Lucia Bosé: crónica de una belleza en la posguerra italiana
Por Violeta Kovacsis

 

Antes de ser la madre de Miguel Bosé, antes incluso de casarse con Dominguín, Lucia Bosé fue una de las presencias más incontestables del cine italiano.

Eso fue antes, también, de fundar el "Museo de los ángeles" en plena meseta española, del que habla, orgullosa, en la presentación de la retrospectiva que le dedica el Festival de cine europeo de Lecce en Italia. Al margen de la crónica española, las palabras de Bosé cobran historia a medida que se adentran en el cine. Su carrera está plagada de casualidades: "yo no he buscado nada, siempre me han encontrado. Antonioni me encontró, De Santis me encontró, incluso El Torero me encontró", dice ella. "Si De Santis no hubiese entrado en la tienda donde yo trabajaba, nada de esto hubiese sucedido", insiste.

Lucia Bosé habla de forma diáfana sobre la "actriz italiana", tal como la vivió en su momento. Forma parte de una generación de actrices que no se servían de la técnica ni pertenecían a ninguna escuela (como sí ocurre con los chicos del Actor's Studio). "No aprendí a actuar, la posguerra y el hambre te preparaban para todo", dice. Fué descubierta en un concurso de belleza, como Gina Lollobrigida o Sophia Loren: "Y todas teníamos una belleza particular que no respondía a los cánones", una belleza extraña en un contexto donde predominaban las curvas a lo Ana Magnani. Las mismas a las que Almodóvar rinde ahora homenaje en "Volver", líneas redondas a las que apunta el culo postizo que luce Penélope Cruz.

Esbelta, de espalda alargada, en todas sus películas Lucia Bosé da la sensación de no saber llevar su propio cuerpo. Con todo, llenaba la pantalla. En "Le ragazze di Piazza di Spagna" (L. Emmer, 1952) bascula continuamente entre la chica de clase baja, de aires casi vulgares, y la señorita que quiere ser modelo. Se pelea como un gato callejero con otra de las chicas, convirtiéndose en centro del plano y trazando un retrato intenso y agridulce de una chica italiana de posguerra.


"Cronica di un amore", de Michelangelo Antonioni

El punto culminante de la retrospectiva que le dedica el festival de Lecce se produce con su segunda película, "Cronica di un amore" (M. Antonioni, 1950), donde el director de "Blow Up" la sitúa en el punto justo entre el melodrama y el filme noir. Aquí, Lucia Bosé escapa de la figura de femme fatale propia del suspense para abrazar la modernidad.

Antonioni dirige una película donde "puede" haber un asesinato, pero donde finalmente no ha sucedido nada. Así, el filme deriva hacia el terreno de una crónica amorosa de tintes dolorosos. Hacia un romance, el de Guido y Paola, marcado por la infidelidad. Al principio como amantes a espaldas de su novia y mejor amiga, respectivamente; después, a espaldas del marido de ella. Al principio pesa la muerte de la primera, en una terrible caída por el hueco del ascensor. Esta mujer no aparece nunca, pero de forma muy antonioniana, sigue perturbando a los protagonistas como si de un fantasma se tratara. En una de las secuencias clave de "Cronica di un amore", Guido y Paola hablan sobre su segundo romance a escondidas (ahora del marido) y lo hacen mientras suben una escalera que envuelve un ascensor. Así, Antonioni pone de manifiesto el destino eminentemente trágico del amor entre los protagonistas.

El asesinato planea sobre todo el filme. Incluso, en una escena muy propia del cine negro o de suspense: cuando Paola habla de la posible muerte de su marido, mientras va estrangulando llena de ira a Guido. La secuencia podría encontrar sus gemelas en "In a lonely place" de Nicholas Ray o en "Strangers on a Train" de Alfred Hitchcock, otras dos películas en que el crimen y la violencia no siempre se materializan.


Pero "Cronica di un amore" no es un film noir, sino un melodrama de tintes modernos. Una historia de amor imposible, de final doloroso. Se cierra con la despedida entre los dos amantes, que se sostiene en el travelling que plantea Antonioni –alejando a Guido, definitivamente, de Paola— y en el cuerpo abatido y hermoso de Lucia Bosé, que desfallece poco a poco ante un portal.




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