El dragón de arena *
Por Juan Bonilla

 

 

Había un muchacho hermoso, con el pelo de bronce claro recogido en una cola, descalzo, sin camiseta y en pantalones vaqueros cortados por una tijera imprudente que había formado flecos en cada pernera. Estaba esculpiendo una montaña de arena húmeda a 30 metros de las lenguas blancas de las olas. El sol hacía ya rato que había iniciado su escalada por los riscos invisibles del cielo, pero todavía se le podía mirar a la cara durante unos segundos (luego cerrabas los ojos y el interior de los párpados era de un precioso naranja oscuro como el de la camiseta de la selección holandesa). Corredores madrugadores y perros que se libraban del asedio de sus dueños componían los elementos más destacados del paisaje. Alguien, dotado con un milagroso mando a distancia, parecía haberle subido el volumen al mar. Una patrulla de hombres -la llamarada amarilla de sus chalecos fulgía como mecheros encendidos- se acercaba en labores de limpieza seguida por un camioncito plateado en cuyos costados podía leerse el nombre de una empresa escrito con letras azules. Nadie prestaba atención al muchacho que, armado con una paleta de albañil, un cuchillo de cocina y un frasco rociador lleno de agua, trataba pacientemente de liberar de la montaña de arena el hocico del dragón. Nadie excepto otro muchacho apostado en la terraza de una de las casitas del paseo. No demoremos más la sorpresa exquisita: ese vigía soy yo, tampoco llevo camiseta pero mi pelo fue rasurado hace unos días y mastico lentamente un curioso rencor provocado por un comentario que mi hermana ha hecho cuando, después de recoger la mesa del desayuno, ha subido a la terraza para robarle dos caladas a mi primer cigarrillo. Al ver al escultor ha dicho:

-Madre mía, menudo pastel, hoy toca lucirse en la playa.

Y me ha dado un palmetazo en el hombro -si afinan la mirada pueden ver las marcas claras de los dedos señaladas en la piel oscura de mi hombro-. Luego, tras la nube de humo de su segunda calada, ha desaparecido: iba a ponerse su mejor bikini.

Yo tenía entonces dieciocho años, me acababa de sacar el permiso de conducir -tuve que repetir el examen práctico porque me salté un estúpido stop disimulado por un arbusto no menos estúpido-, había aprobado todas las asignaturas del primer año universitario -es indiferente en qué facultad- y me encantaba aquella casa de pescadores situada en un barrio de las afueras de Málaga -donde ya no quedaban pescadores, habían sido sustituidos por estudiantes extranjeros y profesionales liberales que manejaban bicicletas de montaña y se alimentaban de ensaladas y sardinas-. La llamábamos segunda vivienda y en cuanto asomaba junio en el calendario de la cocina de la vivienda titular -ubicada en el frívolo centro de Sevilla- mi hermana y yo nos trasladábamos confiando en que nuestros padres encontrarían dichosas razones para no hacernos una visita ningún fin de semana y optarían por gastar agosto en algún crucero que faltase en su prodigiosa colección de mares. Mi hermana tenía once meses más que yo, medía cinco centímetros menos, su golpe predilecto cuando jugaba al tenis era la dejada y aunque se había sacado el carné de conducir sin tener que repetir ninguna prueba, detestaba el coche, se había apañado una bicicleta roja -con una cesta de mimbre en el manillar- y se había prometido dedicar aquel verano a leer a los clásicos: Paulo Coelho, Isabel Allende, J. J. Benítez y toda esa patulea de sensibles millonarios que dentro de cien años necesitarán que sus nombres aparezcan manchados con un asterisco que remita a una nota a pie de página donde se informe a los curiosos con qué clase de estafas triunfaron.

Mientras yo les pongo económicamente al tanto de nuestras vicisitudes, no pierdan de vista la montaña de arena ni al escultor: el hocico del dragón ha ido surgiendo, simpático e infantil. El camión de la limpieza ha pasado por el punto de la playa que queda frente a nuestra casa, y una corredora madura se ha detenido a descansar cerca del escultor y se ha sentado en el suelo para admirarlo. Pero dejemos que el artista se afane rescatando los ojos de su criatura de la montaña de arena sin molestarlo, mientras tomamos unas cuantas curvas hacia el desperdigado paisaje de mi adolescencia. Me descubrí enamorado de mi hermana a los quince años, durante un verano en el que una llamada telefónica obligó a nuestros padres a dejarnos solos en nuestra segunda vivienda. Por supuesto, hasta ese momento, ya había dado -y obtenido- muestras de que mi necesidad de ella sobrepasaba ampliamente lo que cualquier hijo de vecino (sobre todo si poseedor de un título de psicología) aconsejaba. De pequeño, en las calurosas reuniones en las que alguien preguntaba -ya desbaratada la tortilla de patatas y consumidas un par de botellas de vino- si tenía novia el pequeño de la saga, yo buscaba refugio entre los brazos de mi hermana y la señalaba a ella como la elegida. Pero aquel verano la confusión me condujo a un sombrío pantano donde los pensamientos -como si procedieran de fuera, de los árboles mugrientos, del cielo añil- me herían provocándome un balanceado insomnio durante la noche y una inapetencia durante el día que acabaron enfermándome. Repudiaba que mi hermana atendiese al teléfono y riese las gracias del pecoso que la estuviera llamando y tramaba deslizar sus feas manos por el surco divino de su espalda hasta alcanzar el cielo de su tanga; me causaba náuseas verla merodear a las pandillas de nórdicas esculturas, acompañada de dos amigas mucho menos hermosas que ella, y entablase conversación con alguno de los nórdicos y luego desapareciese por una avenida cuyos faroles eran todos atentos policías que me pedían la identificación y me recomendaban no seguir adelante. Ese invierno lo pasé encerrado en el cuarto de baño preguntándole al tríptico de espejos que colgaba sobre el lavabo si me había vuelto loco. El verano siguiente fue el más triste de mi vida: mi hermana se marchó a los Estados Unidos a mejorar su inglés y cosechar amantes -luego me hizo un impúdico resumen-: yo me ennovié con una suiza cinco años mayor que yo que escribía poemas muy breves y trilingües en la arena de la playa y se quedaba mirándolos hasta que las olas los borraban (por alguna razón los versos en alemán eran los que más tardaban en desaparecer).

No puede uno despistarse: un párrafo de lenta confección ha bastado para que el dragón haya sido dotado de mirada. Sus ojos son dos óvalos grandes, y dentro de los óvalos, espirales que hacen las veces de pupilas concediéndole a la criatura futura -todavía no es más que hocico y ojos liderando la masa de arena- cierta condición alucinada. La corredora que antes se detuvo a admirar al escultor, después de entablar conversación con él, ha decidido echarse a correr de nuevo. Mi hermana canta en la cocina. Friega los platos y canta.

La primera vez que me masturbé imaginando, con insólito realismo, una escena lasciva y descontrolada -copiada de dios sabe qué revista- protagonizada por los dos, me sentí como si un grupo de nazis hubiera descubierto bajo mi chaqueta de cuero negro una camiseta con la imagen del Che Guevara-. Salí de la habitación, salí de la casa, entré en la acogedora oscuridad de la playa -me parecía que estaba atravesando una pared negra- y corrí, corrí, corrí, hasta que una alarma en el pecho me detuvo. Me senté entonces en la arena fría, me tumbé luego, y empecé a taparme hasta dejar sólo la cabeza a la intemperie. El aguijón de la primera luz me rescató antes de que la patrulla de chalecos amarillos me recogiera y echara a una de sus bolsas verdes.

Yo era un ser desdichado y el mundo una broma de mal gusto.

El bikini negro, hilo dental en la prenda inferior sujetando un mínimo triángulo, ya enaltece la figura de mi hermana. Se coloca un pareo estampado que yo le regalé por su cumpleaños, me sonríe desde las afueras de la felicidad indomable en la que se empeña en residir, coge su cesta equipada con un libro patético, varios tarros de crema bronceadora, unas manzanas verdes, y se marcha con un "a ver si se me da bien el artista" que clava entre mis astillas un puño de acero. Ella sabe que me hace daño, pero no puede prescindir de ese gozo -o tal vez lo único que pretende es que ahogue, de una vez por todas, mis deseos-.

El verano que precedió al que ya para siempre conoceremos como "el verano del dragón", nos atrevimos a organizar fiestas en la casa de la playa eludiendo la prohibición taxativa de nuestros padres. Por entonces nos hicimos asiduos de la marihuana, dato que menciono no para exculpar mi actitud sino sólo para cumplir con la obligación del cronista. Me encantaban no tanto aquellas fiestas -farragosas y llenas de besos que yo no daba ni recibía- como el final de aquellas fiestas, cuando mi hermana, si no había cazado a nadie o no se había dejado cazar (y llevaba una temporada de singular exigencia que le impedía conformarse con cualquier cosa y en la que nada parecía aportarle más intensidad que cegarse a base de whiskis, canutos y canciones lentas) y yo, nos quedábamos solos dedicándonos a hacer un risueño resumen de lo acontecido y a prometernos no organizar ninguna fiesta más. Fue en uno de esos epílogos dichosos: trastornada la cabeza por la mezcla de alcohol y hierba y aumentado mi desasosiego por el hecho de que mi hermana se había dedicado a coquetear con un, debo decirlo, excepcional ejemplar de surfista con lecturas que acabó prefiriendo la lengua trabajadora de una mulata -a la que no recordábamos haber invitado- me atreví a abordarla para paliar sus tristezas con algo más que chistes. Aunque, desdichadamente, los lenitivos maravillosos de la creencia en divinidades me abandonaron pronto, he conservado algunos gestos inocuos como persignarme al emprender un viaje o cuando oigo pasar una ambulancia: me persigné pues antes de zambullirme en el sector de sombra donde se había tendido mi hermana, arriesgué un beso en su boca después de colmarle la frente de besitos, y ella no me rechazó, ni fue sacudida por ninguna descarga eléctrica ni se incorporó para, desde una posición menos precaria, ensayar un gancho en mi mentón. Se dejó besar una vez más, y otra. Acomodé mi postura a la suya -mantuve los ojos cerrados- y corrió una de mis manos por el suave lateral de uno de sus muslos mientras no sabía qué hacer con la otra, atrapada como estaba bajo su espalda. Distribuí besos y caricias con la impericia maravillosa de quien sabe que está siendo favorecido por un malentendido y teme que lo descubran en cualquier momento (el niño que se atraganta a oscuras comiendo a toda prisa algo que le han prohibido, el ladrón al que han dejado sólo en una biblioteca y empieza a colmar sus bolsillos con libros y más libros sin apenas reparar en los títulos). Mi lengua ingresó en la boca de mi hermana -un paraíso de marihuana y vodka-, mi mano útil pujó por bajar su faldita, fracasó e intentó entonces subírsela y fracasó también. La música que la marihuana patrocinaba en mi cerebro se veía importunada por destellos de mezquina moral y conformismo sucio: ya basta, por hoy ya basta, muchacho, era el eslogan que martilleaba mis lóbulos. Mi hermana entonces se movió, un movimiento extraordinario y preciso que consiguió hacerla desaparecer por unos segundos. Quedé ridículamente abrazado a un almohadón, ensayando una caricia a la nada, y como ese transeúnte que saluda a otro que no le responde, para engañar a un vigía invisible hace gestos que continúan al del saludo abortado -como si este no hubiera sido tal, sino el inicio de otro movimiento: rascarse el hombro o llevarse la mano a la coronilla o poner la palma para ver si llueve- seguí con la caricia hasta convertirla en una cómica búsqueda de algo que podía habérseme caído. Ella estaba en el suelo, donde permaneció unos instantes más, emitiendo algún suspiro rancio, y luego se puso en pie de un salto y caminó hasta la cocina recomponiéndose la faldita arrugada, adelantada por un simple: Qué sed tengo. Ya no regresó al escenario de la batalla. La vi perderse escaleras arribas, primero su melena desordenada, luego su tronco danzante, por último sus hermosas piernas. Me odié, no por el vano intento de poseerla, sino por haber fracasado. Por la mañana temprano, preparé un copioso desayuno que quedó intacto en la bandeja -exceptuando el café (tuve que bajar a preparar más)-. No hablamos de lo ocurrido. Ella comentó el cambio molesto de temperatura en el aire y le preguntó al viento quién habría invitado a la mulata que se llevó al surfista.

Ahora veo a mi hermana merodeando al escultor, cuyo dragón de arena ya ha sido dotado de cabeza. Un grupo de curiosos, antes de elegir el trozo de playa en el que permanecerán todo el santo día, admira la obra y suelta monedas prematuras que el escultor recopila en una gorra que se ha sacado del bolsillo trasero de su pantalón.

Hubo más fiestas después de aquella en la que besé a mi hermana, pero todas fueron mortecinas, al menos en lo que a mis propósitos se refiere. Mi hermana pescó de vez en cuando alguna pieza meritoria, desaparecía con ella en la boca escaleras arriba y durante el desayuno apagaba mis preguntas con respuestas que no querían saciar mi sed de información. Lo peor era comprender que muchas de aquellas noches mi hermana se iba con alguien, sólo para no quedarse luego a solas conmigo. Yo me mantuve célibe, esperando que la suerte reprodujera la escena de aquella noche en la que el surfista pretendido por mi hermana prefirió marearse en las curvas de la mulata.

El invierno pasado mantuvimos una larga conversación acerca de lo ocurrido. El whisky tiene -con respecto a mis sentimientos- la misma capacidad que el calor de la llama con respecto a los mensajes escritos con tinta invisible: los hace aflorar, los convierte en legibles. Así que se lo dije, le dije que estaba enamorado de ella, enfermizamente enamorado, enganchado, que soñaba con que nuestros padres nos reunieran un día, muy circunspectos los dos, para contarnos, trémulos, que en realidad yo no era hijo suyo, sino adoptado o dejado en préstamo y en una canastilla crujiente acompañada de una nota con faltas de ortografía. Avergoncé a mi hermana con mi borracha declaración de amor, pero si hay alguien con una prodigiosa muñeca para ensayar los pases más elegantes, es ella, así que con una faena que hubiera puesto en pie todos y cada uno de los tendidos de una plaza y hubiera obligado al señor presidente a mostrar el pañuelo tantas veces como hubiera sido necesario, logró que me fuera a la cama con la sensación de que me merecía el ancho agujero que su estoque había abierto en mi espalda. Después de aquella noche sólo necesitamos una semana de distancia para recobrarnos. Me seguían incendiando sus risas al teléfono, y oír su llave en la puerta de la casa al amanecer -¿quién la habría besado?, ¿sobre quién se había tendido?- y, como el nadador que desconfía de sus fuerzas pero sigue dando brazadas sin descanso porque la línea de la costa le promete el final de su pesadilla, me mantenía a flote mirando el mes de junio allí delante, conminándome a aguantar aunque se me reventase el corazón. Así que cuando la desesperación me abatía, luchaba contra ella nadando crol, avanzando sin ahorrar fuerzas: me daba igual ahogarme. En la línea de la costa -era febrero- ya se insinuaban borrosos los edificios, las pequeñas embarcaciones varadas en la playa. Cuando, sin embargo, un merecido sosiego venía a apoderarse de mi vida, nadaba a braza, disfrutando del lento avance, cada vez más seguro de que no me ahogaría. Y como quien, tras una curva, topa con aquello que anheló durante miles de kilómetros de recta, ahí estaba: la costa, la salvación, el mes de junio, dos pasajes en el vagón de fumadores en un Sevilla-Málaga, seis maletas amueblando la estantería de arriba de los asientos.

Mi hermana, a sabiendas de que la táctica consiste en dejar trabajar al artista, no importunarle, insinuarle interés pero no ser pesada, lo abandona con su dragón -el cuello ya ha salido, lleno de escamas, ahora vienen el lomo y las patas, extendidas a los lados, como si el animal hubiese caído de vientre desde lo alto- y se marcha al agua, no sin antes, allí mismo, ante el hocico de la bestia, desprenderse del pareo para publicar sus, permítanme la confianza, suculentas nalgas (¡qué va a ser de mí si al infierno sólo va gente como yo!).

El verano empezó bien y parecía que mi hermana tenía bastante con su fraudulenta literatura. Adquirí conciencia -o estipulé que había adquirido conciencia ante el tríptico de espejos que colgaba encima del lavabo- de la imposibilidad de mi pasión: las siguientes etapas, de insistir en esa pasión, me habrían de conducir a un arbolado sanatorio donde no hay vaso de leche que no haya sido corregido con una dosis de barbitúricos. Así que me limité a declararla mi enemiga como el fumador que al dejar su vicio por prescripción facultativa considera que todo el que enciende un cigarrillo atenta contra él, le insulta. Pero mi estrategia no sirvió de nada, y por seguir con nuestro amigo el exfumador, era como si al intentar dejar su vicio decidiera hacerse íntimo de todo el que encendiera un cigarrillo cerca de él. Vale, excluyamos el deseo como motor de esta pasión, ¿qué me queda? Y quedaba mucho. Fui feliz con aquella vida: lo hacíamos todo juntos, culminábamos el día viendo una película en la televisión, lo empezábamos contándonos nuestros atiborrados sueños e ingeniando interpretaciones absurdas, jugábamos al tenis en las pistas de los Baños del Carmen, con el mar devorador de pelotas al fondo, íbamos de compras a la ciudad, y yo la veía probarse vestidos y me dejaba ella elegir el que debía comprarse, merendábamos mientras se desplomaba el sol… Tocaba el agua del cielo con las yemas de los dedos, que se me arrugaban, cuando inaugurábamos el domingo leyendo en una revista los pausados vaticinios del horóscopo. Me conformaba con eso, y cuando por la noche echaba la llave a la puerta de la casa y quedaba el mundo encerrado allá fuera como un perro que sabe que por muchos gañidos que gaste no será atendido, me sentía colmado de felicidad. Vale, me decía, la sangre y las normas estúpidas (y quizá también los deseos de ella) impiden que sea mía, pero concédeme, oh minúsculo perpetrador de los avatares que llamo mi vida, que no sea de nadie, que nunca vea en el escaparate de una tienda de deportes unas zapatillas y piense en otro que no sea yo, que no ejerza de copiloto en ningún coche que no sea el que yo conduzca, que no la abrase la tristeza tras una discusión con alguien que no sea su hermano, que nunca al despertar le sonría a nadie como me sonríe a mí cuando le hago cosquillas en la frente y le muestro el vaso alto de zumo que le he preparado después de ordeñar cuatro naranjas.

 

Y una mañana, había un escultor en el paisaje y aquella fea palabra -pastel- en la boca de mi hermana, y ella saliendo del mar después de dejarse adorar por las olas -un poco de cursilería será perdonada dadas las circunstancias- y tendiéndose cerca del dragón alucinado mientras el artista le dedicaba placenteras sonrisas que en mis prismáticos rutilaban como la moneda de oro que un rey arroja a un tullido.
Mi hermana se lo trajo a comer. Quedó enterrado medio dragón en la montaña de arena y el escultor y mi hermana recorrieron los metros que separaban a la bestia del cocinero. Tiré a la basura la ensalada caprese que había preparado para ella, retiré la sartén donde se doraban las setas, devolví el salmón al frigorífico, y telefoneé para pedir una pizza.

El escultor no solo era hermoso, no solo era amable, no solo era simpático: también disponía de una historia dramática que contar. Tenía un defecto insalvable: no era yo. Por lo demás era perfecto.

Procedía de Croacia y convendrán conmigo en que todo el que viene de un lugar donde han sido necesarios los cascos azules de la ONU ya tiene mucha audiencia ganada. Era hijo de un escultor prestigiado por sus relaciones con el aparato gubernamental comunista que mantuvo unida Yugoslavia durante décadas. Así pues las obras de su padre se las disputaban colegios y hospitales para poner un acento de piedra patriótica en sus jardines. Cuando llegó la debacle comunista, el escultor padre se retiró a Dubrovnik con su esposa serbia y su hijo. El bombardeo de la ciudad el 6 de diciembre de 1991 le pilló desprevenido tratando de extraer de un bloque de mármol la figura de una danzarina encargada por una federación deportiva. El hombre decidió no soportarlo y se suicidó mientras cuatro granadas caían en el jardín de su casa, asomada a una de las bahías de la ciudad desde el verde oscuro de la falda del monte. La mujer enterró al marido, regresó a casa, se sentó un momento y le estalló el corazón. Así que tenemos al hijo de ambos huérfano del todo de un día para el otro. El país de su madre bombardea al país de su padre. A mi hermana una lágrima le afeó el rostro. La pizza se había terminado pero no la historia del escultor.

La familia serbia del niño no quería saber nada del asunto. La familia croata -compuesta por una tía soltera- dijo que no tenía tiempo para la piedad familiar, sobre todo porque su hermano no la había ayudado nunca en los sonrientes tiempos en los que todo Ayuntamiento destinaba una partida presupuestaria para encargarle algún busto de hombre legendario o algún retablo compuesto por vistosas viñetas del pasado -los caballos, según apreciación de la crítica, le salían muy bien-. El orfanato era la única solución. Por supuesto heredaría lo suyo cuando alcanzase los veintiún años. En fin, dijo, mejor os ahorro los años de orfanato. Y ante las protestas de mi hermana, que no quería conformarse con aquel túnel cómodo que nos trasladara a años menos hambrientos, resolvió hacer un resumen que yo, sin embargo, sí les ahorraré para que no corran peligro de enamorarse del escultor: lo que nos contó daría cómodamente para una edificante serie de dibujos animados en la estela de los grandes clásicos Marco y Heidi.

Hablaban en inglés, idioma que entiendo con cierta eficacia pero que soy incapaz de hablar si no tomo la precaución de emborracharme (me conforta saber que no soy el único al que le ocurre: en realidad, a media población de la Gran Bretaña le sucede exactamente lo mismo). O sea, que me tocó asistir al testimonio del escultor y al diálogo que luego se produjo entre él y mi hermana, como un espectador que, a pesar de que sabe que puede incorporarse a la obra escenificada en cuanto quiera dejar su butaca, no es capaz de abandonar el patio para subir a la tarima. De repente, mientras ellos hablaban -cada vez más notable en sus rostros el vaticinio de que dormirían juntos- yo pensé en que eso era lo que me obligaba a renunciar a mi hermana y lo que, a la vez, me castigaba y perturbaba obligándome a asistir a sus relaciones con otros: una cuestión de idioma. Un idioma que yo entendía pero que no podía utilizar para expresarme, porque sonaba en mi interior pero no estaba entre mis capacidades la de utilizarlo como herramienta de comunicación con otro. Yo seguía cada una de sus intervenciones -bien, es verdad que alguna que otra expresión o frase no la lograba traducir, pero bastaba reconocer un par de palabras en cada frase para intuir el significado completo de esta- pero me estaba vedado intervenir, no podía disputársela al escultor, ni siquiera podía tratar de atacar a este, rebajarle el encanto, discutir su calidad de ser herido por la vida que sin embargo se las ha sabido arreglar para conquistar el maillot del optimismo y lucir una espléndida sonrisa adriática.

-No hay postre -dije en un instante en que se hizo el silencio y los comensales todos refugiaron sus miradas en los platos.

-¿No tienes nada que hacer? -me preguntó mi hermana, recogiendo alrededor de sus ojos todas sus reservas de piel. Se le había quedado un trozo de peperoni entre los dientes. No la avisé.

Pedaleé hasta el cerro disputándole a mi sombra una carrera que ella ganó al esprint alargándose en los últimos metros. Allá arriba me dediqué, recostada la espalda contra el tronco de un eucaliptus muerto, a contabilizar colillas y condones. Ganaron las primeras por goleada dejando intuir a un observador aburrido que por cada polvo que los árboles habían contemplado habían sido fumados decenas de cigarrillos. Iba a pasar a la segunda parte del juego -titulado Aburrimiento Absoluto- consistente en ponerle nombre de astro a cada una de las colillas y organizar un universo paralelo que dominar a mi antojo, cuando decidí pedalear cuesta abajo y volver a casa a deleitarme con un concierto de gemidos. ¿Gemiría mi hermana en inglés? Le gané al sprint a mi sombra, pero en la casa ya no estaba el escultor croata. Mi hermana, tendida en la terraza, saboreaba las últimas páginas de un Paulo Coelho. Me puso eufórico comprobar que hubiera durado tan poco su primer lance amoroso (por supuesto guardaba la necia esperanza de que no se hubieran tocado, pero como el hincha de un equipo mediocre que sin embargo puede aún clasificarse para jugar en Europa gracias a inverosímiles carambolas, prefería no alentar mis esperanzas para no delatarme). Me asomé a la playa, y allí estaba el escultor, hechizado por su tarea: la parte principal del dragón se había ya materializado casi por completo, liberado de la montaña de arena que lo tenía apresado. Comenté:

-Tiene buena mano, pero podía emplearla en cosas menos tontas.

Mi hermana, desabrida, apartó el libro que pintaba en su rostro un paralelogramo de sombra. El paralelogramo cayó de su cara al suelo.

-¿Por ejemplo qué? -quiso saber.

-Hombre -dije-, la prueba de fuego para todo principiante en el maravilloso mundo de la escultura yo creo que es El Perseo de Cellini, ¿no?, o sea, por ejemplo, podía dedicarse a eso, a ver si es capaz de hacerlo, que no creo, claro, pero bueno, sería una buena prueba.

El Perseo, tan hermoso, tan altivo, con ese culo tan perfecto y femenino, con la cabeza de la medusa en su mano derecha, encaramado al cuerpo de la hembra decapitada, había subido al podio de mis piezas de arte favoritas desde que la vi en Piazza della Signoria (los miércoles y viernes ArtFly vuela a Florencia desde Barcelona por 30 euros). Estuve dos días pensando que me había vuelto gay, sin quitarme aquella figura de la cabeza. Llegué a soñar que militábamos los dos en el mismo equipo y que yo me retiraba al vestuario antes de que terminara el entrenamiento sólo para tocar sus slips -y recuerdo un aroma dulzón al llevármelos a la cara-.

Mi hermana volvió a pintarse sombra de libro en la cara. Dijo:

-Sí, claro, el Perseo en la playa, y luego el David y el Mercurio, y toda la playa un Olimpo. Además…

Y los tres puntos suspensivos se me clavaron en el estómago como balines lanzados desde una experta pistola de juguete.

-Además ¿qué?

-Para Perseo, ya lo tenemos a él.

-¿Y tú para Medusa? -contraataqué tratando de herirla.

-Quizá no me importe -me hirió ella a mí.

La tarde fue tan insípida que no merece ningún epitafio. Cuando le pregunté a mi hermana, regresada de su segunda ración de mar, qué le apetecía que cenáramos, me informó de que tenía una cita.

-¿Con el dragón? -quise saber.

-Con Perseo -me respondió.

Me calcina la duda de si registrar aquí los pormenores de aquella noche en el yermo extenso en que el mundo se convirtió. ¿Qué podía hacer? Pedalear, pedalear, pedalear hasta que el horizonte cambiara por completo y, gracias a mi agotamiento, no repitiera en cada una de mis células las imágenes que se estarían produciendo a esa misma hora en el lugar que mi hermana y su amante hubieran elegido. ¿Cómo ponerle grilletes a la terca fantasía, cómo decretar censura bendita que me aliviase de la pornografía emitida en el único canal al que parecía tener acceso mi dolorido cerebro? Si al menos hubiera logrado codificar esas imágenes para que no resultaran tan agresivas. Pero no, con nitidez digna de mejor proyección, pude recrear pacientemente cada uno de los capítulos de su encuentro amoroso. Trataba de viajar al futuro, al momento en que cualquiera de ellos dijera a alguien -daba igual quién- que una vez, hacía mucho, compartió una deliciosa velada con una criatura muy especial que, cómo se llamaba, no recuerdo, pero era alguien muy especial, he olvidado su nombre, en realidad lo he olvidado todo, sólo recuerdo que aquella aventura fue muy bonita. Y eso es todo lo que quedaría de ese maremágnum de imágenes que me infectaba de odio y tristeza. Ah, basta, la bici no tenía faros, y pedalear por la carretera defectuosa sólo era un ejercicio recomendable para quien llevara en el bolsillo una carta en que explicase al juez los motivos de su suicidio. Alcancé la playa y empujé la bicicleta por la arena mojada, acosado por las olas e iluminado por las amarillentas farolas del paseo. Calculé que a aquel ritmo tardaría un par de horas en vislumbrar mi casa invadida. A la hora me cansé, me detuve, elegí uno de los patéticos oasis que el Ayuntamiento plantó en la playa -cuatro palmeras y un kiosco- y allí me quedé dormido, abrazado al esqueleto de mi vehículo. Me despertó una trifulca de insomnes. Estaban lejos de mí, pero sus voces tenían los suficientes decibelios como para horadar mi tenue inconsciencia. Consulté la hora. Ya habrá acabado todo, pensé. Y monté en la bicicleta y pedaleé por el vacío paseo hasta mi casa. Introduje la llave, y como si al hacerlo tocara un nervio en la dentadura de un fantasma, algo se agitó allí dentro. Oí el educado silencio de los amantes. Me instalé en mi cuarto indeciso: no sabía si tumbarme vestido en la cama o desnudarme y arroparme con la sábana. Hice lo primero. El silencio de los amantes terminó cuando calibraron que la inoportuna llegada del huésped -así me sentía- ya habría degenerado en sueño profundo. Tenían prisa y ganas, porque entre el sonido de la llave incrustándose en la puerta y el concierto de gemidos y risitas que oí no pasaron ni diez minutos. Y mi hermana sabe bien cuánto me cuesta dormirme. Me lo tomé como una falta de respeto. Qué menos que media hora de espera. Soporté como pude el diluvio y en algún momento conseguí arrebatarme a la sucia realidad. Un sueño me envolvió en sus sedosas imágenes. El dragón de arena abandonaba la playa, sus simpáticas fauces se transformaban en las de un depredador hambriento, una lengua de fuego adelantaba su presencia con el fulgor de diez soles recién nacidos, y yo trataba de aniquilar a aquella bestia cabalgada por el escultor croata. Pretendía cazar a mi hermana e incinerarme a mí, pero yo lograba -los sueños permiten hacer esas trampas misteriosas- alojarme con mi hermana en un coche cuya propiedad no sabría determinar y huía por las calles ateridas de una ciudad monstruosa donde todas las gárgolas llevaban la misma, siniestra firma.

Al despertar, el cielo era del color de los papeles que en el mercado sirven para envolver el pescado. La casa había sido ganada por el silencio. Todavía era pronto para desayunar, aunque me moría de ganas de exprimir las naranjas del zumo que me excusaría al entrar en el cuarto de mi hermana. Y entonces pensé en el dragón, recobré las inanes imágenes del sueño y deduje la necesidad de venganza. Correría a la playa, destrozaría a patadas al dragón de arena, lo pisotearía, lo transformaría en una mole de huellas. Así que eso iba a hacer. Y corrí a la playa -sólo llevaba puesto un bañador que cogí apresurado de la percha-. Y lo primero que vi fue al escultor bañándose en el mar -podía ser cualquier bañista, de acuerdo, una cabeza sobre una superficie plateada, pero supe que era él con el vértigo inexplicable de las malas noticias a cuya información nos adelantamos con un atisbo que no será defraudado-. Y luego, una borrosa figura allí donde el día antes había nacido el dragón de arena. Me acerqué a ella. No tardé en discernir que se trataba de una réplica bastante conseguida del Perseo de Cellini. El bañista me saludó alzando un brazo. Luego empezó a nadar hacia la orilla. Tuve tiempo de descubrir que la cara del Perseo había adoptado los rasgos de la cara de mi hermana. En su brazo exquisitamente musculado sostenía la cabeza de una medusa que había robado mis facciones.

 

 

 

 

 



Juan Bonilla (Jerez, 1966) es autor de las novelas Nadie conoce a nadie (1996), Cansados de estar muertos (1998) y Los príncipes nubios, galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2003; de la novela corta Yo soy, yo eres, yo es… (1999), y de los libros de relatos El que apaga la luz (1994), La compañía de los solitarios (1998) y La noche del Skylab (2000). Ha recopilado ensayos, reportajes y artículos en El arte del yo-yo (1996), La holandesa errante (1998) y Teatro de variedades (2002), y sus poemas en Partes de guerra (1994) y El Belvedere (2002).




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