La ciudad de los ojos
Por Carlos Gardini

 

 

Abrió los brazos, despedazó el ataúd, arañó la tierra, escupió el pasto y los gusanos que tenía en la boca, se levantó de la tumba apoyándose en el borde como un nadador saliendo del agua.

Le hizo un corte de manga a Dios o al mundo. Había regresado.

No recordaba su nombre. Una semana atrás había muerto de cáncer en un cuarto de hospital con tufo a flores y remedios. Se había muerto con rabia, sabiendo que le quedaba algo por terminar, y sin saber qué era. Sus últimas palabras habían sido mierda mierda mierda, pero nadie las había oído porque no tenía fuerza para pronunciarlas.

Al morir no había tenido visiones idílicas con túneles de luz y coros angélicos. Después sí había tenido visiones, pero no las recordaba. Sólo sabía que durante largo tiempo había escuchado mierda mierda mierda, un Gloria cantado por ángeles borrachos.

El claro de luna lo bañó con un resplandor húmedo. Miró alrededor: hileras de tumbas, mármol blanco, negro, marrón, olor a flores mustias, retratos de difuntos sobre lápidas y cruces, inscripciones, dedicatorias de padres, hijos, cónyuges. Una ojeada a la inscripción de la cruz provisoria (Víctor Valle q .e. p. d.) le permitió recordar su nombre. Víctor Valle sonaba ridículo después de haber estado donde había estado. Aún no sabía qué había visto, pero el ritmo de la visión le vibraba en el cuerpo y en la mente embotada.

Soplaba una brisa caliente. Era una típica noche de enero. Más allá de las altas paredes del cementerio flotaba el fulgor sucio de la ciudad.

Oyó un ruido. Se alarmó, pensó en volver a la tumba abierta. Sintió el miedo de estar en un cementerio de noche, hasta que recordó que él mismo era un muerto. No, no tenía miedo del cementerio, sólo de que lo viera alguien, de que un guardián lo sorprendiera. ¿Había guardianes? ¿Cómo cuidaban los cementerios de noche? Nunca se había puesto a pensarlo. ¿A quién le importaba cómo cuidaban los muertos? Era como la cárcel, el hospital o el manicomio. A nadie le importaba hasta que le tocaba vivir las cosas del otro lado. Ahora a él le tocaba el otro lado, aunque quizá vivir no fuera la palabra adecuada.

El ruido se repitió.

Vio pasar una sombra. Un animal, probablemente un gato. Sintió alivio cuando la sombra se alejó. Si pensaba que inspirar miedo era privilegio exclusivo de los muertos, se equivocaba. El miedo era mutuo. Eran dos lados del espejo, materia y antimateria.

Se levantó, se miró la ropa. Un traje andrajoso y maloliente, el que le habían puesto para velarlo y enterrarlo. ¿Cuánto tiempo había pasado? No mucho, si aún no habían cambiado la cruz de madera por la de mármol. Se levantó, se sacudió la tierra. Se miró la mano. ¿Su carne también estaría andrajosa y maloliente? No, pálida y descolorida, pero entera. El olor a podredumbre venía de la mugre y la ropa, no de la carne.

Echó a andar. No le asombraba la fuerza descomunal con que había podido apartar la tierra y despedazar el cajón, pero le asombraba no tener las piernas entumecidas. Caminaba con soltura, como si estuviera vivo. Reconoció el cementerio de la Chacarita, trató de orientarse.

Iría hacia la puerta de Jorge Newbery, donde no habría gente a esas horas. No quería que lo vieran. Era un muerto, pero en ese momento se sentía un convicto, un fugitivo.

¿Cómo saldría? Las puertas estaban cerradas. ¿Y si no fuera así, y si hubiera alguien, ese temido guardián? Soy un interno, le diría, pero hoy tengo el día libre. Sacudió la cabeza. Su propio chiste no le causaba gracia. Se sentía muy serio; más que serio, solemne, casi pomposo.

No lo vio nadie, y la salida dejó de preocuparle en cuanto se acercó a la pared. La muerte le había dado un nuevo vigor. Podía trepar esa pared como una mosca, y luego saltar diez metros o lo que fuera para caer en la calle sin lastimarse.

No le preocupaba cómo llegar afuera, sino cómo salir de adentro.

Sentía esa fuerza, esa succión que se oponía a su resurrección. La vasta hermandad de los muertos se negaba a soltarlo. Su conciencia era gelatina, y esa gelatina se adhería a ese coro numeroso. Primero entonaron una advertencia: el mundo de afuera, con sus luces, era tan temible como el cementerio para los vivos. El otro lado era espantoso. Él respondió que no, que para eso había vuelto. Tenía que ir al otro lado porque debía terminar algo. El coro se volvió amenazador. Irse era una traición, sería castigado.

Cosas peores que la muerte, clamaron las voces.

Las voces no mentían. Había cosas peores que la muerte.

Sé que seré castigado, pero no por esto, respondió.

Sería castigado por algo que había dejado de hacer, y por algo que aún no había hecho.

Avanzó contra esa corriente, no se dejaría vencer. A fin de cuentas, estaba cumpliendo un mandato. En esas voces había envidia, pero Víctor Valle no creía que lo que debía hacer fuera envidiable, aunque ni siquiera sabía qué era.

Un pájaro surcó la noche, se posó en un árbol. El aleteo sonó como el estruendo de una catarata. La muerte le había aguzado los sentidos.

El mugido de las voces se intensificó. Otro pájaro fue a posarse en el árbol.

Las voces insistieron, reclamándole que regresara. Pero el mandato de la Voz lo inspiró.

La Voz, pensó. Recordaba la textura de esa Voz, pero no qué le había dicho.

Se desprendió de esas voces gelatinosas, apuró el paso.

Caminó hacia el muro, saltó a la calle y fue hacia las luces, hacia la ciudad.

Antes de llegar a la plaza iluminada, a la calle Corrientes, temió llamar la atención con su apariencia. Después pensó que pasaría por un ciruja. Había tantos muertos de hambre en la calle que nadie tenía por qué fijarse en un muerto más. Apuró el paso enérgicamente, y pronto notó que nadie lo miraba con especial atención

Víctor Valle recordó que amaba esa ciudad, o la había amado. Recordó su colección de discos de tango, su afición por los diccionarios de lunfardo, su conocimiento de bares y tugurios. Ahora, al caminar las veinte o treinta cuadras que lo separaban de su casa, ese amor se extinguía. La ciudad era ruidosa, sucia y caótica. Recordaba otras ciudades que lo habían fascinado, y también eran ruidosas, sucias y caóticas. Siempre eran así, por eso lo fascinaban. Claro que había ciudades limpias, y había ciudades apacibles, y había ciudades ordenadas, pero en su catálogo personal no figuraban como ciudades. Mendoza no era una ciudad, ni Berna; ni siquiera Venecia era una ciudad, sólo un fantasma, una seductora reliquia. Y Nueva York, la Madre de las Ciudades, era la Madre del Ruido y la Roña. Las ciudades eran cosas putrefactas, y él, que había nadado en putrefacción, ya no entendía ese amor, esa fascinación por lo corrupto.

Había visto la Ciudad de los Ojos, con su lustre de savia, sangre y semen.

Poco a poco recordó cosas, jirones de imágenes. Su mujer se llamaba Marta, que también era un nombre ridículo, como eran ridículas las formas de las calles, los colectivos, la gente. Todo estaba al sesgo, todo parecía chato, unidimensional. Todo era menos que antes.

Se preguntó cómo lo recibiría su mujer. ¿Qué podía decirle un muerto a su viuda? Y a medianoche, cuando todos dormían. Mala hora para regresar de la tumba. ¿Qué pasaría si Marta le cerraba la puerta en la cara? Quizá ni siquiera le abriera la puerta del edificio. ¿Sentiría hambre, frío, sueño? Hasta ahora no sabía lo que sentía. Estaba confundido, perdido. Era un hombre empecinado que había vuelto de donde pocos lograban volver, pero también era un pobre resucitado que sólo ansiaba volver a casa.

Miró con nostalgia el menú de una pizzería, siguió andando y cruzó el paso a nivel sin prestar atención al campanillazo de advertencia. Cruzó clavando los ojos en el tren que se acercaba, escuchando la música del traqueteo de los rieles. Las cosas recobraban su relieve. El tren y la pizza eran estimulantes después de una resurrección.

 

—Soy Víctor —dijo cuando tocó el portero eléctrico. Soy Víctor, sin disculpas ni aclaraciones.

—Ya bajo —dijo Marta, sin hacer preguntas.

Eso lo tranquilizó, pero de inmediato lo alarmó. ¿Por qué no hacía preguntas? Ellos no conocían a ningún otro Víctor. ¿Tan pronto le había creído? ¿Lo estaba esperando? No podía tomar su regreso con tanta naturalidad. Víctor no se animó a tocar de nuevo, pero estaba seguro de que ella no bajaría. Tal vez estuviera dormida al atender y hubiera respondido automáticamente al oír su voz, pero luego se habría vuelto a la cama. Sin duda estaría dopada con calmantes, reponiéndose de la agonía y muerte de su marido.

¿Y cómo era Marta? Sólo recordaba un borrón.

Pero la reconoció en cuanto ella apareció en el pasillo del edificio.

Marta abrió la puerta. Estaba dopada, en efecto, y tenía los ojos vidriosos, pero no gritó ni berreó ni lloró ni se desmayó.

—Pasá —dijo con voz seca.

Lo hizo pasar, cerró la puerta, lo llevó hacia el ascensor. Le sostenía el brazo como cuando él estaba enfermo y se lo sostenía en el hospital. Ahora Víctor se sentía más fuerte que entonces, más fuerte que nunca, pero se dejó llevar. Marta no dijo una palabra hasta que llegaron al departamento.

Cuando entraron, echó llave y apoyó la cabeza contra la puerta, dándole la espalda.

—Sabía que me harías esto —dijo.

—¿Qué te haría qué?

—Volver. Lo presentía.

—¿Lo presentías? ¿Conocés a mucha gente que haya vuelto?

Ella sacudió la cabeza, no respondió. Dio media vuelta y caminó despacio, sin mirarlo.

—No querías que volviera —dijo Víctor.

—No sé. No sé qué quería.

—Tenía que volver —dijo Víctor.

—Y aquí estás. Y yo no sé qué hacer con mi dolor —dijo Marta. Se desplomó en una silla del comedor diario. Se apoyó la cabeza en las manos.

Víctor no supo qué decir. No podía decirle que se iría si la molestaba. ¿Adónde iba a ir? Ni siquiera recordaba quién era. Sólo un nombre y algunas imágenes deshilachadas.

Marta irguió la cabeza.

—Sacáte esa ropa y tirála —dijo—. Apesta.

Se levantó, lo llevó hasta el dormitorio, abrió la parte del ropero donde él guardaba su ropa. Víctor notó que no había muchos cambios, y al notarlo comprendió que poco a poco se aclimataba, se recobraba. Reconocía objetos, evocaba recuerdos asociados con esos objetos. También notó un leve aire de ausencia, y comprendió sorprendido que esa ausencia era la suya.

—¿Cuánto ha pasado? —preguntó—. Desde que…

—¿Desde que te moriste? No sé. Días. Pero no sé cuántos días. Nunca fui buena para contar los días.

—¿Todo bien?

—¿Todo bien? ¿Qué pregunta es ésa? Todos me la hacen últimamente, y lo entiendo, pero no la esperaba de vos.

Víctor extendió los brazos. Iba a responder algo, pero no pudo. Marta le dio una palmada en la mano.

—Andá, sacáte esa ropa y date un baño, que buena falta te hace.

Víctor cabeceó.

Entró en el baño alegrándose de reconocer más objetos, de sentirse más Víctor Valle. El nombre ya no le parecía tan absurdo. Al bañarse, notó que aún se sentía vigoroso, aunque no tanto como cuando había cruzado de un salto la pared del cementerio. Poco a poco la carne se reacomodaba. La resurrección era un proceso lento, como un postoperatorio.

Cuando fue al dormitorio a cambiarse, Marta lo esperaba sentada en la cama.

—Quiero ver mi habitación —dijo él con timidez.

—Todo está igual —dijo ella—. No he tocado nada.

—Claro.

No confesó que no hubiera reconocido los cambios a primera vista. Aún no recordaba con precisión quién era ni qué hacía, pero estaba seguro de que lo recordaría en cuanto entrara en ese lugar que había llamado "mi habitación". Sabía que no la llamaba "mi pieza" ni "mi cuarto" ni "mi estudio", pero no recordaba qué había adentro. La muerte te tritura la mente, pensó. Pero volví para algo, y tengo que averiguar qué.

—Quiero ver mi habitación —insistió.

Ella lo miró extrañada, dando a entender que no se oponía. Pero él la miró con urgencia, y ella comprendió la urgencia, aunque no el motivo. Víctor había comprendido que aquello que debía hacer debía hacerse en ese lugar.

Marta se levantó y él la siguió.

A "su habitación".

A la meca de su peregrinaje.

 

La meca de su peregrinaje era un cuarto pequeño, despojado: biblioteca, estéreo, sillas, escritorio, computadora, discos, su colección de tangos. Reconoció todo en cuanto lo vio. Eso era él, eso era Víctor Valle. Frente al escritorio había una reproducción de un grabado de M. C. Escher, una mano dibujando o escribiendo una mano que a la vez la dibujaba o la escribía.

Quería cerrar la puerta, estar solo para saborear ese territorio tan suyo y tan desconocido. Al volverse vio que Marta se había ido, como reconociendo que no debía entrometerse en ese momento privado y sagrado.

En una repisa vio libros con su nombre en la tapa. Cuentos, novelas, artículos. A eso se dedicaba, pues.

Empezaba a comprender a qué había ido.

En su interior hablaban dos personas, una que entendía, otra que se negaba a entender.

Tenía que escribir la crónica.

¿Qué crónica?

La crónica del viaje.

¿Qué viaje?

Aún no lograba recordar.

Sabía que era un viaje, y algo más que un viaje.

El viaje por el río de las almas.

Vio un río negro y lustroso en un paisaje subterráneo, pero también un río ancho y marrón como el Paraná, bordeado por frondas verdes bajo un cielo azul y luminoso.

Quitó la funda de la computadora, encendió la máquina.

La máquina zumbó, dio el mensaje de bienvenida, desplegó iconos en la pantalla.

Víctor se sentó. Miró la textura de fondo de la pantalla, que era como granito marrón, y recordó que había nadado a través de la tierra, escupiendo pasto y lombrices.

Movió el mouse, tocó un icono con el puntero. Cliqueó.

El procesador de texto empezó a cargarse con un zumbido de disco. Le recordó el proceso de su cuerpo despertando en el cementerio. Un zumbido, una vibración de la carne.

Pensó en su cuerpo como un icono.

Clic clic. Estoy vivo.

Recordó.

Mientras agonizaba en el hospital, en medio de los retortijones de dolor, la humillación de los pinchazos, el tufo de sus excreciones, las palabras de consuelo, la coercitiva amabilidad de las enfermeras, en medio de su dolor y el dolor que le provocaba el dolor de Marta, había iniciado un viaje.

Era un viaje hacia adentro y hacia abajo. Su mente se sumergía, nadaba en un río subterráneo. A veces el cuerpo la llamaba con sus aguijonazos, temblores, desgarros, su necesidad de comer, orinar y defecar, y entonces él emergía abruptamente, como un ahogado buscando aire. No, quiero irme de aquí, decía. A veces lo atosigaban con calmantes, y nadaba en una bruma donde no había dolor ni viaje, sólo embotamiento.

Pero cuando lograba sumergirse veía que el río donde nadaba era un río del alma, un río de almas, un río-alma. Si abría los ojos de ese alma, veía la ciudad hacia donde iba. La llamaban la Ciudad de los Ojos, un mundo de apariencia repulsiva, pero también una gema radiante.

Y había oído una voz. Una Voz.

Quería representar esa Voz con palabras, escribir esa Voz, pero estaba en coma, a kilómetros de distancia del mundo.

Y de pronto todo se esfumó, la imagen de una película quemada retorciéndose en la pantalla. Sintió los labios de Marta en la frente, oyó un susurro de Marta que era un ruido de hojarasca, y él se fue murmurando mierda mierda mierda con labios que se negaban a abrirse.

Ahora, en su habitación, evocaba todo con claridad.

Después de la muerte seguía un período de nulidad y oscuridad. Había despertado en el ataúd, pero no con sensación de encierro, sino como un hombre tendido en una barca.

Poco a poco notó que la barca se movía, descendía. Emprendía nuevamente el viaje que había vislumbrado en su agonía, pero con mayor vividez. Al principio la tierra parecía cemento blando, luego agua lodosa. Debajo del cementerio se extendía un mar turbulento que primero era fango y luego era lava, el río-alma que había entrevisto durante el coma. Descendía hacia un lugar como si lo llamaran. No le asombraba ver a través del ataúd. Una vasta comunidad de muertos lo acompañaba.

Sintió un tirón en la cabeza, como si una tenaza le arrancara recuerdos, pensamientos o trozos de cartílago. El tirón se transformó en succión.

Oyó la Voz, que era un huracán.

Veo tus secretos, dijo la Voz.

Víctor ya no iba en el ataúd, en la barca. Caminaba por un pasaje que también era una calle, una cloaca y una llanura. Las formas eran líquidas y escurridizas, y también las palabras de la Voz.

Veo tus secretos también era Quiero tus secretos, y Quiero tus secretos también era Quiero tus recuerdos, y Quiero tus recuerdos también era Mastico tu cerebro. Era un torrente de palabras que no eran palabras, un ritmo que decía muchas cosas al mismo tiempo, pero sin ambigüedades ni incoherencias. Eran palabras que eran colores que eran formas.

Eso buscaba yo, se dijo Víctor. Eso quería hacer yo.

Ahí veo un secreto, dijo la Voz. Y secreto también significaba culpa y añoranza.

La Voz cobró una forma, la forma de un mártir frenético, amarrado a la hoguera, contorsionándose de felicidad en las llamas.

Necesitamos tu inspiración, dijo la Voz. Inspiración también era respiración y ambición.

Qué sos, qué eres, qué es usted, preguntó Víctor, y pensó que la Voz se reiría de su vacilación.

Pero la Voz no se rió.

Soy un instrumento, dijo.

La Voz era estremecedora en su familiaridad. Era la voz de un viejo amigo en un café, no la de un Jehová tonante a lo Cecil B. De Mille. Era risueña, como si no se tomara demasiado en serio.

Necesitamos tu presencia, dijo la Voz. Presencia también era decencia e influencia.

Las palabras de la Voz eran agua moviéndose con un ritmo musical que no necesariamente era melodioso. Sí, era el ritmo que él había buscado, y al que había renunciado.

Víctor cerró los ojos, pensando en ese ritmo.

Al abrirlos, notó que había dejado de escribir y miraba hacia la repisa donde estaban sus libros. Por un momento quiso creer que todo había sido una pesadilla. No se había muerto, sólo se había dormido con la cabeza en el teclado. Pronto se iría a la cama, por la mañana le prepararía el desayuno a Marta y le contaría que había tenido un sueño raro donde él se moría y resucitaba. Ella, bromeando, le tomaría el pulso.

Víctor se tomó el pulso.

No había pulso.

La repisa y los libros se volvieron borrosos.

No podía hacerse ilusiones. Aunque hubiera querido, la presencia de la Voz era demasiado fuerte para desoírla.

La repisa. Sus libros.

El ritmo que había buscado, y al que había renunciado.

Recordó.

Sus primeros libros narraban historias donde no había barreras entre los muertos y los vivos, entre lo animado y lo inerte. Con torpeza de principiante, Víctor buscaba un ritmo que coincidiera precisamente con lo que describía, un ritmo contagioso y pegajoso que transmitiera espanto y exaltación a la vez. Los críticos habían hablado de efecto poético, pero él no buscaba un efecto sino una vibración.

La repisa y los libros recobraron su nitidez. Víctor vio la leyenda Ediciones Montero en las tapas y recordó a Vicente. Vicente Montero era un gran ególatra, un gran amigo y un gran lector. También era un especulador financiero y un apostador compulsivo.

—Por eso publico libros como los tuyos. Porque me gusta apostar —le había dicho—. Gano guita con otra cosa y después la pierdo en este juego.

Le había publicado los dos primeros libros, y alguno de los últimos. Después de los dos primeros, le había aconsejado que "cambiara de ramo".

—Esto es sensacional, y lo hacés bien, y recibe muy buenas críticas. Pero a la gilada no le gusta.

Vicente se consideraba un progresista que creía en su papel de redentor de las masas, aunque ya nadie usaba estas palabras, pero también creía en su olfato comercial. Tenía empatía con la gilada, como él decía.

—Para la gilada esto es fantasía, no es real. No es adulto.

—¿Adulto?

—¿Querés escribir adulto? Escribí sobre una mujer que sorprende al marido en la cama con un amigo. Hablá del sida. Eso es adulto. La clase media todavía compra libros, y adora esas pavadas.

—Pensé que te gustaba apostar.

—Ya aposté, y gané. Y ahora quiero doblar la apuesta.

Había escrito adulto, un par de novelas sobre parejas separadas, hijos adictos y mujeres desairadas, un eficaz rosario de opresiones, represiones y depresiones. Las escribió en broma, pero las tomaron en serio. Críticos aduladores citaban sus frases más sentenciosas y latosas como denuncias del "autoritarismo latente en nuestra sociedad", y sus pedestres escenas eróticas como "osadas exploraciones del Deseo". Las ventas crecieron, ganó un par de becas. No se hizo rico, pero liquidó sus deudas y fortaleció su ego. Vicente estaba encantado, y no le ofendió que se pasara a las editoriales grandes.

—Ahora tengo que apostar a otro caballo —dijo—. Además pienso reeditar tus primeras cosas.

A Víctor no lo preocupaba la cantinela eterna de esos colegas temerosos de "prostituirse", de entregarse al "mercado". No le avergonzaba pagar sus deudas con lo que escribía mientras otros peroraban sobre la crisis social y la misión del intelectual desde sus pisos de Palermo y adyacencias, pero se sentía desviado. Su afán de buscar un ritmo no era una veleidad literaria. Ni siquiera escribir era una veleidad literaria. Escribir, buscar el ritmo, era como respirar, y él había dejado de respirar.

En eso, o por eso, lo había sorprendido el cáncer. Y en el abismo del coma, el cáncer le había devuelto la visión.

Pestañeó, miró la pantalla, apoyó las manos en el teclado y siguió escribiendo.

Las letras formaban palabras, frases, párrafos, y los párrafos se sucedían rápidamente en la pantalla, reacomodándose, anudándose, formando conglomerados y dejando lagunas que pronto se rellenaban.

Renuncié al ritmo, escribió, renuncié al ritmo.

De inmediato regresó al río de las almas, al sonido de la Voz, a la forma flamígera del mártir.

Ahí detecto otro pequeño secreto. La Misión del Artista, dijo la Voz con voz socarrona.

Víctor no afirmó ni negó, pero sintió vergüenza.

Misión, protección, salvación, función, dijo despectivamente la Voz.

Soy sólo un muerto que necesita volver, dijo Víctor.

Por qué, preguntó la Voz.

No sé por qué.

Yo sí, dijo la voz. De lo contrario no estaríamos hablando.

Detrás de la forma flamígera del mártir Víctor vio una montaña fulgurante, un fogonazo de luz que lo encandiló.

Iba a preguntar qué era, pero la Voz se le adelantó.

La Ciudad de los Ojos, explicó.

En cuanto dijo Ojos, Víctor distinguió con mayor claridad. La montaña no era una montaña sino un cúmulo, un amontonamiento de ojos enormes y palpitantes, con un lustre de savia, sangre y semen. Aunque navegaba o caminaba por el río de las almas, aunque era un muerto, sintió repulsión por lo que veía, ganas de vomitar. Pero miró de nuevo, y lo que vio no era repugnante, sino esplendoroso. Los ojos eran gemas.

Qué es la Ciudad de los Ojos, preguntó. Y ciudad también era racimo y sinfonía, y ojos también era llama y resplandor.

En la Ciudad de los Ojos el mundo se mira a sí mismo en un fulgor incandescente, dijo la Voz.

La Ciudad de los Ojos era un ojo que se veía a sí mismo. Los ojos eran las almas que se fundían. Era la conjunción de las almas que eran capaces de esa conjunción, la aspiración de las almas que aún no eran capaces. Y almas también era labios y párpados.

La forma del mártir cambió. Se convirtió en un afectado maestro de ceremonias que anunciaba las maravillas de la ciudad ante una muchedumbre de turistas. ¡Pasen y vean!

Con cada frase, el prodigio se convertía en una postal o en una foto de vacaciones, lo extraño se volvía empalagosamente familiar. Víctor trató de no oír el pregón del maestro de ceremonias.

La voz era menos pura, más chillona. Ya no era una Voz. Ya no ejercía ese efecto de succión. Y la gema que era la Ciudad de los Ojos era una baratija.

Comprendió que él había contribuido a que ese mundo fuera más prosaico. Comprendió —y mientras lo escribía recordó que había comprendido— lo que la Voz había querido decirle. Él ya lo había sabido, pero nunca había entendido bien el porqué.

Caminó por calles de ojos, entre paredes de ojos, bajo árboles de ojos. Había ojos tristes, ojos alegres, ojos risueños, ojos bizcos, ojos negros, ojos azules, ojos legañosos, ojos con cataratas. En ventanas de ojos asomaban pares de ojos curiosos. No eran perfectos, y en eso radicaba su perfección. En la Ciudad de los Ojos el mundo se miraba y con esa mirada se creaba a sí mismo. Estaba del otro lado, pero con su existencia desaparecían los lados. Era el reflejo cambiando la imagen original. Era algo que se veía en sueños, que se alimentaba de los sueños.

Víctor sabía perfectamente que esos ojos lo miraban, y también sabía perfectamente que donde él veía ojos otros verían otra cosa. No era una ilusión. Eran ojos, sí, pero había otras facetas que él no veía y otros sí. La Ciudad de los Ojos anudaba todas las visiones, que otros percibirían como todas las músicas o todos los sabores.

Esto es real, dijo la Voz, volviendo a ser la Voz. Y real también quería decir ilusorio.

La ciudad era un vasto koan Zen, una paradoja suprema que sólo era posible en la muerte —muerte también quería decir simiente— y el hecho de verla sólo como una ciudad de ojos era una prueba del deterioro que sufría porque él se había desviado.

¿Prueba?

Sin duda era víctima de una deformación profesional. ¿Por qué el estilo de un mero escritor podía tener tanta importancia?

No, no era eso, no tenía la menor pretensión de poseer un territorio privilegiado. Era como un cirujano en un quirófano, un maestro en un aula, un boxeador en el ring. Salvar una vida, enseñar el alfabeto o tumbar al contrario era lo que uno debía hacer. Y él debía buscar el ritmo. Cada cual empobrecía o enriquecía la Ciudad con sus actos, aun sin saberlo, o sobre todo por no saberlo, y así empobrecía o enriquecía la Voz, y las muchas voces que era esa Voz. Era como si al desviarse él hubiera dejado de pagar sus impuestos.

Descubrió que esta imagen prosaica lo redimía de toda soberbia, de toda grandilocuencia. No era algo especial. Era simplemente la parte que a él le tocaba. El ritmo sí era especial, pero el ritmo no le pertenecía.

Tendrás que volver, dijo la Voz.

Pero esta vez la exhortación sonaba como una orden o una imposición, y Víctor se intimidó. Sospechó que la vuelta no sería placentera.

¿Por qué él? ¿Por qué otros no arañaban la tierra, o juntaban sus cenizas, o hacían lo que fuera necesario con sus cuerpos enterrados o incinerados, triturados o despanzurrados, hundidos o congelados?

Por qué, preguntó, por qué yo. ¿Todos tienen ese privilegio?

No todos, y no es un privilegio. Tendrás que pagar un precio.

¿Un precio?, preguntó Víctor.

No se cruza esa barrera sin pagar un precio, dijo la Voz.

¿Qué gano con esto?, preguntó Víctor.

Viaje ahora, pregunte después, dijo la Voz, con forma de payaso.

Y Víctor se encontró bajo el suelo del cementerio, destrozando la madera del ataúd para salir.

No recordaba quién era, sólo se enorgullecía de haber vuelto, como si fuera un mérito personal.

 

Miró el reloj de la pantalla. Había escrito como en trance durante un par de horas. Ahora sentía la presencia del ritmo en la sangre, en esa sangre que no palpitaba, y también sentía el reclamo de la hermandad de los muertos. Pero con el ritmo sentía algo más potente. Marta, que tan borrosa le había parecido desde su resurrección, apenas una vocal jugando a la rayuela entre tres consonantes, había cobrado relieve y presencia.

El ritmo le había permitido recuperarla porque Marta respiraba con ese ritmo, porque Marta le había mostrado el ritmo en sus mejores momentos. Era difícil de describir, era algo que no figuraba en los manuales de autoayuda ni en el vocabulario de los que hablaban de "asumirse como pareja".

Guardó el archivo, salió de la habitación, vio luz en el dormitorio y fue a buscar a Marta. La encontró sentada en la cama, con una taza en la mano. Al verla así, en bata, despeinada y lánguida, sintió un arrebato de adoración, se sintió vivo.

—¿Querés un café? —preguntó ella.

Sí, quería un café.

Pero antes…

—Antes quiero besarte.

Ella no se movió.

—Soy tu viuda —dijo, con una mezcla de temor y pudor.

Era la frase perfecta, la frase que definía la ambigüedad de la situación. Ella quería decirle que estaba muerto, y no podía amar a un muerto. También quería decirle que estaba de luto, y no podía amar a una persona viva. Era la frase perfecta, y era cómica.

Víctor se echó a reír.

Marta también se echó a reír, y por un instante recobraron la espontaneidad y la alegría que la enfermedad les había arrebatado.

—¿No vas a besarme? —replicó Víctor, aún riendo—. ¿Sólo porque estoy muerto?

La idea de acostarse con su viuda lo excitaba. Era algo que nunca había probado.

Ella pareció contagiarse la excitación. Era algo que tampoco había probado, acostarse con su marido muerto.

Los dos sentían excitación, pero también aprensión. Una frontera los separaba. A pesar de su alarde, él no estaba seguro de que quisiera cruzarla. Tampoco ella.

Pero la urgencia física pudo más que las fronteras.

Víctor notó que Marta se recobraba como por milagro del efecto de los tranquilizantes. Estaba lánguida, pero dispuesta. Y él sentía esa energía bombeándole en el cerebro, en la carne.

Era el ritmo, el ritmo.

El ritmo de la Voz, y el ritmo de la crónica que había escrito, el ritmo que en ese momento guiaba su fiebre. El ritmo los fundió como se fundían las miradas en la Ciudad de los Ojos. Era su promesa, su anticipación, su euforia. ¿Cuál era el castigo? No había castigo. Sólo vaivén, carne muerta fusionándose con la carne viva, un espasmo de gloria.

Después se quedaron un rato en silencio.

Muchas más cosas se le aclaraban a Víctor. Escenas enteras de su vida acudían a su mente, incluso escenas que no recordaba ni siquiera cuando estaba vivo.

—Vicente me preguntó por vos —dijo Marta.

—¿Te preguntó por mí? Yo estoy muerto.

—Me preguntó cómo habían sido los últimos momentos.

—¿No fue a verme?

—¿Al hospital? No mucho. Vicente no sirve para esas cosas.

—Y te preguntó si había dejado algo escrito.

—¿Qué tiene de malo? —dijo Marta—. Después de todo estuvo con vos desde el principio. Tampoco se iba a hacer rico con un libro tuyo.

—No, sólo quiere llenarse la boca diciendo que lo publicó.

—Son muchos años de amistad.

—Una amistad que le convino bastante.

—¿Y a vos no?

Víctor reconoció que ella tenía razón, pero no lo dijo. Le sorprendió que la muerte no lo hubiera redimido de esa terquedad pueril.

—¿Y además qué podía decirle? ¿Mandarlo al cuerno?

—Por ejemplo.

—Para vos es fácil decirlo. Yo no estaba de ánimo para eso. No sabés lo que es perderte.

Víctor quiso protestar, decir que él también la había perdido, pero supo que era otra puerilidad. Él se había ido. Él había emprendido el viaje.

Agachó la cabeza. Le besó las manos.

—Perdón —dijo, y sintió lágrimas en los ojos. ¡Lágrimas! Era la primera vez que lloraba desde su resurrección. Se recobró—. ¿Y qué le dijiste?

—¿Qué iba a decirle? Que no había nada. Hice tal como me habías dicho. Tiré todos los borradores e impresos, y también los archivos inconclusos que dejaste en la máquina.

—¿Aunque presentías que volvería? —preguntó Víctor, con cierta mezquindad.

—¿Por qué no? Si podías volver, podías reconstruirlos.

—¿Cómo fue?

—¿Cómo fue qué?

—¿Cómo fue que lo presentiste? ¿Que presentiste que volvería?

—Lo vi en sueños. No, no lo vi. Lo sentí. Vi ojos que me miraban. Vi muchos ojos y sentí un ritmo. Era un ritmo como… no sé.

—Como el de recién.

—Sí, como el de recién.

Víctor cabeceó. Sentía en la cabeza otro ritmo, el coro de los muertos que lo reclamaba.

El castigo es la despedida, dijo una de sus voces.

Sintió abatimiento.

—Volviste —dijo Marta, leyéndole el pensamiento—. Pero no para quedarte.

—No puedo quedarme. Aunque quisiera, no podría quedarme.

Quería disculparse, pero ella lo silenció con un gesto.

Víctor comprendió. Si la primera separación había sido dolorosa, ésta sería intolerable. Al menos la enfermedad había tenido un desenlace. Si las puertas de la muerte quedaban abiertas, ella siempre tendría esperanzas de que él volviera otra noche. Esa esperanza sería su peor enemiga.

—No podría volver más, aunque quisiera —insistió, pero ella lo hizo callar.

Sabía que era inútil prometer. La muerte y la separación ya no eran definitivas. La herida no podría cerrarse nunca. La vida de Marta estaría consagrada a ese momento, por más que ella misma supiera que no llegaría nunca. Agonizaría a cada minuto. No podría recobrarse del dolor porque no querría recobrarse. Anhelaría continuamente lo que recién habían tenido, la fusión de la carne muerta con la carne viva.

Entonces, como un fogonazo, Víctor comprendió.

El castigo no es sólo la despedida. Es algo peor.

En cualquier caso habría sido demoledor, pero después de haber compartido el ritmo era lacerante.

Tendría que vejar ese cuerpo que amaba.

Para abreviar el sufrimiento de ambos, tendría que matar a Marta.

La miró a los ojos, buscó una respuesta. En los ojos había un Sí, quiero acortar este sufrimiento, pero en la cara había un No, no quiero morir.

Tendría que hacer lo que ambos querían que hiciera, pero ella se resistiría, porque estaba viva, porque estaba del otro lado de la barrera, del otro lado del espejo. Aunque sus ojos dijeran sí, su cuerpo gritaría no.

Él debía ser su liberador y su verdugo.

Y cuando regresara al otro lado, también debería afrontar el castigo por ser el verdugo. Tendría que reparar ese acto, pero de lo contrario tendría que reparar algo peor, una despedida cobarde. La imagen y el reflejo se habían unido, no podían desprenderse.

No puedo hacer esto, dijo una de sus voces.

—Tengo que irme —le dijo a Marta, e intentó levantarse.

Ella se quedó tiesa, irguió los ojos, le clavó una mirada de súplica y reproche. Temblaba. Todo su cuerpo era una convulsión de ansiedad y terror.

No decía nada, pero sus ojos lo decían todo.

Ojos que lo miraban, pensó Víctor, y al mirarlo se miraban a sí mismos.

Se levantó.

—Tengo que irme —repitió.

No puedo hacer esto, repitió una de sus voces.

¿Hacer qué?

Ni siquiera quiero nombrarlo. No puedo.

Marta se levantó sin soltarle las manos.

—¿No querés ese café? —dijo, pero el ritmo de las palabras desmentía las palabras. La pregunta no tenía nada que ver con el café. La pregunta era otra, y no se animaba a decirla.

Víctor la abrazó con todas sus fuerzas.

La miró, quiso besarla. Ella seguía temblando.

No podía matarla, pero tampoco podía abandonarla.

Acalló sus pensamientos y sentimientos. Los anuló, los desactivó, los desconectó. No podía pensar ni sentir para tomar esa decisión.

Agradeció que la muerte lo hubiera fortalecido de esa manera. Agradeció el poder de sus músculos. Matar no era tan fácil, no era como en las películas, y de otra manera no hubiera podido.

Le tomó la cabeza entre las manos, aferrándole la barbilla y la nuca como si fuera a besarla en las mejillas, en la frente, en un gesto de ternura que era —notó en los ojos de Marta— inesperadamente brusco. Era un gesto de ternura, era un acto de amor, era una traición.

Le torció la cabeza con un golpe seco. El cuello crujió. Marta no llegó a quejarse.

Ese crujido hizo brincar el corazón de Víctor, aunque ese corazón ya no palpitaba.

El horror de ese acto impulsivo lo paralizó. El crujido retumbaba en su cabeza, hendiéndole el cerebro. Soltó a Marta, y el cuerpo flojo se desplomó.

Víctor se arrodilló frente al cadáver. Quería llorar, emborracharse, suicidarse.

Suicidarse. Eso tenía gracia.

Como un sonámbulo, fue hasta la ventana, entreabrió una cortina. Vio que el cielo ya estaba gris. No soportaría ver lo que había hecho a la luz del día.

Y los muertos lo reclamaban.

De nuevo anuló sus pensamientos y sentimientos. Su mente adquirió la frialdad del acero.

¿Qué haría con Marta? Podía llevarla consigo, para que iniciaran el descenso juntos. Pero sólo empeoraría las cosas. Había parientes, amigos. Ya no los recordaba, porque todo empezaba a ser borroso de nuevo ahora que el instrumento había cumplido su función, ahora que el plazo se terminaba, pero sabía muy bien que el espanto de una desaparición podía ser más desgarrador que el espanto de una muerte violenta.

Limpió amorosamente el cuerpo de Marta, las huellas que pudiera haberle dejado en el cuello. Su regreso tenía que dejar una marca, pero no de esa manera.

Regresó a su habitación, copió su crónica a un floppy y metió el floppy en un sobre dirigido a Vicente. No sabía si era importante que lo publicara o no. Sabía que el lustre de la Ciudad de los Ojos se reforzaría con la sola existencia del texto, que bastaba con que el ritmo estuviera precariamente apresado en palabras, pero en todo caso era importante que otros compartieran el ritmo. En un papel escribió "Para que sigas apostando". Lo firmó y sonrió. Vicente notaría que no era un escrito que hubiera quedado de antes, sino algo que había escrito después. No sólo Víctor citaba el día y la hora de su muerte en esa crónica, sino que Vicente era demasiado buen lector como para no sentir, no respirar, el viejo ritmo. Pero se negaría a creerlo, pensaría en un bromista. Sólo la gilada creía en fantasmas. Era capaz de contratar a un perito calígrafo para examinar la firma de la nota. En todo caso, tendría algo en qué pensar mientras se divertía con sus apuestas.

Víctor apagó todas las luces, caminó hacia la puerta.

Se detuvo, regresó, prendió de nuevo las luces.

No podía dejar a Marta así, despatarrada en el suelo. Era innecesario. Había tenido que infligir dolor, no quería infligir humillación. La levantó, la tendió en la cama, la estiró delicadamente, le besó los labios. La cabeza floja rodó a un costado y le evocó el horror de su acto. Recordó que ella lo sostenía en el hospital, sostenía su peso muerto para ayudarle a comer y orinar, y le temblaron las manos.

No podía perdonarse lo que había hecho. No podía perdonar que no hubiera tenido más remedio. El castigo había sido tan espantoso como había temido.

Se fue, dejando las luces prendidas, la puerta entreabierta.

Bajó por la escalera, llegó al palier, salió a la calle, escapando de su propia casa como un ladrón.

Peor que un ladrón, pensó. Mucho peor.

Desanduvo las veinte o treinta cuadras que había caminado esa noche.

El cielo aún estaba gris cuando llegó al cementerio. El coro de voces, la hermandad de los muertos, lo llamaba, lo reclamaba. Estaba agotado, pero ese coro le dio fuerzas para saltar.

Saltó el muro, caminó hacia su fosa. El rocío salpicaba las flores de las tumbas. El cementerio, que horas atrás le había parecido misterioso, le resultaba tan prosaico como un hotel o un aeropuerto, un lugar de tránsito.

Excavó con las manos, de nuevo con ese vigor sobrehumano que había sentido al regresar. Se sentó en su cajón despedazado, se cubrió con tierra.

Pensó en los cuidadores, que verían la tierra removida, se rascarían la cabeza y al fin emparejarían la tierra sin hacerse más preguntas.

Se relajó en el cajón, cubierto de tierra, raíces y lombrices.

Cerró los ojos. Volvió a oír el chasquido del cuello de Marta. Tiritó de espanto.

Le rezó a Marta, le pidió perdón. Sabía que en ese momento ella pasaba por ese período de oscuridad y nulidad, el principio de la muerte.

Y decidió esperarla.

Los muertos lo reclamaban, pero aún no emprendería el descenso.

Su monstruoso acto había sido el precio que había debido pagar por el regreso. Ahora debía pagar por ese acto.

Y pagaría.

La esperaría allí.

Uno, dos, tres días, mientras la encontraban, la velaban, la sepultaban. Trató de no pensar en la nueva vejación que sería la autopsia. Trató de pensar sólo en el ritmo. Trató de repetirse la historia que esa noche había escrito como en trance.

Cuando ella llegara a ese laberinto de tumbas, se encontrarían en el mar terroso que se encrespaba bajo la superficie del cementerio.

Las voces lo desgarraban como tenazas calientes. Lo desgarraban como el cáncer lo había desgarrado en sus últimos momentos de agonía. Ese era su segundo castigo. Revivir, una vez más, la decadencia y la podredumbre.

Pero ya notaba un cambio en las voces. Eran más ricas, más profundas, más rítmicas. La imagen modificaba el reflejo. Podía ceder al reclamo, suavizar el tormento, pero el estigma del dolor era lo único que le permitiría no sentirse avergonzado ante Marta.

La Voz tenía razón al hablar de castigo, y tenía razón al decir que él era un instrumento, pero en algo se había equivocado. Aun en medio del desgarramiento, pensó que su regreso era un privilegio. En el centro del horror palpitaba la música.

Las voces reclamaban, pero él resistió.

Ya no recordaba su nombre, ya no recordaba quién era. Sólo recordaba un ritmo, y sabía que esperaba a alguien, aunque tampoco recordaba a quién. Cuando ella llegara, la reconocería por el ritmo, y viajarían juntos. De la mano, aunque sus manos estuvieran deshechas.

A la Ciudad de los Ojos, donde el mundo se miraba a sí mismo en un fulgor incandescente.

 

 

 

 



Carlos Gardini nació en Buenos Aires en 1948. En 1982 recibió el primer premio por su cuento Primera línea, una visión fantasmagórica de la guerra de las Malvinas. El jurado estaba compuesto, entre otros, por Jorge Luis Borges y José Donoso. Ha publicado los libros de cuentos Mi cerebro animal (1983), Primera línea (1983), Sinfonía cero (1984) y Cuentos de Vendavalia (1988), además de las novelas Juegos malabares (1983), El libro de la Tierra Negra (1993), Los ojos de un Dios en celo (1996), El Libro de las Voces (2001), El Libro de la Tribu (2001), Vórtice (2002), Fábulas invernales (2004). También destacan sus traducciones de autores como Robert Graves, William Shakespeare (sobre todo los Sonetos), Henry James, y la obra completa de uno de los escritores representativos de la ciencia ficción: Cordwainer Smith.




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