Las palabras y las cosas (parte V)
de Michel Foucault (*)
Traducción de Elsa Cecilia Frost

 

 

CAPÍTULO QUINTO
CLASIFICAR

 

1. LO QUE DICEN LOS HISTORIADORES


Las historias de las ideas o de las ciencias —que sólo se designan aquí en su perfil medio— dan crédito al siglo XVII y sobre todo al XVIII de una nueva curiosidad: la que les hizo, si no descubrir, cuando menos ampliar y precisar hasta un grado inconcebible antes las ciencias de la vida. Tradicionalmente se da a este fenómeno un cierto número de causas y se le adscriben muchas manifestaciones esenciales.

Del lado de los orígenes o motivos se colocan los nuevos privilegios de observación: los poderes que se le atribuirán, a partir de Bacon, y los perfeccionamientos técnicos que le otorga la invención del microscopio. También se colocan allí el prestigio entonces reciente de las ciencias físicas que proporcionaban un modelo de racionalidad; ya que se había podido analizar, por medio de la experimentación y de la teoría, las leyes del movimiento o las de la reflexión de un rayo luminoso, ¿acaso no era normal buscar, por medio de las experiencias, de las observaciones o de los cálculos, las leyes que permiten organizar el dominio más complejo y más cercano de los seres vivos? El mecanicismo cartesiano, que después se convirtió en un obstáculo, fue en un principio como el instrumento de una nansferencia y habría conducido, un poco a pesar de sí mismo, de la racionalidad mecánica al descubrimiento de esa otra racionalidad que es la de lo vivo. Del lado de las causas, los historiadores ponen también, un poco revueltos, diversos puntos de atención: interés económico por la agricultura, del que los fisiócratas dan testimonio, pero también los primeros esfuerzos de la agronomía; a medio camino entre la economía y la teoría, la curiosidad por las plantas y los animales exóticos, a los que se trata de aclimatar y sobre los cuales los grandes viajes de investigación o de exploración —el de Tournefort al Medio Oriente, el de Adanson al Senegal— proporcionan descripciones, grabados y especímenes; y después, sobre todo, la valoración ética de la naturaleza, con todo ese movimiento, ambiguo en su principio, por el cual se "invierte" —ya se sea aristócrata o burgués—dinero y sentimiento en una tierra que por largos años las épocas precedentes habían abandonado. En el corazón del siglo XVIII, Rousseau herboriza.

En el registro de las manifestaciones, los historiadores señalan en seguida las formas variadas que tomarán estas nuevas ciencias de la vida y el "espíritu", como se dice, que las dirigió. Primero fueron mecanicistas, bajo la influencia de Descartes, y justo hasta fines del siglo XVII; así, pues, los primeros esfuerzos de una química apenas esbozada las habría marcado, pero todo a lo largo del siglo XVIII, los temas vitalistas habrían tomado o retomado su privilegio para formularse al fin en una teoría unitaria —este "vitalismo" que profesaron, en formas un tanto diferentes, Bordeu y Barthez en Montpellier, Blumenbach en Alemania, Diderot y después Bichat en París. Bajo estos diferentes regímenes teóricos, se plantean cuestiones, casi siempre las mismas, que reciben cada vez soluciones diferentes: posibilidad de clasificar a los seres vivos —unos, como Linneo, sosteniendo que toda la naturaleza puede entrar en una taxinomia; otros, como Buffon, que es demasiado diversa y rica para ajustarse a un marco tan rígido; proceso de la generación, con aquellos, más mecanicistas, que son partidarios de la preformación, y los otros que creen en un desarrollo específico de los gérmenes; análisis de los funcionamientos (la circulación, según Harvey, la sensación, la motricidad y, hacia fines del siglo, la respiración).

A través de estos problemas y de las discusiones que hicieron nacer, resulta un juego para los historiadores el reconstituir los grandes debates, de los que se dice que compartieron la opinión y las pasiones de los hombres, lo mismo que su razonamiento. Se cree volver a encontrar así el rastro de un conflicto mayor entre una teología que aloja, bajo cada forma y en todos los movimientos, la providencia de Dios, la simplicidad, el misterio y la solicitud de sus vías, y una ciencia que ya busca definir la autonomía de la naturaleza. Se encuentra también así de nuevo la contradicción entre una ciencia demasiado apegada a la vieja precedencia de la astronomía, de la mecánica y de la óptica y otra que supone ya que debe de haber algo irreductible y específico en los dominios de la vida. Por último, los historiadores ven dibujarse, como si fuera ante sus ojos, la oposición entre los que creen en la inmovilidad de la naturaleza —a la manera de Tournefort y de Linneo sobre todo— y los que, con Bonnet, Benoit de Maillet y Diderot, presienten ya la gran potencia creadora de la vida, su inagotable poder de transformación, su plasticidad y esta deriva que envuelve a todos sus productos, entre ellos nosotros mismos, en un tiempo del que nadie es dueño. Mucho antes de Darwin y de Lamarck, el gran debate del evolucionismo quedó abierto por el Telliamed, la Palingénésie y el Réve de D'Alambert. El mecanicismo y la teología, apoyándose uno en otra o combatiéndose sin cesar, mantendrán la época clásica lo más cerca de su origen —por parte de Descartes y de Malebranche; frente a ellos, la irreligiosidad y algo así como una intuición confusa de la vida, en conflicto a su vez (como en Bonnet) o en complicidad (como en Diderot), la atraen hacia su porvenir más próximo: hacia ese siglo XIX del que se supone que ha dado a las tentativas, aun oscuras y encadenadas del siglo XVIII, su cumplimiento positivo y racional en una ciencia de la vida que no ha tenido necesidad de sacrificar la racionalidad para mantener en lo más vivo de su conciencia la especificidad de lo viviente y este calor, un poco subterráneo, que circula entre él —objeto de nuestro conocimiento— y nosotros que estamos allí para conocerlo.

Es inútil volver a los supuestos de tal método. Bastará con mostrar aquí las consecuencias: la dificultad para apresar la red que puede enlazar unas con otras investigaciones tan diversas como las tentativas de llegar a una taxinomia y las observaciones microscópicas; la necesidad de registrar como hechos de observación los conflictos entre los "firmes" y los que no lo son, o entre los partidarios del método y los del sistema; la obligación de repartir el saber en dos tramos que se embrollan, si bien son extraños uno a otro: el primero se define por lo que ya se sabía por demás (la herencia aristotélica o escolástica, el peso del cartesianismo, el prestigio de Newton), el segundo por lo que no se sabía aún (la evolución, la especificidad de la vida, la noción de organismo); y sobre todo la aplicación de categorías que son rigurosamente anacrónicas con respecto a este saber. Entre todas, la más importante es evidentemente la de la vida. Se quieren hacer historias de la biología en el siglo xvm, pero no se advierte que la biología no existía y que su corte del saber, que nos es familiar desde hace más de ciento cincuenta años, no es válido en un período anterior. Y si la biología era desconocida, lo era por una razón muy sencilla: la vida misma no existía. Lo único que existía eran los seres vivientes que aparecían a través de la reja del saber constituida por la historia natural.


2. LA HISTORIA NATURAL

¿Cómo pudo definir la época clásica este dominio de la "historia natural", cuya evidencia y unidad misma nos parecen ahora tan lejanas y como ya revueltas? ¿Cuál es el campo en el que la naturaleza apareció tan próxima a sí misma que los individuos que comprende pudieron ser clasificados, y tan alejada de sí misma que tenían que serlo por medio del análisis y la reflexión?

Se tiene la impresión —y así se ha dicho con mucha frecuencia— de que la historia de la naturaleza ha debido aparecer al caer de nuevo el mecanicismo cartesiano. Cuando quedó finalmente en claro que era imposible hacer entrar el mundo entero dentro de las leyes del movimiento rectilíneo, cuando la complejidad del vegetal y del animal hubieron resistido lo suficiente a las formas simples de la sustancia extensa, fue necesario que la naturaleza se manifestara en su extraña riqueza; y la minuciosa observación de los seres vivientes nacería sobre esta playa de la que el cartesianismo acababa de retirarse. Por desgracia, las cosas no suceden con esta sencillez. Es muy posible —aunque habría que examinarlo— que una ciencia nazca de otra; pero una ciencia nunca puede nacer de la ausencia de otra, ni del fracaso, ni de los obstáculos encontrados por otra. De hecho, la posibilidad de la historia natural, con Ray, Jonston, Christoph Knaut, es contemporánea del cartesianismo y no de su fracaso. La misma episteme autorizó la mecánica de Descartes hasta d'Alambert y la historia natural de Tournefort a Daubenton.

Para que apareciera la historia natural, no fue necesario que la naturaleza se espesara, se oscureciera y multiplicara sus mecanismos hasta adqUirir el peso opaco de una historia que sólo es posible retrazar y describir, sin poderla medir, calcular, ni explicar; lo que ha sido necesario —y es todo lo contrario— es que la Historia se convierta en Natural. Lo que existía en el siglo XVI y hasta mediados del XVII eran historias: Belon había escrito una Histoire de la nature des Oiseaux; Duret, una Histoire admirable des Plantes; Aldrovandi, una Histoire des Serpents et des Dragons. En 1657, Jonston publicó una Historia naturales de quadripedidus. Desde luego, esta fecha de nacimiento no es rigurosa, sólo sirve para simbolizar un punto de referencia y señalar, de lejos, el enigma manifiesto de un acontecimiento. Este acontecimiento es la súbita decantación, en el dominio de la Historia, de dos órdenes, desde entonces diferentes, de conocimiento. Hasta Aldrovandi, la historia era el tejido inextricable y perfectamente unitario, de lo que se ve de las cosas y de todos los signos descubiertos o depositados en ellas: hacer la historia de una planta o de un animal era lo mismo que decir cuáles son sus elementos o sus órganos, qué semejanzas se le pueden encontrar, las virtudes que se le prestan, las leyendas e historias en las que ha estado mezclado, los blasones en los que figura, los medicamentos que se fabrican con su sustancia, los alimentos que proporciona, lo que los antiguos dicen sobre él, lo que los viajeros pueden decir. La historia de un ser vivo era este mismo ser, en el interior de toda esa red semántica que lo enlaza con el mundo. La partición, para nosotros evidente, entre lo que nosotros vemos, y lo que los otros han observado o trasmitido, y lo que otros por último han imaginado o creído ingenuamente, esta gran tripartición, tan sencilla 'en apariencia y tan inmediata; entre la observación, el documento y la fábula no existía aún. Y no era que la ciencia vacilara entre una vocación racional y todo el peso de una tradición ingenua, sino que había una razón muy precisa y apremiante: los signos formaban parte de las cosas, en tanto que en el siglo XVII se convierten en modos de representación.

¿Al escribir Jonston su Historia naturalis de quadripedidus sabía más sobre el tema que Aldrovandi medio siglo antes? No mucho más, dicen los historiadores. Pero no es ésta la cuestión o, si se quiere plantearla en estos términos, habría que responder que Jonston sabía mucho menos que Aldrovandi. Éste despliega, a propósito de todo animal estudiado, y en el mismo nivel, la descripción de su anatomía y las formas de capturarlo; su utilización alegórica y su modo de generación; su hábitat y los palacios de su leyenda; su nutrición y la mejor manera de ponerlo en salsa. Jonston subdivide su capítulo sobre el caballo en doce rúbricas: nombre, partes anatómicas, lugar de habitación, edades, generación, voz, movimientos, simpatía y antipatía, usos, usos medicinales.

Nada de esto falta en Aldrovandi, pero hay mucho más. Y la diferencia esencial está en lo que falta. Se ha hecho a un lado, como una parte muerta e inútil, toda la semántica animal. Las palabras que se entrelazaban con el animal han sido desatadas y sustraídas: y el ser vivo, en su anatomía, en su forma, en sus costumbres, en su nacimiento y en su muerte, aparece como desnudo. La historia natural encuentra su lugar en esta distancia, ahora abierta, entre las cosas y las palabras —distancia silenciosa, carente de toda sedimentación verbal y, sin embargo, articulada según los elementos de la representación, justo aquellos que podrán ser nombrados con pleno derecho. Las cosas llegan hasta las riberas del discurso porque aparecen en el hueco de la representación. El momento en el que se renuncia a calcular no es aquel en el que al fin se empieza a observar. La constitución de la historia natural, con el clima empírico en el que se desarrolla, no es la experiencia que fuerza, de buen o de mal grado, el acceso a un conocimiento que guardaba antes la verdad de la naturaleza; la historia natural —que justo por ello aparece en ese momento— es el espacio abierto en la representación por un análisis que se anticipa a la posibilidad de nombrar; es la posibilidad de ver lo que se podrá decir, pero que no se podría decir en consecuencia ni ver a distancia si las cosas y las palabras, distintas unas de otras, no se comunicaran desde el inicio del juego en una representación. El orden descriptivo que Linneo, mucho después de Jonston, propondrá a la historia natural es muy característico. Según él, todo capítulo concerniente a un animal cualquiera debe seguir el curso siguiente: nombre, teoría, género, especie, atributos, uso y, para terminar, litteraría. Todo el lenguaje depositado por el tiempo sobre las cosas es rechazado hasta el último límite, como un suplemento en el que el discurso se contara a sí mismo y relatara los descubrimientos, las tradiciones, las creencias, las figuras poéticas. Antes de este lenguaje del lenguaje lo que aparece es la cosa misma, con sus características propias pero en el interior de esta realidad que, desde el principio, ha quedado recortada por el nombre. La instauración que la época clásica hace de una ciencia natural no es el efecto directo o indirecto de la transferencia de una racionalidad ya formada (a propósito de la geometría o de la mecánica). Es una formación distinta que tiene su arqueología propia, si bien está ligada (aunque en el modo de la correlación y de la simultaneidad) con la teoría general de los signos y el proyecto de la mathesis universal.

Cambia ahora de valor el viejo nombre de historia y, quizá, recobra una de sus significaciones arcaicas. En todo caso, si es verdad que el historiador era, para el pensamiento griego, aquel que ve y cuenta lo que ha visto, no siempre ha sido esto en nuestra cultura. Muy tarde, en el umbral de la época clásica, tomó o retomó este papel. Hasta mediados del siglo XVII, la tarea del historiador era establecer una gran recopilación de documentos y de signos —de todo aquello que, a través de todo el mundo, podía formar una marca. Era él el encargado de devolver al lenguaje todas las palabras huidas. Su existencia no se definía tanto por la mirada sino por la repetición, por una segunda palabra que pronunciaba de nuevo tantas palabras ensordecidas. La época clásica da a la historia un sentido completamente distinto: el de poner, por primera vez, una mirada minuciosa sobre las cosas mismas y transcribir, en seguida, lo que recoge por medio de palabras lisas, neutras y fieles. Se comprende que, en esta "purificación", la primera forma de historia que se constituyó fue la historia de la naturaleza. Pues no necesita para construirse más que palabras, aplicadas sin intermediario alguno, a las cosas mismas. Los documentos de esta nueva historia no son otras palabras, textos o archivos, sino espacios claros en los que las cosas se yuxtaponen: herbarios, colecciones, jardines; el lugar de esta historia es un rectángulo intemporal en el que los seres, despojados de todo comentario, de todo lenguaje circundante, se presentan unos al lado de los otros, con sus superficies visibles, aproximados de acuerdo con sus rasgos comunes y, con ello, virtualmente analizados y portadores de su solo nombre. Se ha dicho con frecuencia que la constitución de los jardines botánicos y las colecciones zoológicas traducía una nueva curiosidad por las plantas y las bestias exóticas. De hecho, desde mucho tiempo atrás, éstas habían llamado la atención. Lo que ha cambiado es el espacio en el que se puede verlas y desde el cual se puede describirlas. En el Renacimiento, la extrañeza animal era un espectáculo; figuraba en las fiestas, en las justas, en los combates ficticios o reales, en las reconstituciones legendarias en las que el bestiario desarrollaba sus fábulas sin edad. El gabinete de historia natural y el jardín, tal como se les ha instalado en la época clásica, sustituyen el desfile circular del "especimen" por la exposición en "cuadro" de las cosas. Lo que se ha deslizado entre estos teatros y este catálogo no es el deseo de saber, sino una nueva manera de anudar las cosas a la vez con la mirada y con el discurso. Una nueva manera de hacer la historia.

Y conocemos la importancia metodológica que tomaron estos espacios y estas distribuciones "naturales" para la clasificación, a fines del siglo XVIII, de las palabras, de las lenguas, de las raíces, de los documentos, de los archivos, en suma, para la constitución de todo un medio ambiente de la historia (en el sentido familiar del término) en el que el siglo XIX encontrará de nuevo, siguiendo este cuadro puro de las cosas, la posibilidad renovada de hablar sobre las palabras. Y de hablar no en el estilo del comentario, sino según un modo que se considerará tan positivo, tan objetivo, como el de la historia natural.

La conservación, cada vez más completa, de lo escrito, la instauración de archivos, su clasificación, la reorganización de las bibliotecas, el establecimiento de catálogos, de registros, de inventarios representan, a finales de la época clásica, más que una nueva sensibilidad con respecto al tiempo, a su pasado, al espesor de la historia, una manera de introducir en el lenguaje ya depositado y en las huellas que ha dejado un orden que es del mismo tipo que el que se estableció entre los vivientes. Y en este tiempo clasificado, en este devenir cuadriculado y espacializado emprenderán los historiadores del siglo XIX la tarea de escribir una historia finalmente "verdadera" —es decir, liberada de la racionalidad clásica, de su ordenamiento y de su teodicea, restituida a la violencia irruptora del tiempo.


3. L.A. ESTRUCTURA

Así dispuesta y entendida, la historia natural tiene como condición de posibilidad la pertenencia común de las cosas y del lenguaje a la representación; pero no existe como tarea sino en la medida en que las cosas y el lenguaje se encuentran separados. Así, pues, deberá reducir esta distancia para llevar al lenguaje lo más cerca posible de la mirada, y a las cosas miradas lo más cerca de las palabras. La historia natural no es otra cosa que la denominación de lo visible. De allí su aparente simplicidad y este modo que de lejos parece ingenuo, ya que la historia natural resulta simple e impuesta por la evidencia de las cosas. Se tiene la impresión de que con Tournefort, Linneo o Buffon se ha empezado a decir al fin lo que siempre había sido visible, pero que había permanecido mudo ante una especie de invencible distracción de la mirada. De hecho, no es una milenaria desatención lo que se disipa de pronto, sino que se constituye en todo su espesor un nuevo campo de visibilidad.

La historia natural no se hizo posible porque se haya mirado mejor y más de cerca. En sentido estricto, puede decirse que la época clásica se ingenió si no para ver lo menos posible, sí para restringir voluntariamente el campo de su experiencia. La observación, a partir del siglo XVII, es un conocimiento sensible repleto de condiciones sistemáticamente negativas. Desde luego, se excluye el hablar de oídas; pero se excluye también el gusto y el sabor, ya que por su incertidumbre, por su variabilidad, no permiten hacer un análisis de los elementos distintos que sea universalmente aceptable. Limitación muy estricta del tacto a la designación de algunas oposiciones muy evidentes (como las de lo liso y lo rugoso); privilegio casi exclusivo de la vista, que es el sentido de la evidencia y de la extensión y, en consecuencia, de un análisis partes extra partes admitido por todo el mundo; en el siglo XVIII, el ciego puede muy bien ser geómetra, pero no naturalista. Sin embargo, no todo lo que se ofrece a la mirada resulta utilizable: los colores, en particular, apenas pueden fundamentar comparaciones útiles. El campo de visibilidad en el que la observación va a tomar sus poderes no es más que el residuo de estas exclusiones: una visibilidad librada de cualquier otra carga sensible y pintada además de gris. Este campo define, mucho más que la recepción atenta a las cosas mismas, la posibilidad de la historia natural y de la aparición de sus objetos filtrados: líneas, superficies, formas, relieves.

Se dirá, quizá, que el uso del microscopio compensa estas restricciones; y que si se restringiera la experiencia sensible por el lado de sus márgenes más dudosos, se extendería hacia los nuevos objetos de una observación controlada técnicamente. De hecho, el mismo conjunto de condiciones negativas que limita el dominio de la experiencia, hace posible la utilización de los instrumentos de óptica. A fin de intentar una mejor observación a través de un lente, es necesario renunciar a conocer por medio de los otros sentidos o de oídas. Un cambio de escala al nivel de la mirada debe tener un valor mayor que las correlaciones entre los diversos testimonios que pueden suministrar las impresiones, las lecturas o las lecciones. Si el ajuste indefinido de lo visible en su propia extensión se ofrece mejor a la mirada por medio del microscopio, no está liberado. Y la mejor prueba de ello es, sin duda, que los instrumentos de óptica son utilizados sobre todo para resolver los problemas de la generalización: es decir, para descubrir cómo las formas, las disposiciones, las proporciones características de los individuos adultos y de su especie pueden trasmitirse a través de las edades, conservando su rigurosa identidad. El microscopio no ha sido llamado para rebasar los límites del dominio fundamental de visibilidad, sino para resolver uno de los problemas que plantea —la conservación de las formas visibles a lo largo de las generaciones. El uso del microscopio se funda en una relación no instrumental entre las cosas y los ojos. Relación que define la historia natural. ¿Acaso no decía Linneo que los naturalia, por oposición a los coelestia y a los elementa, estaban destinados a ofrecerse directamente a los sentidos? Y Tournefort consideraba que para conocer las plantas, "antes que escrutar cada una de sus variaciones con un escrúpulo religioso", resulta mejor analizarlas "tal como se presentan ante los ojos".

Así, pues, observar es contentarse con ver. Ver sistemáticamente pocas cosas. Ver aquello que, en la riqueza un tanto confusa de la representación, puede ser analizado, reconocido por todos y recibir así un nombre que cualquiera podrá entender: "Todas las similitudes oscuras —dice Linneo— sólo son introducidas para vergüenza del arte". Las representaciones visuales, desplegadas en sí mismas, vacías de toda semejanza, limpias hasta de sus colores, van por fin a dar a la historia natural lo que constituye su objeto propio: mismo que ella hará pasar a esta lengua bien hecha que cree construir. Ese objeto es la extensión de la que están constituidos los seres de la naturaleza —extensión que puede ser afectada por cuatro variables. Y sólo por cuatro: forma de los elementos, cantidad de esos elementos, manera en que se distribuyen en el espacio los unos con relación a los otros, magnitud relativa de cada uno. Como decía Linneo, en un texto capital, "toda nota debe ser extraída del número, de la figura, de la proporción, de la situación". Por ejemplo, al estudiar los órganos sexuales de la planta será suficiente, aunque indispensable, con enumerar los estambres y el pistilo (o, en algún caso, con verificar su ausencia), con definir la forma que tienen, de acuerdo con qué figura geométrica están repartidos en la flor (círculo, hexágono, triángulo), qué tamaño tienen en relación con los otros órganos. Estas cuatro variables que se pueden aplicar de la misma manera a las cinco partes de la planta —raíces, tallos, hojas, flores, frutos—especifican lo bastante la extensión que se ofrece a la representación como para poder articularla en una descripción que sea aceptable para todos: ante el mismo individuo, cada quien podrá hacer la misma descripción; y, a la inversa, a partir de tal descripción cada quien podrá reconocer los individuos que pertenecen a ella. En esta articulación fundamental de lo visible, el primer enfrentamiento del lenguaje y las cosas podrá establecerse de una manera que excluye toda incertidumbre.

Cada parte, visiblemente distinta, de una planta o de un animal es, pues, descriptible en la medida en que puede tomar cuatro series de valores. Estos cuatro valores que afectan un órgano o un elemento cualquiera y lo determinan es lo que los botánicos llaman su estructura. "Por estructura de las partes de las plantas se entiende la composición y disposición de las piezas que forman su cuerpo." También permite describir lo que se ve de dos maneras que no son contradictorias ni exclusivas. El número y la magnitud pueden asignarse siempre por medio de una cuenta o de una medición; se puede así expresarlas en términos cuantitativos. En cambio, las formas y las disposiciones deben ser descritas por otros procedimientos: sea por la identificación con formas geométricas, sea por analogías que deben tener "la mayor evidencia". Así, se pueden describir ciertas formas bastante complejas a partir de su semejanza, muy visible, con el cuerpo humano, que sirve como una especie de reserva a los modelos de la visibilidad y sirve espontáneamente de articulación entre lo que se puede ver y lo que se puede decir.

La estructura, al limitar y filtrar lo visible, le permite transcribirse al lenguaje. Gracias a ella, la visibilidad del animal o de la planta pasa entera al discurso que la recoge. Y, quizá, llegado al límite, pueda restituirse a sí misma a la mirada a través de las palabras, como en los caligramas botánicos que soñaba Linneo. Quería que el orden de la descripción, su repartición en parágrafos y hasta sus modalidades tipográficas reprodujeran la figura de la planta misma. Que el texto, en sus formas, disposición y cantidad variables, tuviera una estructura vegetal. "Es hermoso seguir la naturaleza: pasar de la raíz a los tallos, a los peciolos, a las hojas, a los pedúnculos, a las flores." Sería necesario separar la descripción en tantos apartes como partes existen en la planta, que se imprimiera con tipos gruesos lo que se refiera a las partes principales, y en letra pequeña el análisis de las "partes de partes". Se añadirá lo que por lo demás se conoce de la planta a la manera de un dibujante que completa su esbozo con juegos de luz y de sombra: "el sombreado contendrá exactamente toda la historia de la planta, como sus nombres, su estructura, su conjunto exterior, su naturaleza, su uso". Traspuesta al lenguaje, la planta viene a grabarse en él y, bajo los ojos del lector, recompone su forma pura. El libro se convierte en el herbario de las estructuras. Y que no se diga que no es más que la fantasía de un sistemático que no representa la historia natural en toda su extensión. En Buffon, que fue un adversario constante de Linneo, existe la misma estructura y desempeña el mismo papel: "El método de inspección se efectuará sobre la forma, la magnitud, las diferentes partes, su número, su posición, sobre la sustancia misma de la cosa." Buffon y Linneo ponen la misma rejilla; su mirada ocupa la misma superficie de contacto sobre las cosas; las mismas casillas negras dejan un lugar a lo invisible; se ofrecen a las palabras los mismos terrenos claros y distintos.

Por medio de la estructura, lo que la representación da confusamente y en la forma de la simultaneidad, es analizado y ofrecido así al desarrollo lineal del lenguaje. En efecto, la descripción es con respecto al objeto que se ve, lo que la proposición con respecto a la representación que expresa: su ponerse en serie, elemento tras elemento. Pero recordemos que el lenguaje, en su forma empírica, implicaba una teoría de la proposición y otra de la articulación. En sí misma, la proposición permanece vacía; en cuanto a la articulación, ésta no formaba en verdad el discurso sino a condición de estar ligada por la función evidente o secreta del verbo ser. La historia natural es una ciencia, es decir, una lengua, pero fundada y bien hecha: su desarrollo proposicional es, con todo derecho, una articulación; el poner en serie lineal los elementos recorta la representación sobre un modo evidente y universal. En tanto que una misma representación puede dar lugar a un número considerable de proposiciones, pues los nombres que la llenan la articulan de modos diferentes, un solo y único animal, una sola y única planta, serán descritos de la misma manera, en la medida en que la estructura reine de la representación al lenguaje. La teoría de la estructura que recorre, en toda su extensión, la historia natural de la época clásica, sobrepone, en una sola y única función, los papeles que desempeñan en el lenguaje la proposición y la articulación.

Por ello, liga la posibilidad de una historia natural a la mathesis. En efecto, remite todo el campo de lo visible a un sistema de variables, cuyos valores pueden ser asignados, todos ellos, si no por una cantidad, sí por lo menos por una descripción perfectamente clara y siempre acabada. Así, pues, se puede establecer, entre los seres naturales, un sistema de identidades y el orden de las diferencias. Adanson consideraba que algún día se podría tratar la botánica corno una ciencia rigurosamente matemática y que sería factible plantear los problemas como se hace en álgebra o en geometría: "encontrar el punto más sensible que establece la línea de separación o de discusión entre la familia de las escabiosas y la de los caprifolios"; o aun encontrar un género conocido de plantas (natural o artificial, esto no importa) que esté en el justo medio entre la familia de las apocináceas y la de la borraja. La gran proliferación de los seres por la superficie del globo puede entrar, gracias a la estructura, a la vez en la sucesión de un lenguaje descriptivo y en el campo de una mathesis que será ciencia general del orden. Y esta relación constitutiva, tan compleja, se instaura en la aparente simplicidad de un visible descrito.

Todo esto tiene una gran importancia para la definición de la historia natural según su objeto. este es dado por las superficies y las líneas, no por funcionamientos o tejidos invisibles. La planta el animal se ven menos en su unidad orgánica que por el corte visible de sus órganos. Son patas y cascos, flores y frutos, antes de ser respiración o líquidos internos. La historia natural recorre un espacio de variables visibles, simultáneas, concomitantes, sin relación interna de subordinación o de organización. La anatomía, en los siglos XVII y XVIII, ha perdido el papel rector que tenía desde el Renacimiento y que volverá a tener en la época de Cuvier; no se trata de que la curiosidad haya disminuido entretanto, ni de que el saber haya retrocedido, sino de que la disposición fundamental de lo visible y lo enunciable no pasa ya por el espesor del cuerpo. De allí, la precedencia epistemológica de la botánica: el espacio común a las palabras y a las cosas constituía para las plantas una reja mucho más acogedora, mucho menos "negra" que para los animales; en la medida en que muchos órganos constitutivos son visibles sobre la planta y no lo son entre los animales, el conocimiento taxinómico a partir de variables inmediatamente perceptibles ha sido mucho más rico y coherente en el orden botánico que en el orden zoológico. Es necesario, pues, regresar a lo que se dice por lo común: el que se haya hecho un examen de los métodos de clasificación no se debe a que durante los siglos XVII y XVIII haya habido un interés por la botánica. Sino que, dado que no se podía saber y decir a no ser en un espacio taxinómico de visibilidad, el conocimiento de las plantas debía llevar al de los animales.

Los jardines botánicos y los gabinetes de historia natural eran, en el nivel de las instituciones, los correlativos necesarios de este corte. Y su importancia, con respecto a la cultura clásica, no se refiere esencialmente a lo que permitían ver, sino a lo que guardaban y a lo que, por esta obliteración, dejaban surgir: sustraen la anatomía y el funcionamiento, ocultan el organismo, para suscitar ante los ojos que esperan la verdad el relieve visible de las formas, con sus elementos, su modo de dispersión y sus medidas. Son el libro ordenado de las estructuras, el espacio en el que se combinan los caracteres y en el que se despliegan las clasificaciones. Un día, a fines del siglo XVIII, Cuvier meterá mano a las exquisiteces de museo, las romperá, y disecará toda la conserva clásica de la visibilidad animal. Este gesto iconoclasta, que Lamarck nunca se atrevió a hacer, no traduce una nueva curiosidad por un secreto que no se había tenido ni la preocupación, ni el valor, ni la posibilidad de conocer. Es, lo que resulta mucho más grave, una mutación en el espacio natural de la cultura occidental: el fin de la historia, en el sentido de Tournefort, de Linneo, de Buffon, de Adanson, y también en el sentido en que la entendía Boissier de Sauvages al oponer el conocimiento histórico de lo visible al filosófico de lo invisible, de lo oculto y de las causas; y será también el principio de lo que permite, al sustituir la clasificación por la anatomía, la estructura por el organismo, el carácter visible por la subordinación interna, el cuadro por la serie, precipitar hacia el viejo mundo plano y grabado en negro y blanco, los animales y las plantas, toda una masa profunda de tiempo a la cual se le dará el nombre renovado de historia.

 

- Leer Las palabras y las cosas (parte I) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte II) -

- Leer Las palabras y las cosas (parte III) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte IV) -

 

(*) Michel Foucault. Nació el 15 de octubre de 1926 en Poitiers en el seno de una familia de médicos. Cursó estudios de filosofía occidental y psicología en la École Normale Supérieure de París. Se graduó presentando una tesis sobre historia de la locura en la época clásica que se publicó en 1962. En los años 60, dirigió los departamentos de filosofía de las Universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes. Participó junto con los estudiantes en las protestas y manifestaciones de mayo del 68 y, posteriormente, formó parte de una comisión para la defensa de la vida y de los derechos de los inmigrantes. En el año 1970 fue profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Las principales influencias en su pensamiento fueron los filósofos alemanes Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Como filósofo se adscribe al estructuralismo. Sus estudios pusieron en tela de juicio la influencia del filósofo político alemán Karl Marx y del psicoanalista austriaco Sigmund Freud. Su pensamiento se desarrolló en tres etapas, la primera, en Locura y civilización (1960), que escribió mientras era lector en la Universidad de Uppsala, en Suecia, estudia, a través de la modificación del concepto de “locura” y de la oposición entre razón y locura que se establece a partir del siglo XVII, la necesidad que tienen todas las culturas de definir lo que las limita, es decir, lo que queda fuera de ellas mismas. En su segunda etapa escribió Las palabras y las cosas (1966), que lleva como subtítulo Arqueología de las ciencias humanas, y donde dice que todas las ciencias que tienen como objeto el ser humano son producto de mutaciones históricas que reorganizan el saber anterior, recreando un conjunto epistemológico que define en todos los dominios los límites y las condiciones de su desarrollo. Su última etapa empezó con la publicación de Vigilar y castigar, en 1975, donde se preguntaba si el encarcelamiento es un castigo más humano que la tortura, pero se ocupa más de la forma en que la sociedad ordena y controla a los individuos adiestrando sus cuerpos. En sus libros, Historia de la sexualidad, Volumen I: Introducción (1976), El uso del placer (1984) y La preocupación de sí mismo (1984), rastrea las etapas por las que la gente ha llegado a comprenderse a sí misma en las sociedades occidentales como seres sexuales, y relaciona el concepto sexual que cada uno tiene de sí mismo con la vida moral y ética del individuo. Falleció el 25 de junio de 1984 en París.




Suscríbete a Enfocarte.com y recibe las actualizaciones en tu e-mail


:: Opina sobre esta nota en los nuevos Foros de ENFOCARTE ::


Sumario | PLASTICA: Gustav Klimt - Agostino Bonalumi - Francisco Toledo - Josep Guinovart - Ricardo Hirschfeldt - Jorge Oteiza | FOTOGRAFIA: Mona Kuhn -Vivam Sundaram - Oscar Carrasco - Andrzej Dragan - Ken-ichiro Suzuki - Carlos Díaz | LITERATURA: Paul Auster - Alfredo Bryce Echenique - Juan José Saer - Iban Zaldua - Andrea Maturana - Enrique G de la G | POESIA: Dylan Thomas: el palabreador - Poemas de Dylan Thomas -Claudio Rodríguez - Ida Vitale - Ana Istarú - Ernesto Carrión - Alfredo Herrera - Eloy Santos | FILOSOFIA: Michel Foucault -Ernest Gellner | PENSAMIENTO: Lawrence Lessing - F. G. Marin | CINE: Sobre el Cine Europeo Contemporáneo - Lolita: Imágenes de un deseo oscuro | TEATRO: Orígenes del Teatro en China V - Higiénico Papel Teatro


| Home | Staff | Colaboraciones | Directorio | Archivo | Buscador |Poesía semanal |
| E-mailing Cultural |
| Concursos |


Google
  Web www.enfocarte.com

 

Copyright © 2000-2007 Enfocarte.com /fvp.
Prohibida la reproducción de cualquier parte de este sitio web sin permiso del editor. Todos los derechos reservados.