Los felices días de Edwin
Por Josué Barrera

 

 

Un día Edwin recibió el correo electrónico de una alumna suya, leyó que ella había buscado su dirección por todos lados hasta que alguien, no iba a decir quién, se la dio, que esperaba no se molestara por quererlo conocer, le pedía prudencia, que las conversaciones se quedaran entre ellos tal como él le dijo después cuando empezaron a hablar a través de un chat bajo nombres irreales actuando como si fueran otros, como si se dejaran guiar por una parte de ellos que no había podido salir por recato, por miedo, por no querer actuar de una manera que nadie de su círculo de amigos esperaría, por eso el chat, pensaba Edwin, era la mejor opción para planear una aventura, algo que nadie debía saber porque si alguien lo hacía, alguien que no fueran ellos, su trabajo corría peligro, pero sobre todo su nombre, la reputación que con esfuerzos había conseguido a través de los años y por medio de muchos trabajos aunque él sabía, como muchos hubieran pensado si estuvieran en su misma situación, que una experiencia de tal tipo no se volvería a repetir, que lo mejor sería actuar con cautela y tentar el terreno primero, no decirle que también le gustaba sino que también le parecía agradable, preguntar por su familia, por la ubicación de la computadora para saber si se corría el riesgo de que alguien leyera las conversaciones, en todo pensaba, al grado de que a ella le pareció ridículo tantas prevenciones, no le veía el caso, pero no decía nada porque le gustaba Edwin, tanto, que incluso pensaba que lo quería, se enfurecía al imaginarlo con su pareja, le pedía que no hablara sobre ella diciéndole que no importaba, que ella sentía algo fuerte por él y que quizá, si él se dejaba ir por sus instintos, iba a llegar un momento donde él también sentiría lo mismo, para ese entonces, según los planes de Suseth, ella tendría dieciocho y sería mayor de edad y no habría problemas en fugarse de la casa e ir a vivir con él, donde Edwin dijera, lo iba a seguir, dejaría todo por estar a su lado, pero primero dejarían el chat para sonreír y platicar un poco en la escuela, luego decidieron verse los martes y los jueves a las siete, cuando ambos salieran de la escuela, pero si se podía un poco más temprano, él le comentó, era mejor porque de esa manera no habría posibilidad de que alguien de la escuela los viera, cinco calles abajo, en medio de la cuadra, ella estaría sobre las escaleras de la entrada de una casa deshabitaba, tenía que inventar excusas a su maestro y él dejaría una tarea para salir a las seis y treinta del aula y dirigirse al coche e ir cinco calles abajo para después desnudarse en sus cada vez más frecuentes encuentros físicos que resultaban agotadores, donde ella lo veía al sentirlo dentro y le decía que lo quería hacer el hombre más feliz del mundo y que su cuerpo era suyo, todo lo que veía y tocaba era suyo, que le pidiera lo que quisiera, entonces Edwin la tomaba y la llevaba a la pared a una velocidad que hacía que ella se golpeara sin importarle, porque en ese momento él la penetraba con agresividad, con el sudor en la frente, sin verla, sin escucharla, pensando en otra persona y en ella al mismo tiempo, cerrando los ojos y dejando que su sexo actuara por él, y no le importaba azotarla, oprimir sus pechos, morderlos, quererlos arrancar hasta que ella empezara a quitarlo de encima con sus manos inseguras que después lo atraían, y él era feliz con su conducta irracional sabiendo que corría peligro, que si Suseth llegara hablar todo se desplomaría, y era cuando lloraba, cuando se sentía culpable después de dejarla en una esquina para que caminara un par de cuadras y llegara a su casa diciendo que acababa de salir de clases o que debió de ir a la casa de una amiga para hacer una tarea, nunca faltaba un pretexto que su madre se tragaba sin ningún inconveniente, como si fuera cómplice, como si entre las dos le ocultaran al padre de Suseth la aventura que tenía, los pormenores de cada acto sexual, la manera en que se veía con Edwin a cinco cuadras de la escuela después de que ambos salían de clases para irse a un motel por una hora donde él tocaba la falda escolar de Suseth y le pedía que se la quitara y luego que se vistiera para desprenderla de nuevo y al acabar el tiempo previsto él la dejaba donde siempre y se regresaba a su casa, agotado, algunas veces pensativo, con su ropa desaliñada, con mucha sed, reservado, manteniendo su actitud de maestro serio, formal, como ejemplo para los chicos, el preferido del director, el más amable con las secretarias, el amigo de los demás maestros que confiaban en él, así que al día siguiente Suseth podía pasar al lado suyo y saludarlo y nadie sospechaba, al contrario, todos decían que era muy buen maestro porque mantenía una buena relación con sus alumnos, y era cierto, muy cierto más bien, pero con Suseth era algo diferente, una fantasía, la aventura cómoda y secreta que todos han querido, y Suseth le juraba a Edwin, por el chat, que no le diría nada a nadie, solo así podían pasar una hora encerrados en el motel donde ambos se desahogaban, donde los dos eran felices a su manera, con una felicidad que no compartían, que ni siquiera comprendían a qué se debía, ya que él tenía claro que tenía una pareja, que todo iba bien en esa relación y que al parecer las cosas se estaban ordenando de cierta manera que todo indicaba que próximamente iban a formalizar algo, y también en eso pensaba cuando tenía relaciones con Suseth, cuando le pedía que se quitara la falda y que se tocara enfrente de él, que le dijera qué estaba sintiendo, que se excitara con su propio sexo, que la quería ver autocomplaciéndose con el uniforme escolar, pidiéndole que se imaginara que estaban en el aula y que lo hacían en plena clase frente a los demás, después le preguntaba si había alguna compañera del salón que le gustara, que cual chica le parecía más linda, y ella debía de responder para complacer a Edwin aunque no hubiera nadie que le gustara, ya que si no lo hacía venían las marcas en sus partes íntimas, las advertencias, los temores de ir con sus padres y contarles todo, sintiéndose amenazada, intranquila, sucia, pero al mismo tiempo excitada, pidiéndole que siguiera y diciéndole que era todo su mundo hasta que su débil voz desaparecía de tanto gemir.

 

 

 

 

 

 

 



Josué Barrera (Torreón, 1982). Es Licenciado en Psicología. Radica en Hermosillo, Sonora. Ha publicado en revistas literarias del país y en medios electrónicos de Brasil, Argentina, Colombia y Estados Unidos. Editor de la revista La línea del cosmonauta.
Su blog es: www.elritmodelvolchevique.blogspot.com
E-mail: josuebarsa@gmail.com




Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail


:: Opina sobre esta nota en los nuevos Foros de ENFOCARTE ::


Sumario | PLASTICA: Daniel Silvo - Terry Rodgers - Otto Dix - Lidó Rico - Vlady Kibalchich - Marcelo Bordese y Miguel Ronsino | FOTOGRAFIA: Simonne Holm - Tarun Chopra - Angie Buckley - Cynthia Greig - Holly Roberts | LITERATURA: José Edmundo Paz-Soldán - Juan Bonilla - Herman Melville - Carlos Gardini - Miguel Ildelfonso - Josué Barrera | POESIA: César Vallejo - Julio Cortázar - Elías Nandino - José Corredor-Matheos - Carmen Matute - A. R. Ammons - Cristina Grisolía - Carlos Pintado | FILOSOFIA: Michel Foucault - Ernest Gellner | PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - Clifford Geertz - Adolfo Vásquez Rocca - Ignacio Castro Rey | CINE: Werner Herzog o la cámara nómada. Por Endika Rey | TEATRO: El tiempo cobrizo. Por Juan Martins


| Home | Agenda | Staff | Colaboraciones | Directorio | Contacto | Archivo | Buscador | Noticias | Poesía semanal |
| E-mailing Cultural |
| Concursos | Foros de Enfocarte|
| Números Anteriores |


Google
  Web www.enfocarte.com

 

Copyright © 2000-2006 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.