¡Quiquiriquí!
O el canto del noble gallo Beneventano

Por Herman Melville
Traducción de Miguel Temprano


 

 

CUENTOS COMPLETOS
ALBA EDITORIAL

ALBA EDITORIAL

CUENTOS COMPLETOS
Herman Melville
Traducción de Miguel Temprano
ISBN 84 8428 292 9
400 pp. Tapa dura
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En los últimos tiempos se han sofocado muchas revueltas entusiastas contra perversos despotismos en todas las partes del mundo; la locomotora y la máquina de vapor también han causado terribles y numerosas víctimas entre los viajeros entusiastas (yo perdí a un amigo querido a causa de ellas); mis propios asuntos personales estaban igualmente llenos de despotismos y de víctimas cuando, una mañana de primavera, demasiado afectado por la hipocondría para poder dormir, salí a pasear por los prados de mi colina.

El aire era frío y brumoso, húmedo y desagradable. El campo parecía a medio cocinar y sus crudos jugos rezumaban por doquier. Le cerré el paso lo mejor que pude a aquel aire pegajoso con el fino chaquetón cruzado –mi abrigo tenía los faldones tan largos que sólo lo utilizaba para ir en carro–, y, apuñalando con saña el suelo rezumante con mi bastón de manzano, incliné mi triste figura para ascender por la empinada pendiente de la colina. Aquella trabajosa postura acercó mucho mi cabeza al suelo, como si estuviera a punto de embestirle al mundo. Aunque no dejé de reparar en aquella circunstancia, me limité a esbozar una sonrisa fantasmal.

Todo cuanto me rodeaba eran indicios de un imperio dividido. La hierba vieja y la nueva combatían la una contra la otra. En los húmedos tremedales de abajo, la vegetación asomaba con un vivo color verde; más allá, en las montañas, había manchas claras de nieve extrañamente resaltadas sobre sus flancos rojizos; las gibas de las montañas parecían vacas moteadas en plena tiritona. Los bosques estaban cubiertos de ramas muertas y secas, arrancadas por los alborotados vientos marceños, mientras que los árboles más jóvenes del lindero empezaban a mostrar los primeros matices amarillentos de las ramitas al brotar.

Me senté un momento sobre un gran tronco podrido cerca de la cima de la colina, con la espalda hacia el denso bosque y el rostro mirando hacia un vasto circuito de montañas que rodeaban una comarca variada y ondulante. A lo largo de la base de una larga cordillera corría un río palúdico y demorado, sobre el que pendía una corriente paralela de niebla colgante, que se correspondía exactamente en cada meandro con su padre el río. Más abajo, aquí y allá, jirones de vapor flotaban lánguidamente en el aire, como naciones o barcos abandonados y sin timón –o como toallas húmedas tendidas a secar de cualquier manera–. A lo lejos, más allá de un pueblo distante que había en un entrante de la llanura rodeado de montañas, descansaba un gran dosel plano de niebla como una mortaja. Era el humo condensado de las chimeneas y el aliento condensado y exhalado por los lugareños, cuya dispersión impedían las celosas montañas. Era demasiado denso y desprovisto de vida para ascender por sí mismo, de modo que se quedaba allí, entre el pueblo y el cielo, ocultando sin duda a muchos hombres con paperas y a muchos niños enfermizos.

Mi mirada recorrió la vasta y ondulada comarca, y las montañas, y el pueblo, y alguna granja aquí y allá, y bosques, y arboledas, arroyos, rocas, precipicios…, y pensé para mis adentros: qué marca tan leve deja, después de todo, el hombre sobre esta tierra enorme y gigantesca. Y, sin embargo, la tierra sí le marca a él. Qué horrible accidente aquel del Ohio, donde mi buen amigo y otros treinta buenos tipos como él entraron en la eternidad por culpa de un maquinista cabeza hueca, que no distinguía una válvula de una tubería. Y aquel choque en la línea férrea justo en las montañas de allí enfrente, donde dos trenes chocaron silbando y se subieron el uno a la espalda del otro y se desgarraron entre sí; y una locomotora apareció incrustada en el vagón de pasajeros del tren antagonista; y cerca de una veintena de nobles corazones, una novia y su novio, y un niñito inocente, embarcaron en el negro bote de Caronte que los llevó, sin equipaje, a alguna región cubierta de escoria de fundición. Pero ¿de qué sirve quejarse? ¿Qué juez enderezará este entuerto? Sí, ¿de qué sirve molestar a los cielos con esto? ¿Acaso no ordenan ellos estas cosas que, de lo contrario, no ocurrirían?

¡Un mundo miserable! ¿Quién se tomaría la molestia de hacer fortuna en él, cuando ni siquiera sabe cuánto tiempo podrá disfrutarla, debido a los miles de malvados y estúpidos que dirigen los ferrocarriles y los barcos de vapor y un sinfín de cosas vitales más en el mundo? Si me hiciesen dictador de Norteamérica por un tiempo, colgaría, ahorcaría, desmembraría, freiría, tostaría, herviría; guisaría, asaría a la parrilla y atormentaría como una pata de pavo a esos canallas alelados de los fogoneros; les mandaría a trabajar de fogoneros al infierno.

¡Grandes adelantos de la época! ¡Qué! ¡Llamar adelanto a la facilitación de la muerte y el asesinato! ¿Quién quiere via-jar tan rápido? Mi abuelo no quería y no era ningún tonto. ¡Oíd!, ahí vuelve ese viejo dragón –ese gigantesco tábano de Moloc–, ¡resopla!, ¡bufa!, ¡aúlla!, aquí llega a través de esos bosques primaverales, como el cólera asiático galopando a lomos de un camello. ¡Apartaos! ¡Ahí viene el asesino contratado, el monopolizador de la muerte!, juez, jurado y verdugo en uno, cuyas víctimas fallecen a diario sin los auxilios del clero. Ese demonio de hierro recorre quinientos kilómetros por toda la región aullando y gritando: «¡Más!, ¡más!, ¡más!». ¡Ojalá las montañas se conjurasen para abalanzarse sobre él! Y, de paso, podrían abalanzarse sobre otro insistente demonio me-nor, mi acreedor, que me espanta más que cualquier locomotora; un canalla de mandíbula prominente, que parece ir también sobre raíles y me atosiga incluso los domingos al ir y volver de la iglesia; y se sienta en el mismo banco que yo; y, fingiendo ser amable, me ofrece el devocionario abierto por el lugar indicado y me planta sus odiosas facturas delante de las narices, justo en mitad de mis devociones; y de ese modo se interpone entre la salvación y yo; pues ¿cómo mantener la calma en semejantes ocasiones?

No puedo pagarle a ese hombre terrible; y, no obstante, dicen que nunca abundó tanto el dinero…, una medicina disponible en el mercado; pero maldito sea si puedo encontrar siquiera un poco de esa medicina, aunque jamás enfermo alguno la necesitó tanto como yo. Es mentira; el dinero no abunda…, y si no miren en mis bolsillos. ¡Ja! No hay más que unos polvos que iba a enviarle al niño enfermo de aquella casucha, donde vive el bracero irlandés. El crío tiene la escarlatina. Dicen que el sarampión también es frecuente en la región, y la varioloide, y la varicela, y que las cosas no pintan bien para los niños que están echando los dientes. Y, después de todo, supongo que muchos de esos pobrecitos, después de pasar tantas penurias, se mueren igual; así que pasan el sarampión, las paperas, la difteria, la escarlatina, la varicela, el cólera morbo, el mal estival y todo lo demás, ¡en vano! ¡Ah!, ya vuelve esa punzada reumática en mi hombro derecho. La pesqué una noche en el North River, cuando, en un barco abarrotado, le cedí mi litera a una señora enferma y me quedé en cubierta hasta la mañana siguiente bajo la lluvia. ¡Ése es el agradecimiento que recibe uno por ser caritativo! ¡Punzada! ¡Vamos, reuma! No podrías tratarme peor si hubiese tratado de asesinar vilmente a la señora en lugar de ayudarla. Y la dispepsia…, ésa también me aflige.

¡Hola!, aquí llegan los terneros, los de dos años, acaban de soltarlos del establo a los prados tras seis meses de víveres fríos. ¡Qué hato de aspecto tan mísero! El invierno ha sido crudo, eso es seguro: los huesos les asoman como codos; to-dos llevan los flancos acolchados con una extraña materia seca como capas de galleta. Y además han perdido mucho pelo aquí y allí, y donde no lo tienen apelmazado o pelado recuerdan a esos baúles de cuero sarnosos rozados por los lados. De hecho, lo que vaga por el prado no son seis becerros de dos años, sino seis abominables baúles viejos de cuero.

¡Oíd! Por Júpiter, ¿qué es eso? ¡Ved!, los mismos baúles de cuero aguzan el oído y clavan la mirada en la región ondulante allá lejos. ¡Oíd otra vez! ¡Qué claro!, ¡qué musical!, ¡qué prolongado!, ¡qué canto triunfal de acción de gracias de un gallo! ¡Gloria a Dios en las alturas! Dice esas mismas palabras con tanta claridad como pudiera decirlas nunca un gallo en este mundo. Vaya, vaya, empiezo a sentirme un poco mejor. Después de todo, el día no está tan brumoso. Allí a lo lejos empieza a salir el sol: me siento más arropado.

¡Oíd! ¡Ahí está otra vez! ¿Habrá resonado antes un canto de gallo tan bendito sobre la tierra? Claro, agudo, lleno de ánimo, lleno de fuego, lleno de alegría, lleno de júbilo. Dice claramente: ¡Nunca te rindas! Amigos míos, ¿es o no algo extraordinario?

Descubrí que, en mi entusiasmo, me había estado dirigiendo a los terneros; lo que demuestra cómo la verdadera naturaleza de uno se traiciona a veces del modo más inconsciente. Pues, ¿qué clase de becerro hay que ser para ponerse mohíno en la cima de una colina, cuando en el valle un gallo, sin habla ni razón, sin un centavo en el mundo, y con la muerte pendiente sobre él en cualquier momento a causa de su amo hambriento, envía un grito como un poeta laureado que celebrase la gloriosa victoria de Nueva Orleans?

¡Oíd, ahí viene otra vez! Amigos míos, ése debe de ser un Shanghai [1], ningún gallo nativo podría cantar con esa expresividad prodigiosa y exultante. Sin duda, amigos míos, un Shanghai de la estirpe del emperador de la China.

Pero mis amigos los baúles de cuero, alarmados por fin por aquel tono tan clamorosamente victorioso, huían meneando la cola en el aire y dando brincos tan torpes que ponían en evidencia que no habían movido libremente las patas en los seis últimos meses.

¡Oíd, otra vez! ¿De quién es ese gallo? ¿Quién en esta región puede permitirse comprar un Shanghai tan extraordinario? Dios me ampare…, me hace correr la sangre por las venas…, me siento exultante. ¿Qué? ¿Que salte a ese viejo tronco, aletee con los codos y cante yo también? Pero si no hace ni un instante que estaba afligido y deprimido. Y todo por el simple canto de un gallo. ¡Un gallo maravilloso! Pero silencio…, ese muchacho ahora canta con más vigor; y eso que estamos por la mañana; habrá que ver cómo cantará a mediodía o al caer la noche. Ahora que lo pienso, los gallos cantan sobre todo al amanecer. Sus ánimos no son tan duraderos, después de todo. Sí, sí; incluso los gallos deben sucumbir al hechizo universal de las tribulaciones: jubilosos al principio, pero hundidos al final.

Por las agradables mañanas,
los animosos gallos cantamos contentos
pero al caer la noche, ya no cantamos tanto,
pues con ella llegan el desaliento y la locura. [2]

El poeta tenía en mente a este mismo Shanghai cuando escribió esto. Pero, alto. Ahí suena otra vez, diez veces más melodiosa, plena, larga y estrepitosamente que antes. ¡Pero si es como oír la gran campana de la catedral de San Pablo durante una coronación! De hecho, deberían quitar esa campana y colocar a este Shanghai en su lugar. Su canto alegraría a todo Londres, desde Mile-End (que no es el final de ningún sitio) hasta Primrose Hill (donde no hay ninguna prímula) [3], y disiparía la niebla.

Bien, tengo ganas de desayunar esta mañana; hacía una semana que no las tenía. Pensaba tomar sólo té con tostadas, pero tomaré huevos con café, no, cerveza negra y un filete de ternera. Necesito algo que me anime. Ah, aquí llega el tren de regreso: los vagones blancos centellean entre los árboles como una vena de plata. ¡Qué alegremente gorjea su silbato! Los pasajeros están contentos. Allí flamea un pañuelo, van a la ciudad a comer ostras, ver a los amigos y dejarse caer por el circo. Mirad la niebla a lo lejos; con qué suavidad se ensortija y ondula alrededor de las colinas, y el sol trenza sus rayos a través de ella. Ved el humo azulado del pueblo, como el dosel azulado sobre la cama de una novia. ¡Cómo brilla el campo allí donde el río se desborda por los prados! La hierba vieja ha de cederle el paso a la nueva. Me siento mejor tras este paseo. Ahora a casa y a dar cuenta de ese filete y de la botella de cerveza negra; y cuando me la haya bebido –un cuartillo de cerveza–, me sentiré tan fuerte como Sansón. Ahora que lo pienso, el acreedor igual se pasa por allí. Me acercaré al bosque y cortaré una buena vara. Por Júpiter que, si viene a molestarme hoy, le daré unos zurriagazos.

¡Oíd!, ahí vuelve Shanghai otra vez. Dice: «¡Bravo!, ¡dale de zurriagazos!».

¡Oh, valeroso gallo!

Me sentí de un raro humor toda la mañana. El acreedor se presentó hacia las once. Le dije al chico Jake que le hiciera subir. Yo estaba leyendo el Tristram Shandy y no podía bajar en esas circunstancias. El enjuto bribón (un granjero enjuto, ¡imagínense!) entró y me encontró sentado en un sillón con los pies sobre la mesa, con la segunda botella de cerveza negra al alcance de la mano y el libro bajo mis ojos.

–Siéntese –le dije–; en cuanto acabe este capítulo le atenderé. Hermosa mañana. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué chiste tan bueno sobre el tío Toby y la viuda Wadman! ¡Permítame que se lo lea!

–No tengo tiempo; debo atender a mis quehaceres de mediodía.

–¡Al infierno con sus quehaceres! –dije yo–. Y no me llene esto de tabaco o le echo a la calle.

–¡Señor!

–Deje que le lea lo de la viuda Wadman. «La viuda Wadman dijo:…»

–He traído mi factura, señor.

–Muy bien. Retuérzala, ¿quiere?; es casi la hora de mi cigarro, y acérqueme un carbón de la chimenea, por favor.

–¡Mi factura, señor! –dijo el muy bribón, poniéndose pálido de rabia y sorpresa por mi aire desenvuelto (hasta entonces siempre le había esquivado con el rostro lívido), pero demasiado prudente todavía para dejar traslucir todo su asombro–. ¡Mi factura, señor! –Y me la mostró rígidamente.

–¡Amigo mío –le dije–, qué mañana tan encantadora! ¡Qué aspecto tan dulce tiene el campo! Dígame, ¿ha oído a ese gallo extraordinario esta mañana? ¡Tómese un vaso de esta cerveza mía tan fuerte!

–¿Su cerveza? ¡Pague sus deudas antes de ofrecerle a nadie su cerveza!

–De modo que piensa que, hablando con propiedad, no tengo fuerza –dije levantándome muy lentamente–. Le demostraré que se equivoca. Le demostraré que tengo más fuerza que la Barclay & Perkins [4].

Sin más preámbulos, agarré al insolente acreedor por el abrigo (y como era un canalla flacucho de vientre blando había por dónde agarrarlo), se lo até con un nudo marinero, le metí la factura entre los dientes y lo eché al campo que rodeaba mi lugar de residencia.

–Jake –dije–, encontrarás un saco de patatas en el cobertizo. Tráelo aquí y deja que las pele este vagabundo; ha venido a pedirme unas monedas, estoy seguro de que sabe trabajar, aunque es perezoso. ¡Ponlo a pelar patatas, Jake!

¡Bendito sea el cielo, qué hermoso canto! Shanghai soltó un himno de la alegría y un laudamus, un toque de trompeta tan triunfal que mi alma suspiró en mi interior. ¡Acreedores! ¡Habría combatido con un ejército! ¡Shanghai sencillamente era de la opinión de que los acreedores sólo venían a este mundo para que los patearan, colgaran, magullaran, apalearan, estrangularan, zurraran, martillearan, ahogaran y dieran de bastonazos!

Cuando la exaltación producida por mi victoria sobre el acreedor se calmó un poco, volví adentro y me puse a meditar sobre el misterioso Shanghai. No había imaginado que lo oiría tan cerca de mi casa. Me pregunté dónde estaría el gallinero de aquel caballero ricachón desde el que cantaba el gallo. Y tampoco había dejado de cantar con tanta facilidad como había pensado. Aquel Shanghai cantaba hasta mediodía por lo menos. ¿Seguiría cantando todo el día? Decidí averiguarlo. De nuevo subí a la colina. Toda la región estaba bañada por la alegre luz del sol. La cálida vegetación se desbordaba a mi alrededor. Las cuadrillas estaban en el campo. Los pájaros, recién llegados del sur, cantaban alegremente en el aire. Incluso los cuervos graznaban con cierta unción y parecían un poco menos negros de lo habitual.

¡Oíd, ahí está el gallo! ¿Cómo describir el canto del Shanghai? Era como si su luminoso canto le susurrara al mediodía. Era el canto más alto, largo y extrañamente musical que jamás sorprendió a mortal alguno. Había oído cantar a muchos gallos antes, y a algunos muy buenos; ¡pero éste!, tan suave y aflautado en su clamor, tan comedido en el rapto de exultación, tan vasto, creciente, henchido y ligero como brotado de una garganta dorada. Tampoco sonaba como el alocado y vano canto de algún gallo inexperto sin conocimiento del mundo que comienza la vida con un espíritu audazmente alegre porque ignora por completo lo que está por venir. Era el canto de un gallo que no cantaba sin tino; el canto de un gallo que sabía lo suyo; el canto de un gallo que se había enfrentado al mundo, había salido victorioso y había decidido cantar, aunque temblara la tierra o se hundieran los cielos. Era un gallo sabio; un gallo invencible; un gallo filosófico; un gallo entre los gallos.

Regresé a casa lleno una vez más de ánimos revigorizados, y con una especie de sensación de intrepidez. Volví a pensar en mis deudas y en mis otros problemas, y en los infortunados alzamientos de los desdichados pueblos oprimidos en otras partes del mundo, y en los accidentes de barco y de ferrocarril, e incluso en la pérdida de mi apreciado amigo, embriagado por una suerte de desafío bienintencionado y calmoso, que me sorprendió a mí mismo. Me sentí como si pudiera enfrentarme a la Muerte e invitarla a cenar, y brindar con ella en las catacumbas, en un puro desbordamiento de confianza en mí mismo y cierta sensación de seguridad universal.

Hacia la noche volví a subir a la colina para comprobar si aquel magnífico gallo sería capaz de dar la talla desde la salida hasta la puesta del sol. ¡Dígase lo que se quiera de vísperas o toques de queda!, el canto nocturno del gallo surgió de su poderosa garganta y habitó toda la comarca, como Jerjes des-de el Oriente con su hueste de dos alas. Fue milagroso. ¡Ay de mí, menudo canto! El gallo se fue a dormir satisfecho esa noche, pueden estar seguros, victorioso sobre el día entero y legándole los ecos de sus miles de cantos a la noche.

Tras un sueño desacostumbradamente sereno y reparador, me levanté temprano, sintiéndome como el muelle de un carruaje, ligero, elíptico, aéreo, boyante como la nariz de un esturión, y subí a la colina rebotando como una pelota. ¡Oíd! Shanghai se había levantado antes que yo. A quien madruga Dios le ayuda: cantaba como un bugle movido por una máquina, vigoroso, estridente, lleno de júbilo. Desde las granjas dispersas, muchos gallos cantaban y se respondían unos a otros. Pero eran como chirimías comparadas con un trombón. Shanghai aparecía de pronto y apagaba todos sus cantos con su dominador toque de clarín. No parecía tener otra preocupación. No contestaba a ningún otro canto, sino que cantaba sólo para sí, por su cuenta, lleno de desprecio solitario e independencia.

¡Oh, valeroso gallo…! ¡Oh, noble Shanghai! Oh, pájaro merecidamente ofrecido por el invencible Sócrates como testimonio de su victoria final sobre la vida.

Por mi vida, que en este día bendito iré en busca del Shanghai y lo compraré aunque tenga que volver a hipotecar mis tierras.

Escuché entonces con más atención, esforzándome por averiguar de dónde procedía su canto. Pero llenaba y saturaba el aire con tanta abundancia que resultaba imposible decir el lugar preciso del que llegaba aquella exultación. Lo único que pude decidir fue que el canto procedía del este y no del oeste. Luego pensé para mí qué distancia podía recorrer el canto de un gallo. En esta región tan tranquila, encerrada por las montañas, los sonidos eran audibles a gran distancia. Además, las ondulaciones del terreno y las estribaciones de las colinas en los valles de abajo producían extraños ecos y reverberaciones y multiplicaciones y acumulaciones de la resonancia muy peculiares para el oído y sorprendentes para la imaginación. ¿Dónde se escondía el valiente Shanghai, el pájaro del alegre Sócrates, el ave griega que murió imperturbable? ¿Dónde se escondía? ¿Oh, noble gallo, dónde estás? ¡Canta otra vez, gallo mío! ¡Mi principesco, mi imperial Shanghai! ¡Mi ave del emperador de la China! ¡Hermano del Sol! ¡Primo del gran Júpiter!, ¿dónde estás? ¡Un canto más, y dime quién es tu amo!

¡Oíd!, como una orquesta completa de los gallos de todas las naciones, ahí sonó el gallo. Pero ¿de dónde? Ahí está, pero ¿dónde? No podía decirse más que procedía del este.

Después del desayuno, cogí mi bastón y me eché al camino. Había muchas mansiones dispersas por los alrededores, y no dudé de que alguno de aquellos opulentos caballeros habría invertido un billete de cien dólares en algún majestuoso Shanghai recién arribado en el barco Alisio, o en el Tormenta blanca, o en el Reina de los mares; pues tenía que haber sido un esforzado bajel con un valeroso nombre el que transportara a un gallo tan valiente. Resolví recorrer a pie la comarca hasta descubrir a aquel noble extranjero, pero se me ocurrió que tal vez no sería mala idea preguntar de paso en los hogares más humildes si, por casualidad, no habían oído hablar de un Shanghai recién comprado por alguno de los caballeros terratenientes de la ciudad, ya que era evidente que ningún pobre granjero, ni nadie parecido, podría poseer semejante trofeo oriental, semejante campana de San Pablo colgada en la garganta de un gallo.

Me encontré con un viejo, arando en un campo junto a la cerca del camino.

–Amigo, ¿ha oído últimamente a un gallo con un canto extraordinario?

–Bueno –dijo hablando lentamente–, no lo sé…, la viuda Crowfoot tiene un gallo, y el caballero Squaretoes también y yo mismo tengo uno, y todos cantan. Pero no sé de ninguno que tenga un canto extraordinario.

–Que tenga un buen día –dije yo secamente–, está claro que no ha oído usted el canto del gallo del emperador de la China.

Al cabo de un rato me encontré con otro viejo que estaba reparando una cerca de madera. Los troncos estaban podridos y, a cada movimiento de las manos del viejo, se deshacían en un polvo de ocre amarillo. Habría hecho mucho mejor dejando la cerca en paz, o sustituyendo los troncos. Y aquí debo decir que una causa del triste hecho de que la idiocia predomine más entre los granjeros que entre otras personas se debe a que se dedican a arreglar cercas de madera podridas durante el cálido y relajado tiempo de primavera. Es una empresa imposible. Laboriosa; inútil. Una empresa capaz de desmoralizar a cualquiera. Un gran esfuerzo dilapidado por pura vanidad. Pues, ¿cómo va a conseguir uno que unos troncos podridos se sostengan sobre unos postes podridos? ¿Con qué clase de magia va a infundir fuerza en unos leños que han estado helándose y cociéndose durante sesenta inviernos y veranos consecutivos? Es eso, ese maldito afán por arreglar vallas podridas con los mismos troncos podridos, lo que conduce a los granjeros al manicomio.

En el rostro del anciano en cuestión estaba claramente marcada una idiocia incipiente. Pues, unos trescientos metros por delante de él, se extendía una de las cercas de madera de Virginia más desdichadas y desmoralizadoras que había visto en mi vida. Entretanto, en el campo que había detrás, unos bueyes, que parecían poseídos por el demonio, embestían contra la vieja y desdichada cerca y escapaban por aquí y por allá y obligaban al anciano a dejar su trabajo y perseguirlos hasta volver a encerrarlos. Los perseguía con un tronco tan enorme como la maza de Goliat, pero tan ligero como un corcho. Al primer movimiento se convertía en polvo.

–Amigo –dije yo, refiriéndome a aquel lamentable mortal–, ¿ha oído últimamente a un gallo con un canto extraordinario?

Lo mismo podría haberle preguntado si había oído la llamada de la muerte. Se me quedó mirando con una mirada perpleja, triste e indescriptible, y reemprendió su ingrato trabajo sin responderme.

¡Qué idiota he sido por preguntarle a una criatura tan triste por un gallo tan alegre!, pensé yo.

Seguí caminando. Para entonces había bajado la loma en la que estaba mi casa, y en aquella hondonada no se oía el canto del Shanghai, que, sin duda, debía de apuntar más alto. Además, ahora el Shanghai estaría almorzando su ración de grano y avena, o echando una siesta y habría interrumpido su júbilo por un tiempo.

Por fin, vi llegar cabalgando por el camino a un grueso caballero –o más bien orondo– cuya gran riqueza le había permitido comprarse hacía poco varias hectáreas de terreno y construirse una noble mansión, con un gran gallinero adosado, cuya fama se había extendido por toda la comarca. Así que me dije: «He aquí al dueño del Shanghai».

–Señor –le dije–, disculpe, pero soy paisano suyo y querría preguntarle si posee usted algún Shanghai.

–Oh, sí; tengo diez Shanghais.

–¡Diez! –exclamé yo, maravillado–; ¿y todos cantan?

–Y con gran vigor; todos y cada uno de ellos; no poseería ningún gallo que no cantase.

–¿Le importaría regresar y mostrarme esos Shanghais?

–Con gusto: estoy orgulloso de ellos. Me costaron, en total, seiscientos dólares.

Mientras caminaba junto a su caballo, pensaba para mí si no habría confundido el canto armoniosamente combinado de diez Shanghais con el canto sobrenatural de un único gallo.

–Señor –le dije–, ¿hay alguno de sus Shanghais que sobrepase con mucho a los otros en el vigor, la musicalidad y el efecto inspirador de su canto?

–Cantan todos más o menos igual, creo yo –replicó cortésmente–; no creo que fuese capaz de distinguir uno de otro.

Comencé a pensar que, después de todo, podía ser que mi noble gallo no estuviera en posesión de aquel acaudalado caballero. De todos modos, entramos en su gallinero y vi sus Shanghais. Permítaseme decir que hasta entonces nunca le había echado la vista encima a esta variedad de ave importada. Había oído decir que por ellos se pagaban unos precios desorbitados, y también que tenían un tamaño enorme, y no sé por qué me había imaginado que debían de ser de una belleza y brillantez proporcionales tanto a la talla como al precio. Cuál sería mi sorpresa, por tanto, al ver diez monstruos de color zanahoria, sin la menor pretensión de esplendor en su plumaje. De inmediato, decidí que mi majestuoso gallo ni se contaba entre éstos ni podía ser un Shanghai en absoluto, si es que aquellos gigantescos pájaros patibularios eran verdaderos especímenes del verdadero Shanghai.

Estuve caminando todo el día, tras comer y descansar en una granja, e inspeccioné varios gallineros, interrogué a varios dueños de gallos, escuché varios cantos, pero no encontré al misterioso gallo. Sin duda había vagado tan lejos y extraviadamente que no podía oír su canto. Empecé a sospechar que el gallo fuera un mero visitante de la comarca, que hubiera partido en dirección sur en el tren de las once y estuviera cantando y solazándose ahora en algún lugar de las verdes orillas de la bahía de Long Island.

Pero a la mañana siguiente oí el inspirador toque de clarín, de nuevo me sentí hervir la sangre, de nuevo me sentí por encima de los males de este mundo, de nuevo me sentí capaz de echar a la calle a mi acreedor. Aunque, molesto por cómo le había recibido en su última visita, el acreedor no llegó a aparecer. Sin duda estaba enfadado: era tan estúpido que se había tomado en serio una broma inofensiva.

Pasaron varios días en los que hice varias excursiones por los alrededores buscando al gallo en vano. Sin embargo, seguía oyéndolo desde la colina, y a veces desde la casa, y a veces en la tranquilidad de la noche. Cuando en ocasiones volvía a sumirme en la melancolía, el sonido exultante y desafiante de su canto hacía que, de inmediato, mi alma se convirtiera también en un gallo, agitara las alas, echara hacia atrás la garganta y dejara escapar un alegre desafío a todos los males del mundo.

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Notas:
[1] Se trata de una variedad de gallo grande, estilizado y de patas largas.
[2] Melville parodia en estos versos la séptima estrofa de Resolution and Independence, un conocido poema del poeta romántico inglés William Wordsworth (1770-1850).
[3] Dos barrios de Londres cuya traducción literal respectiva es «El fin de la milla» y «Colina de las prímulas».
[4] La Barclay & Perkins era una conocida marca de cerveza fabricada por la Barclay, Perkins and Co.




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