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La obra de Josep Guinovart es diálogo, contraposición de opuestos
frentes que revelan continuidad o conciliación última. No es
cierto, en mi opinión, que el arte se oponga necesariamente
a la naturaleza: en cierto sentido viene a continuarla, como
es posible constatar en culturas tradicionales, aunque
sea para trascenderla, en un ir más allá, haciéndola dar un
salto a lo desconocido o acercándola al brocal de lo que hay
en el arte, y en la naturaleza, de profundo y misterioso.
La voracidad con que el artista absorbe lo que tiene en torno suyo le lleva a utilizar, como materia prima en la creación, elementos vegetales y minerales: ramas y hojas, arena, otras tierras y piedras, granos de trigo y rastrojos, elementos que quedan descontextualizados... propios al campo donde Guinovart pasó un tiempo decisivo durante su infancia, al bosque en que está enclavado su estudio desde hace más de treinta años, y al desierto argelino que tanto lo ha impresionado. Se diría, más bien, que los cuadros y montajes que incorporan esos elementos mantienen su espíritu originario y a la vez trascendido, dado que la acotación del espacio, la reordenación y los pigmentos pictóricos sitúan la escena en un nuevo ámbito.
El entorno en que vive y trabaja –si es que puede distinguirse con nitidez una cosa de otra en el caso de un creador– resulta aquí decisivo. Y el diálogo, la contraposición y conciliación de esta realidad exterior que irrumpe en la obra, integrándose en ella, se mantendrá ininterrumpidamente sostenida a lo largo de los años. Recorriendo su trayectoria artística es posible encontrar grandes cambios y a la vez una profunda coherencia y perfecta unidad del conjunto, de modo que dichas variaciones resultan naturales y no hay, en el fondo, verdaderas rupturas, sino transformaciones lógicas, que avanzan en esta sorprendente integración del espacio artístico y el espacio real.
En cuanto al color, Guinovart ha explotado la posibilidad de los colores naturales de los objetos
junto a la mixtura de los pigmentos pictóricos aplicados. Así, la síntesis del espacio artístico conlleva el equilibrio entre lo propio que pueden aportar en cada caso las ramas, el trigo,
los rastrojos, los trozos de madera, la tierra, con sus tonos primitivos, rústicos, marcando un contraste armonioso con la pintura aplicada. El resultado de tal integración es un arte vigoroso que a la vez puede ser
extremadamente delicado y sumamente sensible desplegando una sutil fuerza en la modulación cromática y en la precisa elección de los objetos insertados.
El círculo y el óvalo como constantes en la obra
de Guinovart tienen importancia tanto por la reiterada utilización a lo largo de los años como por el valor simbólico que encierran, quizá no de un modo necesariamente consciente
sino en tanto resultado de cierta percepción a nivel intuitivo: el círculo -representado por la rueda o el sol- simboliza el cielo cósmico, y particularmente
sus relaciones con la tierra, y el óvalo, huevo originario a partir del cual se desarrolla toda manifestación y que contiene el germen de la multiplicidad
de los seres vivos.
Copyright © Josep Guinovart
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