La indigencia del héroe y la heroicidad del indigente
Por Enrique G de la G

 

«A fe que debe ser razonable poeta, o yo sé poco de arte».
Don Quijote

 

El videoarte

 

Si los romanos de Pompeya y Herculano utilizaron la técnica del fresco y el Japón inventó la técnica del haikú y el italiano Cristofori el piano, el arte del siglo XX se apropió no sólo de mingitorios sino también de un medio nuevo: el video.

El videoartista no es un cinematógrafo, ni el videoarte es cine, ni siquiera cine de arte. El videoarte se clasificaría, siguiendo las enseñanzas de El idioma analítico de John Wilkins, como una de las ramificaciones de las artes plásticas que han sabido integrar el movimiento; de suerte que es, no sin sospecha, deudora del arte egipcio y el cubismo.

A juicio de los historiadores, Giotto introdujo en la pintura la profundidad, engaño perverso que derivó en tornar aún más similar a la realidad la representación, es decir, en volverla aún más engañosa, puesto que la farsa es mayor cuanta mayor sea la fidelidad al objeto, al grado de confundirlo con su representación.

Siglos más tarde, el cubismo y el futurismo introdujeron el movimiento y el tiempo en las artes plásticas. La representación de un objeto desde diferentes perspectivas insinúa distintas posiciones del espectador. De igual modo, una de las astucias mayores del siglo XX fue la fotografía (y a su modo el hiperrealismo), que igualmente añadía el tiempo a una cartulina bidimensional.

Sin embargo, no fue hasta la aparición del video cuando las artes plásticas se aferraron realmente al tiempo y redujeron su distanciamiento respecto de la música, la danza y el teatro. La ejecución de la Pavana para una infanta difunta dura necesariamente 7’50; la contemplación del óleo Paris, temps de pluie de Caillebotte se extiende a voluntad del espectador. La creación de cualquier videoartista exige del espectador un uso del tiempo más próximo a Ravel que a Caillebotte.

En 1952, Lucio Fontana publicó su Manifiesto del movimiento espacial para la televisión, que motivó las primeras relaciones entre el arte y esta teconología. Poco después, Vostell presentó su Cámara oscura. Sin embargo, las enciclopedias coinciden en señalar que el primer videoartista fue el coreano-americano Nam June Paik. Según la leyenda, Nam June Paik grabó con su Sony Portapak la procesión de Pablo VI por Nueva York. Ese mismo día proyectó la cinta en el café A Go Go de Greenwich Village, al otro lado de la ciudad.

Los días gloriosos del videoarte fueron las décadas de los 60s y 70s, en que brillaron los trabajos de Wojciech Bruszewski (Polonia), Wolf Kahlen (Alemania), Peter Weibel (Austria), David Hall (Inglaterra). Los años sucesivos fueron difíciles y en buena medida el videoarte se convirtió en un recurso ancilar de las performances y las instalaciones. El desarrollo de las teconologías digitales y computacionales ha ofrecido empero una brisa novedosa a los videoartistas contemporáneos, entre los que descuellan Matthew Barney (USA), Javier Marchán (España), Pipilotti Rist (Suiza), Bill Viola (USA), Bruce Nauman (USA), Paul McCarthy (USA).

 

Avatares de Daniel Silvo (Cádiz, 1982)

 


Daniel Silvo aparece en la palestra de hogaño como uno de los más prometedores videoartistas europeos. Estudió Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid. Becario Erasmus, estudió en la Universität der Künste en Berlín con Katharina Sieverding (n.1944; fotógrafa) y Maria Vedder (n.1948; Media Art). También ha asistido a las clases de Jannis Kounellis (n.1936; Arte Povera) en la cátedra Juan Gris, de la Complutense. Trabaja con las galerías T20 de Murcia y Magda Bellotti de Madrid. Ha acudido a ferias como DiVA (Nueva York), Dfoto (San Sebastián), ARCO (Madrid) y Frieze (Londres). Es primer premio de 143 Delicias (2002) y de Generación 2005 Caja Madrid. Ha participado en exposiciones colectivas como Monocanal (un repaso a los últimos hitos del videoarte español en el Reina Sofía), el Festival de Benicàssim, Doméstico’02, PhotoEspaña’03 y Circuitos (Madrid). Presentó de forma individual su trabajo de Ulises en dos salas alternativas de Berlín, las Technoaceitunas, Rothkovisión y Aspersión en la Fondation Cartier de París y en septiembre de 2005 expuso de forma individual algunos de sus trabajos en Basilea, Suiza. Actualmente trabaja sobre la idea del artista acerca de la ciudad donde habita, y proyecta un trabajo sobre la estética maquinista que puebla nuestras ciudades en continua transformación.

 

 

¿Por qué un artista contemporáneo utiliza el video, algo tan cotidiano, como vehículo de expresión? ¿Se ampara en las mismas razones por las cuales Duchamp recuperó para el arte las ruedas de bicicleta? Daniel Silvo se justifica con sarcasmo: “utilizo otros medios, en concreto, todos los medios. El español medio dedica a ver la televisión 1,250 horas anuales, así que la imagen sonora en movimiento es lo único capaz de fijar nuestra mirada”. En otra ocasión respondía con seriedad: “utilizo el vídeo porque considero que es lo que mejor podemos entender. También uso pintura, escultura, fotografía... lo que necesito para dar forma a cada idea”.

¡Quién no es heredero de Warhol! Destruidas las fronteras entre el arte y la publicidad, Daniel Silvo es lo suficientemente caradura como para reconocerlo en una entrevista:

“¿Te inspiras en algún otro medio audiovisual en tu trabajo?”
“Sí, en la publicidad. Es lo mejor que se puede ver hoy día en la televisión. Me enseña técnicas para crear imágenes atractivas y alimenta mi imaginario. Dice mi padre que de pequeño me grabaron toda una cinta con anuncios, y que cuando daba guerra me la ponían y me estaba quieto como una estatua”.

El videoartista explora también nuevas maneras para financiar sus gastos. A sus 23 años, Daniel Silvo reconoce: “vivo principalmente de mis padres y del dinerillo que me saco con trabajillos eventuales de todo tipo. Pero de todos ellos, por ahora el más rentable, y con diferencia, es el vídeo. Sorprendentemente”.

 

La mercantilización del arte nos ha mostrado cómo puede introducirse Van Gogh, para ejemplificar con uno de los nombres más rentables, en todos los rincones del hogar, desde la sala hasta las toallas de baño. ¿Cómo se escabulle un videoartista en la vida privada? Quien encuentre un portillo destapará un tesoro potencialmente inagotable. Daniel Silvo explora la posibilidad de vender videos para la televisión que emulen a los screensavers de las computadoras. Una idea posmo: el video perfecciona el diseño del televisor más vanguardista y ambienta ad hoc una velada romántica o una fiesta de amigos; da igual si se está en un departamento minimalista junto al Alster o en un loft del Meatpacking District de Manhattan.

 

Odysseus in Berlin (3’50)

 

En alguna página de la inolvidable novela del siglo XX, Bajo el volcán, Malcolm Lowry reflexiona sobre el quehacer del artista: “¿Sabes los nombres de las estrellas, sabes qué pájaro vuela sobre tu cabeza y qué flor es la que se abre? Si no lo sabes, la angustia que produce no saberlo es un campo muy válido para el artista. Además, cuando uno aprende algo, es una buena cosa recuperar el estado de ignorancia original”.

¿Qué elementos de la imaginación o el mundo real explora un videoartista? Si el fauvismo apostó por el color y el arte abstracto por la línea, ¿qué le queda al videoarte: acaso la armonía entre sonido e imagen? ¿Puede un videoartista sentirse apelado por Lowry? ¿Qué desconoce angustiosamente el videoartista, al grado de impulsarlo a tomar su cámara? ¿Qué mueve a Daniel Silvo, para no hacer generalizaciones apresuradas?

Su estancia en Berlín fue decisiva. Allí, mientras leía a Homero, se le abrieron los ojos y vio con nitidez cómo los clásicos son maestros perennes. Daniel Silvo no se va a la cama sin releer alguna página de la literatura griega. Cuando Daniel Silvo leyó por primera vez el pasaje de la Odisea donde se cuenta cómo Ulises se cubre en la isla de los feacios con hojas que el otoño había ya hecho caducar para taparse con el frío, encontró un tema que ha explotado los últimos años: la vida del indigente y lo efímero de sus recursos de supervivencia. El indigente y el héroe son el claroscuro de la sociedad.

Odysseus in Berlin tiene vericuetos y recodos estéticos. Se trata de un video con una duración de casi 4 minutos, expuesto por primera vez a modo de instalación en la Universität der Künste en Berlín en la primavera de 2004. El personaje principal del video es un homeless, por cuyos ojos –la lente filmográfica– el espectador conoce hitos berlineses, como pueden ser el Reichstag, Unter den Linden, la Puerta de Brandemburgo, Friedrichstrasse, el metro, el río Spree o Potsdamer Platz. El vaivén del indigente es caleidoscópicamente amplio y variopinto. Y así de diversa se presenta Berlín.

De ninguna manera deja de ser irónico que el indigente transporte sus posesiones en un carrito de supermercado, esa herramienta de consumo típicamente capitalista. Lo que el ciudadano medio utiliza para transportar la comida de la semana de los anaqueles a su vehículo, para el indigente tiene un valor mayor, pues le conduce como hilo de Ariadna por laberintos de asfalto. En Odysseus in Berlin, el indigente carece incluso de esas pertenencias mínimas, y se limita a portar un montón de hojas de otoño, à la Ulises, para contrastar aún más, si se vale el oxímoron, su semejanza con la del héroe.

Daniel Silvo se expresa así:

“Lo que trato de hacer con mi trabajo de Ulises es una comparación entre el indigente y el héroe. Ulises llega solitario a la isla de los feacios. El mar (Poseidón) ha hecho naufragar su embarcación y lo ha lanzado a él solo a la playa. Allí encuentra dos árboles entre los que cobijarse, y un puñado de hojas con las que taparse. Y en esas condiciones pasa la noche. Al sustituir las hojas de nuestro héroe por cartones y papeles de periódico, nos encontramos debajo con uno de tantos homeless que habitan nuestras calles. Éstos transportan sus pocas pertenencias en uno de esos carros de la compra, herramientas de consumo, que satisfacen los deseos de todos nosotros, afortunados trabajadores. Apropiándose de estos vehículos, realizan su particular viaje a través de las calles de nuestra ciudad, sin un rumbo fijo. O si lo tienen, ellos no lo saben.

¿Qué los hace tan parecidos? ¿Qué hace que Ulises y el indigente se nos aparezcan como la misma persona? ¿Su condición de viajero? ¿Su ligereza de equipaje? Muchos son los parecidos. Entre otros, su fin. El de ambos es un objetivo que les sobrepasa. En el uno, por lo alto que se encuentra su tarea; en el otro, por lo bajo que se halla su existencia. Una distancia inconmensurable les aleja a ambos del asunto de sus esperanzas. Tan lejos está de uno el objetivo de salvar del mal a todo su pueblo y su familia, como de otro el de formar una familia, y encontrarse a gusto en su pueblo. Esa esperanza común que les mueve en su viaje es lo que mantiene en pie a uno y a otro. Esperanza lejana, pero esperanza. Con sus desesperanzas, pero esperanza.

Y es al fin, al llegar trabajosamente a su meta, tras su inmolación sobre esta tierra, cuando el fuego eleva sus cenizas sobre todas nuestras cabezas, y se juntan, las cenizas del héroe con las cenizas del homeless. Y el viento las reparte, y las hace uno con el resto del mundo.

Y vemos cómo luego, bajo un puñado de hojas, algo se mueve. Son las cenizas que vuelven a cobrar vida”.

El asunto del fuego tiene una importancia clave, pues enfatiza la incomprensión de la sociedad, ya no sólo al indigente, sino al artista, que en esa ocasión, se convirtió en héroe. La filmación del video se vio interrumpida por un muchacho ecologista, y lo que él creyó el cumplimiento de un deber ecológico-moral sublimó el hecho estético.

Cuando Daniel Silvo rodaba la escena final del video, en un parque nevado, un individuo hosco, atado a un perro, le prohibió la ignición del carro. Vano fue su intento. El artista estaba ya parapetado en su videocámara. Empezó la lumbre. Filmó lo necesario y extinguió el fuego. Apenas terminaba las maniobras cuando arribaron sendos coches de policía y bomberos. ¿Dónde está el fuego que movilizó a media docena de bomberos? ¿En medio del campo nevado? ¿Aquella mancha negra insignificante, ya medio encubierta? Nadie entendía nada; Daniel Silvo el que menos. Discusiones, argumentos, enfados, artículos de la ley desenvainados y, al final, un citatorio en la estación de policía y el cargo por la movilización inútil de la unidad de bomberos.

En la exposición de Odysseus in Berlin, Daniel Silvo colocó, como una pieza más, la documentación jurídica y policial que interrumpió su proyecto. Nunca recuperó la cinta original pero el final fue aún mejor, sorprendido por el arte mismo.

 

Breakfast (4’00)

 

El escenario es La Casa Encendida, en la Ronda de Valencia, en Madrid. Se trata del centro cultural de Caja Madrid. El ambiente no envidia nada a una galería de Nueva York o Londres. Es la noche de la premiación de Generación 2005 Caja Madrid. La noche es fría, como todas las de enero. Daniel Silvo no porta sus anteojos de pasta por parecer menos punk. Su Breakfast se lleva el primer premio.

Breakfast enfatiza los malentendidos entre el artista, el crítico y el espectador. Cada uno de ellos habla diferentes idiomas, siendo cada uno de ellos monolingüe. Breakfast recuerda aquella anécdota que contaba Primo Levi acerca del día de su liberación de Auschwitz. Entran los aliados al campo, y lo envían, junto con otros prisioneros, a la enfermería, a una revisión médica. Entre ellos se encuentra Hurbineck, un niño de tres años, no más. Hurbineck carece de todo excepto de la esperanza de romper con el cerco que lo aprisiona. A juicio de Levi, sus ojos denotaban el esfuerzo por hablar. Las caricias de los polacos, el interés del joven húngaro Heneck, la fuerza interior de Hurbineck se conjuran en su garganta y, por fin, emite la voz mastiklo. Hurbineck habló. Y continuó hablando toda la noche. Y aunque en el lugar había representantes de todas las lenguas europeas, nadie pudo descifrar una sola de las palabras.

Eso es Breakfast, aunque Daniel Silvo desconozca la historia de Hurbineck y la sitúe, no en el campo pedagógico, como querría Alain Finkilkraut, sino en el estético, como querría Marcel Duchamp. Breakfast es la entrevista que realiza Daniel Silvo a Michael Ematthews, artista de Kenia. Las preguntas están escritas en inglés; Michael responde en swahili. Para quien desconozca esta lengua, se ofrecen subtítulos en persa. El artista narra las dificultades que tiene en su país natal para hacerse con los elementos que su disciplina exige, para ser aceptado entre los suyos como “artista occidental” y, también, describe el proceso creativo que sigue. Hacer arte es como desayunar, coinciden Michael y Daniel Silvo: las dos actividades implican un proceso de selección de materiales, de preparación, de trabajo y, finalmente, de satisfacción vital. Por eso, la entrevista se desarrolla durante el desayuno del artista africano.

 

Retratos madrileños

Ahora trabaja en un proyecto sobre el aspecto documental de toda obra de arte. Se trata de una serie de entrevistas a artistas residentes en Madrid, que hablan, a través de sus trabajos, de la ciudad donde habitan. Toda obra de arte es, de alguna manera, una obra documental. Velázquez transmite el ambiente que se respiraba en Palacio con Felipe IV; Warhol habla de la vida superficial y del consumo en Nueva York; Candida Höfer cuenta lo que pasa en los vacíos espacios arquitectónicos de Düsseldorf. Ciudades retratadas en la obra de sus artistas. Obras que muestran un documento de la ciudad desde un punto de vista muy particular. Daniel Silvo documenta, de la forma más objetiva posible, los subjetivos documentos que unos cuantos artistas han hecho sobre Madrid.

 

 




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Sumario | PLASTICA: Daniel Silvo - Terry Rodgers - Otto Dix - Lidó Rico - Vlady Kibalchich - Marcelo Bordese y Miguel Ronsino | FOTOGRAFIA: Simonne Holm - Tarun Chopra - Angie Buckley - Cynthia Greig - Holly Roberts | LITERATURA: José Edmundo Paz-Soldán - Juan Bonilla - Herman Melville - Carlos Gardini - Miguel Ildelfonso - Josué Barrera | POESIA: César Vallejo - Julio Cortázar - Elías Nandino - José Corredor-Matheos - Carmen Matute - A. R. Ammons - Cristina Grisolía - Carlos Pintado | FILOSOFIA: Michel Foucault - Ernest Gellner | PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - Clifford Geertz - Adolfo Vásquez Rocca - Ignacio Castro Rey | CINE: Werner Herzog o la cámara nómada. Por Endika Rey | TEATRO: El tiempo cobrizo. Por Juan Martins


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