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El sexo es insuperable en la medida en que simplemente señala el perspectivismo de
toda existencia humana, su finitud, sus límites. En última instancia, la sexualidad
indica la necesidad de abrazar la esencia a través del propio "ser-afuera" de la
existencia, a través de una relación fugaz con uno de los rostros de esa central
alteridad, relación que pone en juego el conjunto de la vida. En este sentido radical,
tal y como han insistido Freud y Lacan, el sexo está desligado de la genitalidad y se
presenta en múltiples modos de la existencia.
El otro sexo no ayuda en principio a contornear el propio, más bien le arroja a
una diferencia inabarcable, siempre por definir, que sólo se salva en lo abrupto de la
cópula. Hay una indefinición latente en los dos sexos, que sufren su incompletud
frente al otro, a través de la que fluyen unos seres que ex-sisten. A diferencia de las
cosas, como ha recordado el existencialismo, los humanos existen sin causa externa.
La paternidad, la hermandad que se crea bajo su sombra, es el síntoma de tal finitud.
En los padres hay una insuficiencia sustancial que debe ser trasmitida. La humanidad
desciende en distintas generaciones porque no está concluida, no se posee a sí misma. La paternidad supone de hecho, en la cronología de las edades del hombre,
descender a la comunidad no intelectual de la existencia, a su alteridad constituyente.
El hijo por venir arroja sobre el presente de los padres una luz fundamental que reabre
su pasado, la fragilidad de cuando eran no hablantes (in-fans). Ontológicamente, el hijo es un otro reconocido en las entrañas. La gravidez de la madre, el dolor del
parto, la incertidumbre y los desvelos de la paternidad posterior parecen prolongar el
precio de un amor que estaba en sí mismo herido por algo inasible para la razón. La
asimetría en la relación de pareja (en la que no hay un directo tuteo, sino siempre la
mediación de algo inmediable) es tal vez lo que desciende en los hijos.
Al respecto, desenganchar el sexo de la alteridad paternitaria, como ha hecho
la liberación sexual, acentúa potencialmente la connotación socio-económica en la
medida en que rompe con una otredad que dificultaba la instrumentalización de las
relaciones. Por eso la "igualdad" de un sexo y otro es algo a lo que actualmente se
apuntan las dos partes, en principio encantadas, pues así limitan la dureza de su
relación ontológica con lo otro. Si el género sexual marca la relación interna de la
existencia con una totalidad inasible, y por tanto la posición del individuo en la
dualidad fundamental entre la vida y la muerte, con la igualación social volcada sobre
ese punto se oferta que la gente delegue su diferencia y su jerarquía (padres frente a
hijos, hombres frente a mujeres) en favor del gran mecanismo de la nivelación
mundial. En suma, en favor de la desigualdad establecida, la que resulta más o menos
indetectable porque entre nosotros toma un aspecto dinámico, narcisista, solitario e
hiperconectado a la vez. Esta desigualdad media es neutra y técnica entre nosotros,
pero a la vez es apocalíptica hacia afuera, hacia la masa de los subdesarrollados del
mundo exterior.
El dispositivo social de la sexualidad promete, si no terminar con ella, al
menos gestionar la absoluta responsabilidad ante la muerte, de la que el amor era una
vía de acceso. Lo desconocido, que era en el amor sexual fuente de independencia, se
traspasa al aparato global andrógino, que lo convierte en algo demonizado y
puramente negativo. Idéntica homogeneización se extiende después al hijo, que no
será educado por el carácter de los padres, por su responsabilidad intransferible, sino
por el mecanismo audiovisual, por la escuela obligatoria o la industria cultural. Hay,
en fin, tanta subordinación económica en la sexualidad "libre" como en la tradicional.
Entre otras cosas, es curioso que con la liberación sexual se corte el lazo con la
reproducción humana para multiplicar hasta la enésima potencia la reproducción
mecánica. En la sexualidad provocativa, en el cuidado narcisista de la imagen, en la
duplicación técnica y la repetición de la pose, los seres humanos se endeudan con el
engranaje colectivo de esa otra reproducción.
La singularidad sexual no es la variante de una tranquila familia genérica que
nos separe de la violencia del otro lado (genus proximum, differentia specifica), sino
una originaria limitación, una inclinación radical de cada ser que el género sólo
representa externamente. Así pues, la disponibilidad de los átomos individuales en la
comunicación, individuos que se querrían libres de ataduras internas para ser
competitivos y fluir en la variedad del mercado, es estorbada por la sexuación, que de
algún modo pone la totalidad mítica de la especie en cada individuo. La sociedad
tardomoderna ha de intervenir en esa densidad de la persona singular (der Einzelne)
porque porta, como una herencia, el enigma de la humanidad entera, tanto en la forma "mujer" como en la forma "hombre".
Es inevitable en la Modernidad una ofensiva social contra la disparidad de los
dos sexos porque estos representan una ancestral duplicidad, la tragedia natal de un
cara a cara con los límites. Lo genérico del sexo simboliza una trascendencia que late
aquí, en el silencio de un rostro femenino o masculino, como precio de la soberanía
inmanente al individuo. El sexo marca un límite y, por lo mismo, la relación con la
totalidad inaprensible de la finitud, con su carácter afirmativo. Precisamente porque
tal diferencia de género no es naturalista, lo primitivo de la desigualdad sexual
introduce una grieta en la pantalla del colectivo técnico, una línea de sombra en la
superficie de la pluralidad informativa. Él o ella insinúan una referencia mítica a lo
natal, una relación genérica con el enigma de las raíces. El sexo representa la
referencia a una sustancia humana no decidida por el hombre, que por tanto ha de ser
mantenida a raya por esta sociedad correcta, por la voluntad gregaria de una
colectividad que se quiere a sí misma plenamente secularizada, dueña de su destino.
Antes de adulterar y domar con los valores del consumo, se exige la violencia
simbólica del desarraigo, la extracción de los vivientes del tejido de costumbres que
constituyen su identidad primaria. Como parte de nuestra deconstrucción consumista,
existe en nuestro sistema cultural un interés ontológico en la perversión de todo lo que
sea carácter, herencia, naturaleza. Es preciso consumir las edades del hombre, vejez y
niñez, igual que el carácter de las estaciones o la dualidad de los géneros sexuales. Es
preciso arrancar a los vivientes de sus raíces, de toda herencia (edad, género sexual,
cultura, nación) en la que pudiera apoyar su singularidad, para crear a cambio
identidades atómicas que dependan de las conexiones globales.
La trascendencia encarnada que representa la diferencia sexual, rompiendo el
plano técnico de la "inmanencia" postmoderna, se intenta así disolver con la retórica
de la igualdad, con una liberación sexual que hace al sexo productivo, autogestionado,ágil. La rapidez de la comunicación exige individuos desfondados, sin fondo sombrío,
sin reserva de alteridad; en este sentido, asexuados, aunque por otra parte estén
dotados de una prótesis sexual apta para los cotos de caza que rodean al mundo de la
empresa. De ahí que en los documentos oficiales deba diluirse cualquier referencia a
una sustancia masculina o femenina, que en el lenguaje y la forma de vestir se tienda
a la indiferencia. En apariencia, el capítulo de los odios afecta de lleno al reciente
imperio de la virilidad, pero esto solamente ocurre para buscar una masculinidad más
funcional, sin la cual es difícil que Occidente mantenga la estructura de su
supremacía. Quizá en el orden público el varón sostenía la primacía marcando al
mismo tiempo los límites de lo histórico en relación a una vida que siempre quedaba
atrás, señalando la superioridad de lo femenino en el plano vital.
Es cierto que muchos tópicos sobre la mujer apuntaban en esta dirección.
Pero es esta desigualdad entre lo social y lo asocial, este reino de la indefinición
existencial, que la mujer representaba aún dentro de la primera sociedad industrial, lo
que hoy no se tolera en el adelgazamiento postindustrial. En el plano histórico el
varón tradicional marcaba la distancia genérica. Señalaba así, al menos de modo
indirecto, la deuda con lo otro no histórico, con la profundidad de lo comunitario y el
devenir sensible del sentido. La insistencia en la "superioridad" del varón en la
Historia era paralela a un reconocimiento tradicional del mundo de la vida. Sin
embargo, para consumar el mito de la pluralidad contemporánea, las pretensiones
globales de Occidente, ahora lo que se requiere es una historia correcta que, con una
ligereza adaptada a las formas nucleares de la individualidad, no deje fuera ninguna
región exterior. Ya hemos visto que lo correcto es que no haya resto... Y la mujer era
un resto que señalaba los límites de lo histórico.
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Con una ingenuidad comprensible, Freud afirmaba en 1930: "La obra cultural, en
cambio, se convierte cada vez más en tarea masculina, imponiendo a los hombres
dificultades crecientes y obligándoles a sublimar sus instintos, sublimación para la
que las mujeres están escasamente dotadas... La mujer, viéndose así relegada a
segundo término por las exigencias de la cultura, adopta frente a ésta una actitud
hostil". Esto es justamente lo que se trata de evitar. El paso de una democracia
meramente representativa, donde el orden político está limitado por un afuera terrenal
que no abarca, a una democracia que pretende haber superado la dualidad y la
oposición a la vida, exige que los protagonistas de la hondura privada, la mujer y el
niño (también el esclavo, el criado o el inmigrante), sean arrastrados al nuevo plano
de inmanencia e iluminados por sus focos. Esto no significa tanto que el hombre
module su estilo y lo adelgace según los nuevos órdenes digitales como, ante todo,
que la mujer sea conectada a lo social a través de sus venas. Para ello han de ser
cegados sus lazos primitivos con el sentido, con el instinto, con la fragilidad de la
infancia. Así, con la incorporación progresiva de la mujer a la esfera pública (el
mercado del trabajo, la ciencia y la política, el espectáculo del consumo) la sociedad
entera se quiere librar de una heterogeneidad que tenía alojada en su seno. Igual
ocurre con la infancia, recordémoslo, arrojada a una movilización social sin
precedentes. En lo que atañe a la mujer, esta ofensiva socializadora no deja de
prolongar de alguna manera las antiguas quemas de brujas, pero ahora en los hornos
ultracorrectos de una fluidez económica a la que se pueden incorporar una elite de las
mujeres. Por añadidura, para mayor gloria del eterno logo-falo-centrismo de
Occidente, incorporando a las antiguas clases pasivas, la mayoría social dejará entonces de ser inquietantemente "silenciosa", de traslucir ningún malestar. Tal vez
por esta razón se ha insistido tantas veces en el carácter popular que posee la cultura
postmoderna en relación a la cultura "elevada" de la época de los grandes relatos.
Los márgenes de la Historia son habituales para una masculinidad que regresa, que está de vuelta de algunos espejismos suprasensibles y despierta al
sentido de la existencia(lo natal, como escena originaria del afuera, es para
Nietzsche el ámbito del superhombre-niño, más allá de la cólera del león). Pero el
dispositivo actual de la simulación global ha de cambiar cualquier diferencia
existencial en diferencia social. Hay una voluntad de equidad constante, de no discriminación o marginación de las minorías (un ejemplo más es la obsesión por lo"unisex", cuando por otra parte se ignora el fondo asexuado de la infancia), que
refleja la voluntad de superar la densidad ontológica de lo singular, de eso minoritarioque amenaza la estabilidad de la mayoría. Esa voluntad refleja también la necesidad
de saltar sobre el reto genérico de la relación con el otro. En esta oferta niveladora, a
la vez solipsista y comunicativa, campea el último estilo del poder. Sin embargo, dado
que en lo que la actual sociedad llama "márgenes" se encuentra el camino real para
llegar a la nervadura de lo comunitario (de idéntica manera que la finitud genérica del
sexo es el único modo de llegar a la comunidad del amor), la lucha contra toda
discriminación lo es finalmente contra el desamparo constitutivo del ser mortal, la
base asocial de su soberanía singular. En la medida en que una existencia cualquiera
no puede prescindir de la desigualdad original de su ser (pensamos siempre desde
nuestro subdesarrollo, ha insistido Deleuze), la lucha actual por la paridad es un ardid
del poder global, que ofrece la equivalencia rápida de la comunicación a cambio de
que cedamos en la trágica raíz de nuestra diferencia. En este sentido, las minorías
instituidas son una red para capturar continuamente la resistencia que brota del núcleo
impolítico de la vitalidad.
Toda decisión es cruel, discriminadora, pues cercena un sinfín de
posibilidades para quedarse con una. Y el pensamiento también es decisión: excluye y
divide, como lo hace cualquier perspectiva. Pero sin esta parcialidad de la decisión,
que exige enfrentarse a la negatividad de los límites, no hay relación humana ni
sociedad civil, sino sólo Estado, delegación, gestión elitista de los logros alcanzados
por otros. Éste es actualmente el panorama medio, aunque ahora tome la forma de un
sistema dinámico. Tal heteronomía general explica que cada vez que somos
enfrentados a la decisión más o menos terrorista de alguna minoría organizada (sea
una empresa, un gobierno o un grupo de fanáticos), la mayoría social se sienta inerme.
Puesto que lo que la sociedad contemporánea entiende como "márgenes" o"discriminación" es el camino secreto (inconfesable, diría Blanchot) para la
recreación continua de lo comunitario, el poder que se hace cargo de la desigualdad,
se hace cargo también de aquello que hacía a los hombres iguales en la existencia,
esto es, insobornablemente libres frente al poder histórico. De hecho, si el colectivo contemporáneo huye (particularmente en Europa) de la soledad de la decisión igual que de la peste, lo hace después de secar la raíz de la diferencia, conformándose con un sucedáneo de comunidad en el aislamiento cableado que sirven los medios de formación de masas.
En este aspecto, el dispositivo sexual cumple un papel clave. Al mismo tiempo
que se dinamizan corporalmente los posibles puntos de quietud (la privacidad, la
infancia, la amistad), se degradan también los símbolos de la dualidad, que tenían en
la indeterminación existencial su asiento. Se busca una igualdad aritmética,
controlada, que sea un resultado del estruendo y la movilidad. Difícilmente se soporta
la ambigua comunidad de cada sexo en su relación con lo asexuado del amor, con el
fondo pueril de toda presencia. En este campo reaparece una esquizofrenia muy
funcional, pues se juega sin cesar con el doble rasero asexuación/sexo espectacular.
Como ocurre en otros órdenes, podríamos decir que la sociedad occidental se suaviza,
se "feminiza", después de que el patrón masculino ha sido impuesto en profundidad,
distribuido en forma múltiple. El poder varonil, su vocación imperial y penetrante, su
ruptura con la temporalidad circular que no avanza, triunfa también bajo el modelo de
la simetrización sexual. En efecto, no hay ninguna garantía de paridad real (aquella en
la que la desigualdad vital se relaciona) por el hecho de que se pulan las formas, pues,
al menos en Occidente, lo funcionalmente "masculino" no es tanto el ruido ridículo
del machismo como la voluntad teleológica de elevación por encima del plano de la
sensibilidad. El machismo es sólo una expresión ocasional, con frecuencia grotesca,
de una sutil aversión occidental a la heterogeneidad sensible, al exterior no social, aversión que bien puede revestir formas no violentas, perfectamente democráticas,
incluso "femeninas".
En la medida en que la gran empresa multicultural busca una vida curada de
toda heterogeneidad, vacunada del pasado y de su supuesto tratamiento patógeno de
la desigualdad, puede también formar parte de esta postmoderna mutación de la
aversión clásica masculina. Lo Anterior es expulsado en nombre de la razón y lo
Superior en nombre de la igualdad, pero el resultado se parece demasiado a la
sempiterna ortodoxia occidental. Aunque, es cierto, con algunas variantes. La
vigilancia de lo políticamente correcto, así como esa taxonomía de los studies angloamericanos sobre las minorías, al sustituir a los pensadores por un gremio de
delegados, invaden constantemente lo público con las miserias de lo privado. El
resultado, finalmente, no es la desaparición de la consistencia social sino una
redoblada inquisición de la Historia sobre la vida. Cuando un político es obligado a
una confesión pública vergonzosa, en absoluto puede achacarse el fenómeno a la
simple conspiración de los conservadores. No entendemos mucho si olvidamos aquí la revuelta "progresista" y mediática en pos de la transparencia.
En nuestro estilo laico, multiforme y veloz, lo masculino es simplemente la fe
en lo social y su consiguiente odio a la ambigüedad de abajo, a todo lo que recuerde el
atraso de una vida sin cobertura técnica. Este odio excluye cada vez más la
agresividad abierta y es perfectamente compatible con modales igualitarios que se
limitan a desplazar la desigualdad a los bordes, a esa abigarrada legión de bárbaros, a
veces interiores, que hemos de perseguir casi sin desmayo. Esta esencial venganza viril contra la condición mortal y el ser asocial del devenir es la que desde hace
tiempo se refuerza con "la incorporación de la mujer al mercado de trabajo" y las
amplias transformaciones que esto conlleva. En este cambio colectivo, por otra parte
indiscutible, se presenta lo estúpidamente varonil de siempre renovado, digámoslo de
una vez con franqueza, con el furor inquisitorial propio de los conversos, de los"nuevos ricos" de la economía, lo laboral y la historia.
Todo ello, entre otras muchas cosas, es también una forma de volver a
resucitar el convencional "machismo" de Occidente, aunque en la actualidad
transmutado en el genial ardid de un estilo plural, dialogante, doméstico. Si recordamos lo que decía Weber de la aversión típicamente norteña a la "cultura de los
sentidos" y al afecto, si recordamos el desencantamiento que facilita el capitalismo,
no podríamos descartar que esta gigantesca campaña de liquidación se haya reforzado
después con el ejército femenino de reserva. Igual que, de otro modo, se ha reforzado
con la población infantil y las masas de color incorporadas al consumo, desde Corea a
Brasil.
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