Pensar la ortografía
Por Enrique G de la G (*)

 

A Mamá, reverente de la ortografía

«Sed realistas, pedid lo imposible».
Graffito en París, mayo de 1968

 

La ortografía de los (in)cultos

El año pasado impartí clases en una preparatoria y en una universidad privadas. En total, exponía a casi 200 alumnos. El primer día de clases acordamos las reglas y una especie de apuesta: exentarían cuantos descubrieran en cualquier palabra escrita por el profesor un error de ortografía. Como contraparte, les restaría puntos por cada error. Aceptaron entusiasmados. A la semana siguiente hubo protestas de todo tipo, y hacia el final del año varios me odiaban. Durante el año entero me lanzaron siempre la misma pregunta: ¿ortografía para qué, si la idea se entiende?

No pude responder juiciosamente, lo confieso. La ortografía era necesaria, deseable, correcta, lo sabía por una corazonada, y los errores ortográficos despreciables, equivocaciones, defectos… eso –errores. Pero no podía explicarlo de una manera definitiva ni convincente. Tal vez no exista ningún argumento, pensaba. Mientras tanto, constataba cómo mi exigencia se había convertido en una tortura insoportable para la inmensa generalidad.

Caí en la cuenta luego de que no sólo los mexicanos sino el mundo planetario estaba afectado. Hoy por hoy, es otro de los rasgos globalizados, impensable hace unos años. En Alemania, por ejemplo, muchas personas mayores de 25 años se han devanado los sesos para entender qué puede significar el concepto “error ortográfico”. Simplemente no comprendían cómo podría escribirse mal una palabra: o se escribía otra palabra o se trataba de algo inexistente. Parece una perogrullada, pero el alemán tradicional no se planteaba la posibilidad de escribir liebe en lugar de Liebe, o Universitat en lugar de Universität. Era inadmisible. Pero los alemanes más jóvenes, por la premura de los messengers y la caducidad del epistolario electrónico, han sucumbido, y hoy escriben como los preparatorianos de México, sin respeto por los signos de puntuación, las versales, o las demás pautas.

La cuestión empezó, me parece, en Estados Unidos, donde era cool escribir abreviaturas o inventar nuevas palabras más cómodas a las existentes: how R U? El sentido práctico se impuso a lo correcto. A este fenómeno contribuyó, sin duda, el sistema escolar, deficitario para la mayor parte de la clase media estadounidense. Esa generación, ya familiarizada con el error dactilográfico, laxó su atención mientras escribía a mano. Gracias al auge económico, político, turístico y tecnológico, el inglés se profesa como lingua franca, sobre todo en internet, y va permeando el resto de las lenguas. Incluidos sus desaciertos. Si se aflojó en el inglés, era previsible la pérdida del rigor en las demás lenguas. Así fue.

La prensa y los libros impresos eran el último bastión, y sin embargo, en estos días, ya no se puede fiar uno ni siquiera de ellos. Siempre se escapan errores y, aún más cínico, se pacta con ellos: la sección Gente! de un periódico de prestigio nacional rehusa el signo de exclamación de apertura, uno de los privilegios del castellano sobre las demás lenguas. Si la prensa no respeta las normas de la Academia, ¿cómo se le puede exigir a nadie revisar, corregir y releer? En México, la prensa y los profesores son la carta de Urías para la ortografía.

La ortografía comprometía antes al redactor con la estructura fundamental de la palabra. En nuestros días, por el contrario, es de facto artilugio de sabios y entendidos. Pareciera que sólo un puñado de gente encuentra digno de interés escribir las palabras tal como son, un fuero de iniciados, quienes suscriben la sentencia de Kierkegaard: «ser culto es saber distinguir la categoría de lo interesante». Pero no debería ser así, es falaz. A las palabras se las debe respetar –ninguna dispensa aventaja a nadie– porque refieren a muchos hombres amparados bajo una tradición literaria secular, desde el Mio Cid hasta Borges, y porque lo protegen a uno mismo.

 
Razones a debate

¿Cuál es el lugar de la ortografía? Ésa era la difícil pregunta de mis alumnos, más esgrimida para salvar la calificación y menos por sincera preocupación. Puedo ofrecer tres respuestas, a un año de distancia. Primero una de corte minimalista, después la tradicional, y por último, otra más bien práctica.

Desde una perspectiva minimalista, la ortografía se manifiesta como pudor. Importa menos cuáles sean las partes pudendas o los actos disimulados que la invariable realidad de todas las tradiciones a favor del pudor. Parecen decir siempre lo mismo: «un hasta aquí a los ojos de los demás, una afirmación de que el ser humano no puede ser visto como eso que despierta curiosidad o apetito, sino como tú» (Gabriel Zaid, Pudor y curiosidad).

El pudor es ante todo personal, mucho antes de su connotación sexual característica. El hombre pudoroso y la mujer púdica rechazan la mirada de quien pretende esculcarlos, como se desordena un cajón hasta encontrar lo escondido a los ojos. El ánimo se rebela ante esa intromisión inquisidora, tan curiosa como Pandora.

De cierta manera, la ortografía es una de las formas del pudor para la inteligencia. En efecto, así como los vestidos ocultan en parte el cuerpo y la discreción las acciones, la ortografía resguarda en buena parte la vastedad y la universalidad de la cultura personal. Escribir defectuosamente desenmascara de inmediato la mala calidad de nuestra formación universal. Resulta muy difícil, casi imposible, imaginar la convivencia entre una cultura generosa y una mala ortografía. Para decirlo a la inversa: leer un texto plagado de errores desanima, invita a la deserción, pues se sospecha de las ideas. Como contraparte, la buena ortografía de una persona la coloca en el terreno de los hombres educados, en el sentido más llano, pero no por eso menos importante. Escribir correctamente equivale a andar vestido y a ser discreto en la urbe de las letras y las ideas.

La faz pudorosa de la ortografía parece un argumento desconocido pero implícito en otro; me limito tan solo a sugerir la idea para una reflexión ulterior. En cambio, son muchos quienes articulan el argumento habitual, según el cual la ortografía se compara con la elegancia. Ambas reflejan buen gusto y la serenidad de un espíritu equilibrado. Redactar bien tiene algo de arte, y los poetas nacen, no se hacen, dice el refrán. Hemingway era aún más demoledor cuando respondía: «escribir bien es intolerablemente difícil». No se pide a todos un estilo literario, mucho menos poético. Si la redacción literaria le está vedada a muchos, éstos aseguran o pueden asegurar su pertenencia a la lengua mediante el dominio de las palabras: la ortografía es una técnica más sencilla que el difícil arte de la buena redacción. Está al alcance de cualquiera. Por eso compete a todos la exigencia de mantener la elegancia en la representación gráfica de las palabras.

Los padres se preocupan por corregir el ceceo de sus niños, por ser un defecto, pero no parece importarles si escriben zaztre. El desacierto es el mismo. Curiosamente, se pone más atención al lenguaje verbal, en comparación con el escrito. Sólo la desgana y la falta de previsión pueden explicar este modo de conducirse. A lo largo de la vida escribiremos una caterva de palabras sin mucho concierto o importancia, donde los yerros podrán ser, a fin de cuentas, banales; pero hay otra multitud con la mayor dignidad, como las cartas a la amada. Tan poco romántico sería escuchar Ay, me dedvela el adul de tud ojod, como leer Hay, me dezbela el hasul de tuz hojos. Y sin embargo, es prácticamente nulo el interés por corregir esta clase de imperfecciones. Quien lo intenta se topa con críticas, “por la cerrazón de mente y por ser tan conservador”, tanto de alumnos, como de los padres de familia, e incluso de los mismos colegas.

La elegancia, a fin de cuentas, no es un valor de moda. Ahora la gente se viste según el criterio de lo cómodo, lo caro, o lo roto. La elegancia ha perdido terreno no sólo en el vestido sino también en la literatura, la arquitectura, la urbanística, la publicidad, las maneras, la música, las expresiones y hasta en la caligrafía. El diario o el epistolario de la bisabuela pueden constatarlo. En nada se comparan esos preciosos garigoleos con la desbaratada letra script.

Es insuficientemente conocido el lema de la Real Academia Española de la Lengua: Pule, fija y da esplendor. Mientras el pulimento y la esplendidez se refieren al buen gusto, lo de fijar se refiere al orden. La tercera razón está pues poco involucrada con la elegancia, tiene un cariz pragmático.

Es necesario cierto estado de reposo en las lenguas, todo organismo vivo lo necesita. Desatender esta uniformidad mínima multiplica las discrepancias con la velocidad de las sectas. A éstos les disgusta la hache y la apartan o la sustituyen por una gue, otros escriben indistintamente la be o la uve, aquéllos declararon la guerra contra las tildes y los de más acá no han oído hablar de la diéresis. Reina la perplejidad, una ignominia para las lenguas. Sale entonces al paso la Academia con la única pretensión de orquestar, de ordenar, no de imponer. Si se impone es como último recurso.

El efecto es siempre benéfico. A saber, la unidad del idioma a lo largo y ancho de la geografía y de los cuatrocientos millones de hispanohablantes. El famoso lingüista venezolano Ángel Rosenblat reconoció la unidad ortográfica como «la mayor fuerza aglutinante, unificadora de una amplia comunidad cultural: por debajo de ella pueden convivir sin peligro todas las diferencias dialectales. (…) El triunfo de la ortografía académica es el triunfo del espíritu de unidad hispánica». De esta manera, la propia Academia admite un nuevo entendimiento del antiguo lema: Unifica, pule y fija [1].

 

El Nobel y los estudiantes

En abril de 1997, teniendo por marco el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, y como auditorio al Presidente Ernesto Zedillo, a los Reyes de España y a otros dos Premios Nobel, Gabriel García Márquez leyó su famoso discurso Botella al mar para el dios de las palabras. Transcribo con parcialidad el egregio y polémico párrafo: «Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver». El Zacatecazo, lo llamaron algunos. García Márquez tenía el prestigio necesario para sacudir a la opinión pública. Y lo consiguió. No fue el primero ni será el último en sugerir necedades.

El Nobel colombiano se limita a sugerir reformas sin justificarlas, con la frivolidad de la fama. Si de propuestas se trata, debería cimentarlas en la razón, me parece, y no colgarlas de sus diplomas y reconocimientos. Es una propuesta grave disfrazada con la noble intención de «simplificar la gramática». Suscribo la opinión de Mempo Giardinelli, quien reflexionaba esa misma semana: «Las reglas siempre están para algo. Tienen un sentido y ese sentido suele ser histórico, filosófico, cultural. La falta de reglas y el desconocimiento de ellas es el caos, la disgregación cultural. Y eso puede ser gravísimo para nosotros, sobre todo en estos tiempos en que la sabiduría imperial se ha vuelto tan sutil y astuta. Las propuestas ligeras y efectistas de eliminación de reglas son, por lo menos, peligrosas. Precisamente porque vivimos en sociedades donde las pocas reglas que había se dejaron de cumplir o se cumplen cada vez menos, y hoy se aplauden estúpidamente las transgresiones. Es así como se facilitan las impunidades» (Página/12, Argentina).

Incluso es posible trazar un parangón entre ética y ortografía: hay muchas maneras de escribir una palabra y de transmitir su contenido. Por encima de los defectos verbales o gráficos existe la capacidad de comunicar el mensaje, vdd q si? Sin embargo, sólo de una manera se pronuncian y escriben correctamente las palabras. Es un civismo lingüístico elegido por convención, aunque García Márquez pretenda obviarlo, como rehusó también acatar las normas de etiqueta la noche que recibió el Nobel en Estocolmo. Pero en esta época de desbandada ética, ¿cómo se puede exigir a la gente atención y cuidado a las normas ortográficas?

En general, la utilización combinada y jerarquizada de tres criterios universales han regulado la evolución de la ortografía académica: la pronunciación, la etimología y el uso (como decía Horacio, es el árbitro definitivo en cuestiones de lenguaje). En un idioma donde conviven tantas naciones y gentes, las modalidades de pronunciación se atomizan como una diáspora. Sólo el lenguaje escrito tiene la posibilidad de mantenerlas a todas unidas. Podrá haber confusión en ciertas regiones al escuchar casa o caza, nunca al leer.

Valdría la pena aprender a valorar la ortografía de nuestro idioma. En alemán, las vocales largas no se distinguen en lo gráfico de las vocales breves. Por ejemplo, rot se pronuncia root, pero la i en ich es breve. El idioma inglés prefiere también los casos particulares a las normas generales. Es necesario ejercitarse en la duración de cada vocal de cada palabra. Cuesta entender, por lo tanto, el dolor que la ortografía castellana causa en muchos. En nada se compara la ardua tarea de aprender la casi infinita casuística inglesa o alemana a aquella otra de entender y aplicar nuestras reglas mínimas de acentuación.

Un día, mientras exponía alguna de las tesis de la ética helenística en el salón de clases, escribí aposta en el pizarrón una palabra sin tilde. Orgia, acordemos. Lamento reconocerlo: el año pasado ninguno de mis alumnos exentó, ni siquiera con esa ayudita.

Berlín. Junio, 2004.

 

 


[1] Resulta provechoso observar, al menos de modo tangencial, cómo la Academia surge en un contexto católico, donde se reconoce la necesidad de la autoridad jerárquica. El cardenal Richelieu fundó en 1635 la Academia Francesa. Hacia 1713, Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, fundó la Real Academia Española, aprobada al año siguiente por Felipe V. La aspiración era conservar la lengua pura y comprensible para todos, dotarla de reglas y uno de sus principales instrumentos ha sido el diccionario. La Academia, pues, copia el modelo del Magisterio de la Iglesia: una autoridad no democrática, con rituales, un libro a guisa de hito, un recinto, protocolos, un catálogo de hombres ilustres y muchos otros detalles más o menos significativos.
Los países de tradición protestante, en cambio, en donde las libertades individuales priman sobre las imposiciones colectivas, no habían contado, hasta hace poco, con algo semejante. En los últimos años, la necesidad de reunir a los habitantes de esta babel les ha empujado a reformas y otros artificios. Tal es el caso, por ejemplo, de la reforma de 1996 en Alemania, y la reedición de los doce manuales Duden.

 

 

 

Texto publicado en el número 274 de "Istmo".

(*) Enrique G de la G (San Pedro Garza García, México, 1979). Lector y escritor, estudió filosofía. Su tesis versa sobre el objeto de la metafísica aristotélica. Colabora en distintas revistas con ensayos, reseñas y entrevistas. Agradecido lector de Borges, Victor Hugo y Alfonso Reyes. Puedes visitar su blog AQUÍ




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