Anagrama*
Por José Edmundo Paz-Soldán

 

 

Miguel se despertó a las nueve de la mañana y descubrió que su esposa Laura no estaba en la cama. Había dejado sobre el velador una revista de anagramas abierta en una página con un crucigrama casi resuelto. Sólo faltaba encontrar la respuesta a una definición horizontal: actriz en El exorcista, cinco letras. Blair, cuyas letras, para que las definiciones verticales tuvieran sentido en el crucigrama de anagramas, debían colocarse en el siguiente orden: R-I-A-L-B.

Miguel sonrió: Laura quería jugar. La había conocido diez años atrás, los había unido su pasión por los criptogramas y demás juegos de palabras. Los últimos años, el trabajo en el laboratorio y las aventuras amorosas con otras mujeres lo habían alejado de esas tardes iniciales tardes en las que habían solidificado su relación mientras resolvían crucigramas juntos. Era sábado, la revista sobre el velador sugería que Laura desafiaba a Miguel a encontrar la solución a un anagrama, y con ello encontrarla a ella. Ah, Laura: las cosas que hacía por llamar su atención, por recuperar la intensidad inicial de su romance. La intensidad no sería recuperada, porque ésa era una de las leyes irrevocables de la vida, pero quizás el interés sí, y de vez en cuando, como ahora, el deseo de jugar.   

Se levantó de la cama. La siguiente clave podría hallarse en un cine. O mejor, en la cinemateca. Un par de semanas atrás había habido allí una retrospectiva de clásicos de terror/horror, y habían proyectado El exorcista. Después de una ducha y un desayuno rápidos, se dirigió a la cinemateca, situada en el Enclave. El Enclave era el nombre con el que se conocía al casco viejo de Río Fugitivo: iglesias coloniales, edificios públicos decimonónicos, vendedores informales ofreciendo relojes y calculadoras. Bolivia en miniatura. Miguel visitaba la cinemateca con frecuencia, porque en las tardes podía aprovechar el escaso público asistiendo a una película de Tarkovsky para dedicarse a juegos furtivos con Angela, o Ximena, o Renée.

¿Cómo encontraría la clave en la cinemateca? No le fue difícil: había a la entrada un cartel anunciando un ciclo de cine noir para el próximo mes. Una de las películas que se mostrarían era Laura, el clásico con Gene Tierney, a quien Miguel consideraba una de las mujeres más bellas de la historia del cine (lo cual significaba: una de las mujeres más bellas del siglo XX). Laura, Gene Tierney: la clave debía estar en ese nombre.

Después de darle varias vueltas al nombre, dedujo que la verdad lo estaba mirando sin haberse preocupado por esconderse mucho: Genet Reiney. Debía haber caído en cuenta, Laura decía que la mejor forma de esconder algo era dejándolo a la vista de todo el mundo (quizás por eso, como para desafiar a Laura, Miguel no trataba de disimular mucho sus romances: si lo veían bailando con Alejandra en la discoteca más popular de Río Fugitivo, jamás se le ocurriría sospechar a nadie que él podía ser tan desfachatado como para hacerse ver ahí con una amante). Peter Reiney era el inglés mochilero que había llegado un día a Río Fugitivo y decidido quedarse, fascinado por su clima templado y la indolencia con que sus habitantes se enfrentaban a la vida; había abierto una librería en el barrio de Bohemia, que con los años se había convertido en la más importante de la ciudad. Miguel y Laura solían, en los primeros meses de la relación, encontrarse a tomar un café en Reiney; Miguel sonrió al recordar que la última vez que había pasado por allí había sido tres meses atrás, para comprar una antología de poemas de Sabines que luego regalaría a Denise (alguna vez había comprado libros de poesía para Laura, alguna vez había sentido que el gran responsable de su compromiso había sido Neruda, a quien ahora no soportaba). Le gustaba regalar libros y compacts y aretes y ropa interior a sus amantes, le gustaba dejar rastros tangibles de su furtivo paso por sus vidas. 

Llegó a Reiney y se dio una vuelta por los estantes de literatura francesa. En una de las novelas de Genet, encontró una postal de España con la foto de la catedral de Santiago de Compostela; en la postal estaban escritas tres letras: VTM. Se llevó el libro y la postal al mostrador, pidió un capuchino y se sentó a descifrar la siguiente pista. Eran las once de la mañana, no lo había hecho tan mal; con un poco de suerte, daría con Laura antes del atardecer.

Media hora más tarde, había terminado dos cafés pero en vez de quedarse con un par de posibilidades, éstas no cesaban de aumentar. El dueño de la librería se le acercó a saludarlo, y al ver la postal al revés, dijo: MTV. Gracias, dijo Miguel, el rostro iluminado. Una catedral era también una iglesia, y si era española, tenía que tratarse de alguno de los Iglesias, y si era MTV, Laura le estaba indicando que debía ver un video de Enrique Iglesias en MTV. Cuando llevaba a sus conquistas a hoteles baratos o apart-hoteles, le gustaba dejar encendida la televisión en MTV, para que el ruido de la música ahogara sus ruidos de placer —era bullicioso, gruñía de esfuerzo y deseo— y para que la colorida luz de los videos —una frenética dulcería— envolviera los cuerpos en la penumbra de la habitación. Con Laura había visto MTV la primera vez que habían ido a un hotel y se habían acostado; un video de Prince los había marcado para siempre, no podían verlo sin acordarse de esa primera vez. Lo que Laura no sabía era que luego hubo otros primeros videos para otras mujeres, por ejemplo esa banda escandinava ya olvidada, cómo se llamaba, Cardigan, para Alejandra, y Café Tacuba para Yandira, y sí, Enrique Iglesias hace poco, ese con la Kournikova, para Denise, que a diferencia de las otras no terminaba de irse, acaso porque Miguel no quería, acaso porque no podía.

Caminó por las cuadras peatonales de Bohemia, atestadas de gente joven tomando un café o patinando bajo el sol de gloria de un mediodía de sábado. Los envidió: Bohemia no existía cuando era joven. O acaso la razón de la envidia no era la existencia de Bohemia, sino la juventud de quienes asolaban el área, tan terca y persistente: nunca dejaba de haber jóvenes, como recordatorio de que los años se venían encima, daban con uno aunque uno se ocultara. Y Miguel era joven todavía, o mejor, no era viejo todavía, pero aun así, estaba más cerca de los cuarenta que de los veinte. Se había negado a tener hijos (qué dolor sería, ver a un hijo adolescente besando a una chiquilla de piel temprana, o ver a las amigas de la hija adolescente después de un partido de tenis o antes de salir para una fiesta, los agresivos tops y las minis impiadosas), pero eso no era suficiente; se había negado a la fidelidad, parte fundamental de una relación madura, pero eso no era suficiente; debía negarse a dejar que pasara el tiempo, que lo pasara y se lo llevara consigo. O lo dejara atrás, su rostro cuarteado por las grietas.

Se detuvo ante la vitrina de una disquera. Había un televisor sintonizado en MTV Latina. Enrique Iglesias no tardaría, pasaban su nuevo hit al menos una vez cada dos horas. No debía dejarse ganar por la nostalgia, o la autocompasión. Debía seguir buscando a Laura.

El videoclip no aparecía. Se entretuvo mirando en la vitrina los afiches que promocionaban los nuevos compacts de Rod Stewart, System of a Down y los Aterciopelados. Un Juanes de cartonpiedra le sonreía junto a una Shakira rubia, transformada en la versión latina de Britney Spears, las cosas que había tenido que hacer para ingresar al mercado gringo. Aterciopelados, Juanes, Shakira: antes, el rock en español lo dominaban los argentinos, ahora era el turno de los colombianos. Estaba bien así, era hora de que se acabara el interregno de Maná, cuyas letras eran cada vez más cursis y demagógicas.

Rod Stewart, System of a Down, Rod Stewart. Alguna vez, le había regalado a Laura una compilación de Greatest Hits del escocés de la voz ronca (le había regalado ese mismo compact a Denise, no solía hacer eso, regalarles a sus amantes las mismas cosas que le regalaba a Laura, pero esa vez lo había hecho). Stewart, Rod, Rod… Algo le sonaba en ese nombre. Se acordó de la revista de anagramas. A. Blair al revés, Rialb. R. Gene Tierney. G. O T. Enrique Iglesias. E. O I. Rod. R. O. D. De nuevo: A. R. R. O. D.

Ahora estaba claro: ¿G o T? T. ¿E o I? A. R. R. O. D. T. I. Un anagrama de Traidor.

Laura sabía de todas sus aventuras. Este viaje en busca de ella era en realidad un viaje por la escenografía de sus traiciones (los lugares, los libros, la música). Todas sus conquistas le hacían ver que la primera mujer conquistada, o al menos la más importante —porque, pese a todo, quería a Laura y no se imaginaba sin ella, o mejor: no se imaginaba engañando a otra mujer que no fuera Laura--, se había cansado de ellas y desaparecía de su vida. Volvería a casa y descubriría que en su ausencia ella había hecho las maletas y se había llevado sus pertenencias.

Esbozó una media sonrisa. Admirable, inteligente, esa despedida. Diez años que se iban. La extrañaría, y mucho. Debía asumir la derrota, felicitarla con el corazón angustiado (no encontraría otra con la cual compartir el placer de los anagramas).

Entró a la disquera. Compraría el nuevo compact de Rod Stewart. No se lo regalaría a nadie.

 

 

 

 



José Edmundo Paz-Soldán nació en Cochabamba, Bolivia (1967). Es profesor de literatura hispanoamericana en la universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York). Tiene varias novelas y libros de cuentos publicados, entre los que destacan Río Fugitivo (1998) y El delirio de Turing (2003). Ha ganado dos veces el premio nacional de novela en Bolivia. Es también ganador del premio de cuento Juan Rulfo (1997), y ha sido finalista del premio de novela Rómulo Gallegos. Es columnista de temas de cultura y política en La Tercera (Chile). También ha escrito para medios como El País,The New York Times, Time y Etiqueta Negra. Es uno de los autores más representativos de la generación latinoamericana de los 90 (McOndo). Ha vivido un año en Sevilla, y a partir de agosto vivirá por otro año en Madrid o Barcelona.




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