Werner Herzog o la cámara nómada
Endika Rey

 

Werner Herzog

Werner Herzog es el Carl Denham que nunca habría robado a King Kong para la gran ciudad. Es el director de cine que no habría abandonado Skull Island hasta conseguir la imagen imposible del gorila; y el que, por supuesto, dejaría a Ann Darrow sola, robando manzanas en Nueva York, porque teniendo a la bestia ¿quién quiere a la bella?

Las tres últimas películas del director alemán son un derroche de belleza y fascinación por partes iguales. En “The White diamond” (2004) Herzog viaja hasta Sudamérica con la intención de sobrevolar en globo una selva nunca antes vista por el hombre; en “The wild blue yonder” (2005) un narrador extraterrestre nos cuenta la odisea de un grupo de humanos astronautas en su planeta natal y el fin de los centros comerciales en el nuestro. En “Grizzly man” (2005) un amante de los osos es devorado por los mismos por no entender cual es la frontera entre el turismo (bienintencionado) y la vida salvaje (sin perspectivas humanas que valgan).

Si la primera es una suerte de aventura en primera persona, en las dos siguientes Herzog maneja el relato desde la sala de montaje. El creador de “Fitzcarraldo” sigue fiel recreándose en la odisea coppoliana de “Apocalipsis now”, pero parece descubrir los Picassos de “Fraude” para contar historias que no encajan con las imágenes, sin que esa ausencia de lógica importe al hipnótico resultado final. “The wild blue yonder” es el ejemplo perfecto de esto último: una NASA con sentido de la poesía cede los momentos muertos de una travesía (casi un “Honor de caballería” en el espacio) y Herzog los convierte en un viaje caótico hacia el hielo.

Con el material de archivo del desafortunado Timothy Treadwell “Grizzly man”, la historia que se construye es verídica, pero no por ello menos autoral. Resulta impensable que un ser real perdido en las montañas durante tantos veranos, con un afán de protagonismo resultante en una cámara de video, sea más herzogiano que el propio alien inventado por el director bávaro. La continuas tomas falsas a las que la película nos conduce nos recrean en un Treadwell inesperado, triste y melancólico, enfadado, muchas veces sobreactuado, e increíblemente cercano al otro protagonista real, el ingeniero Graham Dorrington de “The white diamond”.

El viaje a la Guyana para recorrer una parte en globo es la excusa para presentarnos al creador del transporte e ir atisbando poco a poco las razones por las cuales este hombre teme a su sueño. Dorrington es temeroso, frágil, se encuentra mutilado física y mentalmente; al igual que Treadwell parece no saber lo que es la naturalidad ante la cámara. La muerte de su amigo Dieter Dengler en una misión parecida le impide arriesgar más de lo debido y, no en vano, éste será el conflicto más claro entre el director y el ingeniero: la estupidez de rendirse ante el objetivo no es aceptable.

 

Brad Dourif en Wild Blue Yonde
Treadwell en Grizzly man

 

Herzog, con un documental en su haber (“Little Dieter needs to fly” de 1997) y una próxima ficción (“Rescue dawn”) sobre el desventurado Dengler, mira hacia delante ante aquello que está por encima de los sentimientos: la imagen incontaminada. Y es que el espacio virgen y nunca captado por la civilización sedentaria es otra de las características comunes a las tres películas. Las copas de los árboles en la Guyana, el planeta Andrómeda debajo de un cielo nevado, un oso o un zorro amigos en Alaska... Asistimos como niños hipnotizados al vuelo de un millón de pájaros porque nunca hasta entonces habíamos podido verlo sin seguir sintiéndonos un poco turistas.

Resulta a su vez igualmente importante el respeto del autor por todo aquello que registra: la guarida de los pájaros tras la cascada sagrada en “The white diamond” nunca será mostrada por respeto a los nativos así como la muerte de Treadwell permanecerá siempre sin los registros sonoros del momento. La ética le impide enseñarnos explícitamente lo que no debiera, pero la presencia de su ausencia marcará un fuera de campo inolvidable.

 

Graham Dorrington in The white diamond

Es curioso que el único protagonista de las tres películas creado por Herzog fuera un extraterrestre. Estupendamente interpretado por ese actor de orejas grandes y voz diabólica que es Brad Dourif, con su dibujada elección el director parece querer decirnos que la visión del cuerdo no aporta nada, porque lo que realmente interesa se encuentra más allá de la lógica de las ciudades y de la constante de Jacobi. Treadwell y Dorrington lo sabían, y tal vez por ello estos seres con un comportamiento tan artificial y rebuscado sean más creíbles que cualquier diálogo cotidiano pretendidamente realista: son personas autoproclamadas diferentes que miran al interior de sí y del entorno que les rodea. Y es por eso precisamente por lo que Herzog cree que más allá de su misión, ya han dado un sentido a su vida (y a su muerte).

Más allá del documental teletipo, la fijación por la naturaleza se ve reflejada en multitud de imágenes hermosísimas y una banda de sonido siempre memorable, pero nada más alejado de National Geographic.

El caos será en las tres ocasiones el medio de transporte que conduzca la cámara hacia la belleza; Herzog se declara un cineasta de la estética anti-estática y un autor preocupado por las fronteras que no se debieran cruzar sino como exploraciones. En el camino nos deja impregnados de un extraño sentido del humor y de una filmación-confesionario donde las heridas no terminan de curarse pero uno puede quejarse de la cría de cerdos todo lo que quiera.

Ninguna de las tres películas es especialmente optimista con el ser humano, pero en realidad tampoco importa mucho ya que en todas deviene pasajero y puntual. Herzog asume que lo importante de grabar una montaña no es la película, sino la montaña, y es por eso que, finalmente, siempre deja un plano abierto a la pequeñez del que rueda y del que observa impasible en la sala un momento antes de levantarse y aplaudir.




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