Campanadas de Piedra
Las desventuras de Emiliano Piedra; ambulante, proyeccionista y productor de Orson Welles
Por Naila Vázquez Tantiñá


 

Bajo la sospecha del elevado grado de olvido al que han sido relegados nuestros cineastas pioneros, sería deseable que, de vez en cuando y  sin la necesidad de una efeméride concreta, fueran recordados, sobre todo pensando en aquellos que se acercan hoy día al cine. Hay que recalcar, una y mil veces, que pese al genio e ingenio de un director, una película la hacen muchísimas manos y sudores: la hace la creatividad, el arte en suma,  pero también el espíritu práctico y las triquiñuelas alocadas… Aunque como dice David Trueba lo que nos queda de toda una película es sólo la sensación general que al final nos llena (he ahí la magia del cine) o nos deja indiferentes, pero para que ésta haya llegado hasta nuestros sentidos ha hecho falta mucho…

Campanadas a medianoche fue una película rodada por Orson Welles íntegramente en España y es, según algunos, la mejor adaptación o recreación del genial cineasta a Shakespeare.  Después de que los productores norteamericanos le rechazaran, Welles encontró uno dispuesto a cumplir un sueño que llevaba más de diez años persiguiendo: Emiliano Piedra. Para ello el productor español hizo todo lo imaginable. Para empezar, para que fuera más fácil burlar la censura, intentó buscar una coproducción con algún país europeo, cosa usual del cine español en tiempos del Caudillo. Así que Piedra se fue hasta la lejana Suiza, a Zúrich, dónde él mismo inventó una supuesta productora fantasma, Alpine Filma Productions que sigue figurando en los créditos y queda a la película aún hoy la nacionalidad española-suiza. Además de endeudarse con más de un banco madrileño e invertir realmente mucho menos que lo que figuraba, por su emoción en trabajar con un director de culto como Welles , cedió a sus exigencias y el rodaje, que se paró a las doce semanas (ese era el plan de trabajo inicial), consiguió reanudarse gracias a contar con un contrato con Harry Saltzman, un adinerado productor de las películas de James Bond. Finalmente Saltzman no pagó, pero sirvió como aval ante los bancos y la película se terminó, rodando el primer plano en octubre y el último en junio.

Piedra tardó más de un año en arreglar sus finanzas, pero según él todo mereció la pena ya que la película llegó a estrenarse. Emiliano Piedra, un hombre campechano donde los hubiera, que no sabía inglés y se limitaba ante interlocutores extranjeros a repetir su castellano de Madriz  pero en un tono más elevado, fue de los pocos productores capaces de enfrentarse, cunado fue necesario, al genio de un Welles. Cuenta la que fue su mujer, la actriz Emma Penella, que Piedra estuvo avisando a Welles que hasta el lunes tenía el decorado montado, pero Welles sin hacerle el más mínimo caso  apreció el mismo lunes y se encontró con que Piedra, tal como había advertido, había mandado destruirlo. Después de rendir buen homenaje al shakesperiano papel de Falstaff y encerrarse en su habitación con un par de botellas de coñac y el teléfono descolgado, Welles volvió a centrarse en la película y pese a los contratiempos él y Piedra siguieron en su empeño para con la película y con su apasionada amistad.

Emiliano Piedra fue un productor al que muchos directores de hoy agradecerían tener. Para él el cine era su forma de ganarse la vida pero también su pasión y, aunque produjo y distribuyó películas muy comerciales (aquel cine marcado por las canciones de Jorge Negrete o Imperio Argentina o filmes como Lulú con Marujita Díaz, Javier Setó 1962), también intentó distribuir en España películas de mayor valor cinematográfico pero menos público en su propio cine,  los cines Luna casi a tocando a la Gran Vía madrileña. En sus últimos años, a parte de perder mucho dinero con la sala de cine, se embarcó en otra empresa considerable: llevar al cine Bodas de Sangre (1981), la obra de García Lorca para la que el bailarín Antonio Gades había creado un ballet que se representaba en el teatro de la Zarzuela. El mismo productor se puso en contacto con el director Carlos Saura para que la dirigiera y gracias al ingenio de los tres, consiguieron hacer del ballet un largometraje insertando imágenes de los ensayos y la preparación. La película, aunque aclamada, no logró distribuirla en las salas comerciales, excepto en Francia dónde sí tuvo éxito de público. Un par de años más tarde siguió el mismo camino y se propuso producir Carmen (1983), adaptación de la ópera de George Bizet y obra de Prosper Merimée, nuevamente con Gades y Saura. Completó la trilogía con El amor Brujo (1986), versión de la homónima obra de Gregorio Martínez Sierra y música de Manuel de Falla. Estas dos últimos tuvieron mucho éxito fuera de España, donde según el productor, resultaban muy exóticas.

Puede que Emiliano Piedra fuera uno de los mejores ejemplo de cómo el cine de nuestro país ha tenido que sobrevivir gracias al ingenio de muchas personas que han querido creer en él. No estamos hablando de gobernantes, de censores o de cualquier autoridad sino de aquellas personas, hoy casi anónimas, que arriesgaron su dinero y casi su vida a hacer que el milagro del cine llegara también a nuestro país y hasta se realizara un cine propio. Piedra, muerto hace unas semanas, empezó como auxiliar de contabilidad en Magister una distribuidora de películas en 16, en la que aprendió en sus ratos libres a hacer funcionar los proyectores y toda la parte técnica. Gracias a eso se convirtió poco después en ambulante, es decir que cargado de un proyector, los altavoces y demás, se subía a un coche de línea y andaba ofreciendo películas por los pueblos cercanos a Madrid. Las salas de baile eran ocupadas por la pantalla y todo el pueblo se congregaba ante ellas, como nos muestra uno de los mejores filmes españoles El espíritu de la Colmena (Víctor Erice 1973), donde la pequeña Anna Torrent ve en el improvisado cine al monstruo Frankenstein (James Whale 1931).  Eso mismo hacía Piedra e incluso para moverse entre los pueblos debía valerse de mulas o borricos ya que el coche de línea sólo reanudaba el trayecto a Madrid el domingo. Así fue la vida del madrileño productor, prácticamente toda ella dedicada al cine y que por desgracia parece que está casi condenada al más frío de los olvidos.

 

 




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