La sociedad global de la información
Por Armand Mattelart



Un mundo sin muros

Horizontalidad, transparencia, fluidez, flexibilidad, autonomía de los actores, civismo: este prêt-à-penser* que se ha tejido en torno al paradigma, definitivamente central, de la empresa en cuanto propietaria del criterio de iniciativa y de rendimiento, se apoya, él también, en la creencia en el poder de las tecnologías informacionales (también llamadas tecnologías de la coordinación) para trastornar de cabo a rabo las relaciones sociales. El credo de la empresa-red, de fronteras porosas y difíciles de abarcar, enumera los nuevos valores gerenciales destacando el contraste con la figura opresiva del modo de organización cerrado, compartimentado y escalafonado del régimen fordista.

La estabilidad de las formas de organización y dirección jerárquica y la perennidad de la localización geográfica del poder se esfuman ante el imperativo de la adaptabilidad constante y la tendencia a deslocalizarlo todo. El poder se hace proteiforme y entra en una metamorfosis permanente.

Integración y ubicuidad son palabras claves. La trasgresión de las fronteras es su corolario, ya sean físicas o funcionales. Lo local, lo nacional y lo global encajan. Se piensa en la concepción, la producción y la comercialización de forma sincrónica. El continente y el contenido, el hardware y el software, se abrazan. Este racimo fusional tiene su neolengua: glocalize, neologismo acuñado por los directores japoneses para referirse a la circularidad local/global; intermestic, inventado por los futurólogos norteamericanos para expresar la disipación de la línea de separación entre el espacio internacional y el espacio interior (domestic); «coproductor» o «prosumidor», que consagra al usuario como miembro de pleno derecho en el proceso de producción.

La noción de red es el nuevo proteo. La empresa-red se convierte en símbolo del fin de la contradicción entre trabajo y capital que ha condicionado la era industrial. Según la tesis del sociólogo Manuel Castells, sólo permanecen en liza los trabajadores en red erigidos en clase dirigente, por ser portadores del «espíritu del informacionalismo». Se vacía así al cibermundo de sus agentes sociales y el proceso de trabajo sólo se ve a través de la relación técnica. Aunque, quiérase o no, el modo de desarrollo informacional sigue «siendo elaborado por, y puesto al servicio de, un conjunto de relaciones de propiedad con fines de acumulación, y no a la inversa» (Garnham, 2000, pág. 70).

La otra cara de la moneda. En el seno de la empresa: la presión sobre el asalariado sometido a prueba por un proyecto gerencial que debe llevar a cabo; el «formateo» de ese mismo asalariado gracias al perfeccionamiento de los métodos con vistas a conocer su personalidad y evaluar su capacidad de adaptación a determinados requisitos; la perpetuación de los procedimientos de organización industrial que imponen sus ritmos y se extienden a los oficios de los servicios, enfrentados a una fuerte competencia; la explotación de las obreras de las cadenas de montaje de la industria electrónica en las zonas francas, etc. Fuera de la empresa: el modelo gerencial que sirve de norma a la nueva «sociedad de control». Un control a corto plazo, de rotación rápida, pero continua e ilimitada, sucesora de los mecanismos de coacción de las sociedades disciplinarias (Deleuze, 1990; Deleuze y Guattari, 1991). Mecanismos represivos que, para los excluidos del sistema tecno-global, siguen siendo el horizonte de todos los días.

Un mundo sin leyes

La razón gerencial es la «versión técnica de lo político» (Legendre, 1997). La libertad de expresión ciudadana se ve obligada a cederle la mano a la «libertad de expresión comercial», es decir a dejar paso a la penetración de la market mentality en todos los intersticios del espacio público. Así se naturalizan la noción neopopulista de global democratic marketplace y, con ella, los tópicos sobre la libertad de palabra y de elección del individuo. Un individuo en ingravidez social. La definición de la «diversidad cultural» se transmuta en pluralidad de ofertas de servicio a consumidores de libre albedrío. Es el vocabulario utilizado en los informes Bangemann, por ejemplo. Los argumentos del lobby de las industrias de la información contra la Directiva europea sobre protección de datos individuales son del mismo jaez. «Las restricciones en nombre de la protección de la vida privada no deben permitir que se impida el ejercicio del derecho a los negocios (legitimate business) por medios electrónicos tanto en el interior como en el exterior de las fronteras» (Eurobit y otros, 1995).

La libertad de comunicación no debe sufrir entredicho alguno. Las reservas que cabe expresar en relación con esta concepción de la libertad pronto serán tachadas por los grupos de presión de intentos de restauración de la censura. Sólo la sanción ejercida por el consumidor en el mercado de la libre oferte debe regir la circulación de los flujos culturales e informacionales. El principio de autorregulación deslegitima así cualquier tentativa de formulación de políticas públicas, nacionales y regionales en esta materia. No encuentran clemencia ni los interrogantes sobre el papel que ha de jugar el Estado en la organización de los sistemas de información y comunicación con el fin de preservar las vías de la expresión ciudadana de las lógicas de la segregación frente al mercado y a la técnica, ni aquellos que se refieren a la función de las organizaciones de la sociedad civil como factor de presión decisivo para exigir de la autoridad pública este arbitraje. El mundo se metamorfosea en «comunidades de consumo» (consumption communities). El término de comunidad, desde luego, jamás ha sido utilizado de forma tan indiferente y hueca.


El Estado mínimo

«El siglo XX no ha sido más que un paréntesis estatal [...] Respondemos a la pregunta de la pobreza diciendo que, cuanto más libremente funciona una economía, cuantos más empleos crea, mejor remunera a sus asalariados y menos pobres crea [...] La intervención del Estado sólo es necesaria en los ámbitos del ejército, de la policía y de la justicia. Todo lo demás puede gestionarlo el sector privado. Para mí, está claro que la nueva economía está en línea con este proyecto de libertad». Es lo que piensa un responsable del Cato Institute, think tank en la órbita de la corriente libertaria, el más radical dentro de la familia neoliberal. Doctrina única sobre las redes: la aplicación del derecho comercial común ( Boaz, D., «Entretien», Le Monde. Cahier économie, 25 de enero de 2000)

Otro testimonio: el del presidente de ATT que no duda en dar lecciones a los delegados gubernamentales ante la conferencia Telecom 99, organizada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones en Ginebra: «La revolución global de las comunicaciones puede ser la primera revolución en la historia en la que no hay perdedores [...] Su motor son las fuerzas de la competición y de la tecnología. Una nueva tecnología genera una nueva competición. Y una nueva competición genera a su vez una nueva tecnología. Así es como trabaja cualquier mercado libre. En el mercado de las comunicaciones, la industria es la que debe proporcionar la tecnología y la competición. La política pública, por su parte, debe crear el entorno que permita que el motor funcione sin tirones, un entorno en el que la nueva tecnología y la nueva competición puedan entrar en el mercado sin ninguna obstrucción [...] Una vez creado el entorno para la competición, los reguladores deben dar pruebas de control de sí mismos y mantener las manos fuera del motor. Es preciso, pues, que cambie la perspectiva de la regulación».

Más concreto en sus esfuerzos de lobbying, el think tank conservador Progress and Freedom Foundation ha propuesto en su informe La revolución de las telecomunicaciones: una oportunidad para Estados Unidos que la propiedad del espectro electromagnético deje de considerarse como un «bien común» gestionado por las autoridades públicas y se convierta en propiedad privada. Los titulares de licencias de emisión se convertirían así en propietarios de su porción de frecuencias que serían libres de utilizar, desarrollar y vender según sus estrategias comerciales, y el resto del espectro pasaría a ese nuevo ámbito de «propiedad privada electrónica». De tal modo que los órganos de regulación públicos resultarían obsoletos. El argumento: estimular usos de frecuencias más innovadores, mediante el juego de la mano invisible de la oferta y la demanda. Esta filosofía de autorregulación que se pone en manos de los intercambios en el mercado no deja de recordar la que prevalece en el nivel de la protección del medio ambiente en el que los agentes privados se intercambian los derechos a contaminar. (Amstrong, M., «Technology and Public Policy. The Global Communications Revolution», Address delivered as the Public Policy Keynote, Telecom 99, Ginebra, 11 de octubre de 1999)


El archipiélago de las resistencias: el tecnoapartheid

Junto con la transparencia, el igualitarismo es uno de los temas manejados por las tecnoutopías. La creencia en una nueva edad ateniense de la democracia alimenta la esperanza de salir de la espiral de la pobreza. Sin embargo, la principal enseñanza que suministra la historia es que, en el transcurso de la construcción de la economía-mundo, las formas sociales que han adoptado las redes no han dejado de ahondar las distancias entre las economías, las sociedades, las culturas repartidas según la línea de separación del desarrollo (Braudel, 1979; Wallerstein, 1990). Las evidencias que empiezan a acumularse obligan a relativizar el despegue de las profecías sobre el poder de las herramientas reticulares para conmover las jerarquías y hacer que retrocedan las lógicas de segregación.

En su conferencia general celebrada en octubre de 2001, la UNESCO ha llegado a plantear el problema en el plano de las exigencias de una «infoética» y a considerar las disparidades existentes ante las nuevas tecnologías como el punto de partida de sus recomendaciones sobre «la promoción y uso del multilingüismo y el acceso universal al ciberespacio» sin los cuales el «proceso de globalización económica sería culturalmente empobrecedor, no equitativo e injusto» (UNESCO, 2001). Ha recordado, en esa misma ocasión, que «la educación básica y la alfabetización son prerrequisitos para el acceso universal al ciberespacio». Idénticas preocupaciones sobre la desigualdad han decidido a la institución internacional a organizar, conjuntamente con la Unión Internacional de Telecomunicaciones, una «cumbre mundial sobre la sociedad de la información», en el año 2003, en Ginebra, para discutir acerca de la necesidad de «regulación global», en relación con el carácter de «bien público global» que deberían tener la información y el conocimiento, como parte esencial de una esfera pública. En su Informe Mundial sobre el desarrollo humano para el año 1999," el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) había llamado la atención sobre la creciente marginalización informacional de una mayoría de países y, en el interior de cada país (cualquiera que sea el continente), la existencia de la línea de separación entre los info-ricos y los info-pobres, la fractura digital, o digital divide, (PNUD, 1999). «El internauta tipo –según podía leerse- es un hombre menor de treinta y cinco años, titulado superior, que dispone de elevados ingresos, vive en ciudad y habla inglés». En África del Sur, sin embargo bien dotada en comparación con el resto del continente, numerosos hospitales y las tres cuartas partes de los establecimientos escolares carecen de líneas telefónicas. Más sencillamente, podría añadirse el hecho de que, cuando están titilando las promesas de infopistas, ¡multitud de países o regiones del planeta están desprovistos de una red nacional de carreteras medianamente digna y más de seiscientos mil pueblos carecen de electricidad! De las trece mil aldeas del campo senegalés, apenas tres mil cuentan con líneas telefónicas y cerca del 65% de la población todavía es analfabeta. Por no hablar del hecho de que, hoy en día, igual que en el siglo XIX en que Londres fue lugar de paso obligado para las redes transcontinentales del sistema mundial de cables submarinos, los Estados Unidos se han convertido en la encrucijada por la que han de transitar necesariamente los internautas de los países menos favorecidos para conectarse entre sí. Los más pobres pagan por los más ricos. Cuando un norteamericano envía un correo electrónico a un africano, el africano es el que paga. Mientras que la tarifa promedio de conexión por veinte horas de un norteamericano o de un finlandés se situaba, en el 2001, en los treinta dólares, superaba ampliamente los cien dólares en los países escasamente conectados.

La situación de la India dice mucho sobre la complejidad del sistema tecnoglobal de dos velocidades. Este país es el segundo exportador de software, después de los Estados Unidos, y el primer exportador de informáticos. Pero con más de mil millones de habitantes, de los que la mitad es analfabeta, en el año 2001 no disponía más que de veintiséis millones de líneas telefónicas y la tasa de penetración de Internet no llegaba al 0,2%. Dos indicios proyectan luz sobre el problema añadido de la fuga de cerebros. Una cuarta parte de las empresas informáticas creadas en Silicon Valley desde 1980 están dirigidas por indios o por chinos. Y en el año 2000 los Estados Unidos han modificado su ley sobre inmigración para facilitar la entrada de los informáticos extranjeros que les hacen falta. Los países de la tríada concentran entre ellos solos el 85% de la investigación científica, ya sea de origen privado o público: Japón y los dragones (18,6%), Europa occidental (28%), América del Norte (37,9%). Igual de inquietante, los países no industrializados que deciden deliberadamente iniciar la forzada andadura hacía la era de la información, adoptan una estrategia no sólo elitista sino también autoritaria. Es el caso de la pequeña isla Mauricio que ha tomado como modelo a Singapur para salir de la dependencia de los talleres de producción textil de las sociedades transnacionales deslocalizadas. En el otro extremo, está China popular que espera alcanzar al Primer Mundo creando zonas económicas especiales, verdaderos guetos francos, y apoyándose en un sistema piramidal de enseñanza superior. Las universidades están rigurosa y jerárquicamente clasificadas y el 15% de los bachilleres que ingresan son seleccionados en función de sus calificaciones. La estrategia de expansión comercial de Internet coexiste con la implantación de filtros que bloquean los, sitios considerados como indeseables y con la obligación que tienen los usuarios de registrarse ante la administración.

La aplicación del potencial de la mutación informacional al modelo económico de la globalización salvaje convierte las distancias en apartheid. La era digital procede a un nuevo diseño de la fisonomía de los territorios. Centros-fortalezas, verdaderos enclaves a imagen y semejanza de las ciudades privadas norteamericanas (new company towns) y empresas en las que los asalariados viven aislados en espacios planificados, encerrados entre cuatro paredes en medio de la panoplia de sistemas de videovigilancia y conectados por, red, a la inversa del inmenso no man's land info-pobre-excluido. Los urbanistas no ocultan sus temores de que este esquema pudiera trasplantarse a la ciudad desmaterializada del futuro: un hipercentro virtual, una «metaciudad», que sólo existe por la urbanización de las telecomunicaciones y que se está gestando en el proyecto de infopistas. Un centro que no está en ningún lugar y en todas partes a la vez, al que se accede gracias a las nuevas tecnologías, y una gran periferia desconectada (Virilio, 1996).


¿Hacia una sociedad civil global?

El acontecimiento global del tránsito al año 2000 debía ser el fallo de los ordenadores. La historia no lo decidió así. A finales de noviembre-principios de diciembre de 1999, las organizaciones no gubernamentales, los sindicatos y las asociaciones de consumidores se han movilizado masivamente en Seattle, en pleno corazón de Estados Unidos, contra las derivas y peligros de un mundo «todo mercado», con motivo de la tercera conferencia de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Una reunión en la cumbre cuyo objetivo era el de inaugurar un nuevo ciclo de negociaciones con el fin de alcanzar un acuerdo sobre servicios (General Agreement on Trade in Services - GATS) que haría extensiva la ley del librecambio a sectores a los que cabe considerar como «bienes públicos», tales como la cultura, la sanidad, la educación y el medio ambiente. La propia legitimidad del sistema de las grandes instituciones financieras y comerciales multilaterales cuya función es la de regentar el proceso de mundialización ha quedado maltrecha. Su antidemocrático modo de operar y la sobrerrepresentación de los países ricos han sido estigmatizados. Menos espectacular pero no menos significativa, en abril de 1998, la acción concertada, escalonada a lo largo de tres años, de más de seiscientas organizaciones en unos setenta países, que a golpe de correos electrónicos y de sitios web había logrado interrumpir las negociaciones lanzadas por la OCDE a propósito del Acuerdo Multilateral (AMI) sobre la liberalización desaforada de las inversiones.

El efecto Seattle es tal que desde entonces no hay cumbre relacionada con los «problemas globales» que no sea objeto de protestas: Davos, Washington, Bangkok, Okinawa... Reunidos en julio de 2000 en esta ciudad japonesa, y en presencia del gotha de la informática, los miembros del G8 han firmado una «Carta sobre la sociedad global de la información» en la que reiteran su voluntad de defender la propiedad intelectual y luchar contra el pirateo de programas, continuar con la liberalización de las telecomunicaciones, promover normas comunes y proteger al consumidor. Incluso se ha constituido una «fuerza operacional» compuesta por expertos para proponer soluciones a la «fractura mundial en el ámbito de la información y el conocimiento». La respuesta de la calle no tardaría. El colectivo Jubilee 2000 quemó un ordenador portátil delante del centro de conferencias. Una forma de denunciar la hipocresía que suponía proclamar una Carta llena de buenas intenciones, en la que se propone facilitar el acceso a Internet a los países pobres, y en cambio permanecer evasivo respecto del problema de la disminución de la ayuda pública al desarrollo, que ha alcanzado su nivel más bajo en los últimos cincuenta años, y sobre el de la condonación de la deuda que, para ciertos países, absorbe más de la mitad de su presupuesto anual. Detalle chusco: el subcomandante Marcos se comunica con las redes de resistencia al nuevo liberalismo ¡mediante un ordenador de las mismas características!

Durante la cumbre de Génova, en julio de 2001, los miembros del G8 han dado un nuevo impulso al proyecto aprobado en Okinawa y han respaldado un «plan de acción sobre la manera con que los e-gobiernos podrían reforzar la democracia y el estado de derecho». Este generoso anhelo contrasta, no obstante, con la extremada violencia de que hacen gala las fuerzas del orden en la represión de las manifestaciones pacíficas del movimientro antiglobalización en protesta por el intervencionismo, cada vez más evidente, de los países ricos en la gestión de los asuntos del planeta. El esquema de actuación propuesto por el mencionado «directorio del mundo» para yugular la fractura digital es, en cierto modo, un tubo de ensayo para la elaboración de una nueva gobernancia mundial que asocia el sector público con el sector privado (empresas, fundaciones filantrópicas). Los miembros del G8, en efecto, no ocultan que tienen la intención de retirarse de los canales tradicionales y burocráticos de las agencias de las Naciones Unidas y pregonan abiertamente su voluntad de conjugar eficacia e implicación del sector privado. Puede observarse el mismo esquema de colaboración en el lanzamiento, en esta misma cumbre de Génova, del «Fondo Mundial de la Salud», entre cuyos donantes figura, de forma destacada, la fundación del amo de Microsoft.

En vista de la notoriedad y los resultados de las cibermovilizaciones desencadenadas por los actores sociales a escala mundial, las confesiones más diversas del espectro político no han tardado en pregonar el advenimiento de una «sociedad civil global». La expresión incluso ha colonizado el lenguaje de la diplomacia y la estrategia militar. Como atestigua el giro acuñado por la prestigiosa revista Foreign Affairs: «electronically networked global civil society». Las manipulaciones de las que es objeto la noción invitan, no obstante, a la circunspección, máxime teniendo en cuenta que la noción en sí de «sociedad civil» está lastrada por una larga historia trufada de ambigüedades.

Tal extrapolación suele hacer caso omiso de la complejidad de las reconfiguraciones que afectan al Estado-nación en su articulación con la sociedad civil nacional, confrontados ambos con las lógicas de la mundialización. Hace todavía más agobiante una negativa a replantearse la mediación estatal fuera del prêt-à penser del fin del Estado-nación. Quiérase o no, el territorio del Estado-nación sigue siendo el marco histórico y funcional del ejercicio democrático, el lugar de definición del contrato social. Está muy lejos, pues, de haber alcanzado el grado de obsolescencia que le atribuyen los cruzados de la desterritorialización mediante redes interpuestas. Se necesita la miopía de los tecnolibertarios para prestar ayuda a este populismo globalitario que se prevale de la representación simplista de un Estado abstracto y maléfico, opuesto a la de una sociedad civil idealizada, espacio liberado de los intercambios entre individuos plenamente soberanos. A despecho de todos los discursos sobre la relativización del lugar que ocupan los Estados-naciones, las negociaciones de Estado a Estado siguen siendo un paso obligado para imponer una relación de fuerza contra las derivas del ultraliberalismo. Una de las tareas de la sociedad civil organizada es también la de actuar para que el Estado no se desprenda, por propia iniciativa, de su función reguladora.

El atractivo que ejercen las proezas de la red técnica corre parejo con la idea de obsolescencia de las formas anteriores de resistencia social y con otra que induce una lectura errónea de la genealogía específica de las redes sociales contemporáneas de alcance planetario. Del mismo modo que los artesanos de la «revolución en los asuntos militares» barren del mapa estratégico del globo los conflictos de la «era agraria» o de la «era industrial», el enfoque tecnicista predispone a hacer tabla rasa de las modalidades de la reivindicación, características de la llamada era preinformacional. Sin embargo, en la protesta contemporánea ante el proyecto de orden tecnoglobal, las formas de resistencia experimentadas se entremezclan con las inéditas tal y como, de hecho, lo hacen las formas de explotación y opresión por su parte. Los movimientos campesinos, con orígenes y formas de lucha ancladas en lugares muy concretos -desde los campesinos sin tierra de Brasil hasta los campesinos franceses que protestan por la «comida basura» son una de las expresiones, entre otras, del paciente trabajo de reformulación de modos de resistencia emprendido hacia finales de los años setenta a lo largo y ancho del mundo, por múltiples organizaciones ciudadanas, tanto a escala local y nacional como internacional. Y, hay que tener la honestidad de añadir, ¡con intereses y reivindicaciones no siempre ni necesariamente conciliables! La verdadera novedad es que los sindicatos, asociaciones y otros movimientos sociales que emprendían luchas que creían aisladas han empezado a tomar conciencia de que juntos constituían un archipiélago planetario de resistencias. La nueva visión alcanzada mediante la participación de una red mundial solidaria aumenta el poder de negociación a escala local.

El efecto de demostración de las experiencias de los unos influye en la práctica de los otros. Ésta es una de la principales aportaciones del primer Foro Social Mundial, organizado en Porto Alegre (Brasil) a finales del mes de enero de 2001. El objetivo de este acontecimiento, réplica del Foro Económico de los altos responsables globales en Davos (Suiza), era el de superar la fase de las quejas para iniciar la de la reflexión con vistas a la formulación de propuestas alternativas al modelo de mundialización ultraliberal. La contrapartida de la proliferación de los intercambios es que los organizadores han optado por no emitir conclusiones finales.

A estas resistencias y luchas fragmentadas les queda sin duda un largo camino por recorrer antes de llegar a una convergencia estratégica que tenga peso en las decisiones colectivas. A fortiori, en las que conciernen a la arquitectura de la llamada sociedad global de la información. Una cuestión estructural eminentemente política que, de manera paradójica, no siempre ocupa el lugar que debiera corresponderle en el orden del día de la reflexión que emana de las organizaciones ciudadanas guiadas por el nuevo «sentimiento de la humanidad». Una expresión acuñada por los revolucionarios de 1789 para significar el ideal que impulsa la marcha incesante de las sociedades particulares hacia formas superiores de integración en una comunidad universal.

En estos tiempos en que el miedo impregna los modos de gobernar, conviene extremar la vigilancia ciudadana; porque desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, la mayoría de los Estados ha reforzado sus dispositivos de seguridad en nombre de los imperativos de la lucha antiterrorista. «Cuando se tacha a la gente que hace preguntas, pide explicaciones o, incluso, emite críticas, de faltar al patriotismo, eso resulta peligroso». Las intromisiones, arbitrarias o legales, en las libertades colectivas e individuales, entrañan el riesgo, en efecto, de reprimir el derecho de las organizaciones de la sociedad civil a manifestar su desacuerdo respecto de las lógicas segregadoras del sistema mundial en gestación.

 

Extraído de Historia de la sociedad de la información, Paidós, Barcelona, 2002. Compra el libro en www.paidos.com
*Literalmente, listo-para-pensar. Juego de palabras referido a la expresión del mundo de la confección prêt-à-porter. (N. del t.)

Armand Mattelart (Bélgica, 1936) Su infancia está marcada por la Segunda Guerra Mundial y por el internado donde es educado, donde adquiere conciencia del fenómeno misionero y de los movimientos de la juventud católica vinculados a los problemas de los países pobres. Sociólogo, estudió Derecho y Ciencia Política; y posteriormente Demografía en el Instituto que fundara Alfred Sauvy, uno de los teóricos que fórmula el concepto de ‘Tercer Mundo’.Vivió en Chile entre1962-1973, período en el cual comienza a cuestionar los modelos estratégicos de planificación familiar que estaban aplicando fundaciones como la Ford o la Rockefeller y comienza a adentrarse en el estudio de las estrategias de comunicación para difundir la innovación. Al tiempo deja la Universidad Católica para participar en la fundación de un Centro de Estudios de la Realidad Nacional que dirige Chonchol Jacques, posteriormente ministro de Agricultura de Allende. Aunque no milita en el comunismo, queda marcado por la revolución cubana, el proyecto de Allende y la falta de respaldo por parte de Unión Soviética a Chile. En los Cuadernos de la Realidad Nacional, con una marcada influencia del estructuralismo, aborda diferentes aproximaciones a la Comunicación en torno a la cultura de masas. Comienza a publicar una serie de s títulos sobre el poder transnacional de las multinacionales y la cultura de masas. Tras el golpe de Pinochet, regresa a Francia, pero la experiencia chilena habrá marcado de forma determinante su vida y su pensamient. A pesar de su trayectoria tiene que reiniciar su carrera académica. Actualmente tiene una cátedra en la universidad París VIII . La obra teórica, histórica, política y crítica de Armand Mattelart cuenta con más de 32 libros como autor y coautor, y con cientos de articulos especializados sobre los problemas centrales de la comunicación en América Latina, en Europa y en el mundo en general. Ha publicado los siguientes libros: Los medios de comunicación de masas. La ideología de la prensa liberal (con Michèle Mattelart y Mabel Piccini), Cuadernos de la Realidad Nacional, Santiago de Chile, 1970; La ideología de la dominación en una sociedad dependiente (con Carmen y Leonardo Castillo), Signos, Buenos Aires, 1970; Para leer al Pato Donald (con Ariel Dorfman), Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972; Agresión desde el espacio. Cultura y napalm en la era de los satélites, Siglo XXI, México, 1972; La comunicación masiva en el proceso de liberación, Siglo XXI, México, 1973; La cultura como empresa multinacional, Era, México, 1974; Multinacionales y sistemas de comunicación, Siglo XXI, México, 1977; Frentes culturales y movilización de masas (con Michèle Mattelart), Anagrama, Barcelona, 1977; La cultura de la opresión femenina, Era, México, 1977; Comunicación e ideologías de la seguridad (con Michèle Mattelart), Anagrama, Barcelona, 1978; Los medios de comunicación en tiempos de crisis (con Michèle Mattelart), Siglo XXI, México, 1980; La televisión alternativa (con J.-M. Piemme), Anagrama, Barcelona, 1981; Comunicación y transición al socialismo. El caso Mozambique (ed.), Era, México, 1981); América Latina en la encrucijada telemática (Héctor Schmucler), Paidós, Buenos Aires, 1983; Tecnología, Cultura y Comunicación (con Y. Stourdzé), Mitre, Barcelona, 1984; ¿La cultura contra la democracia? Lo audiovisual en la hora transnacional (con Michèle Mattelart y X. Delcourt), Mitre, Barcelona, 1984; Pensar sobre los medios (con Michèle Mattelart), Fundesco, Madrid, 1987; La Internacional publicitaria, Fundesco, Madrid, 1989; La publicidad, Paidós, Barcelona, 1991; La comunicación-mundo. Historia de las ideas y de las estrategias, Fundesco, Madrid, 1994; Historia de las teorías de la comunicación, Paidós, Barcelona, 1997; La mundialización de la comunicación, Paidós, Barcelona, 1998; Historia de la utopía planetaria. De la ciudad profética a la sociedad global, Paidós, Barcelona, 2000, Historia de la sociedad de la información, Paidós, Barcelona 2002; Armand Mattelart& Érik Neveu, Introducción a los estudios culturales, Paidós, Barcelona 2004, 175 págs

 

 

 





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