mismo involuciona y desaparece como referencial fuerte en la normalidad hiperreal de la sexualidad "liberada". De idéntica manera que la proliferación de la fotografía en el arte, o de la obscenidad del reality show televisivo, la hipertrofia del sexo tiene relación con la pérdida de cualquier referente exterior en la sociedad contemporánea. Lo mismo que se podría decir de la tele-basura, haciendo soportable la televisión con rostro humano, Baudrillard lo comenta con respecto a la pornografía: "Bien pudiera ocurrir que la porno sólo estuviera allí para reactivar ese referencial perdido, para probar, a contrario, con su hiperrealismo grotesco, que al menos en algún sitio existe
verdadero sexo" [71].

De algún modo, la fascinación puritana por lo sexual se reproduce en la fascinación informativa por el crimen. Si proliferan en las capas altas de la población vicios caros y sofisticados (peligrosas "sesiones de masturbación", emociones fuertes de gabinete sadomasoquista, sesiones de porno duro para empresarios, políticos y periodistas) es porque la opulencia del dominio contemporáneo, del narcisismo que le alimenta, hace necesario un suplemento de corrupción para que alguna emoción se destaque. Como se ha comentado en más de una ocasión, la corrupción es estructural en cuanto se alimenta del carácter incestuoso de nuestro tejido social, que ha roto con cualquier relación directa con lo exterior, con todo asomo de dualidad irreductible. Puesto que falta el vínculo con el peligro de una alteridad soberana, es necesario reforzar escénicamente los aditivos para lograr el espejismo del roce con un otro al menos virtual, otredad que necesitamos para justificar y entretener nuestro retiro. Una colectividad amenazada de parálisis exige una amplia batería de estímulos condicionados. Igual que tras la proliferación actual de las aventuras cinematográficas, una impotencia mayoritaria es el trasfondo de esta obsesión por la potencia (armada, sexual, automovilística, comunicacional, informática). El deporte, el sexo, la televisión, la empresa en general se constituyen como una suerte de cotos de caza, pactados "estados de excepción" donde son legítimas la violencia y la caza del hombre que se prohíben a la luz del público. Se complementa así la nivelación contranatura de la sociedad económica con el relieve protésico del espectáculo hacia
afuera, con los fondos reservados de la privacidad hacia adentro. El circuito del sexo, junto con todas las formas del crimen y el terrorismo (en primer lugar, el informativo), vendría a ser una inyección artificial de negatividad en una sociedad amenazada de muerte por su propio éxito, por su endogamia sin término.


Ahora que el espionaje está en declive, el fisgón se ha convertido en una figura universal (como televidente, paparazzo o devorador de revistas del corazón) porque con él nos asomamos ávidamente desde un interior enclaustrado a una existencia que, por su complejidad laberíntica, se ha convertido en espectáculo. El cotilleo global de los medios, que llega a niveles inconcebibles hace sólo unos años, brota también de este asfixiante refugio de la vida postmoderna en un entorno intervenido. Es incluso de temer que el juego que da la figura del homosexual tópico en esos medios, exagerando precisamente los rasgos caricaturescos que antes le condenaban al desprecio, tiene que ver, además de un comprensible sentimiento de revancha, con esta doble vida en la que tal vez el homosexual reprimido ha sido un involuntario avanzado. Hasta cierto punto, el encierro del homosexual en una vida cuasi clandestina de día y frenética de noche ha servido de banco de pruebas para un refugio y un frenesí que después se ha extendido a todo el cuerpo sexual de la población.


Parece obvio que una suerte de micro-totalitarismo informativo está detrás de la fruición por desvelar el secreto del sexo, sus escondrijos, sus resortes internos, los perfiles sombreados de sus partes. Hay que explorar el antiguo sexo, diseccionar sus entrañas pues, de alguna manera, pertenece a ese pasado arcaico y a esa tierra que ahora hay que destripar y sacar a la luz con los potentes focos de una actualidad que no soporta ninguna región inaccesible. La funcionalidad de lo obsceno tiene en esta intolerancia hacia lo secreto un fuerte impulso. Cuando Virilio nos recuerda que la velocidad, haciendo chocar dos caricias, produce una conmoción mortal, es para insinuar que la violencia y la violación serían un producto generalizado de la urgencia tecnológica [72]. No es en ningún caso aventurado insinuar que el deseo sexual que termina en violación, incluso la bestialidad que llega a matar y a trocear a su víctima, no dejan de obedecer al apetito desenfrenado de penetración, transparencia y dominio periodístico llevados al extremo. La neurótica voluntad de saber propia del sistema informativo, que ha de alumbrar hasta lo pornográfico todos los rincones que están delante (cuando acaso la privacidad que está detrás del informador sea de un oscurantismo medieval) es el mecanismo genérico que, además de la patología circunstancial, empuja la mano del asesino que se ensaña con la víctima. Que la lógica de la información está detrás de crímenes como los de Alcàsser y otros, no se manifiesta únicamente en que después los medios vivan de ellos durante meses. No es sólo que se realicen ahí auténticos "experimentos de comunicación" en
la aldea global, con cientos de millones movidos en torno a los cuerpos martirizados (¿cuánto se habrá pagado el minuto de publicidad en los momentos álgidos de algunos de aquellos "programas especiales" en torno a las tres niñas torturadas hasta la muerte? [73]). No es únicamente esto, decíamos, sino que la misma voluntad bestial de penetración de los asesinos es la que espolea también a la opinión pública y a la prensa, que antes, durante y después de esos sucesos sigue troceando el cuerpo ultrajado de las víctimas. Y no se trata solamente de la responsabilidad de "ciertos medios" (los tabloides y sus paparazzi), pues la opinión pública en pleno practica el canibalismo que está detrás del crimen brutal propio de los tiempos postmodernos [74]. Se puede comprobar fácilmente que, aquí y allá, la misma moda juega en las pasarelas con la fascinación de la violencia, incluida la de la violación.

Por lo demás, la figura actual del voyeur (implicado de un modo u otro en la escena del crimen: sin él, por ejemplo, serían imposibles las películas snuff con muerte real) también está inserta en la informatización intrínseca a lo sexual. De hecho, el psicópata que se encarniza es asimismo un mirón, pues tiene toda la fascinación social por la violencia en la mirada. No es extraño por esto que llegue a filmar la agonía de sus víctimas. ¿Está quizá a punto de nacer un nuevo tipo de delincuente profesional armado con cámara, que pueda vender inmediatamente sus fechorías? En todo caso, no parece clara la diferencia real entre venderlas antes o hacerlo después, tentado por la oferta de los medios.


La misma civilización que estimula una privacidad blindada bajo un espacio público estruendoso, que mantiene la indiferencia creciente hacia lo cercano conectada a la Red de lo lejano, es la que facilita este tipo de crímenes. Estos sucesos son en gran medida horrendos sencillamente por ser irresolubles, ya que no hay ningún tipo de "móvil" clásico que facilite pistas en una investigación. Se ha llegado a afirmar que la violación obedece también a una búsqueda desesperada de naturaleza en el sexo, tal vez a la necesidad de una alteridad perdida [75]. En cualquier caso, puede que la violación sea la otra cara de una regulación implacable que hemos operado con la sexualidad, una normalización que estallaría en una nostalgia abrupta de pasión (no sólo jóvenes airados, introvertidos o marginados, sino que hombres casados también pueden verse tentados por ella, ejemplares padres de familia, etc.). Alguien tal vez no sospechoso de ser un simple reaccionario como Baudrillard se hace esta pregunta: ¿por qué con la "liberación sexual" aumentan las violaciones? [76]. Estaría detrás de esta forma de crimen una sociedad que estatuye por doquier la adoración del sexo junto con la seguridad del aislamiento, que incentiva el desafecto hacia lo cercano junto al éxito acumulativo, que incluso consagra la persecución de la intimidad como ideología latente (¿no es esto, en buen grado, lo que llamamos "opinión pública"?). Un colectivo que impone el culto por el efecto impactante y la mercantilización masiva de las relaciones no puede escandalizarse después de que el índice de agresiones sexuales se disparen. Con la ideología implícita a nuestro orden social, no hay ninguna razón profunda para considerar a un desconocido intocable, todo lo contrario. Habría incluso que revisar el nuevo papel de las mujeres en este panorama de violencia soterrada, más aún contando con una "inferioridad" física que tal vez esté también cambiando.


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¿No es lícito sospechar que la simple idea de un imperio sexual que recorre lo humano de parte a parte, incluso en la infancia, es parte de nuestra economización de la vida pública y privada, como máximo un resto radical de ella? Al fin y al cabo, esa idea no deja de confirmar la voluntad instrumental de introducir nociones calculables en todos los órdenes, dinamizando cualquier campo de la experiencia humana que emane un halo de misteriosa resistencia, sea la infancia, Oriente o la naturaleza. Aunque no sea justo hablar de una dificultad general en Freud para pensar en términos que no sean "sexuales" [77], sí parece que la normalizada sociedad europea de entonces quizá ya soportaba con más facilidad la idea de una sexualidad infantil, que a fin de cuentas relativizaba las perversiones de los adultos, que la idea de una infancia retirada de lo social, impenetrable. Se da desde entonces una metódica campaña para integrar cuanto antes a los niños en el sistema educativo y en la cultura del consumo, de la que es parte la sexualidad [78]. Tal vez un síntoma añadido de ello, y de miserable venganza senil, es ese afán por hacer versiones hardcore de los cuentos infantiles, de Blancanieves a Caperucita Roja. Mirando hacia atrás con el rencor propio de los conversos, se falsea y se injuria el pasado hasta que se acople mejor a la lubricidad de este presente. Por encima de todo, extendiendo el dispositivo sexual hasta la infancia, se facilita el trabajo de toda una legión de especialistas de la mediación psíquica que debe socializar al niño de raíz, arrancar la exterioridad de su
origen.


Desde ahí, hasta llegar al ocasional "escándalo" de la utilización sexual de los niños (el turismo sexual infantil en ciertos países pobres, el comercio publicitado en Internet), sólo median algunos pasos. ¿Cómo el abuso sexual sobre la infancia va a ser seriamente perseguido si por doquier se enreda a los niños en el sistema social, televisivo, fiscal y de consumo? El abuso sexual de los menores sólo es la punta del iceberg en una sociedad que ha incurrido en una explotación infantil sin precedentes. Hablamos constantemente de la "explotación infantil" que realizan los pueblos atrasados, pero pensemos qué sociedad se ha atrevido a levantar a los niños a las siete de la mañana, aún de noche, para ponerles las tareas del día en la mochila y mandarles a formarse a la escuela, una escuela que poco más tarde les va a mantener ocupados, lejos del juego y de la calle, buena parte de la jornada.

Existe un dilatado micropoder sobre el cuerpo, y este nuevo espacio de dominio de la época del fin del Relato ha de perseguir la sexualidad hasta su fuente, hasta los primeros años de la infancia. Ésta es convertida en apuesta común para los padres, las instituciones educativas y la higiene pública; es transformada en una suerte de vivero de lo social, en centro de experimentación y banco de pruebas [79. Se ha dicho que los niños son, bajo este prisma, auténticos "presos políticos", sometidos a un régimen de explotación informativa que prolonga la explotación laboral característica de los comienzos del capitalismo [80]. En este punto se puede señalar una relación paradójica con los niños, quizá semejante a la que mantenemos con la juventud. Por un lado, una sociedad que no quiere crecer les tiene que adorar en su simplicidad y su alejamiento de lo trágico, en su desenvuelta alienación, en su fluida dependencia del entorno público y su capacidad para lo técnico. Después de la liquidación de la génesis familiar y sexual, el niño es una performance técnica en miniatura más que un otro verdadero. Existen así razones suplementarias en nuestra época para fetichizar a la infancia. Niños y adultos aparecen hoy unidos en una común esquiva del principio de realidad, de la lenta maduración en la finitud de la presencia real, en la relación con la alteridad exterior. De ahí viene, se ha dicho, la pasmosa adaptación infantil a la rapidez e instantaneidad de lo virtual, también a su retiro silencioso. En esta línea el niño sería un ejemplo modélico de ciudadano consumidor, a la manera en que lo es el inválido equipado entre los adultos: imagen perfecta de una libertad que se reduce, dentro de la parálisis, a una mera combinatoria de elecciones técnicas.


Con su indefensión y sus caprichos, los niños son consumidores natos, se convierten en una presa ideal y entusiasta del cielo de la publicidad. Se da por esto una larga modalidad postmoderna de "explotación infantil" que en nada tiene que envidiar a la de otras épocas. En la moda, en la política, en el espectáculo y los concursos televisivos, se les usa a fondo, por parte de una sociedad adulterada al máximo, como aval de una inocencia o naturalidad supuestamente recuperadas. Mimando su egoísmo congénito, en el que nos vemos reflejados, mantenemos una adoración por la infancia propia de un colectivo senil, que ha perdido su savia (efectivamente, mimamos a nuestros hijos como abuelos, no como padres). Puesto que esta colectividad no quiere hacerse responsable, lo que significaría despertar a lo trágico y mantenerse joven precisamente en ese peligro de los límites, tiene que compensar esa falta de jovialidad anímica con una desenfrenada adulación de los niños. Este panorama generalizado de tuteo con los pequeños, con el telón de fondo de la dimisión de la imagen del Padre, tiene relación con la ruptura de las barreras generacionales e incluso con la perversión de la infancia en el conjunto del cuerpo social consumista. Ahora bien, bajo estas apariencias de sobreprotección (hipocondría de los padres, tutela del Estado, Declaración Universal de los Derechos del Niño), la infancia representa un espacio abandonado en su singularidad, un registro al que no se le deja ser en su genio propio. Debido a que la infancia no es tanto una etapa cronológica como un registro lógico que acompaña a todas las etapas de una humanidad para siempre primitiva, se trata de una experiencia que ha de ser profundamente rechazada por una sociedad que huye de la muerte, de la minoría de edad pegada a la finitud. En realidad, como recuerda Baudrillard, se trata de una dimensión de lo humano despreciada y condenada a ser pasto o bien de la disciplina social o bien de la delincuencia [81].


Dentro de un espacio obligado de permisividad y desplazamiento de cualquier límite, niños y niñas apenas adolescentes son empujados a una experiencia sexual prematura [82]. Por otro lado, el niño, casi tanto como el joven, no puede dejar de representar una relación inquietante con la naturaleza, con una exterioridad no controlada que el actual cuerpo público teme. De ahí la incriminación generalizada de la infancia profunda, todo un género de terror que gira en torno al misterio pueril, a una infancia que no se conecta socialmente. Es por ello muy larga la lista de éxitos cinematográficos (desde El exorcista y Poltergeist a El resplandor o El sexto sentido) que juega con la idea de que los niños representan un problemática dimensión no social que conviene cuanto antes iluminar. De esta tentativa forma parte no sólo la extensión de la enseñanza obligatoria o el desarrollo de un ala específica del consumo (juguetes, deportes, informática), sino también la propia psicología, toda una puritana sospecha urbana volcada sobre la perversión intrínseca de los niños, empeñada en engancharla al aparato sexual. En efecto, el pervertido será considerado un inmaduro o un "niño grande", una persona afectada de infantilismo psíquico, que se ha resistido a crecer [83].

Por supuesto que, al margen incluso de la lente de aumento de la comunicación contemporánea, hay toda una secuela de "miseria sexual" en varias generaciones pasadas. Pero desde hace tiempo el objetivo no era entre nosotros prohibir, sino constituir, a través de una sexualidad infantil que había cobrado súbitamente importancia y misterio, una red de dominio sobre la infancia. Desde entonces el sexo es parte de una red expansiva. Frente al uso social del psicoanálisis [84], Foucault ha señalado las relaciones entre sexo y control social, producción de poder, dispositivos de verdad: "Fíjese en lo que ocurre con los niños. Se dice generalmente: la vida de los niños es su vida sexual. Desde el biberón hasta la pubertad sólo se trata de eso. Tras el deseo de aprender a leer o la afición a los dibujos animados se esconde la sexualidad. Ahora bien, ¿cree usted que este tipo de discurso es efectivamente liberador? ¿No contribuirá a encerrar a los niños en una especie de insularidad sexual? ¿Y si todo eso les importase un comino, después de todo? ¿Y si la libertad de no ser adulto consistiese precisamente en no estar sujeto a la ley... tan aburrida a la postre, de la sexualidad? ¿No sería acaso la infancia la posibilidad de establecer relaciones polimorfas con las cosas, las personas, los cuerpos? Ese polimorfismo los adultos lo llaman, para tranquilidad propia, 'perversidad', coloreándolo de ese modo con el camafeo monótono de su propio sexo... el niño tiene un régimen de placer para el que la cuadrícula del 'sexo' constituye una auténtica prisión" [85].

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Vattimo ha sugerido que es lícito preguntar, siguiendo precisamente la línea última de Foucault, si la psicología centrada en la sexualidad no es un fenómeno a superar, puesto que creció en una época de moralismo sexófobo. Encuentra digna de cosideración la hipótesis de que también el papel de la sexualidad en la vida
individual y social se encuentra implicado en el proceso de "secularización" en cuanto a que tiende a perder el aura sagrada, paraíso o infierno burgués del siglo XIX, que ha conservado aún en cierto psicoanálisis [86]. Lo que Vattimo se olvida de señalar es que para que el psicoanálisis sea efectivamente "superado", en una sociedad desencarnada que no puede prescindir de la idolatría de la carne, hace falta una catarsis de masas que lleve el diván y la confesión a los medios. Lo que Vattimo indica menos aún es que para nuestra última sacralidad, la de la información, no hay secularización posible.

Este diagnóstico tiene relación con la idea de que la sexualidad no es fundamentalmente algo que el poder teme, sino más bien el último instrumento por el que el poder se ejerce, pues éste es ahora una fuerza basada más en la participación social que en la represión[87]. Participación en el doble sentido de tomar parte en la partida general, en el despegue occidental de la ambigua y sucia tierra, y también en el de una partición de la experiencia, en su fragmentación global. De la economía política a la libidinal se da efectivamente el paso de un modelo de socialización violento y arcaico, basado normalmente en el trabajo, a un modelo de socialización más sutil y fluido, a la vez más "psíquico", cercano al cuerpo. El cambio de lasúltimas décadas representa una metamorfosis de la fuerza de trabajo en la pulsión, el viraje de un modelo fundado sobre un sistema de representaciones (la famosa"ideología") hacia otro que funciona sobre el afecto. Ahora se trata de un discurso en el que todo pueda ser dicho, acumulado, catalogado, enumerado. Así es el sexo en la pornografía, en el sadomasoquismo y, con más amplitud, esa es la empresa de nuestra cultura, cuya "obscenidad" es su condición natural [88].

Toda la ideología de la comunicación, ese ruido en virtud del cual hoy resulta materialmente imposible el secreto del erotismo, está entonces sexualizada porque un tipo distinto de súbdito, que fuese antes que nada un consumidor, no era un consumidor perfecto si no se le concedía una cierta permisividad en el campo sexual. El sexo, como la comunicación voraz entre átomos aislados, se corresponde con una forma de dominio que cree más en el cuerpo "femenino" del mercado, en la libre competencia y participación interactiva, al estilo de la cultura del consumo, que en el pesado y paternal Estado. En este sentido, en la medida en que el dispositivo sexual representa la posibilidad de una conexión continua (conexión que nos desconecta de lo que de opaco hay en la existencia), la fluidez ultraliberal del capitalismo tardío es el modelo de fondo de nuestra actual ansiedad sexual.

Desde hace tiempo, entre el poder y el sexo no se establece ninguna relación de choque. Lo que está vigente es una red de somato-poder que es al mismo tiempo una multiplicidad de relaciones de fuerza "inmanentes" al orden de estructura variable, de puertas abiertas, que nos rodea. Este poder-juego que se presenta produciéndose de continuo, en todas partes, no sería exterior al sexo, sino todo lo contrario [89]. Foucault ha insistido en que también la práctica social del psicoanálisis emerge de este formidable crecimiento e institucionalización de los procedimientos de confesión tan característicos de nuestra civilidad. Formando parte, a más corto plazo, de una medicalización de las vidas, se constituye una verdadera "tecnología" del sexo, mucho más compleja y sobre todo más positiva que el efecto de una mera prohibición.

Las corrientes mayoritarias en los movimientos de "liberación sexual" se limitaron, a partir del dispositivo de poder en que estamos metidos, a mejorarlo y reformarlo, haciéndolo funcionar plenamente. Al mismo tiempo, naturalmente, se desplazaron respecto a ese mecanismo, constituyeron su ala izquierda; intentaron desbordarlo, pero en una radicalización de su misma voluntad de verdad. De hecho, como una prueba más de las nuevas relaciones de dominio que instaura la liquidez de la sexualidad liberada, hay que recordar que de idéntica manera que condenamos como "primitivas" a ciertas comunidades desde el punto de vista tecnológico (o político, como hacemos con el listón discriminador de la democracia), en el fondo apuntalamos ese juicio etnocéntrico desde el punto de vista sexual. Las comunidades atrasadas serían reprimidas, no "liberadas", ya que incluso no conocerían el inconsciente y todo lo que estaba oculto en él. De este modo, a fuerza de avanzada, la postmodernidad puede presumir de ser más primitiva y natural que cualquier otraépoca. Se levanta así, a veces con la bendición de un Marx y un Freud vulgarizados, un nuevo racismo de la sexualidad, una suerte de segregación potenciada por el evangelio de este tiempo tardío.

Si frente al Antiguo Régimen, en correspondencia con la línea del linaje se pede decir que el sexo fue la "sangre" de la burguesía, se estaría atestiguando la correlación de ese cuidado del cuerpo y el sexo como un fresco racismo, aunque muy diferente del manifestado por la nobleza. Se trata efectivamente de una discriminación dinámica, de un racismo de la expansión. Mediante una tecnología de control (basada en la escuela, la política habitacional, la higiene pública, las instituciones de socorro y seguro, la medicalización universal de las poblaciones), la burguesía se dotó, en una afirmación política arrogante, de una sexualidad parlanchina que el proletariado por mucho tiempo no quiso aceptar, ya que le era impuesta con fines de sujeción. La "revolución" del sexo, la tradición de la lucha "antirrepresiva" no representaba nada más que un desplazamiento y un giro tácticos en el gran dispositivo capitalista de la sexualidad.

De una manera general, en la unión del "cuerpo" y la "población", el sexo se convirtió en blanco central para un dominio organizado alrededor de la administración de la vida y no de la amenaza de muerte. Los nuevos mecanismos de poder se dirigen entonces al cuerpo, a la vida, a lo que la hace proliferar, a lo que refuerza la especie en su vigor, en su capacidad de dominar. Salud, progenitura, raza, porvenir de la especie, vitalidad del cuerpo social conformaron los recientes motivos de un poder que habla de la sexualidad y a la sexualidad. Ésta, lejos de haber sido reprimida en la sociedad contemporánea, es en cambio permanentemente suscitada. Habría, por tanto, que mantener una inflexible crítica de la razón sexual, o más bien una genealogía de esa razón (como Nietzsche hizo una genealogía de la moral), puesto que la última moral que da consistencia al rebaño, contra la humanidad, es esta obligación de fluidez, de flujo, de circulación acelerada de lo psíquico, entre lo sexual y los cuerpos. Es, decíamos, la exacta réplica corporal de la que rige el valor de la mercancía: que el capital circule, que ya no haya gravedad, punto fijo, ninguna experiencia referencial en la que apoyarse [90].

 

NOTAS

[43] Beck ha insistido en que actualmente la "naturaleza", concebida o no por la mentalidad ecológica, es una producción interior de la industria global. Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, op. cit., p. 13.
[44] "En suma, lo que nos está convirtiendo en huérfanos de la noche es la lucha contra el oscurantismo. La luz del día a perpetuidad: tal es la pena al género humano por los cruzados del igualitarismo radical". Alain Finkielkraut, La ingratitud. Conversación sobre nuestro tiempo, op. cit., p. 168.
[45] "Nunca como antes el cuerpo humano -sobre todo el femenino- ha sido tan enteramente manipulado y, por así decir, imaginado de arriba abajo por la técnica de la publicidad y de la producción mercantil: la opacidad de las diferencias sexuales ha sido desmentida por el cuerpo transexual, la alteridad incomunicable de la physis singular abolida por la mediatización espectacular, la mortalidad del cuerpo orgánico puesta en duda por la promiscuidad con el cuerpo sin órganos de la mercancía, la intimidad de la vida erótica confutada por la pornografía (...) el cuerpo glorioso de la publicidad se ha convertido en la máscara tras la cual el frágil y diminuto cuerpo humano continúa su precaria existencia, y el geométrico esplendor de las girls cubre las largas filas de los anónimos desnudos conducidos a la muerte en los campos de concentración, o las miríadas de cadáveres triturados en la carnicería cotidiana sobre las carreteras. Apropiarse de las transformaciones históricas de la naturaleza humana, que el capitalismo quiere confinar en el espectáculo, compenetrar imágenes y cuerpo en un espacio en que ya no puedan separarse y obtener así, en esta forja, ese cuerpo cualsea cuya physis es la semejanza: éste es el bien que la humanidad debe saber arrancar a la mercancía en decadencia. Las inconscientes levaduras de este nuevo cuerpo de la humanidad son la publicidad y la pornografía, que como plañideras acompañan la mercancía a la tumba". Giorgio Agamben, La comunidad que viene, op. cit., p. 35
[46] Hace ya más de 70 años, Jünger adelantaba: "No hay banderas, salvo las que uno mismo lleva sobre su cuerpo". Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, op. cit., p. 95.
[47] Sigmund Freud, El malestar en la cultura, op. cit., p. 49.
[48] ¿Es simple casualidad que en los países desarrollados el servicio militar, con sus experiencias sexuales asociadas, deje de ser obligatorio al mismo tiempo que la escuela, con sus posibilidades sexuales asociadas, amplíe sus competencias y su obligatoriedad?
[49] Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, op. cit., p. 193.
"Esa lastimosa y voluntaria amnesia respecto a la bisexualidad del ser humano condujo a una exacerbación del 'masculinismo' y del 'feminismo', que agravó las tensiones y socavó las bases del amor heterosexual". H. A. Murena, Homo atomicus, op. cit., p. 47.
[50] "En las novelas de Henri Miller se aduce el sexo contra la técnica. Liberan de la férrea
coacción del tiempo (...) La conclusión errónea consiste en que esa aniquilación es puntual y siempre tiene que ser aumentada. El sexo no contradice sino que corresponde en lo orgánico a los procesos técnicos. En este nivel está tan próximo a lo titánico como al insensato derramamiento de sangre, pues los impulsos sólo son contradictorios allí donde desbordan ya sea hacia el amor, ya sea hacia el sacrificio. Esto nos hace libres". Ernst Jünger, Sobre el dolor, op. cit., p. 63.
[51] Friedrich Nietzsche, "De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida", en Nietzsche, op. cit., p. 78.
[52] "El cristianismo dio de beber a Eros: -éste, ciertamente, no murió, pero degeneró convirtiéndose en vicio". Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, op. cit., § 168. .
[53] "(...) academicismo. Y el placer, el sexo, también entra en ese juego, con todo su poder de transgresión. Hoy la pornografía es la aliada objetiva del puritanismo. El poder, para neutralizar su potencial destructivo y liberador, ha convertido el sexo en algo obligatorio, triste, gimnástico, sórdido y previsible, cuando puede ser lo contrario". Philippe Sollers, El País, 29 de septiembre de 2001.
[54] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, op. cit., p. 127.
[55] Recordemos la ironía de Marx sobre la "contabilidad de sí mismo" que realiza Robinson Crusoe. Karl Marx, El Capital. Crítica de la economía política, Siglo XXI, Madrid, 1984 (4_ ed.), tomo I, p. 56.
[56] "A esto se debe la insistente predicación de Baxter en su obra principal a favor del trabajo duro y continuado (...) Dos motivos cooperan en ello. En primer lugar, el trabajo es el más antiguo y acreditado medio ascético, reconocido como tal por la Iglesia occidental en todos los tiempos, no sólo contra el Oriente, sino contra casi todas las reglas monásticas del mundo; además, es el preventivo más eficaz contra todas aquellas tentaciones que el puritanismo agrupó bajo el concepto de unclean life (...) La diferencia entre la ascesis sexual puritana y el ascetismo monacal es meramente de grado, no de principio, y por el modo de entender la vida matrimonial resulta incluso más rígida que aquella (...) el comercio sexual sólo es lícito (...) para el 'creced y multiplicaos'. Contra la tentación sexual, como contra la duda o la angustia religiosa, se prescriben distintos remedios: dieta sobria, régimen vegetariano, baños fríos; pero, sobre todo, esta máxima: 'trabaja duramente en tu profesión' (...) El principio paulino: 'quien no trabaja que no coma' se aplica incondicionalmente a todos; sentir disgusto en el trabajo es prueba de que falta el estado de gracia". Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, op. cit., p. 218.
[57] Cfr. Guy Lardreau y Christian Jambet, El Ángel. Ontología de la revolución, op. cit., pp. 106- 111.
[58] "No cabe mayor oposición al viejo principio de que 'quien no guste del vino, de las mujeres y del canto...', que extender el concepto de idolatry a todo goce de los sentidos que no esté justificado por razones higiénicas". Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, op. cit., p. 153.
[59] Este simple fenómeno es tal vez el que no hace contradictorios, sino complementarios, los esquemas de Weber y el de Foucault. El control lúdico de los cuerpos sería la extensión de una primera separación ascética con respecto a las despreocupadas costumbres "rurales" del mundo antiguo. "Ese biopoder fue, a no dudarlo, un elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo; éste no pudo afirmarse sino al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos (...) Es sabido que muchas veces se planteó el problema del papel que pudo tener, en la primerísima formación del capitalismo, una moral ascética; pero lo que sucedió en el siglo XVIII en ciertos países occidentales y que fue ligado por el desarrollo del capitalismo, fue otro fenómeno y quizá de mayor amplitud que esa nueva moral que parecía descalificar el cuerpo; fue nada menos que la entrada de la vida en la historia". Michel Foucault, La voluntad de saber, op. cit., pp. 170-171.
[60] Thomas Hobbes, El ciudadano, Debate-C.S.I.C, Madrid, 1993, p. 17. . [61] (...) el individuo cree que puede dominar su propia impotencia. Estos brutales enfrentamientos
al límite tienen como telón de fondo el fantasma clásico de poder dominar, por fin, su destino: en suma, el de la realización total". Paul Virilio, La bomba informática, op. cit., p. 50..
[62] "Hoy la libertad sexual de la mayoría es en realidad una convención, una obligación, un deber social (...) una característica irrenunciable del tipo de vida del consumidor (...) resultado de una libertad sexual 'regalada' por el poder existe una verdadera y exacta neurosis general (...) el coito es una obligación social". Pier Paolo Pasolini, Escritos corsarios, op. cit., p. 109.
[63] Michel Foucault, Un diálogo sobre el poder, Alianza, Madrid, 1981, p. 153.
[64] Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, op. cit., p. 135.
[65] "La esencia del Dasein está en su existencia". Martin Heidegger, El ser y el tiempo, op. cit.,
pp. 54 ss.
[66] Cfr. Ernst Jünger, Sobre el dolor, op. cit., § 7.
[67] Cfr. Emmanuel Levinas, El tiempo y el Otro, op. cit., p. 131.
[68] Giorgio Agamben, Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, op. cit., pp. 170-171.
[69] A propósito de esta dualidad, que en cierto modo recorta el alcance espiritual de una gravitación universal, Leibniz llega a acusar en algún momento a Newton de "comer bellotas después de descubrir el trigo".
[70] La obras de arte son ascéticas y sin pudor; la industria cultural es pornográfica y ñoña. Así, ella reduce el amor al romance; y de este modo, reducidas, se dejan pasar muchas cosas, incluso el libertinaje como especialidad corriente, en pequeñas dosis y con la etiqueta de "atrevido". La producción en serie del sexo opera automáticamente su represión (...) La industria cultural pone la renuncia jovial en lugar del dolor, que está presente tanto en la ebriedad como en la ascesis (...) Ofrecer a tales víctimas algo y privarlas de ello es, en realidad, una y la misma cosa. Éste es el efecto de todo el aparato erótico. Justamente porque no puede cumplirse jamás, todo gira en torno al coito (...) La industria cultural es corrupta, pero no como la Babel del pecado, sino como catedral del placer elevado". Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración, op. cit., pp. 184-187.
[71] Jean Baudrillard, Olvidar a Foucault, Pre-Textos, Valencia, 1986 (2_ ed.), p. 17.
[72] Paul Virilio, La bomba informática, op. cit., p. 82.
[73] Por poner un ejemplo ya obsoleto, durante la entrevista entre Monica Lewinski y la periodista Barbara Walters, el minuto de publicidad en la cadena ABC se pagó, según distintas informaciones, a 240 millones de pesetas de entonces.
[74]
Sloterdijk ha comentado que algunos "mecanismos de desinhibición" de la sociedad actual tienen poco que envidiar a la lógica romana de los circos. Cfr. Peter Sloterdijk, Normas para el parque humano, Siruela, Madrid, 2000, pp. 33-35.
[75] Agustín García Calvo, Contra la pareja, op. cit., p. 29. Según Levinas, "La profanación no es una negación del misterio, sino una de las relaciones posibles con él". Emmanuel Levinas, El tiempo y el Otro, op. cit., p. 130.
[76] Jean Baudrillard, América, op. cit., p. 66.
[77] Es cierto, sin embargo, que a veces el médico vienés parece hacer todo lo posible por alimentar este prejuicio. Por ejemplo: "(...) tampoco el psicoanálisis tiene mucho que decirnos sobre la belleza. Lo único seguro parece ser su derivación de las sensaciones sexuales". Sigmund Freud, El malestar en la cultura, op. cit., p. 27.
[78] "Y luego impone una precocidad neurotizante. Niños y niñas apenas púberes (...) tienen una experiencia del sexo que les anula toda tensión en el propio campo sexual". Pier Paolo Pasolini, Escritos corsarios, op. cit., p. 133.
[79] Michel Foucault, Un diálogo sobre el poder, op. cit., p. 150.
[80] Gilles Deleuze, Conversaciones, op. cit., p. 67.
[81] Cfr. Jean Baudrillard, "El continente negro de la infancia", en Pantalla total, op. cit., pp. 119-123.
[82] "En las familias descompuestas más que recompuestas, los adultos tienen caprichos de niño y comparten los juguetes y otros materiales electrónicos para los que los pequeños están tan bien dotados. Con su progenitura incierta adoptan actitudes compañeriles que pueden llegar hasta la pedofilia, ya que, como todos saben, el sexo es un juguete extra (...) En esta pérdida generalizada de las referencias de la edad, niños cada vez más jóvenes abandonan los juegos diurnos del recreo y del deporte por los de la calle y la noche, para ir al encuentro de un mundo inmaduro cuyos juguetes reivindican (...) En su momento sabrán ser fieros bromeando, robando coches y motos, abandonándose al vandalismo (los juguetes están hechos para romperse), utilizando armas a diestra y siniestra". Paul Virilio, La bomba informática, op. cit., p. 118.
[83] "Se considera que el niño y el adolescente forman parte de los peligros potenciales que encierra el futuro. Por tanto, serán tratados sin miramientos. Educación y escolaridad casi militares (un presidio, decía Zweig), matrimonios de conveniencia, dotes y situaciones heredadas (...) esa idea vienesa de una infancia desprovista de 'inocencia' y potencialmente peligrosa para el adulto (¿no se calificaba a los perversos como 'niños grandes' afectados de 'infantilismo psíquico'?". Ibíd., p. 110.
[84]Facilitado a veces por el propio Freud: "El concepto de sexualidad tuvo, naturalmente, que ser ampliado hasta encerrar en sí mucho más de lo relativo a la función procreadora, y esto originó grave escándalo en el mundo grave y distinguido, o simplemente hipócrita (...) la creencia -que sólo el psicoanálisis ha logrado vencer- de que los niños eran seres sin sexualidad". Sigmund Freud, "El porvenir de una ilusión", en Psicología de las masas, op. cit., p. 168.
[85] Michel Foucault, "No al sexo rey", en Un diálogo sobre el poder, op. cit., pp. 154-155.
[86] Gianni Vattimo, Creer que se cree, Paidós, Barcelona, 1996, p. 66.
[87] "(...) como usted bien sabe, se habla de mí como del historiador melancólico de las prohibiciones y del poder represivo, como de alguien que narra siempre historias bipolares: la locura y su reclusión, la anomalía y su reclusión, la delincuencia y su aprisionamiento. Ahora bien, mi problema ha sido siempre otro: la verdad. ¿De qué manera el poder ejercido sobre la locura ha llegado a producir el discurso verdadero sobre la psiquiatría? Lo mismo con la sexualidad: recuperar la voluntad de saber dónde se ha comprometido el poder sobre el sexo. No me propongo la sociología histórica de una prohibición, sino la historia política de una producción de 'verdad' (...) Lo que personalmente quisiera estudiar en cualquier caso son todos esos mecanismos que, en nuestra sociedad, invitan, incitan, obliga a hablar del sexo (...) Marx sustituyó la denuncia del robo por el análisis de la producción. Mutatis mutandi, se trata personalmente de hacer algo parecido. No se trata de negar la miseria sexual, pero tampoco de explicarla negativamente por una represión (...) Tengo la impresión de oír actualmente una especie de murmullo 'antisexo' (no soy profeta, sino que me limito a hacer un diagnóstico), como si se estuviese realizando un esfuerzo en profundidad para sacudir esa gran 'sexografía' que nos hace descifrar el sexo como secreto universal (...) Es tal vez el fin de ese lúgubre desierto de la sexualidad, el fin de la monarquía del sexo". Michel Foucault, "No al sexo rey", en Un diálogo sobre el poder, op. cit., p. 148.
[88] "La represión en la hipótesis máxima no es nunca represión DEL sexo en provecho de qué sé yo, sino POR el sexo (...) Esos son el deseo y el inconsciente: escoria de la economía política, metáfora psíquica del capital (...) Lo que Foucault nos dice (mal que le pese) es esto: nada funciona por la represión general, todo funciona gracias a la producción (...) gracias a la liberación. Pero da igual. Toda liberación está fomentada por la represión (...) no hay excepción a la lógica de la liberación: toda fuerza, toda palabra liberada, es una vuelta más en la espiral del poder (...) de la misma forma que la economía política y la producción no conocieron su pleno apogeo más que con la sanción y la bendición de Marx. Hoy, es esta coyuntura la que nos domina por completo, a través incluso de la contestación 'radical' de Marx y del psicoanálisis". Jean Baudrillard, Olvidar a Foucault, op. cit., pp. 28-36.
[89] "Pienso que esta oposición entre sexo y sexualidad reenviaba a una concepción del poder como ley y prohibición: el poder habría instaurado un dispositivo de sexualidad para decir no al sexo. Mi análisis [Foucault se refiere a El orden del discurso] estaba todavía prisionero de la concepción jurídica del poder (...) Desde hace milenios se nos intenta hacer creer que la ley de todo placer es, secretamente al menos, el sexo (...) esta codificación del placer por las leyes del sexo ha dado lugar finalmente a todo el dispositivo de la sexualidad (...) Mientras que sería conveniente más bien tender a una desexualización, a una economía general del placer que no esté sexualmente normativizada". Michel Foucault, Microfísica del poder, op. cit., p. 160.
[90] Cfr. Jean Baudrillard, Olvidar a Foucault, op. cit., p. 33.

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