La identidad de cada individuo se descubre en la niñez, junto a la familia. Hábitos, anécdotas y tradiciones se trasmiten de una generación a otra. Recuerdo que mientras miraba una fotografía de 1920 de mi abuela, mi tía me contó la historia de aquella foto tal como ella la recordaba. La versión de mi padre acerca de la misma imagen fue distinta, entonces concluí que la verdad y los detalles se pierden, son relativos. Por otro lado, explorar la historia familiar es apasionante, particularmente en un época donde la desigualdad social y el reconocimiento étnico son temas políticos de actualidad. En una nación fundada por la inmigración, muchos de nosotros somos productos de ella.
La calidad onírica que posee la cámara oscura distorsiona el sentido de la escala del paisaje y el diorama. Recortando una o muchas figuras y reemplazándolas frente a la misma fotografía parece que han salido del cuadro y se enfrentan al observador. La duplicación de los personajes es similar a la reinterpretación de las historias, y los agujeros de los recortes son potencialmente análogos al vacío cultural de los desplazados. Las generaciones subsiguientes, como la mía, se encuentra a sí misma entre la fantasía y el mundo real, con el desafío de ordenar las piezas que definen nuestra identidad.