|
5
Es indiscutible que, en el campo de los derechos civiles, la batalla del feminismo está en camino de ganarse y que esto responde a un imperativo elemental de justicia. Lo
que es discutible es que la discusión, existencial y política, termine en el tema de los
derechos civiles. Aunque tampoco aquí se trata de añorar nada, lo cierto es que en las
relaciones tradicionales, que aún subsisten por debajo de la luz pública, se daba una
retirada de la mujer del campo de lo histórico que ahora debe buscar otras vías. En
mayor medida que antes, la mujer se atreve actualmente a entrar en el terreno del
hombre, utilizando sus armas y usando a fondo la incoherencia de un patrón histórico
que, presumiendo de democrático, deja abiertamente fuera a buena parte de la
población activa. De ahí ese complejo de culpa que generan, hasta en la derecha, las
reivindicaciones feministas. Es evidente que desde el punto de vista inmediatamente
civil no hay nada que objetar a este cambio, al contrario, es incluso una vergüenza
que el tema simplemente subsista. No obstante, desde el punto de vista existencial, no
menos político que el anterior, es donde el panorama se vuelve a veces inquietante.
Había una fortaleza de lo femenino ante la condición mortal, ante la
impotencia trágica de la existencia, que siempre ha exasperado al varón. A pesar de
que la sabiduría no toma con frecuencia la palabra, de ahí provenía la intermitente
ironía de la mujer hacia las "hazañas" de lo histórico. No es mucho suponer quizá que
los viejos "poderes" femeninos, que coinciden con la capacidad de cierta humanidad
para pensar los sentidos, tenga relación con la leyenda de una brujería que oscilaba
entre la hoguera y el olor de santidad. Cuando nuestra sociedad ignora o se burla de
esa anómala capacidad, de una dimensión de lo asocial que siempre actuó bajo las
formas históricas, no puede dejar de hacerlo utilizando valores férreamente
masculinos. Si la mentalidad actual no ve en una sociedad "atrasada" el poder de la
mujer, tras una elite pública ocupada probablemente por varones (es el caso del
mundo islámico), está empleando una escala de valores típicamente occidental y
masculina. Obrando así, sobre la posible opresión que se dé allí (aunque el
relativismo cultural nos previene de los juicios demasiado rápidos), se está sumando otra infinitamente más sutil y eficaz, por más que la vanguardia occidental la haga
penetrar ahora con la vaselina magistral de los derechos humanos.
En este sentido, como ha recordado a veces Norman Mailer, las mujeres "liberadas" de la sociedad occidental con frecuencia han incorporado una enérgica
sangre fresca al constante intervencionismo de Occidente, a nuestra ferocidad viril
contra el ser oriental del sentido, cierto "subdesarrollo" estructural de la existencia
que nos cuesta tolerar. Juzgando según los parámetros de nuestro presente
implacable, para el cual todo lo que no es social no existe, es más que probable que la
mujer estuviera marginada u oprimida bajo cualquiera de las anteriores formaciones
históricas. Pero cuando decimos "oprimida" se nos pasa por alto que las condiciones
misteriosas de su supervivencia (por no decir de su poder) las hemos olvidado porque,
sencillamente, no se adaptan a nuestros modelos actuales, invadidos capilarmente por
la mentalidad masculina. Desde el inicio de la modernidad (cuando las revoluciones,
rompiendo con la religión, absolutizan a cambio lo secular) hay una hipertrofia de lo
histórico en Occidente que nos impide palpar las formas profundas de vida y de
resistencia. La mujer, en particular, no se limitaba a ser lo contrario del hombre, su
polo opuesto, subordinado a él en una historia sin Historia, sino que resistía en un
plano asimétrico conectado a múltiples estancias de la cotidianidad (desde el mundo
de los sentidos a las intrigas políticas y económicas). Ante todo, ese plano estaba
conectado a las venas secretas de la vida, radicalmente más "sensible" que"intelectual". Si desde el punto de vista tradicionalmente histórico la mujer
permanece "atrasada", equívoco masculino que después se extiende en la sociedad
entera, es debido a otra relación, infinitamente más fuerte, con el halo de lo
ahistórico. De hecho, lo mismo ocurre con todo pueblo ajeno a la mentalidad
occidental o cualquier varón (ejemplarmente, el artista) que haya roto con la Razón
tradicional. Todo lo que participa de la verdad de la condición mortal permanece
abajo, en un espacio de resistencia esencialmente clandestino, minoritario con
respecto al estruendo de lo histórico. Los hombres hacen la historia y la guerra, pero
con frecuencia huyendo de la auténtica dureza, que espera en la paz, en el fluir casi
inconfesable de lo comunitario.
En este aspecto, la historia sólo es la ilusión, el conjunto de condiciones que
hay que atravesar para devenir, retornando a ese campo común de experiencia donde el primado de lo femenino, de un sentido que mana del sinsentido, mantiene su
soberanía. Por el contrario, en el modelo histórico occidental, de raíz furiosamente
suprasensible, es inevitable la primacía de lo masculino, aunque ese modelo sea
crecientemente protagonizado por mujeres que acceden al escenario público. Bajo
este prisma, el furor del "feminismo" mayoritario a favor de la equiparación
estadística (asumido hoy por cualquier estrella de la infamia televisiva) parece
prolongar el viejo odio, de origen masculino y occidental, hacia el punto de fuga
ahistórico que ontológicamente representa la mujer. Particularmente, la lucha por
salir, según suele decirse, del "anonimato doméstico" a la esfera pública refleja la
monomanía tradicionalmente masculina por escapar desde la indeterminación
cotidiana hacia la ordenación social e histórica. Después de todo, en ese "anonimato" que en la vida urbana actual está denostado como estéril, la humanidad
escucha (era el caso del poeta, del creador) un sentido que revierte en la convulsión
de lo comunitario. En el anonimato de lo "privado", en ese lento fluir sin testigos, se
incuba todo lo que después será histórico. Curiosamente, en la vida postmoderna se
da una suerte de retorno al hogar, una apoteosis de lo cotidiano e incluso de los
afectos, pero una vez que la vida ha sido colonizada por los nuevos medios del
dominio público y la producción serial, por el ruido de la comunicación y el consumo.
Es posible que por en medio haya muchas pugnas, pero la del feminismo es
una batalla que, en conjunto, desde el punto de vista existencial, sólo puede ser
ganada por el modelo varonil occidental, hostil desde lo más hondo al significado del
dolor y de la finitud. El feminismo surge en las sociedades avanzadas como una
compensación y, en cierto modo, una prolongación sutil de su secular "machismo",
incluso de su clasismo burgués. Desde el lenguaje público hasta el cuidado de las
formas en la relación con las mujeres (el fantasma del "acoso" está ahora
continuamente presente), no digamos actividades tradicionalmente masculinas como
la caza o los toros, hace tiempo que se ha desatado en los países desarrollados una caza generalizada de la diferencia varonil. Si recordamos que esto se produce
precisamente allí donde es necesaria una reacción a la férrea masculinidad del orden
industrial (incluso al estruendo del machismo hitleriano y su marcial paso de oca), no
resulta tan malparada la hipótesis de que machismo y feminismo tienen la misma
génesis, una paralela aversión al ser de lo sensible y una semejante voluntad
uniformadora. Y esta voluntad no es característica precisamente de las sociedades
tradicionales, puesto que en el mundo agrario siempre hubo un lugar clave para la
heterogeneidad, para el mito de lo singular, sino de las sociedades desarrolladas del
Norte. Según Weber, tales sociedades se han desarrollado al precio de una ruptura con
la cultura de los sentidos y con una clase de pensamiento muy distinto del "falocéntrico",
ruptura que el ascetismo radical protestante impulsó con ferocidad en
contra de las costumbres del mundo antiguo.
6
Como lo demuestra el recurrente ejemplo de la miseria del Tercer Mundo, o del
holocausto judío, el único Gran Relato admitido hoy es la epopeya de las víctimas.
Toleramos fácilmente una diferencia débil, que quiere asemejarse a nosotros y se
corresponde con el papel de víctima indefensa que le asignamos a la pobre humanidad
que se humilla pidiendo ayuda. Se la daremos, a cambio de poder rehacerla a nuestra
imagen y semejanza (en caso contrario, habrá que hacerla sangrar hasta que entienda
qué significa el nuevo orden económico). Pues bien, algo parecido es lo que hemos
hecho con lo femenino. De igual manera que no toleramos al Otro sino cuando dimite
de su radical diferencia y se entrega, solicitando ayuda, algo parecido ha pasado con
La Mujer. La sociedad acude en masa a socorrerla en cuanto ella parece haber
dimitido de su inquietante diferencia, una singularidad no mensurable en términos
sociales sino más bien extrañamente impolítica, aunque quizá por ello doblemente
política. A fin de cuentas, la mujer ha ascendido en la escala social en el momento en
que, abandonando la fuga de sentido que en ella se daba, se reclama un simple sujeto
de derechos, en igualdad de condiciones que el hombre.
Al menos en Occidente, el problema que la mujer siempre le ha planteado al
hombre es poner una y otra vez la irreductibilidad inmediata del sentido, la resistencia
profunda de la vida desnuda, del ahí del ser, en medio de la acción histórica. En este
aspecto, el tópico que recuerda que detrás de las hazañas del "gran hombre" está la
sombra activa de una mujer, que constantemente interviene y se retira, no es por
completo errado. ¿En el esquema tradicional, en ese laberinto del pasado que
simplificamos en un esquema, la mujer era realmente el "descanso del guerrero"? ¿No
sería más bien el viaje histórico de la guerra un descanso del viento mudo de la
finitud, un descanso del polemos silencioso de la existencia, allí donde la mujer tenía
y tiene un poder clave? No es seguro que la guerra no esté ante todo en el "anonimato" de la vida común, en una profundidad que el silencio de la existencia
(cuando el televisor se apaga) sigue expresando. Realmente, no es seguro que
podamos descartar que los hombres hagan la guerra precisamente huyendo de la
desazón secreta de lo diario, de ese extraño instante de calma que, en palabras de
Machado, está en paz con los hombres y en guerra con lo inhumano de las entrañas.
Fijémonos por un momento en la imagen de aquel "descanso del guerrero"según la versión que de él da Barthes, pervirtiendo los tópicos de lo local y lo
mundial: "Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer
es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el hombre es
rondador (navega, rúa). Es la mujer quien da forma a la ausencia, quien elabora su
ficción, puesto que tiene el tiempo para ello; teje y canta; las Hilanderas, los Cantos de las tejedoras dicen a la vez la inmovilidad (por el ronroneo del torno de hilar) y la
ausencia (a lo lejos, ritmos de viaje, marejadas, cabalgadas). Se sigue de ello que en
todo hombre que dice la ausencia de otro, lo femenino se declara: este hombre que
espera y que sufre, está milagrosamente feminizado. Un hombre no está feminizado
porque sea invertido, sino por estar enamorado". Pues bien, esta experiencia de lo
imposible en el tiempo, un trasfondo de vértigo que nunca vendrá a la historia (en este
sentido, se trata de una experiencia literalmente utópica), es lo que debe seguir
sepultado por la marcha espectacular de lo público. Como máximo, conservado en las
reservas exóticas o perversas de lo privado. La gigantesca empresa contemporánea de
la mediación, falso nihilismo que de hecho totaliza una y otra vez lo social en
detrimento de lo existencial, está puesta a este servicio. Por lo que sabemos, a tal
causa se ha apuntado también el grueso de la fuerza "feminista", de este feminismo de
término medio que hoy en día, al menos en Europa, la derecha y el mercado asumen.
Bajo la suavidad de este manto, de alguna manera jamás la mujer ha estado
más marginada o desatendida, pues sobre ella se ha redoblado una coacción que ahora
es mundialmente consensuada. Fuese cual fuese la entidad real de aquella mítica"libertad prehistórica" de las hembras de la que se habla a veces, la sumisión de la
mujer ha alcanzado en estos tiempos un extraño grado de perfección. Si la sociedad se
puede ahorrar el látigo es porque la introyección del Padre, de un padre transmutado
en formas domésticas, les hace aceptar sin más la ley varonil del trabajo, igual que a
los hombres. Incluso se podría decir que se aumenta la tradicional "dote del padre" a
través de la incorporación femenina al mercado laboral, pues así la mujer se presenta
con un valor social añadido. Este cambio social y económico está sin duda detrás del
relajamiento externo de la diferencia y la tensión entre los dos sexos (aunque, bajo
cuerda, la tensión esté más exacerbada y sea más turbia que nunca). Pero ello sólo
porque la eficaz masculinidad que necesita la máquina de guerra del platonismo
occidental se extiende en formas reptantes. Mientras la última virilidad se viste de
ademanes suaves y la mujer abandona su tradicional distancia e ironía frente a lo
histórico, se produce el gradual relajamiento de la tensión dual, la desaparición de la "desigualdad" clásica en aras de un estilo empresarial más correcto. Sobre el terreno
abonado del pragmatismo económico y el aislamiento privado crece una amplia"feminización" a la que el actual varón urbano asiste con interés, pues al fin y al caboél está volcado en una empresa que necesita silenciosos gestores técnicos y no
precisamente carácter a la antigua usanza.
El ascenso público del papel de la mujer, el reconocimiento social de una
homosexualidad estereotipada, el valor cívico (cuando no espectacular) del sexo y la
mutación "casera" de la hombría clásica en un orgulloso estilo igualitario, son parte
del mismo cambio. Como también lo son el aburrimiento mutuo, las separaciones
rápidas de las parejas o la contención de la separación con la carrera del consumo. Y
entran asimismo en este campo esa marea de penosos problemas domésticos ("¡tú friegas!"), sobredimensionados por la falta en el hogar de un exterior que no sea
económico. Una relación comenzaba por salir juntos, probándose el afecto de una
alianza en el mundo, en un exterior de nadie. Ahora bien, ¿cómo conservar el calor de
aquel comienzo cuando la propia calle está en entredicho por los imperativos de la
economía y el espectáculo digitalizado de las pantallas? Las relaciones se han
transformado más bien en un retirarse juntos y no es extraño que en ese clima
asfixiante de retiro se envilezcan los lazos. En cualquier caso, una cotidianidad
refugiada en seguros interiores lleva sin remedio a la neurosis (tal vez particularmente
en la mujer, que no puede dejar de atender a algo cardinal que no es de orden
histórico), con su dosis de hostilidad más o menos encubierta. Con frecuencia,
parece que es simplemente el miedo a la soledad, a la soledad creciente de una vida en
extremo individualizada, lo que mantiene juntos al matrimonio y a la familia. Tanto o
más que la economía, también la familia está sumergida.
La velocidad ignora la violencia silenciosa del amor. ¿Cómo será posible la
química lenta de la relación, del matrimonio, del embarazo y de la paternidad en una
sociedad devorada en todos los órdenes por la urgencia, cuando no por una cultura de
la eyaculación precoz?
Hasta cierto punto, la relación con la indeterminación espiritual del otro, un
otro que le daba rostro a la alteridad experimentada dentro de cada experiencia, se
traslada ahora al determinismo del complejo social. De esta manera, debido a que no
podemos tener una relación estable con la alteridad intrínseca a lo humano, el rostro
humano del partenaire siempre es provisional, como si se limitara a darle faz a la
otredad diseñada de un guión pasajero, escrito por un narcisismo individual que
funciona como la otra cara de la transparencia colectiva. La lógica de un amante tras
otro, incluso de amantes más o menos tolerados bajo el compromiso matrimonial,
busca mantener el secreto de la eterna juventud, en resumen, mantener la finitud y el
envejecimiento en secreto, sin testigos.
Las parejas no resisten porque les falta la relación con un silencio mediador,
con la memoria de un ethos, ámbito materno y paterno del afuera que impediría al
hogar cerrarse en la endogamia de su atmósfera (microclima que, por cierto, es
también donde crecen estos despóticos e infelices hijos mimados de las últimas
generaciones). La sacrosanta autoridad de la opinión pública, es decir, el primado de
la ley del mercado y de la cultura del consumo, constituyen el substituto postmoderno
de aquel principio mediador. Pobre sucedáneo, puesto que es tecleado a distancia por
los mismos cónyuges que necesitarían la ayuda de un peligro soberano, de una
autoridad moral externa al cuerpo social, para abandonar su egocentrismo.
7
Habría que recordar aquí que no es la violencia abierta, sino el odio, un resentimiento
sordo por todo lo que no ha ocurrido, algo perfectamente compatible con la discusión
cívica y las buenas maneras, lo que es hoy la mayor fuente de tensiones. Ni siquiera en un país tan sanguíneo como España el problema
de la pareja es hoy el de una agresividad desatada en el maltrato físico. El síntoma
general de la violencia tiene más bien la forma larvada de un sistemático
desencuentro, el cansancio mutuo, el aislamiento enquistado de cada uno, las manías
narcisistas, las mentiras, el aburrimiento acumulado. Uno frente a otro, puesto que
han perdido la alteridad que permitía la aventura del encuentro, los dos se mantienen
en silencio o peleándose por los detalles neuróticos que ha impuesto una economía
implacable. Baudrillard comenta: "El movimiento de emancipación femenino ha
tenido tanto éxito que deja a lo femenino frente a la debilidad (más o menos táctica o
defensiva) de lo masculino. El resultado es... el resentimiento de las mujeres contra el
'no poder' de lo masculino".
Cuando se da entre personas normales, que hasta entonces habían sido
pacíficas, la agresividad doméstica del varón tal vez encarne el retorno desesperado
de todo ese peligro vital que ha sido reprimido por la coacción incesante del
consenso, de la neutralización, de la retirada económica al hogar, nuevo escenario
expandido en el que las mujeres han adquirido un poder social insólito. Ahí puede
estallar todo lo que ha sido excluido por la violencia simbólica de la comunicación,
un sistema que acosa cualquier forma de singularidad. En este sentido, la violencia
contemporánea de algunos varones sobre las mujeres quizá tenga relación con una
creciente impotencia masculina en el escenario postmoderno del "fin de la historia",
ante una vieja fuerza pragmática del ser femenino que ahora se presenta coaligada a
un nuevo poder social. Y el retorno de eso reprimido es a la fuerza putrefacto,
brutal. Evidentemente, la agresividad es de ambas partes. Pero así como la violencia
diaria de la mujer es "psicológica", social e informativamente invisible, la del hombre,
sucedáneo desesperado de la alteridad arriesgada que ha abandonado, se convierte
directamente en criminal.
Que no nos engañe el efectismo de las estadísticas. El problema de los malos
tratos entre las parejas, la llamada "violencia de género", está ahí como una tragedia
espectacular que oculta un problema más grave, que es la falta radical de trato entre
los géneros, la pérdida de relación con la alteridad sexual del otro. Es más, es muy
posible que la moraleja social que rodea a los malos tratos concluya en una
mentalidad y una serie de medidas preventivas que acentúen aún más el encierro del
individuo en una seguridad autista. Cuando en este punto la sociedad exigeúnicamente el castigo ejemplar de los culpables y también medidas preventivas duras,
está olvidando hasta qué punto se ha desarrollado un sistema social que ha desarmado
al hombre. Odiando toda heterogeneidad, ese orden inmanente que se manifiesta en
el fin de la política y el triunfo de la economía, en el fin de la exterioridad y el triunfo
sigiloso de los interiores digitales, en un mercado espectacular que prolonga a nivel
global la lógica endogámica del hogar, ha establecido un auténtico "desconcierto
armado", una brecha de incomprensión entre dos géneros que estaban definidos por su
relación con lo externo.
De cualquier manera, a pesar de que sobre ello dejaron alguna señal los
poetas, ¿por qué es tabú entre nosotros discutir abiertamente lo que sería hoy la
virilidad, fuera de los lugares comunes? Quizá porque también está mal visto discutir,
más abajo de los tópicos periodísticos, qué es eso que llamamos mujer. Impuesto por
la religión social de la comunicación, una igualdad abstracta quiere borrar los
caracteres genéricos (tanto la recepción como la penetración están enlazadas con la
espiritualidad del genus y la fuerza telúrica) con una actividad auto-referente,
puramente social, económica. La liquidez técnica querría nivelar los sexos haciendo
que, al buscar la eliminación de los símbolos de la diferencia sexual e implicar a las
mujeres en lo socio-estadístico, se arrase la antigua resistencia de la mujer ante la
superficialidad de lo público, es decir, a recluirse en lo meramente "privado".
Fijémonos en que, por idéntico motivo, se ha de cercar también a la infancia, una
edad del hombre ocupada por la ambigüedad de la especie, a la que ahora se incita
precozmente a enlazarse con lo social. En el caso de la niñez, como en el del orbe
rural o el de los pueblos atrasados del exterior, se manifiesta la necesidad
postmoderna de dinamizar globalmente toda esquina de subdesarrollo, cualquier resto
que amenace con esbozar una dualidad. En este punto, la gestión social protagonizada
por mujeres es hoy por hoy el arma ideal de una penetración mundial de la que no
puede prescindir Occidente.
8
¿Se puede decir entonces que nunca se ha dado como hasta ahora tal eficacia en la
hostilidad hacia la condición de la mujer? Y hablamos, siguiendo a Lacan, de "la mujer" que no existe como clase social homogénea, sino precisamente como
existencia asocial inanticipable, que se manifiesta una a una. En particular, la
superioridad femenina en la escucha de los sentidos es un blanco central de la reciente
forma de poder ligero, sostenido por hombres y mujeres. Si la virilidad y la feminidad
clásicas representaban un modelo de humanidad terrenal, abruptamente caracterizado,
al final del siglo pasado debe dar paso a otro más suave, cargado de rasgos
tecnológicos y empresariales. Se manifiesta en ello un rechazo gradual a la antigua
feminidad y la antigua hombría, a la irrupción abierta de una heterogeneidad
heredada. Pero esto, más allá del rechazo a la tosquedad del machismo, es a la par una
aversión a la idea de que lo irreductible del carácter sea inevitable para la historia, de
que algo dado y no decidido limite el plano social de las elecciones posibles, de la
cultura, del conocimiento. En última instancia, se ridiculizan las figuras del Hombre y
de la Mujer en la medida en que la energía natural de ambos convoca la imagen de
una humanidad endeudada con lo irreparable. Al estar los hombres encadenados a una
herencia primitiva se produce una relativización de todo significado histórico a manos
de una región incultivable de la existencia.
El adjetivo "viril" no está de moda, como tampoco la idea de ninguna
autenticidad, pero en el fondo se tiene contra lo masculino lo que se tiene contra el peligro que alienta en lo femenino, lo que se tiene contra la terrenal sabiduría de una
fuerza que ha de ser dura incluso cuando ama. Si la violencia proviene ante todo de
los límites mismos de lo humano, de ese abismo inhumano al cual la vida se asoma,
entonces, en contra de nuestro modelo, la violencia se encontraría más en la aparente
dulzura de lo femenino, en su espera sin objeto y su fuerza tranquila, que en los
ademanes ruidosos de lo varonil.
No es visible en primer plano, no lo será durante mucho tiempo, pero quizá la
elementalidad femenina, su resistencia anímica ante lo histórico, su piedad instintiva
hacia la impotencia de todas las víctimas, es lo que está en el punto de mira de la
maquinaria social, y no una grosera masculinidad cada día más marginal. De ser así,
nuestra hipócrita cultura actual estaría contra la rudeza varonil en la medida en queésta señala el imperativo que la exterioridad ontológica de la mujer, su privilegiada
relación con el ser de la existencia, impone al mundo histórico. Tal alteridad sensible
ha impuesto siempre a las configuraciones históricas un peligro y la necesidad de un
agotador recambio para conjurarlo, una insaciable voluntad de expansión. Para
superar esa escisión trágica e instaurar el nuevo orden mundial del Fin de la Historia
(una estrategia masculina que perpetúa la tradición de Occidente, pero seriamente
maquillada con tácticas femeninas), la época necesita nuevos modales, agentes
femeninos junto con los masculinos. Aunque quizá los varones domados sean más
necesarios que las mujeres dinamizadas, cualquier iniciativa, cualquier agresión
parecerá menos sospechosa si en ella participan mujeres.
Vista en este plano, la lucha de algunas mujeres vanguardistas de los países
avanzados podría ser un perfecto caballo de Troya en las entrañas de la causa
(ahistórica, aunque por ello profundamente política) de la mujer. La "liberación de la
mujer", a la que la economía liberal contemporánea asiste complacida, es también
liberación de la mujer, una ruptura del cuerpo social entero con respecto al vértigo de
un afuera con el que la mujer conectaba. Es también emancipación de una igualdad originaria que, arraigada en una heterogeneidad sin remedio, potenciaba la
singularidad ontológica de cada existencia, incapacitándola para la circulación fluida
de la comunicación, para la liquidez del capitalismo. Así pues, no hay por qué no ver
los distintos aspectos de la emancipación moderna como parte de un cheque en blanco
para acelerar la gran carrera de la historia occidental, estructuralmente varonil,
aunque día a día metamorfoseada en unidades cada vez más ligeras. Primero la
democracia liberal enterró en lo "privado" esa abigarrada mezcla de afectos, pasiones
y lazos de sangre que la mujer representaba. Después, al fundir la inmanencia
postmoderna e integrar lo privado en la espectacular globalidad contemporánea, se
completa en cierto modo la tarea de exclusión, liquidando aquella resistencia sorda de
la vieja existencia con la luz de los potentes reflectores de la interacción social.
Pero, por una suerte de ley política de conservación de la violencia, no hay
acción sin reacción, ni ganancia sin pérdida. De manera que la reserva elemental
humana que representaban entre nosotros las mujeres (o el proletariado, o los
campesinos) la hemos desplazado después a las masas tercermundistas que,
inmigrantes o no, son convertidas en una suerte de cuerpo mundial femenino, pasivo y
sufriente, en cuya explotación las mujeres occidentales participan activamente. Todo
ello en beneficio de la actual fuerza global de naciones modernas aliadas, del clasismo
planetario de la desaparición de la Historia, en buena parte protagonizado por mujeres
ahormadas al paradigma histórico postmoderno, un modelo férreamente masculino
pero metamorfoseado en escalas microfísicas.
En este sentido, más aún que EEUU, la Comunidad Europea se presenta como
un territorio infectado por el espejismo cultural de la "deconstrucción", empeñado en
adelgazar y consumir los símbolos de cualquier sombra singular, que resista a la
intensa socialización secundaria del capitalismo. Las sectas, la familia, las naciones,
la diferencia sexual, la imagen del Padre, la independencia individual: todo debe ser
devaluado, interferido, mediado, blanqueado, homologado por nuestro integrismo de
la desintegración. Todo aquel duro pasado que antes era mirado de frente, en una
visión amplia en la que se implicaban incluso las víctimas (Sartre o Beaufret, por
ejemplo, son los que rescatan a Heidegger del olvido), ahora también es pasado por el
filtro de una debilidad vengativa, incapaz de la generosidad propia de los vencedores,
de otra cosa en realidad que no sea el maniqueísmo.
Todo lo exterior, la simple existencia (cada día más exterior) es sometida a
una "cura de adelgazamiento" incesante, para que mientras tanto engorde el monstruo
andrógino de la gestión global. La cultura del consumo debe primeramente consumir
cualquier brote arraigado de diferencia, de otredad sexual, de autoría, nombre del
Padre, Pasado o Lugar. El multiculturalismo, el delirio de lo correcto, la transparencia
plena de la información están contra la vieja autoridad de lo paterno, no por su "violencia", que ahora se prolonga y mantiene ferozmente por otros medios, sino
porque aquélla no dejaba de señalar el imperio de un sentido externo, de una
ambigüedad terrenal irreductible. La autoridad paterna, con sus gestos coléricos o
suaves, señalaba continuamente el reino de lo natal y materno, de una ternura matriz
inapelable. Si se quiere decir así, señalaba el primado de la contemplación (theoria)
sobre la acción; más aún, la contemplación, su melancolía y su vértigo, como forma
culminante de cualquier acción. Y todo esto debe ser liquidado actualmente en un
nuevo sistema que perpetúe la aversión crónica de la mentalidad occidental hacia el
devenir sensible.
Acaso el Padre es solamente la figura que reúne el sentido de una herencia
mítica, esto es, la autoridad del seno materno, de una condición natal. Dicho sea de
paso, el evidente privilegio social de la homosexualidad masculina frente a la
femenina quizá tiene relación con el papel que aquélla debe jugar para desbastar,"desanimar" al poder varonil clásico, contribuyendo con toda clase de miserias
cotidianas a desacreditar el nombre del Padre. De una manera no muy alejada del
eunuco, el homosexual es buen consejero del creciente poder femenino en la corte
postmoderna: está habituado a la doblez y el secretismo, tiene amantes entre los
hombres, hace confidencias en el otro lado... El personaje gay constituye una
compañía masculina no sospechosa y un aliado natural para la mujer que se ha
volcado en el nuevo poder social, inundado por la rapidez del nuevo capitalismo"popular" y por todas las tonterías posibles de la privacidad. El homosexual público
está en el centro de un poder social híbrido, integrado. Tragándose el anzuelo del
machismo que les ha hecho tan infelices, pasan directa y vengativamente de la
clandestinidad al espectáculo.
9
La autoridad tradicional es actualmente inútil porque, además de portar una herencia,
algo de por sí incómodo para la gestión meramente social del presente, es lenta y
entorpece la agilidad que hoy se requiere. Para eso se ponen en pie, desde la moda
hasta la música y el deporte, formas lúdicas y juveniles de disciplina. Se da además la
constante campaña publicitaria sobre un mal oficial (nazi, autoritario,
fundamentalista, colérico) que tiende a colocar sistemáticamente el Mal en el pasado
o en el exterior atrasado, manteniendo así una especie de daltonismo hacia nuestros
sigilosos modos de coacción, allí donde se emplea una violencia sorda, afelpada. El
término del "gran relato" es el puerto que debe camuflar las tardías figuras de la
coacción dentro de un aspecto meramente técnico, gestionario. Bajo este prisma, la
higiene y corrección de la tecnología punta están al servicio de un poder de eficacia"femenina" y objetivos perfectamente "masculinos", pues logra limar las severas
apariencias disciplinarias de antaño y adoptar perfiles dialogantes. Bajo la hipocresía
de un pluralismo superficial, todas las formas duras de la disciplina se esconden en el
secreto de la empresa privada, en las decisiones clave del Estado o en las condiciones
horrendas de la economía sumergida que soporta la población inmigrante.
El mando social contemporáneo está ligado de un modo u otro al desarrollo de
un dominio que adopta formas suaves. En cualquier caso, cada época y cada estilo
de mando tienen su propia expresión instrumental. Como han explicado con profusión
de detalles Foucault o Deleuze, el paso de la vieja autoridad centralizada al actual
control descentralizado se explicita en el cambio del ejército a la escuela obligatoria,
de la fábrica a la empresa, del B/N al color, del cine a la televisión o el vídeo, del
altavoz al walk-man. Si lo mecánico-industrial se corresponde con el paradigma de un
poder "masculino", torpemente homogéneo y represivo (el "hemisferio izquierdo" cerebral, en la teoría de McLuhan), la informática y lo digital se corresponden con la"feminidad" de la coacción postmoderna, ese "hemisferio derecho" auditivo-táctil que
encandilaba al autor de Understanding media85. Como antes ocurrió con el liberalismo y la socialdemocracia, estos cambios técnicos son parte de una
transformación del capitalismo hacia tipos de opresión más ligeros, plegados a los
perfiles de la multiplicidad, al individuo interactivo y libre de las viejas ataduras
comunitarias. Si sólo debe funcionar la autoridad acéfala del mercado, su liquidez
debe proporcionar el suelo económico y también el cielo de la ideología. Se debe
sostener una ilusión inmanente, una "infraestructura" construida con la propia
velocidad de la "superestructura". Frente al antiguo Estado falocéntrico, lento y
centralista, ridículo como el propio machismo, no deja de representar una deriva"femenina" la evolución hacia la forma ultraliberal de la economía, que encuentra en
la rapidez de lo múltiple, con una mínima intervención "estatal", el modo más ágil y
estable de planificación.
Se puede decir que del tiempo moderno, eurocéntrico, abstracto y centralista,
pasamos al espacio postmoderno de corte "americano". Entramos así en una
linealidad temporal desmenuzada, adaptada a los ritmos locales de la existencia, a la
que esa temporalidad consumista se limita a federar. Puesto que lo masculino, al
menos en Occidente, no es tanto el ruido grosero del machismo como la voluntad"platónica" de elevación sobre la comunidad de los seres mortales, esta masculinidad
se sigue manteniendo en el orden tardomoderno, pero seriamente perfeccionada en
formas "rizomáticas". Si nos fijamos bien, todas las características del control actual,
frente a las viejas formas disciplinarias, coinciden con esta mutación genérica del
estilo de mando. No se trata de un poder concentrado, sino disperso, integrado en los
circuitos abiertos y las formas al aire libre: policía de barrio cercana al ciudadano,
hospitales de día, anillos electrónicos para presos en lugar de la cárcel. Si esta nueva
forma de dominio pasa de la tecnología analógica a lo digital es porque ésta le
permite fundirse con la carne del individuo y funcionar continuamente, acompañando
las veinticuatro horas del día de la vida cotidiana, reforzando el papel político de las
emociones y el hogar. Es, por otra parte, un poder dialogante, impartiendo una
formación permanente, con atención personal directa, flexible, incluso "divertida". De
esta manera (pensemos en la lógica del mecanismo televisivo) el nuevo poder
representa una suerte de continuum de la discontinuidad, de la interrupción. Recambio
incansable que nos impide tomar las riendas de nuestra vida y nos endeuda con la
velocidad social (informativa, técnica) controlada por una nueva legión de
especialistas.
En resumen, el poder, provocativamente sexuado, se presenta dotado de un
sistema de modulación, una estructura autodeformante de geometría variable. Su
modelo, ha dicho Deleuze, no es el rompeolas, sino la tabla de surf que acompaña a la
ola, permitiendo cabalgar las emocionantes ondulaciones de la existencia. Como si el
poder se hiciera personal y la vieja amenaza de una fuerza de choque desapareciese,
transformada en corrientes infinitamente dividuales, que penetran y dividen al propio individuo. Sin duda este poder es también "kafkiano", pero en un sentido para el que
no nos valen las viejas fórmulas de denuncia.
El triunfo global del capitalismo (la "época de la imagen" heideggeriana)
supone un aligeramiento general de la industria, el paso gradual al sector terciario de
los servicios, a la pequeña y mediana empresa. Esto implica a su vez la retirada
doméstica de la sociedad elegida y la desaparición de un exterior que fuera necesario
conquistar "virilmente", cuerpo a cuerpo. También resume esa mutación política que
traspasa parcialmente la fuerza a las nuevas actividades informativas y ociosas. El
giro de la disciplina mecánico-militar al control comunicacional supone, entre otras
cosas, que el cuerpo civil (en primer lugar, las mujeres) ha de liberarse de la
impenetrabilidad de la mujer y pasar a arraigar el Estado en el mismo hogar, en el
corazón tierno de la privacidad, en los afectos. Buena parte de la manida"sentimentalidad" tardomoderna tiene su papel político en esta transformación hacia
una forma de dominio más doméstico, con rostro humano. En este aspecto la
liberación femenina ha contribuido a emancipar a las instituciones occidentales de las
viejas fórmulas pesadas de disciplina, de una engorrosa violencia física,
permitiéndoles un tono dialogante que antes no tenían.
Imaginemos por otra parte lo que significa el hecho de que las grandes firmas
europeas y americanas se estén interesando ampliamente por reducir los empleados de
cuerpo presente. Millones de pequeñas empresas hogareñas, muchas de ellas regidas
por mujeres, tienen su domicilio social y electrónico en el lugar donde se hace el
amor. Dentro de poco parte de la población activa podrá no salir de casa. O bien no
habrá trabajo efectivo en las afueras o bien éstas se habrán unido al útero doméstico a
través de la fibra óptica, metáfora del cordón umbilical de una humanidad que,
olvidando la sabiduría milenaria de las madres, quisiera permanecer pegada a la
infancia, asfixiándola con la socialización forzosa.
Ignacio Castro Rey (iccrey@terra.es) Ignacio Castro Rey, doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, es filósofo, escritor y crítico de arte. Influido por la heterodoxia del pensamiento occidental (Leibniz, Nietzsche, Lacan, Deleuze), desarrolla desde hace años un trabajo filosófico en una doble dirección. Por un lado, una afirmación ontológica del referente de la singularidad, de su potencia irrepresentable. Por otro, una crítica del orden microfísico del poder postmoderno. En ambos registros intenta rescatar la precisión conceptual de distintos pensadores contemporáneos, de Agamben a Badiou, de Zizek a Baudrillard. Visita: www.ignaciocastrorey.com
* Selección de capítulos de La sexualidad y su sombra, 2004, Ed. Altamira, Buenos Aires. Puedes comprar el libro AQUÍ
|