La sociedad global de la información
Por Armand Mattelart



GUERRA Y PAZ EN UN MUNDO UNIPOLAR

El lenguaje revolucionario ha emigrado hacia el campo del liberalismo que ha convertido la noción de «revolución de la información» en una expresión-baúl tipo muñeca rusa de pretensiones totalizantes: revolución en los asuntos diplomáticos, revolución en los asuntos militares, revolución gerencial. Veamos a qué representación del orden mundial se refiere cada una de ellas, empezando por la «revolución en los asuntos diplomáticos».

Unas tres décadas después de los análisis de Zbigniew Brzezinski sobre el advenimiento de la era tecnotrónica, el concepto de la «diplomacia de las redes» reconfigura los parámetros de la hegemonía: «El saber, más que nunca, es poder -afirman el politólogo Joseph S. Nye y el almirante William A. Owens, consejeros de la Casa Blanca-. El único país que está en disposición de llevar a cabo la revolución de la información es Estados Unidos. Fuerza multiplicadora de la diplomacia norteamericana, el eje de las tecnologías de la información fundamenta el soft power, la seducción ejercida por la democracia norteamericana y los mercados libres» (Nye y Owens, 1966, pág. 20). Las fuentes del nuevo poder son la información libre (la que crea el marketing, la televisión y los medios, la propaganda, sin «compensación financiera»); la información comercial, que tiene un precio y que está en el principio del comercio electrónico; la información estratégica, tan vieja como el espionaje (Keohane y Nye, 1998). El sistema informacional, la web para empezar, se convierte en el vector de la «ampliación de una comunidad pacífica de democracias, máxima garantía de un mundo seguro, libre y próspero» (Ibid., pág. 36). El soft power es la capacidad de engendrar en el otro el deseo de aquello que usted quiere que desee, la facultad de llevarle a aceptar normas e instituciones que producen el comportamiento deseado. Es la capacidad de alcanzar objetivos mediante la seducción antes que por la coerción. «El soft power reposa en el atractivo que ejercen las ideas o en la aptitud para fijar el orden del día de tal forma que modela las preferencias de los demás. Si un Estado consigue que su poder sea legítimo a los ojos de los demás y logra instaurar instituciones internacionales que los anima a encauzar o limitar sus actividades, ya no hay necesidad de gastar tantos recursos económicos y militares tradicionalmente costosos» (Nye, 1990).

Por su parte, los estrategas emplean otra noción: netwar. El término se aplica a las nuevas formas de conflictos de baja intensidad protagonizados por actores no estatales que cortocircuitan las jerarquías gubernamentales a través de las redes y que exigen, por parte de estas últimas, una respuesta por esta misma vía. En el apartado «actores no estatales», los estrategas incluyen ¡tanto a los movimientos llamados activistas o participativos, como a las organizaciones no gubernamentales, los movimientos guerrilleros, los terroristas o los cárteles de la droga! Una estrategia en concreto ha cautivado la precoz atención de los especialistas: la que fuera desarrollada por el movimiento neozapatista desde diciembre de 1994, fecha de su primera campaña de información internacional. Retransmitida por Internet a través de una red de organizaciones no gubernamentales en el interior de México, en Estados Unidos y en Canadá, que ya se había constituido y movilizado previamente con ocasión de las protestas contra el Tratado de libre comercio suscrito por estos tres países, esta primera acción había logrado que interviniera la presión internacional contra la ofensiva programada por el ejército para liquidar la guerrilla de Chiapas. Desde entonces, las revistas del ejército norteamericano y los asesores militares han incluido esta experiencia entre los casos prácticos (Swett, 1995). La Rand incluso ha producido, a petición del Pentágono, un informe titulado The Zapatista Social Netwar in Mexico (Arquilla y Ronfeldt, 1998). La formalización de la doctrina está aguijoneada por el diagnóstico sobre la vulnerabilidad de las redes frente a los ataques de grupos terroristas o de piratas informáticos organizados (hacktivists). El temor de un electronic Pearl Harbor ha suscitado numerosas iniciativas tanto del FBI como del Pentágono con el fin de organizar la defensa del «sistema nervioso de la nación». El FBI, por ejemplo, se ha dotado de un centro de protección de la infra-estructura nacional. En cuanto al US Army, ha creado nuevas unidades de «guerra de la información» para intervenir en las redes informáticas internacionales. El díptico Netwar y Cyberwar expresa los dos componentes de la guerra del conocimiento, la «noopolítica», neologismo derivado explícitamente de la noción de noosfera elaborada por el padre Teilhard de Chardin (Arquilla y Ronfeldt, 1999). El término cyberwar se aplica a los conflictos de tipo militar, a gran escala, pero modificados en sus formas por las tecnologías de la inteligencia.

 

En 1995, durante las discusiones de cara a un acuerdo de paz en Dayton, la cartografía virtual en tres dimensiones de Bosnia, obtenida gracias al sistema de visualización del terreno Powerscene y proyectada en una gran pantalla de televisión en la sala de negociaciones, logró poner de acuerdo a los presidentes de Bosnia, Croacia y Serbia sobre las líneas de alto el fuego. Lo que no es tan conocido es que durante esas mismas sesiones, el software de simulación Powerscene también fue utilizado para demostrar a las partes en conflicto cómo los aviones de la OTAN podían, en el caso de que fracasaran las negociaciones, alcanzar sus objetivos con una precisión insospechable (Anselmo, 1995). Estas nuevas herramientas internacionales ponen de relieve una de las dimensiones de la «revolución en los asuntos militares» de la que se jactan los estrategas del Pentágono que han hecho de esta experiencia bosnia un ejemplo antológico de «management virtual de una crisis».

Los conflictos en la ex-Yugoslavia y, con anterioridad, el del Golfo -guerras todas ellas que han visto cómo la OTAN se convertía en una organización de seguridad casi autónoma, que decidía por su-cuenta las operaciones militares- han precipitado la mutación geoestratégica. La supremacía norteamericana en el ámbito de las tecnologías de la información se ha confirmado sobre el terreno. Tecnologías conocidas en la jerga militar bajo el acrónimo de C4ISR: Comando / Control / Comunicaciones / Computación / Inteligencia / Vigilancia / Reconocimiento. La Information dominance, repercusión del programa reaganiano de la Strategic Computing Initiative, moldea el discurso sobre la figura ideal e idealizada de la guerra perfecta, limpia, la guerra de «intervenciones quirúrgicas» y de «daños colaterales».

La noción de «interés nacional norteamericano» se actualiza en función de la nueva posición de Estados Unidos como lonely superpower, según la expresión de S. Huntington, cabeza del «sistema de sistemas». Nada de intervenciones en las guerras de los «Estados fallidos» (failed States), irrecuperables, empantanados en conflictos tribales u otras guerras que pertenecen a las edades preinformacionales. Éstas, por ejemplo, que están en el origen de la implosión africana. La estructura estatal está en descomposición y, de todas formas, se muestra incapaz de acometer las tareas geoeconómicas que le asignaría el nuevo orden global (Joxe, 1996). La guerra moral, emprendida en nombre del universalismo de los derechos humanos, tiene, pues, limitados sus espacios de intervención. A pesar de las informaciones que disponían los occidentales, en la primavera de 1994, han dejado que los extremistas hutus masacraran a cerca de un millón de civiles tutsis en un plazo de cien días.

Por último, la nueva doctrina se adapta a la lógica de fondo de la globalización de la economía. La aceleración de la construcción del mundo como sistema obliga a razonar en términos de estrategia ofensiva de la ampliación (enlargement) pacífica del mercado-mundo. Ha pasado la época de la estrategia defensiva del containment en un teatro de operaciones bipolar. La estrategia de seguridad global incorpora la primacía de la extensión del modelo universalista de la freemarket democracy para cuya realización es esencial el control de las redes (Gompert, 1998). Está justificada la cooptación del mercado, máxime cuando, alegan los estrategas, más del 95% de las comunicaciones del Pentágono viajan desde entonces por líneas civiles.

El nuevo enfoque de la guerra ha encontrado a su propagandista en un éxito editorial: War and Anti-War. Esta obra, redactada por Alvin y Heidi Toffler después de la guerra del Golfo, proporciona una clave interpretativa del cambio de doctrina, tan reveladora que los estrategas de la defensa han imitado su léxico (Toffler, A. y H., 1993). En ella se desmenuza la convergencia entre la esfera civil y la esfera militar. El tópico de las olas de la historia sirve para jerarquizar las guerras según pertenezcan a la primera ola (agraria), a la segunda (industrial) o a la tercera ola. La ola civilizacional que consagra la preeminencia del «recurso intangible», categoría en la que los autores incluyen las ideas, la innovación, los valores, la imaginación, los símbolos y las imágenes.

Empantanada en el determinismo técnico, la desmesurada fe depositada por las agencias de seguridad nacional en el poder omnímodo de la información (inteligencia) recogida mediante el sofisticado dispositivo de satélites espías y de sistemas planetarios de escucha de las comunicaciones ha sido cogida en falta cuando se trataba de detectar los preparativos de los atentados apocalípticos que, el 11 de septiembre de 2001, han destruido, en Nueva York y en Washington, los símbolos de la hegemonía del lonely superpower. La opción «tecnología a tope» en detrimento de la información humana ha resultado especialmente irrisoria frente a un enemigo sin rostro, agente del nuevo «terror global».

Obnubilados por las asépticas victorias contra Bagdad y Belgrado, los expertos de la llamada revolución de los asuntos militares se han equivocado en sus predicciones. La doctrina de la No Dead War, de los «cero muertos» (en sus propias filas), proclamada tras la guerra del Golfo, se reveló enseguida inadecuada. La máquina militar debió constatar que no había hecho su revolución frente a un nuevo enemigo y en un nuevo campo de batalla -según los propios términos utilizados por la secretaría de Defensa-: los enfrentamientos llamados asimétricos que oponen un ejército regular y un adversario que toma la iniciativa, pero que además y de repente, no respeta las reglas del juego.

 

EL MANIFIESTO DEL CAPITALISMO SIN FRICCIONES

Los discursos apologéticos sobre la sociedad de la información caracolean entre dos axiomas opuestos: la entrada en la nueva era de las mediaciones o la salida de esta misma era. La contradicción que implica este juego con dos tableros sólo es aparente. Porque el par de argumentos converge para atestiguar el fin de los grandes determinantes sociales y económicos en la construcción de los modelos de implantación de las tecnologías digitales y de sus redes. Tan omnipresente es la tendencia a expurgar la noción misma de poder. El primer axioma supone que las infinitas mediaciones convocan tal abanico de actores que el tecnosistema mundial ha alcanzado tal nivel de complejidad que resulta acéfalo, y que, por tanto, nadie es responsable. Es el discurso de los teóricos del management global para quienes el mundo no sólo «carece de fronteras» (borderless) sino también de «líder» (leaderless) (Ohmae, 1985, 1995). El segundo defiende la tesis de la desintermediación en todas las direcciones. Bill Gates, convencido de ser el inventor de un «capitalismo libre de fricciones» repite machaconamente, a través de sus éxitos editoriales, que los vendedores proporcionan directamente a los compradores informaciones más amplias sobre sus productos y servicios. Y que, a cambio, estos últimos los retribuyen proporcionándoles más informaciones sobre sus gustos y sus hábitos de compra. El comercio en línea desplaza a los intermediarios del circuito y restaura la fluidez del intercambio. Este dar/tomar un tanto especial escamotea evidentemente el afinamiento de las técnicas de rastreo y fidelización del «capital cliente» y el proceso de taylorización creciente del campo del consumo.

En cuanto a Nicholas Negroponte, no se cansa de recalcar el leitmotiv del fin de ese mediador colectivo que es el Estado-nación. Incluso es uno de los tópicos de su éxito editorial Being Digital, en el que ha recopilado algunas de las crónicas que escribe en la revista Wired. Dice que, a semejanza de una fuerza neodarwiniana a la que es imposible «parar», por no decir «encauzar», la red convierte en nulas y sin valor las nociones de centralidad, territorialidad y materialidad. Las cuatro virtudes cardinales de la sociedad informacional -«descentralizar», «globalizar», «armonizar» y «dar plenos poderes para hacer» (empowerment)- están en vías de derribar al arcaico Leviathan. «Nosotros nos socializaremos en barrios digitales en los que el espacio físico ya no será pertinente. Lo digital supondrá cada vez menos dependencia de un lugar específico y de un tiempo específico» (Negroponte, 1995, pág. 165). ¿A quién apodera? Al individuo-electrón libre y soberano en un mercado libre.

La desaparición del Estado se compensa con el regreso al sueño comunitario en el que se cruzan las referencias a Jefferson, a las comunidades californianas de los años setenta o al comunitarismo (Kapor, 1993). Los tecnolibertarios lo han convertido en su catecismo. La liberación respecto de un Estado al que se considera omnipresente es el eje central de la «Declaración de independencia del ciberespacio», proclamada por el cofundador de la Electronic Frontier Foundation, y la carta de los pioneros de Well (Whole Earth 'Lectronic Link), fundado en California en 1985 (Barlow, 1996; Rheingold, 1993). El mito de la «nueva frontera electrónica», mito fundador por excelencia, es compartido por todos los independentistas del ciberespacio. El manifiesto «The Cyberspace and the American Dream: A Magna. Carta for the Knowledge Age», redactado en 1994 por un colectivo y distribuido por la Progress and Freedom Foundation, recicla, casi palabra por palabra, los argumentos popularizados por Alvin Toffler unos veinte años antes. «La complejidad de la tercera ola es demasiado grande para ser gestionada por una burocracia centralmente planificada. Desmasificación, personalización del consumidor, individualidad, libertad, tales son las claves del éxito para la civilización de la tercera ola [...] Si hay una "política industrial para la era del saber", debería centrarse en la supresión de las barreras a la competencia y en la desregulación masiva de las telecomunicaciones y del procesamiento de datos» (Dyson, Gilder, Keyworth, Toffler, 1994).

La ingravidez de las comunidades virtuales y de la neteconomía no siempre protege de la realidad. El mito tecnolibertario del fin del Estado-nación ha perdido su presencia en las cenizas de las torres gemelas del World Trade Center. Con la sagrada Unión, la América ultraliberal ha redescubierto las virtudes del nacionalismo y del intervencionismo del Estado Keynesiano


La economía global, sistema de inteligencia global

La estrategia de ampliación determina la adaptación del sistema satelitario de televigilancia global a los imperativos de la guerra comercial. Así, la red Echelon, instalada con el mayor de los secretos, en 1948, por los Estados Unidos y sus cuatro afiliados (Canadá, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda) con el fin de recoger la máxima información militar sobre la Unión Soviética y sus aliados, ha sido reconvertida en un sistema de inteligencia económica. Este sistema de escuchas salvajes -cuyo artífice es la National Security Agency (NSA), dependiente del Pentágono- intercepta, con toda impunidad y utilizando para sus transmisiones los satélites civiles Intelsat, las llamadas telefónicas, faxes y correos electrónicos de las empresas extranjeras. Ciertas organizaciones no gubernamentales como Greenpeace, también figuran entre sus objetivos.

Tres indicios revelan la importancia concedida a la Global Information Dominance. En 1996, el Pentágono ha creado, junto a la NSA, una nueva agencia: la National Imagery and Mapping Agency. Uno de los objetivos es el de controlar y centralizar la explotación comercial del flujo de la imaginería espacial en el mundo. En mayo de 2000, los Estados Unidos han suprimido la interferencia selectiva de su sistema de posicionamiento GPS (Global Positioning System). Lanzado con fines militares en los años setenta, este sistema de localización en cualquier punto del planeta ha sido abierto durante la década siguiente a los usuarios civiles, aunque con una precisión degradada. Uno de los elementos que motiva este cambio es el de prevenir la posible competencia del proyecto europeo Galileo de construcción de un sistema mundial de detección terrestre. Por último, en el 2001, los Estados Unidos han lanzado un masivo programa de satélites espías bajo la responsabilidad de la National Reconnaissance Office (NRO) que, por cuenta del ejército del aire, está encargada de planificar el espionaje via satélite y trabaja en conjunto con la NSA. (En el 2001, el NRO explotaba, permanentemente, seis satélites espías -tres de clase KeyHole para la observación óptica e infrarroja con tiempo bueno o cubierto, Lacrosse para el reconocimiento con radar, con mal tiempo o de noche. Bautizado como Future Imagery Architecture, el nuevo proyecto consiste en pasar a explotar, a partir del año 2005, una constelación de veinticuatro satélites espías que pesan la tercera parte que los anteriores y son capaces de recoger, según los casos, entre ocho y veinte veces más imágenes con una precisión de quince centímetros. Según los expertos, se trata del programa más caro en la historia de la «comunidad de la inteligencia».

El proyecto de panóptico global descubre sus afinidades con el proyecto de panóptico en la vida cotidiana. Guando menos es lo que incita a pensar el artículo de un oficial de inteligencia en la Military Review, revista oficial del ejército norteamericano. Al comentar los sustanciales progresos alcanzados en el ámbito del software (Maplinx y Lotus Domino), que permiten que los especialistas en marketing puedan elaborar detallados mapas virtuales de los consumidores, con sus características y movimiento de compras y muchos otros datos con sus gestos y flujos de mercancías, concluye: «De la misma forma que Bill Gates adapta estos procedimientos a la vida del consumidor, los militares y los diplomáticos deberían empezar a explorar su aplicación a los mecanismos de prevención de conflictos [...] Esto es de máxima importancia porque el sector del consumo y el sector militar están convergiendo. Lo cual implica que el uno puede ayudar al otro a prever los conflictos» (Thomas, 1999, pág. 56).


La industrialización de la formación: ¿muerte del intermediario?

El estudio sobre la industrialización de la formación que ha realizado un grupo de investigadores de Francia y Canadá, en la intersección de las ciencias de la comunicación con las ciencias de la educación, deja en mal lugar la creencia espontaneista que segrega la alucinación tecnológica. He aquí un extracto: «Frente a las órdenes tajantes que, de este modo, se le dirigen, en la escuela o fuera de la escuela, el usuario de la formación no dispone ni de los medios ni del margen de maniobra del consumidor ordinario de las industrias culturales. La razón estriba en que, privado, casi por definición, del conocimiento previo de lo que tiene que conocer, tiene pocas posibilidades de encontrar en sí los medios de su autonomía en el cara a cara, mucho más apremiante de lo que parece, con los recursos disponibles. De hecho, debido a una suerte de circularidad viciosa, se le pide que en la línea de salida ya tenga las aptitudes que se supone debe adquirir en la línea de llegada. En estas condiciones, más allá de las triunfales proclamas y de las promesas de una revolución educativa que apela a la metáfora (cuando no a las reglas) de un mercado en el que prestación y adquisición tendrían por equivalentes a oferta y demanda, el proyecto de autoservicio reposa sobre un postulado que dista mucho de haber sido demostrado: el de la capacidad del usuario para constituirse desde el comienzo del proceso pedagógico en sujeto autónomo, mientras que su estatus le coloca más probablemente en la situación de tener que hacer el aprendizaje de una autonomía que sólo se adquiere definitivamente al final. En esta dirección se plantean, simultáneamente, el problema de la viabilidad y el del valor pedagógico de la transformación industrial en juego» (Moeglin, 1998, págs. 129-130). Esta reorganización de la relación educativa se inscribe dentro de lógicas sociales más amplias, especialmente vinculadas a las «tendencias hegemónicas del modelo vendedor-cliente y de las prácticas consumistas que se le atribuyen, así como a la extensión del ideal de sociedad de peaje». Un ideal en contradicción con los «principios que rigen las esferas de producción y uso de los bienes colectivos y públicos».

Téngase en cuenta que el tema de la «deconstrucción de la universidad», obligada a someterse al leitmotiv de la flexibilidad empresarial, se ha convertido en uno de los puntos esenciales de la investigación crítica sobre la ideología neofordista de la sociedad del conocimiento (Robins y Webster, 1999). El envite no puede ser más crucial, toda vez que se multiplican los proyectos de megauniversidad virtual con vocación global, calcados sobre este modelo (Lapiner, 1994).

 

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