¡Quiquiriquí!
O el canto del noble gallo Beneventano

Por Herman Melville

 

 


Por fin, varias semanas más tarde, me vi obligado a volver a hipotecar mis tierras para pagar ciertas deudas, entre ellas la que le debía a mi acreedor, que había terminado por iniciar un proceso civil contra mí. La manera en que me notificaron el proceso fue de lo más insultante. Yo estaba en un reservado de la taberna del pueblo regalándome con una botella de cerveza de Filadelfia, un poco de queso Herkimer y un bocadillo, y, tras acordar con el dueño, que era amigo mío, que le pagaría en cuanto recibiera mi próximo ingreso, me dirigí hacia la percha en la que había colgado mi sombrero en el bar, para coger un cigarro que había dejado allí, cuando hete aquí que me lo encuentro envuelto en la demanda civil. Cuando desenrollé el cigarro, desenrollé la demanda civil y el alguacil que estaba allí al lado dijo lentamente: «¡Dése por enterado!», y añadió con un susurro: «¡Métala en la pipa y fúmesela!».

Yo me volví hacia los parroquianos presentes en el bar y dije: «Caballeros, ¿les parece éste el procedimiento legal de presentar una demanda civil? ¡Contemplen!».

Todos fueron de la opinión de que era muy poco elegante por parte del alguacil aprovecharse de un caballero que estaba almorzando queso y una cerveza y ser tan incivil como para endosarle una demanda civil en el sombrero. Era poco generoso; era incluso cruel, pues un sobresalto así justo después de la comida, le estropearía a cualquiera la digestión del queso, que proverbialmente no es tan fácil de digerir como el blanc-mange [1].

Al llegar a casa, leí la demanda y sentí una punzada de me lancolía. ¡Mundo cruel, mundo cruel! Heme aquí, tan buen tipo como el que más: hospitalario, acogedor, generoso a más no poder, y el destino me prohíbe tener la fortuna necesaria para bendecir la región con mi prodigalidad. No, mientras muchos avaros odiosos nadan en oro, ¡yo, que tengo un corazón tan noble, me enfrento a una demanda civil! Incliné la cabeza y me sentí desamparado, injustamente tratado, humillado y despreciado…, en suma desdichado.

¡Oíd! ¡Como un clarín!, sí, como un alegre trueno rodeado de campanillas, llegaba el glorioso y desafiante canto. ¡Oh, dioses, cómo volvió a animarme! ¡Otra vez en pie! ¡Sí, otra vez sobre mis zancos!

¡Oh, noble gallo!

Tan claro como pueda decirlo un gallo decía: «Deja que se hunda el mundo entero con todos sus tripulantes. Tú alégrate y nunca te rindas. ¿Qué es el mundo comparado contigo? ¿Qué sino una pella de barro? ¡Arriba ese ánimo!».

¡Oh, noble gallo!

Pero, mi querido gallo, no es tan fácil dejar que el mundo se vaya a pique; no es tan fácil alegrarse con una demanda civil en el sombrero o en la mano, musité pensándolo dos veces.

¡Oíd!, el canto otra vez. Tan claro como pueda decirlo un gallo decía: «¡Que les zurzan a la demanda y al tipo que la presentó! Si no tienes tierras o dinero, ve y apaléalo y dile que no piensas pagarle nunca. ¡Arriba ese ánimo!».

Así fue como –debido a las imperativas conminaciones del gallo– llegué a añadir otra hipoteca a mi propiedad y pagué todas mis deudas sumándolas a esta nueva carga. De nuevo liberado, reemprendí la búsqueda del noble gallo. Pero fue en vano, aunque seguí oyéndolo a diario. Comencé a pensar que allí se encerraba alguna clase de engaño: algún maravilloso ventrílocuo merodeaba por mis graneros o mi sótano o mi tejado y se divertía con aquella travesura. Pero no, ¿qué ventrílocuo podría cantar con un canto tan heroico y celestial?

Por fin, una mañana, vino a verme un tipo singular que me había cortado la leña en marzo –unos ciento veinticinco metros cúbicos– y que venía a cobrar su paga. Como digo, era un tipo singular. Era alto y delgado, con un rostro triste y alargado, aunque en su mirada se ocultaba cierta alegría que ofrecía un extraño contraste. Su aspecto era serio, pero no abatido. Vestía un abrigo gris largo y raído y un gran sombrero abollado. Aquel hombre había serrado mi leña a tanto el metro cúbico. Se plantaba allí y se pasaba el día serrando en mitad de la ventisca sin parpadear siquiera. No hablaba nunca a menos que le dirigieran antes la palabra. Tan sólo serraba. Serraba, serraba, serraba…, nieve, nieve, nieve. La sierra y la nieve iban de la mano de forma natural. El primer día se trajo el almuerzo y se puso a comer sentado en el tajo en plena ventisca. Lo vi desde la ventana, donde estaba leyendo la Anatomía de la melancolía de Burton. Abrí las puertas de par en par sin cubrirme siquiera la cabeza.

–¡Por el amor del cielo! –grité–; ¿qué es lo que hace? Entre. ¡Menuda comida!

Tenía un chusco de pan rancio y un trozo de ternera salada envueltos en un papel de periódico mojado, y se quitó las migajas frotándose la boca con un puñado de nieve. Llevé adentro a aquel imprudente, lo planté junto al fuego, le di un plato caliente de cerdo con habichuelas y una jarra de sidra.

–Bueno –le dije–, no vuelva a traer esa comida húmeda. Trabaja a destajo, desde luego. Pero el almuerzo es cosa mía.

Expresó su gratitud de un modo tranquilo y orgulloso aunque no falto de reconocimiento y dio cuenta de la comida para su satisfacción y la mía. Me agradó comprobar que vaciaba su jarra de sidra como un hombre. Se ganó mi respeto. Cuando me dirigía a él en el tajo por cuestiones de trabajo, lo hacía de un modo cuidadosamente respetuoso y deferente. Interesado por su aspecto tan singular, impresionado por la admirable intensidad de su aplicación a la sierra –una tarea fatigosa y desagradable para la mayor parte de la gente–, traté a menudo de sonsacarle quién era, qué clase de vida llevaba, dónde había nacido y cosas así. Pero era reservado. Venía a cortarme la leña, y a comerse mi comida –si tenía a bien ofrecérsela–, pero no de cháchara. Al principio, me molestó algo su hosco silencio, teniendo en cuenta las circunstancias. Pero pensándolo mejor, mi respeto creció. Aumenté mi deferencia y mi cortesía al dirigirme a él. Concluí que aquel hombre había atravesado dificultades y que había recibido muchas amargas cicatrices de este mundo; que era solemne de ánimo; que era de estirpe salomónica; que vivía tranquila, decorosa y temperadamente; y que, aunque era muy pobre, era muy respetable. A veces imaginaba que incluso podía tratarse de un anciano o diácono de alguna iglesuela rural. Pensé que no sería mala idea presentar a aquel hombre excelente a la presidencia de Estados Unidos. Habría sido un gran reparador de entuertos.

Se llamaba Merrymusk. Muchas veces había pensado que se trataba de un nombre muy alegre para una criatura tan triste. Le pregunté a la gente si conocían a Merrymusk. Pero tardé mucho en averiguar gran cosa sobre él. Parece ser que había nacido en Maryland y que hasta hacía unos diez años había pasado largo tiempo errando por los alrededores, sin un penique, aunque totalmente inocente de crimen alguno, capaz de trabajar de firme durante un mes con sorprendente sobriedad y después de gastarlo todo en una noche de juerga. De joven había sido marinero, y había desertado de su barco en Batavia, donde contrajo unas fiebres y estuvo a punto de morir. Pero se recuperó, volvió a embarcarse, regresó a casa, supo que todos sus amigos habían muerto y se dirigió hacia el norte, donde vivía desde entonces. Nueve años antes había tomado esposa y ahora tenía cuatro hijos. Su mujer se había quedado inválida; un niño tenía tuberculosis ósea y los demás estaban raquíticos. Él y su familia vivían en una choza en un lugar yermo y solitario cerca de la vía del tren, junto a la base de la montaña. Se había comprado una buena vaca para tener leche en abundancia para los niños; pero la vaca murió durante un parto y no pudo permitirse comprar otra. Aun así a su familia nunca le faltó comida. Él trabajaba mucho para comprársela.

Pues bien, como dije antes, el caso es que después de ha-berme cortado la leña aquel Merrymusk vino en busca de su paga.

–Amigo mío –le dije yo–, ¿conoce a algún caballero por los alrededores que posea un gallo extraordinario?

Una chispa brilló visiblemente en el ojo del leñador.

–No conozco a ningún caballero –replicó– que posea ningún gallo que merezca el nombre de extraordinario.

Oh, pensé yo, este Merrymusk no es la persona indicada para ayudarme. Me temo que nunca encontraré a ese gallo extraordinario.

Como no tenía suelto para pagarle a Merrymusk, le di todo lo que tenía, y le dije que, en uno o dos días, me daría un paseo hasta su casa para llevarle lo que faltaba. De modo que una agradable mañana me puse en camino. Me costó mucho encontrar la choza. Nadie parecía saber dónde quedaba exactamente. Estaba en una parte muy solitaria de la comarca, con una montaña densamente arbolada a un lado (que llamo Montaña de Octubre a causa de su espléndido aspecto durante ese mes), y una ciénaga cubierta de maleza que atraviesa el ferrocarril por el otro. Lo atraviesa recto como un punzón varias veces al día y deslumbra a la desdichada cabaña con el espectáculo de toda la belleza, clase, moda, salud, baúles, oro y plata, salazones y verduras, novias y novios, esposas felices y sus maridos, que pasan a toda prisa frente a la puerta solitaria sin tiempo para detenerse, ¡zas!, ¡ahí están…, y allá van…! Invisible por ambos lados…, como si esa parte del mundo tan sólo estuviera hecha para pasar volando y no detenerse nunca. Y eso era todo lo que la choza veía de lo que la gente suele llamar «vida».

Aunque un tanto perplejo, sabía aproximadamente en qué dirección quedaba la choza, así que seguí adelante. Mientras caminaba, me sorprendió oír el misterioso canto del gallo con más y más claridad. ¿Será posible que un caballero poseedor de un Shanghai viva en esta triste y desolada región?, pensé yo. El glorioso y desafiante clarín sonaba cada vez más y más alto y más y más cerca. «Aunque debo de ha-berme desviado del camino a casa del leñador, gracias al cielo parezco estar acercándome al gallo extraordinario» me dije. Estaba encantado del feliz accidente. Seguí caminando; entretanto el gallo sonaba cada vez más invitador, y jovial y soberbio; y el último canto parecía siempre más próximo que el anterior. Por fin, al salir de un bosquecillo de alisos, vi justo delante de mí al animal más resplandeciente que bendijo jamás la vista de un hombre.

Un gallo que más parecía un águila imperial que un gallo. Un gallo que más parecía un mariscal de campo que un gallo. Un gallo, más parecido a lord Nelson adornado con todas sus medallas, de pie en el alcázar del Vanguard a punto de entrar en combate, que a un gallo. Un gallo más parecido al emperador Carlomagno con su manto en Aquisgrán que a un gallo.

¡Menudo gallo!

Era de tamaño considerable y estaba plantado muy altanero sobre sus largas patas. Era de color rojo, dorado y blanco. Rojo sólo en la cresta, una cresta poderosa y simétrica, parecida a la de yelmo de Héctor, o a las delineadas en los escudos antiguos. Su plumaje era níveo, trazado de oro. Se paseaba ante la cabaña, como un par del reino; con la cresta alzada, el pecho henchido y sus galas bordadas brillando al sol. Su paso era impresionante. Parecía algún noble extranjero. Parecía algún rey oriental sacado de alguna magnífica ópera italiana.

Merrymusk avanzó desde la puerta.

–Por favor, ¿no es ése el signor Beneventano?

–¿Cómo?

–Ése es el gallo –dije yo, un poco avergonzado. Lo cierto era que mi entusiasmo me había llevado a cometer una tonta torpeza. Había hecho una alusión relativamente erudita en presencia de un hombre iletrado.

En consecuencia, al reparar en su mirada franca, me sentí como un estúpido; pero salí del aprieto diciendo que ése era el gallo.

El caso era que, el otoño anterior, yo había estado en la ciudad y había asistido allí a la representación de una ópera italiana. En dicha ópera, encarnaba el papel de un rey cierto signor Beneventano, un hombre de talla imponente, ataviado con ricos ropajes, parecidos a las plumas, y con un paso majestuoso y despreciativo. El signor Beneventano parecía a punto de caer de espaldas debido a lo excesivo de su altivez. Y, por mi vida, que el paso orgulloso del gallo recordaba a los pasos por el escenario del signor Beneventano.

¡Oíd! De pronto, el gallo se detuvo, elevó aún más la cabeza, erizó las plumas, pareció inspirarse y soltó un vigoroso canto. La Montaña de Octubre le hizo eco; otras montañas lo devolvieron; otras lo rebotaron y recorrió así toda la región. Entonces comprendí claramente por qué se oía el alegre sonido desde mi distante colina.

–¡Por el amor del cielo! ¿Es usted el dueño del gallo? ¿Es suyo el gallo?

–¡Es mi gallo! –dijo Merrymusk, mirándome astutamente de reojo con la cara larga y solemne.

–¿Dónde lo consiguió?

–Rompió aquí el cascarón. Lo crié yo.

–¿Usted?

¡Oíd! Otro canto. Podría convocar a los fantasmas de to-dos los pinos y abetos talados alguna vez en la región. ¡Gallo maravilloso! Después de cantar, siguió caminando, rodeado por un grupo de gallinas admiradoras.

–¿Cuánto quiere por el signor Beneventano?

–¿Cómo?

–¡Por ese gallo mágico! ¿Cuánto quiere por él?

–No está en venta.

–Le daré cincuenta dólares.

–¡Puf!

–¡Cien!

–¡Bah!

–¡Quinientos!

–¡Buah!

–¿Y se considera usted pobre?

–No; ¿acaso no soy el dueño de ese gallo, y he rechazado vendérselo por quinientos dólares?

–Cierto –dije yo abstraído–; eso es verdad. ¿Así que no quiere venderlo?

–No.

–¿Y regalarlo?

–No.

–¡Entonces se lo queda! –le grité iracundo.

–Sí.

Me quedé un rato admirando al gallo y maravillado con aquel hombre. Por fin, sentí una redoblada admiración por el uno y un redoblado respeto por el otro.

–¿No quiere usted pasar? –dijo Merrymusk.

–¿Y no sería posible que el gallo nos acompañase?

–Sí. ¡Clarín! ¡Ven, chico, ven!

El gallo se dio la vuelta y avanzó en dirección a Merrymusk.

–¡Vamos!

El gallo nos siguió al interior de la choza.

–¡Canta!

El techo vibró.

¡Oh, noble gallo!

Me volví en silencio hacia mi anfitrión. Estaba sentado en un cofre viejo y baqueteado, con su abrigo raído y gris, parches en las rodillas y en los codos, y un sombrero deplorablemente abollado. Eché un vistazo a la habitación. Las vigas del techo estaban desnudas, aunque de ellas colgaban gruesos tasajos de ternera. El suelo era de tierra, pero había un montón de patatas en un rincón y un saco de maíz en otro. Una manta pendía de un extremo al otro de la habitación y tras ella se oía la voz enfermiza de una mujer y las voces enfermizas de unos niños, que, por alguna razón, no parecían demasiado quejosas.

–¿La señora Merrymusk y sus hijos?

–Sí.

Miré al gallo. Estaba majestuosamente plantado en mitad de la habitación. Parecía un grande de España que, sorprendido por una tormenta, se hubiera visto obligado a refugiarse en la cabaña de algún campesino. Tenía un extraño aspecto de contraste sobrenatural. Irradiaba toda la cabaña y enaltecía su miseria. Enaltecía el cofre baqueteado, y el raído abrigo gris, y el sombrero abollado. Enaltecía las mismas voces que llegaban achacosas desde detrás de la pantalla.

–Oh, padre –gritó una débil vocecilla–, haz que vuelva a cantar Clarín.

–Canta –gritó Merrymusk.

El gallo se preparó.

El techo vibró.

–¿No le molestará a la señora Merrymusk y a los niños?

–Canta otra vez, Clarín.

El techo vibró.

–O sea, que no les molesta.

–¿No ha oído que me lo piden ellos mismos?

–¿Y cómo es que a su familia le gustan estos cantos estando enfermos? –dije yo–. El gallo es magnífico y tiene una voz magnífica, pero no parece lo más indicado para la habitación de un enfermo. ¿De verdad les gusta?

–¿A usted no le gusta? ¿No le hace bien? ¿No le resulta inspirador? ¿No le infunde ánimo? ¿No le ayuda a enfrentarse a su desánimo?

–Tiene usted razón –dije, quitándome el sombrero con humildad ante el orgulloso espíritu que se escondía tras aquel abrigo vulgar–. Pero aun así –insistí, con ciertas reticencias–, creo que un canto tan fuerte, tan maravillosamente clamoroso no debe de sentarle muy bien a un inválido y podría retrasar su convalecencia.

–¡Canta lo mejor que sepas, Clarín!

Salté de mi silla. El gallo me asustó como algún invencible ángel del Apocalipsis. Pareció anunciar la caída de la malvada Babilonia, o el triunfo del justo Josué en el valle de Ayalón. Cuando logré recuperar en parte mi compostura, se me ocurrió una idea inquisitiva. Decidí ponerla en práctica.

–Merrymusk, ¿me presentaría usted a su mujer y a sus hijos?

–Sí. Mujer, el caballero quiere pasar a verte.

–Encantada –replicó una voz débil.

Pasé detrás de la cortina y encontré poco más que un rostro devastado, pero extrañamente alegre; el cuerpo, oculto por una colcha y un abrigo viejo, parecía demasiado encogido para mostrarse a través de aquellos obstáculos. Junto a la cama estaba sentada una pálida niña que la atendía. En otra cama yacían juntos tres niños: tres caritas pálidas más.

–Oh, padre, no es que nos disguste el caballero, pero déjanos ver también a Clarín.

A una orden suya, el gallo pasó al otro lado de la cortina y se subió a la cama de los niños. Sus consumidos ojitos lo contemplaron con un deleite ansioso y espiritual. Parecían iluminados por el radiante plumaje del gallo.

–Mejor que el farmacéutico, ¿eh? –dijo Merrymusk–. He aquí al mismísimo doctor Gallo.

Dejamos a los enfermos y volví a sentarme, abstraído en divagaciones acerca de aquel extraño hogar.

–¡Parece usted un tipo muy independiente! –le dije.

–Tampoco usted me parece ningún idiota. Señor, es usted un caballero.

–¿Hay alguna esperanza de que su mujer llegue a recuperarse? –dije, tratando modestamente de cambiar de conversación.

–Ni la más mínima.

–¿Y los niños?

–Muy pocas.
–Debe de ser una vida muy triste teniéndolo todo en cuenta. Esta soledad desamparada, esta cabaña, el arduo trabajo, las penalidades.

–¿Acaso no tengo a Clarín? Él se ocupa de alegrarnos. Canta pese a todo; canta en los momentos más negros: «¡Gloria a Dios en las alturas!», lo canta continuamente.

–Justo eso, Merrymusk, es lo que pensé que cantaba cuando lo oí desde mi colina. Pensé que algún ricachón poseía algún costoso Shanghai; ni se me ocurrió que un hombre pobre como usted tuviera un gallo tan vigoroso criado por él mismo.

–¿Un hombre pobre como yo? ¿Por qué me llama pobre? ¿Acaso el gallo que poseo no enaltece esta tierra, magra, triste y consumida? ¿Acaso mi gallo no le ha infundido a usted ánimos? Y todo lo doy gratis. Soy un gran filántropo. Soy un hombre rico…, muy rico, y muy feliz. Canta, Clarín.

El techo vibró.

Regresé a casa muy pensativo. No estaba del todo tranquilo respecto a la sensatez de la forma de ver las cosas de Merrymusk, aunque sintiera gran admiración por él. Estaba considerando la cuestión ante mi puerta, cuando oí cantar otra vez al gallo. Basta. Merrymusk tiene razón.

¡Oh, noble gallo! ¡Oh, noble hombre!

No vi a Merrymusk en varias semanas, pero cada vez que oía el glorioso y alegre canto, suponía que todo continuaba como siempre. Yo mismo seguí animado. El gallo seguía inspirándome. Tuve que volver a hipotecar mis campos, pero me limité a comprar otra docena de botellas de cerveza negra y una docena de docenas de cerveza de Filadelfia. Murieron unos parientes; no guardé luto, sino que durante tres días bebí cerveza negra en lugar de rubia, por ser de color más oscuro. Oí el canto del gallo justo cuando me comunicaron las malas noticias.

–¡Brindo a tu salud con esta cerveza negra, oh, noble gallo!

Se me ocurrió volver a ir a ver a Merrymusk, puesto que hacía tiempo que no sabía ni oía nada de él. Al llegar allí, todo estaba muy quieto alrededor de la choza. Tuve un extraño presentimiento. Pero el gallo cantó desde el interior y mis premoniciones se desvanecieron. Llamé a la puerta. Una voz débil me invitó a entrar. La cortina había desaparecido; toda la casa se había convertido en un hospital. Merrymusk yacía sobre un montón de ropa vieja; la mujer y los niños seguían en las camas. El gallo estaba subido al aro de un tonel colgado de la viga en el centro de la cabaña.

–Está usted enfermo, Merrymusk –dije tristemente.

–No, estoy bien –replicó débilmente–. Canta, Clarín.

Me encogí. La fortaleza de aquella alma en un cuerpo tan débil me sobrecogió.

Pero el gallo cantó.

El techo vibró.

–¿Cómo está la señora Merrymusk?

–Bien.

–¿Y los niños?

–Bien. Todos bien.

Gritó las dos últimas palabras en una especie de éxtasis triunfal ante la enfermedad. Fue demasiado. Su cabeza se desplomó hacia atrás. Pareció que un paño blanco hubiera caído sobre su rostro. Merrymusk había muerto.

Me sobrecogió un pavoroso temor.

Pero el gallo cantó.
El gallo sacudió su plumaje, como si cada pluma fuese un estandarte. El gallo colgaba del techo de la cabaña como pendían antaño de la cúpula de San Pablo las banderas capturadas al enemigo. El gallo me aterró con su maravilla.

Me acerqué a los lechos de la mujer y los niños. Ellos repararon en mi aspecto espantado y supieron lo que había ocurrido.

–Mi buen marido acaba de morir –suspiró la mujer–. Dígame la verdad.

–Está muerto –dije yo.

El gallo cantó.

Ella se derrumbó, sin un suspiro y murió con larga devoción amorosa.

El gallo cantó.

Saltaron chispas de su dorado plumaje. El gallo parecía presa de un benévolo deleite. Saltó del aro y caminó majestuosamente hacia el montón de ropa vieja donde yacía el leñador y se plantó a su lado como un tenante heráldico. Entonces soltó una especie de canto largo, musical, triunfante y definitivo, con la garganta hacia atrás, como si quisiera enviar el alma del leñador directamente hasta el séptimo cielo. Luego caminó como un rey hacia el lecho de la mujer. Otro canto exultante y elevado se unió al primero.

La palidez de los niños pareció trocarse en resplandor. Sus caras brillaron de forma celestial entre la mugre y la suciedad. Parecían los hijos disfrazados de reyes o emperadores. El gallo saltó sobre su cama, se sacudió y cantó y cantó una y otra vez. Parecía querer extraer las almas de los niños de sus cuerpos consumidos. Era como si estuviera decidido a reunir lo antes posible en lo alto a aquella familia. Los niños parecían secundar sus esfuerzos. Enormes, profundos e intensos anhelos de liberación los transfiguraron en espíritus ante mis propios ojos. Vi ángeles donde yacían.

Estaban muertos.

El gallo se sacudió las plumas sobre ellos. El gallo cantó. Ahora era como un ¡bravo!, un ¡viva!, un ¡tres hurras por! ¡hip, hip, hip! Salió de la cabaña. Le seguí. Voló al tejado de la vivienda, extendió las alas, cantó con una nota sobrenatural, y cayó a mis pies.

El gallo estaba muerto.

Si visitan ahora esa región montañosa, verán cerca de la vía del ferrocarril, justo al pie de la Montaña de Octubre, al otro lado del pantano, una lápida, no con un cráneo y unas tibias cincelados en ella, sino con un gallo vigoroso a punto de cantar y las palabras:

¿Dónde está, oh, muerte, tu aguijón?
¿Dónde, oh, sepulcro, tu victoria? [2]

El leñador y su familia, con el signor Beneventano, yacen en aquel lugar; yo los enterré y coloqué la lápida, que mandé tallar en piedra; y nunca he vuelto a sentir la lúgubre melancolía, sino que en cualquier circunstancia canto a todas horas la misma incesante canción.

¡QUIQUIRIQUÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!

 

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Notas:
[1] Pudín de leche con especias y azúcar espesado con fécula.
[2] Corintios 15:55.




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