Libro de olas
Eloy Santos

 

Multipliquei-me, para me sentir
Para me sentir, precisei sentir tudo,
Transbordei, ñao fiz senao extravasar-me,
Despi-me, entreguei-me,
E há em cada canto da minha alma um altar a um deus diferente.
Fernando Pessoa

 

Nepturnaria

Serpentinas de sombra, las corrientes
arrastran sobre mí manchas de carburante
como nubes de gloria sin sentido.
Sobre el desorden de la superficie
intuyo brisas, cárdenos de ocaso
que rizarán mi piel
para el crepúsculo de los cruceros.

Sigo esperando un navegante astuto
a quien odiar, marino de estrategias
claras, amado de los dioses, rumbos
oblicuos hacia el faro de unas trenzas
que lo salven, tal vez a mi pesar.
Es Odiseo mi nostalgia, y es que
ya no vale la pena convocar tempestades:
es mi reino una bañera de ahogados.
Vienen sin que les llame. Sumergidos
ya en tierra, no hay placer en su captura.

Por la noche me asomo a las estrellas,
repaso sus caminos, dicto nombres
de vientos al silencio, de leyendas
que rasgan las lonas en los mástiles,
pero nadie navega ya, ni ve.
En la profundidad escucho mostruos
que los humanos desconocen, vivo
ignorado en los sueños de los náufragos,
preso en mis propias algas, transparente
como un dios que envejece solitario
donde durar se va sin fundamento.

 

 

Éxodo

En páginas de sal,
y dromedarios,
os contaría el mar, y sed sin tregua,
la vida desertada de los nómadas,
calima horizontal que aguarda en cada día.
Los ojos sin mesura que heredamos
otra luz prometieran, otros puertos,
palmeras bajo el malva de los trópicos,
y no asombrados arenales, rabia
cenital, arrecifes donde el tiempo
nos sepultó con dunas y distancia.
La misma que seguimos repitiendo
en páginas de sal,
y dromedarios,
lentas jorobas en la cal del sueño.
Qué mar os contaría, si pudiera,
si tras el próximo cuaderno, playas
y manos de coral y azul marino,
si la sal se agrietara en esta página,
y no en los labios que la atravesaron.

 

 

Caballería derrotada

Ya me voy pareciendo al diccionario
de los nombres que quise merecer y no supe.
De aquellos años idos no conservo una lápida
que diga el corto vuelo,
las frentes humilladas
de tantas sombras sin memoria, tantos
cobijos en los sueños.

Los libros de la edad enmudecieron
y no quedan testigos de ternura
que me sepan decir una plegaria
ronca por su derrota.

Como si nunca hubieran existido
y sin embargo...,
¡cuántas noches tristes
tras las sordas murallas del olvido!

El resto es fácil: árboles que ardían,
humo y cornejas, una oscura gruta
esperando al final de las jornadas:
la imperceptible huella del dragón
que allí nos devoró,
y hoy es nosotros.

 

 

Tifinagh

Como quien ve caer su propia ruina
descubro en mí la huella de un centauro,
abolida escritura del galope
de las centurias por mi voz de arena.

En carne fósil, bajo el mar del tiempo
se esculpe el friso de esta vieja historia,
secretos descubiertos por azar,
caballos tatuados en los sueños.

Leo y no entiendo el mundo indescifrable,
la usura de la sed en mis cuadernos.
Y ya se alza el simún, bastón de infieles:
mi piel es este enjambre de palabras

que el viento del desierto cada día
deshace para leerse en nuevo idioma
(sereba concisión de las tormentas:
arrecia su alfabeto en la sequía).

Y mis dedos son páramo profano
y la vida sin lluvia es la simiente
de la que brota el tiempo del acíbar:
la saliva de dios en las lenguas resecas.

 

 

Gagaku

Este ensalmo de viento y abedules,
esta alucinación, aguacero sonoro,
esta dulzura fue brisa en Cipango
hace un milenio. Y arrancó al cerezo
su flor final, estrella exhausta y sola
ante los pies de un músico de corte.
Con dedos temblorosos hacia el cálamo,
y de vuelta a los pliegos de las notas
dejó aquel día un rastro vertical
con que decir la lluvia, el charco, el cielo,
la alta caligrafía de los bosques.
Para que ahora la fugacidad
que describió desangelado un hombre
me atraviese y desande la distancia
desde lo que no existe a lo que huye
en esta absorta sala de conciertos,
y las perplejas filas
oigan sobrecogidas la lengua muerta,
la levedad sin tiempo de aquella tarde Heian
despeinándonos después de mil años
sin que sepamos explicar por qué,
ni cómo nos devuelve
de la nada el perfume de los tilos.

 

 

Jonás

Desde la entraña atroz de la ballena
Jonás, ebrio de abismo,
escuchaba la tempestad pasada,
sentía los relámpagos
con los ojos y oídos de su dios.
La eternidad era un instante en llamas,
el diamente imposible de la sombra.
Extraviado adentro,
letra en el vendaval de la palabra,
Jonás se abandonó al sacrificio.
Se supo altar, testigo, espada y sangre
en una historia que desconocía.
Ya sólo piedra hundida bajo el mar,
ya sólo nada,
    leve y dulce nada
en los desnudos reinos de la espuma,
animal de marea
bajo un cielo que azuleaba cerca.
Poco a poco reconoció sus manos,
las gaviotas,
                    la arena,
                                      el oleaje,
escuchó en la distancia
la sorda, infértil impiedad de Nínive
y se puso en camino sin tristeza.

 

 

En nombre de nadie

Sé que en nombre de nadie nace el verso,
que ni siquiera a quien lo curte y dice
representa, a pesar de la primera,
mentirosa persona que adorna.
Botánica verbal, del alma viene.
Conmigo, contra mí, a través de mí.
LLega a la página y se salva solo,
su raíz en abismos que no sabe,
poros abiertos a la luz silábica
que los dioses destilan en las rosas.

Si somos algo, somo sólo tierra,
blanda o volcánica, turba o arcilla,
roquedos o arenales donde el árbol
de la voz brota, se sostiene, medra
según nuestro espesor, nuestra simiente.

Si no he de ser un olmo, que el aliento
que habita en mí se esponje para el agua
mínima de los cardos o del ágave,
que no ceda a la escarcha, a la sequía,
y no deje agostar su savia frágil.

En la garganta y en los ojos dicen
los niños sus canciones, alzan manos
al aire que les llama. El mismo juego
contamos con palabras que la brisa
que nos deja entre los labios, telarañas
donde la carne canta la belleza
de ser el mundo y nada, semilleros
donde sólo germina
la vida que cedimos al azar.

 

 

 

Los poemas aquí presentados pertenecen al Libro de Olas. Primer poemario en español, editado en 2006 por la Ed. Elogio del Horizonte.

Eloy Santos (eloyjsantos@gmail.com) Nació en Salamanca el 5 de mayo de 1963. Poeta y escritor, es Licenciado en Filología Románica por la Universidad de Salamanca. Ha vivido en Roma durante la mayor parte de su vida, por lo que sus primeros poemas han sido publicados en lengua italiana, como es el caso del poemario “Nettunaria e altre poesie” (2002) y una selección poética en las antologías “Lingue di mare, lingue di terra” (1999) y “Omaggio alla poesia spagnola” (2004). Ganador del Primer Premio del Concurso Alonso de Ercilla con el poemario “Donde nadie dice” (2003).




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