La sexualidad y su sombra*
Por Ignacio Castro Rey

 

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Es indiscutible que, en el campo de los derechos civiles, la batalla del feminismo está en camino de ganarse y que esto responde a un imperativo elemental de justicia [1] . Lo que es discutible es que la discusión, existencial y política, termine en el tema de los derechos civiles. Aunque tampoco aquí se trata de añorar nada, lo cierto es que en las relaciones tradicionales, que aún subsisten por debajo de la luz pública, se daba una retirada de la mujer del campo de lo histórico que ahora debe buscar otras vías. En mayor medida que antes, la mujer se atreve actualmente a entrar en el terreno del hombre, utilizando sus armas y usando a fondo la incoherencia de un patrón histórico que, presumiendo de democrático, deja abiertamente fuera a buena parte de la población activa. De ahí ese complejo de culpa que generan, hasta en la derecha, las reivindicaciones feministas. Es evidente que desde el punto de vista inmediatamente civil no hay nada que objetar a este cambio, al contrario, es incluso una vergüenza que el tema simplemente subsista. No obstante, desde el punto de vista existencial, no menos político que el anterior, es donde el panorama se vuelve a veces inquietante.

Había una fortaleza de lo femenino ante la condición mortal, ante la impotencia trágica de la existencia, que siempre ha exasperado al varón. A pesar de que la sabiduría no toma con frecuencia la palabra, de ahí provenía la intermitente ironía de la mujer hacia las "hazañas" de lo histórico. No es mucho suponer quizá que los viejos "poderes" femeninos, que coinciden con la capacidad de cierta humanidad para pensar los sentidos, tenga relación con la leyenda de una brujería que oscilaba entre la hoguera y el olor de santidad. Cuando nuestra sociedad ignora o se burla de esa anómala capacidad, de una dimensión de lo asocial que siempre actuó bajo las formas históricas, no puede dejar de hacerlo utilizando valores férreamente masculinos. Si la mentalidad actual no ve en una sociedad "atrasada" el poder de la mujer, tras una elite pública ocupada probablemente por varones (es el caso del mundo islámico), está empleando una escala de valores típicamente occidental y masculina. Obrando así, sobre la posible opresión que se dé allí (aunque el relativismo cultural nos previene de los juicios demasiado rápidos), se está sumando otra infinitamente más sutil y eficaz, por más que la vanguardia occidental la haga penetrar ahora con la vaselina magistral de los derechos humanos.

En este sentido, como ha recordado a veces Norman Mailer, las mujeres "liberadas" de la sociedad occidental con frecuencia han incorporado una enérgica sangre fresca al constante intervencionismo de Occidente, a nuestra ferocidad viril contra el ser oriental del sentido, cierto "subdesarrollo" estructural de la existencia que nos cuesta tolerar [2]. Juzgando según los parámetros de nuestro presente implacable, para el cual todo lo que no es social no existe, es más que probable que la mujer estuviera marginada u oprimida bajo cualquiera de las anteriores formaciones históricas. Pero cuando decimos "oprimida" se nos pasa por alto que las condiciones misteriosas de su supervivencia (por no decir de su poder) las hemos olvidado porque, sencillamente, no se adaptan a nuestros modelos actuales, invadidos capilarmente por la mentalidad masculina. Desde el inicio de la modernidad (cuando las revoluciones, rompiendo con la religión, absolutizan a cambio lo secular) hay una hipertrofia de lo histórico en Occidente que nos impide palpar las formas profundas de vida y de resistencia. La mujer, en particular, no se limitaba a ser lo contrario del hombre, su polo opuesto, subordinado a él en una historia sin Historia, sino que resistía en un plano asimétrico conectado a múltiples estancias de la cotidianidad (desde el mundo de los sentidos a las intrigas políticas y económicas). Ante todo, ese plano estaba conectado a las venas secretas de la vida, radicalmente más "sensible" que"intelectual" [3]. Si desde el punto de vista tradicionalmente histórico la mujer permanece "atrasada", equívoco masculino que después se extiende en la sociedad entera, es debido a otra relación, infinitamente más fuerte, con el halo de lo ahistórico [4]. De hecho, lo mismo ocurre con todo pueblo ajeno a la mentalidad occidental o cualquier varón (ejemplarmente, el artista) que haya roto con la Razón tradicional. Todo lo que participa de la verdad de la condición mortal permanece abajo, en un espacio de resistencia esencialmente clandestino, minoritario con respecto al estruendo de lo histórico [5]. Los hombres hacen la historia y la guerra, pero con frecuencia huyendo de la auténtica dureza, que espera en la paz, en el fluir casi inconfesable de lo comunitario.

En este aspecto, la historia sólo es la ilusión, el conjunto de condiciones que hay que atravesar para devenir, retornando a ese campo común de experiencia donde el primado de lo femenino, de un sentido que mana del sinsentido, mantiene su soberanía. Por el contrario, en el modelo histórico occidental, de raíz furiosamente suprasensible, es inevitable la primacía de lo masculino, aunque ese modelo sea crecientemente protagonizado por mujeres que acceden al escenario público. Bajo este prisma, el furor del "feminismo" mayoritario a favor de la equiparación estadística (asumido hoy por cualquier estrella de la infamia televisiva) parece prolongar el viejo odio, de origen masculino y occidental, hacia el punto de fuga ahistórico que ontológicamente representa la mujer [6]. Particularmente, la lucha por salir, según suele decirse, del "anonimato doméstico" a la esfera pública refleja la monomanía tradicionalmente masculina por escapar desde la indeterminación cotidiana hacia la ordenación social e histórica[7]. Después de todo, en ese "anonimato" que en la vida urbana actual está denostado como estéril, la humanidad escucha (era el caso del poeta, del creador) un sentido que revierte en la convulsión de lo comunitario. En el anonimato de lo "privado", en ese lento fluir sin testigos, se incuba todo lo que después será histórico [8]. Curiosamente, en la vida postmoderna se da una suerte de retorno al hogar, una apoteosis de lo cotidiano e incluso de los afectos, pero una vez que la vida ha sido colonizada por los nuevos medios del dominio público y la producción serial, por el ruido de la comunicación y el consumo.

Es posible que por en medio haya muchas pugnas, pero la del feminismo es una batalla que, en conjunto, desde el punto de vista existencial, sólo puede ser ganada por el modelo varonil occidental, hostil desde lo más hondo al significado del dolor y de la finitud [9]. El feminismo surge en las sociedades avanzadas como una compensación y, en cierto modo, una prolongación sutil de su secular "machismo", incluso de su clasismo burgués [10]. Desde el lenguaje público hasta el cuidado de las formas en la relación con las mujeres (el fantasma del "acoso" está ahora continuamente presente), no digamos actividades tradicionalmente masculinas como la caza o los toros, hace tiempo que se ha desatado en los países desarrollados una caza generalizada de la diferencia varonil [11]. Si recordamos que esto se produce precisamente allí donde es necesaria una reacción a la férrea masculinidad del orden industrial (incluso al estruendo del machismo hitleriano y su marcial paso de oca), no resulta tan malparada la hipótesis de que machismo y feminismo tienen la misma génesis, una paralela aversión al ser de lo sensible y una semejante voluntad uniformadora. Y esta voluntad no es característica precisamente de las sociedades tradicionales, puesto que en el mundo agrario siempre hubo un lugar clave para la heterogeneidad, para el mito de lo singular, sino de las sociedades desarrolladas del Norte. Según Weber, tales sociedades se han desarrollado al precio de una ruptura con la cultura de los sentidos y con una clase de pensamiento muy distinto del "falocéntrico", ruptura que el ascetismo radical protestante impulsó con ferocidad en contra de las costumbres del mundo antiguo [12].

 

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Como lo demuestra el recurrente ejemplo de la miseria del Tercer Mundo, o del holocausto judío, el único Gran Relato admitido hoy es la epopeya de las víctimas. Toleramos fácilmente una diferencia débil, que quiere asemejarse a nosotros y se corresponde con el papel de víctima indefensa que le asignamos a la pobre humanidad que se humilla pidiendo ayuda [13]. Se la daremos, a cambio de poder rehacerla a nuestra imagen y semejanza (en caso contrario, habrá que hacerla sangrar hasta que entienda qué significa el nuevo orden económico). Pues bien, algo parecido es lo que hemos hecho con lo femenino. De igual manera que no toleramos al Otro sino cuando dimite de su radical diferencia y se entrega, solicitando ayuda, algo parecido ha pasado con La Mujer. La sociedad acude en masa a socorrerla en cuanto ella parece haber dimitido de su inquietante diferencia, una singularidad no mensurable en términos sociales sino más bien extrañamente impolítica, aunque quizá por ello doblemente política. A fin de cuentas, la mujer ha ascendido en la escala social en el momento en que, abandonando la fuga de sentido que en ella se daba, se reclama un simple sujeto de derechos, en igualdad de condiciones que el hombre.

Al menos en Occidente, el problema que la mujer siempre le ha planteado al hombre es poner una y otra vez la irreductibilidad inmediata del sentido, la resistencia profunda de la vida desnuda, del ahí del ser, en medio de la acción histórica [14]. En este aspecto, el tópico que recuerda que detrás de las hazañas del "gran hombre" está la sombra activa de una mujer, que constantemente interviene y se retira, no es por completo errado. ¿En el esquema tradicional, en ese laberinto del pasado que simplificamos en un esquema, la mujer era realmente el "descanso del guerrero"? ¿No sería más bien el viaje histórico de la guerra un descanso del viento mudo de la finitud, un descanso del polemos silencioso de la existencia [15], allí donde la mujer tenía y tiene un poder clave? No es seguro que la guerra no esté ante todo en el "anonimato" de la vida común, en una profundidad que el silencio de la existencia (cuando el televisor se apaga) sigue expresando. Realmente, no es seguro que podamos descartar que los hombres hagan la guerra precisamente huyendo de la desazón secreta de lo diario, de ese extraño instante de calma que, en palabras de Machado, está en paz con los hombres y en guerra con lo inhumano de las entrañas.

Fijémonos por un momento en la imagen de aquel "descanso del guerrero"según la versión que de él da Barthes, pervirtiendo los tópicos de lo local y lo mundial: "Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el hombre es rondador (navega, rúa). Es la mujer quien da forma a la ausencia, quien elabora su ficción, puesto que tiene el tiempo para ello; teje y canta; las Hilanderas, los Cantos de las tejedoras dicen a la vez la inmovilidad (por el ronroneo del torno de hilar) y la ausencia (a lo lejos, ritmos de viaje, marejadas, cabalgadas). Se sigue de ello que en todo hombre que dice la ausencia de otro, lo femenino se declara: este hombre que espera y que sufre, está milagrosamente feminizado. Un hombre no está feminizado porque sea invertido, sino por estar enamorado" [16]. Pues bien, esta experiencia de lo imposible en el tiempo, un trasfondo de vértigo que nunca vendrá a la historia (en este sentido, se trata de una experiencia literalmente utópica), es lo que debe seguir sepultado por la marcha espectacular de lo público. Como máximo, conservado en las reservas exóticas o perversas de lo privado. La gigantesca empresa contemporánea de la mediación, falso nihilismo que de hecho totaliza una y otra vez lo social en detrimento de lo existencial, está puesta a este servicio. Por lo que sabemos, a tal causa se ha apuntado también el grueso de la fuerza "feminista", de este feminismo de término medio que hoy en día, al menos en Europa, la derecha y el mercado asumen.

Bajo la suavidad de este manto, de alguna manera jamás la mujer ha estado más marginada o desatendida, pues sobre ella se ha redoblado una coacción que ahora es mundialmente consensuada. Fuese cual fuese la entidad real de aquella mítica"libertad prehistórica" de las hembras de la que se habla a veces, la sumisión de la mujer ha alcanzado en estos tiempos un extraño grado de perfección. Si la sociedad se puede ahorrar el látigo es porque la introyección del Padre, de un padre transmutado en formas domésticas, les hace aceptar sin más la ley varonil del trabajo, igual que a los hombres. Incluso se podría decir que se aumenta la tradicional "dote del padre" a través de la incorporación femenina al mercado laboral, pues así la mujer se presenta con un valor social añadido [17]. Este cambio social y económico está sin duda detrás del relajamiento externo de la diferencia y la tensión entre los dos sexos (aunque, bajo cuerda, la tensión esté más exacerbada y sea más turbia que nunca). Pero ello sólo porque la eficaz masculinidad que necesita la máquina de guerra del platonismo occidental se extiende en formas reptantes. Mientras la última virilidad se viste de ademanes suaves y la mujer abandona su tradicional distancia e ironía frente a lo histórico, se produce el gradual relajamiento de la tensión dual, la desaparición de la "desigualdad" clásica en aras de un estilo empresarial más correcto [18]. Sobre el terreno abonado del pragmatismo económico y el aislamiento privado crece una amplia"feminización" a la que el actual varón urbano asiste con interés, pues al fin y al caboél está volcado en una empresa que necesita silenciosos gestores técnicos y no precisamente carácter a la antigua usanza.

El ascenso público del papel de la mujer, el reconocimiento social de una homosexualidad estereotipada, el valor cívico (cuando no espectacular) del sexo y la mutación "casera" de la hombría clásica en un orgulloso estilo igualitario, son parte del mismo cambio. Como también lo son el aburrimiento mutuo, las separaciones rápidas de las parejas o la contención de la separación con la carrera del consumo. Y entran asimismo en este campo esa marea de penosos problemas domésticos ("¡tú friegas!"), sobredimensionados por la falta en el hogar de un exterior que no sea económico. Una relación comenzaba por salir juntos, probándose el afecto de una alianza en el mundo, en un exterior de nadie. Ahora bien, ¿cómo conservar el calor de aquel comienzo cuando la propia calle está en entredicho por los imperativos de la economía y el espectáculo digitalizado de las pantallas? Las relaciones se han transformado más bien en un retirarse juntos y no es extraño que en ese clima asfixiante de retiro se envilezcan los lazos. En cualquier caso, una cotidianidad refugiada en seguros interiores lleva sin remedio a la neurosis (tal vez particularmente en la mujer, que no puede dejar de atender a algo cardinal que no es de orden histórico), con su dosis de hostilidad más o menos encubierta [19]. Con frecuencia, parece que es simplemente el miedo a la soledad, a la soledad creciente de una vida en extremo individualizada, lo que mantiene juntos al matrimonio y a la familia. Tanto o más que la economía, también la familia está sumergida.

La velocidad ignora la violencia silenciosa del amor. ¿Cómo será posible la química lenta de la relación, del matrimonio, del embarazo y de la paternidad en una sociedad devorada en todos los órdenes por la urgencia, cuando no por una cultura de la eyaculación precoz?

Hasta cierto punto, la relación con la indeterminación espiritual del otro, un otro que le daba rostro a la alteridad experimentada dentro de cada experiencia, se traslada ahora al determinismo del complejo social. De esta manera, debido a que no podemos tener una relación estable con la alteridad intrínseca a lo humano, el rostro humano del partenaire siempre es provisional, como si se limitara a darle faz a la otredad diseñada de un guión pasajero, escrito por un narcisismo individual que funciona como la otra cara de la transparencia colectiva. La lógica de un amante tras otro, incluso de amantes más o menos tolerados bajo el compromiso matrimonial, busca mantener el secreto de la eterna juventud, en resumen, mantener la finitud y el envejecimiento en secreto, sin testigos [20].

Las parejas no resisten porque les falta la relación con un silencio mediador, con la memoria de un ethos, ámbito materno y paterno del afuera que impediría al hogar cerrarse en la endogamia de su atmósfera (microclima que, por cierto, es también donde crecen estos despóticos e infelices hijos mimados de las últimas generaciones). La sacrosanta autoridad de la opinión pública, es decir, el primado de la ley del mercado y de la cultura del consumo, constituyen el substituto postmoderno de aquel principio mediador. Pobre sucedáneo, puesto que es tecleado a distancia por los mismos cónyuges que necesitarían la ayuda de un peligro soberano, de una autoridad moral externa al cuerpo social, para abandonar su egocentrismo.

 

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Habría que recordar aquí que no es la violencia abierta, sino el odio, un resentimiento sordo por todo lo que no ha ocurrido, algo perfectamente compatible con la discusión cívica y las buenas maneras, lo que es hoy la mayor fuente de tensiones. Ni siquiera en un país tan sanguíneo como España el problema de la pareja es hoy el de una agresividad desatada en el maltrato físico. El síntoma general de la violencia tiene más bien la forma larvada de un sistemático desencuentro, el cansancio mutuo, el aislamiento enquistado de cada uno, las manías narcisistas, las mentiras, el aburrimiento acumulado. Uno frente a otro, puesto que han perdido la alteridad que permitía la aventura del encuentro, los dos se mantienen en silencio o peleándose por los detalles neuróticos que ha impuesto una economía implacable. Baudrillard comenta: "El movimiento de emancipación femenino ha tenido tanto éxito que deja a lo femenino frente a la debilidad (más o menos táctica o defensiva) de lo masculino. El resultado es... el resentimiento de las mujeres contra el 'no poder' de lo masculino" [21].

Cuando se da entre personas normales, que hasta entonces habían sido pacíficas, la agresividad doméstica del varón tal vez encarne el retorno desesperado de todo ese peligro vital que ha sido reprimido por la coacción incesante del consenso, de la neutralización, de la retirada económica al hogar, nuevo escenario expandido en el que las mujeres han adquirido un poder social insólito. Ahí puede estallar todo lo que ha sido excluido por la violencia simbólica de la comunicación, un sistema que acosa cualquier forma de singularidad. En este sentido, la violencia contemporánea de algunos varones sobre las mujeres quizá tenga relación con una creciente impotencia masculina en el escenario postmoderno del "fin de la historia", ante una vieja fuerza pragmática del ser femenino que ahora se presenta coaligada a un nuevo poder social. Y el retorno de eso reprimido es a la fuerza putrefacto, brutal [22]. Evidentemente, la agresividad es de ambas partes. Pero así como la violencia diaria de la mujer es "psicológica", social e informativamente invisible, la del hombre, sucedáneo desesperado de la alteridad arriesgada que ha abandonado, se convierte directamente en criminal.

Que no nos engañe el efectismo de las estadísticas. El problema de los malos tratos entre las parejas, la llamada "violencia de género", está ahí como una tragedia espectacular que oculta un problema más grave, que es la falta radical de trato entre los géneros, la pérdida de relación con la alteridad sexual del otro. Es más, es muy posible que la moraleja social que rodea a los malos tratos concluya en una mentalidad y una serie de medidas preventivas que acentúen aún más el encierro del individuo en una seguridad autista. Cuando en este punto la sociedad exigeúnicamente el castigo ejemplar de los culpables y también medidas preventivas duras, está olvidando hasta qué punto se ha desarrollado un sistema social que ha desarmado al hombre [23]. Odiando toda heterogeneidad, ese orden inmanente que se manifiesta en el fin de la política y el triunfo de la economía, en el fin de la exterioridad y el triunfo sigiloso de los interiores digitales, en un mercado espectacular que prolonga a nivel global la lógica endogámica del hogar, ha establecido un auténtico "desconcierto armado", una brecha de incomprensión entre dos géneros que estaban definidos por su relación con lo externo.

De cualquier manera, a pesar de que sobre ello dejaron alguna señal los poetas, ¿por qué es tabú entre nosotros discutir abiertamente lo que sería hoy la virilidad, fuera de los lugares comunes? Quizá porque también está mal visto discutir, más abajo de los tópicos periodísticos, qué es eso que llamamos mujer. Impuesto por la religión social de la comunicación, una igualdad abstracta quiere borrar los caracteres genéricos (tanto la recepción como la penetración están enlazadas con la espiritualidad del genus y la fuerza telúrica) con una actividad auto-referente, puramente social, económica. La liquidez técnica querría nivelar los sexos haciendo que, al buscar la eliminación de los símbolos de la diferencia sexual e implicar a las mujeres en lo socio-estadístico, se arrase la antigua resistencia de la mujer ante la superficialidad de lo público, es decir, a recluirse en lo meramente "privado".

Fijémonos en que, por idéntico motivo, se ha de cercar también a la infancia, una edad del hombre ocupada por la ambigüedad de la especie, a la que ahora se incita precozmente a enlazarse con lo social. En el caso de la niñez, como en el del orbe rural o el de los pueblos atrasados del exterior, se manifiesta la necesidad postmoderna de dinamizar globalmente toda esquina de subdesarrollo, cualquier resto que amenace con esbozar una dualidad. En este punto, la gestión social protagonizada por mujeres es hoy por hoy el arma ideal de una penetración mundial de la que no puede prescindir Occidente [24].

 

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¿Se puede decir entonces que nunca se ha dado como hasta ahora tal eficacia en la hostilidad hacia la condición de la mujer? Y hablamos, siguiendo a Lacan, de "la mujer" que no existe como clase social homogénea, sino precisamente como existencia asocial inanticipable, que se manifiesta una a una. En particular, la superioridad femenina en la escucha de los sentidos es un blanco central de la reciente forma de poder ligero, sostenido por hombres y mujeres. Si la virilidad y la feminidad clásicas representaban un modelo de humanidad terrenal, abruptamente caracterizado, al final del siglo pasado debe dar paso a otro más suave, cargado de rasgos tecnológicos y empresariales. Se manifiesta en ello un rechazo gradual a la antigua feminidad y la antigua hombría, a la irrupción abierta de una heterogeneidad heredada. Pero esto, más allá del rechazo a la tosquedad del machismo, es a la par una aversión a la idea de que lo irreductible del carácter sea inevitable para la historia, de que algo dado y no decidido limite el plano social de las elecciones posibles, de la cultura, del conocimiento. En última instancia, se ridiculizan las figuras del Hombre y de la Mujer en la medida en que la energía natural de ambos convoca la imagen de una humanidad endeudada con lo irreparable. Al estar los hombres encadenados a una herencia primitiva se produce una relativización de todo significado histórico a manos de una región incultivable de la existencia [25].

El adjetivo "viril" no está de moda, como tampoco la idea de ninguna autenticidad, pero en el fondo se tiene contra lo masculino lo que se tiene contra el peligro que alienta en lo femenino, lo que se tiene contra la terrenal sabiduría de una fuerza que ha de ser dura incluso cuando ama. Si la violencia proviene ante todo de los límites mismos de lo humano, de ese abismo inhumano al cual la vida se asoma, entonces, en contra de nuestro modelo, la violencia se encontraría más en la aparente dulzura de lo femenino, en su espera sin objeto y su fuerza tranquila, que en los ademanes ruidosos de lo varonil.

No es visible en primer plano, no lo será durante mucho tiempo, pero quizá la elementalidad femenina, su resistencia anímica ante lo histórico, su piedad instintiva hacia la impotencia de todas las víctimas, es lo que está en el punto de mira de la maquinaria social, y no una grosera masculinidad cada día más marginal [26] . De ser así, nuestra hipócrita cultura actual estaría contra la rudeza varonil en la medida en queésta señala el imperativo que la exterioridad ontológica de la mujer, su privilegiada relación con el ser de la existencia, impone al mundo histórico. Tal alteridad sensible ha impuesto siempre a las configuraciones históricas un peligro y la necesidad de un agotador recambio para conjurarlo, una insaciable voluntad de expansión. Para superar esa escisión trágica e instaurar el nuevo orden mundial del Fin de la Historia (una estrategia masculina que perpetúa la tradición de Occidente, pero seriamente maquillada con tácticas femeninas), la época necesita nuevos modales, agentes femeninos junto con los masculinos. Aunque quizá los varones domados sean más necesarios que las mujeres dinamizadas, cualquier iniciativa, cualquier agresión parecerá menos sospechosa si en ella participan mujeres[27].

Vista en este plano, la lucha de algunas mujeres vanguardistas de los países avanzados podría ser un perfecto caballo de Troya en las entrañas de la causa (ahistórica, aunque por ello profundamente política) de la mujer. La "liberación de la mujer", a la que la economía liberal contemporánea asiste complacida, es también liberación de la mujer, una ruptura del cuerpo social entero con respecto al vértigo de un afuera con el que la mujer conectaba. Es también emancipación de una igualdad originaria que, arraigada en una heterogeneidad sin remedio, potenciaba la singularidad ontológica de cada existencia, incapacitándola para la circulación fluida de la comunicación, para la liquidez del capitalismo. Así pues, no hay por qué no ver los distintos aspectos de la emancipación moderna como parte de un cheque en blanco para acelerar la gran carrera de la historia occidental, estructuralmente varonil, aunque día a día metamorfoseada en unidades cada vez más ligeras. Primero la democracia liberal enterró en lo "privado" esa abigarrada mezcla de afectos, pasiones y lazos de sangre que la mujer representaba. Después, al fundir la inmanencia postmoderna e integrar lo privado en la espectacular globalidad contemporánea, se completa en cierto modo la tarea de exclusión, liquidando aquella resistencia sorda de la vieja existencia con la luz de los potentes reflectores de la interacción social.

Pero, por una suerte de ley política de conservación de la violencia, no hay acción sin reacción, ni ganancia sin pérdida. De manera que la reserva elemental humana que representaban entre nosotros las mujeres (o el proletariado, o los campesinos) la hemos desplazado después a las masas tercermundistas que, inmigrantes o no, son convertidas en una suerte de cuerpo mundial femenino, pasivo y sufriente, en cuya explotación las mujeres occidentales participan activamente [28]. Todo ello en beneficio de la actual fuerza global de naciones modernas aliadas, del clasismo planetario de la desaparición de la Historia, en buena parte protagonizado por mujeres ahormadas al paradigma histórico postmoderno, un modelo férreamente masculino pero metamorfoseado en escalas microfísicas [29].

En este sentido, más aún que EEUU, la Comunidad Europea se presenta como un territorio infectado por el espejismo cultural de la "deconstrucción", empeñado en adelgazar y consumir los símbolos de cualquier sombra singular, que resista a la intensa socialización secundaria del capitalismo. Las sectas, la familia, las naciones, la diferencia sexual, la imagen del Padre, la independencia individual: todo debe ser devaluado, interferido, mediado, blanqueado, homologado por nuestro integrismo de la desintegración. Todo aquel duro pasado que antes era mirado de frente, en una visión amplia en la que se implicaban incluso las víctimas (Sartre o Beaufret, por ejemplo, son los que rescatan a Heidegger del olvido), ahora también es pasado por el filtro de una debilidad vengativa, incapaz de la generosidad propia de los vencedores, de otra cosa en realidad que no sea el maniqueísmo [30].

Todo lo exterior, la simple existencia (cada día más exterior) es sometida a una "cura de adelgazamiento" incesante, para que mientras tanto engorde el monstruo andrógino de la gestión global. La cultura del consumo debe primeramente consumir cualquier brote arraigado de diferencia, de otredad sexual, de autoría, nombre del Padre, Pasado o Lugar. El multiculturalismo, el delirio de lo correcto, la transparencia plena de la información están contra la vieja autoridad de lo paterno, no por su "violencia", que ahora se prolonga y mantiene ferozmente por otros medios [31], sino porque aquélla no dejaba de señalar el imperio de un sentido externo, de una ambigüedad terrenal irreductible. La autoridad paterna, con sus gestos coléricos o suaves, señalaba continuamente el reino de lo natal y materno, de una ternura matriz inapelable [32]. Si se quiere decir así, señalaba el primado de la contemplación (theoria) sobre la acción; más aún, la contemplación, su melancolía y su vértigo, como forma culminante de cualquier acción. Y todo esto debe ser liquidado actualmente en un nuevo sistema que perpetúe la aversión crónica de la mentalidad occidental hacia el devenir sensible.

Acaso el Padre es solamente la figura que reúne el sentido de una herencia mítica, esto es, la autoridad del seno materno, de una condición natal. Dicho sea de paso, el evidente privilegio social de la homosexualidad masculina frente a la femenina quizá tiene relación con el papel que aquélla debe jugar para desbastar,"desanimar" al poder varonil clásico, contribuyendo con toda clase de miserias cotidianas a desacreditar el nombre del Padre [33] . De una manera no muy alejada del eunuco, el homosexual es buen consejero del creciente poder femenino en la corte postmoderna: está habituado a la doblez y el secretismo, tiene amantes entre los hombres, hace confidencias en el otro lado... El personaje gay constituye una compañía masculina no sospechosa y un aliado natural para la mujer que se ha volcado en el nuevo poder social, inundado por la rapidez del nuevo capitalismo"popular" y por todas las tonterías posibles de la privacidad. El homosexual público está en el centro de un poder social híbrido, integrado. Tragándose el anzuelo del machismo que les ha hecho tan infelices, pasan directa y vengativamente de la clandestinidad al espectáculo [34].

 

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La autoridad tradicional es actualmente inútil porque, además de portar una herencia, algo de por sí incómodo para la gestión meramente social del presente, es lenta y entorpece la agilidad que hoy se requiere. Para eso se ponen en pie, desde la moda hasta la música y el deporte, formas lúdicas y juveniles de disciplina. Se da además la constante campaña publicitaria sobre un mal oficial (nazi, autoritario, fundamentalista, colérico) que tiende a colocar sistemáticamente el Mal en el pasado o en el exterior atrasado, manteniendo así una especie de daltonismo hacia nuestros sigilosos modos de coacción, allí donde se emplea una violencia sorda, afelpada [35]. El término del "gran relato" es el puerto que debe camuflar las tardías figuras de la coacción dentro de un aspecto meramente técnico, gestionario. Bajo este prisma, la higiene y corrección de la tecnología punta están al servicio de un poder de eficacia"femenina" y objetivos perfectamente "masculinos", pues logra limar las severas apariencias disciplinarias de antaño y adoptar perfiles dialogantes. Bajo la hipocresía de un pluralismo superficial, todas las formas duras de la disciplina se esconden en el secreto de la empresa privada, en las decisiones clave del Estado o en las condiciones horrendas de la economía sumergida que soporta la población inmigrante.

El mando social contemporáneo está ligado de un modo u otro al desarrollo de un dominio que adopta formas suaves [36]. En cualquier caso, cada época y cada estilo de mando tienen su propia expresión instrumental. Como han explicado con profusión de detalles Foucault o Deleuze, el paso de la vieja autoridad centralizada al actual control descentralizado se explicita en el cambio del ejército a la escuela obligatoria, de la fábrica a la empresa, del B/N al color, del cine a la televisión o el vídeo, del altavoz al walk-man. Si lo mecánico-industrial se corresponde con el paradigma de un poder "masculino", torpemente homogéneo y represivo (el "hemisferio izquierdo" cerebral, en la teoría de McLuhan), la informática y lo digital se corresponden con la"feminidad" de la coacción postmoderna, ese "hemisferio derecho" auditivo-táctil que encandilaba al autor de Understanding media85. Como antes ocurrió con el liberalismo y la socialdemocracia, estos cambios técnicos son parte de una transformación del capitalismo hacia tipos de opresión más ligeros, plegados a los perfiles de la multiplicidad, al individuo interactivo y libre de las viejas ataduras comunitarias. Si sólo debe funcionar la autoridad acéfala del mercado, su liquidez debe proporcionar el suelo económico y también el cielo de la ideología. Se debe sostener una ilusión inmanente, una "infraestructura" construida con la propia velocidad de la "superestructura". Frente al antiguo Estado falocéntrico, lento y centralista, ridículo como el propio machismo, no deja de representar una deriva"femenina" la evolución hacia la forma ultraliberal de la economía, que encuentra en la rapidez de lo múltiple, con una mínima intervención "estatal", el modo más ágil y estable de planificación.

Se puede decir que del tiempo moderno, eurocéntrico, abstracto y centralista, pasamos al espacio postmoderno de corte "americano". Entramos así en una linealidad temporal desmenuzada, adaptada a los ritmos locales de la existencia, a la que esa temporalidad consumista se limita a federar. Puesto que lo masculino, al menos en Occidente, no es tanto el ruido grosero del machismo como la voluntad"platónica" de elevación sobre la comunidad de los seres mortales, esta masculinidad se sigue manteniendo en el orden tardomoderno, pero seriamente perfeccionada en formas "rizomáticas". Si nos fijamos bien, todas las características del control actual, frente a las viejas formas disciplinarias, coinciden con esta mutación genérica del estilo de mando. No se trata de un poder concentrado, sino disperso, integrado en los circuitos abiertos y las formas al aire libre: policía de barrio cercana al ciudadano, hospitales de día, anillos electrónicos para presos en lugar de la cárcel. Si esta nueva forma de dominio pasa de la tecnología analógica a lo digital es porque ésta le permite fundirse con la carne del individuo y funcionar continuamente, acompañando las veinticuatro horas del día de la vida cotidiana, reforzando el papel político de las emociones y el hogar. Es, por otra parte, un poder dialogante, impartiendo una formación permanente, con atención personal directa, flexible, incluso "divertida". De esta manera (pensemos en la lógica del mecanismo televisivo) el nuevo poder representa una suerte de continuum de la discontinuidad, de la interrupción. Recambio incansable que nos impide tomar las riendas de nuestra vida y nos endeuda con la velocidad social (informativa, técnica) controlada por una nueva legión de especialistas [37].

En resumen, el poder, provocativamente sexuado, se presenta dotado de un sistema de modulación, una estructura autodeformante de geometría variable. Su modelo, ha dicho Deleuze, no es el rompeolas, sino la tabla de surf que acompaña a la ola, permitiendo cabalgar las emocionantes ondulaciones de la existencia. Como si el poder se hiciera personal y la vieja amenaza de una fuerza de choque desapareciese, transformada en corrientes infinitamente dividuales, que penetran y dividen al propio individuo. Sin duda este poder es también "kafkiano", pero en un sentido para el que no nos valen las viejas fórmulas de denuncia [38].

El triunfo global del capitalismo (la "época de la imagen" heideggeriana) supone un aligeramiento general de la industria, el paso gradual al sector terciario de los servicios, a la pequeña y mediana empresa. Esto implica a su vez la retirada doméstica de la sociedad elegida y la desaparición de un exterior que fuera necesario conquistar "virilmente", cuerpo a cuerpo. También resume esa mutación política que traspasa parcialmente la fuerza a las nuevas actividades informativas y ociosas. El giro de la disciplina mecánico-militar al control comunicacional supone, entre otras cosas, que el cuerpo civil (en primer lugar, las mujeres) ha de liberarse de la impenetrabilidad de la mujer y pasar a arraigar el Estado en el mismo hogar, en el corazón tierno de la privacidad, en los afectos [39]. Buena parte de la manida"sentimentalidad" tardomoderna tiene su papel político en esta transformación hacia una forma de dominio más doméstico, con rostro humano. En este aspecto la liberación femenina ha contribuido a emancipar a las instituciones occidentales de las viejas fórmulas pesadas de disciplina, de una engorrosa violencia física, permitiéndoles un tono dialogante que antes no tenían.

Imaginemos por otra parte lo que significa el hecho de que las grandes firmas europeas y americanas se estén interesando ampliamente por reducir los empleados de cuerpo presente. Millones de pequeñas empresas hogareñas, muchas de ellas regidas por mujeres, tienen su domicilio social y electrónico en el lugar donde se hace el amor [40]. Dentro de poco parte de la población activa podrá no salir de casa. O bien no habrá trabajo efectivo en las afueras o bien éstas se habrán unido al útero doméstico a través de la fibra óptica, metáfora del cordón umbilical de una humanidad que, olvidando la sabiduría milenaria de las madres, quisiera permanecer pegada a la infancia, asfixiándola con la socialización forzosa.

 

 

 

 

Ignacio Castro Rey (iccrey@terra.es) Ignacio Castro Rey, doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, es filósofo, escritor y crítico de arte. Influido por la heterodoxia del pensamiento occidental (Leibniz, Nietzsche, Lacan, Deleuze), desarrolla desde hace años un trabajo filosófico en una doble dirección. Por un lado, una afirmación ontológica del referente de la singularidad, de su potencia irrepresentable. Por otro, una crítica del orden microfísico del poder postmoderno. En ambos registros intenta rescatar la precisión conceptual de distintos pensadores contemporáneos, de Agamben a Badiou, de Zizek a Baudrillard. Visita: www.ignaciocastrorey.com

* Selección de capítulos de La sexualidad y su sombra, 2004, Ed. Altamira, Buenos Aires. Puedes comprar el libro AQUÍ

 

NOTAS
[1] En lo que sigue, cada vez que empleemos en este texto la palabra "feminismo" solamente nos estaremos refiriendo a la mentalidad media que, desde los avances de ese movimiento, se ha filtrado al conjunto del cuerpo social, mediatizado por la demagogia de los medios y el poder del mercado. Por tanto, no pretendemos en absoluto reducir las múltiples manifestaciones del feminismo a un solo denominador común, ignorando sus diversas corrientes, particularmente lo que se ha dado en llamar "feminismo de la diferencia".
[2] "Se habla desde el fondo de lo que no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo". Gilles Deleuze, Conversaciones, Pre-Textos, Valencia, 1996 (2_ ed.), p. 15.
[3] Dimensión más susceptible de ser pensada que conocida. Esta distinción de origen kantiano reaparece después en Lacan y en Alain Badiou con la diferencia entre Verdad y Saber. Ver Alain Badiou, La Ética. Ensayo sobre la conciencia del mal, Acontecimiento, Buenos Aires, 1994, pp. 40-52. Pero precisamente este dualismo asimétrico, anclado en lo asocial del amor, es el que la mentalidad "inmanente" norteamericana rechaza. Por ejemplo, con una misoginia que cuesta tomar en serio, Burroughs achaca los estragos del amor a la perfidia de las mujeres. William Burroughs, El trabajo, op. cit., pp. 103-123.
[4] Para el concepto de lo ahistórico (unhistorisch) ver Friedrich Nietzsche, "De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida", en Nietzsche, Península, Barcelona, 1988, pp. 57 ss.
[5] Martin Heidegger, El ser y el tiempo, op. cit., p. 325. Cfr. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., pp. 473-476.
[6] "Eso define a la... ¿a la qué? -a la mujer justamente, con tal de no olvidar que La mujer sólo puede escribirse tachando La. No hay La mujer, artículo definido para designar el universal. No hay La mujer puesto que -ya antes me permití el término, por qué tener reparos ahora- por esencia ella no toda es". Jacques Lacan, El seminario. Libro 20: Aún, op. cit., p. 89..
[7] Precisamente en las estructuras de la cotidianidad, y no en otro lugar, se ha situado en nuestro tiempo el despliegue circular del Dasein. Cfr. Martin Heidegger, El ser y el tiempo, op. cit., § 9.
[8] "Los movimientos que producen revoluciones en el mundo nacen de los sueños y visiones en el corazón de un campesino en la ladera". James Joyce, Ulises, Lumen, Barcelona, 1980 (4_ ed.), vol. I, p. 317.
[9] Baudrillard ha dicho bastantes cosas valiosas sobre este punto. Véase en particular Jean Baudrillard, "Elogio del objeto sexual", en Las estrategias fatales, Anagrama, Barcelona, 1994, pp. 130- 139.
[10] "El movimiento feminista lleva allí desde los orígenes de nuestro país. Siempre ha existido una suerte de movimiento sufragista, en ciertas épocas más fuerte que en otras. Pero el verdadero impulso lo recibió cuando, después de la guerra civil, se aprobó la cuarta enmienda que otorgaba el voto a los negros. Las mujeres dijeron, con razón, que si los negros ignorantes podían votar, también podemos hacerlo nosotras, las mujeres blancas inteligentes". Gore Vidal, Sexualmente hablando, Mondadori, Barcelona, 2001, p. 239.
[11] En algunos países nórdicos esto llega al extremo de incluir, que sepamos, la forma masculina de orinar. Lo políticamente correcto, para evitar cualquier rastro de desigualdad, de "elevación" varonil, es que el varón se siente también en la taza del WC.
[12] Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península, Barcelona, 1994 (13_ ed.), pp. 124-125..
[13] Slavoj Zizek, "Víctimas, víctimas por todas partes", en El frágil absoluto, Pre-Textos, Valencia, 2002, p. 79.
[14]"La mujer no es necesariamente el escritor, sino el devenir minoritario de su escritura, ya sea hombre o mujer. Virginia Woolf se prohibía 'hablar como una mujer', y así captaba tanto o más el devenirmujer de la escritura (...) Que el escritor sea minoritario significa que la escritura encuentra siempre una minoría que no escribe (...) El escritor está impregnado hasta el fondo de un devenir-no-escritor". Gilles Deleuze, Diálogos, op. cit., p. 53.
[15] Nietzsche podría describir así esta instancia ahistórica: "Quien no es capaz de tenderse, olvidando todo pasado, en el umbral del instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, cual una diosa de la victoria, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad, y lo que es aún peor: nunca hará nada que pueda hacer felices a otros". Friedrich Nietzsche, "De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida", en Nietzsche, op. cit., p. 58.
[16] Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, Madrid, 1993, p. 46.
[17] Agustín García Calvo, Contra la pareja, Lucina, Zamora, 1995 (2_ ed.), p. 84.
[18] Tampoco Susan George, al igual que Galbraith o Beck, quiere hablar ya de capitalismo, debido a las connotaciones "innecesariamente negativas" que desde Marx ha tomado el término. Susan George, Informe Lugano, Icaria, Barcelona, 2001, p. 21.
[19] "Como esas malditas parejas en las que la mujer no puede distraerse o estar cansada sin que el hombre le diga: '¿Qué te pasa? Exprésate...', ni tampoco el hombre sin que la mujer le diga..., etc. La radio y la televisión han desbordado a la pareja, la han dispersado por todas partes, y hoy estamos anegados en palabras inútiles, en cantidades ingentes de palabras y de imágenes. La estupidez nunca es muda ni ciega. El problema no consiste en conseguir que la gente se exprese, sino en poner a su disposición vacuolas de soledad y silencio a partir de las cuales podrían llegar a tener algo que decir". Gilles Deleuze, Conversaciones, op. cit., p. 207.
[20] "Si, hoy en día, el matrimonio se ha convertido en una institución precaria es porque los jóvenes cónyuges rechazan la idea abominable de envejecer juntos o, también, porque la inmediatez del mundo presente les impide creer en la perpetuidad de un futuro cualquiera". Paul Virilio, La bomba informática, Cátedra, Madrid, 1999, p. 118. Nada de esto sin embargo aparece en el documentado estudio sobre el divorcio que Beck lleva a cabo. Cfr. Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, op. cit., pp. 132 ss.
[21] Jean Baudrillard, Pantalla total, op. cit., pp. 108-111.
[22]Los casos señalados de abierta violencia doméstica, punta visible de un bloque de hielo "no violento" y mucho más siniestro, se han convertido en un filón periodístico porque las parejas "normales", que apenas tenían de qué hablar fuera de los temas económicos, han reconocido ahí una amenaza latente reprimida en ellos. También una tarea exterior, que les permite exorcizar su propio malestar hacia afuera. Afrontando la violencia espectacular en otros, enmascaran la más sutil insinuada en ellos.
[23] "Los hombres que se desprenden del fatum de la profesión y se vuelven a sus hijos se encuentran con un nido vacío. El hecho de que se acumulen (especialmente en los Estados Unidos) los casos en que los padres secuestran a los hijos que les han sido negados tras el divorcio habla por sí mismo". Ulrich Beck, La sociedad del riesgo, op. cit., p. 150.
[24] Marx ya adelantaba este mecanismo gigantesco de liquidación en el Manifiesto. Karl Marx, Manifiesto Comunista, Alianza, Madrid, 2001, pp. 43 ss..
[25] De esta certeza es de donde deriva el conocido pesimismo freudiano acerca de las posibilidades de la civilización y el progreso: "(...) cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización (...) los hombres, no obstante serles imposible existir en el aislamiento, sienten como un peso intolerable los sacrificios que la civilización les impone para hacer posible la vida en común. Así pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo". Sigmund Freud, "El porvenir de una ilusión", en Psicología de las masas, op. cit., p. 143.
[26] Hay en Marguerite Duras varias obras que contornean este drama de lo transhistórico. Se puede mencionar India song, pero sobre todo Hiroshima, mon amour, un guión escrito para Resnais en 1959. Aquí un amor alemán prohibido y el estallido atómico establecían la fraternidad de las víctimas bajo los bandos democrático y totalitario, un puente secreto entre el anonimato de lo sucedido en la villa de Nevers y el holocausto masivo que provoca la bomba de Hiroshima.
[27] De ahí la renovada importancia de una nueva generación de "damas de hierro", por ejemplo, las señoras Madeleine Albright, Condoleezza Rice o Ana Palacio. Hasta las bombas son más indiscutibles si entre la fuerza aliada hay algunas mujeres piloto mezcladas con los hombres. Y a ser posible armadas con proyectiles inteligentes arrojados a distancia, sin ver el rostro del demonizado enemigo, sin que a nadie de los nuestros le salpique la sangre.
[28] "No hay centro de poder que no tenga esta microtextura. Ella explica -y no el masoquismo- que un oprimido pueda tener siempre un papel activo en el sistema de opresión: los obreros de los países ricos participan activamente en la explotación del Tercer Mundo, en el armamento de las dictaduras, en la polución de la atmósfera". Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., p. 228.
[29] La "emancipación de la mujer", su incorporación masiva a la competencia empresarial, tiene relación con el fin de la historia en el sentido de que ésta, al descansar en nuestra paz económica de mercado, relega la guerra al exterior lejano, al conflicto local o regional. En una época globalmente democrática, en la que el enemigo necesita ser satanizado antes de ser eliminado, en la cual además el ejército es una elite de expertos pagada por una retaguardia civil que se queda en casa, es fundamental la unanimidad de la opinión pública, el peso incluso de la población pasiva. Digámoslo claramente: las últimas guerras "justas" que realizamos a distancia, de una crueldad infinita para el bando demonizado por nuestro maniqueísmo, serían imposibles sin millones de ciudadanas pegadas a la manipulación informativa de la televisión, aplaudiendo la lejana labor de limpieza que realizan nuestras tropas en nombre de los derechos humanos.
[30] "En nuestro tiempo se respeta todo, para no tener ya nada que admirar. En consideración a lo universal se echa por la borda la supremacía de algunos particulares. Se monta contra la autonomía el implacablemente simpático dispositivo de la comunicación y el diálogo, cualquiera que sea el tema de que se trate (...) Ha sonado al fin la hora de la revancha. El hombre europeo parece en estos momentos decidido a acabar con esa humillación que la cultura le inflige (...) Tras cualquier eminencia, él se huele un abuso de poder y no conoce actividad más recomendable -ni más dulce placer- que la de desacralizar los ídolos (...) Remitan a una historia local o a la cultura mundial, los desaparecidos han perdido hoy toda aura o ascendiente. Desactivados, inofensivos, han dejado ya de intimidar a sus legatarios. No son ya los maestros a imitar, consultar, superar o combatir, sino los alumnos de la escuela contemporánea del vivir juntos (...) los apóstoles contemporáneos de la diversidad sirven celosamente el ideal de la homogeneidad (...) En efecto, su escrupulosa hospitalidad camufla venenosas intenciones. La política del reconocimiento les permite recortar todo lo que sobresale". Alain Finkielkraut, La ingratitud. Conversación sobre nuestro tiempo, op. cit., pp. 179-182.
[31] "O matrimonio gay u homofobia, o reconocimiento o delito: implacable alternativa que aleja del debate cualquier otra disposición de ánimo que no sea el odio (...) el multiculturalismo anuncia el idilio y asilvestra las relaciones humanas. Con el enemigo del progreso no se delibera: se le insulta o se le procesa". Ibíd., p. 169.
[32] "Quizá haya por encima de todo una gran maternidad, como anhelo común (...) Y también en el hombre hay maternidad, me parece, corporal y espiritual". Rainer M. Rilke, Cartas a un joven poeta, op. cit., p. 50.
[33] Frente a esto se desmarca la homosexualidad, respetuosa de la virilidad y del padre, de un Pasolini. Sin embargo, películas recientes, como Celebración (Festen, Thomas Viterberg, 1997), llevan adelante con singular eficacia esta inquisición sobre la figura del padre. Con un formato de vanguardia, el mensaje resulta desoladoramente "correcto", incluso, a estas alturas, completamente convencional. El padre mayor (de derechas, cazador, tirano de sus hijos) es descubierto además como violador de una de sus hijas, a la que empuja lentamente al suicidio. Los tópicos llegan al paroxismo cuando entra en escena el coraje salvador del "amigo americano", naturalmente, negro. Toda la debilidad multicultural campa aquí a sus anchas, universalizando la receta de una vida curada de toda heterogeneidad que no sea la del rock.
[34] ¿La abundante presencia homosexual en la televisión, utilizando a fondo los tópicos más gremiales de su mundillo, a veces con una soltura venenosa que se limita a invertir el odio que ayer se volcaba contra ellos, no refleja el cuerpo "femenino" de la nueva masa democrática, ese "relativismo" dogmático, inundado de habladurías, que el nuevo poder del pequeño relato requiere? Cfr. Gore Vidal, "La tristeza de Gore Vidal", en Sexualmente hablando, op. cit., pp. 265 ss..
[35] Acerca de la violencia simbólica sobre la que tan vehementemente ha insistido Pierre Bourdieu da esta versión, un tanto apocalíptica, este fragmento de Baudrillard: "Dejando de lado lo nuclear, de ahora en adelante tampoco en esta sociedad hiperprotegida tendremos la conciencia de morir, pues hemos pasado sutilmente a la excesiva facilidad de morir. Bajo una forma premonitoria el exterminio ya era esto. Lo que se negaba a los deportados a los campos de la muerte era la posibilidad misma de disponer de su muerte, de convertirla en un juego, una baza, un sacrificio: se les despojaba de la facultad de morir. Eso es lo que nos ocurre ahora a todos, en dosis lentas y homeopáticas, consecuencia del desarrollo mismo de nuestros sistemas. La explosión y el exterminio continúan (Auschwitz e Hiroshima), sólo que como purulenta forma endémica". Jean Baudrillard, América, op. cit., p. 63.
[36] "La mentalidad femenina de la sociedad se delata en que no trata de apartar de sí las cosas que se le oponen, sino que procura absorberlas. Siempre que se tropieza con una reivindicación que se califica a sí misma de decidida, el más sutil de los sobornos practicados por la sociedad consiste en declarar que tal reivindicación es una manifestación externa de su propio concepto de libertad". Ernst Jünger, El trabajador. Dominio y figura, Tusquets, Barcelona, 1990, p. 30..
[37] Acerca de la precariedad constante que endeuda a los trabajadores con la nueva elite ver Pierre Bourdieu, Contrafuegos, op. cit., pp. 120-126..
[38] Ver Gilles Deleuze, "Micropolítica y segmentariedad, en Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, op. cit., pp. 214-234. También, el "Post-scriptum sobre las sociedades de control", en Conversaciones, op. cit., pp. 277-284.
[39] Reparemos en la intención profética de este pasaje, a pesar de la torpeza de su lenguaje: "En todos los lugares en los que el espíritu industrial obtiene la victoria sobre el espíritu militar y aristocrático la mujer aspira ahora a la independencia económica y jurídica de un dependiente de comercio: 'la mujer como dependiente de comercio' se halla a la puerta de la moderna sociedad que está formándose. En la medida en que de ese modo se posesiona de nuevos derechos e intenta convertirse en 'señor' e inscribe el 'progreso' de la mujer en sus banderas y banderitas, en esa misma medida acontece, con terrible claridad, lo contrario: la mujer retrocede. Desde la Revolución francesa el influjo de la mujer ha disminuido en Europa en la medida en que ha crecido en derechos y exigencias". Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Alianza, Madrid, 1985 (9_ ed.), p. 187..
[40] Naomi Klein, No Logo. El poder de las marcas, Paidós, Barcelona, 2002, pp. 278 ss.

 





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