Nada se conoce
de nuestros amores
Ariwara Narijira (825 – 880)
(De “La amada que huyó”)
El mar tiene ojos para ver. Le han crecido en las crestas dos pupilas sin tregua. No renuncia a sus sueños ni olvida palabras. Viejo mar de mirada entera. A veces trae un murmullo que en la playa revienta en un alboroto de aves.
Escribiré como aquel que retorna al mar con una canción en las manos dispuesto a ofrecer su alma al exilio. Volveré la mirada a viejas historias. En silencio recordaré nuestros breves paseos, la solitaria alameda.
Megube, mira cuántas letras de tu nombre tiene el mar.
Mar de toda edad. Más extenso que la nostalgia. Que tiembla, rebosa de amor. Frágil de manos, que se estremece. Tierno. Infinito de belleza.
Encontrarás el alba en tu almohada y retornarás tirando tu pelo a la espalda. No debo atreverme al mar que tiene tus ojos, tu lunar, tu lengua.
Ahora que el viento desordena las sombras y el tiempo se ensaña contra los recuerdos, ahora que delicadamente se retira el mar, mi corazón irá a morir en la arena, entre algas y cangrejos desesperados. Ofreceré mi cuerpo a los dioses como he ofrecido la otra mejilla a mi mujer.
Megube, para ti invento una historia invisible.
Mar que permanece. Despliega su perfume sobre las infinitas playas. Mar que va y viene con su canción para la luna. Se extiende. Recoge las palabras. Los gemidos. Las promesas.
Mis brazos se prolongan. Mis manos se extienden. Intención de ver – oír – tocar. A tientas se hunden en la arena hasta descubrir que desde esta orilla el mar es una frágil línea cuyo brillo corta el cuerpo a la altura del corazón.
Megube, tu mirada dice que un relámpago ha quebrado tu corazón.
Mar desordenado. Es posible que no exista ni pueda tocar esto y lo otro (lo que la mujer virgen deja a la deriva con las caricias). Sobre la materia ondulante navega un reflejo de sangre. Mar de la intensidad. Inventa la geometría del agua y la sal desbordando una alegría jamás conocida.
Es mi propia muerte lo que ofrezco. Mis pasos y mi cabeza con sus sílabas completas. El sueño en que sueño que te poseo, con tus sombras y tus días.
Megube, no es memoria ni rosa la voz con que intento una victoria. No es mentira ni bala la mirada con que me apuro a inventarte.
Mar invitado. Inventado. Al que hay que respetar y alimentar con nuestros cuerpos. Bajo su techo verde – azul – gris sobrevive una fiesta. Mar nocturno. Recorre una y otra vez la orilla buscando la otra margen.
Se entristece la madrugada.
Quedo ausente, con mi muerte, mi retorno al mar, sin tu nombre. Mis manos crecen hasta tocar el extraño laberinto de tu mirada – voz – aroma, la forma en que vives entre dos orillas.
Megube, sé que aún recorres las pocas calles que disfrutamos. El parque, los árboles cansados, la luz imprecisa.
Mar, palabra quieta. Cuerpo intenso que envejece. Mar de multitud. Isla de agua. Isla para ser – estar – ver. Isla en la tarde.
Nadie gana batallas sobre las olas ni bebe victorias de las manos ajenas.
Invisible mar, como la palabra.
El mar sabía que había que borrarlo todo. La violencia con que existimos.
Aquí mismo he visto crecer un jardín transparente, una pared donde tarde o temprano habremos de apoyarnos, sucios y desnudos, más solos que nunca.
Megube, la herida permanece. El poema cae distinto en tu regazo.
Mar. Como un espejismo sobre el horizonte se recorta el perfil impresionante de una mirada.
Donde ya nada se toca, dicen, nace la vida. Es el sueño de los dioses. Sólo queda la línea intensa entre cielo y tiempo para el disfrute de los mortales. La certeza de una magia milenaria, infinita como un círculo.
Sorprende cómo entre tus aguas los solitarios buscan un vestigio de sus recuerdos, del amor.
Con el tiempo, entre voces y gestos, palabras y silencio, una mano escribe lo que la otra ve. Inventa un trazo. Florece. Una mano descubre lo que la otra toca a escondidas en un pacto inapelable con la soledad.
Megube, Náusicaa, Miranda, Arpita, nada te es irreal. Ojos intensos sobre un fondo cielo es lo que se sabe de ti. Esa es tu historia.
Mar, nacimiento del agua. Milagro y sorpresa. Muerte del agua. Levantar la vista para tocar la línea quebrada del cielo. Lejanía que se convierte en espejo donde se refleja el fuego permanente de los deseos.
Todas las olas son iguales.
Heladas se extienden frente a mi vista las malditas. Delgada luz, delgada sombra. El espíritu de la muerte acecha. Invisible bajo tu manto, mar.
En remotas islas he marcado los puntos cardinales con sangre virgen para que la soledad y los dioses no nos abandonen.
Megube, jovencita extraviada, recuperada por la memoria e inventada por el deseo, ninguna muerte, nacimiento u olvido te es ajeno.
Mar quieto. Eres una pausa. Dueño de tu mirada, tu cuerpo de noche – día. Iluminado por la luna – el sol.
Te he visto con un mismo vestido. En tus ojos se puede reconocer el alma de tus habitantes, el sonido de los metales, la extensión de un saludo, el secreto de la fantasía, las palabras de estas páginas inventadas para ti.
Megube,
Diosa desconocida
Mujer quieta
Transparente
Nube
Aire
Lágrima
Árbol
Manantial
Memoria
Mar nocturno. Extraños son el lenguaje, la vestimenta, el movimiento cadencioso. La mirada penetrante.
En tus manos mis manos,
en tu mirada
la distancia, los mares.
Entre tarde y tarde mis palabras de agua resbalan por tu piel, intensa – distinta. Tocan tus hombros, tus senos, tu cintura, tu vientre y se introducen en tu cuerpo.
Megube, aún tengo el olor de tu cuerpo en mis manos.
Mar sin alma. Gigantesco rostro que perdura como una despedida. Sobrevive. Un espíritu aletea desde siempre sobre las aguas brillantes, pero los pájaros huyen del rumor de la muerte. Cada parpadeo. Cada pensamiento. Es un principio y un final. Un monumento de espuma se eleva en mitad del otoño. Mar incandescente, sin nombre.
Volver a nacer de tus entrañas. Entrar en tu templo de semen con los ojos cerrados y un lenguaje para inventarte.
De un soplo nace el espectacular retumbar de tus olas.
Megube, ya nada impide que te ofrezca esta maravilla.
Mar de abandono.
Detengo mi cuerpo en pleno viaje. Desde mi cabello hasta el guante. Me sorprendo en el siglo. Descanso mi alegría, mi propia vida, para tener las manos vacías.
Un cuerpo – un alma que descansa no es un jardín escondido. Es como un naufragio, dicen, que ignora el peligro.
Megube, nunca sabré del silencio tuyo. No veré más tus pupilas de hierba, tus senos tibios, tu boca de lluvia desatada, tu sonrisa que navega como un sueño arrastrado por el mar.
ESCENAS Y VISIONES
Diálogo
No se sabe
en qué momento se dicen
las primeras palabras de amor.
Sólo se dicen.
Él es aún joven
y fuerte
pero está sordo, ella
sigue recorriendo pasadizos y
salas ajenas, encorvada,
enfrentando el polvo y las telarañas.
Sentados en una banca
de cemento
ella le habla cerca del oído.
Un árbol les hace sombra.
Él adivina las palabras
que no oye
y acaricia a su mujer.
Canción de amor
Si pasas por
Copacabana
llévale este poema
a Rosa, y dile que el olvido
ha hecho presa
de mi memoria
y que lo mejor
que hay de ella en mi
es su segundo nombre.
El mapa de los sueños
Mi hijo aparece y
reaparece
con un disfraz de pirata,
arrasa con los enemigos
y planta su estandarte en la arena
luego de conquistar el aire,
el país de las mariposas y los bosques de agua.
Es un héroe,
y aunque aún no sabe lo que es un reino
o una doncella
ha demostrado valentía y honor.
Vuelve,
ronda a sus hermanas
y emociona a su madre.
Provoca abordar su nave,
abortar mi nube.
Estaré seguro a su lado,
él corre con paso decidido,
no se pierde en el desierto de la sala
ni se extravía
en el laberinto del comedor.
Él lee
en su pequeña mano sabia
el mapa de los sueños.