Las palabras y las cosas (parte VI)
de Michel Foucault (*)
Traducción de Elsa Cecilia Frost

 

 

CAPÍTULO QUINTO
CLASIFICAR

 

4. EL CARÁCTER


La estructura es esta designación de lo visible que, por una especie de prelingüística triple, le permite transcribirse en el lenguaje. Pero la descripción que así se obtiene no es más que una forma de nombre propio: deja a cada ser su individualidad estricta y no enuncia ni el cuadro al que pertenece, ni la proximidad que lo rodea, ni el lugar que ocupa. Es pura y simple designación. Pero, a fin de que la historia natural se convierta en lenguaje, es necesario que la descripción se convierta en "nombre común". Ya se ha visto cómo, en el lenguaje espontáneo, las primeras designaciones que no concernían sino a representaciones singulares, después de originarse en el lenguaje de la acción y en las raíces primitivas, habían adquirido poco a poco, por la fuerza de la derivación, valores más generales. Pero la historia natural es una lengua bien hecha: no debe aceptar ni la constricción de la derivación ni la de su .figura; no debe dar crédito a ninguna etimología.'' Era necesario que reuniera en una sola y única operación lo que el lenguaje cotidiano mantiene separado: debe designar a la vez muy precisamente todos los seres naturales y situarlos al mismo tiempo en el sistema de identidades y de diferencias que los relaciona y los distingue unos de otros. La historia natural debe asegurar, de un solo golpe, una designación cierta y una derivación dominada. Y como la teoría de la estructura dobla una sobre la otra la articulación y la proposición, de la misma manera, la teoría del carácter debe identificar los valores que designan y el espacio en el que se derivan. "Conocer las plantas —decía Tournefort— es saber con precisión los nombres que les han sido dados en relación con la estructura de algunas de sus partes... La idea del carácter que distingue esencialmente unas plantas de otras, debe ir unida invariablemente al nombre de cada planta."

El establecimiento del carácter es, a la vez, fácil y difícil. Fácil, ya que la historia natural no tiene que establecer un sistema de nombres a partir de representaciones difíciles de analizar, sino que fundamentarlo en un lenguaje que ya se ha desarrollado en la descripción. Se nombrará no a partir de lo que se ve, sino a partir de los elementos que la estructura ha dejado pasar ya al interior del discurso. Se trata de construir un segundo lenguaje a partir de este primer lenguaje, pero cierto y universal. Sin embargo, pronto aparece una dificultad mayor. Para establecer las identidades y las diferencias entre todos los seres naturales, habría que tener en cuenta cada uno de los rasgos que pudieran ser mencionados en una descripción. Tarea infinita que haría retroceder el advenimiento de la historia natural a una inaccesible lejanía, si no existieran técnicas para cambiar la dificultad y limitar el trabajo de comparación. Es posible verificar, a priori, que estas técnicas son de dos tipos. O bien hacer comparaciones totales, aunque en el interior de grupos empíricamente constituidos en los que el número de las semejanzas es evidentemente tan elevado que la enumeración de las diferencias no tardará en terminarse; y así podrá asegurarse, cada vez más de cerca, el establecimiento de las identidades y de las distinciones. O bien elegir un conjunto acabado y relativamente limitado de rasgos, en los que se estudiará, en todos los individuos que se presenten, las constantes y las variaciones. Este último procedimiento es lo que se llamó el Sistema. El otro, el Método. Se los opone, como se opone Linneo a Buffon, a Adanson, a Antoine-Laurent de Jussieu. Como se opone una concepción rígida y clara de la naturaleza a la percepción fina e inmediata de sus parentescos. Como se opone la idea de una naturaleza inmóvil a la de una continuidad numerosísima de seres que se comunican entre sí, se confunden y, quizá, se transforman unos en otros... Sin embargo, lo esencial no estriba en este conflicto entre las grandes instituciones de la naturaleza. Está, más bien, en la red de necesidad que en este punto ha hecho posible e indispensable la elección entre dos maneras de formar la historia natural como una lengua. Todo lo demás no es sino una consecuencia lógica e inevitable de ello.

El Sistema delimita tales o cuales de los elementos que su descripción yuxtapone con minuciosidad. Estos elementos definen la estructura privilegiada y, en verdad, exclusiva a propósito de la cual se estudiará el conjunto de identidades o de diferencias. Toda diferencia que no remita a uno de estos elementos será considerada como indiferente. Si, como lo hizo Linneo, se elige como nota característica "todas las partes diferentes de la fructificación"," deberá descuidarse sistemáticamente una diferencia de hoja, de tallo, de raíz o de peciolo. De igual manera, cualquier identidad que no sea la de uno de estos elementos carecerá de valor para la definición del carácter. En cambio, cuando en dos individuos son semejantes estos elementos, reciben una denominación común. La estructura elegida para ser el lugar de las identidades y de las diferencias pertinentes es lo que recibe el nombre de carácter. Según Linneo, el carácter se compondrá de la "descripción más cuidadosa de la fructificación de la primera especie. Todas las otras especies del género se comparan con la primera, desterrando todas las notas discordantes; por último, después de este trabajo, se produce el carácter".

El sistema es arbitrario en su punto de partida ya que descuida, de manera concertada, toda diferencia y toda identidad que no se remitan a la estructura privilegiada. Pero nada impide que un día se pueda descubrir, por medio de esta técnica, un sistema natural; a todas las diferencias en el carácter corresponderían diferencias del mismo valor en la estructura general de la planta; y, a la inversa, todos los individuos o todas las especies reunidas bajo un carácter común tendrían en cada una de sus partes la misma relación de semejanza. Pero no es posible alcanzar el sistema natural sino después de haber establecido con certeza un sistema artificial, cuando menos en ciertos dominios del mundo vegetal o animal. Por ello, Linneo no intenta establecer de inmediato un sistema natural, "antes de que sea perfectamente conocido todo lo pertinente" con respecto a su sistema. Es verdad que el método natural constituye "el primero y el último voto de los botánicos", y todos sus "fragmentos deben ser investigados con el mayor cuidado", como lo hizo el propio Linneo en sus Classes Plantarum; sin embargo, a falta de este método natural aún por venir en su forma cierta y acabada, "los sistemas artificiales son absolutamente necesarios".

Además, el sistema es relativo: puede funcionar con la precisión que se desee. Si el carácter elegido está formado por una estructura grande, con un número elevado de variables, las diferencias aparecerán muy pronto, en cuanto se pase de un individuo a otro, aun si le está muy próximo: el carácter está, así, muy cerca de la pura y simple descripción. Si, por el contrario, la estructura privilegiada es estrecha y conlleva pocas variables, las diferencias serán raras y los individuos se agruparán en masas compactas. El carácter se eligirá en función de la finura de la clasificación que se quiera obtener. Para fundar los géneros, Tournefort ha elegido como carácter la combinación de la flor y el fruto. No a la manera de Césalpin, porque fueran las partes más útiles de la planta, sino porque permitían una combinatoria numéricamente satisfactoria: los elementos tomados de otras tres partes (raíces, tallos y hojas) eran en efecto demasiado numerosos para ser tratados en conjunto y demasiado pocos si se los consideraba por separado. Linneo calculó que los 38 órganos de la generación, cada uno de los cuales conlleva las cuatro variables del número, la figura, la situación y la proposición, autorizarían configuraciones que bastarían para definir los géneros. Si se quiere obtener grupos más numerosos que los géneros, es necesario acudir a caracteres más restringidos ("caracteres facticios convenidos entre los botánicos"), por ejemplo, sólo los estambres o sólo el pistilo: será así posible distinguir las clases o los órdenes.

Así, todo el dominio del reino vegetal o animal podrá cuadricularse. Cada grupo podrá recibir un nombre. En tal medida que una especie, sin tener que ser descrita, podrá ser designada con la mayor precisión posible por medio de los nombres de los diferentes conjuntos en los que está encasillada. Su nombre completo atraviesa toda la red de caracteres que se han establecido hasta las clases más elevadas. Pero, como observa Linneo, este nombre, por comodidad, debe seguir siendo "silencioso" en parte (no se nombran la clase y el orden), aunque, por otro lado, debe ser "sonoro": es necesario nombrar el género, la especie y la variedad. La planta así reconocida en su carácter esencial y designada a partir de él, enunciará al mismo tiempo lo que la designa precisamente, el parentesco que la liga a las que le son semejantes y pertenecen al mismo género (así, pues, a la misma familia y al mismo orden). Recibirá a la vez su propio nombre y toda la serie (manifiesta u oculta) de los nombres comunes én los que se aloja. "El nombre genérico es, por así decirlo, la moneda de buena ley en nuestra república botánica." La historia natural habrá cumplido con su tarea fundamental que es "la disposición y la denominación".

El Método es la otra técnica para resolver el mismo problema. En vez de recortar, dentro de la totalidad descrita, los elementos —escasos o numerosos— que servirán como caracteres, el método consiste en deducirlos progresivamente. Deducir hay que tomarlo aquí en el sentido de sustraer. Se parte —fue esto lo que hizo Adanson en el examen de las plantas del Senegal- de una especie elegida arbitrariamente o dada de antemano por el azar del encuentro. Se la describe por entero de acuerdo con todas sus partes y fijando todos los valores que las variables han tomado en ella. Trabajo que se recomienza en la especie siguiente, dada también por lo arbitrario de la representación; la descripción debe ser tan total corno la primera vez, salvo que nada de lo que ha sido mencionado en la primera descripción debe repetirse en la segunda. Sólo se mencionan las diferencias. Lo mismo debe hacerse en la tercera con respecto a las dos primeras y así indefinidamente. De modo que a final de cuentas todos ios rasgos diferentes hayan sido mencionados una vez, pero nunca más de una vez. Y, al agrupar en torno de las primeras descripciones las que se han hecho después y que se aligeran a medida que se va progresando, se ve dibujarse en medio del caos primitivo el cuadro general de los parentescos. El carácter que distingue cada especie o cada género es el único rasgo mencionado sobre el fondo de las identidades silenciosas. De hecho, una técnica semejante sería, sin duda, la más segura, pero el número de las especies existentes es tal que no podría llegarse al fin. Sin embargo, el examen de las especies encontradas revela la existencia de grandes "familias", es decir, de grupos muy grandes en los cuales las especies y los géneros tienen un número considerable de identidades. Tan considerable, que se señalan por rasgos muy numerosos, aun a la mirada menos analítica; la semejanza entre todas las especies de ranúnculos o entre todas las especies de acónito cae inmediatamente bajo la vista. En este punto, es necesario invertir la marcha a fin de que la tarea no sea infinita. Se admiten las grandes familias, evidentemente reconocidas y cuyas primeras descripciones han definido, como a ciegas, los grandes rasgos. Estos rasgos comunes son los que ahora se establecen de manera positiva; después, cada vez que se encuentre un género o una especie que se destaque manifiestamente, bastará con indicar qué diferencia los distingue de los otros y les sirve como de ámbito natural. El conocimiento de cada especie podrá adquirirse fácilmente a partir de esta caracterización general: "Dividiremos cada uno de los tres reinos en muchas familias que agruparán todos los seres que tienen entre sí relaciones notables, pasaremos revista a todos los caracteres generales y particulares de los seres contenidos en estas familias"; de esta manera "se podrá estar seguro de relacionar todos estos seres con sus familias naturales; así, empezando por la garduña y el lobo, el perro y el oso, se conocerá lo suficiente al león, al tigre, a la hiena que son animales de la misma familia"

En seguida se ve lo que opone el método al sistema. Sólo puede haber un método; en cambio, se puede inventar y aplicar un número considerable de sistemas: Adanson definió sesenta y cinco. El sistema es arbitrario en todo su desarrollo, pero una vez que se ha definido, en el punto de partida, el sistema de variables —el carácter— ya no es posible modificarlo, añadirle o restarle un solo elemento. El método es impuesto desde fuera, por las semejanzas globales que manifiestan las cosas; transcribe de inmediato la percepción en el discurso; permanece, en su punto de partida, más cerca de la descripción; pero siempre le es posible agregar al carácter general que define empíricamente las modificaciones que se impongan: un rasgo que se considere como esencial para un grupo de plantas o de animales puede muy bien no ser más que una particularidad de algunos, si se descubre que, sin poseerla, pertenecen de manera evidente a la misma familia; el método debe estar siempre dispuesto a rectificarse a sí mismo. Como dice Adanson, el sistema es como "la regla de la falsa posición en el cálculo": resulta de una decisión, pero debe ser absolutamente coherente; el método, por el contrario, es "un arreglo cualquiera de objetos o de hechos relacionados por las conveniencias o cualesquiera semejanzas, que se expresa por medio de una noción general y aplicable a todos esos objetos, sin considerar, empero, esta noción fundamental o este principio como absoluto ni invariable, ni tan general que no pueda admitir excepción... El método no difiere del sistema a no ser por la idea que el autor una a sus principios, al considerarlos corno variables en el método y como absolutos en el sistema".

Es más, el sistema no puede reconocer entre las estructuras del animal o del vegetal más que relaciones de coordinación: ya que el carácter ha sido elegido no por razón de su importancia funcional, sino por razón de su eficacia combinatoria, y nada prueba que, en la jerarquía interior del individuo, tal forma de pistilo, tal disposición de los estambres entrañe tal estructura: si la semilla de la adoxa está entre el cáliz y la corola o en el yaro y los estambres están colocados entre los pistilos, éstos no son ahí ni más ni menos que "estructuras singulares": su poca importancia no proviene de su rareza, por cuanto una división igual del cáliz y la corola no tiene más valor que el de su frecuencia. En cambio, el método, por ir de las identidades y las diferencias más generales a las que lo son menos, es susceptible de hacer surgir relaciones verticales de subordinación. En efecto, permite ver cuáles son los caracteres lo bastante importantes para no ser desmentidos jamás en una familia dada. Con respecto al sistema, lo inverso es muy importante: los caracteres más esenciales permiten distinguir las familias mayores y más evidentemente distintas, ya que, para Tournefort o Linneo, el carácter esencial definía el género; y era suficiente para la "convención" de los naturalistas el escoger un carácter facticio para distinguir las clases o los órdenes. En el método, la organización general y sus dependencias internas lo remiten a la traslación lateral de un grupo constante de variables.

A pesar de estas diferencias, el sistema y el método descansan en el mismo pedestal epistemológico. Se lo puede definir en una palabra, diciendo que, en el saber clásico, el conocimiento de los individuos empíricos sólo puede ser adquirido sobre el cuadro continuo, ordenado y universal de todas las diferencias posibles. En el siglo XVI, la identidad de las plantas y de los animales quedaba asegurada por la marca positiva (con frecuencia visible, a veces oculta) de la que eran portadores: por ejemplo, lo que distinguía las diversas especies de pájaros no era tanto las diferencias entre ellas, sino el hecho de que ésta ahuyentara la noche, aquélla viviera en el agua y que la otra se alimentara de carne viva. Todo ser era portador de una marca y la especie se medía según la extensión de un blasón común. Tanto que cada especie se señalaba por sí misma, enunciaba su individualidad, independientemente de todas las otras: éstas bien hubieran podido no existir, los criterios de definición no se habrían modificado por ello con respecto a las únicas que hubieran permanecido visibles. Pero, a partir del siglo XVII, ya no puede haber más signos que los que se encuentran en el análisis de las representaciones según las identidades y las diferencias. Es decir, que toda designación debe hacerse de acuerdo con una cierta relación con todas las otras designaciones posibles. Conocer lo que pertenece como propio a un individuo es tener para sí la clasificación o la posibilidad de clasificar el conjunto de los otros. La identidad y lo que la marca se definen por el resto de las diferencias. Un animal o una planta no es lo que indica —o traiciona— el estigma que se descubre impreso en él; es lo que no son los otros; no existe en sí pnismo sino en la medida en que se distingue. Método y siskina no son sino dos maneras de definir las identidades por la red general de las diferencias. Más tarde, a partir de Cuvier, la identidad de las especies se fijará también por un juego de diferencias, pero éstas aparecerán sobre el fondo de las grandes unidades orgánicas que tienen sus sistemas internos de dependencias (esqueleto, respiración, circulación): los invertebrados no sólo serán definidos por la ausencia de vértebras, sino por un cierto modo de respiración, por la existencia de un cierto tipo de circulación y por toda una cohesión orgánica que dibuja una unidad positiva. Las leyes internas del organismo se convertirán, ocupando el lugar de los caracteres diferenciales, en el objeto de las ciencias de la naturaleza. La clasificación, como problema fundamental y constitutivo de la historia natural se aloja históricamente y de manera necesaria entre una teoría de la marca y una teoría del organismo.

 

5. LO CONTINUO Y LA CATÁSTROFE

En el corazón mismo de esta lengua bien hecha en que se ha convertido la historia natural, perdura un problema. Podría muy bien ocurrir que, a pesar de todo, la transformación de la estructura en carácter no fuera posible y que el nombre común jamás pudiera nacer del nombre propio. ¿Quién puede garantizar que las descripciones no hayan de desplegar elementos tan diversos de un individuo al siguiente o de una especie a otra, que toda tentativa de fundar un nombre común fracasaría de antemano? ¿Quién puede asegurar que cada estructura no está rigurosamente aislada de cualquier otra y que no funciona como una marca individual? A fin de que pueda aparecer el carácter más simple, es necesario que, cuando menos, un elemento de la estructura observada en primer lugar se repita en otra. Pues el orden general de las diferencias que permite establecer la disposición de las especies implica un cierto juego de similitudes. Problema que resulta isomorfo con respecto al que ya encontramos a propósito del lenguaje: a fin de que sea posible un nombre común, es necesario que haya entre las cosas esta semejanza inmediata que permita a los elementos significantes el correr a lo largo de las representaciones, el deslizarse por su superficie, el asirse a sus similitudes para formar, por último, designaciones colectivas. Pero para esbozar este espacio retórico en el que los nombres toman poco a poco su valor general, no era necesario determinar el estatuto de esta semejanza ni tampoco si en verdad estaba fundada; bastaba con que diera fuerza suficiente a la imaginación. Sin embargo, para la historia natural, lengua bien hecha, estas analogías de la imaginación no pueden tener el valor de garantías; era necesario que la historia natural, amenazada bajo el mismo título que cualquier otro lenguaje, encontrara el medio de rodear la duda radical que Hume planteaba con respecto a la necesidad de la repetición en la experiencia. En la naturaleza debe haber continuidad.

Esta exigencia de una naturaleza continua no tiene, desde luego, la misma forma en los sistemas y en los métodos. Para los sistemáticos, la continuidad sólo está hecha por la yuxtaposición sin falla de las diferentes regiones que los caracteres permiten distinguir claramente; basta con una gradación ininterrumpida de valores para tomar, en el dominio entero de las especies, la estructura elegida como carácter; a partir de este principio, parecerá que todos estos valores estarán ocupados por seres reales, aun si todavía no se los conoce. "El sistema indica las plantas, aun aquellas de las que no hace mención; lo que no podría hacer jamás la enumeración de un catálogo." Y sobre esta continuidad de yuxtaposición, las categorías no serán simplemente convenciones arbitrarias; podrán corresponder (si están establecidas de la manera adecuada) a regiones que existen claramente sobre esta capa ininterrumpida de la naturaleza; serán terrenos más vastos, pero también más reales que los individuos. Así, el sistema sexual ha permitido descubrir, según Linneo, géneros indudablemente fundados: "Sabed que no es el carácter el que constituye el género, sino el género el que constituye el carácter; que el carácter procede del género, y no éste de aquél". En cambio, en los métodos, para los que las semejanzas, en su forma maciza y evidente, son dadas de antemano, la continuidad de la naturaleza no será este postulado puramente negativo (nada de espacios en blanco entre las categorías distintas), sino una exigencia positiva: toda la naturaleza forma una gran trama en la que los seres se asemejan cada vez más, en la que los individuos vecinos son infinitamente semejantes entre sí; tanto que cualquier corte que no indique la diferencia ínfima del individuo, sino de las categorías mayores, es siempre irreal. Continuidad de fusión en la que toda- generalidad es nominal. Nuestras ideas generales —dice Buffon— "son relativas a una escala continua de objeto, de la que no nos damos cuenta con claridad sino en su medio y cuyas extremidades huyen y escapan siempre en mayor medida a nuestras consideraciones... Mientras más se aumente el número de las divisiones de las producciones naturales, más se acercará a lo verdadero, ya que no existen realmente en la naturaleza más que individuos, y los géneros, los órdenes, las clases, sólo existen en nuestra imaginación". Y Bonnet decía, en este mismo sentido, que "no hay saltos en la naturaleza: todo está graduado, matizado. Si entre dos seres cualesquiera existiera un vacío ¿cuál sería la razón del paso de uno a otro? No hay un punto por encima o por debajo del cual se aproximen por ciertos caracteres y se alejen por otros". Siempre se puede, pues, descubrir "producciones medias" como por ejemplo el pólipo entre el vegetal y el animal, la ardilla voladora entre el pájaro y el cuadrúpedo, el mono entre el cuadrúpedo y el hombre. En consecuencia, nuestras distri- buciones en especies y en clases "son puramente nominales"; no representan más que "medios relativos a nuestras necesidades y nuestros límites de conocimiento".

En el siglo XVIII, la continuidad de la naturaleza es exigida por toda la historia natural, es decir, por todo el esfuerzo por instaurar en la naturaleza un orden y descubrir sus categorías generales, ya sean reales y prescritas por distinciones evidentes, o cómodas y simplemente destacadas por nuestra imaginación. Sólo el continuo puede garantizar que la naturaleza se repite y que, en consecuencia, la estructura puede convertirse en carácter. Pero pronto esta exigencia se desdobla. Pues si fuera algo dado a la experiencia, en su movimiento ininterrumpido, el recorrer exactamente, paso a paso, el continuo de los individuos, de las variedades, de las especies, de los géneros, de las clases, no sería necesario constituir una ciencia; las designaciones descriptivas se generalizarían con pleno derecho y el lenguaje de las cosas, por un movimiento espontáneo, se constituiría en discurso científico. Las identidades de la naturaleza se ofrecerían como con todas sus letras a la imaginación y el deslizamiento espontáneo de las palabras en su espacio retórico reproduciría en líneas plenas la identidad de los seres en su generalidad creciente. La historia natural se haría inútil o, más bien, estaría ya hecha por el lenguaje cotidiano de los hombres; la gramática general sería al mismo tiempo la taxinomia universal de los seres. Pero si una historia natural, perfectamente distinta del análisis de las palabras, resulta indispensable, es porque la experiencia no nos entrega, tal cual, el continuo de la naturaleza. Lo da a la vez desmenuzado —ya que hay muchas lagunas en la serie de valores efectivamente ocupados por las variables (hay seres posibles cuyo lugar puede verificarse, pero que nunca se ha tenido ocasión de observar)— y revuelto, ya que el espacio real, geográfico y terrestre, en el que nos encontramos, nos muestra a los seres embrollados unos con otros, en un orden que, con relación a la gran capa de las taxinomias, no es más que azar, desorden y perturbación. Linneo hizo observar que al asociar en los mismos lugares a la lernaea (que es un animal) y la conferva (que es un alga), o aun la esponja y el coral, la naturaleza no une, como lo querría el orden de las clasificaciones, "las plantas más perfectas con los animales llamados muy imperfectos, sino que combina los animales imperfectos con las plantas imperfectas". Y Adanson verificó que la naturaleza "es una mezcla confusa de seres que el azar parece haber acercado: aquí el oro se mezcla con otro metal, con una piedra, con una tierra; allá la violeta crece al lado del roble. Entre estas plantas vagan igualmente los cuadrúpedos, los reptiles y los insectos; los peces se confunden, por así decirlo, con el elemento acuoso en el que nadan y con las plantas que crecen en el fondo de las aguas... Esta mezcla es tan general y tan múltiple que parece ser una de las leyes de la naturaleza".

Ahora bien, este embrollamiento es el resultado de una serie cronológica de acontecimientos. Éstos tienen su punto de partida y su primer lugar de aplicación, no en las especies vivas mismas, sino en el espacio en el que se alojan. Se producen en la relación de la Tierra con el Sol, en el régimen de climas, en los avatares de la corteza terrestre; lo que logran primero son los mares y los continentes, la superficie del globo; los vivientes no son tocados sino de manera secundaria, de rechazo: el calor los atrae o los aleja, los volcanes los destruyen; desaparecen junto con las tierras que se hunden. Por ejemplo, tal como suponía Buffon, es posible que la tierra haya sido incandescente en su origen, antes de enfriarse poco a poco; los animales habituados a vivir en temperaturas más altas, se han reagrupado en la única región tórrida actual, en tanto que las tierras templadas o frías se poblaron de especies que hasta entonces no habían tenido ocasión de aparecer. Con las revoluciones en la historia de la tierra, el espacio taxinómico (en el que las vecindades son del orden del carácter y no del modo de vida) se encontró repartido en un espacio concreto que lo trastornó. Además: es indudable que fue roto y muchas especies, vecinas de las que conocemos o intermediarias entre terrenos taxinómicos que nos son familiares, han desaparecido y sólo dejaron tras ellas huellas difíciles de descifrar. En todo caso, esta serie histórica de acontecimientos se suma a la capa de los seres: no le pertenece propiamente, se desarrolla en el espacio real del mundo y no en aquel, analítico, de las clasificaciones; lo que pone en duda es el mundo como lugar de los seres y no los seres en cuanto tienen la propiedad de ser vivientes. Una historicidad, que simbolizan los relatos bíblicos, afecta directamente nuestro sistema astronómico e indirectamente la red taxinómica de las especies; y además del Génesis y el Diluvio, es posible que "nuestro globo haya sufrido otras revoluciones que no nos han sido reveladas. Conviene a todo el sistema astronómico y los enlaces que unen este globo con los otros cuerpos celestes y, en particular, con el sol y los cometas pueden haber sido la fuente de muchas revoluciones de las que no queda ninguna huella perceptible para nosotros y de las que, quizá, los habitantes de los mundos vecinos pueden tener algún conocimiento".

Así, pues, la historia natural supone, para poder existir como ciencia, dos conjuntos: uno de ellos está constítuido por la red continua de los seres; esta continuidad puede tomar diversas formas espaciales; Charles Bonnet la piensa o bien bajo la forma de una gran escala lineal cuyas extremidades son una muy simple y la otra muy complicada, y que tiene en el centro una estrecha región media, única que nos ha sido develada, o bien bajo la forma de un tronco central del que partirían de un lado una rama (la de los mariscos con los cangrejos de mar y río como ramificación complementaria) y del otro la serie de los insectos que abrace insectos y ranas; Buffon define esta misma continuidad "como una gran trama o, más bien, como un haz que de intervalo en intervalo hace brotar ramas laterales para reunirse con haces de otro orden"; Pallas sueña con una figura poliédrica; J. Hermann quería constituir un modelo de tres dimensiones compuesto por hilos que, partiendo todos de un punto común, se separaran unos de otros "extendiéndose por un gran número de ramas laterales", para después reunirse de nuevo." De estas configuraciones espaciales que describen, cada una a su manera, la continuidad taxinómica, se distingue la serie de los acontecimientos; ésta es discontinua y diferente en cada uno de sus episodios, pero su conjunto no puede esbozar sino una línea simple que es la del tiempo (y que puede concebirse como recta, quebrada o circular). En su forma concreta y en el espesor que le es propio, la naturaleza entera se aloja entre la capa de la taxinomia y la línea de las revoluciones. Los "cuadros" que forma bajo la mirada de los hombres y que el discurso de la ciencia está encargado de recorrer, son los fragmentos de la gran superficie de especies vivas, tal como ha sido recortada, revuelta y congelada entre dos vueltas del tiempo.

Vemos cómo resulta superficial el oponer, como dos opiniones diferentes y rivales en sus opciones fundamentales, un "fijismo" que se contenta con clasificar los seres de la naturaleza en un cuadro permanente, y una especie de "evolucionismo" que sostendría una historia inmemorial de la naturaleza y una profunda presión de seres a través de su continuidad. La solidez sin lagunas de una red de especies y de géneros y la serie de los acontecimientos que la han roto forman parte, en un mismo nivel, de la base epistemológica a partir de la cual fue posible en la época clásica un saber como his- toria natural. No son dos maneras distintas de percibir la naturaleza radicalmente opuestas, ya que están comprometidas en elecciones filosóficas más viejas y más fundamentales que cualquier ciencia; son dos exigencias simultáneas en la red arqueológica que define el saber de la naturaleza durante la época clásica. Pero estas dos exigencias son complementarias y, por ello, irreductibles. La serie temporal no puede integrarse a la gradación de los seres. Las épocas de la naturaleza no prescriben el tiempo interior de los seres y de su continuidad; dictan las intemperies que no han dejado de dispersarlos, de destruirlos, de mezclarlos, de separarlos, de entrelazarlos. No hay y no puede haber ni siquiera la sospecha de un evolucionismo o de un transformismo en el pensamiento clásico; pues el tiempo nunca es concebido como principio de desarrollo para los seres vivos en su organización interna; sólo se lo percibe a título de revolución posible en el espacio exterior en el que viven.

 

6. MONSTRUOS Y FÓSILES

Se nos objetará que, mucho antes de Lamarck, hubo todo un pensamiento de tipo evolucionista. Que su importancia fue grande a mediados del siglo xvm hasta que Cuvier señala su detención. Oue Bonnet, Maupertuis, Diderot, Robinet y Benoit de Maillet articularon muy claramente la idea de que las formas vivas pueden pasar de unas a otras, que las especies actuales son sin duda el resultado de transformaciones antiguas y que todo el mundo vivo se dirige, quizá, hacia un punto futuro, en tal grado que no puede asegurarse de ninguna forma viva que haya sido adquirida definitivamente y esté estabilizada para siempre. De hecho, tales análisis son incompatibles con lo que actualmente entendemos como pensamiento evolucionista. En efecto, su propósito es el cuadro de las identidades y de las diferencias en la serie de acontecimientos sucesivos. Y para pensar la unidad de este cuadro y de esta serie sólo tiene dos medios a su disposición.

El primero consiste en integrar la serie de las sucesiones con la continuidad de los seres y su distribución en cuadro. Todos los seres que la taxinomia ha dispuesto en una simultaneidad ininterrumpida están, pues, sometidos al tiempo. No en el sentido de que la serie temporal haya hecho nacer una multiplicidad de especies que una mirada horizontal podría disponer luego de acuerdo con un cuadriculado clasificador, sino en el sentido de que todos los puntos de la taxinomia están afectados por un índice temporal, de suerte que la "evolución" no es más que el desplazamiento solidario y general de la escala, desde el primero hasta el último de sus elementos. Este sistema es el de Charles Bonnet. Implica, en primer lugar, que la cadena de los seres, tendida a través de una serie innumerable de anillos hacia la perfección absoluta de Dios, no la alcanza actualmente; que todavía es infinita la distancia entre Dios y la menos defectuosa de las criaturas; y que, en esta distancia quizá infranqueable, no deja de avanzar hacia una perfección mayor toda la trama ininterrumpida de los seres. Implica también que esta "evolución" mantiene intacta la relación que existe entre las diferentes especies: si una de ellas, al perfeccionarse, alcanza el grado de complejidad que posee de antemano la del grado inmediatamente superior, ésta sin embargo no se reúne con aquélla, pues, llevada por el mismo movimiento, ha tenido que perfeccionarse en una proporción equivalente: "Habrá un progreso continuo y más o menos lento de todas las especies hacia una perfección superior, de modo que todos los grados de la escala serán continuamente variables en una relación determinada y constante... El hombre, trasportado a una morada más adecuada a la eminencia de sus facultades, dejará al mono y al elefante ese primer lugar que ocupaba entre los animales de nuestro planeta... Habrá Newtons entre los monos y Vaubans entre los castores. Las ostras y los pólipos serán, en relación con las especies más elevadas, lo que los pájaros y los cuadrúpedos son con respecto al hombre"." Este "evolucionismo" no es una manera de concebir la aparición de los seres unos a partir de los otros; es, en realidad, una manera de generalizar el principio de continuidad y la ley que quiere que los seres formen una capa sin interrupción. Añade, en un estilo leibniziano, el continuo del tiempo al continuo del espacio y a la infinita multiplicidad de los seres, el infinito de su perfeccionamiento. No se trata de una jerarquización progresiva, sino del desarrollo constante y global de una jerarquía ya instaurada. Lo que supone, en última instancia, que el tiempo, lejos de ser un principio de la taxinomía, no es más que uno de sus factores. Y que está preestablecido lo mismo que todos los otros valores tomados por todas las otras variables. Así, pues, es necesario que Bonnet sea preformacionista —y esto en un grado mucho mayor que lo que nosotros comprendemos, a partir del siglo XIX, por "evolucionismo"; está obligado a suponer que los avatares o las catástrofes del globo han sido dispuestos de antemano como otras tantas ocasiones para que la cadena infinita de los seres se acabe en el sentido de un mejoramiento infinito: "Estas evoluciones han estado previstas e inscritas en los gérmenes de los animales desde el primer día de la creación. Pues estas evoluciones están ligadas con las revoluciones en todo el sistema solar que Dios ha ordenado de antemano". El mundo entero ha sido larva; hélo aquí crisálida; un día, sin duda alguna, se convertirá en mariposa. Y todas las especies serán arrastradas de la misma manera por esta gran mudanza. Como vemos, tal sistema no es un evolucionismo que empiece por trastornar el viejo dogma de la fijeza; es una taxinomia que implica, además, al tiempo. Una clasificación generalizada.

La otra forma de "evolucionismo" consiste en hacer que el tiempo desempeñe un papel del todo opuesto. Ya no sirve para desplazar sobre la línea finita o infinita del perfeccionamiento el conjunto del cuadro clasificador, sino para hacer aparecer, unos tras otros, todos los casos que, juntos, formarán la red continua de las especies. Hace tomar sucesivamente a las variables de lo vivo todos los valores posibles: es un ejemplo de una caracterización que se hace poco a poco y como elemento tras elemento. Las semejanzas o las identidades parciales que sostienen la posibilidad de una taxinomía serían pues las marcas expuestas en el presente de un solo y mismo ser vivo, que persiste a través de los avatares de la naturaleza y llena así todas las posibilidades que el cuadro taxinómico deja abiertas. Por ejemplo, como observa Benoit de Maillet, si las aves tienen alas como los peces aletas, es porque fueron, en la época del gran reflujo de las aguas primigenias, besugos que se quedaron en seco o delfines que pasaron para siempre a una patria aérea. "El semen de estos peces, llevado por las salinas, puede haber dado lugar a la primera transmigración de la especie de su habitación marítima a la terrestre. Aunque hayan perecido cien millones sin haber podido aclimatarse, fue suficiente con que dos pudieran hacerlo para que surgiera la especie." Los cambios en las condiciones de vida de los seres vivos parecen entrañar tanto ahí como en ciertas formas de evolucionismo, la aparición de especies nuevas. Pero el modo de acción del aire, del agua, del clima, de la tierra sobre los animales no es el de un medio sobre una función y sobre los órganos en los que se cumple; los elementos exteriores sólo intervienen a título de ocasión para hacer aparecer un carácter. Y esta aparición, siempre y cuando esté cronológicamente condicionada por tal acontecimiento del globo, se hace posible a priori por el cuadro general de las variables que define todas las formas eventuales de lo vivo. El semievolucionismo del siglo XVIII parece presagiar tanto la variación espontánea del carácter, tal como la encontramos en Darwin, como la acción positiva del medio, tal como la describirá Lamarck. Pero esto es una ilusión retrospectiva: para esta forma de pensamiento, en efecto, la sucesión del tiempo no puede dibujar nunca más que la línea a lo largo de la cual se suceden todos los valores posibles de las variables preestablecidas. Y, en consecuencia, es necesario definir un principio de modificación interior del ser vivo que le permita, al presentarse una peripecia natural, el tomar un carácter nuevo.

Así, pues, nos encontramos ante un nuevo punto de elección: ya sea suponer en lo viviente una aptitud espontánea para cambiar de forma (o, cuando menos, para adquirir a través de las generaciones un carácter ligeramente diferente del que se había dado originalmente; tanto que terminará, poco a poco, por hacerse irreconocible), ya sea también el atribuirle la búsqueda oscura de una especie terminal que poseerá los caracteres de todas aquellas que la han precedido, pero con un grado más alto de complejidad y de perfección.

El primer sistema es el de los errores al infinito —tal como lo encontramos en Maupertuis. El cuadro de las especies que la historia natural puede establecer habría sido adquirido, pieza por pieza, por el equilibrio constante en la naturaleza, entre una memoria que asegura la continuidad (mantiene a las especies en el tiempo y en la semejanza de una a otra) y una tendencia a la desviación que asegura, a la vez, la historia, las diferencias y la dispersión. Maupertuis supone que las partículas de materia están dotadas de actividad y de memoria. Atraídas unas por otras, las menos activas forman sustancias minerales; las más activas dibujan el cuerpo, más complejo, de los animales. Estas formas, que se deben a la atracción y al azar, desaparecen cuando no pueden subsistir. Las que se conservan dan nacimiento a nuevos individuos, cuya memoria mantiene los caracteres de la pareja progenitora. Y esto sigue siendo así hasta que una desviación de las partículas —un azar— hace nacer una nueva especie que la fuerza obstinada del recuerdo mantiene a su vez: "La diversidad infinita de los animales provendría de repetidos rodeos". Así, cada vez más de cerca, los seres vivos adquieren por variaciones sucesivas todos los caracteres que conocemos de ellos, y la capa coherente y sólida que forman no es, cuando se les ve en la dimensión del tiempo, más que el resultado fragmentario de un continuo mucho más cerrado, mucho más acabado: un continuo tejido por un número incalculable de pequeñas diferencias olvidadas o abortadas. Las especies visibles que se ofrecen a nuestro análisis han sido recortadas sobre el fondo incesante de monstruosidades que aparecen, centellean, caen al abismo, y a veces, se mantienen. Y aquí está el punto fundamental: la naturaleza sólo tiene una historia en la medida en que es susceptible de una continuidad. Por tomar, por turno, todos los caracteres posibles (cada valor de todas las variables) se presenta bajo la forma de la sucesión.

No corre distinta suerte el sistema inverso del prototipo y de la especie terminal. En este caso, hay que suponer, con J. B. Robinet, que la continuidad no está asegurada por la memoria, sino por un proyecto. Proyecto de un ser complejo hacia el que se encamina la naturaleza a partir de elementos simples que compone y arregla poco a poco: "Al principio, los elementos se combinan. Un pequeño número de principios simples sirve de base a todos los cuerpos"; son éstos los que presiden exclusivamente la organización de los minerales; después "la magnificencia de la naturaleza" no deja de aumentar "hasta llegar a los seres que pasean sobre la superficie del globo"; "la variación de los órganos en cuanto al número, el tamaño, la finura, la textura interna, la figura externa, da nuevas especies que se dividen y subdividen hasta el infinito por nuevos arreglos". Y así sucesivamente hasta llegar al arreglo más complejo que conocemos. De suerte que toda la continuidad de la naturaleza se aloja entre un prototipo, absolutamente arcaico, enterrado más profundamente que cualquier historia, y la complicación extrema de este modelo, tal como se puede observar, cuando menos sobre el globo terrestre, en la persona del ser humano. Entre estos dos extremos existen todos los grados posibles de complejidad y de combinación: como una inmensa serie de ensayos, algunos de los cuales han persistido bajo la forma de especies constantes y otros de los cuales han sido absorbidos. Los monstruos no pertenecen a otra "naturaleza" que las especies mismas: "Creemos que las formas más extrañas en apariencia... pertenecen necesaria y esencialmente al plan universal del ser; que son metamorfosis del prototipo, tan naturales como las otras, ya sea que nos ofrezcan fenómenos diferentes o que sirvan de paso a las formas vecinas; que preparan y ordenan las combinaciones que las siguen, del mismo modo que ellas son ordenadas por las que las preceden; que contribuyen al orden de las cosas, lejos de perturbarlo. Quizá la naturaleza sólo llega a producir seres más regulares y una organización más simétrica a fuerza de seres". Tanto en Robinet como en Maupertuis, la sucesión y la historia sólo son, con respecto a la naturaleza, medios de recorrer la trama de las variaciones infinitas de las que es susceptible. Mí, pues, no es el tiempo ni la duración el que asegura, a través de la diversidad de los medios, la continuidad y la especificación de los seres vivos; sino que, sobre el fondo continuo de todas las variaciones posibles, el tiempo dibuja un recorrido en el cual los climas y la geografía sólo toman en cuenta las regiones privilegiadas y destinadas a mantenerse. El continuo no es el surco visible de una historia fundamental en la que un mismo principio vivo lucharía como un medio variable. Pues el continuo precede al tiempo. Es su condición. Y con relación a él, la historia no puede desempeñar más que un papel negativo: cuenta y hace subsistir o descuida y deja desaparecer.

De aquí, dos consecuencias. Primero, la necesidad de hacer intervenir a los monstruos —que son como el ruido de fundo, el murmullo ininterrumpido de la naturaleza. En efecto, si se necesita que el tiempo, que es limitado, recorra —quizá haya recorrido ya—todo el continuo de la naturaleza, debe admitirse que un número considerable de variaciones posibles se ha tachado, después borrado; así como la catástrofe geológica era necesaria para que se pudiera pasar del cuadro taxinómico al continuo, a través de una experiencia mezclada, caótica y desgarrada, así la proliferación de monstruos sin futuro es necesaria para que se pueda redescender del continuo al cuadro a través de una serie temporal. Dicho de otra manera, lo que en un sentido debe leerse como el drama de la tierra y de las aguas, debe leerse, en otro sentido, como una aberración aparente de las formas. El monstruo asegura, en el tiempo y con respecto a nuestro saber teórico, una continuidad que los diluvios, los volcanes y los continentes hundidos mezclan en el espacio para nuestra experiencia cotidiana. La otra consecuencia es que a lo largo de una historia tal, los signos de la continuidad no pertenecen más que al orden de la semejanza. Dado que ninguna relación entre el medio y el organismo 58 define esta historia, las formas vivas sufrirán todas las metamorfosis posibles y no dejarán tras ellas, como señal del trayecto recorrido, más que referencias de las similitudes. Por ejemplo, ¿en qué se puede reconocer que la naturaleza no ha dejado de esbozar, a partir del prototipo primitivo, la figura del hombre, provisionalmente terminal? En que ha abandonado en su recorrido mil• formas que dibujaban el modelo rudimentario. ¿Cuántos fósiles son, con respecto a la oreja, el cráneo o las partes sexuales del hombre como otras tantas estatuas de yeso, modeladas un día y dejadas después por una forma más perfeccionada? "La especie que se asemeja al corazón humano y que por esa causa se llama antropocardita... merece una atención especial. Su sustancia es un guijarro por dentro. La forma de un corazón ha sido imitada lo mejor posible. Se distingue el tronco de la vena cava, con una porción de sus dos cortes. Se ve también salir del ventrículo izquierdo el tronco de la gran arteria con su parte inferior o descendente." 59 El fósil, con su naturaleza mixta de animal y mineral es el lugar privilegiado de una semejanza que el historiador del continuo exige, en tanto que el espacio de la taxinomia la descompone rigurosamente.

El monstruo y el fósil desempeñan un papel muy preciso en esta configuración. A partir del poder del continuo que posee la naturaleza, el monstruo hace aparecer la diferencia: ésta, que aún carece de ley, no tiene una estructura bien definida; el monstruo es la cepa de la especificación, pero ésta no es más que una subespecie en la lenta obstinación de la historia. El fósil es el que permite subsistir las semejanzas a través de todas las desviaciones recorridas por la naturaleza; funciona como una forma lejana y aproximativa de identidad; señala un semicarácter en el cambio del tiempo. Porque el monstruo y el fósil no son otra cosa que la proyección hacia atrás de estas diferencias y de estas identidades que definen, para la taxinomia, la estructura y después el carácter. Forman, entre el cuadro y el continuo, la región sombría, móvil, temblorosa en la que lo que el análisis definará como identidad no es aún sino analogía muda; y lo que definará como diferencia asignable y constante no es aún sino variación libre y azarosa. Pero, a decir verdad, la historia de la naturaleza es tan imposible de pensar para la historia natural, y la disposición epistemológica dibujada por el cuadro y el continuo tan fundamental, que el devenir sólo puede tener un lugar intermedio y medido por las solas exigencias del conjunto. Por ello, no interviene a no ser en el paso necesario de uno a otro. Es como un conjunto de intemperies ajenas a los seres vivos y que únicamente llegan a ellos desde el exterior. Es como un movimiento sin cesar trazado pero detenido en su esbozo y perceptible sólo en los bordes del cuadro, en sus márgenes descuidados: y así, sobre el fondo del continuo, el monstruo cuenta, como en una caricatura, la génesis de las diferencias, y el fósil recuerda, en la incertidumbre de sus semejanzas, los primeros intentos obstinados de identidad.

 

7. EL DISCURSO DE LA NATURALEZA

La teoría de la historia natural no puede disociarse de la del lenguaje. Y, sin embargo, no se trata de una transferencia de método de una a otra. Ni de una comunicación de conceptos o del prestigio de un modelo que, por haber "logrado éxito" en una parte, fuera ensayado en el terreno vecino. Tampoco se trata de una racionalidad más general que impondría formas idénticas a la reflexión sobre la gramática y a la taxinomia. Sino de una disposición fundamental. del saber que ordena el conocimiento de los seres según la posibilidad de representarlos en un sistema de nombres. Sin duda, hubo en esta región que ahora llamamos vida muchas otras investigaciones aparte de los esfuerzos de clasificación, muchos otros análisis aparte del de las identidades y las diferencias. Pero todos descansaban sobre una especie de a priori histórico que los autorizaba en su dispersión, en sus proyectos singulares y divergentes y que hacía igualmente posibles todos los debates de opiniones a los que daban lugar. Este a priori no está constituido por un grupo de problemas constantes que los fenómenos concretos planteen sin cesar como otros tantos enigmas para la curiosidad de los hombres; tampoco está formado por un cierto estado de los conocimientos, sedimentado en el curso de las edades precedentes y que sirve de suelo a los progresos más o menos desiguales o rápidos de la racionalidad; tampoco está determinado, sin duda alguna, por lo que llamamos la mentalidad o los "marcos del pensamiento" de una época dada, si con ello debe entenderse el perfil histórico de los intereses especulativos, de las credulidades o de las grandes opciones teóricas. Este a priori es lo que, en una época dada, recorta un campo posible del saber dentro de la experiencia, define el modo de ser de los objetos que aparecen en él, otorga poder teórico a la mirada cotidiana y define las condiciones en las que puede sustentarse un discurso, reconocido como verdadero, sobre las cosas. El a priori histórico que, en el siglo XVIII, fundamentó las investigaciones o los debates sobre la existencia de los géneros, la estabilidad de las especies, la trasmisión de los caracteres a través de las generaciones, es la existencia de una historia natural: organización de un cierto visible como dominio del saber, definición de las cuatro variables de la descripción, constitución de un espacio de vecindades en el que cualquier individuo, sea el que fuere, puede colocarse. La historia natural de la época clásica no corresponde al puro y simple descubrimiento de un objeto nuevo de curiosidad; recubre una serie de operaciones complejas que introducen en un conjunto de representaciones la posibilidad de un orden constante. Constituye, en cuanto descriptible y ordenable a la vez, todo un dominio de empiricidad. Lo que la emparienta con las teorías del lenguaje, la distingue de lo que entendemos, a partir del siglo xix, por biología y la hace desempeñar un cierto papel crítico en el pensamiento clásico.

La historia natural es contemporánea del lenguaje: tiene el mismo nivel que el juego espontáneo que analiza las representaciones en el recuerdo, fija los elementos comunes e impone, por último, los nombres. Clasificar y hablar tienen su lugar de origen en ese mismo espacio que la representación abre en el interior de sí misma ya que está destinada al tiempo, a la memoria, a la reflexión, a la continuidad. Pero la historia natural no puede ni debe existir como lengua independiente de todas las demás a no ser que sea una lengua bien hecha. Y universalmente valiosa. En el lenguaje espontáneo y "mal hecho", los cuatro elementos (proposición, articulación, designación y derivación) dejan entre ellos intersticios abiertos: las experiencias de cada uno, las necesidades o las pasiones, los hábitos, los prejuicios, una atención más o menos despierta han constituido centenares de lenguajes diferentes, que no se distinguen sólo por la forma de las palabras, sino, sobre todo, por la manera en que estas palabras recortan la representación. La historia natural sólo será una lengua bien hecha si el juego queda cerrado: si la exactitud descriptiva hace de cada proposición un recorte constante de lo real (si siempre es posible atribuir a la representación lo que se articula) y si la designación de cada ser indica con todo derecho el lugar que ocupa en la disposición general del conjunto. En el lenguaje, la función del verbo es universal y vacía; prescribe solamente la forma más general de la proposición; y en el interior de ésta juegan los nombres su sistema de articulación; la historia natural reagrupa estas dos funciones en la unidad de la estructura que articula unas con otras todas las variables que pueden atribuirse a un ser. Y en tanto que, en el lenguaje, la designación está expuesta, en su funcionamiento individual, al azar de las derivaciones que dan su amplitud y su extensión a los nombres comunes, el carácter, tal como lo establece la historia natural, permite a la vez marcar al individuo y situarlo en un espacio de generalidades que se encajan unas en otras. Tanto que, por encima de las palabras de todos los días (y a través de ellas, ya que puede utilizárselas muy bien para las primeras descripciones) se construye el edificio de una lengua de segundo grado en la que reinan, por fin, los Nombres exactos de las cosas: "El método, alma de la ciencia, designa a primera vista cualquier cuerpo de la naturaleza de tal manera que este cuerpo enuncie el nombre que le es propio y que este nombre haga recordar todos los conocimientos que hayan podido adquirirse en el curso del tiempo sobre el cuerpo así denominado: tanto que en la confusión extrema se descubre el orden soberano de la naturaleza".

Pero esta denominación esencial —este paso de la estructura visible al carácter taxinómico— remite a una exigencia costosa. El lenguaje espontáneo, a fin de cumplir y rizar la figura que va de la función monótona del verbo ser a la derivación y al recorrido del espacio retórico, sólo tenía necesidad del juego de la imaginación: es decir, de las semejanzas inmediatas. En cambio, para que la taxinomia sea posible es necesario que la naturaleza sea realmente continua y en su plenitud misma. Allí donde el lenguaje exigía la similitud de las impresiones, la clasificación exige el principio de la menor diferencia posible entre las cosas. Ahora bien, este continuum, que aparece así en el fondo de la denominación, en la abertura que se deja entre la descripción y la disposición, está supuesto como muy anterior al lenguaje y como su condición. Y no sólo porque pueda fundamentar un lenguaje bien hecho, sino porque da cuenta de todo lenguaje en general. Sin duda alguna, es la continuidad de la naturaleza la que da a la memoria la oportunidad de ejercitarse, dado que una representación, confusa y mal percibida por cualquier identidad, hace recordar otra y permite aplicar a ambas el signo arbitrario de un nombre común. Lo que en la imaginación se daba como una similitud ciega no era más que el rastro irreflexivo y revuelto de la gran trama ininterrumpida de las identidades y de las diferencias. La imaginación (aquella que autoriza al lenguaje al permitir la comparación) formaba, sin que se supiera entonces, el lugar ambiguo en el que la continuidad rota, pero insistente, de la naturaleza se reunía con la continuidad vacía, pero atenta, de la conciencia tanto que no habría sido posible hablar ni habría habido lugar para el menor nombre si, en el fondo de las cosas, antes de toda representación, la naturaleza no hubiera sido continua. Para establecer el gran cuadro sin falla de las especies, los géneros y las clases ha sido necesario que la historia natural utilice, critique, clasifique y, por último, reconstituya con nuevos gastos un lenguaje cuya condición de posibilidad residía justamente en este continuo. Las cosas y las palabras se entrecruzan con todo rigor: la naturaleza sólo se ofrece a través de la reja de las denominaciones y ella que, sin tales nombres, permanecería muda e invisible, centellea a lo lejos tras ellos, continuamente presente más allá de esta cuadrícula que la ofrece, sin embargo, al saber y sólo la hace visible atravesada de una a otra parte por el lenguaje.

Es por ello por lo que, sin duda alguna, la historia natural, en la época clásica, no pudo constituirse como biología. En efecto, hasta fines del siglo XVIII, la vida no existía. Sólo los seres vivos. Éstos forman una clase o, más bien, varias en la serie de todas las cosas del mundo: y si se puede hablar de vida es sólo como un carácter —en el sentido taxinómico de la palabra— en la distribución universal de los seres. Se tiene la costumbre de repartir las cosas de la naturaleza en tres clases: los minerales, a los que se reconoce crecimiento, pero no movimiento ni sensibilidad; los vegetales, que pueden crecer y son susceptibles de sensación; los animales que se desplazan espontáneamente. En lo que se refiere a la vida y al umbral que instaura, se los puede hacer deslizarse, según el criterio que se adopte, todo a lo largo de esta escala. Si, con Maupertuis, se la define por la movilidad y las relaciones de afinidad que atraen los elementos unos hacia otros y los mantienen unidos, es necesario alojar la vida en las partículas más simples de la materia. Se está obligado a situarla mucho más alto en la serie si se la define por un carácter cargado y complejo, como lo hacía Linneo, al fijar como criterio el nacimiento (por semen o brote), la nutrición (por intususcepción) el envejecimiento, el movimiento externo, la propulsión interna de líquidos, las enfermedades, la muerte, la presencia de vasos, glándulas, epidermis y utrículos. La vida no constituye un umbral manifiesto a partir del cual se requieran formas completamente nuevas del saber. Es una categoría de clasificación, relativa, lo mismo que todas las demás, al criterio que uno se fije. Y como todas las demás, sometida a ciertas imprecisiones en cuanto se trata de fijar sus fronteras. Así como el zoofito está en la franja ambigua entre los animales y las plantas, así los fósiles y los metales se alojan en este límite incierto en el que no se sabe si hablar o no de vida. Pero el corte entre lo vivo y lo no vivo nunca es problema decisivo. Como dice Linneo, el naturalista —aquel al que llama historien naturales— "distingue por la vista las partes de los cuerpos naturales, los describe convenientemente según el número, la figura, la posición y la proporción, y les da nombre". El naturalista es el hombre de lo visible estructurado y de la denominación característica. No de la vida.

Así, pues, no es necesario relacionar la historia natural, tal como se desplegó durante la época clásica, con una filosofía, aunque fuera oscura y hasta balbuciente, de la vida. En realidad, se entrecruza con una teoría de las palabras. La historia natural está situada, a la vez, antes y después del lenguaje; deshace el lenguaje cotidiano, pero con el fin de rehacerlo y descubrir lo que lo ha hecho posible a través de las semejanzas ciegas de la imaginación; lo critica, pero para descubrir en él el fundamento. Si lo retoma y quiele cumplirlo a la perfección es porque también retorna a su origen. Franquea este vocabulario cotidiano que le sirve de suelo inmediato y, más allá de él, va en busca de lo que ha podido constituir su razón de ser; pero, a la inversa, se aloja por completo en un espacio del lenguaje, ya que es esencialmente un uso concertado de los nombres y su último fin es dar a las cosas su verdadera denominación. Entre el lenguaje y la teoría de la naturaleza existe, pues, una relación de tipo crítico; en efecto, conocer la naturaleza es construir, a partir del lenguaje, un lenguaje verdadero que descubrirá en qué condiciones es posible cualquier lenguaje y dentro de qué límites puede tener un dominio de validez. La cuestión crítica existió, sin duda, en el siglo XVIII, si bien ligada a la forma de un saber determinado. Por esta razón no podía adquirir autonomía y valor de interrogación radical: no ha dejado de rondar en una región en la que se planteaba el problema de la semejanza, de la fuerza de la imaginación, de la naturaleza y de la naturaleza humana, del valor de las ideas generales y abstractas, en suma, de las relaciones entre la percepción de la similitud y la validez del concepto. En la época clásica —Locke y Linneo, Buffon y Hume dan testimonio de ello— la cuestión crítica es la del fundamento de la semejanza y de la existencia del género.

A fines del siglo XVIII, aparecerá una nueva configuración que revolverá definitivamente, a los ojos del hombre moderno, el viejo espacio de la historia natural. Por una parte, la crítica se desplaza y se separa del suelo en que había nacido. En tanto que Hume hacía del problema de la causalidad un caso de interrogación general acerca de las semejanzas, Kant, al aislar la causalidad, invierte la cuestión: allí donde se trataba de establecer las relaciones de identidad y de distinción sobre el fondo continuo de las similitudes, hace aparecer el problema inverso de la síntesis de lo diverso. De golpe, la cuestión crítica se remite del concepto al juicio, de la existencia del género (obtenida por el análisis de las representaciones) a la posibilidad de ligar entre ellas las representaciones, del derecho de nombrar al fundamento de la atribución, de la articulación nominal a la proposición misma y al verbo ser que la establece. Se encuentra, pues, completamente generalizada. En vez de tener validez por razón de las solas relaciones de la naturaleza y de la naturaleza humana, se plantea la interrogación acerca de la posibilidad misma de todo conocimiento.

Pero, por otro lado, en la misma época, la vida adquiere su autonomía en relación con los conceptos de la clasificación. Escapa a esta relación crítica que, en el siglo XVIII, era constitutiva del saber de la naturaleza. Escapa, lo que quiere decir dos cosas: la vida se convierte en objeto de conocimiento entre los demás y, con este título, dispensa de toda crítica en general; pero también resiste a esta jurisdicción crítica, que retorna por su cuenta y que traslada, en su propio nombre, a todo conocimiento posible. En tal medida, que a lo largo del siglo xnc, de Kant a Dilthey y a Bergson, los pensamientos críticos y las filosofías de la vida se encontrarán en una posición de recuperación y de disputa recíprocas.

 

- Leer Las palabras y las cosas (parte I) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte II) -

- Leer Las palabras y las cosas (parte III) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte IV) -

- Leer Las palabras y las cosas (parte V) -

 

 

(*) Michel Foucault. Nació el 15 de octubre de 1926 en Poitiers en el seno de una familia de médicos. Cursó estudios de filosofía occidental y psicología en la École Normale Supérieure de París. Se graduó presentando una tesis sobre historia de la locura en la época clásica que se publicó en 1962. En los años 60, dirigió los departamentos de filosofía de las Universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes. Participó junto con los estudiantes en las protestas y manifestaciones de mayo del 68 y, posteriormente, formó parte de una comisión para la defensa de la vida y de los derechos de los inmigrantes. En el año 1970 fue profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Las principales influencias en su pensamiento fueron los filósofos alemanes Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Como filósofo se adscribe al estructuralismo. Sus estudios pusieron en tela de juicio la influencia del filósofo político alemán Karl Marx y del psicoanalista austriaco Sigmund Freud. Su pensamiento se desarrolló en tres etapas, la primera, en Locura y civilización (1960), que escribió mientras era lector en la Universidad de Uppsala, en Suecia, estudia, a través de la modificación del concepto de “locura” y de la oposición entre razón y locura que se establece a partir del siglo XVII, la necesidad que tienen todas las culturas de definir lo que las limita, es decir, lo que queda fuera de ellas mismas. En su segunda etapa escribió Las palabras y las cosas (1966), que lleva como subtítulo Arqueología de las ciencias humanas, y donde dice que todas las ciencias que tienen como objeto el ser humano son producto de mutaciones históricas que reorganizan el saber anterior, recreando un conjunto epistemológico que define en todos los dominios los límites y las condiciones de su desarrollo. Su última etapa empezó con la publicación de Vigilar y castigar, en 1975, donde se preguntaba si el encarcelamiento es un castigo más humano que la tortura, pero se ocupa más de la forma en que la sociedad ordena y controla a los individuos adiestrando sus cuerpos. En sus libros, Historia de la sexualidad, Volumen I: Introducción (1976), El uso del placer (1984) y La preocupación de sí mismo (1984), rastrea las etapas por las que la gente ha llegado a comprenderse a sí misma en las sociedades occidentales como seres sexuales, y relaciona el concepto sexual que cada uno tiene de sí mismo con la vida moral y ética del individuo. Falleció el 25 de junio de 1984 en París.




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