Dylan Thomas: el palabreador*
Adrián Icazuriaga(*)

 

Prólogo

 

Conmemorando el sexto aniversario de la publicación de Dylan Thomas: El palabreador en la revista Posdata de Montevideo, y con motivo de esta reedición digital para Enfocarte.com, he pensado que sería oportuno dedicar unas palabras de reencuentro con el poeta galés y su obra; en esta ocasión desde una perspectiva más personal.

La primera vez que me topé con el nombre de Dylan Thomas fue en el invierno de 1996. Recuerdo que caminaba por la calle San Agustín de la ciudad de La Laguna -donde había decidido recluirme por algunos años con la esperanza de contraer la sabiduría, y fracasando a la postre al ser declarado inmune-, cuando vi en un escaparate un pequeño libro negro con una portada inquietante. Se trataba de una figura con camisa a cuadros, gafas de sol y un rastrillo. Por razones que me resulta imposible explicar, pensé que ese hombre representaba a un jardinero místico. Este no es un detalle menor, más allá de lo que pudiera parecer. Digamos que el sujeto estaba a medio camino entre el jardinero escocés de un cuento de R. L. Stevenson y el misticismo del propio Wittgenstein, que supo ejercer la jardinería con la dedicación de un filósofo. Además, como todo buen jardinero, pensé que aquel hombre no se encontraría demasiado lejos de un bar una vez terminada su faena, algo que resultaría casi premonitorio. Cuando compré el libro, y antes de ojear siquiera la primera página, ya me había convencido de que el autor era una persona extraordinaria.

Seguí mi camino y me senté en la barra de un café en la Plaza del Adelantado, no muy lejos de mi casa. Una primera lectura de Dylan Thomas puede dejar en cualquier mente joven un recuerdo imborrable, pero el hecho de descubrir a un autor por uno mismo siempre crea un lazo especial, una complicidad que rompe el aislamiento literario y devuelve a la palabra a su ámbito originario, lejos de la legitimación académica y el eco de las voces consagradas. Lo cierto es que en aquella primera hora penetré en un mundo de religiosidad primitiva y descarnada, de una adoración pagana hacia las fuerzas de la naturaleza y el motor de la corrupción. El hombre despertaba abrazado a las ancas de su creador, caminaba erguido hasta la hora del crepúsculo y aceptaba al fin sin cortapisas el estereotipo de un mundo interior, como si se tratara del único consuelo posible. El hecho es que en ese momento comprendí a Dylan Thomas por única vez, de forma directa y absoluta. Su vigor y riqueza verbal atravesaron la oscuridad de esos poemas como una luz cortante. De todo ello, lamentablemente, hoy en día sólo queda el tamiz impenetrable de una complejidad innecesaria, y una poesía arrebatada por la emoción y el artificio. Esto viene a confirmar por qué los hombres con los años tienden a la simplicidad o al escepticismo, y habitualmente lo primero es sólo una vaga consecuencia de lo segundo.

Algunos meses más tarde, al escuchar su propia voz recitando poesía para la BBC, cambiaría mi visión de la literatura inglesa radicalmente. Desde entonces, no pude volver a leer poesía en castellano. Cada vez que lo hacía, caía en el absurdo vicio de traducirla mentalmente al inglés para ver cómo sonaba.

Pero su obra no sólo me ha dejado este efecto negativo. Por Dylan Thomas he venido a creer que el amor a las palabras es lo más importante que se trasluce en la poesía y lo más difícil de enmascarar, aquello que distingue la honestidad de la verborrea compulsiva. Frente a esto, el sentimiento es sólo algo secundario. Las palabras son objetos frágiles, pero definidos, y como tales, no pueden reducirse a transmitir un estado mental, sino a contener de forma ardiente e inadvertida toda la atención del lector.

Dublín, 18/VI/2006

 

 

DYLAN THOMAS: El Palabreador

                                                "soy un caprichoso usador de palabras,
                                                                       no un poeta. Ésa es la verdad."
                                                                                          (Dylan Thomas)

 

El gato persa que Dylan Marlais Thomas nunca tuvo restregaba su lomo contra las patas de la mesa, mientras amanecía en el condado de Carmarthenshire. Efectivamente, aquella estevada casa sobre pilotes, levantada a orillas de un estuario en el corazón de Gales, carecía por completo de ratones; y el poeta lo sabía, aunque de vez en cuando diera un grito y se trepara a una silla ante la admiración de todos. Cuando las crecidas invernales del río Towy anegaban el jardín, tal vez se entretuviera apedreando los zarapitos o entrelazando nombres que rimaran con cada una de las colinas que se veían al este, en la margen opuesta del río, pero esta mañana no había nadie en la galería ni en el cobertizo, ni nadie sentado a la mesa garabateando nombres sobre tan arrebatador paisaje. No, aquella habitación estaba empolvada de silencio y sólo se inflamaba con los ronquidos de un hombre pálido y resacoso, que en el milagro de su impotencia, la noche anterior y sin saberlo, había comenzado a escribir dos de los poemas más hermosos de la lengua inglesa de este siglo. Corría el verano de 1951.

Dylan Thomas puede haber elegido la muerte de innumerables maneras a lo largo de su falsaria vida, pero sólo una lo llevó a confesar:

                                     I make this in a warring absence when
                                     Each ancient, stone-necked minute of love’s season
                                     Harbours my anchored tongue... [1]

 

I. Hacia el comienzo

Bajo, con el pelo rojizo ensortijado y los labios carnosos, ojos que resaltaban la expresividad a una voz de histrión shakesperiano con notables dotes de actor, Dylan Thomas, que a los cuatro años ya declamaba de memoria versos de Ricardo II sentado en las rodillas de su padre -una obra que le ocuparía años después siendo parte del elenco del Swansea Little Theatre- se propuso a sus diecisiete años representar el más ingrato de los oficios: el de ser poeta.

Nació en Swansea (Gales del Sur), una pequeña ciudad que conoció la prosperidad con el auge del comercio marítimo a comienzos de este siglo, en el número 5 de Cwmdonkin Drive y un 27 de octubre de 1914. Quien "antes de nacer ya sufría" estaba llamado a ser uno de los espíritus de su época. Tan lejos del criticismo intelectual de T. S. Eliot como de la poesía social que en los años 30 liderara W. H. Auden en Oxford, su poesía comienza a gestarse en el período de entreguerras con la inédita influencia de un surrealismo inglés y, en mayor medida, con el retorno de una religiosidad incandescente, donde se mezclan por igual imágenes de rica tradición celta con temas de ufano carácter bíblico o imbricada simbología sexual. Adelantándose a la tesis de George Oppen, el poeta embarca sus sentidos -y a menudo pierde el rumbo- en develar la "significancia cósmica de la anatomía humana". En una carta a Pamela Hansford Johnson afirmaba devotamente que "todos los pensamientos y los actos emanan del cuerpo. Por lo tanto, la descripción de un pensamiento o de una acción -por abstrusa que sea- puede ser comprendida llevándola al nivel físico. Toda idea, intuitiva o intelectual, puede ser imaginada y traducida en términos del cuerpo, su carne, piel, sangre, nervios, venas, glándulas, órganos, células o sentidos."

En una atmósfera exaltada, rayano en la grandilocuencia y la teatralidad, Dylan Thomas se deja manejar por las imágenes con el único presupuesto de atenerse al objeto musical [2]. El primer verso irrumpe como un vivo fogonazo: "Should Lanterns Shine", "Hold Hard, These Ancient Minutes in the Cuckoo’s Month", "O Make me a Mask" o "If my Head Hurt a Hair’s Foot". A partir de allí, el poema trabaja con una sucesión de imágenes contrapuestas, que aniquilándose unas a otras, se traslucen en sus primeros poemas de un marcado carácter opresivo. Si de algo adolecían entonces era de falta de continencia. Un esfuerzo que el Dr. Daiches refiere como "el intento de comprimir demasiado en demasiado poco espacio".

De todas formas, la impresión que nos queda a su lectura, más allá del tratamiento técnico de un estilo que poco nos importa, es la certeza, corroborada una y otra vez, de que aquel primer verso permanece indemne, y que el poema se desarrolla tan sólo como una posible interpretación de algo, de por sí, ya bastante oscuro. Sin embargo, en sus últimos poemas se avizora la claridad y la apertura como nota preponderante, y es en ellos donde el poeta alcanza su máximo esplendor. En obras como: "In the white giant’s thigh", "Fern Hill", "Poem in october", "Do not go gentle into that good night", "Elegy", "In country sleep" o "Poem on his birthday", recuerda y hace evidente aquella notable premisa de Frost: "From Delight to Wisdom" [3]

"Un diccionario de rimas, una pequeña selección de objetos naturales y un don de dos centavos para enhebrar palabras bonitas juntas, y uno puede escribir todo el día.

El hombre que dijo por primera vez Veo la rosa, no dijo nada, pero el hombre que por primera vez dijo La rosa me ve expresó una verdad maravillosa [...] en: "Mi sangre nace en las venas de las rosas",  le das a la rosa una vena humana y les das a tus venas la sangre de la rosa, y esto es una relación. "Soy su hijo" es poco comparado a "Soy su carne y su sangre". [4]

En cuanto al tema todos sus poemas son monográficos: humanidad en la naturaleza. Y cuando opta por la primera persona lo hace de forma impersonal, alejado de lo cotidiano, conservando únicamente cuento hay de sufrimiento, frescura o muerte en cada uno de los hombres, sus hombres. Él nunca caracterizó la vida privada en un poema, como lo hiciera por ejemplo Yeats en The Tower, sino que relegó sus datos autobiográficos para ser revividos como fragmentos de prosa, con su genio para la conversación, la improvisación de monólogos e historias, tanto en una locución para la BBC, como en una universidad norteamericana, un teatro o en el más ruinoso de los tugurios.

 

II. Una obra en marcha

Para aquellos que han crecido a la vera de una rica tradición religiosa y cultural, rica en cuanto variadas son las posturas dentro del protestantismo, desde protestantes-inconformistas, metodistas-disidentes y predicadores salmistas que han hecho tronar su reclamo en todas las capillas de Gales desde el siglo XVII, podría resultar tentador y a veces fraudulento, apostatar la fe religiosa para convertirse en bardos de una "nación musical". Una postura más cercana al paganismo, con su sincrética visión del hombre y la naturaleza, ante el pasaje de las estaciones, los ríos y la muerte, que a cualquier doctrina teocrática. Hecho éste que por otra parte, significaría retrotraerse a tiempos anteriores a Cromwell y la Reforma. Esta recreación de una conciencia pagana en las primeras décadas del siglo XX, marcó uno de los aportes de Dylan Thomas a la poesía.

Precedido e influenciado por dos ilustres detractores de las "viejas costumbres", como lo fueron su contemporáneo, y polémico escritor anglogalés, Cardoc Evans, autor de varias novelas y una obra de teatro (My Neighbours), que entre otras escatologías afirmó: "Gales podría ser una tierra más prometedora y cristiana si cada iglesia fuese quemada para construir sobre sus cenizas una taberna"; y la primera persona que tuvo conciencia de su enorme talento, ya en la temprana juventud, y que  posteriormente abarcaría una definitiva influencia, posiblemente la única, en toda la obra de Dylan: su padre, D. J. Thomas. Escritor frustrado, licenciado en filología por la universidad de Aberystwyth, daba clases en la Swansea Grammar School a la que asistió Dylan entre 1925 y 1931.

Fútil nos podría parecer, y hasta gratuito, querer trazar un paralelismo entre Dylan Thomas y Henry James, si bien es cierto que los dos escritores se dedicaron al ejercicio de su Arte con la meticulosidad de un esteta, pero no siendo casualidad que "el Maestro" concibiera el mundo ideal como un hospital de lujo y que el poeta de Gales muriera alcoholizado en una taberna de Nueva York, confiamos en que el placer de elucubrar nos lleve a golpe de inferencias desde un muladar hasta los salones de Babilonia. Pero en este caso, y sin pecar en la adocenada interpretación que de la muerte de Thomas hacen la mayoría de sus biógrafos, hay, es cierto, un claro paralelismo en el rol de sus respectivos padres. Y esto es así, en cuanto que los inmediatos ascendentes de ambos escritores tuvieron una destacada influencia de "liberalidad-religiosa" en aquellas mentes jóvenes y receptivas, cuando éstas recién despertaban a la complejidad del mundo. En pocas palabras, el padre de Dylan Thomas, al igual que el de Henry James, tal vez no legaran la definitiva respuesta a sus inquietudes de índole moral o religioso, pero sí les dejaron, y esto es quizá mucho más importante, la libertad formativa y la vasta herencia de una cultura. Algo que el escritor norteamericano siempre supo agradecer; sumado a la cuantiosa herencia que le tocara recibir de su abuelo, un fiel seguidor de la iglesia presbiteriana (tres millones de dólares de la época), lo enfrentaba a la vida con la única preocupación de un creador por su obra. Es decir, se completó con la tercera generación de los James un círculo, que para mayor gloria de la psicología humanista, forman las necesidades materiales, las necesidades espirituales, y las necesidades intelectuales y artísticas.

Para desgracia de nuestro doncel galés, su abuelo, Evan Thomas, fue, es y será un pobre pastor congregacionista de la aldea de Johnstown, y lo único que sobrevivió a su descendencia bien puede haber sido una cierta pasión por la sopa con croutons. No le quedaba, pues, otro remedio que salir a venderse, con toda su gracia y su moldura, sin un centavo en el bolsillo, primero a Londres y luego a los Estados Unidos, donde completó cuatro giras leyendo poesía en auditorios repletos de quinceañeras enamoradizas y entomólogos jubilados.

De no haber sido así, probablemente no habría escrito Under Milk Wood, pero tampoco habría asistido a su última tertulia en la "White Horse Tavern". Por lo evidente nos apresuramos a agregar que Dylan Thomas no era un chico de Harvard como Eliot, y, para colmo de males, cuando le tocó ir a Londres, allí ya no estaba Ezra Pound.

Ya finalizada su formación básica, y sin demasiados honores, a excepción de una destacada puntuación en el examen final de lengua inglesa, Dylan abandona la Swansea Grammar School e ingresa como reportero de un periódico local, el South Wales Daily Post. Empleo éste que obtuvo gracias a la mediación de su padre, quien por aquel entonces ya se habría resignado en sus pretensiones de enviar a Dylan a Oxford. Las ambiciones filiales no pasaban por aquella ciudad, ni tampoco por el South Wales Daily Post: Reportes funerarios redactados con la precisión de un paisajista, críticas de cine y teatro alternativamente insultantes y siempre cínicas, donde los personajes más reputados de la escena galesa eran vapuleados hasta el cansancio, hecho que normalmente sucedía mucho después de que el involucrado soltara el periódico y empuñara el teléfono, pidiéndole explicaciones al Editor en Jefe, al Jefe de Reporteros y a las Doce Parcas.

Su breve y tumultuoso pasaje por el periodismo ha legado a la posteridad sólo dos cosas: The Antelope y su afición al escándalo. El primero figuraba entre sus bares favoritos, cuando después de una jornada de trabajo dejaba la redacción y se encaminaba hacia el puerto, envalentonado y con un Woodbine en los labios, a escuchar la retahíla de historias contadas por marineros ingleses, entre tufaradas de alcohol y prostitutas avejentadas. La resaca de tales borracheras le serviría de inspiración tiempo después para escribir el cuento "La vieja Garbo", que apareciera formando parte de su "autobiografía provinciana": Portrait of the Artist as a Young Dog (Retrato del artista cachorro) en 1940.

Esta colección de cuentos nos presenta a un Dylan estereotipado, con la divisa del adolescente que viviendo en la ciudad, hijo de una clase media inglesa que en otra época nos diera a Keat y a Browning, se vuelve al campo en busca de inspiración y del lugar idóneo donde concretar sus desaguisados. En un marco de granjas familiares, animales silvestres que son sistemáticamente perseguidos, cuando no exterminados, graneros, colinas y trifulcas de todo tipo (una de ellas intitulada "La Pelea", contra el músico Daniel Jones), Dylan Thomas se explaya y nos lleva a la emoción cuando contemplamos su inocencia desde la perspectiva de una vida que resultara comparativamente trágica.

Los diez cuentos que integran esta antología están escritos sin afectación y con la magia característica del autor, alternando con desigual fortuna cada uno de ellos, entre la primera y la tercera persona. Como ejemplo de su estilo bástenos citar este fragmento de "Los Duraznos":

"Entramos en el patio de la granja de Grosehill; resonaron los adoquines y los establos negros y vacíos recogieron el sonido ahuecándolo, de modo tal  que hicimos alto en un vacío círculo de oscuridad; y la yegua fue entonces un animal hueco, y me pareció que nadie vivía en la casa hueca, al final del patio, salvo dos palos con rostros tallados como nabos...

El frente de la casa era el costado de una concha oscura y la puerta de arco un oído que escuchaba. Empujé la puerta y salí del viento, entrando en el pasillo. Era como si después de haber estado caminando por la noche hueca y al viento, atravesara una alta concha vertical, hacia la costa de un mar interior. Al final del pasillo se abrió una puerta; vi los platos en los anaqueles, la lámpara encendida sobre la mesa larga cubierta de hule: <<Prepárate a reunirte con tu Dios>> bordado sobre la chimenea, los sonrientes perros de porcelana, el castaño ennegrecido, el reloj vertical, y entré corriendo en la cocina y me eché en los brazos de Annie".

Una reseña aparte merecerían sus Relatos completos [5], y si hemos de destacar alguno nos quedaríamos con tres. En “Los Huertos”, el autor, el héroe, un recolector de manzanas, sueña con una mujer espantapájaros y su hermana de carne, una estaca, que protege la colina donde se yergue su círculo de árboles frutales. Ella le señala los árboles que arden y los pájaros que vuelan. Al despertar, Marlais, el héroe, emprende un viaje mítico a través de once huertos, hacia el oeste y hacia el mar. Con el atardecer del tercer día llega al onceavo huerto y merienda con las dos hermanas en un círculo de manzanos, sobre una montaña de carbón. El fuego que crepitaba en los árboles ya se había extinguido y la amante del poeta era un espantapájaros de púas.

En “El Visitante”, la agonía de un hombre se puebla de fantasmas. Desde el crepúsculo hasta el alba de su último día recorre el valle de Jarvis en brazos de un espectro, ve secarse los ríos que azogaban las rocas, ve la crisálida detenerse en el aire. Al amanecer le pregunta a su esposa por qué le cubre el rostro con una sábana.

En “El Niño en Llamas”, un clérigo comete incesto con su hija y lleva al pecado de la carne para quemarlo sobre un matorral de aulagas. La expiación es asumida con esta frase: “la muerte recostó las flores oscuras”.

Con dieciocho años recién cumplidos y tras año y medio de trabajo en el periódico, el joven de Swansea decide que ha llegado la hora de consagrarse de lleno a su "Arte u hosco oficio"; dispuesto y apresurado, abandona el empleo de reportero y literalmente se encierra durante los próximos cinco meses en su habitación del Nº 5 de Cwmdonkin Drive. Comenzando una ininterrumpida labor con el lenguaje que le llevaría a completar en dos años más de cinco cuadernos de poesía y cientos de borradores, o como el poeta gustaba llamarlos: "hojas de trabajo". Estos cuadernos se editaron póstumamente bajo el título de Poet in the Making: The Notebooks of Dylan Thomas (Ralph Maud, Dent 1968), los originales fueron adquiridos por la Universidad de Texas.

Encapotado con una larga bufanda y un sombrero tirolés, un joven de aspecto ensimismado viene bajando por las desoladas rocas del Gower en una fría mañana de invierno, allá por el mes de octubre de 1933; entre brezos y colinas, serpentea el camino varias millas antes de ensancharse ante los límites de la ciudad. Como Stephen Dédalus despertando a un sueño entre almohadones y cenizas con un cancioncilla en los labios: "Are you not weary of ardent ways...?" [6], nuestro joven ansía llegar a su cuarto para esbozar en cualquier trozo de papel, entre tostadas, mantequilla y moscas de la fruta, los versos en que ha conspirado por igual una resaca, Dios y Gales:

                      "The force that through the green fuse drives the flower
                        Drives my green age; that blasts the roots of trees
                        Is my destroyer.
                        And I am dumb to tell the crooked rose
                        My youth is bent by the same wintry fever".[7] 

 

El resultado inmediato de este impulso fue que sus poemas comenzaran a aparecer en las revistas más prestigiosas del momento, Adelphi (en la que colaboraban por aquel entonces escritores de la talla de D. H. Lawrence, Tolstoy y H. M. Tomlinson, entre otros), el suplemento literario del periódico The Sunday Referee publicó varios poemas suyos entre 1933 y 1935, en las revistas New Stories, New Verse, Life and Letters Today, The Criterion (dirigida por T. S. Eliot) se publicaron poemas y cuentos que luego ampliaría en sus tres primeros libros: 18 Poemas (1934), 25 Poemas (1936) y, en agosto de 1939, El Mapa del Amor. En febrero de 1946 la editorial Dent saca a la venta el libro Defunciones y Alumbramientos que incluye más de veinte poemas, entre ellos algunos de sus textos fundamentales: "A Winter’s Tale", "In my Craft or Sullen Art" o "The Conversation of Prayer". Obtiene el Poetry Book Prize en 1934, otorgado por el Sunday Referee, en 1952 el Premio de Poesía William Foyle y en 1953 el Premio Internacional de Poesía Etna-Taormina, que lo convertirían en el poeta vivo más importante de Inglaterra.

 

III. Desde el final

"¿Funciona este micrófono?, es uno de mis temores hablar a un micrófono que no funcione, y aquí estoy, vocalizando en el vacío... ¡Ni un alma me escucha!, uno de esos sueños kafkianos que le ocurren a todo el mundo,  ¿podéis oír algo, o grito?, ¡No pueden! ¡Lo sabía!, sabía que estaba destinado a ocurrir algún día. Bueno, esto no es una lección, sólo una lectura de poemas... (¿pueden oírme?, ¿está funcionando esta maldita cosa?, ¿se supone que debe funcionar?; de acuerdo, voy a hablar para que todo el mundo me pueda oír sin el micrófono, vamos a hacerlo sin estos malditos aparatos) -aplausos-. Esto es una lectura de poemas con algunos breves comentarios entremedio, que de todas maneras podrían no ser necesarios. Hay suficiente teoría poética ocurriendo aquí para que les dure por todas vuestras vidas, pero no queréis eso de mí. Tal vez podría manejar apropiadamente... preferiría manejar inapropiadamente una lección sobre poesía pero yo leo sólo los poemas que a mí me gustan, y no digo que sean buenos, lo cual significa por supuesto que tengo que leer muchos que no me gustan antes de encontrar los que me gustan, y cuando encuentro los que me gustan lo único que puedo decir es: aquí están. Todo lo que puedo hacer es leerlos en voz alta, para mí mismo o para cualquiera arrinconado voluntariamente como lo están ustedes... Voy a leer algunos poemas de Yeats, Hardy, Auden, los he elegido porque son directos y claros (espero que hayan sido oídos), y gradualmente iré descendiendo en mí mismo... -risas-, e incluso mi madre no podía decir que mi mente estuviera lúcida, y cuando digo incluso quiero decir especialmente mi madre -risas-. De paso, espero que nadie se vaya... y,  por favor, que nadie haga ninguna pregunta. No me importaría contestar, pero no puedo. Inclusive a tan simples preguntas como: ¿cuál es la relación entre la poesía, la sociedad... y la era pre-hidrógena? -risas-. Me gustaría ser capaz de responder preguntas fluidamente, ser capaz de hablar con brillantez, templadamente -risas-, pero, tan pronto como comienzo, tan pronto como... fantasmalmente, inarticuladamente atascado me lanzo a mí mismo en una frase que sé que no podré terminar nunca (como esta frase que ni siquiera he hecho) -risas-.

Me descubro pensando en otras respuestas a otras preguntas, inclusive más interesantes que las preguntas supuestamente en discusión, de tal materia eh... Rilke y el patrón oro; Charles Morgan [8], mi personaje favorito de ficción -risas-; si cada hermafrodita o esquizofrénico ¿qué mitad les gusta? -risas-; o la influencia de W. C. Fields sobre Virginia Woolf -risas-..." [9]

Un hombre gordo y desaliñado ha irrumpido a grandes zancadas en el escenario, cruzando una rápida mirada al público inclina hacia atrás la cabeza y bebe un sorbo de agua. Había venido desde el este y más allá del este desde Gales, regando de poesía estos estados durante los últimos cuatro meses, todos oirían hablar de él y lo esperaban, de universidad en universidad, de colegio en colegio.

Aquella noche en Los Ángeles, posiblemente al final de su segunda gira, seguramente en la primavera de 1952, frente a más de mil estudiantes y tras dos horas y media de lectura, un inspiradísimo Dylan Thomas inventó a Thomas Hardy y, con gran generosidad, le dio vida a W. H. Auden. Prodigando su voz de tenor por todos los rincones recitó como si educara  a una nación de salmistas, transcribió a Lawrence, rescató a los isabelinos y a los raros, leyó a Yeats antes que a Eliot y a W. H. Davies antes que a Wordsworth, prefirió los obscenos a los metafísicos y, cuando se dio vuelta, un año y medio después, se vio súbitamente sentado en un aula vacía. 

Dylan Thomas murió el 9 de noviembre de 1953 a las 12:40hs en el Hospital St. Vincent de Nueva York, cuatro días antes había entrado en coma etílico mientras se hospedaba en su habitación del Hotel Chelsea. El 25 de octubre, en el Poetry Center de N. Y., acudió al estreno mundial de su comedia para voces Under Milk Wood. Dylan Thomas, la primera voz, conmovió a un público entregado hasta el arrobamiento, sacudiendo el auditorio desde un silencio hasta otro silencio y como no quedara ya nada más por decir, avanzó entre la muerte: "for as long as forever is" [10]

Punta del Este, 27/IV/2000

- Leer In Country Heaven: un plan -
- Leer Poemas de Dylan Thomas -

 

BIBLIOGRAFÍA

Dylan Thomas, Collected Poems 1934-1953. Ed. by Walford Davies and Ralph Maud. Phoenix, London 2003.
Dylan Thomas, Retrato del Artista Cachorro. Seix Barral, 1984.
George Tremlett, Dylan Thomas: Amparado por la gracia., Circe, 1996.
Dylan Thomas, The Poems. Ed. and introduced by Daniel Jones. J.M. Dent.
Dylan Thomas, Poemas 1934-1952. Colección Visor de Poesía.
Dylan Thomas, Cartas. Ed. de la Flor, Bs. As., selección de Constantine Fitzgibbons.
G. S. Fraser, Dylan Thomas. The British Council, Longmans, Green & Co, 1957.
Dylan Thomas, Relatos Completos. Vol. I y III, Ed. Mondadori, Barcelona, 1998.
Dylan Thomas, Bajo el Bosque de Leche. Trad. de Victoria Ocampo y Felix Della Paolera. Ed. Sur, Bs. As, 1959.
Dylan Thomas, Reads. Caedmon Records.   


*Artículo publicado originalmente en la Revista Posdata, suplemento cultural Insomnia Nº 128, Montevideo, mayo de 2000.

[1] Hago esto en una reñida ausencia cuando / cada antiguo, pétreo minuto acogotado de la estación del amor / fondea mi enraizada lengua...

[2] Algo que la catalogaría como melopea (o melopoeia) según los géneros poéticos de Pound.

[3] Robert Frost, poeta norteamericano, haciendo referencia al ideal movimiento de un poema: "del deleite a la sabiduría".

[4] v. Carta a Pamela H.J., Noviembre de 1933.

[5] The Collected Stories (Dent, 1983)

[6] "¿No estás cansada de ese ardiente afán...?". James Joyce, Retrato del artista adolescente.

[7] "La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor/ Impulsa mis verdes años; la que agosta la raíz del árbol/ Es la que me destruye./ Y yo estoy mudo para decirle a la rosa doblada/ Que dobla mi juventud la misma invernal fiebre".

[8] Novelista inglés, autor de “Retrato de un espejo”.

[9] Transcripción del Autor.

[10] "por tanto tiempo como lo es para siempre".

 

(*) Adrián Icazuriaga (Punta del Este, 1975). Estudió física teórica para adquirir un método, ahora estudia filosofía para deshacerse de él. Vive en Irlanda.
Puedes encontrar otros ensayos del autor en: www.altarwise.blogspot.com
Contacto: icazuriaga@gmail.com

 




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