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A pesar de las sucesivas revoluciones técnicas y sus pretensiones de transparencia,
todavía intuimos que el misterio de la sexuación roza el límite de nuestro raciocinio,
como un fenómeno casi teológico -aunque precisamente Foucault vincule la
sexualidad moderna a la muerte de Dios, a "una noche en la que Dios está ausente"(De lenguaje y literatura, 1996).
A través del género sexual la existencia del individuo se enlaza con la totalidad
inaprensible de la especie. En virtud de su sexo, cada uno se enfrenta al otro como
una humanidad frente a otra, como la humanidad ante el rostro de su otro. El género
sexual, en este sentido, no es homogéneo, en ningún modo una totalidad
tranquilizadora. Se trata más bien una configuración de la heterogeneidad, de lo
discontinuo que constituye la existencia. Visto desde su contrario (cosa que, en cierto
modo, siempre ocurre), el género sexual es la forma en que el polimorfismo, la
ambigüedad constitutiva de cada ser singular se mantiene y se prolonga. Cada género
(genus: la misma génesis) no es por eso susceptible de ser ocupado por una serie
homosexual estadística.
Hay incluso algo de una obertura de lo no humano en la extrañeza con que
aparece el otro sexo. La sexuación hace a la humanidad extraña ante sus propios ojos.
El otro sexo perfila la imagen de una humanidad dividida, que tiene su esencia
enfrente, fuera de sí, al otro lado de una línea insalvable. Si de algún modo es cierto
que el infierno son los otros, es muy probable que durante un tiempo esa otredad tome
un aspecto genérico. El sexo contrario nos recuerda la otra vertiente que no
conocemos. Con él la carencia, el exilio, se muestra como condición del regreso a
toda posible unidad. Aunque la experiencia enseguida enseñe que no se trata de dos
complementarios (en este sentido, la Mujer, igual que el Hombre, no existen. ) es
inevitable sentir en el amor la posibilidad de abrazar, al menos de modo pasajero,
aquello que no se puede conocer ni poseer.
La diferencia sexual remarca una otredad irrebasable en cada ser. El sexo
propio, con el otro enfrente, indica que el límite es interno al aliento más simple de
cada existencia. En el otro sexo vemos enfrente la extrañeza de la humanidad cara a
cara, como algo desplegado. De alguna manera, cada ser humano sexuado, en su
figura de hembra o de varón, porta lo insondable de la especie, el misterio de su
relación con un origen no elegido. Cualquier ser singular experimenta en el otro,
como mujer u hombre, los límites de una humanidad arrojada a la existencia. Los
otros no son sólo desconocidos, con la curiosidad o la inquietud que eso nos produce,
sino que aparecen marcados por un modo de ser genérico que les recorre hasta el
confín de su condición singular. El género otorga rasgos totalizadores a la inclinación,
hacia lo otro, de lo individual. No deja de ser una expresión de la universalidad
concreta, realizada singularmente. En este sentido, el género sexual remarca al
individuo como singular, como único en su especie, no como particular que dependa
de una totalidad que le rodee por fuera, de la cual participaría. Una singularidad no es
parte de algo externo ni tiene equivalencia (tal vez por esta razón la física le llama "singularidad" al agujero negro). Por eso lo singular ha de morir, ha de afirmarse en
una muerte intransferible, ya que no puede repetirse ni tener equivalencia. Otra cosa,
que pertenece precisamente a su ser inabarcable, es que lo singular devenga,
descienda.
Tal modo de ser genérico permanece paradójicamente apoyado en lo más
intangible, la posición ante la reproducción y la muerte. Y no ésta como algo
puramente negativo que late fuera de nuestro refugio, lo cual sería aún muy
tranquilizador, sino una muerte que es el lecho de la vida, de su enigmática
prolongación. Al devenir el ser humano como "mujer" u "hombre", transporta en su
existencia toda la inextricable relación de la humanidad con el sentido. Por añadidura,
con el sin-sentido del sentido, con el significado de la perduración que traspasa la
muerte terminal y reproduce la vida para otra muerte, misteriosamente afirmativa. Por
eso el sexo lo hemos entendido menos como un atributo físico, ligado eventualmente
al papel en la reproducción, que como una posición determinada en la sensibilidad, en
la recepción de lo extraño al día histórico de lo hombres.
El erotismo brota del hecho de que el humano no es autosuficiente, no puede
ser pleno, sino que depende de una latencia desconocida (Bataille, El erotismo,1988). La sexuación es así parte de
la dualidad constitutiva de los humanos, de una potencia (dynamis) generatriz que
endeuda a cada individuo con la vastedad terrena de la especie. A diferencia del dios,
el ser humano nunca es de lleno en acto. Una potencia irreductible le habita,
haciéndole incompleto. El sexo colorea, en este sentido, la inevitable inclinación
hacia lo Otro, lo ausente en toda presencia. La potencia sexual es por esto síntoma de
una impotencia profunda, de una potencia de no-ser, endeudada con lo no presente. Y
este es tal vez el motivo de fondo del erotismo: no poder ser plenamente acto,
actualidad, presencia fluyente en la economía de las redes. Abandonando esta íntima
posibilidad de no ser, abandonamos lo único que hace posible el amor.
Pero ante un poder social que se pretende inmanente, todo lo que recuerde,
aún de modo incipiente, una contradicción irreductible entre "naturaleza" y "cultura",
entre "individuo" y "sociedad" ("existencia" y "realidad", "devenir" e "historia") es un
engorroso lastre. Una humanidad genéricamente dividida no deja de ser un incómodo
obstáculo a la pretensión occidental de autorreferencia, de instaurar un mundo libre de
la tierra, de todas las sendas perdidas del pasado.
Que el mundo sea trágicamente doble (esto es, dividido, en crisis), que por
tanto la relación haya de ser, no a través del pacto o la continuidad, sino del "salto" irracional del amor, o de una incierta descendencia, es también algo difícilmente
aceptable para la dogmática contemporánea. Así se explica la gradual aparición de un"tercer sexo" técnicamente inducido: por un lado, cercano a la desexuación, a la
apatía; por otro, asimilable a una unisexualidad exacerbada. El sexo que apuntó hace
ya años en nuestro horizonte está ligado a la androginia de una globalidad impersonal,
que solamente puede facilitar la velocidad comunicativa si las personas renuncian a su
raíz mítica en el género sexual. ¿La denominación actual de "violencia de género" no
alude también, indirectamente, a una violencia intrínseca al género que debería ser
eliminada?
En definitiva, la arcaica y temida necesidad es lo que pone sobre la mesa el
género sexual. Éste plantea el imperativo de sobrevivir al nacimiento, de arrastrarlo,
de estar a la altura de una huella que viene de atrás y hunde sus raíces en una noche
de piedra. Lo genérico plantea así la relación entre libertad y herencia, la
subordinación de la actividad a la pasividad, a una pasión o impotencia que no se
puede superar. Por contra, lo que requiere desde hace décadas nuestro sistema social
son individuos sin sombra, ágiles, tan aislados como interactivos. En resumen,
individuos independientes de cualquier oscura comunidad heredada y entregados, por
lo mismo, al número febril del colectivo técnico. Las comunidades, que al menos
sabían interpretar el sufrimiento que se concentraba en ellas, se han fundido en la
estadística, en las cifras de la movilidad. Desde la vida de single se pueden entablar
múltiples relaciones, pero éstas giran en torno a su propio centro vacío. Dentro de la
ruina generalizada de una sospechosa cercanía y el macrodesarrollo de una higiénica
lejanía, la paleta de contactos aumenta, pero su desarraigada pluralidad las hace más
fugaces. En el interés desesperado por el otro, se rechaza también exigir algo más que
un ritual de asociación.
Sobre esta meta de fondo la sexualidad, como gran tema colectivo, es parte de
la moderna voluntad de mediación sin término, de la estimulación incesante del"medio" en detrimento del "mensaje". Todo ello en menoscabo de un fin, un destino
que en este caso sería la profundidad comunitaria de cada existencia, la otredad del
encuentro, la calma asocial del amor. La hipertrofia del sexo frente al retroceso del
amor (es curioso que hoy sea obligatorio hablar de sexualidad, mientras un halo de
discreción clínica rodea al tema de nuestra muerte) es paralela a la hemorragia
diferencial de estas décadas, al poder de un veloz microrrelato que se sobrepone a
todo significado en el sentido fuerte, poco a poco desechado como "trascendental" por
la nueva ortodoxia que nace a final de los años sesenta.
Los medios técnicos crecientes representan una deseable uniformización de la
humanidad fuera de las raíces, en un orden abstracto que permita la autogestión
social. La sociedad tecnológica tiene relación directa con la represión de lo"irracional" y la disolución del Dos, la liquidación de la relación entre opuestos, del
exterior íntimo que el otro sexo representa El telón de fondo en este fenómeno de la
igualación actual es la resaca, la succión con que la sociedad mundial venía
anunciándose también en la nivelación de las razas, los estamentos, las clases, el
propio carácter de las edades del hombre (infancia, juventud, vejez). Idéntico
fenómeno se manifiesta en el allanamiento de los grandes hitos plantados por la
Naturaleza, las estaciones del año y el día y la noche. Estos hitos fueron
progresivamente subordinados a y coordinados con la jornada laboral abstracta, que
hace tiempo que dura ya las veinticuatro horas (Jünger, Sobre el dolor, 1995). Bajo este prisma, la inflación sexual
prolonga la moderna aversión "dialéctica" hacia toda dualidad que resucite el espectro
de lo irreparable.
Ahora bien, ¿se trata en esta campaña, según se acostumbra a decir, de superar
las barreras entre los géneros? Dado el carácter inmediatamente genérico de la
intimidad, no parece tanto esto como el intento de romper la hendidura (Spaltung)
interna que vincula al propio individuo con la sombra del género, con el eidos de la
especie. Esta amplitud comunitaria de cada ser debe hoy ser cercenada en la
existencia para desarraigarla del fondo de su soberanía y poder engancharla después a
la interactividad de la comunicación, de la economía de mercado, ese viejo poder
histórico que vive de la separación de la tierra. La lucha contra la "desigualdad" no
es sólo contra la diferencia de un sexo frente al otro, la diferencia que constituye cada
uno de los lados, sino ante todo contra la disparidad que constituye por dentro a cada
existencia personal, heterogeneidad que el pathos genérico manifiesta externamente.
De hecho, a la globalidad del capitalismo contemporáneo, que disuelve la
dualidad radical que limitaba y sostenía a cada ser, así como liquida en general el
dualismo historia/naturaleza y la dureza de los límites, le va unida una especie de
apatía erótica que debe ser compensada por una amplia clase de aditivos. La
diferencia entre lo femenino y lo masculino (inclinaciones, morfología, sensibilidad,
estilo), que ata el sexo a la génesis abrupta del amor, se difumina así en la rapidez de
la actividad social, en las múltiples combinaciones estándar servidas por doquier. En
este proceso estorba todo lo que sea una condición natal genérica, pues ésta dificulta
la conversión del ser humano en un átomo hiperactivo, en un monoequipo sexual,
unidad embalada y lista para el envío a la promiscuidad de la mercancía. Para
insularizar al individuo y mantenerlo en el aislamiento consumista, ese circular"rechazo de la castración" que Lacan asocia con el discurso capitalista, es necesario
separarlo antes de un erotismo que encarnaba en cada ser la experiencia genérica de
los límites.
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"Tampoco basta con decir que cada sexo contiene el otro, y debe desarrollar en sí mismo el polo opuesto. El concepto de bisexualidad no es mejor que el de la
separación de los sexos... Hay, pues, que concebir una política femenina molecular,
que se insinúa en los enfrentamientos molares y pasa bajo ellos, o a través de ellos.
Cuando le preguntan a Virginia Woolf sobre una escritura específicamente femenina,
se espanta ante la idea de escribir 'en tanto que mujer'. Más bien es necesario que la
escritura produzca un devenir-mujer, como átomos de feminidad capaces de recorrer
y de impregnar todo un campo social, y de contaminar a los hombres, de atraparlos en
ese devenir". Una dualidad asimétrica, la de la mujer y el hombre, es equiparable a
un orden ternario que no se completa sin la figura del hijo desconocido, un porvenir
incierto, una posibilidad más alta que la realidad, posibilidad con la que "la mujer" tiene una relación privilegiada. Más con Nietzsche o Heidegger que con Hegel,
podíamos decir que si la mujer ha sido presentida, en ciertos momentos audaces de la
virilidad, como "superior" es justo porque se mantiene en una relación esencialmente
más fuerte con la exterioridad que empuja por fuera a la historia. La "excepción
femenina" es temida, en este aspecto, como síntoma de la ley subterránea de la
humanidad, una ley que pertenece a otro tiempo distinto del social, oculta bajo la
costra de la historia e inconciliable con ella. Bajo este punto de vista, la mujer no es
lo "contrario" del hombre, dentro de un par de sexos sencillamente opuestos, sino que
flota en la soberana indefinición de aquello que no es simplemente humano, mejor
dicho, antropocéntrico.
Existe de antemano un primero, un tercero, y en relación a ello (Id) es como se
definen los sexos. Así pues, la relación sexual no es la de dos complementarios.
Tampoco es que sea negativamente imposible, sino que tiene lo imposible como eje. Cuando se habla, por otra parte, de que la diferencia sexual es "cultural" y no"natural" (adquirida, no innata), sin duda no se está aludiendo a la cultura en el
sentido antropológico, sino en el normativo. En otras palabras, se está diciendo que
esa diferencia es simétrica, por tanto, meramente social, propiedad de un campo
histórico que no está sometido al afuera (al afuera que es patrimonio de una
humanidad cualquiera, elemental). Se está afirmando así que esa diferencia es
finalmente manipulable, susceptible de gestión social y de progreso. Cuando
precisamente lo que asusta de la diferencia entre los sexos, de la diferencia que la
mujer encarna, por eso se la intenta controlar, es la irrupción de lo exterior (quizánatural, en cuanto vive en la fluidez afirmativa de la muerte, nunca "naturalista") en
la comunidad de lo humano.
Lo que la mujer pone sobre el tapete con su simple existencia (no la de una
clase o un género homogéneo, sino la de una singularidad que se abre paso) es la
imposibilidad de que lo humano se realice en la historia. En este sentido, la mujer,
aquella existencia que irrumpe de un modo en cada caso único, siempre será odiada
en una sociedad occidental que, bajo formas progresistas o reaccionarias, tiende
siempre a la absolutización de la historia. La mujer no es lo contrario del hombre
dentro de la misma sociedad, sino que abre una línea de fuga asimétrica dentro del
campo social (hacia lo asocial del amor, de las pasiones, de la infancia, de la
animalidad, de la brujería). Según esto, la aversión hacia la mujer de la Iglesia
triunfante, negando que tuvieran "alma", ha de prolongarse de manera más sutil en el
laicismo.
El sexo señala en principio la imposibilidad de una relación con la vida que no
sea sesgada, parcial, pasajera. El hecho de que el ser humano sea sexuado marca la
finitud de idéntica manera que estar localizado, que ocupar un lugar singular o tener
un cuerpo. Éste introduce una asimetría en el espacio del mismo modo que el propio
cuerpo es en sí asimétrico, irregular, marcado sexualmente. Existe un principio de
desigualdad que sostiene al ser vivo, principio por el que cada cuerpo está polarizado
por distintos locus. Así como el conjunto del espacio es un tejido cambiante de
fuerzas cualificadas, y no un recipiente vacío y abstracto, también el espacio corporal
es una tensión de sitios distintos: boca, vientre, cabeza, lado izquierdo o derecho. En
su raíz, pues, el sexo representa una participación desigual y efímera con la otredad
de la existencia: desde el lado de la pasión o de la acción, de la sensibilidad o del
pensamiento, de la naturaleza o de la historia. Es como si en cada género, marcando laíntima incompletud de los seres y sus límites constitutivos, hubiese una referencia
interior al otro lado. Al mismo tiempo, se está manifestando en esa conformación
genérica la dependencia, en cada ser, de un camino no racional para afrontar el dolor
necesario a la conservación de la vida. En suma, es como si la relación humana con la
totalidad, con lo no humano, comenzase por lo genérico de una discontinuidad, de una
diferencia. Tal vez por eso Feuerbach puede decir: "la base de la moralidad es la
diferencia de sexos. Hasta el animal es capaz, por la diferencia de sexos, de un amor
abnegado" (Feuerbach, La esencia del cristianismo, 1988).
El misterio del sexo es el de la trascendencia (una trascendencia meramente
negativa) sajando la carne de la especie, dividiendo su inmanencia, sosteniéndola en
esta división. El problema de la descendencia se presenta fácticamente después, o no
se presenta, pero está de iure latente en la relación sexual la posibilidad, en cuanto es
relación con el otro lado, de traspasar la muerte y ser otro, devenir,
desterritorializarse, descender. Tener descendencia es prolongarse en otros,
traspasar la muerte al precio de admitir el no conocerse, al precio de amar, criar esa
otredad que ocupa el sagrario del sí mismo. Sólo lo "desterritorializado" es capaz de
reproducirse. Es en este sentido que se puede decir que el hijo es contemporáneo
germinal de los padres. La excitación legendaria del amor, una suerte de "locura" (Platón) que culmina en el frenesí del acto sexual, brota del roce con una posible
otredad que toca lo inmortal y nos vincula al tiempo mítico de los antepasados y de la
animalidad, acaso también de las cosas asexuadas.
Hay en la confrontación amorosa un cara a cara sin intermediarios, silencio
contra silencio. Lo que se presenta como el fracaso de la comunicación en el amor
constituye la posibilidad de la relación, pues ahí se abraza aquello que es exactamente
impensable. La violencia de la cópula, como la del llanto, nos recuerda los límites,
la imposibilidad de una relación estable con el útero de la existencia. Nos recuerda
que es necesario saltar, devenir discontinuo, sufrir una metamorfosis para, por un
momento, fundirnos con lo otro. En este sentido, ciertamente, quizá no es gratuita la
relación entre el erotismo y la experiencia mística sobre la que tanto ha insistido
Bataille. El orgasmo representa en un plano físico la convulsa discontinuidad de la
relación con el plano de inmanencia, con la fórmula mágica de un instante
(Augenblick) que no pertenece al tiempo habitual y sin embargo lo sostiene (Martin Heidegger, El ser y el tiempo, 1951). Si la
relación sexual puede calmar, aliviar las tensiones, es porque con ella descendemos al
lecho de una comunidad elemental, encontrando otra vez la reconciliación con la
finitud, acaso con su infinitud interna. ¿No recuperan los cuerpos de los amantes
(incluso el del onanista), después de la cópula, la lasitud de la infancia, su juego
inocente? Ciertamente, el paisaje mítico de la verdad, el del retorno, permanece de
algún modo asexuado, como en una condición presexual y postsexual de la
sexuación. En este aspecto, es cierto que un sufrimiento, una dramática soledad
ocupa a veces el centro de la fruición sexual. La sujeción a la castidad, a los bordes de
la finitud, a la sobriedad del conocimiento de sí mismo, puede ser el motor de una
actividad sexual exacerbada.
La alteridad no tiene sexo, como no lo tiene quizá el conjunto de la naturaleza.
Su totalidad palpita antes y después de lo sexual, puesto que existe como la figura
misma de la cópula consumada, sosteniendo en estado permanente lo que para el
hombre no puede ser más que un instante. La cercanía de lo lejano, el sentido del sinsentido,
no puede conocer ya la parcialidad de lo sexual, toda vez que ha asumido
cualquier diferencia dentro. Parte de su dificultad reside en estar más allá del género.
El niño o la "inocencia del devenir" en Nietzsche, el ángel de Rilke, la legendaria
sobriedad del santo resultan así castos por una especie de hipersexuación. En la
sabiduría antigua el sabio es quien puede estar solo. Tiene el don de la autarquía
precisamente porque tiene toda relación dentro: la cópula entre las tinieblas de la tierra y el día de los hombres. Se trata de un espacio libre del ansia del sexo, pero un
espacio asexuado por exceso, puesto que ha abrazado toda recepción (¿por esto dice
Rilke que todo ángel es terrible?). Esa imagen de lo no sexual es fulgurante para el
ser humano, el clímax efímero de toda relación carnal, pero su mítico Instante
sostiene el curso del tiempo lineal. En este sentido, como lo sugiere alguna variación
del tema de Don Juan, una cierta ascética puede sostener la fruición sexual del
conquistador.
El mismo hijo, antes de considerar su sexo, es imagen del andrógino
primordial, de la completud que se mantiene más allá (o sea, más acá) de la tensión
fálica de la sexualidad. Tal vez con la figura del superhombre, metamorfosis de la
existencia que resurge después del ocaso de lo "demasiado humano", Nietzsche
también quería decir: "El sexo es algo que tiene que ser superado". En el fondo estaría
la paz del amor, con su violencia dormida, mucho más difícil que la guerra del sexo.
SIGUE
Ignacio Castro Rey (iccrey@terra.es) Ignacio Castro Rey, doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, es filósofo, escritor y crítico de arte. Influido por la heterodoxia del pensamiento occidental (Leibniz, Nietzsche, Lacan, Deleuze), desarrolla desde hace años un trabajo filosófico en una doble dirección. Por un lado, una afirmación ontológica del referente de la singularidad, de su potencia irrepresentable. Por otro, una crítica del orden microfísico del poder postmoderno. En ambos registros intenta rescatar la precisión conceptual de distintos pensadores contemporáneos, de Agamben a Badiou, de Zizek a Baudrillard. Visita: www.ignaciocastrorey.com
* Selección de capítulos de La sexualidad y su sombra, 2004, Ed. Altamira, Buenos Aires. Puedes comprar el libro AQUÍ
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