Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio,
esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa
donde el vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.
Oh noche, asiste
Oh noche, asiste a tus estrellas solitarias
cuando parecen caer de tu árbol infinito
como heridas naranjas que remonta el otoño inclemente
y arde el estío en incendios de rosa y cigarra.
Ven desde tus sombrías órbitas sin pupilas,
desde tu oscura soledad alterna
con la lira sumida en ofertorios,
en extremo delirio de un cántico sin pausa.
Reconócelas, madre de cosas antiguas, presérvalas de olvido
que azota con un látigo invisible los caballos del sol a mediodía
cuando en el lugar de cada estrella se encabritan los delfines azules
y una mentida luz nos niega el cielo verdadero donde estás
sentada y lloras.
Rescátalas del día, de la cárdena luna,
de los nombres que el tiempo les inscribe en los mapas
-¡oh Aldebarán, oh Rígel, desnuda Casiopea!-
¡hay que maduren lentas para el hombre lejano
que cantará algún día sin tan tristes palabras!
Alza más firme tu árbol
para anidar sus sueños cadenciosos y verdes.
¡Oh mariposa magna, ten contigo
tanta estrella cayendo con luces paulatinas!
Tenlas allá, retén sus naranjas celestes
que hasta mi ardida cara declinan un aroma
de soledad ansiosa,
¡oh llamada ciega de la noche!
Las ruinas de Cnossos
Ya no hay laberintos
ni reyes de mirada plana, imprecatorios,
inventando por gestos las leyes de la tierra.
Las calles se repueblan de monstruos cabizbajos
confundidos entre las vendedoras de pasteles y peinetas,
sin decretos ni claustración, caídos
a la irrisión de las miradas que los siguen y enumeran.
Ni prestigio, ni nombres execrados,
ni hermanas lamentándose en los muros.
Envueltos en bufandas se pierden en los huecos del tráfico
con paquetes que llevan a sus casas,
a las pensiones familiares donde comen y duermen.
A nadie tienen que los tema y vocifere,
ningún adolescente de encendida espada
irrumpe de la nave y corre a ellos para morder por fin
el alegre, jugoso durazno de la sangre.
Lo uno y lo otro
¿Y qué le queda al final de la cosecha?
Estas dos manos arrugadas, este rostro
donde ya empolla el tiempo.
Adentro, ebrio en su pozo
el sapo dulcemente late.
Creo que cuenta veinte,veintiuno,
veintidós, veintitrés,
o lunes, martes, miércoles. Procedimientos
para dormir, pero no duerme.
Afuera está también la vida en todas partes,
y las veletas giran, y las nubes.
Es triste ser tan solo en la unidad, estas plabras,
todo lo que rodeándolo lo aparta,
lo define,
todo lo que en el mundo lo condena
a ser testigo y al final -cuándo, ya pronto-
oscura res de un hacha transparente.
After such pleasures
Esta noche, buscando tu boca en otra boca,
casi creyéndolo, porque así de ciego es este río
que me tira en mujer y me sumerge en sus párpados,
qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor
sabiendo que el placer es ese esclavo innoble
que acepta las monedas falsas sonriendo, las circula sonriendo.
Olvidada pureza, cómo quisiera rescatar
ese dolor de Buenos Aires, esa espera sin pausas ni esperanza.
Solo en mi casa abierta sobre el puerto
otra vez empezar a quererte,
otra vez encontrarte en el café de la mañana
sin que tanta cosa irrenunciable
hubiera sucedido.
Y no tener que acordarme de este olvido que sube
para nad, para borrar del pizarrón tus muñequitos
y no dejarme más que una ventana sin estrellas.
Quartier
El día durmiéndose en redondo
a mediodía en Sèvres-Babylone,
¿y qué canto se rompe en los tejados casi verdes de grises,
casi negros de rotos, con palomas terrosas?
A esta hora corren las midinettes en puntas de zapato
con la vacía cartera llena de talco,
con las vacías caras llenas de hermosura
a dar el blando salto que las entierra poco a poco en la babosa boca del Metro,
y abajo rugen los leones.
Sí, están comiéndose los días,
los devorantes, las enormes hormigas peludas
escupiendo zapatos y botones, desgarrando las faldas
en busca de la carne caliente, el fácil
carrousel de las doce, el Bon Marché.
Al mismo tiempo en cada casa se abre la ventana
para que el cielo vea las cocinas
con la madre hacendosa que dispone
las berenjenas, algún diente de ajo, un caldo
donde se inflama el perejil chirriante.
Los millones de granos de arroz
que caen grumo a grumo en las gargantas,
el blando salto que (se dijo) entierra poco a poco en las bocas del Metro
a las muchachas sueltas,
a niños de lustrados cartapacios,
y abajo rugen los leones
perdidos, esplendor de esa matanza
como soles de sangre y amoníaco.
El mediodía entero se masturba
de libertad y de hambre
entre carros de tomates,
las brazadas de espliego,
y un río de cinturas corre a su muerte suave
sobre los autobuses, el amor y los diarios,
cayéndose en la vida dislocada
que se recompondrá a las trece y treinta
cuando el último león sucumba, abyecto,
bajo una costra de colillas
y tenedores engrasados.
Negro el 10
EMPIEZA por no ser. Por ser no. El Caos es negro.
Como es negra la nada.
NACE la claridad, su gallo triza el cielo,
se esponjan los colores vanidosos.
Pero el negro se ahínca primigenio. Toda luz
en el carbón se abisma, en el basalto.
Tes pysiciens appellent corps noirs ous eux qui
absorbent intégralement les radiations reÇues.
E.U.
PARA mejor lanzarlos al asalto
del día. (Goya pudo decirlo.)
SOCAVÓN en la sangre, en la memoria,
lo negro sube a la palabra, es la tormenta
rabiosa de los odios y los celos:
Othelo el blackmoor, el moro negro
siempre, para el lívido Yago.
PADRE profundo, pez abisar de los orígenes,
retorno a qué comienzo,
estigia contra el sol, y sus espejos,
término de los cambios,
última estela de las mutaciones,
palabra del silencio.
SU PALACIO nocturno: el sueño, el párpado
sedosa guillotina del diurno pavorreal
para que sólo las similitudes
desplieguen sus tapices de morado, de púrpura y de óxidos,
harem del negro, esperma de los sueños.
SE DIRÍA que le gusta que lo aplanen, lo espatulen, lo tiendan en las lisas superficies, como se hace aquí. Se diría que ama ser el trampolín desde donde saltan los colores, su callado sostén. Todo es más contra el negro, todo es menos cuando falta.
CEDES a estas metamorfosis que una mano enamorada cumple en ti, te llenas de ritmos, hendiduras, te vuleves tablero, reloj de luna, muralla de aspilleras abiertas a lo que se acecha siempre del otro lado, máquina de contar cifras fuera de las cifras, astrolabio y portulano para tierras nunca abordadas, mar petrificado en el que resbala el pez de la mirada.
CABALLO negro de las pesadillas, hacha del sacrificio, tinta de la palabra escrita, pulmón del que diseña, serigrafía de la noche, negro el diez: ruleta de la muerte, que se juega viviendo.
TU SOMBRA espera tras de toda luz.
Discurso del método
Y terminar con la imaginación,
con los fantasmas de reemplazo, la invención obscena,
esta fácil ternura del recuerdo a pieacere,
para con otra facultad más entrañable
ponerte frente, alzarte como eres, obligarte
de luz y de verdad a ser de nuevo
la copa y el rumor de pájaros
sobre el tronco desnudo.
Homenaje a Alain Resnais
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tras un pasillo y una puerta
que se abre a otro pasillo, que
sigue hasta perderse
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desde un pasaje que conduce
a la escalera que remonta
a las terrrazas
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donde la luna multiplica
las rejas y las horas
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hasta una alcoba en la que espera
una mujer de blanco
al término de un largo recorrido
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más allá de una puerta y un pasillo
que repite las puertas hasta el límite
que el ojo alcanza en la penumbra
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por un zaguán donde hay una ventana
cerrada, que vigila un hombre
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en una operación combinatoria
en la que el muerto boca abajo
es otra indagación que recomienza
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ante un espejo que denuncia
o acaso altera las siluetas
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LA GOTA de vitriolo baja por el párpado
buscando el ojo el día que abomina
resbala al seno corre hacia el pezón la vida
El vitriolo quemándole el pico a la paloma
en la mano que busca la mano del amigo
hay que echarlo, escupir sobre esa gota
que tapa el sol la mujer el futuro
No cedas a su lívida pupila que te mira
desde el pacto el olvido el compromiso
desde los besos entre dientes y los perros atados
Con el taco más duro del zapato Alegría
rómpele la carrera y los esguinces
acorrala esa gota que ya llega
a la encía rosada de tus hijos
Juega en la calle abierta mátala a carcajadas.
Homenaje a Mallarmé
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donde la boca que te busca
sólo te encuentra si estás sola
bajo las crueles amapolas
de esa batalla en plena fuga
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y el juego en el que cada espejo
miente otra vez lo ya mentido,
y con los ecos del vacío
tañe la música del tiempo
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para que el ojo enajenado
vea en la flor un mero signo
allí donde cualquier camino
devuelve al mismo primer paso
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como el caballo que denuncia
con el terror frente a su sombra
el simulacro de esa forma
que el hombre viste de hermosura
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Jardín para Octavio Paz
Esta vibración verde es una planta envuelta en aire
este verde es el aire que perfuma
este perfume es el lenguaje de la planta
Yo no soy nada
si no soy la planta
el aire
la fragancia
y nada es nada
si no se ve que nada es nada
aquí
ahora
Un niño juega sobre el césped
elige un árbol
otro
otro
va de un árbol al centro del jardín
corre a otro árbol
a otro
vuelve al centro
Un pájaro canta
y desde fuera
árboles niño y pájaro
no son eso
Desde fuera es
desde dentro
para el que mira como quien
ama
como quien
lucha
como quien
pasa a través de ningún
obstáculo
La prueba más dura
ese salto que consiste en
quedarse inmóvil al borde de
la plenitud sin bordes
que
(plenitud)
no existe como imagen ni soporte
Y entonces
el niño llega al árbol
y se comprende que no había pájaro cantando
que el canto era ese nombre
que recibe ese acto
para el que está mirando como quien
ama
como quien
vive
como quien
sabe que los árboles
la verde vibración
que es la planta
envuelta en aire
lo salvan de ser eso
que todo el resto insiste en darle
a partir de zapatos
mujeres
espectáculos
días
El que mira es ahora lo mirado
pero el niño
elige nuevamente un árbol
corre y regresa
y otra vez corre y vuelve
Lo mirado se queda más allá
y el que miraba vuelve a ser
ése que mira
Hasta que alguna vez acaso
Hasta que no haya vuelta
Poema
Morir de otoño o primavera, apenas
doblar la frente, mientras en lo oscuro
una germinación salva y sostiene
la mentira incesante de la vida…
¡Poco quiero indecisos equinoccios,
pérfida primavera dilatoria!
Morir de pie, mordiendo la naranja
henchida de estío, o en los dientes
la nieve de la sidra, y asumirlas.
¡Marzo fluvial, olvídame en tu paso!
Yo no quiero morir de lluvia y hojas
con altos torbellinos, entre cierzos.
Más bien de amor por el verano izándose
sobre su acre premura acariciante;
o sin sangre, absorbido por la noche
de una fría columna enlunecida,
solo y sin voz, apenas una pausa
en la perfecta vanidad del cielo.
CALENDARIO, colmena de abejas desiguales,
¿cuál de esas celdas hoy tan claras
donde posan mis ojos sin ver más que los bucles
de una cifra
albergará futuro, para algún llanto ajeno
la miel de mi silencio?
Antes, después
como los juegos al llanto
como la sombra a la columna
el perfume dibuja el jazmín
el amante precede al amor
como la caricia a la mano
el amor sobrevive al amante
pero inevitablemente
aunque no haya huella ni presagio
Claroscuro de Góngora
aquél ruiseñor llora, que sospecho
que tiene otros cien mil dentro del pecho
que alternan su dolor por su garganta.
Góngora
Ni cifra ni conjuro para verte
-oscuro sol no se descifra, genio
ni lis de flor confiada- en un milenio
sin el amor que ayuda a conocerte.
No senda en el azar de comprenderte
-comprenderte, quererte- ni el ingenio
de disecar al Flechador y al Genio
para alcanzar tu luz, para aprehenderte.
Entrega a ti, por ser y nutrirse
-gracia, color, disfrázanse en la pluma-;
cante espuma de tiempos el encanto
milagroso de un irse que es venirse
-morir, vivir, ensueños en la Suma-
y el milagro presente de tu canto.
Helecho
para que te remanses en tu noche
de ojos cerrados y de labios húmedos
tras esa extrema operación del musgo
en que mi cuerpo cede sus halcones
bajo el misterio cenital que te abre
los muslos de la voz con que murmuras
las enumeraciones de esa espuma
donde otra vez la antigua diosa nace
mientras la sed se exalta en la confluencia
de las dos vías blancas que se cruzan
-Diana de las encrucijadas últimas,
luna de sangre entre las perras negras-
máquina de medusa y unicornio
en que se enreda el tiempo hasta arrancarle
la máscara sin ojos del instante
cuando caemos desde lo más hondo
un jadear, un sílex de gemido,
algo que interminable se desploma
hasta que el torbellino de gaviotas
dibuja un ya borrado laberinto
junto al murmullo alterno que renueva
contra la almohada de algas y saliva
el doble agonizar donde desfila
una lenta teoría de panteras
I
ME PARECE que una tormenta en una rosa
ha de ser como uno de esos pensamientos
que sólo en sueños desovillan sus dientes horrorosos
y que olvidamos necesariamente, atraídos
por el perfume del despertar,
por los pétalos del día y el reloj.
II
Decir viento, decir dame la mano
hipótesis de juego: mate en dos jugadas.
¿no será que somos porque hablamos,
que el Logos, finalmente, es esa sangre
que corre (verbo) por las venas (nombre)?
III
No me creo capaz de abrir la puerta
para ir a jugar.
Creo en la puerta, y eso basta:
no se abrirá por mí ni para mí.
Un almohadón de plumas contiene los billetes
del viaje misterioso.
Corre,
(...)
VAYA a saber por qué, este tiempo me llega como una despedida,
un estar ya detrás, rebasado, excedido.
No me quejo, si el yo todavía se asoma
-la primera persona del singular, no hay otra
que no sea mentira o artificio-,
si fretne a los que allá discurren
sobre mi narcisismo, que consiste
en decir llanamente que viví, que aquí estuve,
que amé y que quise ser empecinadamente lo que fui,
me limito a mirar todavía adelante,
a no apelar a los fáciles subterfugios de oficio,
a las modestias que se estilan en el gremio,
qué puedo hacer en estas vísperas
en que todo se da como un adiós. ¿Cambiar, cambiarme,
ponerme esa corbata con el color de moda,
marcar el paso preferido, comprar la yerba o el tabaco
que se debe? Ah, yo.