Viajes por el Scriptorium (extracto)
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez


 

 

CUENTOS COMPLETOS
EDITORIAL ANAGRAMA

EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA

Viajes por el Scriptorium
Paul Auster
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
ISBN: 978-84-339-7117-3
192 pp.
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El anciano está sentado al borde de la estrecha cama, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, mirando al suelo. No sabe que hay una cámara instalada en el techo, justo encima de él. El obturador se acciona silenciosamente cada segundo, realizando ochenta y seis mil cuatrocientas instantáneas a cada rotación de la tierra. Aunque supiera que lo están vigilando, le daría lo mismo. Está como ausente, perdido entre los fantasmas que pueblan su imaginación mientras busca una respuesta a la pregunta que lo atormenta.

¿Quién es? ¿Qué está haciendo ahí? ¿Cuándo ha llegado y cuánto tiempo se quedará aún? Con suerte, el tiempo nos lo dirá todo. De momento, nuestro único cometido consiste en estudiar las fotos con el mayor detenimiento posible y abstenernos de extraer cualquier conclusión prematura.

En la habitación hay una serie de objetos, y cada uno de ellos lleva pegado un trozo de cinta blanca, con una sola palabra escrita en mayúsculas. En la mesilla de noche, por ejemplo, la palabra es MESILLA. En la lámpara, la etiqueta dice LÁMPARA. Incluso en la pared, que estrictamente hablando no es un objeto, hay un trozo de cinta adhesiva donde se lee PARED. El anciano levanta un momento la vista, mira la pared, ve la etiqueta pegada en ella y, con voz queda, pronuncia la palabra pared. Lo que en este momento no podemos saber es si está leyendo la palabra escrita en la tira blanca o si sólo se refiere a la pared propiamente dicha. Puede que se le haya olvidado leer pero sepa reconocer las cosas y llamarlas por su nombre o, a la inversa, que haya perdido la capacidad de distinguirlas pero que aún sepa leer.
Lleva un pijama azul con rayas amarillas, y calza unas chancletas de cuero negras. No tiene muy claro dónde se encuentra exactamente. En la habitación, sí, pero ¿en qué edificio está? ¿Es una casa? ¿El hospital? ¿La cárcel? No recuerda cuánto tiempo lleva ahí ni la naturaleza de las circunstancias que precipitaron su traslado a ese sitio. Quizás nunca se ha movido del cuarto; a lo mejor es ahí donde ha vivido desde que nació. Lo que sí sabe es que está consumido por un implacable complejo de culpa. Y al mismo tiempo no puede evitar la sensación de ser víctima de una tremenda injusticia.

En la habitación hay una ventana, pero tiene la persiana bajada, y que él recuerde, nunca se ha asomado a ella. Lo mismo puede decir de la puerta con su blanco picaporte de porcelana. ¿Está encerrado, o es libre de entrar y salir cuando le plazca? Aún debe investigar esa cuestión; porque, según hemos visto en el primer párrafo, está como ausente, perdido en el pasado y vagando sin rumbo entre los fantasmas que desfilan por su cabeza, luchando por contestar la pregunta que lo atormenta.

Las fotografías no mienten, pero tampoco lo cuentan todo. Son simplemente un testimonio del paso del tiempo, la prueba visible. La edad del personaje, por ejemplo, es difícil de determinar a partir de las imágenes en blanco y negro, un tanto desenfocadas. El único dato que puede establecerse con cierta seguridad es que no es joven, pero la palabra viejo es un término aleatorio y puede aplicarse a cualquiera que esté entre los sesenta y los cien años. Prescindiremos por tanto, del calificativo viejo y en lo sucesivo llamaremos Míster Blank a la persona que está en la habitación. De momento no será necesario su nombre de pila.

Míster Blank se levanta por fin de la cama, se detiene brevemente para no perder el equilibrio y, arrastrando los pies, se dirige hacia el escritorio, al otro extremo de la habitación. Se siente cansado, como si acabara de despertarse después de una noche de dormir poco y mal, y mientras las suelas de sus chancletas se deslizan por el entarimado, le viene a la cabeza como un rumor de papel de lija. A lo lejos, fuera de la habitación, más allá del edificio en que se encuentra el cuarto, oye el tenue grito de un pájaro: un cuervo, o tal vez una gaviota, no sabría decirlo.

Míster Blank se sienta despacio en el sillón del escritorio. Es una butaca muy cómoda, piensa él, de suave cuero marrón, y está provista de amplios brazos para apoyar los codos, por no mencionar el invisible mecanismo de resortes que permite mecerse de atrás hacia delante a voluntad, y eso es precisamente lo que hace nada más sentarse. El movimiento de vaivén le tranquiliza el ánimo, y mientras disfruta del agradable balanceo, se acuerda del caballito que tenía en su habitación cuando era pequeño, y entonces empieza a rememorar los viajes imaginarios que emprendía en aquel caballo, que se llamaba Whitey y que, en la imaginación del joven Míster Blank, no era un objeto de madera pintado de blanco, sino un ser viviente, un caballo de verdad.

Tras esa breve excursión a su primera infancia, una angustia irrefrenable lo atenaza de nuevo. Dice en voz alta, con aire cansino: No debo permitirlo. Luego se inclina hacia delante para examinar los montones de documentos y fotografías pulcramente colocados sobre el escritorio de caoba. Primero coge las fotos, tres docenas de retratos en blanco y negro de veinticinco por veinte de hombres y mujeres de diversas razas y edades. La primera muestra a una joven de poco más de veinte años. Lleva el pelo muy corto, y hay una vehemente e inquieta expresión en sus ojos mientras mira al objetivo. Está parada en la calle de alguna ciudad, probablemente italiana o francesa, porque da la casualidad de que se encuentra delante de una iglesia medieval, y como lleva abrigo y bufanda, cabe suponer que la instantánea se tomó en invierno. Míster Blank mira fijamente a los ojos de la joven y se esfuerza en recordar quién es. Al cabo de unos veinte minutos, musita una sola palabra: Anna. Lo inunda un sentimiento de amor incontenible. Se pregunta si no habrá estado casado con Anna, o si, tal vez, no estará contemplando el retrato de su hija. Un momento después de asimilar tales pensamientos, lo invade una nueva oleada de culpa, y entonces comprende que Anna ha muerto. Aún peor, sospecha que él ha sido el responsable de su muerte. Incluso podría ser, dice para sus adentros, que fuera él quien la mató.

Míster Blank gime de dolor. No soporta mirar las fotos, de modo que las aparta a un lado y centra su atención en los documentos. Hay cuatro montones en total, de unos quince centímetros de altura cada uno. Sin motivo aparente alguno, alarga el brazo hacia el último montón de la izquierda y coge la primera hoja. El texto escrito a mano, en mayúsculas semejantes a las que se ven en las tiras de cinta adhesiva blanca, dice lo siguiente:
Vista desde los confines del espacio exterior, la tierra no es mayor que una mota de polvo. Recuérdalo la próxima vez que escribas la palabra humanidad.

Por la expresión de contrariedad que se apodera de sus rasgos mientras recorre esas frases con la vista, podemos estar casi seguros de que a Míster Blank no se le ha olvidado leer. Pero la cuestión de quién pueda ser el autor de esas frases sigue siendo una incógnita.

Míster Blank coge la siguiente hoja del montón y descubre que se trata de un texto mecanografiado. El primer párrafo dice así:
En cuanto empecé a contar mi historia, me tiraron al suelo y me dieron una patada en la cabeza. Cuando me puse en pie, uno de ellos me cruzó la cara, y a continuación otro me pegó un puñetazo en el estómago. Me derrumbé. De nuevo logré incorporarme, pero justo cuando comenzaba mi narración por tercera vez, el Coronel me arrojó contra la pared y me quedé sin sentido.

La página contiene otros dos párrafos, pero antes de que Míster Blank pueda empezar a leer el segundo, suena el teléfono. Es un aparato negro, de disco, un modelo de finales de los cuarenta o principios de los cincuenta del siglo pasado, y como está sobre la mesilla de noche, se ve obligado a levantarse del mullido sillón de cuero y dirigirse arrastrando los pies al otro extremo de la habitación. Coge el teléfono al cuarto tono.

Diga, dice Míster Blank.
¿Míster Blank?, pregunta la voz al otro lado de la línea.
Si usted lo dice...
¿Está seguro? No puedo correr riesgos.
Yo no estoy seguro de nada. Si usted quiere llamarme Míster Blank, con mucho gusto atenderé a ese nombre. ¿Con quién hablo?
Con James.
No conozco a ningún James.
James P. Flood.
Refrésqueme la memoria.
Ayer le hice una visita. Estuvimos dos horas juntos.
Ah. El policía.
Ex policía.
Eso. El ex policía. ¿En qué puedo servirlo? Quisiera verlo otra vez.
¿Es que no tiene bastante con la conversación de ayer?
En realidad, no. Ya sé que sólo soy un personaje secundario en este asunto, pero me han dado autorización para entrevistarme dos veces con usted.
Me está diciendo que no me queda otro remedio.
Eso me temo. Pero no tenemos que hablar en su habitación si no quiere. Podemos salir y sentarnos en el parque, si lo prefiere.
No tengo nada que ponerme. Ahora estoy en pijama y zapatillas.
Eche una mirada al armario. Ahí tiene toda la ropa que necesita.
Ah. El armario. Gracias.
¿Ha desayunado ya, Míster Blank?
Creo que no. ¿Es que puedo comer?
Tres veces al día. Aún es algo temprano, pero Anna no tardará mucho en llegar.
¿Anna? ¿Ha dicho Anna?
Es la persona que se ocupa de usted.
Creí que estaba muerta.
De ningún modo.
A lo mejor es otra Anna.
Lo dudo. De todas las personas implicadas en este asunto, ella es la única que está totalmente de su parte.
¿Y las otras?
Digamos que hay mucho resentimiento, dejémoslo así.

 

Cabe observar que además de la cámara hay un micrófono oculto en una pared, y hasta el último sonido que produzca Míster Blank quedará grabado y archivado en un magnetófono digital de gran sensibilidad. El menor gemido o sorbo de la nariz, la tos más nimia o cualquier imperceptible flatulencia que surja de su organismo también será, por tanto, parte integrante de nuestro relato. Ni que decir tiene que esa información auditiva incluye asimismo las palabras que de diversa manera articula, murmura o grita Míster Blank, como, por ejemplo, la llamada telefónica de James P. Flood que acabamos de describir. La conversación concluye con Míster Blank cediendo de mala gana ante la solicitud del ex policía de hacerle una visita aquella misma mañana. Cuando cuelga el teléfono, se sienta al borde de la cama, adoptando una postura idéntica a la descrita en la primera frase del presente informe: manos apoyadas en las rodillas, cabeza gacha mirando al suelo. Considera si debe levantarse y empezar a buscar el armario que ha mencionado Flood, y en caso de que lo encuentre, si tendrá que quitarse el pijama y ponerse ropa de vestir; suponiendo que haya ropa en el armario, y si es que existe efectivamente tal armario. Pero Míster Blank no tiene prisa por acometer esas tareas mundanas. Quiere volver al texto mecanografiado que estaba leyendo antes de que le interrumpiera el teléfono. De manera que se levanta de la cama y da un paso vacilante hacia el otro extremo de la habitación, sintiendo entonces un súbito desfallecimiento. Se da cuenta de que se derrumbará si continúa más tiempo de pie, pero en lugar de volver a sentarse en la cama hasta que se le pase el mareo, extiende la mano hacia la pared, apoya todo su peso en ella, y va dejándose caer poco a poco. Ya de rodillas, Míster Blank se echa hacia delante y planta la palma de las manos en el suelo. Mareado o no, tal es su determinación de llegar al escritorio que empieza a arrastrarse hacia él.

Cuando logra subirse al sillón de cuero, se balancea unos momentos hasta que se le calman los nervios. A pesar de todos sus esfuerzos, comprende que le da pánico seguir leyendo el texto mecanografiado. No se explica por qué se ha apoderado de él ese súbito terror. Sólo son palabras, se dice a sí mismo, y ¿desde cuándo tienen las palabras la facultad de dejar a un hombre medio muerto de miedo? No puede ser, murmura en voz queda, apenas audible. Luego, para tranquilizarse, repite la misma frase, gritando a pleno pulmón: ¡NO PUEDE SER!

Inexplicablemente, esa descarga de sonido le infunde valor para seguir leyendo. Respira hondo, fija la mirada en las palabras que tiene delante, y lee los dos párrafos siguientes:
Desde entonces me tienen en este recinto. Por lo que puedo deducir, no es una celda corriente, y no parece formar parte de la prisión militar ni del centro de detención territorial. Se trata de una estancia pequeña, sin muebles, que medirá unos cuatro metros de ancho por cinco de largo (suelo de tierra, paredes de piedra), y es posible que en otro tiempo sirviera de almacén para guardar víveres, quizás sacos de trigo y harina. Hay una sola ventana con barrotes en la pared de la izquierda, pero está muy alta y no la alcanzo con las manos. Duermo sobre una esterilla, en un rincón, y me dan dos comidas al día: gachas frías por la mañana, sopa tibia y pan duro por la noche. Según mis cálculos, llevo aquí cuarenta y siete noches. Esta cifra, sin embargo, puede ser errónea. Mis primeros días en la celda estuvieron salpicados de numerosas palizas, y como soy incapaz de recordar cuántas veces perdí el sentido –ni el tiempo que duraban los periodos de inconsciencia cuando me desmayaba–, es posible que en cierto momento perdiera la cuenta y algún día dejara de fijarme en cuándo salía o se ponía el sol.

El desierto empieza justo debajo de mi ventana. Siempre que viene el viento del oeste, me llega un olor a salvia y enebro, las únicas plantas que crecen en esa yerma extensión. He vivido solo en esos parajes cerca de cuatro meses, vagando libremente de un lado a otro, durmiendo a la intemperie con toda clase de tiempo, y encontrarme entre los angostos confines de este recinto nada más volver de los espacios abiertos de esa región no ha sido fácil para mí. Puedo soportar la obligada soledad, la ausencia de conversación y contacto humano, pero ansío estar de nuevo al aire libre, sentir la luz, y paso los días consumiéndome por ver algo aparte de estos ásperos muros de piedra. De vez en cuando pasan soldados bajo mi ventana. Oigo cómo cruje la tierra bajo sus botas, la intermitente andanada de sus voces, el traqueteo de carros y caballos en el calor del día inalcanzable. Es la guarnición de Ultima: el extremo occidental de la Confederación, un lugar que está al borde del mundo conocido. Nos encontramos a tres mil kilómetros de la capital, frente a las inexploradas latitudes de los Territorios Distantes. La ley prohíbe pasar a esas regiones. Yo fui porque me lo ordenaron, y ahora he vuelto para presentar mi informe. Puede que me escuchen y puede que no, pero luego me sacarán de aquí y me fusilarán. De eso estoy completamente seguro. Lo importante es no hacerme ilusiones, no dejarme tentar por la esperanza. Cuando al fin me pongan contra la pared y me apunten con sus armas, sólo les pediré que me quiten la venda de los ojos. No es que tenga el menor interés en ver la cara de los hombres que van a matarme, sino que deseo contemplar de nuevo el cielo. Eso es todo lo que quiero ahora. Encontrarme al aire libre, alzar la cabeza hacia el inmenso cielo azul y acabar con la mirada perdida en el infinito.

 

Míster Blank deja de leer. El miedo da paso a la confusión, y aunque ha comprendido hasta la última palabra de lo que lleva leído, no sabe cómo interpretarlo. ¿Se trata efectivamente de un informe, se pregunta, y qué es ese sitio llamado Confederación, con su guarnición de Ultima y sus misteriosos Territorios Distantes? ¿Y por qué le da la impresión de que se trata de un texto escrito en el siglo XIX? Míster Blank es muy consciente de que la cabeza no le funciona muy bien, de que ignora completamente dónde se encuentra y por qué lo han llevado allí, pero casi con toda seguridad sabe que el momento actual puede situarse a comienzos del siglo XXI y que vive en un país llamado Estados Unidos de América. Ese último pensamiento le trae a la memoria la ventana o, para ser más precisos, la persiana, sobre la que han pegado un trozo de cinta blanca con la palabra PERSIANA. Afirmando las plantas de los pies en el suelo y apoyándose con los codos en los brazos del sillón de cuero, da un giro a la derecha de entre noventa y cien grados para situarse frente a la persiana; porque la butaca no sólo está dotada de la capacidad de balancearse hacia atrás y hacia delante, sino que también puede moverse en círculo. Ese descubrimiento le resulta tan agradable que olvida por un instante por qué quería mirar la persiana, regocijándose en cambio en esa característica del sillón, hasta ahora desconocida. Lo hace girar una vez, luego dos, después tres, y entonces recuerda que de niño iba a la peluquería y Rocco, el peluquero, antes y después de cortarle el pelo, le daba unas vueltas en el sillón exactamente como él hacía ahora. Afortunadamente, cuando Míster Blank queda de nuevo inmóvil, el sillón acaba más o menos en la misma posición que antes de empezar a moverse, lo que significa que está otra vez frente a la persiana, y una vez más, después de aquel placentero interludio, se pregunta si no debería acercarse, levantarla, y echar una mirada al exterior para ver dónde está. A lo mejor se lo han llevado de Estados Unidos, dice para sus adentros, y se encuentra en otro país, secuestrado en plena noche por agentes secretos al servicio de una potencia extranjera.

Con la triple rotación en la butaca se ha quedado, sin embargo, algo mareado, por lo que vacila en moverse del sitio, temiendo la repetición del episodio que hace unos minutos lo ha obligado a cruzar la habitación a gatas. Lo que en ese momento aún no sabe es que, además de ofrecer la posibilidad de mecerse de atrás hacia delante y girar en círculo, el sillón también está provisto de cuatro pequeñas ruedas, por medio de las cuales puede desplazarse por el cuarto y llegar a la ventana sin necesidad de levantarse del asiento. Al desconocer que tiene a su alcance otros medios de propulsión aparte de sus piernas, Míster Blank se queda donde está, sentado en la butaca de espaldas al escritorio, con la vista fija en la persiana, blanca en otro tiempo pero amarillenta ahora, intentando recordar su conversación de la tarde anterior con James P. Flood, el antiguo policía. Bus-ca una imagen en su memoria, un indicio que le descubra el aspecto de ese hombre, pero en vez de evocar una clara representación visual, su mente se inunda de una paralizante sensación de culpa. Sin embargo, antes de que ese nuevo acceso de tormento y horror se convierta en verdadero pánico, llaman a la puerta y, acto seguido, Míster Blank oye el ruido de una llave girando en la cerradura. ¿Significa eso que está encerrado en la habitación, sin poder salir salvo por la gentileza y benevolencia de otras personas? No necesariamente. Puede que Míster Blank haya cerrado la puerta por dentro y que ahora quien desee entrar en la habitación tenga que utilizar la llave, evitándole así la molestia de tener que levantarse y abrir personalmente.

En cualquier caso, ahora se abre la puerta y entra una mujer menuda de edad indeterminada; entre los cuarenta y cinco y los sesenta años, piensa Míster Blank, aunque es difícil saberlo con seguridad. Tiene el pelo entrecano y lo lleva corto, viste pantalones azul oscuro y blusa de algodón de un azul más claro, y lo primero que hace al entrar es sonreír a Míster Blank. La sonrisa, que parece combinar ternura y afecto, destierra sus miedos y le infunde un estado de calma y serenidad. No sabe quién es, pero de todos modos se alegra mucho de verla.
¿Ha dormido bien?, pregunta la mujer.
Pues no sé, contesta Míster Blank. Si quiere que le diga la verdad, no recuerdo si he dormido o no.
Eso está bien. Significa que el tratamiento da resultado.
En lugar de hacer algún comentario sobre esa enigmática afirmación, Míster Blank estudia en silencio a la mujer durante unos momentos, luego pregunta:
Disculpe mi torpeza, pero por casualidad no se llamará usted Anna, ¿verdad?
Una vez más, la mujer le dirige una sonrisa tierna y afectuosa.
Me alegro de que se haya acordado. Ayer no era capaz de recordarlo.
Súbitamente perplejo y nervioso, Míster Blank da media vuelta en el sillón, se coloca frente al escritorio y saca el retrato de la joven de entre el montón de fotografías en blanco y negro. Antes de que pueda volverse de nuevo para mirar a la mujer que atiende al nombre de Anna, se la encuentra a su lado con la mano suavemente posada en su hombro derecho, contemplando a su vez la fotografía.
Si usted se llama Anna, dice Míster Blank, con la voz trémula de emoción, entonces ¿quién es ésta? También es Anna, ¿verdad?
Sí, contesta la mujer, examinando atentamente el retrato, como si recordara algo con sentimientos encontrados de repulsión y nostalgia. Ésta es Anna. Y yo también soy Anna. Ésa es una foto mía.
Pero..., tartamudea Míster Blank, pero la chica de la foto es joven. Y usted..., usted tiene el pelo cano.
El tiempo, Míster Blank, responde Anna. Comprende usted el significado del tiempo, ¿no es así? Ésa soy yo, hace treinta y cinco años.
Antes de que Míster Blank tenga ocasión de contestar, Anna vuelve a poner el retrato de cuando era joven entre el montón de fotografías.
Se le está enfriando el desayuno, le advierte, y sin decir una palabra más sale de la habitación, pero sólo para volver un momento después, trayendo un carrito de acero inoxidable con una bandeja de comida que coloca al lado de la cama.
El desayuno consiste en un zumo de naranja, una tostada con mantequilla, dos huevos escalfados en un pequeño tazón blanco y una tetera con té Earl Grey. A su debido tiempo, Anna ayudará a Míster Blank a levantarse del sillón y lo conducirá hacia la cama, pero antes le da un vaso de agua y tres pastillas: una verde, otra blanca y otra morada.
¿Qué es lo que me pasa?, pregunta Míster Blank. ¿Estoy enfermo?
No, en absoluto, contesta Anna. Las pastillas forman parte del tratamiento.
Me parece que no estoy enfermo. Un poco cansado y aturdido, quizás, pero aparte de eso no me siento mal. Teniendo en cuenta mi edad, me encuentro bastante bien.
Tómese las pastillas, Míster Blank. Luego podrá desayunar. Seguro que tiene mucha hambre.
Pero no quiero las pastillas, contesta él, resistiéndose tenazmente. Si no estoy enfermo, no voy a tragarme esas asquerosas pastillas.
En vez de replicarle bruscamente después de su grosera y áspera contestación, Anna se agacha y lo besa en la frente.
Querido Míster Blank, le dice. Sé cómo se siente, pero ha prometido tomarse las pastillas to-dos los días. En eso quedamos. Si no se las toma, el tratamiento no servirá de nada.
¿Que lo he prometido?, protesta el anciano. ¿Y cómo sé que es verdad?
Porque se lo digo yo, Anna, y yo nunca le mentiría. Le tengo demasido cariño para andarme con embustes.
La mención de la palabra cariño ablanda la intransigencia de Míster Blank, y en un impulso decide volverse atrás.
Está bien, accede. Me tomaré las pastillas. Pero sólo si me da otro beso. ¿De acuerdo? Y esta vez ha de ser un beso de verdad. En la boca.

Anna sonríe, se inclina de nuevo y le da un beso en los labios. Como la presión dura sus buenos tres segundos, puede considerarse que es algo más que un simple ósculo, y aunque no ha habido lengua de por medio, ese íntimo contacto hace que Míster Blank sienta que un hormigueo de excitación le corre por todo el cuerpo. Cuando Anna se incorpora, ya ha empezado a tomarse las pastillas.

Ahora están sentados uno junto a otro al borde de la cama. Tienen delante el carrito del desayuno, y mientras Míster Blank se bebe el zumo de naranja, da un bocado a la tostada y toma un primer sorbo de té, Anna le pasa suavemente la mano izquierda por la espalda, tarareando una canción que él no consigue identificar pese a es-tar seguro de que la conoce, o de que en otro tiempo le resultaba familiar. Luego empieza a atacar los huevos escalfados, rasgando una de las yemas con la punta de la cuchara y recogiendo una pequeña porción de clara y yema en la parte honda del cubierto, pero al tratar de llevársela a la boca, se queda perplejo al descubrir que le tiembla la mano. No se trata de un ligero estremecimiento, sino de un marcado y convulsivo tembleque que es incapaz de controlar. Cuando la cuchara se ha alejado quince centímetros del tazón, los espasmos son tan pronunciados que se le ha caído la mayor parte de la mezcla blanca y amarilla, salpicando la bandeja.
¿Quiere que le dé de comer?, pregunta Anna.
Pero ¿qué me pasa?
No es nada, no se preocupe, le dice ella, dándole unas palmaditas en la espalda para tranquilizarlo. Una reacción natural a las pastillas. Se le pasará dentro de un momento.
Vaya tratamiento que me han preparado ustedes, murmura Míster Blank en tono sombrío, compadeciéndose de sí mismo.
Es por su bien, le asegura Anna. Y no va a durar toda la vida. Créame.
De modo que Míster Blank deja que Anna le dé de comer, y mientras ella se dedica pacientemente a darle a cucharaditas los huevos escalfados, a llevarle a los labios la taza de té y a limpiarle la boca con una servilleta de papel, el anciano empieza a pensar que Anna no es una mujer sino un ángel, o, si se prefiere, un ángel en forma de mujer.
¿Por qué es usted tan amable conmigo?, le pregunta.
Porque le quiero, contesta Anna. Así de sencillo.

 

 

 

 

 

Paul Auster nació el 3 de febrero de 1947 en Newark, New Jersey. Parte de su obra está ambientada en la ciudad de Nueva York. En su juventud tradujo poesía francesa, y fue también poeta antes de orientarse hacia la novela. Sus padres habían nacido ya en los Estados Unidos, aunque eran originarios de Europa central. Su contacto con los libros es bastante prematuro, gracias a la biblioteca de un tío suyo, traductor. Empieza a escribir a los 12 años, antes incluso de descubrir el béisbol que tanto aparece en sus novelas. Entre 1965 y 1967, estudia en la Universidad de Columbia literatura francesa, italiana e inglesa. Empieza a traducir a autores franceses como Dupin y Du Bouchet y viaja a París. Volverá en 1967 para evitar ir a la Guerra de Vietnam, tratará de trabajar en el cine, aunque suspenderá el examen de ingreso al IDHEC. Escribe guiones para películas mudas que nunca se rodarán, pero que descubriremos más tarde en El libro de las ilusiones.

Durante los diez años siguientes, el trabajo será duro. Escribe artículos para revistas, empieza las primeras versiones del Viaje de Ana Blume y de El palacio de la luna, trabaja en un petrolero, vuelve a Francia en donde vivirá unos tres años (1971-74) gracias a sus traducciones de Mallarmé, Sartre o Simenon), escribe poesías y obras de teatro en un acto.

En 1979 justo después de divorciarse y de tratar sin éxito de publicar una novela policíaca bajo el pseudónimo de Paul Benjamin (Bala falsa), la muerte de su padre le proporciona una pequeña herencia que le saca de apuros y le inspira para escribir La invención de la soledad. Se publica su libro en prosa Espacios blancos... Conoce a la novelista Siri Hustvedt, con la que se casará en 1981. Se publica en 1982 El arte del hambre.

Se empieza a reconocer a Paul Auster entre los escritores mayores. Entre 1986 (en que se publica Ciudad de vidrio) y 1994 (Mr Vertigo), publica novelas mayores como El palacio de la luna y Leviatán. Vuelve al cine, y adapta junto al director Wayne Wang su relato corto El cuento de Navidad de Augie Wren. Smoke y Brooklyn Boogie se estrenan en 1995. El mismo Auster dirigirá Lulu on the bridge (1997), mal recibido por la crítica.

Vuelve a la novela con Tombuctú (1999), El libro de las ilusiones (2002), La noche del oráculo (2004) y Brooklyn Follies (2005). En 2006 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.




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