Bosquejo de alturas*
Por Alicia Kozameh

 

 

Fulgores, estallidos, activados en zonas ocultas. Nada de intentar encontrarlos en un cielo azul, ni siquiera combinados con rojos o púrpuras de ciertos atardeceres. Sólo en sótanos. En espacios donde el aire es oscuro, y tan espeso que trasmite las ondas de los crujidos, las pisadas de los borceguíes. De los grandes zapatos que golpean contra el piso superior. Sobre las cabezas aquí, sobre las cabezas allá, las cabezas y los extremos de los dedos. Que echan luz.
  
Tantos dedos y cabezas en movimientos desparejos, muchas veces apenas perceptibles, intercambian fulgores. Fabrican desde sus lóbulos y circunvoluciones cerebrales, y dejan salir a través de su cuero cabelludo y de sus uñas, una forma de claridad que las va iluminando y las retroalimenta en el silencio.
  
Por lo menos treinta cabezas. Y todas sin desórdenes genéticos. Seiscientos dedos. Trescientos de manos y trescientos de pies. Los formatos de todas las cabezas, sus pelos, responden a características femeninas. Treinta mujeres vibrando y comunicándose, debatiéndose en una estrechez de espacio intransgredible, como glóbulos a lo largo de un vaso sanguíneo.
  
Y ciento veinte extremidades. Sesenta brazos y sesenta piernas. Nadie con un brazo de más, nadie con cola. Pieles más oscuras o más claras. No es posible captar diferencias. En realidad no hay diferencias. O no importan. Nadie puede sobrepasar límites, nadie puede expresar más de lo que las expresiones de las otras permiten. Hay medidas impuestas por las circunstancias externas, y proporciones determinadas en acuerdos mutuos. Hay que cuidar la condición que las hace una: la de estar vivas.
  
Hay fulgores. Son las miradas que se cruzan en el espacio. Son algunas palabras. De entendimientos. De desacuerdos. Se rozan, se frotan en el aire. Producen luz. Las pupilas se dilatan y pueden verse unas a otras. Se ven y se descubren intentando moverse, mirarse. Les da risa el movimiento. A los fulgores se agregan sonidos. Se ríen, ahogan las carcajadas, las desatan, recuerdan los límites. Se callan.
  
El aire es una masa de pensamientos que irrumpe por todos los orificios de todos los cuerpos, y los obtura.
  
Hay superficies ásperas. Cementos. El cemento del calabozo del fondo. Perfecto para limar hueso. Raspar y raspar. El polvo blanco que va quedando se volatiliza, cree desaparecer. Pero por dónde. Por dónde. El pedazo entero que la mano sostiene y todavía frota y frota inflamada y caliente, se transforma hasta ser un anillo. Un llavero, un colgante. Una aguja y saliva, el ácido de la saliva y el movimiento de la aguja para darles forma a los pétalos de la flor, al pico del ínfimo pájaro tratando de arrancarse en vuelo desde el anillo, a las manos entrecruzadas que juntas no alcanzan a medir medio centímetro. Para una con dedos delgados. Como Chana.
  
Hay superficies ásperas. El cemento del calabozo. O la piel. La piel como se pone en los sótanos.
  
El ruido de metal. Las rejas golpeando contra la pared húmeda. La celadora enclavando todos sus ángulos, su nariz y sus dientes, a la entrada del pabellón, para largar el alarido: Está prohibido raspar huesos en el cemento y ustedes ya lo saben.
  
Y otra vez el ruido del metal. Y del candado.
  
Susana está parada frente a la reja y no emite sonidos. Sólo eleva el lado izquierdo del labio supenor y entrecierra los párpados. Gira y camina hacia el calabozo. Con el hueso en la mano raspa y raspa. La piel de los dedos se le va desprendiendo mezclada con el polvo blanco que llena el aire.
  
Las pieles. La epidermis y todos esos orificios. Para que entre qué. Para que no entre qué. Treinta pieles. Treinta texturas. Y de muchos orificios salen pelos.
  
Tantos pelos por todos lados. Y sólo una pinza de depilar que se mantiene con los demás tesoros: la radio a transistores, el reloj pulsera, los tres tanques de biromes y las dos agujas de coser, debajo de la baldosa suelta del baño. Que les ocupó el trabajo de más de un mes levantar y ahuecar en el concreto. Hay brillos. No son las agujas, que están bajo las baldosas. Son algunas palabras que corren entre bocas y oídos. Sesenta oídos, treinta bocas. Que van de uno a otro. Sonidos significando Susana, hacé menos ruido.
  
Brillos que pueden ser palabras, o la energía de una cucaracha en su recorrido hacia la cueva.
  
O el sonido de la respiración de Maura que sin embargo es tan sana con toda su vejez y su mal humor. Sus carnes duras, tensas. Su pelo grueso, tenso, sus iris gruesos, tensos. Sus ceniceros, platos, hechos de arroz blanco amasado, de ese arroz que les repartieron a modo de almuerzo más o menos tres meses atrás cuando todavía les daban alguna comida, y cuyas sobras ella aprovechó para entretenerse, crearse una tarea, una tarea gruesa. Tensa. Los ceniceros blancos, secos, acumulados bajo su cama.
  
Brillos que pueden ser la energía de una cucaracha tratando de llegar a su cueva, o el sonido de la respiración de Maura.
  
Maura respira. Y respira Griselda al concentrar en un punto del espacio, de la oscuridad del espacio, los diversos formatos de imaginación y de memoria que le permiten reconstruir las páginas de Grante Sertão: Veredas, los episodios, las metáforas ­tanto que todas necesitan la metáfora­ para la reunión de mañana a las dos.
  
Mañana le toca a Griselda reconstruir una novela leída en libertad, para las demás. Y Andrea, si la información que dé Griselda es suficiente, tiene que escribirla en cinco papelitos de armar cigarrillos, con letra milimétrica, usando uno de los tanques de birome del tesoro. Y hay veinte destinados al Anti-Düring. Trabajo de Dora. Quedan menos y menos papelitos, pero la biblioteca crece.
  
Y Liliana, especializada ya, después de tantos, armará el vaginal. Impermeable, envuelto en capas de polietileno de alguna bolsa entrada en épocas en que todavía se les pemitía depositarles alguna comida. Sellado con brasa de cigarrillo. Y adentro. Con o sin menstruación. Hasta ahora han logrado evitar que en las requisas les metan los dedos. Todo lo que se ha estado guardando vía vagina, se ha venido salvando. Y la biblioteca es indispensable. Contiene sus pensamientos. Su caudal intelectual. Su aprendizaje. La enseñanza de unas a otras. El intercambio. La justificación de resistir. La biblioteca confirma la existencia de todas. De cada una.
  
Es tan sana Maura con sus sesenta y cinco años. Y tan dura.
  
Fulgores. Hay ciertos estallidos.
  
Los de los ojos de veintiocho de las treinta cabezas. Disminuyendo. Amainando. Hasta el día siguiente. Dos, alertas. Dos cada dos horas. Hay que velar por el descanso de la mayoría. Hay que tratar de captar los movimientos en el piso superior. Entra gente. Sale gente. Emergen sonidos. Gritos de dolor. Carcajadas. Música. Insultos. Hay que tratar de enterarse con cierta anticipación de lo que sea que los que caminan por arriba decidan sobre sus cuerpos. Hay que vigilar a los que las vigilan.
  
Después, largo el silencio. Berta y Mónica en el rincón de las guardias, esperando. Y nada. Nada para interpretar. En los últimos cuarenta minutos, nada que sea necesario descifrar para el resto.
  
Y ahora un crujido. Un chillido metálico. Sus dos cabezas femeninas giran en la búsqueda. Y es adentro. Es Beatriz que mueve los elásticos de tejido de metal con su esfuerzo para incorporarse desde ese pozo que es la cucheta superior. Y pega el salto. Beatriz, que va a orinar.
  
Con sus pasos cortos. Lentos. Para no desatar una reacción de los policías que las apuntan desde arriba, desde afuera, con los caños de los fusiles, a través de las rejas de las ventanitas del sótano. Entreabre la puerta. Se mete en el baño. Regresa rápido. Mueve una mano para Berta y Mónica que mueven sus manos para ella. Nada nuevo. Apoya su pie en el borde de la cucheta inferior. Sin querer despierta a Silvia. Salta. Y se hunde en el pozo de metal tejido.
  
Silvia gira hacia un lado y hacia el otro en su propio hundimiento. Siente la presión de la vejiga. El balanceo de su cama por el regreso de Beatriz siente, y la presión de la vejiga. Asoma los pies. Camina lento y a pasos largos, apoyando los dedos más que los talones. Entreabre la puerta del baño. Sale muy pronto. Enfoca a Berta y a Mónica con los ojos muy abiertos. Ellas niegan con la cabeza. Llega a su cucheta. Se apoya en el borde, entra y se tapa. Sacude un poco a Beatriz.
  
Dónde la alegría. Dónde. La alegría.
  
Un reflejo. Como de luz. De espejo. Que pasa a velocidades suprahumanas. Que cruza recto por los espacios que todavía quedan entre unas y otras. Por las distancias que encuentran entre unos sonidos, palabras, y otros, entre un gesto y una expresión que lo completa. Un reflejo. Como de luz. En el que ellas ven sus propias caras, sus propias pestañas protegiendo los ojos, sus propios dientes. Pasar. Sus propios párpados y frentes circular a velocidades sin registro. Pero están entrenadas en la rapidez de acción, y alcanzan a saludarse y a sonreírse. Y a saludarse una vez más.
  
Se ven, se hablan, arman conversaciones hilvanadas. O se desconocen a sí mismas. O se interrogan y se dan una respuesta. O sólo se observan extasiadas por todo el tiempo que dure la alegría.
  
Pero no esperan nada. La alegría es parte de lo que va a venir sin esperarlo. Tiene que estar allí. Tiene que haber.

La sábana se va extendiendo. Cuatro manos, dos de cada extremo, la estiran y van sosteniéndola de los bordes de las cuchetas, apretándolas entre el colchón y el metal. Eso va a ser el telón, el fondo del escenario.
  
Más de veinte cabezas se esfuerzan hacia arriba para tratar de entender los movimientos preparatorios. El grito No espíen vibra y provoca risas. Y más risas.
  
Que quedan girando sobre su propio eje, en ronda, metiéndose en los huecos, como humo, esperando la llegada de las próximas.
  
Unos dedos apareciendo por detrás del telón anuncian el comienzo y mientras las voces, ruidos, no paran, un guardia pretoriano se mete por debajo de la sábana imponiendo el silencio.

Las cabezas se envían reflejos, los ojos se abren y se cierran en la excitación, cómo lo hicieron, de dónde sacaron tanto papel plateado, cómo armaron las sandalias, y el guardia pretoriano blandiendo la escoba como lanza y respondiendo De los paquetes de cigarrillos que quedaron del año pasado. Pero si el grupo teatral que debuta el viernes próximo ya está planeando utilizar el mismo recurso, va muerto: los usamos a todos. Y los gritos del público Calláte, pretoriano, que te vamos a expropiar el papel plateado ahora mismo. ¡Que empiece de una vez!
  
Y Cleopatra asomando medio cuerpo y rodando dentro de las toallas que hacen de alfombra, surgiendo desde el enredo y recostando su cuerpo sobre el piso de baldosas negras y descascaradas, cubierta por algún camisón posiblemente de Maura por lo inmenso. Levantando las cejas y frunciendo el labio Cleopatra, mirando al público instalado a su alrededor y sentado con las piernas colgando de las cuchetas superiores, echándole esas miradas seguro muy similares a las que la faraona lanzaba, arrogante, sobre sus súbditos. Por supuesto. Y carcajadas. Y Julio César envuelto en otra sábana irrumpiendo a los gritos, llamando Cleo, Cleo, la luz de tus ojos violetas... y desde el público La de los ojos violetas es Liz Taylor, idiota, y otra Bueno, si es lo mismo. Y carcajadas. Y Julio César contestando desde el escenario Cómo que es lo mismo, por favor no insulten a mi reina, y la reina asumiendo su papel arqueando la ceja izquierda, señal a la que el guardia pretoriano responde poniendo la lanza cabeza abajo y barriendo el piso.
  
Julio César es un viejo verde, que salga Marco Antonio, ¿no tienen un Marco Antonio ahí atrás?, viva Marco, Marquito
, y Marco Antonio emergiendo entre bambalinas, envuelto en otra sábana y con los brazos en alto hacia el pueblo que lo aclama, y las carcajadas incrustándose en los espacios que dejan entre unas y otras las palabras Este es mi pueblo, el pueblo por el que lucho, el que me justifica, mientras Cleopatra no logra contener las lágrimas arrancadas a la risa que se le atasca en la garganta, y el público desde las cuchetas Eso, eso, dale Cleo, decidite por Marquito, y Cleopatra: Pero lo de la alfombra era una atención para Julio, y éste está acá de puro metido, y risas, y la reja metálica del pabellón abriéndose, de pronto.
  
Se abre, y tres fusiles automáticos livianos entran apuntando a la locuacidad de Cleopatra y Marco Antonio, en manos de tres policías uniformados, con dos celadoras como escoltas, todos ellos gritando Entreguen la sábana, y el silencio cortando el aire. Julio César preguntando ¿Cuál de las tres?, ¿la mía, la de Marco Antonio o la del telón? Y las carcajadas otra vez, y las mujeres del público Celadora, ¿para qué quieren la sábana? El policía balbuceando Señoras, no se olviden de que ustedes son presas. Y saben muy bien que está prohibido el teatro aquí abajo. Entreguen la sábana. Cleopatra aventurando Si la quieren sáquenla ustedes. Y los caños de los fusiles enganchando el lienzo blanco, tironeándolo y arrancándolo. Y los policías con sus escoltas retrocediendo y apuntando, retrocediendo y saliendo, cargando y enarbolando su trofeo, su estandarte. Haciendo mutis por el foro. Y el ruido del candado. Y Andrea desde el fondo del pabellón desarmando su cama y atravesando las flechas de luz de tantos ojos, aquí va otra sábana, las manos estirándola, volviendo a construir el escenario.
  
La pared y la humedad de la pared, los cables eléctricos atravesándola desde quién sabe cuántos años, triturados, transmitiendo la corriente hasta los hombros que se apoyan, las cabezas. Las cabezas iluminando el muro con los ojos, que se desplazan, buscando el origen de cada movimiento. Del sonido.
  
Es Flor. Que se rasca. Flor que se irrita la psoriasis de las piernas con las uñas cortas y rellenas de piel volátil. Blanca.
  
No te rasques, la voz aguda, te estás arrancando los pedazos. Verónica explora los movimientos de la mano de Flor, repite el tono profesional, Frotate con la palma, o echate agua. Flor se da vuelta con pómulos indiferentes y obedece. Se frota con la palma. Camina lenta hasta el baño y se echa agua.
  
Claudia asoma los brazos desde las cuchetas del fondo del pabellón, desde el rincón de las noticias, y llama. Todas las frentes tensas miran hacia ella. Van dos y vuelven a informar al resto. "Tres delincuentes subversivos fueron abatidos por fuerzas combinadas del ejército y de la policía en un operativo regular llevado a cabo en horas de la madrugada de ayer. Cuando los efectivos del orden intentaron reducir a los ocupantes de la vivienda ubicada en el numero 126 de la calle Uriarte, uno de ellos una mujer joven con varios meses de embarazo, éstos resistieron provocando un tiroteo en el cual los tres terroristas resultaron muertos. Hasta el momento sólo se conoce la identidad de la mujer, de nombre Marisa Elsa Sierra, oriunda de Los Ralos, provincia de Buenos Aires".
  
Claudia a cargo de mantener informadas a las treinta cabezas. Sacude los brazos y el flequillo negro y lacio que le bailotea sobre las cejas italianas, en ángulo. Desde detrás de la cucheta de Maura, oculta por el cúmulo de ceniceros de arroz y las pilas de elementos misteriosos que atesora la vieja. Claudia transmite lo que suda y lo que escucha. Por los poros del cuello y de las palmas larga un líquido que es casi orina. Dicen que resistieron. De alguna boca sale Marisa no tenía armas ni nunca las tuvo. Y lo espeso. Lo espeso del aire se solidifica inmovilizando brazos y cabezas por un momento.
  
Cuidado, escondan la radio. Viene la comida. Berta girando hacia atrás su rostro y captando sonidos metálicos de olla y cucharón como un radar, de llaves y de pies contra los pisos de baldosas, La celadora, y abre la reja la celadora rubia de rulos adheridos al cuero cabelludo, con un tic que le hace cerrar el ojo derecho cada cuarto de minuto, y la otra pálida y ojerosa y de pelo negro y lacio recogido con una hebilla plateada en la nuca. La ojerosa con la gran olla en las manos, con expresión de agarren esto, y Olga extendiendo los brazos todavía inmóviles, automáticos, Olga encargada de recibir y distribuir la comida de hoy, junto con Telma. Mañana Sara con Teresa. Los ojos de Olga aproximándose al interior del contenido líquido y grisáceo. Pronuncia Sopa otra vez mientras las celadoras cierran las rejas y se van.
  
Y la rubia de rulos se vuelve hacia la reja, asoma su nariz entre dos barras de hierro, pega los pómulos y aclara Desde hoy, sopa sin huesos. Prohibido fabricar anillos en los calabozos de cemento. Y esboza una sonrisa de dientes abiertos y amarillos. Como huesos. Como los mejores caracúes, los más duros, los que pueden usarse también para pendientes delicados.
  
Olga hace bajar los ojos al fondo de la olla y corrobora la ausencia.
  
Y varias cabezas de las treinta se inclinan hacia el líquido opaco, lo estudian y deciden que antes de que se enfríe, hay que tomarlo. El largo mesón de madera astillada y sin pintura recibe el sonido de los platos de metal y lo absorbe, lo acalla, lo hace neutro. Los platos de metal reciben el sonido del líquido cayéndoles, y lo absorben, lo acallan, lo hacen neutro. El líquido ahoga el ruido de cucharas buscando alguna solidez, pedazo de algo, y lo convierte en un movimiento ansioso y continuado . Una cadena de manos dándole forma al aire, moldeando el recorrido vertical hacia las bocas. Hacia las gargantas, que permiten el paso de la historia arrastrada por los líquidos salados sin origen, con origen en vegetales pálidos y secos. Hacia atrás y hacia adentro, a circular por treinta esófagos tensos, a la espera. Atrás y adentro la historia, a ser digerida y transformada en quién sabe qué, en cuántas cataratas internas, silenciosas. En qué formatos de lagos y espesuras, en qué esplendor de rincones. En qué coros. En qué conjuntos de voces mañaneras. En qué gritos.
  
Telma termina el líquido y levanta de la mesa el plato y la cuchara, y del banco los muslos y los glúteos anchos levanta, ablandados. Y camina. Y los demás pies caminan. Y las cabezas se van trasladando una tras otra, y los platos son transportados por las manos. Y apilados dentro del lavatorio del baño. Olga lava.
  
Fulgores, estallidos, activados en zonas ocultas por la potencia del hambre.
  
Los cuerpos livianos, somnolientos, acomodan sus células a las ondulaciones de las camas. Los párpados cayendo sobre toda la cara. Sobre toda la piel. Sobre los hechos.
  
Hay fulgores. Son el frotamiento de las moléculas que conforman los músculos y las paredes del estómago. Salen por los ombligos, por las bocas, se encuentran en el aire, chocan, producen luz. Llaman la atención de las cabezas, se levantan los párpados, se cruzan las miradas, se reconocen, se hablan, Carla dice Les cuento una película. Las que quieran escuchar Butch Cassidy que se acerquen. Y treinta estómagos se ubican rodeando la cama de Carla, sobre el piso, colgando de las cuchetas altas, sentándose en las bajas. Y se abren. Se abren para deglutir los gestos, las miradas, las palabras que Carla pronuncia letra a letra, los colores. Los sepias, los caballos, la bicicleta mágica. La música, los trenes. Los marrones del sol. Los ojos de Paul Newman. Los disparos. El movimiento de sombreros.
  
El polvo y el sudor adhiriendo los cuerpos al camino. Los vestidos frondosos de la amiga. Las maletas. La luz de los desiertos. Los miedos trasmisibles. La agonía detenida en el brillo del cielo azul. La muerte suspendida en el aire caliente, boliviano.
  
Las cabezas, los brazos, los pies, tratan de olvidarse de las vísceras. Sara flexiona con insistencia los dedos de su pie derecho, los aprieta, los abre. Los estira. Desde su extremo opuesto los observa, los mide, los calcula. De su boca semiabierta sale Debe estar por llover: me duelen los juanetes. Las cabezas se levantan contra el aire oscurecido y los ojos atraviesan el tejido de alambre y las rejas de las ventanas altas, imposibles. Por el espacio de medio metro de abertura, allá arriba, pueden darse una idea del estado del cielo. Tratan de investigar, se movilizan, recuestan sus cuerpos contra las paredes, los alargan. Se deslizan. Toman distintos ángulos. Sólo logran un gris como de plomo, que tanto puede ser un cielo de tormenta como un atardecer filtrado por las sombras.
  
Segundos, gestos, minutos, ademanes. Liliana, Elizabeth y Telma aumentan, se duplican, son su propio discurso, sus clases de anatomía, de francés y de historia. Los tres grupos se chistan, Bajen la voz, no dejan trabajar al resto, coinciden en la forma de expresarse, cada una es, a veces, espejo de las otras. Se ríen. Yo no estoy gritando, sos vos, Liliana, grita Telma, y Elizabeth las mira incrédula y les grita Cállense que mi grupo se distrae. Y avanzan las tres clases en silencio. Y el tiempo avanza a saltos y en silencio. Hasta que Andrea y Celia, desde sus puestos de guardia, agitan brazos, músculos de las caras, muestran dientes, señalan hacia las rejas de la puerta, Dispérsense, alguien viene. Las integrantes de los tres grupos se separan, se mueven, se tensan hacia el frente del pabellón. El ruido de candados. Las rejas abriéndose. Dos celadoras, una con todas las llaves en la mano, la otra con el gran recipiente metálico balanceándose y despidiendo vapores de quién sabe qué, pero caliente. Susana ve a la celadora de las llaves mirar hacia las zonas donde se habían estado dando los cursos, le sigue la mirada, revisa si no han quedado apuntes, papeles en las camas. Gloria también se alerta, se moviliza con las treinta cucharas, haciéndolas sonar, hacia la larga mesa de madera, desvía la atención de la celadora, o trata. Qué estaban haciendo, señoras, ya saben que aquí no se dan clases ni se canta, esto no es la universidad, ni se reúnen en grupos de más de tres, así que cuidado le sale a la celadora de la boca abierta. Esta comida es muy poca contesta Olga No alcanza. Y el ruido del candado. La ojerosa de pelo negro se vuelve, aclara Tenemos orden de darles esa cantidad señoras. Eso es lo que nos traen para todas. Y sale, con su hebilla plateada incrustada en la nuca. Y la rubia: Y agradezcan que hay algo. Y que están vivas. Y se aleja con pies de policía. Silvia mira la cara de Claudia, Claudia observa a Susana, Susana presta atención a Elvira, Elvira investiga a Dora y a Leticia. Telma distribuye polenta, saca de un plato para completar otro, mide, calcula y raspa el fondo de la olla.
  
Acérquense al faisán, princesas grita Olga, y algunas risas, sonrisas lentas, se dan lugar alrededor de la mesa de madera.
  
Llueve sentencia Sara, y algunas detienen sus cucharas, observan el hilo de agua que está filtrándose por alguna brecha entre el alambre tejido y las ventanas. Las otras comen. Se observan entre sí comiendo, y comen.

Olga recoge los platos de la mesa. Telma lava.

Otra vez los candados, las rejas que se abren las dos celadoras y dos m ás, del turno de la noche, gritan Recuento, señoras, las cabezas se forman en hilera, Las manos atrás grita la rubia, y cuentan, se ponen tensas. Dónde está la que falta, vuelven a contar, Contesten dice la ojerosa. Se escapó por el techo se ríe por lo bajo Sonia, Se calla señora y me contesta, y aparece Telma desde el baño con las manos chorreando espuma y a los gritos, Una rata en el tarro de basura, celadora, y todas las caras risueñas y asustadas. Señora, póngase en la fila y en silencio. Están todas sancionadas pronuncia con los dientes una del turno nuevo, y Sonia Y con qué nos van a castigar si ni comida tenemos, celadora, y escuchan las rejas golpeando contra el marco de metal, y el candado estridente, y las cuatro mujeres de uniforme yéndose, y algunas risas, insultos, quedan movilizándose en el aire oscuro, girando, rotando, disminuyendo la energía. Vuelve la ojerosa y se asoma y deja salir Ustedes que son tan creativas debieran saber que siempre hay alguna forma nueva, diferente. Y Sara: Parece que usted es más creativa que nosotras, celadora. Y treinta gargantas tragan saliva, y más saliva.

Casi todas se aproximan a Estela, Estela es el atractivo, el imán de la noche. Estela preparándose en una de las camas, haciendo girar sus dedos entrenados, armando cigarrillos, administrando el tabaco, Se va acabando comenta, compartamos estos seis entre las treinta. Estela asoma la lengua, humedece el papel, los va pegando. Mojalos menos, que se rompen sale de la boca de Berta, y Estela Callate y fumá, que de estos privilegios quedan pocos. Se miran entre sí. Y succionan el humo hasta el estómago.

Cada cigarrillo recién armado pasa de boca en boca, se termina. Las luces que se apagan, las cabezas, las mentes se acomodan al sueño. Emiten sonidos, palabras, risas de una cama a la otra, se hacen bromas, las de abajo meten los dedos a través de los orificios de los elásticos de las camas de arriba, las que se acuestan arriba insultan, con sus almohadas pegan a las de abajo, más bromas, más risas ahogadas. Pasos desde detrás de las rejas, una celadora que se asoma, Señoras, basta de risas, es hora de dormir, y se queda allí, callada, pispeando movimientos. Hada y Julieta están haciendo las dos primeras horas de guardia de la noche. Se mantienen calladas, ocultas en un rincón entre el piso y la última cucheta donde el foco de seguridad casi no ilumina.

Débora se mueve. Se la oye. Su colchón puede oírse, el chillido opaco, detenido en el aire. La respiración altibajante y hueca. El reacomodamiento de sus huesos. El roce del pelo lacio y duro contra el tejido rugoso de las sábanas. Hada abre los poros, presta atención desde su puesto. Débora gira todo su cuerpo, emite sonidos por la boca entreabierta, vuelve a su posición original, se agita, tironea las mantas casi con las uñas. Se tapa la boca con una de las manos, se incorpora, se sienta en la oscuridad como impulsada por un resorte contra la larga espalda rígida, ojos abiertos, negros. Y lanza un alarido.

Las demás se despiertan. Se van sentando. Los Qué pasa dan vueltas, giran, se debaten, pueblan todos los huecos en el aire.

Débora contesta perfeccionando el grito, refinando el sonido, puliendo los acordes. Los cuerpos saltando de las camas, rodeando la cucheta de Débora, emanando agujas de miedo por los poros, soltando temperaturas de afecto y de silencio.

Pasos desde detrás de las rejas. Aproximándose y creciendo. La celadora con la nariz abierta Qué pasa, señoras, la voz de Mecha tocándole a Débora el hombro más cercano, el borde del cuello, de la nuca, Qué es lo que te pasa, y Débora, su encía enrojecida calentada. Me duele esta muela, se aprieta la sien izquierda con los dedos, Le duele una muela, celadora, y la celadora Que deje de gritar la detenida. Que se calle. Y Débora Necesito un dentista, un calmante, me estoy volviendo loca, celadora, manden al enfermero. Y la celadora Baje la voz que esto no es un hotel de lujo, y si no se calla no llamo a nadie. Y Débora Necesito un dentista, un calmante, aumenta decibeles, hace explotar los ojos de las cuencas, se le moja la cara, se mezcla la saliva con las lágrimas, No aguanto el dolor despide, no lo aguanto, y la voz de la celadora desde la sala de guardia Ya le dije, si grita no hay calmante. Yéndose, la celadora saliéndose del campo visual de Débora y de todas.

Una voz más, dos voces, Celadora, por favor llame al enfermero, sin respuesta. Y Débora hundiéndose en las oscuridades de su boca. En los orificios permeables de sus caries.

Se mueven. Regresan a sus camas. No vuelven a dormirse. Las luces de la noche exterior se mezclan con los reflejos de la noche interior. Se agitan entre sí. Unos a otros se gastan. Se consumen.

Débora no deja de emitir sus sonidos. Los treinta pares de ojos permanecen abiertos, pestañeando al ritmo de los insultos de Débora. Hasta que llega el día.

Y llega el recuento, la hora de la ducha fría, y el momento de lo que las celadoras llaman desayuno. Y después de haber tragado el líquido verdoso, las maneras distintas del silencio. O del ruido.

Andrea trata de concentrarse en el repetido y siempre cambiado relato del secuestro de Berta ­lo único que importa es la esencia, porque las interpretaciones pueden ser infinitas, éstos son hechos complejos se justifica Berta al ver sonrisas irónicas flotando­, pero hay pequeños sonidos que la absorben. Que reconoce y la atraen. Y suceden afuera. Andrea se olvida de Berta. Lo que siente está sucediendo sobre la pared del sótano que habitan. Son golpes secos y seguidos contra la calle interna que rodea el edificio de la Alcaldía donde están y respiran. Va detrás del sonido con los ojos, busca el movimiento conocido, la vibración, el eco. Y persigue las ventanas. Y se trepa de un salto a la mesa apoyada contra la pared descascarada y fría, y por la ranura, entre la hoja y el marco de la ventana, ve. Ve los zapatos, altos, marrones, lustrosos, de su madre. Mi mamá dice, y está con otras madres. Y los cuerpos se van desprendiendo de las cuchetas, se van alargando, parecen chicles estirándose en brazos y cuellos y ojos desorbitados, ávidos, hasta que ya no hay lugar sobre la mesa, Vienen a dejar paquetes de algo dice Silvia, y Andrea se resbala y cae al piso, y dos desde arriba la ayudan a recuperar sus diez centímetros cuadrados, se reincorpora al grupo, sube, aprieta el cuerpo contra la pared, la garganta contra el borde de madera, los labios redondos contra el alambre tejido, y los separa, y dice Mamá en voz baja, y disminuyen los ruidos y los chistidos en el sótano, los músculos se tensan, los tendones inmovilizan dedos y palabras. Mamá repite, da un paso atrás sin que te vean, eso, da otro, otro más, cómo está papá, no digas nada, no mires para abajo que se van a dar cuenta. Te reconocí por los zapatos. Escuchame, grabate este número de teléfono, 252977, es de la familia de Débora Glovsky. No los busques ahora aquí, llamalos después, desde tu casa. Deciles que presionen por un dentista, que Débora ya no aguanta los dolores. Mamá, comprate zapatos nuevos. Éstos son de principios de siglo. Qué traen, por qué vinieron tantas madres. No me contestes. Nosotras estamos bien, pero no nos dan comida. Pidan por un dentista para Débora. Y los zapatos marrones que se alejan un paso, dos, tres pasos más hacia adelante.

Los músculos en tensión se aflojan, los pies descalzos sobre la madera del mesón se mueven y hacen ruido, y van saltando hacia el piso de baldosas.
  Da vueltas la pregunta Qué estará pasando de cabeza a cabeza, suspendida en el aire del sótano, golpeando contra una frente y otra, rebotando. Y disolviendo las miradas, la voz de Elizabeth Andrea, tu mamá se está yendo, y Andrea Chau, mamá, y la voz entrando a través del alambre tejido y de las rejas Mataron a Juan Carlos, y Andrea ¿Cuál Juan Carlos, mi primo o tu vecino? Y la madre Tu primo. Me voy a llamar al padre de Débora. Decile que se calme. Y los zapatos no se detienen, no dejan de hacer su ritmo pegado a las ventanas del sótano. Y se pierden.

Andrea se sienta en la cucheta, los dedos descalzos contra el piso, los talones suspendidos, las rodillas abiertas, los codos clavándose en los muslos, las manos cubriéndole la cara. Dice Por qué Juan Carlos, Silvia se le aproxima: ¿El abogado? Andrea quiere decir que sí, pero sólo mueve la cabeza.

Débora lanza un suspiro y después un grito, grita Celadora, necesito un calmante y se oyen pasos, desde atrás de la reja vienen, y es otra celadora, la del turno de día. Tengo orden de no llamar al enfermero si grita, mira curiosa, Liliana se acerca a la reja y le pregunta Celadora, por qué había tantas madres afuera, la celadora mira hacia atrás, hacia el área de la guardia policial, verifica que nadie está escuchando a sus espaldas, Las han autorizado a traer paquetes una vez al mes, con algodón, dentífrico y papel higiénico, porque ya no va a haber visitas este año, ni el próximo pronuncia, masticando las letras, triturando en la lengua las vocales. Si hay alguna que no esté vestida se viste, señoras, que viene personal masculino.

  Olga y Elizabeth se acercan y preguntan Qué van a hacer, celadora. No sé contesta, y da la espalda a la reja, se asoma a la guardia y grita ¿Ya llegaron?, y la otra celadora dice Sí, están esperando. Y entran. Entran dos policías de uniforme con dos pistolas soldadoras y cascos protectores, y una plancha de metal cuadrada y gruesa. Y la apoyan contra las rejas de la puerta.

Treinta cabezas, sesenta brazos van moviéndose con la velocidad de las incertidumbres, van acercándose, van acumulándose en la zona, van intentando preguntar Qué sueldan, sospechando la respuesta.
  
Y ven las chispas saltar tocando el techo del sótano y cayendo, los colores, desparramarse en esa luz efímera y abierta, los ojos concentrados, casi en trance, viendo derretirse los tonos en el aire cada vez más espeso, aunque el tabaco se haya terminado.
  
Una, Elizabeth, Liliana, Berta, desde el fondo del sótano deja salir Están tapiándonos.

La plancha de metal cubre las rejas desde el piso hasta casi el techo, y deja una abertura de diez centimetros, arriba. Si no tapan esa franja todavía vamos a poder espiar a las celadoras desde la cucheta más alta dice Dora apretando la frente, los oídos, tratando de no oír el ruido de las máquinas, de no sentir el olor del metal recalentado, de no ver los colores del fuego en desparramo.

Fulgores, estallidos, activados en zonas ocultas. Nada de intentar encontrarlos en un cielo azul, ni siquiera combinado con rojos o púrpuras de ciertos atardeceres. Sólo en sótanos. En espacios donde el aire es oscuro, y tan espeso que transmite las ondas de los crujidos, las pisadas de los borceguíes. De los grandes zapatos que golpean contra el piso superior. Sobre las cabezas aquí, sobre las cabezas allá, las cabezas y los extremos de los dedos. Que echan luz.

Somos este sótano, este nudo apretado de la historia, somos la fuerza y el ingenio con que nos desatamos. Somos la soldadura y cada chispa. El cuerpo de todas somos. El gran cuerpo completo. Todo el cuerpo. Su sangre somos, y los huesos. La piel y la respiración. La gran vagina. La orina, el sudor, el alimento. Y cada carcajada. Las distintas maneras de morir y de estallar en risas. Somos la destrucción del escenario y las infinitas opciones para reconstruirlo. Somos la comezón de la psoriasis. La gran psoriasis de la historia del mundo somos. El tic nervioso activo durante las horas de sueño más profundo. El cuerpo somos. Y el hambre de ese cuerpo. El grito de dolor, las caries. Los calmantes. Los tobillos. Los músculos. La ropa que nos cubre. Siempre puesta.

 

 

 

 



José Edmundo Paz-Soldán nació en Cochabamba, Bolivia, en 1967. Es licenciado en Ciencias Políticas y obtuvo un doctorado en Lenguas y Literatura Hispana por la Universidad de Berkeley. En la actualidad es docente de la Universidad de Cornell. Ha sido ganador de varios premios literarios, entre los que se cuentan el Premio Erich Guttentag (Bolivia, 1992), por la novela Días de papel, y el Premio Juan Rulfo (1997), con su obra Dochera; dos años más tarde fue finalista del Premio Rómulo Gallegos con su novela Río fugitivo, también ha sido galardonado con el premio Nacional de Novela 2002 de Bolivia, por la obra El delirio de Turing (La Paz: Alfaguara, 2003. Madrid: Alfaguara, 2004).
Paz Soldán pertenece a una nueva corriente narrativa latinoamericana, que registra en sus obras el impacto de los medios de comunicación masivos y las nuevas tecnologías en el paisaje urbano del continente. Ha formado parte de la antología McOndo (1996), señalada, junto al manifiesto del grupo mexicano del "Crack", como clave para entender la propuesta estética de la nueva generación de narradores. También ha publicado la novela Días de papel (1992), y los libros de cuentos Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) y Amores imperfectos (1998).
Coeditó la antología de cuentos Se habla español (2002). Sus obras han sido traducidas al inglés, alemán, finlandés, francés, danés, griego y ruso, y han aparecido en antologías en España, Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia, Perú, Argentina y Bolivia.




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Sumario | PLASTICA: Daniel Silvo - Terry Rodgers - Otto Dix - Lidó Rico - Vlady Kibalchich - Marcelo Bordese y Miguel Ronsino | FOTOGRAFIA: Simonne Holm - Tarun Chopra - Angie Buckley - Cynthia Greig - Holly Roberts | LITERATURA: José Edmundo Paz-Soldán - Juan Bonilla - Herman Melville - Carlos Gardini - Miguel Ildelfonso - Josué Barrera | POESIA: César Vallejo - Julio Cortázar - Elías Nandino - José Corredor-Matheos - Carmen Matute - A. R. Ammons - Cristina Grisolía - Carlos Pintado | FILOSOFIA: Michel Foucault - Ernest Gellner | PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - Clifford Geertz - Adolfo Vásquez Rocca - Ignacio Castro Rey | CINE: Werner Herzog o la cámara nómada. Por Endika Rey | TEATRO: El tiempo cobrizo. Por Juan Martins


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