Las palabras y las cosas (parte IV)
de Michel Foucault (*)
Traducción de Elsa Cecilia Frost


3. LA TEORÍA DEL VERBO


La proposición es, con respecto al lenguaje, lo que la representación con respecto al pensamiento: su forma más general y más elemental, dado que, a partir del momento en que se la descompone, no se encuentra ya más el discurso sino sólo sus elementos como otros tantos materiales dispersos. Por debajo de la proposición se encuentran las palabras, pero el lenguaje no se cumple en ellas. Es verdad que, originalmente, el hombre sólo producía simples gritos, pero éstos no empezaron a ser lenguaje sino el día en que encerraron —aunque sólo fuera en el interior de su monosílabo— una relación que pertenecía al orden de la proposición. El aullido del hombre primitivo que se debate no se convierte en verdadera palabra mientras no es más que expresión lateral de su sufrimiento y si vale por un juicio o una declaración del tipo: "me ahogo" Lo que erige a la palabra como tal y la sostiene por encima de los gritos y de los ruidos, es la proposición oculta en ella. El salvaje del Aveyron no llegó a hablar por que, para él, las palabras siguieron siendo marcas sonoras de las cosas y de las impresiones que producían en su espíritu; no recibieron el valor de la proposición. Podía pronunciar muy bien la palabra "leche" ante el tazón que le era ofrecido; pero esto no era sino "la expresión confusa de ese líquido alimenticio, del recipiente que lo contenía y del deseo de que era objeto"; la palabra nunca se convirtió en signo representativo de la cosa, pues nunca quiso decir que la leche estaba caliente, lista o era esperada. En efecto, es la proposición la que separa el signo sonoro de sus valores inmediatos de expresión y la instaura, de modo soberano, en su posibilidad lingüística. Para el pensamiento clásico, el lenguaje comienza donde no hay ya expresión, sino discurso. Cuando se dice "no", no se traduce el rechazo por un grito; se encierra en una palabra "toda una proposición: ...no oigo eso o no creo eso".

"Vayamos directamente a la proposición, objeto esencial de la gramática." Allí todas las funciones del lenguaje son remitidas a tres elementos únicos que son indispensables para formar una proposición: el sujeto, el atributo y su enlace. Además, el sujeto y el atributo son de la misma naturaleza, ya que la proposición afirma que el uno es idéntico o pertenece al otro: así, pues, les es posible, en ciertas condiciones, cambiar sus funciones. La única diferencia, si bien decisiva, es la que manifiesta la irreductibilidad del verbo: "en toda proposición —dice Hobbes 32- deben considerarse tres cosas: a saber los dos nombres, sujeto y predicado y el enlace o la cópula. Los dos nombres despiertan en el espíritu la idea de una misma y única cosa, pero la cópula hace nacer la idea de la causa por la cual estos nombres han sido impuestos a estas cosas". El verbo es la condición indispensable de todo discurso: y cuando no existe, cuando menos de manera virtual, no es posible decir que haya un lenguaje. Las proposiciones nominales encubren siempre la presencia invisible de un verbo y Adam Smith cree que, en su forma primitiva, el lenguaje no se componía más que de verbos impersonales (del tipo: "llueve" o "truena") y que, a partir de este núcleo verbal se fueron separando todas las otras partes del discurso, como otras tantas precisiones derivadas y secundarias. El umbral del lenguaje se encuentra donde surge el verbo. Es, pues, necesario tratar éste como un ser mixto, que es, a la vez, palabra entre las palabras, apresado por las mismas reglas y que, como ellas, obedece a las leyes de régimen y concordancia; y después, en alejamiento de todas ellas, en una región que no es la de lo hablado, sino aquella de lo que se habla. Está en el límite del discurso, en el borde de lo que se dice y lo que es dicho, justo ahí donde los signos están en vías de convertirse en lenguaje.

Y es justo esta función la que hay que plantearse como interrogación —despojándola de lo que no ha dejado de recargarla y oscurecerla. No hay que detenerse, con Aristóteles, en el hecho de que el verbo significa los tiempos (muchas otras palabras, adverbios, adjetivos, nombres, pueden tener significaciones temporales). Tampoco hay que detenerse, como lo hizo Escalígero, en el hecho de que expresa acciones o pasiones, en tanto que los nombres designan las cosas, y permanentes (ya que existe justo este nombre mismo de "acción"). No hay que dar importancia, corno lo hacía Buxtorf, a las diferentes personas del verbo, pues ciertos pronombres tienen también la propiedad de designarlas. Sino hacer salir a la luz plena de inmediato aquello que lo constituye: el verbo afirma, es decir, indica "que el discurso en el que se emplea esta palabra es el discurso de un hombre que no concibe sólo los nombres, sino que los juzga". Existe la proposición —y el discurso— cuando se afirma un enlace de atribución entre dos cosas, cuando se dice que esto es aquello. Toda la especie de los verbos se remite a uno solo, el que significa ser. Todos los otros se sirven secretamente de esta función única, pero la han recubierto de determinaciones que la ocultan: se le han agregado atributos y en vez de decir, "yo soy cantante", se dice, "yo canto"; se le han agregado indicaciones de tiempo y en vez de decir, "antes, yo soy cantante", se dice "yo cantaba"; por último, algunas lenguas han integrado el sujeto mismo con el verbo y así los latinos no decían: ego vivit, sino vivo. Todo esto no es más que un depósito y una sedimentación en tomo y por encima de una función verbal absolutamente pequeña, aunque esencial: "no existe más que el verbo ser ...que ha permanecido en esta simplicidad". Toda la esencia del lenguaje se recoge en esta palabra singular. Sin ella, todo hubiera permanecido silencioso y los hombres, como ciertos animales, habrían podido hacer uso de su voz, pero ninguno de esos gritos lanzados en la espesura hubiera eslabonado jamás la gran cadena del lenguaje.

En la época clásica, el ser en bruto del lenguaje —esta masa de signos depositada en el mundo para ejercer allí nuestra interrogación— se borró, pero el lenguaje anudó nuevas relaciones con el ser, más difíciles de apresar ya que el lenguaje lo enuncia y lo reúne por medio de una palabra; lo afirma desde el interior de sí mismo, y, sin embargo, no podría existir como lenguaje si esta palabra, por sí sola, no sostuviera de antemano todo posible discurso. Sin una manera de designar al ser, no habría lenguaje; pero sin lenguaje, no habría el verbo ser, que sólo es una parte de aquél. Esta simple palabra es el ser representado en el lenguaje; pero es también el ser representativo del lenguaje —aquello que, al permitirle afirmar lo que dice, lo hace susceptible de verdad o de error. Y por ello es diferente de todos los signos que pueden ser conformes, fieles, ajustados o no a lo que designan, pero que no son jamás verdaderos o falsos. El lenguaje es, de un cabo a otro, discurso, gracias a este poder singular de una palabra que hace pasar el sistema de signos hacia el ser de lo que se significa.

Pero, ¿de dónde procede este poder? ¿Y cuál es el sentido que, desbordando las palabras, fundamenta la proposición? Los gramáticos de Port-Royal decían que el sentido del verbo era afirmar. Lo que indicaba muy bien en qué región del lenguaje estaba su privilegio absoluto, pero no en qué consistía. No es necesario comprender que el verbo ser contiene la idea de afirmación, pues esta palabra misma, afirmación, y el vocablo sí la contienen también; es más bien la afirmación de la idea lo que queda asegurado por ella. Pero, afirmar una idea ¿equivale a enunciar su existencia? Esto es lo que piensa Bauzée que encuentra en ello una razón para que el verbo haya recibido en su forma las variaciones del tiempo: pues la esencia de las cosas no cambia, lo único que aparece y desaparece es su existencia, sólo ella tiene un pasado y un futuro.38 A lo que Condillac pudiera observar que si la existencia puede ser retirada de las cosas, no es más que un atributo y que el verbo puede afirmar la muerte tanto como la existencia. Lo único que afirma el verbo es la coexistencia de dos representaciones: por ejemplo, la de verdor y la de árbol, la del hombre y la de la existencia o la de la muerte; por ello, los tiempos de los verbos no indican aquel en el cual las cosas han existido en lo absoluto, sino un sistema relativo de anterioridad o de simultaneidad de las cosas entre sí." En efecto, la coexistencia no es un atributo de la cosa misma, sino que sólo es una forma de la representación: decir que lo verde y el árbol coexisten es decir que están ligados en todas las impresiones que recibo o, cuando menos, en la mayor parte de ellas.

Tanto que el verbo ser tendría por función esencial el relacionar todo el lenguaje con la representación que designa. El ser hacia el cual desborda los signos no es, ni más ni menos, que el ser del pensamiento. Al comparar el lenguaje con un cuadro, un gramático de fines del siglo XVIII definió los nombres como formas, los adjetivos como colores y el verbo como la tela misma sobre la cual aparecen. Tela invisible, totalmente recubierta por el colorido y el dibujo de las palabras, pero que da al lenguaje el lugar donde puede hacer valer su pintura; lo que el verbo designa es, en última instancia, el carácter representativo del lenguaje, el hecho de que tenga su lugar en el pensamiento y de que la única palabra que pueda franquear el límite de los signos y fundamentarlos en verdad, no alcanza nunca más que a la representación misma. Tanto que la función del verbo está identificada con el modo de existencia del lenguaje, que recorre en toda su extensión: hablar es, a la vez, representar por medio de signos y dar a éstos una forma sintética dominada por el verbo. Como dice Destutt, el verbo es la atribución: el soporte y la forma de todos los atributos: "el verbo ser se encuentra en todas las proposiciones, porque no se puede decir que una cosa sea de tal manera sin decir, en consecuencia, que es... Pero esta palabra es, que aparece en todas las proposiciones y siempre forma parte del atributo, es siempre su principio y su base, es el atributo general y común".

Vemos cómo, una vez llegada a este punto de generalidad, la función del verbo no podrá hacer otra cosa que disociarse, ya que desaparecerá el dominio unitario de la gramática general. En el momento en que se libere la dimensión de lo gramatical puro, la proposición no será ya más que una unidad de sintaxis. El verbo figurará allí entre las otras palabras con su propio sistema de concordancia, de reflexiones y de régimen. Y en el otro extremo, aparecerá el poder de manifestación del lenguaje en una cuestión autónoma, más arcaica que la gramática. Y durante todo el siglo XIX, se preguntará al lenguaje acerca de su naturaleza enigmática de verbo: ahí donde está más cercano al ser, donde es más capaz de nombrarlo, de trasmitir o de hacer centellear su sentido fundamental, de hacerlo absolutamente manifiesto. De Hegel a Mallarmé, este asombró ante las relaciones entre el ser y el lenguaje balanceará la reintroducción del verbo en el orden homogéneo de las funciones gramaticales.

 

4. LA ARTICULACIÓN

El verbo ser, mezcla de atribución y de afirmación, encrucijada del discurso sobre la posibilidad primera y radical de hablar, define el primer invariable de la proposición, que es el más fundamental. Al lado de él, de una parte y de otra, elementos: partes del discurso o de la "oración". Estos terrenos son indiferentes aún y sólo están determinados por la figura pequeña, casi imperceptible y central, que designa el ser; funcionan en torno a este "judicator" como la cosa que ha de ser juzgada —el judicando y la cosa juzgada— el judicado. ¿Cómo puede transformarse este dibujo puro de la proposición en frases distintas? ¿Cómo puede el discurso enunciar todo el contenido de una representación?

Porque está hecho de palabras que nombran, parte por parte, a lo que se da a la representación.

La palabra designa, es decir, que en su naturaleza misma es nombre. Nombre propio ya que está dirigido hacia tal representación y hacia ninguna otra. Tanto que, frente a la uniformidad del verbo —que nunca es más que el enunciado universal de la atribución—los nombres pululan al infinito. Debería haber tantos como cosas por nombrar. Pero cada nombre estaría así tan fuertemente enlazado con la única representación que designa, que no se podría formular la más mínima atribución; y el lenguaje recaería por debajo de sí mismo: "si no tuviéramos más sustantivos que los nombres propios, habría que multiplicarlos sin fin. Estas palabras, cuya multitud sobrecargaría la memoria, no pondrían ningún orden en los objetos de nuestro conocimiento ni, en consecuencia, en nuestras ideas, y todos nuestros discursos quedarían en la mayor confusión". Los nombres no pueden funcionar en la frase y permitir la atribución a no ser que uno de los dos (el atributo, por lo menos) designe cualquier elemento común a varias representaciones. La generalidad del nombre es tan necesaria para las partes del discurso como la designación del ser para la forma de la proposición.

Esta generalidad puede adquirirse de dos maneras. O bien por una articulación horizontal, que agrupa a los individuos que tienen entre sí cierta identidad y separa a los que son diferentes; forma así una generalización sucesiva de grupos cada vez más grandes (y cada vez menos numerosos); puede también subdividirlos casi al infinito por nuevas distinciones y volver así al nombre propio del que forma parte; todo el orden de las coordinaciones y de las subordinaciones está recubierto por el lenguaje y cada uno de estos puntos figura allí con su nombre: del individuo a la especie, después de ésta al género y a la clase, el lenguaje se articula exactamente sobre el dominio de las generalidades crecientes; esta función taxinómica es manifestada, en el lenguaje, por los sustantivos: se dice, un animal, un cuadrúpedo, un perro, un perro de aguas.44 O bien por una articulación vertical —ligada a la primera, pues son indispensables una a otra—; esta segunda articulación distingue las cosas que subsisten por sí mismas de aquellas —modificaciones, rasgos, accidentes o caracteres—que nunca pueden encontrarse en estado independiente: en la profundidad, las sustancias; en la superficie, las cualidades; este corte —esta metafísica, como decía Adam Smith— se manifiesta en el discurso por la presencia de adjetivos que designan, en la representación, todo aquello que no puede subsistir por sí. La primera articulación del lenguaje (si ponemos aparte el verbo ser que es condición lo mismo que parte del discurso) se hace, pues, según dos ejes ortogonales: uno va del individuo singular al general; el otro va de la sustancia a la cualidad. En su entrecruzamiento reside el nombre común; en un extremo el nombre propio y en el otro el adjetivo.

Sin embargo, estos dos tipos de representación no distinguen las palabras entre sí más que en la medida exacta en que la representación es analizada a partir de este mismo modelo. Como dicen los autores de Port-Royal: las palabras "que significan las cosas se llaman nombres sustantivos, como tierra, sol. Los que significan las maneras, señalando al mismo tiempo al sujeto al que convienen, se llaman nombres adjetivos, como bueno, justo, redondo". Entre la articulación del lenguaje y la de la representación hay, no obstante, un juego. Cuando hablamos de "blancura", designamos desde luego una cualidad, pero la designamos por medio de un sustantivo: cuando hablamos de los "humanos", utilizamos un adjetivo para designar a individuos que subsisten por si mismos. Este deslizamiento no indica que el lenguaje obedezca leyes distintas a las de la representación: sino, por el contrario, que tiene consigo mismo, y en su espesor propio, relaciones idénticas a las de la representación. ¿Acaso no es, en efecto, una representación desdoblada y no tiene el poder de combinar con los elementos de la representación distinta de la primera, si bien no tiene otra función y sentido que representarla? Si el discurso se apodera del adjetivo que designa una modificación y le da valor en el interior de la frase como la sustancia misma de la proposición, entonces el adjetivo se convierte en sustantivo; por el contrario, el nombre que se comporta como un accidente dentro de la frase se convierte, a su vez, en adjetivo, aunque designe, como de pasada, sustancias. "Porque la sustancia es lo que subsiste por sí mismo, se ha llamado sustantivos a todas las palabras que subsisten por sí mismas en el discurso, aun cuando signifiquen accidentes. Y, por el contrario, se llama adjetivos a aquellas que significan sustancias, cuando, por su manera de significar, deben unirse a otros nombres en el discurso" Los elementos de la proposición tienen entre sí relaciones idénticas a las de la representación; pero esta identidad no está asegurada punto por punto de suerte que toda sustancia sería designada por un sustantivo y todo accidente por un adjetivo. Se trata de una identidad global y de naturaleza: la proposición es una representación; se articula según los mismos modos que ella; pero le pertenece el poder de articular de una manera u otra la representación que ella transforma en discurso. Es, en sí misma, una representación que articula otra, con una posibilidad de desplazamiento que constituye, a la vez, la libertad del discurso y la diferencia de las lenguas.

Tal es la primera capa de articulación: la más superficial, en todo caso, la más aparente. A partir de ahora, todo puede convertirse en discurso. Pero en un lenguaje poco diferenciado no se db. pone todavía, para destacar los nombres, sino de la monotonía del verbo ser y de su función atributiva. Ahora bien, los elementos de la representación se articulan de acuerdo con una red de relaciones complejas (sucesión, subordinación, consecuencia) que es necesario hacer pasar a través del lenguaje a fin de que éste se haga realmente representativo. De allí, todas las palabras, sílabas y aun letras que, circulando entre los nombres y los verbos, deben designar esas ideas que Port-Royal llamaba "accesorias"; son necesarias las preposiciones y las conjunciones; son necesarios los signos de sintaxis que indican las relaciones de identidad o de concordancia, y los de dependencia o de régimen: marcas de plural o de género, casos de las declinaciones; hacen falta, por último, palabras que relacionen los nombres comunes con los individuos que designan —esos artículos o esos demostrativos que Lemercier llamaba "concretores" o "desabstractores". Tal multitud de palabras constituye una articulación inferior a la unidad del nombre (sustantivo o adjetivo) tal como es requerida por la forma desnuda de la proposición: ninguna de ellas tiene, para sí y en estado de aislamiento, un contenido representativo que esté fijo y determinado; no recubren una idea —ni siquiera accesoria— sino una vez que se ha ligado a otras palabras; en tanto que los nombres y los verbos son "significados absolutos", ellas no tienen significación a no ser de un modo relativo. Sin duda alguna, se dirigen a la representación; no existen sino en la medida en que ésta, al analizarse, deja ver la red interior de esas relaciones; pero ellas mismas no tienen más valor que el que les da el conjunto gramatical del que forman parte. Establecen una articulación nueva y de naturaleza mixta en el lenguaje, articulación que es, a la vez, representativa y gramatical, sin que ninguno de estos dos órdenes pueda dominar exactamente al otro.

He aquí que la frase se puebla de elementos sintácticos que tienen un corte más fino que las grandes figuras de la proposición. Este nuevo corte pone a la gramática general ante la necesidad de una elección: o bien proseguir el análisis por debajo de la unidad nominal y hacer aparecer, antes de la significación, los elementos insignificantes de los que está construida, o bien reducir por una marcha regresiva esta unidad nominal, reconocerle medidas más restringidas y volver a encontrar la eficacia representativa por debajo de las palabras plenas, en las partículas, en las sílabas y hasta en las letras mismas. Estas posibilidades se abren —más bien, son prescritas— desde el momento en que la teoría de las lenguas se da por objeto al discurso y al análisis de sus valores representativos. Definen el punto de herejía que comparte la gramática del siglo XVII.

"¿Supondremos —dice Harris— que toda definición es, lo mismo que el cuerpo, divisible en una infinidad de significaciones distintas, divisibles ellas mismas al infinito? Esto sería un absurdo; es completamente necesario admitir que hay sonidos significativos, ninguna de cuyas partes puede tener significación por sí misma." 52 La significación desaparece desde el momento en que los valores representativos de las palabras son disociados o suspendidos: en su independencia, aparecen materiales que no son articulados por el pensamiento y cuyos lazos no pueden remitirse a los del discurso. Hay una "mecánica" propia de las concordancias, de los regímenes, de las flexiones, de las sílabas y de los sonidos, y ningún valor representativo puede dar cuenta de esta mecánica. Es necesario tratar el idioma como a esas máquinas que se perfeccionan poco a poco: en su forma más simple la frase sólo está compuesta por un sujeto, un verbo y un atributo; y toda adición de sentido exige una proposición nueva y completa; así las máquinas más rudimentarias suponen principios de movimiento que son diferentes para cada uno de sus órganos. Pero al perfeccionarse, someten a un único y mismo principio todos sus órganos, que no son ya más que intermediarios, medios de transformación, puntos de aplicación; asimismo, al perfeccionarse, las lenguas hacen pasar el sentido de una proposición por órganos gramaticales que, en sí mismos, no tienen valor representativo y cuyo papel es precisar, enlazar los elementos, indicar sus determinaciones actuales. En una frase y de un solo golpe se pueden marcar las relaciones de tiempo, de consecuencia, de posesión, de localización que entran en a serie sujeto-verbo-atributo, pero no pueden ser cercados por una distinción tan vasta. De allí la importancia que tomaron, con Bauzée, las teorías del complemento, de la subordinación. De allí también el papel cada vez mayor de la sintaxis; en la época de PortRoyal, ésta era identificada con la construcción y el orden de las palabras, así, pues, con el desarrollo interior de la proposición; con Sicard se hizo independiente: es ella la "que ordena su forma propia a cada palabra". Así se esboza la autonomía de lo gramatical, tal como será definida, al terminar el siglo, por Sylvestre de Saci, que, junto con Sicard, es el primero en distinguir el análisis lógico de la proposición y el gramatical de la frase.

Comprendemos por qué los análisis de este género quedaron suspendidos en tanto que el discurso se convirtió en el objeto de la gramática; desde que se llegó a una capa de la articulación en la que los valores representativos se deshacían en polvo, se pasó al otro lado de la gramática, aquel en el que no tenía presa, en un dominio que era el del uso y de la historia —la sintaxis, en el siglo xvm, era considerada como el lugar arbitrario en el que desplegaban sus fantasías los hábitos de cada pueblo."

En todo caso, en el siglo XVII, no podían scr más que posibilidades abstractas y no prefiguraciones de lo que llegaría a ser la filología, solo eran la rama no privilegiada de una elección. Frente a esto, a partir del mismo punto de herejía, vemos desarrollarse una reflexión que, para nosotros y para la ciencia del lenguaje que hemos construido desde el siglo XIX, está desprovista de valor, pero que, sin embargo, permite mantener todo el análisis de los signos verbales en el interior del discurso. Y que, por este recubrimiento exacto, formaba parte de las figuras positivas del saber. Se buscaba la oscura función nominal que se creía investida y oculta en estas palabras, en estas sílabas, en estas flexiones, en estas letras que el análisis de la proposición, demasiado laxo, dejaba pasar a través de su criba. Después de todo, como señalaban los autores de Port-Royal, todas las partículas del enlace tienen un cierto contenido ya que representan la manera en que se enlazan los objetos y aquella en que se encadenan en nuestras representaciones. ¿Acaso no es de suponerse que tengan nombres lo mismo que todas las demás? Pero en vez de sustituir objetos, han tomado el lugar de los gestos por medio de los cuales los hombres los indican o simulan sus lazos y su sucesión. Son estas palabras las que o bien han perdido poco a poco su sentido propio (en efecto, éste no siempre era visible, ya que estaba ligado a los gestos, al cuerpo y a la situación del locutor) o bien se han incorporado a otras palabras en las que encuentran un apoyo estable y a las que, en cambio, ellas proporcionan todo un sistema de modificaciones. Tanto que todas las palabras, sean las que fueren, son nombres adormecidos: los verbos han añadido nombres adjetivos al verbo ser; las conjunciones y las preposiciones son los nombres de gestos inmóviles de ahí en adelante; las declinaciones y las conjugaciones no son otra cosa que nombres absorbidos. Ahora, las palabras pueden abrirse y liberar el vuelo de todos los nombres depositados en ellas. Como dice Le Bel a título de principio fundamental del análisis, "no hay ensamblaje en el que las partes no hayan existido por separado antes de ser ensambladas",62 lo que le permitía reducir todas las palabras a elementos silábicos en los que reaparecen al fin. los viejos nombres olvidados —los únicos vocablos que tuvieron posibilidad de existir al lado del verbo ser: Romulus, por ejemplo, viene de Roma y de moliri (construir); y Roma viene de Ro, que designaba la fuerza (Robar) y de Ma, que indicaba grandeza (magnus). De la misma manera, Thiébault descubre en "abandonar" tres significaciones latentes: a), que "presenta la idea de la tendencia o del destino de una cosa hacia otra"; b), que "da la idea de la totalidad del cuerpo social", y c), que indica "el acto por el cual uno se desliga de una cosa"»

Y si es necesario llegar, por debajo de las sílabas, hasta las letras mismas, se recogerán allí los valores de una denominación rudimentaria. A esto se entregó maravillosamente Court de Gébelin, para su mayor y más perecedera gloria; "el toque labial, el más fácil de poner en juego, el más dulce, el más gracioso, sirve para designar los primeros seres que el hombre conoce, aquellos que lo rodean y a los que debe todo" (papá, mamá, beso). En cambio, "los dientes son tan duros como móviles y flexibles los labios; las entonaciones que de ellos proceden son fuertes, sonoras, ruidosas... Gracias al toque dental truena, retiñe, tiembla; por medio de él se designan los tambores, los timbales, las trompetas". A su vez, las vocales, aisladas, pueden desplegar el secreto de los nombres milenarios en los que el uso las ha encerrado: A por la posesión (haber), E por la existencia, I por el poderío, O por el asombro (los ojos se redondean), U por la humedad y, por ello, el humor. Y quizá, en la cavidad más antigua de nuestra historia, consonantes y vocales, distinguidas únicamente de acuerdo con dos grupos confusos, formaban algo así como los dos únicos nombres articulados por el lenguaje humano: las vocales cantantes hablaban de las pasiones; las rudas consonantes de las necesidades.66 Se puede distinguir aún entre el habla áspera del norte —bosque de las guturales, del hambre y del frío— y las lenguas meridionales, hechas todas de vocales, nacidas del encuentro matinal de los pastores, cuando "surgían del puro cristal de las fuentes los primeros fuegos del amor".

En todo su espesor y hasta los sonidos más arcaicos que por primera vez lo arrancaron del grito, el lenguaje conserva su función representativa; en cada una de sus articulaciones, desde el principio de los tiempos, ha nombrado. En sí mismo no es más que un inmenso rumor de denominaciones que se cubren, se encierran, se ocultan y, sin embargo, se mantienen para permitir analizar o componer las representaciones. más complejas. En el interior de las frases, justo allí donde la significación parece tomar un apoyo mudo sobre sílabas insignificantes, hay siempre una denominación dormida, una forma que tiene encerrada entre sus paredes sonoras el reflejo de una representación invisible y, por ello, imborrable. Para la filología del siglo XIX, tales análisis son, en el sentido estricto del término, "letra muerta". Pero no ocurrió lo mismo con respecto a toda una experiencia del lenguaje —primero esotérica y mística, en la época de Saint-Marc, de Reveroni, de Fabre d'Olivet, de Oegger, más adelante literaria una vez que resurge el enigma de la palabra en su ser macizo, con Mallarmé, Roussel, Leiris o Ponge. La idea de que, al destruir las palabras, éstas no son ni ruidos ni puros elementos arbitrarios, sino que lo que se encuentra son otras palabras que, pulverizadas a su vez, liberan otras —esta idea es a la vez el negativo de toda la ciencia moderna de las lenguas y el mito en el que transcribimos los poderes más oscuros del lenguaje y los más reales. Se debe, sin duda, a que es arbitrario y a que se puede definir en qué condición es significativo, el que el lenguaje pueda convertirse en objeto de la ciencia. Pero, se debe a que no ha dejado de hablar más allá de sí mismo, a que lo penetran valores inagotables tan lejos como pueda llegarse, el que podamos hablar en él en ese murmullo infinito en el que se anuda la literatura. Mas en la época clásica, la relación no era la misma; las dos figuras se recubrían exactamente: a fin de que el lenguaje fuera comprendido por entero en la forma general de la proposición, era necesario que cada palabra, en la más pequeña de sus partes, fuera una denominación meticulosa.

5. LA DESIGNACIÓN


Y, sin embargo, la teoría de la "denominación generalizada" descubre en un cabo del lenguaje una cierta relación con las cosas que tiene una naturaleza del todo distinta a la de la forma proposicional. Si, en el fondo de sí mismo, el lenguaje tiene por función el nombrar, es decir, el hacer surgir una representación o mostrarla como con el dedo, es una indicación y no un juicio. Se liga a las cosas por una marca, una nota, una figura asociada, un gesto que designa: nada que sea reductible a una relación de predicación. El principio de la denominación primera y del origen de las palabras se equilibra con la primacía formal del juicio. Es como si, de una y otra parte, del lenguaje desplegado en todas sus articulaciones, estuviera el ser en su papel verbal de atribución y el origen en su papel de primera designación. Esta permite sustituir por un signo lo que se indica, aquélla ligar un contenido con otro. Y volvemos a encontrar, así, en su oposición, pero también en su pertenencia mutua, las dos funciones de lazo y de sustitución que han sido dadas al signo en general con su poder de analizar la representación.

El volver a sacar a luz el origen del lenguaje es encontrar el momento primitivo en que era pura designación. Y, por ello, debe explicarse, a la vez, su arbitrariedad (ya que lo que designa puede ser tan diferente de lo que muestra, como un gesto del objeto al que tiende) y su profunda relación con lo que nombra (ya que tal sílaba o tal palabra se han elegido siempre para designar tal cosa). El análisis del lenguaje de acción responde a la primera exigencia y el estudio de las raíces a la segunda. Pero no se oponen entre sí, como en el Cratilo la explicación por la "naturaleza" y la explicación por la "ley"; por el contrario, son absolutamente indispensables una a otra, ya que la primera da cuenta de la sustitución de lo designado por el signo y la segunda justifica el poder permanente de designación de este signo.

El lenguaje de la acción es hablado por el cuerpo; y, sin embargo, no se da desde el principio del juego. Lo único que la naturaleza permite es que, en las diversas situaciones en las que se encuentra, el hombre haga gestos; su rostro es agitado por movimientos, lanza gritos inarticulados —es decir, que no son "acuñados ni con la lengua ni con los labios". Todo esto no es aún lenguaje y ni siquiera signo, sino efecto y consecuencia de nuestra animalidad. Esta agitación manifiesta tiene, sin embargo, a su favor el ser universal, ya que no depende más que de la conformación de nuestros órganos. De allí la posibilidad que tiene el hombre de advertir la identidad entre él mismo v sus compañeros. Puede, así, asociar el grito de otro que él oye, el gesto que percibe en su rostro con las mismas representaciones que, muchas veces, han duplicado sus propios gritos y sus propios movimientos. Puede recibir esta mímica como la marca y sustituto del pensamiento del otro. Como un signo. Empieza la comprehensión. En cambio, puede utilizar esta mímica, convertida en signo, para suscitar en sus compañeros la idea que él mismo experimenta, las sensaciones, las necesidades, las penas que se asocian, por lo común, a tales gestos y a tales sonidos: grito lanzado intencionalmente a la cara de otro y en dirección a un objeto, interjección pura." Con este uso concertado del signo (que ya es expresión) está en vías de nacer algo así como un lenguaje.

Vemos, por estos análisis comunes tanto a Condillac como a Destutt, que el lenguaje de la acción liga, por una génesis, el lenguaje con la naturaleza. Pero a fin de separarlo más que de enraizarlo. A fin de señalar su diferencia imborrable con el grito y fundamentar lo que constituye su artificio. En tanto que es una simple prolongación del cuerpo, la acción no tiene ningún poder de hablar: no es lenguaje. Se convierte en ello, pero sólo al final de operaciones definidas y complejas: anotación de una analogía de relaciones (el grito del otro es con respecto a lo que él experimenta —lo desconocido— lo que el mío con respecto a mi apetito o a mi miedo); inversión del tiempo y uso voluntario del signo antes de la representación que designa (antes de experimentar una sensación de hambre lo suficientemente fuerte para hacerme gritar, doy el grito con el que está asociada); por último, intención de hacer surgir en el otro la representación correspondiente al grito o al gesto (con esta particularidad, sin embargo, que al dar un grito yo no hago surgir, y no creo hacerlo, la sensación del hambre, sino la representación de la relación entre este signo y mi propio deseo de comer). El lenguaje sólo es posible sobre el fondo de este entrelazamiento. No reposa en un movimiento natural de comprehensión o de expresión, sino en las relaciones reversibles y analizables de los signos y de las representaciones. No existe el lenguaje desde que la representación se exterioriza, sino desde que, de manera concertada, separa un signo de sí y se hace representar por él. El hombre descubre en torno a él signos que serán como otras tantas palabras mudas por descifrar y por hacer audibles de nuevo, no a título de sujeto parlante ni en el interior de un lenguaje ya hecho; sino que, debido a que la representación se da signos, pueden nacer las palabras y, con ellas, todo un lenguaje que no es más que la organización ulterior de los signos sonoros. A pesar de su nombre, el "lenguaje de la acción" hace surgir la red irreductible de los signos que separa al lenguaje de la acción.

Y con ello, fundamenta su artificio en la naturaleza. Los elementos de los que se compone este lenguaje de la acción (sonidos, gestos, muecas) son propuestos sucesivamente por la naturaleza y, sin embargo, en su mayoría no tienen ninguna identidad de contenido con lo que designan, sino sobre todo relaciones de simultaneidad o de sucesión. El grito no se asemeja al miedo, ni la mano extendida al hambre. Una vez concertados, estos signos quedarán sin "fantasía y sin capricho", dado que han sido instaurados, de una vez por todas, por la naturaleza; pero no expresan la naturaleza de lo que designan, porque no son a su imagen. Y, a partir de allí, los hombres podrán establecer un lenguaje convencional: disponen ahora de suficientes signos que señalan las cosas para fijar otros nuevos que analicen y combinen los primeros. En el Discours sur l'origine de l'inégalité;" Rousseau da valor a la tesis de que ninguna lengua puede descansar en un acuerdo entre los hombres, ya que éste supone un lenguaje ya establecido, reconocido y practicado; así, pues, hay que imaginarlo como algo recibido y no construido por los hombres. De hecho, el lenguaje de la acción confirma esta necesidad y hace inútil esta hipótesis. El hombre recibe de la naturaleza con qué hacer los signos y estos signos le sirven, en primer lugar, para entenderse con los otros hombres y elegir los que han de retenerse, los valores que les reconocerán, las reglas de su uso; y después servirán para formar nuevos signos según el modelo de los primeros. La primera forma del acuerdo consiste en elegir los signos sonoros (los más fáciles de reconocer de lejos y los únicos que pueden utilizarse por la noche), la segunda en componer sonidos cercanos a los que indican representaciones vecinas para designar a las representaciones aún no marcadas. Así se constituye el lenguaje propiamente dicho, por una serie de analogías que prolongan lateralmente el lenguaje de la acción o, cuando menos, su parte sonora: se le asemeja y "es esta semejanza la que facilitará su inteligencia. Se la llama analogía... Veréis que la analogía que nos da la ley no nos permite elegir los signos al azar o arbitrariamente".

La génesis del lenguaje a partir del lenguaje de la acción escapa por completo a la alternativa entre la imitación natural y la convención arbitraria. Allí donde hay algo natural —en los signos que nacen espontáneamente a través de nuestro cuerpo— no hay ninguna semejanza; y allí donde se utilizan las semejanzas, es una vez establecido el acuerdo voluntario entre los hombres. La naturaleza yuxtapone las diferencias y las liga por fuerza; la reflexión descubre las semejanzas, las analiza y las desarrolla. El primer tiempo permite el artificio, pero con un material impuesto en forma idéntica a todos los hombres; el segundo excluye lo arbitrario, pero abre vías al análisis que no serán exactamente superponibles en todos los hombres y en todos los pueblos. La ley de la naturaleza es la diferencia de las palabras y las cosas —la partición vertical entre el lenguaje y aquello que por debajo de él está encargado de designarlo; la regla de las convenciones es la semejanza de las palabras entre sí, la gran red horizontal que forma las palabras unas a partir de otras y las propaga hasta el infinito.

Comprendemos ahora por qué la teoría de las raíces no contradice en forma alguna el análisis del lenguaje de la acción, sino que viene a alojarse en él con toda exactitud. Las raíces son palabras rudimentarias que podemos encontrar, idénticas, en muchas lenguas —quizá en todas; han sido impuestas por la naturaleza como gritos involuntarios y son utilizadas espontáneamente por el lenguaje de la acción. Allí las fueron a buscar los hombres para hacerlas figurar en los lenguajes convencionales. Y si todos los pueblos, en todo los climas, han elegido, de entre el material del lenguaje de la acción, estas sonoridades elementales es porque descubrieron, aunque de una manera secundaria y reflexionada, una semejanza con el objeto que designaban o la posibilidad de aplicarlas a un objeto análogo. La semejanza de la raíz con lo que nombra no toma su valor del signo verbal, a no ser por la convención que ha unido a los hombres y regulado en una lengua su lenguaje de la acción. Así, a partir del interior de la representación, los signos alcanzan la naturaleza misma de lo que designan y que se impone, de manera idéntica, en todas las lenguas, el tesoro primitivo de los vocablos.

Las raíces pueden formarse de muchos modos. Por onomatopeya que, con certeza, no es una expresión espontánea, sino la articulación voluntaria de un signo semejante: "hacer con la voz el mismo ruido que el objeto que se quiere nombrar". Por utilización de una semejanza experimentada en las sensaciones: "la impresión del color rojo, que es viva, rápida, difícil para la vista, se nos entregará bien por medio del sonido R que hace una impresión análoga al oído" Al imponer a los órganos de la voz movimientos análogos a los que se intenta significar: "de suerte que el sonido que resulta de la forma y del movimiento natural del órgano puesto en tal estado se convierta en el nombre del objeto": la garganta raspa a fin de designar el frotamiento de un cuerpo contra otro, se ahueca interiormente para indicar una superficie cóncava. Por último, utilizando para designar un órgano los sonidos que éste produce naturalmente: la articulación ghen ha dado su nombre a la garganta, de la que proviene, y se usan las dentales (d y t) para designar los dientes. Con estas articulaciones convencionales de la semejanza, cada lengua puede darse un juego de raíces primitivas. Juego restringido, ya que casi todas son monosilábicas y existe sólo un número pequeño de ellas —doscientas para la lengua hebrea según los cálculos estimativos de Bergier; aún más restringidas si se piensa que son comunes (a causa de estas relaciones de semejanza que instituyen) a la mayor parte de las lenguas: De Brosses considera que, por lo que respecta a todos los dialectos de Europa y del Oriente, no llenan todas juntas "una hoja de papel de escribir". Pero a partir de ellas se ha formado cada lengua en su particularidad: "su desarrollo es prodigioso. Lo mismo que una semilla de olmo produce un gran árbol que dando nuevos retoños de cada raíz produce a la larga un verdadero bosque".

Ahora puede desplegarse el lenguaje según su genealogía. Es esto lo que De Brosses quería exponer en un espacio de filiaciones continuas al que llamaba el "Arqueólogo universal". En lo alto de este espacio se escribirían las raíces —muy poco numerosas— que utilizan las lenguas de Europa y del Oriente; debajo de cada una de ellas se colocarían palabras más complicadas derivadas de ellas, pero poniendo cuidado en colocar primero las más próximas y en seguir un orden lo bastante cerrado para que haya entre las palabras sucesivas la menor distancia posible. Se constituirían así series perfectas y exhaustivas, cadenas absolutamente continuas en las que las rupturas, en caso de existir, indicarían incidentalmente el lugar de una palabra, de un dialecto o de una lengua hoy en día desaparecida. Una vez constituida esta gran capa, se tendría un espacio de dos dimensiones que se podría recorrer en abscisas o en ordenadas: en la vertical se tendría la filiación completa de cada raíz, en la horizontal, las palabras utilizadas por una lengua dada; mientras más se alejara uno de las raíces primitivas, más complicadas y, sin duda, más recientes serían las lenguas definidas por una línea transversal, pero al mismo tiempo las palabras tendrían más eficacia y finura para el análisis de las representaciones. Así, en el espacio histórico y el cuadriculado del pensamiento se superpondrían con toda exactitud.

Esta búsqueda de las raíces bien puede aparecer como una vuelta a la historia y a la teoría de las lenguas madre que el clasicismo pareció dejar en suspenso durante un instante. En realidad, el análisis de las raíces no vuelve a colocar el lenguaje en una historia que sería como su medio de nacimiento y de transformación. Hace más bien de la historia el recorrido, por etapas sucesivas, del corte simultáneo de la representación y de las palabras. En la época clásica, el lenguaje no es fragmento de historia que autorice, en tal o cual momento, un modo definido de pensamiento y de reflexión; es un espacio de análisis sobre el cual desarrollan su recorrido el tiempo y el saber de los hombres. Y se encontrará muy fácilmente la prueba de que el lenguaje no se convirtió —o reconvirtió— por medio de la teoría de las raíces en un ser histórico, en la manera en que, durante el siglo XVII, se investigaron las etimologías. El hilo conductor no era el estudio de las transformaciones materiales de la palabra, sino la constancia de las significaciones.

Esta investigación tenía dos aspectos: definición de la raíz, aislamiento de las desinencias y de los prefijos. Definir la raíz es hacer una etimología. Arte que tiene sus reglas codificadas; es necesario despojar a la palabra de todos los rasgos que hayan podido depositar en ella las combinaciones y las flexiones; llegar a un elemento monosilábico; seguir este elemento en todo el pasado de la lengua, a través de las antiguas "cartas y glosarios"; remontarse a otras lenguas más primitivas. Y todo a lo largo de esta hilera hay que admitir que el monosílabo se transforma: todas las vocales pueden sustituirse unas a otras en la historia de una raíz, pues las vocales son la voz misma, que no tiene discontinuidad ni ruptura; en cambio, las consonantes se modifican de acuerdo con vías privilegiadas: guturales, linguales, palatales, dentales, labiales, nasales, forman familias de consonantes homofónicas en el interior de las cuales se efectúan, de preferencia pero sin ninguna obligación, los cambios de pronunciación." La única constante imborrable que asegura la continuidad de la raíz a lo largo de su historia es la unidad de sentido: el terreno representativo que persiste indefinidamente. Porque "nada puede quizá limitar las inducciones y todo puede servir de fundamento, desde la semejanza total hasta las más ligeras semejanzas": el sentido de las palabras es "la luz más segura que pueda consultarse".

 

6. LA DERIVACIÓN


¿A qué se debe que las palabras que, en su esencia primera, son nombres y designaciones y que se articulan de acuerdo con el análisis déla representación misma, puedan alejarse irresistiblemente de su significación original, adquirir un sentido cercano, más amplio o más limitado? ¿Cambiar no sólo de forma, sino también de extensión? ¿Adquirir nuevas sonoridades y también nuevos contenidos, tanto que de un equipo probablemente idéntico de raíces, las diversas lenguas han formado sonoridades diferentes y además palabras cuyo sentido no se recupera ya?

Las modificaciones de forma carecen de regla, son más o menos indefinidas y jamás estables. Todas sus causas son externas: facilidad de pronunciación, modos, costumbres, clima —el frío favorece "el silbido labial", el calor "las aspiraciones guturales". En cambio, las alteraciones de sentido, dado que están limitadas al grado de permitir una ciencia etimológica si no absolutamente cierta, cuando menos "probable",84 obedecen a principios asignables. Estos principios, que fomentan la historia interna de las lenguas, son todos de orden especial. Los unos 'conciernen a la semejanza visible o la vecindad de las cosas entre sí; los otros conciernen al lazo con el que se unen el lenguaje y la forma según la cual se conserva. Las figuras y la escritura.

Se conocen dos grandes tipos de escritura: la que retraza el sentido de las palabras y la que analiza y restituye los sonidos. Entre ambas hay una partición rigurosa, ya sea que se admita que la segunda ha tomado, entre ciertos pueblos, la primacía sobre la primera a continuación de un verdadero "golpe genial", ya sea que se admita que si bien son diferentes una de la otra, aparecieron casi simultáneamente, la primera entre los pueblos dibujantes y la segunda entre los pueblos cantores." Representar gráficamente el sentido de las palabras es, en su origen, dibujar con exactitud la cosa que designa: a decir verdad, apenas es una escritura, cuando más una reproducción pictórica gracias a la cual sólo se pueden transcribir los relatos más concretos. Según Warburton, los mexicanos apenas conocían este procedimiento. La verdadera escritura comienza cuando se trata de representar no la cosa misma, sino uno de los elementos que la constituyen, una de las circunstancias que la señalan o cualquier otra cosa a la que se asemeje. De allí que haya tres técnicas: la escritura curiológica de los egipcios, la más basta, que utiliza "la circunstancia principal de un tema para dar cuenta de todo" (un arco por una batalla, una escala por el sitio de una ciudad); después los jeroglíficos "trópicos" un poco más perfeccionados, que utilizan una circunstancia notable (dado que Dios es omnipotente, lo sabe todo y puede vigilar a los hombres, se le representará por medio de un ojo); por último, la escritura simbólica que se sirve de semejanzas más o menos escondidas (el sol que se levanta es figurado por la cabeza de un cocodrilo cuyos redondos ojos afloran justo en la superficie del agua)." Se reconocen allí las tres grandes figuras de la retórica: sinécdoque, metonimia y catacresis. Y siguiendo la nervatura que prescriben, han podido evolucionar esos lenguajes duplicados por una escritura simbólica. Poco a poco van cargándose de poderes poéticos; las primeras denominaciones se convierten en el punto de partida de largas metáforas: éstas se complican progresivamente y muy pronto están tan lejos de su punto de origen que éste se hace muy difícil de volver a encontrar. Así nacen las supersticiones que hacen creer que el sol es un cocodrilo o Dios un ojo enorme que vigila el mundo; así nacen también los saberes esotéricos entre quienes (los sacerdotes) se trasmiten de generación en generación las metáforas; así nacen las alegorías del discurso (tan frecuentes en las literaturas más antiguas) y también esta ilusión de que el saber consiste en conocer las semejanzas.

Sin embargo, la historia del lenguaje dotado de una escritura figurada se detiene pronto. Pues apenas le es posible lograr progresos. Los signos no se multiplican con el análisis meticuloso de las representaciones, sino con las analogías más lejanas: de suerte que la imaginación de los pueblos es la que resulta favorecida y no su reflexión. La credulidad y no la ciencia. Además, el conocimiento necesita dos aprendizajes: primero el de las palabras (como en el caso de todos los lenguajes), después el de las siglas que no tienen relación con la pronunciación de las palabras; una vida humana no resulta demasiado larga para esta doble educación; y si se ha tenido, por añadidura, el ocio para hacer un descubrimiento, no se dispone de signos para trasmitirlo. A la inversa, un signo trasmitido, dado que no tiene una relación intrínseca con la palabra que figura, permanece siempre dudoso: de una a otra época nunca se puede estar seguro de que el mismo sonido habite en la misma figura. Así, pues, las novedades son imposibles y las tradiciones están comprometidas. Tanto que el único cuidado de los sabios es guardar "un respeto supersticioso" por las luces recibidas de los antepasados y por las instituciones que guardan la herencia: "piensan que todo cambio en las costumbres se refleja en la lengua y que todo cambio en la lengua confunde y aniquila toda su ciencia". Cuando un pueblo no posee más que una escritura figurada, su política debe excluir la historia o, cuando menos, cualquier historia que no sea pura y simple conservación. Allí, en esa relación del espacio con el lenguaje, se sitúa, según Volney, la diferencia esencial entre Oriente y Occidente. Es como si la disposición espacial del lenguaje prescribiera la ley del tiempo; como si su lenguaje no llegara a los hombres a través de la historia, sino que, a la inversa, no llegaran a la historia más que a través del sistema de sus signos. En este nudo de la representación, de las palabras y del espacio (las palabras representan el espacio de la representación y se representan, a su vez, en el tiempo) se forma, silenciosamente, el destino de los pueblos.

En efecto, con la escritura alfabética la historia de los hombres cambia por completo. Transcriben en el espacio ya no sus ideas, sino los sonidos y de éstos extraen los elementos comunes para formar un pequeño número de signos únicos, cuya combinación permitirá formar todas las sílabas y todas las palabras posibles. En tanto que la escritura simbólica, al querer espacializar las representaciones mismas, sigue la confusa ley de las similitudes y hace que el lenguaje se deslice fuera de las formas del pensamiento reflexivo, la escritura alfabética, al renunciar a dibujar la representación, traspone en el análisis de los sonidos las reglas válidas para la razón misma. Tanto que si bien las letras no pueden representar las ideas se combinan entre sí como las ideas y éstas se atan y desatan como las letras del alfabeto." La ruptura del paralelismo exacto entre representación y grafismo permite alojar la totalidad del lenguaje, aun el escrito, en el dominio general del análisis y de apoyar uno en otro el progreso de la escritura y el del pensamiento. Los mismos signos gráficos podrán descomponer todas las palabras nuevas y trasmitir, sin temor a olvido, cada descubrimiento, desde que se haga; un mismo alfabeto servirá para transcribir diferentes lenguas y hacer pasar así las ideas de un pueblo a otro. El aprendizaje de este alfabeto resulta muy fácil a causa del pequeño número de sus elementos y así cada uno podrá consagrar a la reflexión y al análisis de las ideas el tiempo que los otros pueblos despilfarran en aprender las letras. De este modo, en el interior del lenguaje, más exactamente en este pliegue de las palabras en el que se reúnen el análisis y el espacio, nace la posibilidad primera, aunque indefinida, del progreso. En su raíz, el progreso, tal como fue definido en el siglo XVIII, no es un movimiento interior de la historia, sino el resultado de una relación fundamental entre el espacio y el lenguaje: "los signos arbitrarios del lenguaje y de la escritura dan a los hombres el medio de asegurarse la posesión de sus ideas y de comunicarlas a los otros, lo mismo que una herencia siempre en aumento de los descubrimientos de cada siglo; y el género humano considerado según su origen se presenta a los ojos de un filósofo como un todo inmenso que, lo mismo que cada individuo, tiene su infancia y su progreso". El lenguaje da a la perpetua ruptura del tiempo la continuidad del espacio y, en la medida en que analiza, articula y recorta la representación, tiene el poder de ligar a través del tiempo el conocimiento de las cosas. Con el lenguaje, la monotonía confusa del espacio se fragmenta, en tanto que se unifica la diversidad de las sucesiones.

Queda, sin embargo, un último problema. Pues la escritura es el soporte y el guardián siempre alerta de estos análisis progresivamente más finos. No es su principio, ni su primer movimiento. Éste es un deslizamiento común de la atención, los signos y las palabras. En una representación, el espíritu puede vincularse y vincular un signo verbal a un elemento del que forma parte, a una circunstancia que lo acompaña, a otra cosa, ausente, que le es semejante y por ella le viene a la memoria. Así se ha desarrollado el lenguaje y, poco a poco, ha seguido su camino a partir de las primeras designaciones. En el origen, todo tenía un nombre —nombre propio o singular. Después el nombre se vinculó a un solo elemento de esta cosa y se aplicó a todos los otros individuos que también le contenían: ya no es tal encina la que se nombra árbol, sino todo aquello que tiene, cuando menos, tronco y ramas. El nombre se vinculó también a una circunstancia señalada: la noche designa no el fin de este día, sino el lapso de oscuridad que separa todas las puestas de sol de todas las auroras. Por último, se vinculó a las analogías: se llamó hoja a todo aquello que es pequeño y liso como una hoja de árbol.95 El análisis progresivo y la articulación más adelantada del lenguaje que permiten dar un solo nombre a muchas cosas se hacen siguiendo el hilo de estas figuras fundamentales que la retórica conoce tan bien: sinécdoque, metonimia y catacresis (o metáfora, si la analogía es menos inmediatamente sensible). En efecto, no son el resultado de un refinamiento del estilo; por el contrario, traicionan la movilidad propia de todo lenguaje cuando es espontáneo: "se hacen más figuras en un día de mercado en la plaza que en muchos días de asambleas académicas". Es muy probable que esta movilidad haya sido mucho mayor en su origen que ahora: en nuestros días, el análisis es tan fino, el cuadriculado tan cerrado, las relaciones de coordinación y de subordinación están tan bien establecidas, que las palabras apenas tienen ocasión de cambiar su lugar. Pero en los comienzos de la humanidad, cuando las palabras eran raras, cuando las representaciones eran aún confusas y mal analizadas, cuando las pasiones las modificaban o las fundamentaban, las palabras tenían una gran capacidad de desplazamiento. Hasta se puede decir que las palabras han sido figuradas antes de ser propias: es decir, que tenían apenas la categoría de nombres singulares cuando se extendieron ya sobre las representaciones por la fuerza de una retórica espontánea. Como dice Rousseau, se habló sin duda de gigantes antes de designar a los hombres. Primero se designó a los barcos por sus velas y el alma, la psyche, recibió primitivamente la figura de una mariposa."

Tanto que lo que se descubre en el fondo del lenguaje hablado, lo mismo que de la escritura, es el espacio retórico de las palabras: esta libertad del signo de venir a colocarse, de acuerdo con el análisis de la representación, sobre un elemento interno, sobre un punto de su cercanía, sobre una figura análoga. Y si las lenguas tienen la diversidad que hemos comprobado, si a partir de las designaciones primitivas, que sabemos sin duda alguna que son comunes a causa de la universalidad de la naturaleza humana, no han dejado de desplegarse según formas diferentes, si cada una de ellas tiene su historia, sus modos, sus hábitos, sus olvidos, esto se debe a que las palabras tienen su lugar, no en el tiempo, sino en un espacio en el que pueden encontrar su sitio originario, desplazarse, volverse sobre sí mismas y desplegar lentamente toda una curva: un espacio tropológico. Volvemos así justo a lo que había servido de punto de partida a la reflexión sobre el lenguaje. Entre todos los signos, el lenguaje tenía la propiedad de ser sucesivo: no porque pertenezca a una cronología, sino porque expone en sucesivas sonoridades lo simultáneo de la representación. Pero esta sucesión que analiza y hace aparecer, unos tras otros, los elementos discontinuos, recorre el espacio que la representación ofrece a la mirada del espíritu. Tanto que el lenguaje no hace más que poner en un orden lineal las dispersiones representadas. La proposición desarrolla y hace comprender la figura que la retórica hace sensible a la mirada. Sin este espacio tropológico, el lenguaje no estaría formado por todos esos nombres comunes que permiten establecer una relación de atribución. Y sin este análisis de las palabras, las figuras hubieran permanecido mudas, instantáneas y, percibidas en la incandescencia del instante, habrían caído muy pronto en una noche en la que no existe el tiempo.

Desde la teoría de la proposición hasta la de la derivación, toda la reflexión clásica sobre el lenguaje —todo lo que se llamó la "gramática general"— no es más que el comentario riguroso de esta simple frase: "el lenguaje analiza". En el siglo XVII, oscila en este punto toda la experiencia occidental del lenguaje —experiencia que había creído siempre, hasta ese momento, que el lenguaje hablaba.

7. EL CUADRILÁTERO DEL LENGUAJE

Algunas observaciones para terminar. Las cuatro teorías —de la proposición, de la articulación, de la designación y de la derivación—forman como los segmentos de un cuadrilátero. Se oponen de dos en dos y se apoyan de dos en dos. La articulación es lo que da contenido a la pura forma verbal, aun vacía, de la proposición; la llena, pero se opone a ella como una denominación que diferencia las cosas se opone a la atribución que las une. La teoría de la designación manifiesta el punto de vinculación de todas las formas nominales que recorta la articulación; pero se opone a ésta, como la designación instantánea, gesticular, perpendicular se opone al recorte de las generalidades. La teoría de la derivación muestra el movimiento continuo de las palabras a partir de su origen, pero el deslizamiento por la superficie de la representación se opone al lazo único y estable que vincula una raíz con una representación. Por último, la derivación hace volver a la proposición, ya que sin ella la designación permanecería replegada sobre sí y no podría adquirir esta generalidad que autoriza un lazo de atribución; sin embargo, la derivación se efectúa de acuerdo con una figura espacial, en tanto que la proposición se desarrolla según un orden sucesivo.

Es necesario hacer notar que entre los vértices opuestos de este rectángulo existen relaciones diagonales. En primer lugar, entre la articulación y la derivación: es posible tener un lenguaje articulado, con palabras que se yuxtaponen, se empalman o se ordenan unas a otras, en la medida en que, a partir de su valor de origen y del simple acto de designación que las ha fundamentado, las palabras no han dejado de derivarse, adquiriendo una extensión variable; de allí, un eje que atraviesa todo el cuadrilátero del lenguaje; a lo largo de esta línea se fija el estado de una lengua: sus capacidades de articulación son prescritas por el punto de derivación al que ha llegado; allí se definen, a la vez, su postura histórica y su poder de discriminación. La otra diagonal va de la proposición al origen, es decir, de la afirmación implícita en todo acto de juzgar a la designación implícita en todo acto de nombrar; a lo largo de este eje se establece la relación de las palabras con lo que representan: aparece así que las palabras no sólo dicen el ser de la representación, sino que siempre nombran algo representado. La primera diagonal señala el progreso del lenguaje en su poder de especificación; la segunda, el embrolla-miento indefinido del lenguaje y de la representación —el desdoblamiento que hace el signo verbal representa siempre una representación. Sobre esta última línea, la palabra funciona como sustituto
(
con su poder de representar); sobre la primera, como elemento (con su poder de componer y de descomponer). En el punto de cruce de estas dos diagonales, en el centro del cuadrilátero, allí donde el desdoblamiento de la representación se descubre como análisis y donde el sustituto tiene el poder de repartir, allí donde se alojan, en consecuencia, la posibilidad y el principio de una taxinomia general de la representación, allí está el nombre. Nombrar es, todo a un tiempo, dar la representación verbal de una representación y colocarla en un cuadro general. Toda la teoría clásica del lenguaje se organiza en torno a este ser privilegiado y central. En él se cruzan todas las funciones del lenguaje, ya que se Je debe el que las representaciones puedan figurar en una proposición. También se le debe el que el discurso se articule sobre el conocimiento. Bien entendido, sólo el juicio puede ser verdadero o falso. Pero si todos los nombres fueran exactos, si el análisis en que descansan hubiera sido perfectamente reflexionado, si la lengua estuviera "bien hecha", no habría ninguna dificultad para pronunciar juicios verdaderos y el error, en el caso de que se produjera, sería tan fácil de descubrir y tan evidente como en un cálculo algebraico. Pero la imperfección del análisis y todos los deslizamientos de la derivación han impuesto nombres a los análisis, a las abstracciones o a las combinaciones ilegítimas. Lo que no tendría inconveniente alguno (por ejemplo, el dar un nombre a los monstruos de la fábula ), sí la palabra se diera como representación de una representación: tanto que no es posible pensar una palabra —por abstracta, general y vacía que sea— sin afirmar la posibilidad de lo que representa. Por ello, en la mitad del cuadrilátero del lenguaje, el nombre aparece a la vez como el punto hacia el cual convergen todas las estructuras de la lengua (es su figura más íntima, la mejor protegida, el puro resultado interior de todas su convenciones, de todas sus reglas, de toda su historia) y como el punto a partir del cual todo el lenguaje puede entrar en relación con la verdad por la que será juzgado.

Allí se anuda toda la experiencia clásica del lenguaje: el carácter reversible del análisis gramatical que es, de un solo golpe, ciencia y prescripción, estudio de las palabras y regla para construirlas, utilizarlas, reformarlas en su función representativa; el nominalismo fundamental de la filosofía desde Hobbes hasta la Ideología, nominalismo que es inseparable de una crítica del lenguaje y de toda esta desconfianza con respecto a las palabras generales y abstractas que encontramos en Malebranche, en Berkeley, en Condillac y en Hume; la gran utopía de un lenguaje perfectamente transparente en el que las cosas mismas se nombrarían sin turbiedades, sea por un sistema totalmente arbitrario, pero reflexionado con toda exactitud (lengua artificial), sea por un lenguaje tan natural que traduciría el pensamiento como el rostro cuando expresa una pasión (Rousseau soñó, en el primero de sus Dialogues, con este lenguaje hecho de signos inmediatos). Puede decirse que es el Nombre el que organiza todo el discurso clásico; hablar o escribir no es decir las cosas o expresarse, no es jugar con el lenguaje, es encaminarse hacia el acto soberano de la denominación, ir, a través del lenguaje, justo hasta el lugar en el que las cosas y las palabras se anudan en su esencia común y que permite darles un nombre. Pero este nombre, una vez enunciado, reabsorbe y borra todo el lenguaje que ha conducido hasta él o que se ha atravesado a fin de llegar a él. De tal suerte que, en su esencia profunda, el discurso clásico tiende siempre a este límite; pero sólo subsiste al retroceder. Camina en el suspenso, mantenido sin cesar, del Nombre. Por ello, en su posibilidad misma, está ligado a la retórica, es decir, a todo ese espacio que rodea al nombre, lo hace oscilar en torno a lo que representa, hace surgir los elementos, la cercanía o las analogías de lo que nombra. Las figuras que atraviesa el discurso aseguran el retardo del nombre que viene en el último momento a llenarlas y a abolirlas. El nombre es el término del discurso. Y quizá toda la literatura clásica se aloja en este espacio, en este movimiento para alcanzar un nombre siempre dudoso ya que mata, al agotarla, la posibilidad de hablar. Este movimiento es el que ha arrebatado la experiencia del lenguaje desde el testimonio, tan contenido, de La Príncesse de Cléves hasta la violencia inmediata de Juliette. Aquí, la denominación se da al fin en su desnudez más simple y las figuras de la retórica que, hasta ahora, la tenían en suspenso, oscilan y se convierten en las figuras indefinidas del deseo a tal grado que los mismos nombres siempre repetidos se agotan en el examen sin que les sea dado jamás alcanzar el límite.

Toda la literatura clásica se aloja en el movimiento que va de la figura del nombre al nombre mismo, pasando de la tarea de nombrar aún la misma cosa por medio de nuevas figuras (es el preciosismo) a la de nombrar por medio de palabras justas al fin lo que jamás lo ha sido o ha permanecido dormido entre los pliegues de palabras lejanas: por ejemplo, los secretos del alma, estas impresiones nacidas en el límite del cuerpo y de las cosas y, para las cuales, el lenguaje de la Cinquiéme Réverie se ha tornado espontáneamente límpido. El romanticismo creerá haber roto con la época precedente por haber aprendido a nombrar las cosas por su nombre. A decir verdad, todo el clasicismo tendía a ello: Hugo cumple la promesa de Voiture. Pero, por este hecho mismo, el nombre deja de ser la recompensa del lenguaje; se convierte en su materia enigmática. El único momento —intolerable y oculto hace mucho tiempo en el secreto— en el que el nombre fue a la vez logro y sustancia del lenguaje, promesa y materia en bruto, fue cuando, con Sade, fue atravesado en toda su extensión por el deseo, cuyo lugar de aparición era, la saciedad y el recomienzo indefinido. De allí, el hecho de que la obra de Sade represente, en nuestra cultura, el papel de un incesante murmullo primordial. Con esta violencia del nombre pronunciado al fin por sí mismo; el lenguaje emerge en su brutalidad de cosa; las otras "partes de la oración" toman a su vez su autonomía, escapan al dominio del nombre y dejan de formar una ronda accesoria de ornamentos en torno a él. Y dado que no hay una belleza especial en "retener" al lenguaje en torno y al borde del nombre, en hacerle mostrar lo que no dice, habrá un discurso no discursivo cuyo papel será el manifestar el lenguaje en su ser en bruto. Este ser propio del lenguaje es lo que el siglo XIX llamará el Verbo (por oposición al "verbo" de los clásicos, cuya función era prender, discreta pero continuamente, el lenguaje al ser de la representación). Y el discurso que retiene este ser y lo libera para sí mismo es la literatura.

En torno a este privilegio clásico del nombre, los segmentos teóricos (proposición, articulación, designación y derivación) definen el linde de lo que antes era la experiencia del lenguaje. Al analizarlos paso a paso, no se trataba de hacer una historia de las concepciones gramaticales de los siglos XVII y XVIII, ni de establecer el perfil general de lo que los hombres hayan podido pensar acerca del lenguaje. Se trataba de determinar en qué condiciones puede convertirse el lenguaje en el objeto de un saber y entre cuáles límites se despliega este dominio epistemológico. No se trata de calcular el común denominador de las opiniones, sino definir a partir de qué era posible que hubiera opiniones —sean las que fueren— sobre el lenguaje. Por ello, este rectángulo dibuja una periferia más que una figura interior y muestra cómo el lenguaje se enreda con lo que le es exterior e indispensable. Hemos visto que sólo hay lenguaje por virtud de la proposición: sin la presencia, cuando menos implícita, del verbo ser y de la relación de atribución que autoriza, no se tendría un lenguaje, sino signos corno los demás. La forma proposicional exige como condición del lenguaje la afirmación de una relación de identidad o de diferencia: no se habla sino en la medida en que es posible esta relación. Pero los otros tres segmentos teóricos implican otra exigencia: para que haya derivación de palabras a partir de su origen, para que haya una pertenencia originaria de una raíz a su significación, en fin, para que haya un recorte articulado de las representaciones, es necesario que haya, desde la experiencia más inmediata, un rumor analógico de las cosas, de las semejanzas que se dan de entrada. Si todo fuera una diversidad absoluta, el pensamiento estaría destinado a la singularidad, y, como la estatua de Condillac antes de que empiece a recordar y a comparar, estaría destinado a la dispersión absoluta y a la absoluta monotonía. No serían posibles ni la memoria ni la imaginación, ni, en consecuencia, la reflexión. Sería imposible comparar las cosas entre sí, de definir sus rasgos idénticos y de fundar un nombre común. No habría lenguaje. Si el lenguaje existe es porque, debajo de las identidades y las diferencias, está el fondo de las continuidades, de las semejanzas,de las repeticiones, de los entrecruzamientos naturales. La semejanza, excluida del saber desde principios del siglo XVII, constituye siempre el límite exterior del lenguaje: el anillo que rodea el dominio de lo que se puede analizar, ordenar y conocer. Es el murmullo que el discurso disipa, pero sin el cual no podría hablar.

Podemos apresar ahora cuál es la unidad sólida y cerrada del lenguaje en la experiencia clásica. Es ella la que, por el juego de una designación articulada, hace entrar la semejanza en la relación proposicional. Es decir, en un sistema de identidades y de diferencias, tal como es fundamentado por el verbo ser y manifestado por la red de nombres. La tarea fundamental del "discurso" clásico es atribuir un nombre a las cosas y nombrar su ser en este nombre. Durante dos siglos, el discurso occidental fue el lugar de la ontología. Al nombrar el ser de toda representación en general era filosofía: teoría del conocimiento y análisis de las ideas. Al atribuir a cada cosa representada el nombre que le convenía y que, por encima de todo el campo de la representación, disponía la red de una lengua bien hecha, era ciencia —nomenclatura y taxinomia.

 


- Leer Las palabras y las cosas (parte I) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte II) -

- Leer Las palabras y las cosas (parte III) -
- Leer Las palabras y las cosas (parte V) -

- Leer Las palabras y las cosas (parte VI) -



(*) Michel Foucault. Nació el 15 de octubre de 1926 en Poitiers en el seno de una familia de médicos. Cursó estudios de filosofía occidental y psicología en la École Normale Supérieure de París. Se graduó presentando una tesis sobre historia de la locura en la época clásica que se publicó en 1962. En los años 60, dirigió los departamentos de filosofía de las Universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes. Participó junto con los estudiantes en las protestas y manifestaciones de mayo del 68 y, posteriormente, formó parte de una comisión para la defensa de la vida y de los derechos de los inmigrantes. En el año 1970 fue profesor de Historia de los Sistemas de Pensamiento. Las principales influencias en su pensamiento fueron los filósofos alemanes Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger. Como filósofo se adscribe al estructuralismo. Sus estudios pusieron en tela de juicio la influencia del filósofo político alemán Karl Marx y del psicoanalista austriaco Sigmund Freud. Su pensamiento se desarrolló en tres etapas, la primera, en Locura y civilización (1960), que escribió mientras era lector en la Universidad de Uppsala, en Suecia, estudia, a través de la modificación del concepto de “locura” y de la oposición entre razón y locura que se establece a partir del siglo XVII, la necesidad que tienen todas las culturas de definir lo que las limita, es decir, lo que queda fuera de ellas mismas. En su segunda etapa escribió Las palabras y las cosas (1966), que lleva como subtítulo Arqueología de las ciencias humanas, y donde dice que todas las ciencias que tienen como objeto el ser humano son producto de mutaciones históricas que reorganizan el saber anterior, recreando un conjunto epistemológico que define en todos los dominios los límites y las condiciones de su desarrollo. Su última etapa empezó con la publicación de Vigilar y castigar, en 1975, donde se preguntaba si el encarcelamiento es un castigo más humano que la tortura, pero se ocupa más de la forma en que la sociedad ordena y controla a los individuos adiestrando sus cuerpos. En sus libros, Historia de la sexualidad, Volumen I: Introducción (1976), El uso del placer (1984) y La preocupación de sí mismo (1984), rastrea las etapas por las que la gente ha llegado a comprenderse a sí misma en las sociedades occidentales como seres sexuales, y relaciona el concepto sexual que cada uno tiene de sí mismo con la vida moral y ética del individuo. Falleció el 25 de junio de 1984 en París.

 

 

 





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