Viajes por el Scriptorium
Por Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez


 

 

Ahora están sentados uno junto a otro al borde de la cama. Tienen delante el carrito del desayuno, y mientras Míster Blank se bebe el zumo de naranja, da un bocado a la tostada y toma un primer sorbo de té, Anna le pasa suavemente la mano izquierda por la espalda, tarareando una canción que él no consigue identificar pese a es-tar seguro de que la conoce, o de que en otro tiempo le resultaba familiar. Luego empieza a atacar los huevos escalfados, rasgando una de las yemas con la punta de la cuchara y recogiendo una pequeña porción de clara y yema en la parte honda del cubierto, pero al tratar de llevársela a la boca, se queda perplejo al descubrir que le tiembla la mano. No se trata de un ligero estremecimiento, sino de un marcado y convulsivo tembleque que es incapaz de controlar. Cuando la cuchara se ha alejado quince centímetros del tazón, los espasmos son tan pronunciados que se le ha caído la mayor parte de la mezcla blanca y amarilla, salpicando la bandeja.
¿Quiere que le dé de comer?, pregunta Anna.

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Pero ¿qué me pasa?
No es nada, no se preocupe, le dice ella, dándole unas palmaditas en la espalda para tranquilizarlo. Una reacción natural a las pastillas. Se le pasará dentro de un momento.
Vaya tratamiento que me han preparado ustedes, murmura Míster Blank en tono sombrío, compadeciéndose de sí mismo.
Es por su bien, le asegura Anna. Y no va a durar toda la vida. Créame.
De modo que Míster Blank deja que Anna le dé de comer, y mientras ella se dedica pacientemente a darle a cucharaditas los huevos escalfados, a llevarle a los labios la taza de té y a limpiarle la boca con una servilleta de papel, el anciano empieza a pensar que Anna no es una mujer sino un ángel, o, si se prefiere, un ángel en forma de mujer.
¿Por qué es usted tan amable conmigo?, le pregunta.
Porque le quiero, contesta Anna. Así de sencillo.
Ahora que se ha terminado el desayuno, llega el momento de las excreciones y abluciones, y de ponerse la ropa después. Anna aparta el carrito de la cama y extiende la mano hacia Míster Blank para ayudarlo a levantarse. Lleno de asombro, el anciano se encuentra frente a una puerta que has





ta ahora le ha pasado inadvertida, y en cuyo panel hay otra tira de cinta adhesiva blanca, marcada con la palabra BAÑO. Se pregunta cómo no la ha visto antes, ya que sólo está a unos pasos de la cama, pero, como bien sabe el lector, Míster Blank se pasa la mayor parte del tiempo con la cabeza en otra parte, perdido en un nebuloso territorio de seres fantasmales y recuerdos fragmentarios mientras busca una respuesta a la pregunta que lo atormenta.
¿Tiene que ir?, pregunta Anna.
¿Ir?, contesta él. ¿Adónde?
Al cuarto de baño. ¿Necesita ir al retrete? Ah. El retrete. Sí. Ahora que lo menciona, creo que sería buena idea.
¿Quiere que lo ayude, o puede arreglárselas solo?
No estoy seguro. Déjeme probar, a ver qué pasa.
Anna gira el pomo de porcelana blanco, y la puerta se abre. Cuando Míster Blank, arrastrando los pies, entra en la pequeña estancia blanca, sin ventanas, con suelo de baldosas negras y blancas, Anna cierra la puerta tras él y, durante unos momentos, el anciano permanece allí parado, mirando la inmaculada taza del retrete al fondo, sintiendo de pronto que le falta algo, suspirando por estar de nuevo con aquella mujer. Finalmente,

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murmura para sí: Domínate, viejo. Te estás portando como un crío. Sin embargo, mientras se dirige lentamente al retrete y empieza a bajarse los pantalones del pijama, siente unas ansias incontenibles de echarse a llorar.
Los pantalones se le caen a los tobillos; se sienta en la taza del retrete; su vejiga y sus intestinos se preparan para evacuar los líquidos y sólidos acumulados. Del pene le fluye orina, del ano se le desliza primero una deposición y luego otra, y le sienta tan bien relajarse de esa manera que se olvida de la tristeza que lo ha invadido momentos antes. Claro que puede arreglárselas solo, dice para sus adentros. Lleva haciéndolo desde que era un crío, y en lo que se refiere a mear y cagar, es tan capaz como cualquier otra persona en el mundo. Y no sólo eso, sino que también es un experto en limpiarse el culo.
Dejemos que Míster Blank tenga su pequeño momento de orgullo, porque a pesar de que haya logrado llevar a buen término la primera parte de la operación, la segunda no le sale tan bien. Experimenta cierta dificultad para levantarse del asiento y tirar de la cadena, pero cuando lo consigue se da cuenta de que, como tiene los pantalones del pijama en torno a los tobillos, para ponérselos debe, o bien agacharse, o ponerse en cuclillas y cogerlos por la cintura con ambas ma





nos. Ninguno de esos dos ejercicios le parece hoy especialmente agradable, pero el que en cierto modo le da más miedo es el de agacharse, porque sabe que al bajar la cabeza puede perder el equilibrio, y si efectivamente llega a perderlo, teme caerse al suelo y romperse la crisma contra las baldosas negras y blancas. Por tanto concluye que ponerse en cuclillas constituye el mal menor, aunque está lejos de confiar en que sus rodillas soporten la tensión a que van a verse sometidas. Nunca sabremos si aguantarán o no. Alertada por el sonido de la cisterna, Anna, suponiendo sin duda que Míster Blank ha concluido sus quehaceres, abre la puerta y entra en el cuarto de baño.
Cabría pensar que a Míster Blank le daría apuro encontrarse en situación tan comprometida (allí de pie, con los pantalones bajados, el pene fláccido, colgando entre sus escuálidas piernas), pero no es así. Delante de Anna, Míster Blank no adopta una actitud de falsa modestia. En todo caso, se alegra mucho de que vea todo lo que hay que ver, y en vez de ponerse apresuradamente en cuclillas para luego incorporarse con los pantalones puestos, empieza a desabrocharse los botones de la chaqueta del pijama con idea de quitársela también.
Me gustaría lavarme ahora, dice.

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¿Quiere meterse en la bañera, pregunta ella, o sólo que le pase la esponja?
Lo mismo da. Decida usted.
Anna mira su reloj y dice:
Sólo pasarle la esponja, supongo. Se me está haciendo un poco tarde, y todavía tengo que vestirlo y hacer la cama.
Para entonces, Míster Blank se ha quitado la chaqueta y los pantalones del pijama así como las chancletas. Impertérrita ante la visión del cuerpo desnudo del anciano, Anna se acerca a la taza del retrete y baja la tapa, sobre la que da un par de palmaditas como invitando a sentarse a Míster Blank. Así lo hace el anciano, y Anna se sienta junto a él en el borde de la bañera, abre el agua caliente y pone bajo el grifo una manopla blanca para que se empape.
En cuanto Anna le empieza a pasar el paño caliente y húmedo por el cuerpo, Míster Blank cae en un trance de lánguida sumisión, deleitándose al sentir las suaves manos sobre su piel. Ella empieza por arriba y va bajando despacio, lavándole las orejas por dentro y por fuera, el cuello por delante y por detrás, haciendo que se vuelva un poco sobre el asiento con objeto de pasarle la manopla por la espalda en sentido longitudinal, y luego otra vez en dirección contraria para repetir la misma operación por el pecho, deteniéndose





cada quince segundos o así a fin de poner la manopla bajo el grifo, añadiéndole jabón unas veces y escurriéndola otras, en función de si va a lavarle una parte concreta del cuerpo o a quitarle es-puma de una zona que acaba de enjabonar. Míster Blank cierra los ojos, la cabeza súbitamente vacía de los terrores y seres espectrales que lo han atormentado desde el primer párrafo del presente informe. Para cuando la manopla desciende sobre su vientre, el pene le ha empezado a cambiar de forma, creciendo en tamaño y grosor y poniéndose parcialmente erecto, y Míster Blank se maravilla de que incluso a su avanzada edad el miembro siga manteniendo el comportamiento de siempre, manifestando la misma disposición desde su ya remota adolescencia. Desde entonces han cambiado mucho las cosas, pero eso no, des-de luego que no, y ahora que Anna ha puesto la manopla en contacto directo con esa parte de su cuerpo, lo siente endurecerse y llegar a su máxima extensión, y mientras ella sigue frotando y pasándole el paño empapado de agua jabonosa, apenas puede contenerse para no dar un grito y suplicarle que termine de una vez la faena.
Hoy estamos un poco retozones, Míster Blank, observa Anna.
Eso me temo, murmura él con los ojos aún cerrados. No puedo evitarlo.

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Cualquiera que estuviese en su lugar, se sentiría muy orgulloso. No todos los hombres de su edad siguen..., siguen siendo capaces de esto.
El caso es que no tiene nada que ver conmigo. Ese aparato parece que tiene vida propia.
De pronto, la manopla se traslada a su pierna derecha. Antes de que Míster Blank pueda acusar su decepción, siente que la mano de Anna empieza a deslizarse a lo largo de su pene, en plena erección y bien lubricado. Ella continúa pasándole el paño con la mano derecha, pero emplea la izquierda en esa otra tarea, y en el mismo momento en que sucumbe a los expertos cuidados de esa mano izquierda, Míster Blank se pregunta lo que ha hecho para merecer tan generosa atención.
Jadea cuando le brota el semen con fuerza, y sólo entonces, una vez concluido el acto, abre los ojos y se vuelve hacia Anna. Ya no está sentada al borde de la bañera sino arrodillada en el suelo frente a él, limpiando la eyaculación con la manopla. Tiene la cabeza inclinada, por lo que no puede verle los ojos, pero de todos modos se echa hacia delante y le acaricia la mejilla izquierda con la mano derecha. Anna levanta entonces la cabeza, y cuando sus miradas se encuentran ella le dirige otra de sus tiernas y afectuosas sonrisas.
Eres muy buena conmigo, le dice.
Quiero que sea feliz, contesta ella. Está pa





sando una mala época, y si puede procurarse algún momento de placer entre todo esto, me alegro de poder ayudarlo.
Yo te he hecho algo horrible. No sé de qué se trata, pero es algo horroroso..., incalificable..., que no tiene perdón. Y ahí estás, cuidando de mí como una santa.
No fue culpa suya. Usted hizo lo que tenía que hacer, y no puedo reprochárselo.
Pero lo pasaste mal. Te hice sufrir, ¿verdad? Sí, mucho. Casi no sobreviví.
¿Qué es lo que hice?
Me envió a un lugar lleno de peligros, donde reinaba la desesperación, un sitio de muerte y destrucción.
¿De qué se trataba? ¿Una especie de misión? Creo que podría llamársele así.
Eras joven entonces, ¿verdad? La chica de la foto.
Sí.
Qué guapa eras, Anna. Ahora tienes ya cierta edad, pero me sigues pareciendo preciosa. Casi perfecta, no sé cómo decirte.
No es preciso exagerar, Míster Blank.
No exagero. Si me dijeran que tengo que es-tar mirándote las veinticuatro horas del día durante el resto de mi vida, no pondría objeción alguna.

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Una vez más, Anna sonríe, y otra vez le acaricia Míster Blank la mejilla izquierda con la mano derecha.
¿Cuánto tiempo estuviste en ese sitio?, le pregunta.
Unos años. Mucho más de lo que esperaba. Pero lograste salir de allí.
Con el tiempo, sí.
Me siento muy avergonzado.
No tiene por qué. El caso es, Míster Blank, que sin usted yo no sería nadie.
Pero aun así...
Nada de peros. Usted no es como los demás. Ha sacrificado su vida por una causa importante, y sea lo que sea lo que haya hecho o dejado de hacer, no habrá sido por motivos egoístas.
¿Has estado enamorada alguna vez, Anna? Varias veces.
¿Estás casada?
Lo estuve.
¿Ya no?
Mi marido murió hace tres años.
¿Cómo se llamaba?
David. David Zimmer.
¿Qué pasó?
Padecía del corazón.
También soy yo el causante de eso, ¿verdad? En realidad, no... Sólo indirectamente.





Lo lamento mucho.
No lo sienta. Para empezar, de no haber sido por usted no habría conocido a David. Créame, Míster Blank, no es culpa suya. Usted hace lo que tiene que hacer, y luego ocurren cosas. Buenas y malas, indistintamente. Así es como tiene que ser. Nosotros podremos ser los que sufren, pero siempre habrá un motivo, una buena razón, y el que se queje es que no entiende lo que significa estar vivo.
Cabe observar que hay otra cámara y otro magnetófono instalados en el techo del cuarto de baño, lo que posibilita la grabación de todo lo que ocurra en ese espacio, y como la palabra todo es un término absoluto, la transcripción del diálogo entre Anna y Míster Blank puede comprobarse hasta el último detalle.
El lavado con la manopla dura varios minutos más, y cuando Anna ha terminado de enjabonar y aclarar las restantes zonas del cuerpo de Míster Blank (piernas, por delante y por detrás; pies, tobillos y dedos; brazos, manos y dedos; escroto, nalgas y ano), se levanta, coge un albornoz negro de una percha en la puerta y ayuda a Míster Blank a ponérselo. Luego recoge el pijama azul con rayas amarillas y vuelve a la habitación,

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asegurándose de que deja la puerta abierta. Mientras Míster Blank se queda de pie frente al pequeño espejo del lavabo afeitándose con una máquina eléctrica que funciona con pilas (por razones evidentes, las tradicionales navajas de afeitar están prohibidas), Anna dobla el pijama, hace la cama y abre el armario para elegir la ropa que Míster Blank tendrá que ponerse ese día. Se mueve con rapidez y precisión, como intentando recuperar el tiempo perdido. Lleva a término esas tareas a tal velocidad que cuando Míster Blank acaba de afeitarse, su ropa ya está dispuesta sobre la cama. Sin haber olvidado su conversación con James P. Flood y la referencia a la palabra armario, el anciano albergaba la esperanza de sorprender a Anna en el momento de abrir la puerta del ropero, si es que había alguno, para saber dónde estaba situado. Ahora, mientras recorre la habitación con los ojos, no ve señales del armario, con lo que queda sin resolver otro misterio.
Naturalmente, podría preguntar por él a Anna, pero en cuanto la ve, sentada en la cama y sonriéndole, se emociona tanto al encontrarse otra vez en su presencia que la cuestión se le va de la cabeza.
Ya empiezo a acordarme de ti, anuncia. No de todo, sólo de momentos fugaces, retazos aislados. Yo era muy joven la primera vez que te vi, ¿verdad?





Unos veintiún años, calculo, confirma Anna.
Pero te perdía continuamente de vista. Estabas conmigo una temporada, y luego te esfumabas. Pasaba un año, dos, cuatro años, y entonces volvías a aparecer de pronto.
Usted no sabía qué hacer conmigo, por eso era. Tardó mucho en decidirse.
Y entonces te envié a tu..., tu misión. Recuerdo que tenía miedo por ti. Pero en aquellos tiempos eras una verdadera luchadora, ¿no es cierto?
Una chica fuerte y combativa, Míster Blank.
Exactamente. Y eso es lo que me daba esperanza. Si no hubieras sido una persona de recursos, no lo habrías conseguido.
Deje que lo ayude a vestirse, le interrumpe Anna, echando una mirada al reloj. El tiempo sigue su marcha.
La palabra marcha induce a Míster Blank a pensar en sus anteriores mareos y problemas para caminar, pero ahora, mientras recorre la corta distancia que separa el baño de la cama, se siente más seguro al comprobar que tiene la cabeza despejada y no corre peligro de caerse al suelo. Sin nada en que sustentar la hipótesis, atribuye esa mejora a la bondadosa Anna, al mero hecho de que desde hace veinte o treinta minutos está a su lado, irradiando el cariño que tan desesperadamente ansía.

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Resulta que la ropa es toda blanca: pantalones de algodón, camisa con botones en el cuello, calzoncillos, calcetines de nailon y zapatillas de deporte. Todo blanco.
Extraña elección, observa Míster Blank. Me voy a parecer al simpático heladero.1
Ha sido una petición especial, explica Anna. De Peter Stillman. No el padre, el hijo. Peter Stillman, hijo.
¿Quién es ése?
¿No se acuerda?
Me temo que no.
Es otro de sus agentes. Cuando le encargó su misión, tuvo que vestirse todo de blanco. ¿A cuántos he enviado de misión?
A centenares, Míster Blank. Ni siquiera puedo hacer un cálculo.
Bueno. Sigamos con lo nuestro. Supongo que da lo mismo.
Sin más, se desata el cinturón y deja que el albornoz caiga al suelo. Una vez más, está desnudo delante de Anna, sin sentir el más leve asomo de vergüenza o modestia. Agachando la cabeza y señalándose el pene, dice:

1. Alusión a The Good Humor Man, película dirigida por Lloyd Bacon en 1950 cuyo protagonista es un risueño vendedor de helados vestido de blanco. (N. del T.)



Fíjate lo pequeño que está. Don Importante ya no tiene tantas ínfulas, ¿eh?
Anna sonríe y luego da unas palmaditas sobre la cama, indicándole que se siente a su lado. Al sentarse, Míster Blank se encuentra transportado una vez más a su primera infancia, a la época de Whitey, el caballito de madera, y a sus largos viajes con él por los desiertos y montañas del Lejano Oeste. Piensa en su madre y en cómo lo vestía, casi de la misma manera, en su habitación del piso de arriba, con el sol matinal entrando por las rendijas de las persianas, y entonces, dándose cuenta de que su madre está muerta, de que probablemente ha fallecido hace mucho, se pregunta si en cierto modo, a pesar de que ya sea un anciano, Anna no se habrá convertido en una nueva madre para él, pues si no, ¿por qué iba a encontrarse tan a gusto con ella, cuando suele ser tan tímido y sentir tanta vergüenza de que lo vean desnudo?
Anna baja de la cama y se coloca en cuclillas frente a Míster Blank. Empieza con los calcetines, poniéndole primero el izquierdo y luego el derecho, sigue después con los calzoncillos, subiéndoselos por las piernas, y cuando él se incorpora para que pueda pasárselos hasta la cintura, desaparece de la vista el otrora Don Importante, que sin duda resurgirá de nuevo para afirmar su do

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minio sobre Míster Blank antes de que pasen muchas horas.
Se sienta en la cama por segunda vez, y se repite la misma operación con los pantalones. Al sentarse por tercera vez, Anna le calza las zapatillas de deporte, primero la izquierda, luego la derecha, e inmediatamente empieza a atarle los cordones, primero en el pie izquierdo, luego en el derecho. Y después se incorpora de su posición en cuclillas y se sienta en la cama junto a él para ayudarlo con la camisa, guiándolo primero para que introduzca el brazo izquierdo por la manga izquierda, luego el derecho por la manga derecha y abrochándole por último los botones del cuello, y durante toda esa lenta y laboriosa operación, Míster Blank tiene la cabeza en otra parte, en la habitación que compartía con Whitey cuando era niño, recordando cómo lo vestía su madre con la misma cariñosa paciencia, tantísimos años antes, en los lejanos comienzos de su vida.

Anna se ha ido ya. El carrito de acero inoxidable ha desaparecido, la puerta está cerrada y Míster Blank se encuentra solo de nuevo en la habitación. Las preguntas que pensaba formularle –relativas al armario, a si la puerta está cerrada por fuera o no, al texto mecanografiado sobre la



extraña Confederación– han quedado todas en el aire, con lo que Míster Blank permanece tan a oscuras sobre lo que hace en ese sitio como antes de que llegara Anna. De momento, está sentado al borde de la estrecha cama, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, mirando al suelo, pero pronto, en cuanto sienta la energía o la voluntad de hacerlo, se pondrá en pie y recorrerá de nuevo el trayecto que lo separa del escritorio para examinar el montón de fotografías (si puede armarse de valor para volver a mirar esas imágenes) y proseguir la lectura del texto mecanografiado sobre el hombre encerrado en la estancia de Ultima. Por ahora, sin embargo, no hace otra cosa que estar sentado en la cama y suspirar por Anna, deseando que vuelva a su lado, ansiando abrazarla y apretarla contra su pecho.
Ya se ha puesto otra vez en pie. Intenta ir hacia el escritorio arrastrando los pies, pero olvida que ya no lleva las chancletas, y la suela de goma de su zapatilla izquierda se adhiere al suelo de madera: de forma tan brusca e imprevista que Míster Blank pierde el equilibrio y a punto está de caerse. Coño, exclama, joder con las putas zapatillitas blancas. Siente el deseo de quitárselas y volverse a poner las chancletas, pero son negras, y si lo hace, entonces ya no irá todo vestido de blanco, como Anna le ha pedido de manera ex

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plícita: a solicitud de un tal Peter Stillman, hijo, quienquiera que sea ese individuo.
Míster Blank deja por tanto de caminar como solía hacer cuando llevaba las chancletas, sin levantar los pies del suelo, y se dirige al escritorio con algo que parece un paso normal. No apoyando primero el talón para luego impulsarse con la puntera, como hacen las personas jóvenes y vigorosas, sino con un movimiento lento y pesado que implica alzar un pie seis o siete centímetros, llevar la pierna correspondiente a dicho pie aproximadamente veinticinco centímetros hacia delante, y luego plantar en el entarimado la suela entera de la zapatilla, tacón y puntera a la vez. Hace una ligera pausa, y luego repite la operación con el otro pie. Puede que no sean unos andares muy elegantes, pero bastan para su propósito, y no tarda mucho en hallarse frente al escritorio.
El sillón está metido hacia dentro, lo que significa que, para sentarse, se ve obligado a sacarlo. Y entonces por fin descubre que está provisto de ruedas, porque en vez de salir a rastras, tal como espera, la butaca se desliza suavemente, sin apenas esfuerzo por su parte. Míster Blank se sienta, sorprendido de que se le haya pasado por alto ese detalle durante su primer contacto con el escritorio. Apoya los pies en el suelo, da un ligero impulso y





se desplaza hacia atrás, cubriendo una distancia de metro o metro y medio. Lo considera un descubrimiento importante, pues por agradable que sea balancearse de atrás hacia delante y dar vueltas en círculo, el hecho de que el sillón pueda moverse por todo el cuarto tiene en potencia un gran valor terapéutico; por ejemplo, cuando se le cansen mucho las piernas, o cuando note que le va a dar otro de esos mareos. En tales ocasiones, en vez de tener que levantarse y echar a andar, podrá servirse del sillón para desplazarse de un sitio a otro en posición sentada, reservando así su energía para asuntos más urgentes. Se siente reconfortado por esa idea, y sin embargo, mientras vuelve lentamente con el sillón al escritorio, la aplastante sensación de culpa que en gran medida ha desaparecido durante la visita de Anna reaparece súbitamente, y cuando llega a la mesa comprende que la causa de esos pensamientos opresivos está allí mismo; no en el escritorio en cuanto tal, quizás, sino en las fotografías y documentos apilados sobre el tablero, que sin duda contienen la respuesta a la pregunta que lo atormenta. Porque de ellos emana su angustia, y aun cuando sería bastante sencillo volver a la cama y olvidarlos, se siente obligado a proseguir sus indagaciones, por tortuosas y desagradables que puedan resultar.

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Baja la cabeza y se fija en un cuaderno y un bolígrafo: objetos que, si la memoria no le falla, no estaban allí la última vez que se sentó delante de la mesa. No importa, dice para sí, y sin pensarlo dos veces coge el bolígrafo con la mano derecha y abre el cuaderno por la primera página con la izquierda. Con objeto de no olvidar nada de lo que ha ocurrido durante el día hasta el momento –porque Míster Blank es bastante desmemoriado–, escribe la siguiente lista de nombres:
James P. Flood
Anna
David Zimmer
Peter Stillman, hijo Peter Stillman, padre
Una vez realizada esa pequeña tarea, cierra el cuaderno, deja el bolígrafo, y los pone a un lado. Entonces, al alargar el brazo hacia el último montón a la izquierda, descubre que las primeras hojas, quizás unas veinte o veinticinco en total, están grapadas, y cuando se las pone delante, se da cuenta además de que se trata del texto mecanografiado que estaba leyendo antes de la llegada de Anna. Supone que ha sido ella quien las ha grapado –para facilitarle las cosas– y viendo que el texto no es muy largo, se pregunta si tendrá tiem



po de terminarlo antes de que James P. Flood llame a la puerta.
Vuelve al cuarto párrafo de la segunda página y empieza a leer:
En los últimos cuarenta días, no me han pegado, y ni el Coronel ni ningún miembro de su Estado Mayor se han asomado por aquí. La única persona que he visto es el sargento que me trae la comida y me cambia el cubo de los excrementos. Intento comportarme con él de manera civilizada, haciendo siempre alguna pequeña observación cuando entra, pero al parecer tiene órdenes de guardar silencio, y nunca he podido sacar una sola palabra a ese gigante de uniforme marrón. Entonces, hace menos de una hora, ha ocurrido un acontecimiento extraordinario. El sargento abrió la puerta, y entraron dos jóvenes soldados llevando una pequeña mesa de madera y una silla de respaldo recto. Las dejaron en el centro de la estancia, y entonces pasó el sargento y colocó un grueso montón de papel blanco sobre la mesa junto con un tintero y una pluma.
– Se le permite escribir –anunció.
– ¿Es una forma de entablar conversación –le pregunté–, o me está dando una orden?
– El Coronel dice que se le permite escribir. Puede interpretarlo como le dé la gana.
– ¿Y qué pasará si no quiero escribir?

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–Es usted libre de hacer lo que se le antoje, pero el Coronel dice que no es probable que alguien que se encuentre en su situación desperdicie la oportunidad de defenderse por escrito.
– Supongo que piensa leer lo que escriba.
– Sería una suposición lógica, sí.
– ¿Y después lo enviará a la capital?
–No me ha dado explicaciones. Sólo ha dicho que se le permite escribir.
– ¿De cuánto tiempo dispongo?
–No se ha mencionado esa cuestión.
– ¿Y si me quedo sin papel?
– Se le proporcionará tanto papel y tinta como necesite. El Coronel insistió en que se lo di
j
era.
– Dé las gracias al Coronel de mi parte, y dí-gale que comprendo sus intenciones. Me está dando una oportunidad de mentir sobre lo sucedido para ver si puedo salvar el pellejo. Es muy considerado de su parte. Dígale, por favor, que le agradezco el gesto.
– Le transmitiré su mensaje.
– Gracias. Ahora déjeme en paz. Si el Coronel quiere que escriba, escribiré, pero para eso tengo que estar solo.
Sólo eran conjeturas, desde luego. Lo cierto es que no tengo idea de cuáles son los motivos del Coronel. Me gustaría pensar que ha empezado a





compadecerse de mí, pero dudo que sea tan sencillo. De Vega no es una persona proclive a la compasión, y si de pronto quiere hacerme la vida más llevadera, darme papel y pluma es desde luego una extraña manera de conseguirlo. Si le entregara un manuscrito plagado de embustes le estaría bien empleado, pero no puede esperar que vaya a cambiar mi historia a estas alturas. Ya ha intentado varias veces que me retractara, y si no lo he hecho cuando estuvieron a punto de matarme a palos, ¿por qué iba a hacerlo ahora? En realidad no es más que una medida de precaución, creo yo, una manera de curarse en salud. Demasiada gente sabe que me encuentro aquí para que él me mande ejecutar sin juicio. Además, un proceso es algo que deben evitar a toda costa; porque si el asunto llega a los tribunales, todo esto pasará a ser del dominio público. Al permitir que ponga mi historia por escrito, lo que el Coronel pretende es recopilar pruebas, evidencias irrefutables que justifiquen cualquier medida que decida tomar contra mí. Supongamos, por ejemplo, que sigue adelante y ordena fusilarme sin juicio. Una vez que el mando militar en la capital se entere de mi muerte, se verá obligado legalmente a poner en marcha una investigación oficial, pero en ese momento el Coronel sólo tendrá que entregar las páginas que yo haya escrito, y quedará exonerado.

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Sin duda lo premiarán con una medalla por haber resuelto el problema tan hábilmente. Puede que, en realidad, ya disponga de instrucciones con respecto a mí y que ahora yo esté escribiendo porque ellos le han ordenado ponerme una pluma en la mano. En circunstancias normales, una carta tarda tres semanas en llegar de Ultima a la capital. Si llevo mes y medio aquí, entonces tal vez haya recibido hoy la respuesta. Que el traidor ponga su historia por escrito, puede que le hayan dicho, y luego tendremos vía libre para deshacernos de él como mejor convenga.
És a es una posibilidad. Aunque, por otro lado, a lo mejor estoy exagerando mi propia importancia, y el Coronel no tiene otra intención que la de jugar conmigo. ¿Quién sabe si no ha decidido entretenerse con el espectáculo de mi sufrimiento? En un pueblo como Ultima no abundan las distracciones, y a menos que se disponga de suficientes recursos para inventárselas uno mismo, se puede perder fácilmente la cabeza de aburrimiento. Me imagino al Coronel leyendo mis palabras a su amante, incorporados los dos en la cama por la noche y riéndose de mis breves y patéticas frases. Qué divertido sería, ¿verdad? Qué pasatiempo tan agradable, qué regocijo tan perverso. Si le tengo lo bastante entretenido, quizás me deje seguir escribiendo para siempre, y





poco a poco me iré convirtiendo en su bufón particular, en un payaso que le describe una y otra vez mis cómicos batacazos en inacabables raudales de tinta. Y aunque llegue un momento en que se canse de mis historias y mande fusilarme, el manuscrito siempre permanecerá, ¿no es así? Ése será su trofeo: otro cráneo que añadir a su colección.
Sin embargo, me resulta difícil reprimir la alegría que siento en estos momentos. Cualesquiera que sean los motivos del Coronel De Vega, por muchas trampas y humillaciones que me tenga reservadas, puedo afirmar sinceramente que me siento ahora más conforme conmigo mismo que en todo el tiempo que ha transcurrido desde mi detención. Estoy sentado a la mesa, escuchando el rasgueo de la pluma al deslizarse por la superficie del papel. Me detengo. Mojo la pluma en el tintero, veo cómo se van formando los negros caracteres a medida que muevo la mano de izquierda a derecha. Llego al margen y vuelvo entonces al otro lado, y cuando los trazos empiezan a difuminarse, alzo la pluma y la mojo de nuevo en el tintero. Y mientras voy bajando así por la página, cada grupo de signos forma un vocablo, cada término resuena en mi cabeza, y cada vez que escribo una palabra oigo el sonido de mi pro-pia voz, aunque no llegue a despegar los labios.

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En cuanto el sargento cerró la puerta, cogí la mesa y la llevé a la pared de la izquierda, colocándola justo debajo de la ventana. Luego volví por la silla, la puse encima de la mesa, y me subí: primero a la mesa, luego a la silla. Quería ver si, agarrándome a los barrotes, podía levantarme a pulso hasta la ventana y quedarme colgado lo suficiente para echar un vistazo al exterior. Por mucho que me esforzaba, sin embargo, siempre me faltaba poco para alcanzar mi objetivo con las puntas de los dedos. No queriendo cejar en el empeño, me quité la camisa y la lancé hacia la ventana, con idea de introducirla entre los barrotes para luego cogerme bien fuerte de las mangas, y de ese modo poder izarme. Pero la camisa no era lo bastante larga, y sin una herramienta de cualquier tipo con que guiar el tejido entre los barrotes metálicos (un palo, el mango de una escoba, incluso una ramita), no conseguía más que agitar la prenda de un lado a otro, como mostrando una bandera blanca en señal de rendición.
Al final, más vale que todos esos sueños hayan quedado atrás. Si no puedo pasarme el tiempo mirando por la ventana, entonces no tendré más remedio que concentrarme en la tarea que tengo entre manos. Lo esencial es dejar de preocuparme por el Coronel, alejar de mi mente cualquier idea que pueda recordármelo y relatar los





hechos tal como los he vivido. Lo que De Vega resuelva hacer con el presente informe es estrictamente cosa suya, y nada puedo hacer yo para influir en su decisión. A lo único que puedo aspirar es a contar la historia. Dada la gravedad de los acontecimientos que he de narrar, ya me esperan bastantes dificultades.
Míster Blank se detiene un momento para descansar la vista, y pasándose los dedos por el pelo, se pregunta por el sentido de los párrafos que acaba de leer. Al pensar en el intento fallido del narrador de subirse a la mesa y mirar por la ventana, recuerda de pronto la de su propio cuarto, o, para ser más precisos, la persiana que tapa la ventana, y ahora que tiene el medio de desplazarse sin necesidad de ponerse en pie, decide que ha llegado el momento de levantarla y echar un vistazo al exterior. Si puede hacerse una idea de lo que hay alrededor, quizás le venga algún recuerdo que le ayude a explicar lo que está haciendo en ese cuarto; tal vez la simple visión de un árbol, la cornisa de un edificio o un retazo de cielo le facilitará el dato preciso para comprender su situación. Abandona temporalmente, por tanto, la lectura del texto mecanografiado para desplazarse hacia la pared donde está la ventana. Cuando lle-

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Notas:
[1] Se trata de una variedad de gallo grande, estilizado y de patas largas.
[2] Melville parodia en estos versos la séptima estrofa de Resolution and Independence, un conocido poema del poeta romántico inglés William Wordsworth (1770-1850).
[3] Dos barrios de Londres cuya traducción literal respectiva es «El fin de la milla» y «Colina de las prímulas».
[4] La Barclay & Perkins era una conocida marca de cerveza fabricada por la Barclay, Perkins and Co.




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