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Las obras de Lidó Rico tienen un carácter turbador, fascinan y repelen simultáneamente, una experiencia ambivalente como sucedía con los cadáveres arrojados en la muralla norte de Atenas, narrados por Platón, que llevan al sujeto a una transgresión del tabú primitivo de ver a los muertos, hasta esa figura central de la alegoría que es la personificación. Toda la gesticulación dolorosa del rostro es el resultado de la radical determinación que Lidó Rico tiene al sumergirse para conseguir el autorretrato. El artista encuentra, literalmente, su huella, aunque luego convierta eso que surge del hueco en una máscara de la que querría desprenderse. “Pero también –escribe Nietzche en unas meditaciones sobre Heráclito- los hombres de corazón sensible evitan una máscara semejante, como fundida en bronce”. A lo mejor lo único que nos queda es, más que el parloteo, musitar lo esencial, dibujar y borrar lo deseado. El enigma oscuro que se intenta desvelar tiene que ver con lo que llamaríamos el “enmascaramiento del erotismo”. Bataille considera que la dialéctica de trasgresión y prohibición es la condición y aún la esencia del erotismo. Campo de violencia, lo que acaece en el erotismo es la disolución, la destrucción del ser cerrado que es un estado normal en un participante en el juego. Una de las formas de violencia extrema es la desnudez, asumida sin miedo Lidó Rico, que es un paradójico estado de comunicación o mejor un desgarramiento del ser, una ceremonia patética en la que se produce el paso de la humanidad a la animalidad. Ante la desnudez, Bataille experimenta un sentimiento sagrado en el que se mezclan fascinación y espanto, en él surge la equivalencia con el acto de matar: el sacrificio (horror vertiginoso y ebriedad). La pasión nos compromete con el sufrimiento, siendo, en última instancia, búsqueda de lo imposible. Lo que designa la pasión es una halo de muerte, por éste se manifiesta la continuidad de los seres: “Las imágenes que excitan o provocan el espasmo final suelen ser turbias, equívocas: si entrevén el horror o la muerte, acostumbran a hacerlo subrepticiamente”. El terreno del erotismo está abocado a la astucia, la muerte queda desviada sobre el otro.
En última instancia, el deseo es el miedo. Aunque lo que querríamos es, ciertamente, vivir de maravilla. Lo que nos atrapa es lo real que, además, escapa a toda simbolización, es del orden de lo inefable. Las obras de Lidó Rico se resisten a la “verbalización”, desde su exceso gestual, por medio de esos rostros que en su diferencia son siempre el mismo, accedemos a una dimensión inhóspita. Tenemos que recordar que, para Freud, el ejemplo “más fuerte” de la experiencia de lo unheimlich es la (re)aparición (Spuk) del muerto. En las inmersiones de Lidó Rico lo que aparece es el toque violento de la corporalidad; es evidente que este artista necesita de la huella corporal, tiene que sumergirse, quiere mezclarse con sus materias. Derrida advierte que lo que el llama “cuerpo” no es una presencia: “El cuerpo es, como decirlo, una experiencia en el sentido de la palabra más móvil (voyageur). Es una experiencia de contexto, de disociación, de dislocaciones”. Como señaló Michaux, el artista se resiste a la pulsión de no dejar rastros, dejando los materiales en una situación territorial semejante a la escena de un crimen; el rastro es lo que señala y no se borra, lo que nunca está presente de una forma definitiva. En una época en la que hemos asumido, acaso con demasiada tranquilidad, lo que Derrida llama destinerrancia, frente a la ideología de la virtualización del “mundo”, aparecen numerosas situaciones veladas, rastros de lo diferente, indicaciones que nos empujan a una deriva creadora: “dejamos por todas partes huellas –virus, lapsus, gérmenes, catástrofes-, signos de la imperfección que son como la firma del hombre en el corazón del mundo artificial”. El arte puede ser no sólo una obsesión, sino también un proceso vírico, como esas figuras que se multiplican en Lidó Rico, algo que desarticula la comunicación pretendidamente “normal”. Aquel sujeto barrado del que hablara Lacan nos acerca al deseo que puede abrirse a partir de la indeterminación, de la indecibilidad o incluso de la destinerrancia. “Por consiguiente –escribe Derrida-, creo que, lo mismo que la muerte, la indecibilidad, lo que denomino también la “destinerrancia”, la posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino, es la condición del movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano”. El deseo es una mezcla de disfrute e insatisfacción que no puede ser resuelto en la forma de una “ausencia esencial”; acaso el abandono del sufrimiento diferente tenga que ver con la renuncia que hacemos de nosotros mismos y, por supuesto, con la dificultad de establecer el encuentro con el otro. Lyotard habló de la fórmula postmoderna, en un imaginario conflictivo, como un dejar la respuesta en suspenso, sin excluir que haya algo de Otro, “algo de falta y algo de deseo”. Lidó Rico sufre y, como en todo su imaginario paradójico, goza con su construcción del cuerpo, su proceso tiene algo de performance o desplazamiento de aquel actuar real sobre el lienzo del action painting. Lo que tenemos no es el resto, ni el proceso es algo inesencial, antes al contrario, la inmersión y el cuerpo escultórico final, el acto de meterse en la materia y la figura que sale del muro son, en todos los sentidos, la misma Obra.
Hay en la obra de Lidó Rico una suerte de transfiguración iniciática por medio de la zambullida en el cuerpo. Ese torbellino humano de cuerpos gesticulantes está magistralmente dispuesto en el espacio expositivo para avivar el impulso voyeurístico. Este artista da, en cierto sentido, voz a lo que apenas puede pensarse. Su tono plástico va de la crudeza máxima, lo enigmático y sutil, si desnuda sus pulsiones también se protege y retrae a lo que tenemos que llamar intimidad. “Una pauta –escribe Lidó Rico- que siempre he mantenido en mi vida es el refugio en la intimidad más estricta, me resulta tan necesaria como respirar”. Tiene la certeza de que desde la intimidad se llega a todo. De la ruina contemporánea emerge una rara intimidad: “La intimidad es lo que queda de la comunidad allanada en la planicie de la ciudad. Restos. Residuos. Fragmentos. Harapos. Añicos. Dispersos”. Se trata de una familiaridad con lo caído, en un tiempo en el que todos trazamos una barrera insalvable con los excluidos. Al hablar de intimidad no debe aparecer, consecuentemente, una subjetividad fortificada o de una ideología conservadora de la propiedad: “La intimidad no es la nueva prisión. Su necesidad de vínculos podría fundar, más tarde, otra política. Hoy, la vida psíquica sabe que sólo será salvada si se concede el tiempo y el espacio de las revueltas: romper, rememorar, rehacer. De la plegaria al diálogo pasando por el arte y el análisis, el acontecimiento capital es siempre la gran liberación, la infinitesimal que debe recomenzar sin descanso”. El ánimo rebelde, frecuente en la experiencia artística, impulsa a ir más allá de la planitud cotidiana para proponer otras situaciones, escapar de una lógica de la equivalencia para prestar atención a lo discreto, esto es, a ese placer que es don y detalle. Con todo, en los escenarios plásticos lo que predomina es una cotidianeidad alterada, en la que parece como si la banalidad quedara sacralizada, en este tiempo de suspensión consumado en lo que llamaríamos, parodiando a Barthes, el grado xerox de la cultura. Baudrillard habló de una especie de transestética de la banalidad, un reino de la insignificancia o la nulidad que puede llevar a la más estricta indiferencia. El arte está arrojado a una pseudorritualidad del suicidio, una simulación, en ocasiones vergonzante, en la que lo banal aumenta su escala. El mundo se ha fractalizado y cada cual ofrece, antes que otra cosa, una imagen de su forma de tomarlo o dejarlo. Faltando el drama nos divertimos con una perversión del sentido; después de lo sublime heroico y de la ortodoxia del trauma, aparecería el éxtasis de los sepultureros o, en otros términos, una simulación de tercer grado. La duplicidad del arte contemporáneo aparece en su afán de reivindicar la nulidad, la insignificancia, el disparate, “aspirar a la nulidad cuando ya se es de hecho nulo. Aspirar al disparate cuando ya se es insignificante. Pretender la superficialidad en términos superficiales. Ahora bien, la nulidad es una cualidad secreta que no puede ser reivindicada por cualquiera. La insignificancia -la verdadera, el desafío victorioso del sentido, el despojarse del sentido, el arte de la desaparición del sentido- es una cualidad excepcional de unas cuantas obras raras y que nunca aspiran a ella”. En este tiempo de mudanza sufrimos un convulso ritmo de zapping que nos hipnotiza y lleva a la impotencia.
El escenario doméstico es, en gran medida, siniestro, produciendo una inquietud subjetiva evidente. Lo siniestro se da cuando se desvanecen los límites entre fantasía y realidad, en la acepción de Freud es lo “íntimo-hogareño” que ha sido reprimido y retorna con toda la incomodidad (familiar pero, simultáneamente, disimulado). Todo efecto de un impulso emocional, cualquiera que sea su naturaleza, es convertido por la represión en angustia, “lo siniestro no sería realmente nada nuevo, sino más bien algo que siempre fue familiar a la vida psíquica y que sólo se tornó extraño mediante el proceso de su represión”. La estética de Lidó Rico plasta una corporalidad siniestra, incluso cruel, sin caer jamás en la obscenidad hegemónica, intentando no perder jamás la brújula del arte como vivencia; “sus obras –apunta Roberto Castrillo Soto- lejos de acomodarse a su entorno, lo tensan violentamente sacándolo de toda neutralidad, de la pasividad de la rutina conectada con lo cotidiano. No es, por tanto, una aproximación a lo real desde lo conceptual sino a partir de lo real mismo, pero desde su reverso”. Tal vez un arte que hace ver lo real tiene que recurrir al trompe-l ´oeil que lleva no tanto a lo perfecto cuanto a lo escatológico, al desecho o, en el caso de Lidó Rico, a la fijación fragmentaria del propio cuerpo. La escayola funciona como otro tipo de espejo. Según Lacan, lo que el sujeto encuentra en la imagen alterada (especularmente) de su cuerpo es el paradigma de todas las formas del parecido que van a aplicar sobre el mundo de los objetos un tinte de hostilidad proyectando en él el avatar de la imagen narcisista, que, por el efecto jubilatorio de su encuentro en el espejo se convierte, en el enfrentamiento con el semejante, en desahogo de la más íntima agresividad. A veces quedamos fijados, no tanto en el reflejo cuanto en un objeto transicional: “la hilacha de pañal, el trozo de cacharro amado que no se separan del labio ni de la mano”. Retomamos la idea de que el desasimiento y la castración intervienen en la emergencia del sujeto. “La castración quiere decir que es preciso que el goce sea rechazado para que pueda ser alcanzado en la escala invertida de la Ley del deseo”. El cuerpo troceado, las manos cortadas y oferentes, los semblantes convulsos de las obras de Lidó Rico nos llevan hasta esa dimensión de lo especular castrante e incluso hacia una idea de la belleza como algo que no nos protege sino que más bien nos espanta al remitir a la imagen de la muerte. Debemos entender la pulsión de muerte como un descarrilamiento ontológico, un gesto de des-investidura que remite a la disolución de la libido: lo que disloca al sujeto (en el proceso de su constitución) es el encuentro traumático con el goce. El yo, constituido especularmente, cree que en torno a él únicamente hay un terreno lleno de escombros y, precisamente por ello, se fortifica; verse a uno mismo como sujeto unitario implica una forma de represión visual. Si el deseo lleva siempre a la imposibilidad de su satisfacción, la pulsión encuentra su satisfacción en el movimiento mismo destinado a reprimir esa satisfacción: “mientras que el sujeto del deseo se basa en la falta constitutiva (existe en cuanto está en busca del objeto-causa faltante), el sujeto de la pulsión tiene su fundamento en un excedente constitutivo: en la presencia excesiva de alguna Cosa intrínsecamente “imposible” y que no debe estar allí, en nuestra realidad presente: la Cosa que, por supuesto, es en última instancia el sujeto mismo”.
Si en la Edad Media, la representación del cuerpo solamente parece tolerada si se presenta deshecho, “fragmentado, desmembrado, o bien “repegado” o remontado según inauditos procedimientos”, en el barroco, la corporalidad, es lo que chorrea, el exceso, “la regulación del alma por la escopia corporal”. Javier Hernando Carrasco ha subrayado, con enorme lucidez, esa dimensión (neo)barroca de la obra de Lidó Rico, cercana a la terribilitá de Miguel Ángel. Christine Buci-Glucksmann señala que la razón barroca es una teatralización de la existencia, una lógica de la ambivalencia que conduce la razón otra, interna a la modernidad, hasta la Razón de lo Otro que es desbordado continuamente. El barroco es caos y exceso como también lo es esa faz oscura de lo moderno que se sustrae a las totalizaciones. El barroco da cuerpo a la escisión: la sombra que la Ilustración quiere arrinconar. El mundo barroco es distinción, incluso dualismo, un diferenciarse que se enreda en la infinitud: “Una diferencia que no cesa de desplegarse y replegarse en cada uno de los lados, y que no despliega el uno sin replegar el otro, en una coextensividad del desvelamiento y del velamiento del Ser, de la presencia y la retirada del ente”. El cuerpo aparece y desaparece del muro, las obras de Lidó Rico generan una verdadera conmoción barroca. Esos tableaux vivants nos hechizan e inquietan: no sabemos si el cuerpo vivo ha quedado paralizado o bien es la estatua la que va a comenzar a moverse. Nadie sabe, decía Spinoza, lo que puede un cuerpo: tenemos, como hace Lidó Rico, que aprender a sostenernos ahí aunque la experiencia sea la de llegar casi a la asfixia. El artista, convertido en un buceador de su propio cuerpo tiene una actitud perseverante o, mejor, obsesiva, quiere llegar, aunque sea a través de una especie de tortura: está a punto de quedar atrapado para conseguir el “negativo” y luego el positivo de su identidad. Si, por un lado, la obra de este creador es muy física y visceral también tiene un intenso componente reflexivo y, por supuesto, especular, desde algunas piezas de comienzo de los años noventa hasta la instalación que presentó en White Box (Nueva York) en el 2006. En la serie Pensamientos Lidó Rico quiere materializar el proceso de la conceptuación, catalizar la reflexión, fijar lo turbador.
Hay una peculiar búsqueda de lo inconsciente en la estética corporal de Lidó Rico, unida a una experimentación con el tiempo de las cosas. El artista desciende o, mejor, penetra en el oscuro espacio en el que todo son inquietudes, allí donde es más importante la pregunta que la respuesta: “del secreto –apunta Lidó Rico- vas al enigma y del misterio al rompecabezas”. Desde la caja blanca surgen cuerpos desagarrados, en los muros asépticos del Arte aparece el dolor como camino experiencial. En un breve pasaje de la Poética, dedicado a las formas de la dicción artística, Aristóteles define de este modo el enigma: “La forma del enigma consiste, pues, en conectar términos imposibles diciendo cosas existentes”. En lo enigmático hay una particular densidad de metáforas, pero también una combinación o conexión imposible, la mezcla de sentidos literales y figurados. Puede suceder que la expectativa del enigma lleve, inevitablemente, a la decepción, aunque también sabemos que, míticamente, la respuesta al enigma, el desmoronamiento de la Esfinge, tiene que ver con la respuesta más obvia: el hombre. La verdad es que Lidó Rico vuelve una y otra vez a la misma respuesta, a una frase que es la síntesis de todas sus obsesiones: Reducirlo todo a un hombre supone aludir a todos los hombres. “El autorretrato es mi constante creativa, un hombres son todos los hombres, nos diferencia únicamente el contenido no el envase, es inútil intentar comprender el mundo si no poseemos una noción exacta de nosotros mismos”. Si Miguel Ángel sabía que la escultura estaba dentro del bloque de piedra, Lidó Rico se mete en la materia para dejar su huella y, en el mismo gesto, tratar de encontrar al hombre
Estamos dominados por la estética de la sobredosis del patetismo, la realidad convertida en show impone, planetariamente, lo banal. “Si, efectivamente, el sujeto ha perdido la capacidad para extender sus pretensiones y retensiones a través de la multiplicidad temporal, y para organizar su pasado y su futuro en una experiencia coherente, es difícil imaginar de qué modo las producciones culturales de semejante sujeto podrían dar otro resultado que “montones de fragmentos” y la práctica de lo azarosamente heterogéneo y fragmentario y aleatorio. Estos, sin embargo, son precisamente algunos de los términos preferidos en los que se ha analizado (e incluso defendido, por parte de sus apologistas) la producción cultural postmodernista”. La voluntad “victoriana” de decirlo todo (acaso por una secreta intención de catalogar lo perverso y, al mismo tiempo, controlar los delirios generalizados), el vértigo de la realidad convertida en show, no tienen que ver con la memoria creativa, al contrario, son el síntoma de lo que heideggeriamente podríamos llamar la subjetividad deyecta. Lidó Rico “refleja” ese mundo desquiciado, por ejemplo, en una instalación tan poderosa como The Factory (2002), materializando un mundo absurdo, marcado por un sinsentido casi beckettiano. La conversación ha sufrido un cortocircuito, el sujeto que gesticula tiene, en ocasiones, como objeto del pánico un teléfono aquello que ya no puede ponernos en relación con el otro.
Lidó Rico asume el destino póstumo del arte, su “venir después” es, en los términos de Hal Foster, el de lo espectral. La ausencia del yo o, mejor, la ausencia del mito, llevan a la necesidad de aceptar lo ruinoso. En sus obras están entretejidas la crueldad, la violencia y la belleza, encarnadas en una gesticulación muy intensa. Este artista, al que le interesa sobre todo su propia cara transformada, comenta que el arte es “simplemente la búsqueda de la vida”. Lidó Rico es un espectador de la vida, pero, al mismo tiempo, es alguien que se mete dentro, alguien que crea obras que son, literalmente, golpes de emoción. Sus fantasías o procesos oníricos tienen algo de estricto double bind, un atolladero en el que las visiones están impugnadas y, además, todo ello por medio de cuerpos “familiares”. "Lidó Rico –apunta Francisco Jarauta en un texto de 1994- insiste en al fragilidad interna a la obra y a su representación”. La obra es, evidentemente, un equilibrio entre lo que se ve y lo que se oculta a la mirada, una aparición de fragmentos del cuerpo que nos obliga a completar lo que sucede, esto es, a “bucear” en lo inquietante. "Líquidos, somos –apunta Lidó Rico- líquidos, todos líquidos, fluidos que a veces piensan, energía que se encalla en su frágil y endeble vanidad, calor que engolosina y entierra un destino común tan frío como poco enigmático”. Las resinas transparentes engañan al ojo, alegorizan la fragilidad. Esta obra físicamente autobiográfica sedimenta una mirada desgarrada al mundo: sus instalaciones son metáforas de un mundo desquiciado. El artista atrapa instante, tiene la experiencia de sus materiales fluidos que finalmente están muy duros, sabe que la esperanza del cuerpo es perpetuar. “El hombre es –afirma Lidó Rico- un desconocido para sí mismo, mi trabajo busca respuestas, una sola imagen es capaz de contener y expresar tantas cosas, de dar tantas claves sobre nuestra existencia que solo esa fugaz visión es capaz de justificar toda una vida de dedicación”. Hay que contener la respiración para fijar la huella del cuerpo, para conseguir el autorretrato “Lo bello –señala Lidó Rico- solamente es apariencia, el resto es crueldad. En cada obra hay un agobio interior, una respiración entrecortada”. La inquietud pronuncia el nombre, nuestra sombra y las huellas no nos abandonan jamás: el hombre sigue siendo lo impensado, el enigma.
* Ensayo de
Fernando Castro Flórez, Homo. El disputado nombre de eso que la inquietud modeló. (Una aproximación a la obra de Lidó Rico), 2006.
NOTAS
“Los gestos distorsionados de los rostros de las figuras de Lidó Rico nos sumergen en el dolor del hombre contemporáneo; el dolor físico como soporte del dolor espiritual, la deformación facial como signo espontáneo de los impulsos interiores incontrolados” (Javier Hernando Carrasco: “Agonía interior” en Lidó Rico. Sumergidos, Museo de la Universidad de Alicante, 2002, p. 27).
Georges Bataille: El erotismo, Ed. Tusquets, Barcelona, 1985, p. 370. Hay que recordar, también, el carácter radicalmente ambiguo, en la teoría lacaniana, de lo horrible con respecto a la imagen de la fantasía: “el Horror no es simple y llanamente lo Real intolerable encubierto por la pantalla de la fantasía –el modo en el que enfoca nuestra atención, imponiéndose como lo desconocido, y por ese mismo motivo aún más central para el punto de referencia. Lo Horrible puede, en sí mismo, funcionar como una pantalla, como aquello cuyos fascinantes efectos ocultan algo “más horrible que el horror mismo”, el vacío primordial o el antagonismo” (Slavoj Zizek: El acoso de las fantasías, Ed. Siglo XXI, México, 1999, p. 16).“Tal vez en este contexto resuene con otro alcance la necesidad de vivir de maravilla, en lugar de vivir de miedo. No es difícil reconocer que habitualmente nos desenvolvemos en un ámbito en el que nuestra vida es del miedo. Él labra nuestra existencia cotidiana tejiéndola de mediocridad, de una mediocridad que puede adoptar la forma de una aparente placidez. El terrible retorno de lo irrepetible de nuestra existencia la sostiene en la maravilla de vivir. Pero el terror de vivir es, a la par, gozo y dicha de hacerlo. No es ya el simple miedo a los sucesos de la vida cotidiana, es el sencillo terror, la maravilla del existir. De ahí que la culminación de la modernidad sea con Hegel el cumplimiento de otra forma de silencio de la maravilla. Y, a la par, con él, el grito de la necesidad de su libertad” (Ángel Gabilondo: Mortal de necesidad. La filosofía, la salud y la muerte, Ed. Abada, Madrid, 2003, pp. 160-161)
“El taedium de los romanos se prolongó hasta el siglo I. La acedia de los cristianos apareció en el siglo III. Reapareció bajo la forma de melancolía en el siglo XV. Regresó en el siglo XIX con el nombre de spleen. Y regresó en el siglo XX con el nombre de depresión. No son más que palabras. Un secreto más doloroso habita en ellas. Del orden de lo inefable. Lo inefable es lo “real”. Lo real no es otra cosa que el nombre de lo más detumescente en lo profundo de la detumescencia. A decir verdad, no hay más lenguaje que el lenguaje. Y todo lo que no es lenguaje es real” (Pascal Quignard: El sexo y el espanto, Ed. Minúscula, Barcelona, 2005, pp. 171-172)“He de confesarles en cualquier caso, que me ha chocado y mucho el giro antropomórfico y violento que Lidó Rico configura en su obra más reciente. Muerte, éxtasis, culpabilidad, autolesión e incluso descomposición y laceración, empapan con quirúrgica frialdad la densa conjunción de metáforas, que activa el espacio expositivo” (Gloria Moure: texto en Lidó Rico. Los duchadores, Palacio Almudí, Murcia, 1999“Mi viaje necesita de una gran cantidad de protocolos, la mayoría se sufren físicamente hasta cotas imprudentes para el propio cuerpo, pero ese recorrido es por el momento el único que me cautiva, no se trata solamente de sumergir y naufragar, de confinar mi cuerpo en distintas sustancias, sino de mezclar naturalezas, la huella que produce la piel al contacto con la materia desencadena una serie de involuntarias reacciones que por su absurdo me resultan indispensables” (Lidó Rico: texto en Lidó Rico. Explorer, 515-516, Galería Fernando Latorre, Madrid, 2004)“El proceso de concepción y ejecución de las piezas no es para Lidó Rico una fase que antecede a la pieza final sino que en su trabajo ambos momentos se identifican” (Roberto Castrillo Soto: “Fragmentos de la experiencia” en Lidó Rico. Sumergidos, Museo de la Universidad de Alicante, 2002, p. 16). “Todeo el proceso de génesis de la obra de Lidó Rico está dominado por lo que cabría denominar como protocolo de inmersión, esto es, el resultado de una serie de hábitos que se han ido codificando con el transcurso del tiempo, y que se van sucediendo del siguiente modo: la cuidada preparación de la escayola hasta alcanzar el grado de espesor deseado; la puesta en práctica de un conjunto de medidas de seguridad que –cuando se trata de hundir la cabeza en la materia- pasan tanto por la obstrucción de las fosas nasales y los oídos a fin de que la escayola no pueda penetrar en ellos, como por la cubrición del cabello con un gorro de ducha; y, por último, el propio acto de la inmersión, realizado de tal modo que, en el contacto del cuerpo con la materia, se cuida siempre en dejar parte de la boca “emergida”, para garantizar la respiración del artista durante este complejo y, en ocasiones, arriesgado proceso” (Pedro A. Cruz Sánchez y Miguel Á. Hernández-Navarro: “Las periferias del cuerpo. Antagonismo, invisibilidad y tautología” en Peripheries of the body, White Box, New York, 2006, p. 36).
comprensión cuya coexistencia formal aboca al sinsentido o al sentido contradictorio” (José M. Cuesta Abad: Poema y enigma, Ed. Huerga & Fierro, Madrid, 1999, pp. 34-35).
“[...] yo me meto en las esculturas para encontrar al hombre, a ese sujeto que no se dónde vive en este tiempo en el que todo está planteado para su anulación. Quizá elijo un material duro, del mismo material con el que se construyen las tablas de surf, para intentar perpetuar eso que somos: materias blanda. Las resinas son una espeice de milago, agua que se convierte en piedra” (Lidó Rico en Gontzal Diez: “Querella en las paredes del Almudí” en La Verdad, Murcia, 17 de Septiembre de 1999, p. 54). Fredric Jameson: “Postmodernism or the Cultural Logic of Late Capitalism” en New Left Review, n° 146, Julio-Agosto, 1984, p. 71.
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