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Leer La sexualidad y su sombra (parte I)
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Por lo que sabemos, la homosexualidad era en Grecia parte integral de un proceso
educativo destinado a facilitar la transferencia de conocimientos de un maestro
amoroso y activo a un estudiante más joven y pasivo. Con su característica relación
entre una persona de más edad y otra más joven, la homosexualidad griega parece
tener como modelo una práctica más antigua y extendida a la que solían entregarse los
guerreros. Muchos soldados griegos se hacían acompañar en sus expediciones por
muchachos que les servían como compañeros sexuales, al mismo tiempo que
aprendían las artes marciales (el cuerpo militar tebano, por ejemplo, denominado el
Batallón Sagrado, debía su fuerza a la unidad homosexual de parejas de varones
guerreros). Tanto Platón como Jenofonte indican que la pareja formada por un
homosexual de más edad y otro más joven peleando codo con codo constituían la
mejor fuerza de combate. Sin embargo, aunque es comprensible que el
descubrimiento de que sus héroes griegos eran apasionados homosexuales causase
consternación entre los estudiosos victorianos, lo cierto es que los griegos no eran
homosexuales forzosos, en un sentido exclusivo. La mayoría de ellos, recuerda el
antropólogo Marvin Harris, eran por igual partidarios acérrimos del matrimonio y de
la familia. En ningún caso se les podría considerar provocadores en sus preferencias
sexuales, exhibicionistas, menos aún "afeminados". Y esto era por otra parte lo
normal, pues se dan formas similares de lo que podía considerarse "homosexualidad
suplementaria" en muchas partes del mundo[1].
Existe por otra parte una evidente prolongación moderna de esta relación entre
las exigencias bélicas, incluso el simple "machismo" civil de nuestra sociedad, y la
homosexualidad[2]. Al margen de esto, independientemente de cómo fuese en la Antigüedad y de cómo pueda ser asimismo en la vida actual de cualquiera, nuestra
permisividad hacia lo homosexual aparece ligada, al menos parcialmente, a las nuevas
necesidades sociales de un poder espectacular. Como el travestismo, la
homosexualidad ha devenido en una forma de resucitar un sexo que decaía, de volver
a ilusionar a la carne del individuo en un nuevo poder social aparentemente
provocador. Por la tonta virtud de ser "mala", de haber estado prohibida y contrariar
la mayoría moral tradicional, parece que la homosexualidad ya hace posible la
disidencia real en un mundo que, de hecho, la ha prohibido.
Además, en nuestros gigantescos espacios urbanos, la homosexualidad es una
forma de poder constituir una estrecha comunidad, de retirarse del estruendo social,
del peso abrumador que supone una mayoría inerte para asentar vínculos afectivos y
sociales aparte. Por añadidura, es también una manera de escapar a la furia de las
relaciones heterosexuales y a las convencionales cargas económicas asociadas a la
vida familiar y a los hijos en el mundo industrial moderno[3]. En efecto, por su forma
de preservar el amor sexual en soledad, lejos de la instrumentalización agobiante que
de ella se realiza en la vida social normal, es curioso comprobar con qué frecuencia
adquiere un tinte indirectamente "homosexual" el retiro cuasi clandestino que exige a
varones y hembras la creación poética o filosófica en la modernidad. En este sentido,
si bien denotando una especial sensibilidad y señalando la vuelta a una cultura de los
sentidos abandonada por la mayoría social, la homosexualidad puede aparecer ligada
incluso a una cierta ascética [4].
Hasta aquí la relación afirmativa de la homosexualidad con la independencia
creadora. La otra cara de la moneda es el narcisismo de una relación homo con
frecuencia puramente especular, donde el otro (que ha crecido solo, incluso en el
secreto forzado por la hostilidad del entorno) es también del mismo no-género, una
mónada desligada de todo vínculo genérico interno, heredado [5]. Al margen de esta
auto-marginación parecen ir las frecuentes declaraciones de Gore Vidal en contra de
la homosexualidad exclusiva y a favor de una estado más indefinido de "bisexualidad", que también se niega a sustantivar. "Siempre he dicho que [la
homosexualidad] no es más que un adjetivo. No es un sustantivo, aunque siempre se utilice como tal. Démosle la vuelta. ¿Qué es una persona heterosexual? Yo nunca he
conocido ninguna... Nunca en mi vida he permitido que la palabra 'gay' saliera de mis
labios. No sé por qué, la odio" [6].
Una de las señales significativas es aquí la ruptura con toda posibilidad de
descendencia. Ciertamente, con los hijos el narcisismo juvenil desciende, ha de bajar
al suelo, se apea de su trono y se pone a prueba en un ámbito que no controla. Los
niños ponen el nombre propio en segundo plano, nos empujan al mundo, hacen entrar
en lo propio ese ser-en-el-mundo que acaba con cierto aislamiento. Por esto no es
extraño que la institucionalización de la homosexualidad incluya una toma de
distancias que ya es tópica con respecto a casi todo posible buen nombre del Padre, de
aquel que señalaba la profundidad ahistórica de lo natal, la soberanía de lo materno en
la existencia. En este aspecto, algunas parejas de homosexuales contemporáneos
parecen poco más que solteros asociados, como si parte fundamental del componente
de la relación estribase en el camuflaje de una soltería vocacional[7] (¿es esto lo que en
algún lugar Lacan llama celibato?). El simple soltero sigue recordando demasiado a la
condición trágica del varón, del Padre que no ha encontrado la forma de perpetuar su
herencia espiritual en la superficie del mundo, pero al menos mantiene en su soledad
una efigie de ella. El homosexual, en cambio, ha superado aparentemente el
onanismo, no derrama su semen en tierra.
No es fácil desligar la actual permisividad hacia lo homosexual de un general
retiro del individuo de toda alteridad elemental. La homosexualidad media parece ser
parte de nuestra vocación actual de limar la dualidad asocial de los dos géneros, así
como la heterogeneidad interna de cada existencia, su íntima hetero-sexualidad. En
efecto, denigrada primero y ampliamente utilizada en la actualidad, la imagen
estandarizada de la homosexualidad semeja una suerte de estadio intermedio entre el
varón y la hembra. En este sentido, es la sexualidad adecuada a la extensión de una
gran clase media, que vive sin fin en la mediación y se ha librado, en este "fin de la
historia", de la relación dual, de la heterogeneidad que marcaban las duras afueras [8].
Según hemos visto, un irreparable héteros funda la sexualidad, también con
uno mismo; en este aspecto, hasta las prácticas onanistas son hetero-sexuales. El otro,
aun en una relación homosexual, es siempre del otro sexo (¿existen, en este sentido,
no dos sino n sexos?). Una posible prueba adicional de ello es que las prácticas "bisexuales"
no sean más que un juego, el espejismo de una pretensión pueril de
omnipotencia que olvida la distribución de papeles que se realiza en todas las parejas, sean tradicionales o no (el simple y el listo, el práctico y el soñador, el agente y el
paciente, el marimacho-butch y la "femenina" en las parejas de lesbianas). Por otra
parte, puesto que las distancias, físicas y simbólicas son mínimas en la sociedad
tardomoderna, prácticamente excluidas de toda heterogeneidad, basta la más pequeña
diferencia para que se simule sentir toda la diferencia [9]. Es comprensible entonces que
en la homosexualidad contemporánea se encuentre una forma especialmente
significativa de relación, una singularidad minimalista, acoplada a la
compartimentación de los hábitos urbanos, al individualismo y sus exhibiciones. El"narcisismo de las pequeñas diferencias" (Freud) se convierte en una de las claves de
la supervivencia.
Con nuestra homosexualidad exclusiva, con frecuencia sectaria, se ayuda
también a cortar la silenciosa heterogeneidad latente en toda relación, incluso con uno
mismo o con el propio sexo [10]. Para empezar, en nuestras prácticas sexuales los
modos de la existencia han de aparecer otra vez como resultado de una elección, de
una manipulación cosmética conectada a la colectividad autosatisfecha, que se sabe a
sí misma. La decisión de pasar a la homosexualidad, cuando puede hablarse en estos
términos, supone una ruptura con la comunidad (Gemeinschaft) heredada del género
propio en aras de la asociación (Gesellschaft), de un contrato elegido con otro. Todo
lo que en Occidente llamamos progreso tiene este cariz feroz, casi bélico frente las
formas primarias de relación. El capitalismo implica destruir comunidades (familias,
naciones) para levantar en su lugar, con los individuos sueltos, desarraigados, eficaces
asociaciones de carácter más o menos comercial o económico. En pocas palabras, el
capitalismo vende seguridad después de crear inseguridad.
Desde fuera, un homosexual reconocido parece tener buena parte de su
definición vital soportada por un título admitido por la colectividad. ¿No se
manifiesta en el Día del Orgullo Gay y efemérides parecidas esta compulsiva
necesidad de engarce social? La lucha desesperada por conseguir el reconocimiento
externo expresa, en el mejor de los casos, una concepción completamente ingenua de
la existencia, una incapacidad mojigata para soportar la sombra de incomprensión que
acompaña, por el simple hecho de ser, a toda singularidad vital. No vemos la forma
de desligar esta obsesión por el reconocimiento de una suerte de nuevo totalitarismo
social. A la vez, tal impotencia genérica para el desgarro de la existencia como posibilidad, frente a toda realidad instituida, parece tener su correlato en la
incapacidad ante la sobria limitación de la historia, ante la relatividad de todo lo que
es político. El outing, ese chantaje ejercido sobre los hombres públicos gays para que "reconozcan su diferencia", ¿no vuelve a señalar una dificultad para soportar la
dualidad, no refleja una tendencia hacia la planicie inmanente en el mundo público?
En este caso, el pequeño relato actual, plagado de los cotilleos privados que se
representan día a día en los medios, lejos de señalar la entrada en una época posthistórica,
indica una furia en el dominio histórico que no tiene parangón. ¿No hay tal
vez en la homosexualidad la tendencia a una relación puramente histórica, social, que
se ha librado de la gravedad de la naturaleza? ¿Proviene de ahí esa tendencia al
amaneramiento, a unas formas exageradas, que han de exhibirse?
¿Por qué, por ejemplo, a pesar de todas las normalizaciones, las parejas de
homosexuales casi siempre se hacen notar en público, aunque sea lábilmente? Seguro
que, en parte, por la mirada policial de un público homofóbico. Pero también por algo
que parece intrínseco a la homosexualidad occidental postmoderna. Ésta es, entre
otras cosas, una forma de distinguirse en este mundo aplanado por la uniformidad,
una forma de sumar un plus de diferencia, con su gramo de riesgo y originalidad, a la
distinción que en general se busca denotar en la ropa, en el corte de pelo, en la música
que se escucha. Como al fin y al cabo todo esto, sexualidad incluida, no deja de estar
ya apropiado por modas colectivas y distintas tribus urbanas, sumando elecciones
estándar una tras otra, engarzándolas además con una distinción tan nuclear como la
sexualidad, se consigue al menos un simulacro bastante eficaz de singularidad. Por
ese camino, se alcanza numérica y gregariamente aquello que de ningún modo una
mentalidad contemporánea podría alcanzar pagando su precio cualitativo, con un
afrontamiento único y afirmativo de la universalidad de la muerte.
La homosexualidad emergente fue una forma más, después de la
heterosexualidad provocativa, de marcar la sexualidad como algo específico para
diseñar la identidad, como algo libre, radical, autoconsciente de su selecta minoría.
Estos títulos sirvieron, sirven aún para hacer que el sexo ayude a mantener la
coherencia de una nueva elite [11]. El día que se integre de lleno la homosexualidad,
será colectivamente necesaria otra opción engarzada al sexo, pues lo importante, una
vez orillada la alteridad ingobernable del amor, es mantener en vilo la ilusión de la
dinamización sexual, de una fuerza social anclada en el cuerpo.
Naturalmente, esto coincide con la aparición, señalada por Foucault y otros, de
un poder que no se limita a reprimir o impedir, sino que produce continuamente lo
social a través de una transformación normalizadora de los individuos [12]. En este
punto, la homosexualidad apareció como un modo especialmente activo de
reactualizar los imperativos y la eficacia de la horda. Los movimientos de liberación sexual, aparte de responder a genéricas coerciones reales, son una vía ideal para
socializar las vidas, para anclar el dominio en el deseo, conectando la intimidad de
cada existencia con el mecanismo gregario y sus alternancias. De hecho, después de
un primer momento de ruptura, para muchos de sus miembros sinceros el drama
consiste en que los movimientos minoritarios permiten levantar gradualmente una
suerte de Estado alternativo, que asume la interactividad en sus puestos de mando y
desde ahí impone consensuadas (por tanto, casi invisibles) formas de exclusión [13].
No hablamos sólo de la cuestión, comprensible, del resentimiento. Es
preocupante ante todo la tentación de utilizar de modo "minoritario" la indiscutida
retórica de la mayoría social. Nos referimos, particularmente, al sexo como factor de
movilización social, de discriminación superficial y rápida, a veces dándole
simplemente "la vuelta a la tortilla" del estado de cosas anterior. Así, lo que antes era
malo, ahora es bueno; lo que antes era bueno, ahora es malo: con la misma rapidez
con que uno quedaba excluido como "maricón", ahora lo será como "machista" u"homofóbico". El contenido expreso de la norma cambia, pero la mentalidad
normativa sigue siendo la misma, sin que pueda concebirse siquiera la indiferencia de
alguien ante todo ese mundo de clasificaciones imbéciles. La homosexualidad, en
suma, que tal vez nació como vía de fuga de una normalidad sexual cuasi bélica [14], es
convertida finalmente en palanca de una nueva separación con respecto a lo que hay
de abierto e indefinible (en ese sentido, de no sexual) en la existencia. ¿El espectáculo
cruel y cobarde con el que se divertía la anterior mayoría moral al perseguir a los
homosexuales, incluso allí donde la hostilidad no llegaba al extremo de la condena
jurídica (como ocurrió en los países anglosajones), no es el mismo que ahora ponen
en juego los homosexuales que se prestan a las nuevas formas de cinegética a través
de la opinión pública y los medios?
No hay nada que decir, nada que analizar, ninguna función social que criticar
en una homosexualidad que no se sabe a sí misma, que se mantiene en la trágica
clandestinidad de la existencia. Sólo estamos criticando la función social de la
homosexualidad triunfante, la que saca partido de su condición y se articula tópica y
públicamente. La otra es hetero porque permanece en el secreto: no en la"privacidad", sino en lo inconfesable de la comunidad. Ciertamente, una
homosexualidad que se aventura en lo Otro, en la selva de lo comunitario, es unaheterhomosexualidad, una homosexualidad heterogénea de la que no se puede decir
nada; ciertamente, es una vía de fuga del ideario social: practica la idea de que "el
sexo" no existe. Este tipo de homosexualidad, que no es ningún tipo, ni pide, ni
soporta ni necesita reconocimiento, pues vive en la doblez (devenir/historia)
irreparable de la vitalidad. Afortunadamente, con esta postura tienen relación algunas variaciones minoritarias que se han hecho desde dentro de la homosexualidad
mayoritaria [15].
11
Por supuesto, un primer factor importante a tener en cuenta en la represión norteña de
la "sodomía" fue la perturbación de la ética laboral protestante con los posibles
escarceos amorosos entre varones. Según se ha recordado con frecuencia, la aversión
a este vicio fue mayor allí donde el imperativo marital y procreador era más fuerte. Y
hemos sido consumados pronatalistas. El mandato bíblico de multiplicarse, de
llenar la tierra y someterla (mandato quizá particularmente intenso, en la modernidad,
entre las sectas protestantes que fundan el Nuevo Mundo) no sólo va contra el aborto,
los métodos anticonceptivos y el infanticidio, sino contra cualquier forma de
sexualidad no procreadora. Y no sólo contra ésta, sino también contra todos los
hábitos sexuales no imbricados en la perpetuación de la especie: el onanismo, la
pederastia, la fellatio, el cunnilingus, el exhibicionismo, la zoofilia [16].. La condena
moral y penal (por ejemplo, de la felación) aún subsiste hoy en día en algunos estados
norteamericanos.
Por así decirlo, para conquistar y ocupar todo el territorio necesario para el
Nuevo Mundo, expropiándoselo a sus "bárbaros" habitantes iniciales, era necesario
rentabilizar el último de los espermatozoides. La peculiar ferocidad y celo, rayanos en
la histeria, que han caracterizado los tradicionales intentos norteamericanos de
reprimir las relaciones homosexuales (herencia de una época victoriana que en
realidad duró hasta bien entrado el siglo XX) tienen mucho que ver con el específico
contenido militante del movimiento gay en los países angloamericanos. Si con
frecuencia la homosexualidad estaba asociada en esta cultura a la figura jurídica de la
pederastia, al abuso deshonesto cometido con menores, era porque quizá no se podía
siquiera concebir que otro varón adulto diese su consentimiento a un "pervertido".
Cuando llegó el tiempo de que los homosexuales se rebelaran contra la
hostilidad y la mojigatería imperante, muchos de ellos lo hicieron no como personas
que defendían una sexualidad libre, más abierta, tal vez complementaria, sino como
un grupo consagrado a la edificación de una comunidad exclusivamente homosexual.
Después de los disturbios de la noche del 29 de junio de 1969 en Stonewall, el
Manifiesto Gay de Carl Wittman permite a los homosexuales salir a la luz en
Norteamérica y articularse como comunidad. Poco a poco, llama la atención la completa "capacidad institucional" de los homosexuales, desarrollando su vida
cotidiana sin salirse apenas de empresas y servicios dominados directamente por
ellos. Fontanería, médico, peluquería, tienda, librería, banco, abogado, iglesia: faltan
poco más que entierros exclusivamente homo [17]. De esta manera, el puritanismo que
les oprimía simplemente se invierte, prolongándose en su antítesis. Ciertamente, no
deja de ser deudor del mismo juego puritano, obsesionado con la sexualidad, invertir
el antiguo desprecio social en una homosexualidad orgullosa de sí misma,
provocadora, que se publica a los cuatro vientos e intenta rentabilizarse como si fuera
un trofeo. En los dos casos, lo que debía de ser parte de la libertad vital se convierte
en un estereotipo, una jaula social [18]. Y de este modo, la violencia del sexo hetero se
prolonga dentro de la minoría homosexual, que devuelve el mismo desprecio.
Como señalábamos antes, la habitual impotencia sectaria para lo indecidido de
una vida común, latente bajo cualquier luz pública instituida, parece tener su correlato
en la incapacidad de los colectivos homosexuales para aceptar lo trágico de la
dualidad, la limitación y relatividad, frente a la existencia, de todo lo que es político.
El outing, esa presión ejercida sobre los hombres gays para que manifiesten en
público su diferencia, vuelve a señalar una dificultad para soportar los límites de la
finitud (la relación con la falta, lo que los psicoanalistas llaman "castración"), para
aceptar la imposibilidad de resolver el drama de lo personal en las luces de lo público.
El famoso "salir del armario", ¿a qué se refiere si no? Es entender la existencia
elemental, el drama de la singularidad, como un armario del que hay que salir, hacia
los focos de la escena social, lo que lleva a esa tendencia, que parece connatural en
los colectivos homosexuales, al espectáculo.
Siguiendo el modelo general de una sociedad que primero se enquista
anímicamente en la seguridad privada y después asocia ese solipsismo por fuera (en
buena medida, la ideología de la comunicación no es más que esto), servicios "gay"
de todo tipo configuran bastante pronto un lúdico puritanismo sectario, esta vez
practicado desde el auto-apartheid de una minoría que, entre tanta vulgaridad
imperante, se siente selecta. En el fondo, los movimientos de liberación tienden a
quitarle todo carácter existencial a la sexualidad, y a otras características personales,
para darle a cambio un ser gregario. No sólo rentabilizan socialmente los márgenes de
la experiencia sino que, ante todo, lo hacen con la minoría anímica de toda existencia;
quitándole lo irreparable de su soledad, le arrancan también la posibilidad de pensar
desde ella las coerciones de lo social y la ambigüedad de lo comunitario. En cuanto
pasa la llama que les dio vida como movimiento de rebelión, la organización
triunfante reifica las posibilidades anímicas de fuga y de resistencia, secando la raíz de su "inferioridad" histórica y el subdesarrollo social desde el que en realidad somos
libres [19].
Es posible que la simple autoconciencia de "minoría" suponga ya un concepto
colectivista, finalmente, "mayoritario" de la minoría [20]. En tal caso se concentran
ciertas vivencias, como un campo de concentración voluntario en el que los
segregados fueran los otros, la mayoría estereotipada que queda fuera. Es posible que
se busque entonces que la minoría experimentada, un borde desde el que se pensaba
en silencio el ser de la colectividad, sea contabilizable. De ser así, la experiencia de lo
minoritario querría ahí ser superada, convertida en rápida palanca de poder que
dejaría atrás la profunda exterioridad histórica que la animaba, su inquietud y su
nomadismo esencial. Se buscaría levantar un signo de vida alternativa al servicio del
espíritu de secta, de un nuevo "clasismo" que mira a los demás por encima del
hombro. En el caso que estamos tratando esto supone que el homosexual,
dependiendo así de la opinión conservadora, debiera ratificar y prolongar la condena
social con una autodiscriminación positiva. Ciertamente, parece difícil separar el éxito
de las comunidades gay en los países avanzados, con su sutil cuidado de la imagen y
sus elitistas tramas de relaciones, de los recientes grupos de presión política y
financiera.
Aceptando el imperativo de los últimos dualismos, que imponen la doblez
entre la existencia privada y la cultura pública, entre una sensibilidad neurótica y un
pensamiento ferozmente pragmático, con las minorías sexuales triunfantes se intenta
enjaular la sensibilidad en una pauta de comportamiento tipificada. Como en el caso
de la poderosa institución del arte contemporáneo, parece que con ciertas minorías"perversas" el cuerpo social entero quisiera desprenderse de algunas de sus
responsabilidades para depositarlas en sectores "radicales", un poco locos y turbios,
que aceptan gustosos el encargo de provocar, igual que lo aceptan también estrellas de
distintos campos112. De esta manera, todos se quedan contentos: de un lado, el poder
político y financiero adorna sus férreas riendas con un halo esotérico; de otro, los
radicales entran en el circuito de la exhibición pública y rentabilizan directamente su
estilo de vida. Como dice Adorno, les sucede lo que siempre sucedió al pensamiento triunfante: la actitud crítica que les permitió ocupar un puesto bajo el sol pronto es
olvidada y convertida en baluarte al servicio de lo existente [21].
¿No hay en el estereotipado modus vivendi de las minorías instituidas una
suerte de enclaustrado narcisismo infantil, una incapacidad para afrontar el vacío, la
ambigüedad desnuda de una existencia común, imposibilitada de hacerse social?
Pugna a través de tales grupos, sexuales o artísticos, una voluntad de apartarse de la
incertidumbre de ser cualquiera, de aquella intemperie donde la sexualidad no sería
algo neurótico, ni una revancha puramente refleja, sino que estaría enmarcada en algo
más vasto e incierto. Tal como usamos la sexualidad, ésta parece formar parte de un
dispositivo económico, de origen inequívocamente puritano, que debe mantener
apartada la sensibilidad del pensamiento, el sexo del amor, el cuerpo del misterio [22].
12
El resultado de este dispositivo es que, enganchando las pulsiones a la pantalla
pública de mando, se resta soberanía a lo vital, allí donde el sexo se inscribía
ontológicamente, con el incentivo de lo que es premiado en masa o que resulta
escandaloso (lo cual viene a ser lo mismo). Homosexuales tan poco profesionalizados,
tan poco resentidos como Whitman, Lorca o Pasolini, difícilmente se encontrarían a
gusto en estas organizadas comunidades. En cierto momento, por ejemplo, Pasolini se
refiere al suicidio del protagonista homosexual del Libro blanco de Cocteau diciendo
que "se quita la vida porque había comprendido que era intolerable, para un hombre, ser tolerado" [23]. Con sus escritos y sus propias vidas, estos creadores muestran
incluso que la idea de una sensibilidad homosexual, o estructurada socialmente, sólo
se le puede ocurrir a quienes intenten apartar la sensibilidad del espíritu común, o del
conjunto del pensamiento. En este punto se puede recordar que la imagen más tópica
de la homosexualidad, la que antes era sufrida como un insulto y ahora se exhibe
como una medalla, se aviene muy bien con la división mundial del día técnico: en el
trabajo implacables, mudos y pragmáticos; en el ocio, libertinos y ruidosos.
Al menos en este aspecto, la homosexualidad socialmente tolerada puede ser
una vía bastante fácil para escapar a la indefinición implícita a cada género, poniendo
un gregario dique de defensa entre lo sexual y su raíz existencial. Según ocurre en
otros campos, se trataría de una manera de instrumentalizar y especializar las raíces,
convirtiendo lo natal (en general prohibido, o enterrado en la privacidad) en una
elección social más [24]. Tal como está encadenada, la globalización de la sexualidad señala nuestra dificultad creciente para aceptar una heterogeneidad irreparable, no
controlada por lo colectivo. Se trata igualmente de un dispositivo más con el que el
reciente poder histórico desciende a los intersticios de lo privado, formando parte de
la configuración afectiva y hedonista de los más efectivos resortes del poder.
Por otro lado, invirtiendo el imperativo económico de antaño en el marco de
esta microeconomía casera que sirve de base a la macroeconomía, el menú sexual
representa una forma de economizar la amistad, encauzando la comunidad primitiva
del afecto. Si con la sexualidad liberada se canalizan las relaciones amorosas, con la
homosexualidad expandida se encauza en particular la amistad, una filía que despide
excesivos aromas comunitarios e incluso conspirativos, ligándola a los nuevos
espacios de gestión pública. Se da en nuestra ruidosa sexualidad, parece evidente,
cierta intolerancia para con la ambigüedad de la abstinencia. Hay una intolerancia sexy, podríamos decir, hacia el secreto de la castidad, la sobriedad que no se conecta.
En este aspecto la "libertad sexual" media rentabiliza eficazmente el espacio secreto
del afecto, llena su vacío, su silencio, su pobreza. Con el dispositivo sexual se
introduce subrepticiamente una sindicalización sofisticada y lúdica en el seno de lo
que aún podría ser comunitario frente a lo simplemente social [25]. Lo cual confirmaría
otra vez que, con la liberación admitida y triunfante, nos hemos limitado a darle la
vuelta a la normativa. Hoy es otra la obligación, pero lo que no se discute (y esto es
justamente contra lo que se rebelaba Nietzsche) es que haya de haber una noción social de lo bueno y lo malo.
¿Aunque sólo sea imaginaria, no se reafirma en nuestra incontinencia, tan
ligada a la soledad del mundo técnico, la inmadurez crónica de una sociedad que no
puede frenarse ante ningún espacio inviolable, tampoco ante el límite trágico de la
amistad? Después de todo, la castidad de la filía está ligada al respeto por algo otro
que es intocable porque, aún representando la carne cálida del mundo, no es
propiedad de uno mismo. En este punto, nuestra iglesia sexual busca esquivar en
grupo la relación con el silencio de fondo de la identidad, constituyéndose así en parte
de los nuevos engranajes inquisitoriales. Nuestra sexualidad, tantas veces promiscua,
tantas veces compulsiva o provocadora, es el triste premio de los últimos espacios de
encierro a que nos ha condenado la endogamia postindustrial. Está ligada a un tipo de
poder suave que ha de excluir la nuda relación con la heterogeneidad, incluida la incertidumbre de la descendencia [26]. Con frecuencia el dispositivo masivo de la
incitación permite cortar el lazo con el devenir desconocido que estaba en juego en el
amor, con esa posibilidad de otros rostros que late en toda relación física. Dentro de
este efecto de control, el desarrollo de una homosexualidad instituida reafirma nuestro
miedo a la ambigüedad de la relación humana, para empezar, nuestro miedo a la
alteridad que late en uno mismo.
13
Los sentimientos antinatalistas fueron desarrollados a raíz de la incorporación de las
mujeres casadas a la fuerza de trabajo asalariada. La liberación homosexual
acompañó a la de la mujer porque cada uno de los dos movimientos representa una
faceta diferente del derrumbamiento del imperativo marital y procreador en la familia
dominada por el varón proveedor. La homosexualidad, en su forma exclusivista,
constituyó algo así como la extrema izquierda del movimiento antinatalista. El
destacado papel de las actividades lesbianas en el movimiento de liberación de la
mujer ilustra este hecho. Las lesbianas radicales han atacado reiteradamente a las
feministas heterosexuales por "colaborar con el enemigo". Manifestando con
precisión el feroz individualismo que constituía su medio, para ellas el embarazo era"una deformación temporal del cuerpo por el bien de la especie", una dolencia propia
de "señoras gordas" causada por un "inquilino", un "parásito" o "un huésped no
invitado". La mujer, se dice en las proclamas pro-abortistas, debe poder ser "dueña de
su cuerpo", hacer lo que quiera con él[27]. Pero es evidente que esta consigna y otras
parecidas, lanzadas precisamente sobre el tema de la concepción, sólo son posibles
después de que el cuerpo ha perdido su rango, cuando ha dejado de ser el primer
templo de lo otro, en el que la descendencia se inscribía, para pasar a convertirse en el
primer coto de caza para la razón instrumental del individuo, convertido en inquisidor
de su propia existencia [28]. En suma, se olvida en esa consigna que "el cuerpo", fuera
del delirio puritano de la privacidad, no existe, pues en él está inscrito el ser-afuera de
la existencia [29].
Precisamente con respecto al cuerpo, a pesar de su fama de haber desatendido
la cuestión de la fisicalidad, Heidegger comenta: "No estamos en primer lugar 'vivos'
y después tenemos un aparato llamado cuerpo, sino que vivimos [leben] en la medida
en que vivimos corporalmente [leiben]. Este vivir corporalmente es algo
esencialmente diferente del mero estar sujeto a un organismo. La mayoría de lo que
sabemos del cuerpo y del correspondiente vivir corporalmente en las ciencias
naturales son comprobaciones en las que el cuerpo ha sido previamente
malinterpretado como mero cuerpo físico. De se modo pueden encontrarse muchas
cosas, pero lo esencial y decisivo queda ya siempre fuera de la mirada y la
comprensión; la búsqueda que va detrás de lo 'anímico' para un cuerpo que
previamente ha sido malinterpretado como cuerpo físico desconoce ya la situación
real" [30].
En dirección contraria a esta experiencia, toda nuestra endurecida mentalidad
media está emparentada con la consumación de un nihilismo típicamente moderno
que acaba entendiendo que el mundo concluye en el propio yo, en el reducto corporal,
convertido en un finisterre amurallado contra una otredad exterior que ha perdido
todo sentido afirmativo [31]. Tanto en su versión inicial como en la posterior del Fin de
la Historia, el cuerpo se encuentra ahí entregado al placer egoísta de una vida que
parece rematar en su infinita autorreproducción, en la multiplicación de su cifra
inmanente.
Al margen incluso de este solipsismo, hay de hecho muy pocos homosexuales
que, por medios naturales o por adopción, sean al mismo tiempo padres o madres. No
es divertido ser padre, se decía, explicitando hasta qué punto el ludismo alternativo
está también al servicio del más flamante egoísmo de mercado (recordemos que,
etimológicamente, divierte lo que nos aparta). ¿Ha habido alguna generación que haya
contemplado las viejas delicias de la paternidad con más antipatía que la generación
del "sólo yo"? Lo propio de un país desarrollado de entonces (y sólo últimamente
algunas generosas ayudas estatales han hecho cambiar esto) era situar el coche nuevo
por encima de los hijos en la lista de lo que se necesita para vivir bien. Así pues, la
liberación de la mujer, la liberación homosexual y la liberación sexual son partes del
mismo proceso económico que dinamita la familia tradicional. Son pasos sucesivos en
la evolución hacia la llamada familia nuclear que, adaptada a los imperativos ligeros
de la turbo-economía, debe ser ágil y competitiva, casi transportable. No es extraño
después que los "nuevos modelos familiares", a veces sin padre ni madre, que nos
prometen los especialistas acaben adaptando aún más la "familia" a la velocidad y el
desarraigo que exigen la economía (padres separados, padres adoptivos
homosexuales, padres extranjeros, padres de hijos únicos, padres que educan en solitario, padres de fin de semana). Si tenemos en cuenta todos estos fenómenos, que
ya se insinuaban hace décadas, tal vez se explique mejor la ironía de Foucault y
Deleuze con los movimientos de liberación, o incluso la virulencia "antiprogresista"
de Pasolini en los años setenta [32].
De cualquier manera, parece evidente que la hipersexualidad, posteriormente
lo transexual, es el resultado del imperativo de fluidez capitalista llevado al plano más
íntimo. Primero el travestismo provocador remarcó el sexo como algo cargado de
fantásticas potencialidades, separándolo de su espiritual limitación de raíz (la castidad
de la finitud). Lo cierto es que, después de una fase triunfalista, la afirmación de la
sexualidad femenina se volvió tan frágil como la de la masculina. El problema más
usual enseguida fue el de la indiferencia, unido a la recesión de todas las
características sexuales fuertes, que resultarían en exceso primitivas. Los signos de lo
masculino se inclinan desde entonces hacia el grado cero, un punto ni masculino ni
femenino, pero tampoco homosexual. Recordemos la estética cuasi andrógina del
celebrado glam, con Boy George o David Bowie como modelos. Bajo el declive del
género sexual, fuertemente ligado al mito de lo dual (o al de la trinidad, si tenemos en
cuenta al hijo, pero ambos mitos son incómodos para la inmanencia tecnológica
contemporánea), se hace preciso hallar una singularidad compatible con la existencia
atómica, fragmentada. ¿Por qué no en la moda, en el maquillaje, en la cirugía, en la
genética? Así aparece el look indumentario, el look celular... cualquier idiotez es
buena, dice con razón Baudrillard [33].
Después del movimiento hippy y las barbas subversivas de los años sesenta,
sobrevienen el lujo y la exuberancia, una exaltación de la individualidad heredera en
parte de los dandies románticos. Un aura de grandiosidad arrasa el "antimaterialismo"
de la década anterior, una orgullosa identidad deseosa de provocar sexualmente. Con
una nueva apatía política, el "brillo" se sobrepone al "mate" característico de los años
sesenta. El puritanismo fúnebre del Norte se prolonga entonces en un orgullo
capitalista transexual, propio casi de mutantes. Hay en ello una estudiada imagen
hermafrodita o ambivalente, al mismo tiempo que, por su falta de raíces locales, una
proyección hiperactiva. Es significativo que esta ola se presente unida a la ópera de
una aventura espacial sin héroes humanos, manifestando así la unión de tecnología
punta y androginia, la expansión de un triste uni-sexo polivalente, vinculado a una
soledad sideral de múltiples conexiones informatizadas, a las ropas vistosas y a la
inexpresión del maquillaje.
En otro plano, ¿no se puede caracterizar a la movida española de los años
ochenta, que en cierto modo se limita a invertir los esquemas tradicionales del franquismo (lo que antes era prohibido, ahora es ensalzado), como una variante tardía
de esta reacción "glamurosa" contra la politización, el compromiso ideológico y el
moralismo de los años sesenta y setenta? El hecho de que sus ruidosos protagonistas
parezcan publicitar siempre la ley del deseo frente al anterior ascetismo militante,
parece aludir justamente a un nuevo poder político que, ligado a la moda y al
consumo, necesita enrollarse con el psiquismo. Un poder espectacular que, no lo
olvidemos, va a permitir que la llamada "generación del 68" se incorpore en masa al
nuevo sistema global, con sus guerras justas incluidas.
En el límite ya no existiría lo masculino y lo femenino, sino una diseminación
de sexos individuales remitidos únicamente a sí mismos, administrándose cada uno
como una empresa autónoma que sólo tiene referencia en la fluidez del colectivo,
constituido a su vez por las soledades enlazadas. Tal vez debido a esta lógica atomista
ha de reaparecer una y otra vez el perfil del ideal masturbatorio. Y también el del voyeur, dado que la sociedad en pleno asiste como "mirona" a este simulacro de
sexuación y cópula. Existe incluso una suerte de "donjuanismo tecnológico", pues la
seducción es la de la distancia, un rapto de las máquinas que repite el de las esposas
logísticas [34]. La trilogía inicial en cierto modo se modifica por completo,
estableciéndose una relación entre un unisexo... y un vector técnico de prolongación,
de expansión espectacular. Los contactos con el cuerpo de la bienamada o el cuerpo
territorial suelen desaparecer a medida que aumenta y se generaliza la "dinámica de
paso" que inunda la sociedad. En este punto, tanto el obeso como el anoréxico, como
igualmente el clónico, emergen como formas de ese cibernético y tibio "tercer sexo"
que se abre paso casi desde comienzos de siglo. Además, los equipos y monos de
trabajo, la moda deportiva y los cascos uniformizan los sexos, sea a través de la vida
militar, del deporte o de la empresa.
Jünger ya señalaba en los años treinta que la conversión de la persona en el tipo trabajador va unida al descubrimiento de un tercer género que no es ni hombre ni
mujer, pues ambos vincularían el sexo a la vejez terrenal del amor, sino un ser aislado
y sin raíces capaz, en ausencia de símbolos marcados de su sexualidad, tanto de la
apatía afectiva como de múltiples hazañas de contacto. Mucho antes, la técnica de
comienzos de siglo (con esquiadores precisos en paisajes helados, gladiadores en las
pistas, autómatas para batir marcas) ya esbozaba esta apatía sexual que, finalmente,
sólo se puede vencer con una provocadora hiperactividad. El rostro de esquiadores, de
pilotos o ciclistas de elite, máscaras carentes de alma y talladas como en metal, posee
sin la menor duda una auténtica relación, además de con la higiene fotográfica, con la
abstinencia espiritual y la potencia física para el placer sexual.
Esta progresiva "jibarización" de la sexualidad se enmarca y es reforzada por
el fenómeno del sida. Parece obvio que éste, y tantas reacciones histéricas que le han
rodeado, es temido, además de por sus efectos directos, como síntoma de una inmunodeficiencia general, anímica [35]. Poco a poco el sida se presenta como signo de la eventualidad fatal que pende sobre cualquier clase de aproximación al vecino, a un
prójimo desconocido. En efecto, si antes el sexo transmitía liberación, hoy parece
perpetuar el odio, el recelo y las coartadas para el encierro. Reparemos en que, al
margen incluso de la superstición popular y sus fantasmas, el sida amenaza a toda
relación no controlada con el prójimo, con las sustancias externas, con los fluidos o
con un amplio género de cosas. De ahí la creciente preocupación que degeneró en la
necesidad de conocer el historial médico, una especie de pedigree o pureza de la
individualidad, no sólo para permitir la entrada en algunos países, sino también antes
de iniciar una simple relación.
Completamente al margen del horror africano, la aparición del sida en
Occidente tiene el significado de reforzar el encierro técnico, la extensión de la
retórica preservativa (Internet en lugar de la calle, cibersexo en lugar de contacto
físico). "Vivimos en una sociedad incestuosa y el hecho de que el sida haya infectado
en primer término a los medios homosexuales o vinculados a la droga guarda relación
con esta incestuosidad de los grupos que funcionan en circuito cerrado" [36]. De una
misteriosa manera, el sida o el cáncer aparecen como formas desesperadas de
resistencia del cuerpo a la promiscuidad total. Ambos representan, en un tiempo en el
que se incentiva por doquier una fusión completa con lo social y con la transparencia
técnica, una suerte de alteridad aberrante, el retorno siniestro de los límites, de una
opacidad por todas partes reprimida. De modo parecido a como los psicoanalistas
recuerdan el papel de defensa que cumpliría la neurosis frente a la psicosis, también
cierto tipo de enfermedades, igual que la droga o el terrorismo, parecen protegernos
de la tendencia a una socialidad total.
14
En el amor, se nos empuja a entregarnos a cambio de una garantía, que hoy en día es
la práctica de un sexo "seguro". Ahora bien, ¿cómo va a haber una relación segura con lo desconocido, con los desconocidos? Lo seguro, por el contrario, es la relación
con la homogeneidad garantizada de lo social y técnico. De hecho, por faltar la
alteridad (no sexuada) que era motor del sexo, este nuevo individuo de los espacios
postmodernos está permanentemente amenazado de indiferencia sexual, cuando no de
impotencia. Lo cual explica su atracción hacia la violencia sexual, la necesidad
compulsiva de estimulantes artificiales, de buscar una hiperactividad facilitada por
aditivos visuales y químicos, también por las prótesis.
El primer sentido de este útil hoy incuestionable llamado "preservativo" es
justamente preservar, una palabra clave en muchos órdenes, vinculada a nuestra idea
fija de la seguridad, el dominio y el lucro [37]. En esta época se trata de hacer el amor,
culminando una relación humana o sin relación previa, aislados por una traslúcida y
aséptica lámina que impida la contaminación, el contacto pleno, una pared que
permita en realidad no salir de sí mismos. Sin contacto epidérmico, sin intercambio de
fluidos, sin riesgo. Poco importarían las noticias sobre su relativa eficacia biológica,
pues lo clave en este caso es la fe en la separación. Toda esta retirada, por supuesto,
es compatible con la más despreocupada liberalidad, confirmándose así otra vez la
relación íntima entre promiscuidad y nihilismo, entre rapidez plural e indiferencia.
Bajo esta óptica, el preservativo es al amor lo que la televisión, o la Red en conjunto,
es a la relación física. De hecho, como en tantos otros instrumentos (las gafas de sol,
las drogas o los ansiolíticos), el preservativo extiende al cuerpo social entero lo que
en principio fue una práctica terapéutica para casos especiales.
Del reflujo en las relaciones con la alteridad humana forma parte la costumbre,
tan urbana, de los animales de compañía, creciente solaz mudo para una existencia
que no quiere la contaminación con ningún prójimo que pregunte, pues prefiere estar
sola e hiperconectada [38]. Cierto, al animal doméstico es posible mandarle, ordenarle;
hace compañía sin entrar en el espacio de nuestra intimidad, sin poner en juego todo
ese "infierno" de los otros que remueve el lecho de nuestra identidad. En relación con
esto, pensemos en el significado del interés por el creciente contacto anónimo que
representan las telecomunicaciones. Gran parte de la oferta tecnológica y virtual es
en sí misma onanista, puesto que pone al servicio del aislamiento sedentario, para
hacerlo crónico y autosuficiente, un sinfín de posibilidades imaginarias.
Efectivamente, la sexualidad liberada vende el "¡sírvase Vd. mismo!" en el campo
más íntimo; representa una especie de self-service global llevado al terreno de las
almas, igual que esa amplia clase de manuales de autoayuda que proliferan en las
tiendas. Es la lógica del bricolage, la habilidad de cualquier "rey de su casa"
ultraeconómico, capaz de prescindir de toda dependencia externa, pero llevando esta
vez la pericia al campo de la intimidad emotiva y física [39]. En conjunto, el narcisismo
onanista es el destino de una estirpe obsesionada con la seguridad, con una versión
puritana y septentrional de la autonomía. Tal independencia, en cuanto está liberada
de la lentitud y la mezcla del afecto, crea auténticos robinsones del sexo, que pueden
reclamar los servicios de una legión de autómatas o testigos mudos.
Una vez más, todo gira aquí en torno a la seguridad productiva que es
característica del aislamiento. De ahí que el letrero "¡No estés solo, llama!" encabece
en buena medida los anuncios de sexo... Virilio recuerda que incluso la prostitución se
reduce en muchas ciudades europeas actuales a la niña en el escaparate, poco más que
un producto sin nombre y bien empaquetado. Si se considera el strip-tease o el peepshow como síntomas, habría que convenir que no existe tanto el miedo al otro como
una simple retirada, un apartamiento. De hecho, muchas modalidades de sexo sólo
tienen como soporte la voz. Con la video-pornografía, la distancia alcanza su punto álgido. Con el teléfono erótico o la telesexualidad el divorcio alcanza su clímax, pues
ya no se trata de la ruptura de la pareja, sino del divorcio de la misma copulación, de
toda alteridad sexual (recordemos que hay también algo de esto en la violación,
puesto que en ella la cópula se reduce a la penetración forzada). Ciertamente, hasta el
apareamiento es difícil cuando se ha prohibido la tragedia del Dos, del límite y la
dualidad. En la medida en que se excluye la violencia de lo desconocido, se prohíbe
también la naturaleza profunda del encuentro, por eso habrá posteriormente que
estimularlo con una compleja clase de condiciones [40].
De igual modo, todo el delirio postmoderno alrededor del acoso sexual, este
proceso de intención con el que se puede llegar a amenazar a cualquier otro, es
asimismo un signo patológico de odio al prójimo. La noción preventiva y
universalizada de "acoso sexual" sólo puede darse entre unas blancas existencias
higiénicamente insularizadas. Propietarias de su cuerpo como último baluarte real de
su retiro, conocen a la perfección sus bordes y se consagran a la seguridad y al
apartamiento productivo. Paulatinamente, parece prepararse el fin de la alteridad
sexual, dice con razón Virilio, pero en todo ello yace una "locura de especie" que
generan los pueblos desarrollados [41]. Finalmente, quizá el Desarrollo era en concreto
esto, una orgullosa huida de toda cercanía contaminante.
Si hacemos memoria, veremos que la maniática seguridad occidental ya
comenzó por la mirada, por unos ojos que hace tiempo han dejado de tenderse hacia
el prójimo. En relación inversa a los países "atrasados", entre nosotros la mirada está
dirigidaa aparatos, pantallas, cifras o paisajes que circulan velozmente sin devolver la
mirada, por tanto, sin interrogarnos. Incluso mientras camina, el ciudadano medio de
una megápolis del Norte, en parte por sus prisas, en parte por su adicción a lo
espectacular, es difícil que se pose en el silencio de un rostro. Una vez más,
Baudrillard describe on una antigua sensibilidad el fenómeno: "Aquí nadie mira a los
demás. Se tiene demasiado miedo a que se nos arrojen encima con una petición
insoportable, sexual, de dinero o de afecto. Todo está cargado de una violencia sonambúlica, y es preciso evitar el contacto para eludir esa descarga potencial... todo el mundo es para el otro un posible loco... Por todos lados, las fachadas de cristal
ahumado semejan rostros: superficies esmeriladas. Es como si no hubiera nadie en el
interior, o nadie detrás de los rostros. Y realmente no hay nadie. Así funciona la
ciudad ideal" [42].
SIGUE
NOTAS
"Entre los azande, un pueblo del sur del Sudán (...) era una forma de aprendizaje militar (...)
entre los etoro de Nueva Guinea se espera que los hombres etoro de más edad transfieran su semen a los
muchachos jóvenes. Se consigue esto mediante la práctica de la fellatio (...) El etoro mayor no sólo
alimenta a su muchacho consorte (..) sino que le enseña los secretos de la religión y el arte del combate
viril (...) pocas sociedades prohíben completamente todo tipo de actividad homosexual". Marvin Harris, "Por
qué se soltaron el pelo los homosexuales?", en La cultura norteamericana contemporánea, Alianza, Madrid,
1984, pp. 118-119.
"Lo que llamamos representación antropomórfica del sexo es tanto la idea de que hay dos sexos
como la idea de que sólo hay uno. Sabemos de qué modo el freudismo está atravesado por esa extraña idea de
que finalmente no hay más que un sexo, el masculino, con respecto al cual la mujer se define como carencia,
el sexo femenino, como ausencia. Podríamos creer en un principio que semejante tesis fundamenta la
omnipresencia de una homosexualidad masculina". Gilles Deleuze y Félix Guattari, El Antiedipo. Capitalismo
y esquizofrenia, op. cit., p. 304.
"Por eso Vernant puede decir que el matrimonio es a la mujer lo que la guerra es al hombre, de
donde deriva una homología entre la virgen que rechaza el matrimonio y el guerrero que se disfraza de
muchacha". Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., p. 243.
"Si a todo esto añadimos un cierto misticismo de la naturaleza, que reconoce profundidad allí
donde otros sólo ven la apariencia inanimada y mecánica de las cosas (en el Friuli se pasan horas ante una
hoja o una mano para intentar comprenderlas), compondremos el retablo que enmarca incluso al más
"apocalíptico" Pasolini. El hombre que nunca se avergonzó de una contemplación que impide el juicio moral
definitivo, incluso sobre los enemigos, por respeto a cierto misterio de la existencia, mantiene a la vez
una aspiración febril de retorno a una justicia "comunista" anterior a la división del mundo que ha
impuesto el diluvio de la usura. Hasta su homosexualidad, confesada tempranamente sin alardes, podría
vincularse a la imperiosa necesidad de proselitismo en un cripto-cristiano cercado por el desamor del orbe
moderno. Como si él debiera derramar su semilla y renunciar a la descendencia, permaneciendo libre de
cargas sociales (Il Vangelo secondo Matteo: '¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?' -Mt. 12, 48)
para sostener una particular vigilia que, a pesar de su desmesura, nunca careció de tintes ascéticos".
Ignacio Castro, "Lodo y teología", Sileno, n_ 7, Madrid, diciembre 1999, p. 55.
"El otro es una doublette del 'sí mismo'". Martin Heidegger, El ser y el tiempo, op. cit., p.
141. Acerca de la relación entre la homosexualidad y la homogeneización contemporánea, también con el
nihilismo técnico, se puede ver el alucinante (y a veces un poco paranoico) análisis de H. A. Murena, "La
erótica del espejo", en Homo atomicus, Sur, Buenos Aires, 1961, pp. 31-49.
Gore Vidal, Sexualmente hablando, op. cit., p. 215. También: "gay es una palabra que detesto
(...) Yo no encasillo, esa es la primera postura que tomo. No existe la persona homosexual. Sólo existen
actos homosexuales (...) Verá, lo que yo predico es: no os confinéis en guetos, no os dejéis encasillar".
Ibíd., pp. 265-266.
Nietzsche emplea a veces la palabra Zweisiedler, neologismo (derivado de Einsiedler, eremita)
referido a la soledad de dos en compañía. Friedrich Nietzsche, "Prólogo de Zaratustra", Así habló
Zaratustra, Alianza, Madrid, 1980 (8_ ed.), p. 45.
"La homosexualidad apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la
práctica de la sodomía a una suerte de androginia interior, de hermafroditismo del alma. El sodomita era un
relapso, el homosexual es ahora una especie". Michel Foucault, La voluntad de saber, Siglo XXI, Madrid,
1978, p. 57.
"De ahí la tentación de recurrir, para explicar esas curiosas coincidencias, al famoso
'narcisismo de las pequeñas diferencias'(...) la fragmentación es una consecuencia de la mundialización. La
hinchazón identitaria nace de la intercambiabilidad". Alain Finkielkraut, La ingratitud. Conversación sobre
nuestro tiempo, op. cit., p. 78.
"Esa lastimosa y voluntaria amnesia respecto a la bisexualidad del ser humano condujo a una
exacerbación del 'masculinismo' y del 'feminismo', que agravó las tensiones y socavó las bases del amor
heterosexual". H. A. Murena, Homo atomicus, op. cit., p. 47.
"Esa lastimosa y voluntaria amnesia respecto a la bisexualidad del ser humano condujo a una
exacerbación del 'masculinismo' y del 'feminismo', que agravó las tensiones y socavó las bases del amor
heterosexual". H. A. Murena, Homo atomicus, op. cit., p. 47.
"Siempre se inventan nuevas razas de curas para el sucio secretito cuyo único objeto es hacerse
reconocer, volver a meternos en un agujero bien negro". Gilles Deleuze y Claire Parnet, Diálogos, op. cit.,
p. 57.
"El análisis en términos de poder no debe postular, como datos iniciales, la soberanía del
estado, la forma de la ley o la unidad global de una dominación; éstas son más bien formas terminales. Me
parece que por poder hay que comprender, primero, la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y
propias del dominio en que se ejercen y son constitutivas de su organización (...) La condición de
posibilidad del poder no debe ser buscada en la existencia primera de un punto central, en un foco único de
soberanía del cual irradiarían formas derivadas y descendientes (...) El poder está en todas partes; no es
que lo englobe todo, sino que viene de todas partes". Michel Foucault, La voluntad de saber, op. cit., p.
112.
En Mil mesetas Deleuze y Guattari expresan frecuentemente el uso perverso de las minorías como "subsistemas" para apuntalar la redundancia del poder mayoritario. De ahí la distinción que realizan entre
la simple minoría y lo minoritario. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y
esquizofrenia, op. cit., pp. 107-108.
Así es, por ejemplo, en la deliciosa A taste of honey (Tony Richardson, 1961). También,
pensamos, en Mi hermosa lavandería, de Stephen Frears.
Cfr. Gore Vidal, Sexualmente hablando, op. cit., pp. 265-266.
Leer La sexualidad y su sombra (parte I)
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